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A LA VEJEZ VIRUELAS

Para Celia E.

Se despertó aquel día con la vaga sensación de haber tenido un sueño resbaladizo como el suelo de una bañera vieja. A veces le pasaba, y como que sabía por experiencia que los mensajes del subconsciente son testarudos, también sabía que tendría a lo largo del día breves flashes que acabarían por poner ante su mente consciente imágenes del sueño.

Siempre le había fascinado el fenómeno de los sueños y como estaba prejubilado tenía mucho tiempo para leer, así que pasaba horas leyendo a Freud y a Jung. El academicismo científico de Freud le dejaba un poco frío, casi prefería a Jung cuyas teorías dejaban algo más de margen a la intuición y a elementos esotéricos con los que se identificaba sin apenas darse cuente, como eran el subconsciente colectivo y los arquetipos.

Su mujer se quejaba: siempre con el libro en la mano, no sé de qué te sirven tantos libros, dónde vamos a meter tanto libro, tú, todo es leer y la mesa sin poner, que todo lo tengo que hacer yo, que no me ayudas… Y así cada día.

Un buen día se le ocurrió que quería estudiar psicología. Tras informarse bien y meditar la decisión, desenterró del trastero un escritorio que había sido de su hijo y lo puso debajo de la ventana del cuarto de la plancha. Su mujer, entrando en el cuarto con un capazo de ropa, lo miró con ojos como platos.

–¿Pero, pero qué haces?

–Me voy a poner a estudiar y necesito sitio.

–Ah, no, ni hablar, aquí no, que aquí plancho yo, ¿y qué es eso de estudiar?

–Me han dicho que puedo hacer un examen para mayores, para ir a la universidad.

–¿A la universidad, tú? –se echó a reír–. Tú no estás bien, madre mía, a la vejez viruelas. Todo esto tienen la culpa esos malditos libros, si ya lo sabía yo que los libros te iban a meter ideas en la cabeza…

Su mujer estuvo el resto del día refunfuñando, que si a la vejez viruelas, que si estaba mal de la azotea. Cada vez que entraba en el cuarto de la plancha donde él se estaba arreglando su rinconcito de estudio, ella se plantaba con los brazos en jarras. Míralo, el estudiante de medio pelo, decía. Pero él no le hacía caso. Ni caso, tú a lo tuyo, le decía su mente consciente.

Así que se puso a estudiar con furia para sacarse el examen de acceso a la universidad para mayores de 45 años y cada vez que se encerraba a estudiar, su mujer en el cuarto de al lado ponía la televisión a toda pastilla, pero él seguía sin hacerle caso y se ponía tapones en los oídos. Y así, en un año, aprobó los exámenes que le daban acceso a su sueño.

Y el primer día, de camino a la universidad, en el metro sentado entre gente perdida en los abismos de las pantallas de sus móviles, él tuvo aquel primer flash del recuerdo del sueño de la noche anterior y se vio en clase sentado en las gradas de un aula atiborrada de estudiantes jóvenes que lo señalaban y se reían de él por sus canas.  Estuvo en un tris de bajarse en la siguiente parada, volver atrás, a casa, y aceptar en silencio el desdén de su mujer, magnificado al saberse poseedora de la razón absoluta.  Pero no lo hizo. No volvió atrás. Hizo de tripas corazón y siguió adelante.

Hizo transbordo de la línea amarilla a la línea verde y recorrió el pasillo eterno que transcurre a lo largo del subterráneo del Paseo de Gracia. Mientras lo hacía tuvo el segundo flash del sueño, que no era sino un recuerdo de una vivencia real de un día, años atrás, en que había paseado por el Paseo de Gracia con Concha, antes de estar casados, y ella se había quedado con la boca abierta ante los edificios majestuosos y entonces él le explicó quién fue Gaudí y como murió atropellado por un tranvía, sin que nadie supiera quién era, porque iba indocumentado y vestido con ropas humildes. Y ella lo miró con ojos como platos y dijo, Ay, Jaime, cuánto sabes, y se cogió de su brazo y siguieron paseando, y él se sintió grande y admirado y pasearon el resto de la tarde cogidos del brazo, y a partir de aquel día él subió a su casa sin problema y cuando se despedían se daban un beso.

El túnel se acababa y al seguir al río de gente del que él era parte de nuevo, tras años de haber vivido casi como un eremita, sintió que la manada que se movía acelerada a través del túnel le cedía parte de su vitalidad. Al salir a la calle, en zona universitaria, siguió a un grupo de estudiantes que se fueron dispersando de camino a las diferentes facultades. Seguía a buen ritmo el paso rápido de los jóvenes y cuando entró en la facultad de psicología sintió como si le hubieran ido cayendo los años de encima a cada paso. Se adentró en los pasillos de la facultad y buscó su aula. Entró y se sentó en la grada del centro. El aula fue llenándose de estudiantes bulliciosos. Algunos se sentaron en su mismo banco, el que quedó sentado a su derecha le hizo un ligero gesto de saludo y él hizo lo propio, se le ocurrió que podría presentarse pero el chico ya no estaba mirándolo. El rumor de las conversaciones llenaba el aula y casi no oyó la voz tímida de una chica preguntándole si el asiento a su izquierda estaba libre.

Al poco, se acabaron las voces y la clase se sumió en silencio al entrar una profesora que se presentó y pasó a presentar su asignatura. Así fueron pasando ante los estudiantes hasta cinco profesores. Los profesores hablaban y los estudiantes disciplinados tomaban notas. Se oía alguna tos, algún estornudo, pero nadie hacía chascarrillos, el ambiente era muy distinto al que él vivió años ha en su instituto. Él se sentía bien porque a nadie parecían importarle sus canas ni las gafas que descansaban sobre la punta de su nariz.

Al final de la mañana la chica a su izquierda le dijo que el próximo día no podría venir y le pidió que le pasara apuntes. Él dijo que encantado de ayudarla y enseguida se arrepintió de la elección de palabras, quizá demasiado anticuadas para la situación, pero a la chica no pareció importarle porque sonrió y le dio las gracias.

Al llegar a casa, su mujer lo sorprendió con la mesa puesta y la comida preparada como cuando aún trabajaba. Cuando se sentaron a comer le preguntó qué había aprendido aquel primer día en la universidad y él se lo contó todo con pelos y señales. Ella lo escuchó sin interrumpir y sin distraerse.

–Me han dicho que los psicólogos ganan bien –dijo al final.

Él meneó la cabeza.

–Hombre, algunos sí.

Temió que por un momento ella volviera a la carga con los mismos argumentos que había esgrimido durante meses.

–¿Y de qué te va a servir estudiar?

–Pues para entender esto –había dicho él señalándose la cabeza–. La mente es la clave de todo, de los pensamientos, los sueños, todo, Concha, todo.

–Los sueños, los sueños… muchos sueños tienes tú, toda la vida soñando…

Pero la conversación no fue así aquel primer día de universidad y ya no volvería a serlo. Y aquella tarde él se encerró en el cuarto de la plancha a repasar los apuntes del primer día, mientras su mujer miraba la televisión en el otro cuarto, con el volumen bien bajito.

 

ccalduch@7.10.17

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