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1. SOLA

Al bajar del tren seguí, casi por inercia, al hombre de la gabardina gris que había visto antes en mi vagón. No sabía por qué lo seguía, pero no sabía qué otra cosa hacer. Él caminaba despacio, balanceando su maleta en el aire, como si supiera que alguien lo seguía. Quizá intuía que era yo.  Quizá quería que lo siguiera para aprovecharse luego de la situación. No era una idea tan descabellada. Se oían muchas historias. Antes, en el tren, él me había ofrecido su comida. Pensé que quizá lo había estado mirando con demasiada ansiedad mientras comía. Yo, aún fiel al mandato de no hablar con desconocidos, no me había atrevido a responderle. Al final, él había desistido, pero no había desaparecido del todo de mi campo de visión.

Mientras el tren estuvo en marcha me quedó alguna esperanza. En cada parada tenía la vaga esperanza de reencontrarme con los míos. Pero cuando el tren se detuvo todo se vino abajo. Yo ya había perdido la cuenta de los kilómetros que llevaba viajando sola. No sabía en qué momento habían decidido abandonarme. Era demasiado insignificante e inútil para ellos, tan solo una boca más que alimentar sin producir nada a cambio.

Los pasos del hombre de la gabardina gris resonaban sobre el piso de la estación. Los seguí de cerca y me condujeron hasta el vestíbulo de una estación antigua, adornada con bóvedas de vidrio y estatúas en las paredes que, por un momento, me distrajeron.

Me detuve a contemplar una de ellas. Era un Zeus de imponentes dimensiones, estaba sentado, con la cabeza en la mano, como preocupado. Los pliegues de su túnica eran de una naturalidad extraordinaria, las venas en sus antebrazos musculosos estaban henchidas como si en realidad contuvieran sangre divina. Me pregunté qué podría preocupar a un dios tan poderoso y si acaso se habría sentido alguna vez tan perdido como me sentía yo en aquel momento. Mi única guía era el desconocido de la gabardina gris, al que busqué ahora con la mirada, sin encontrarlo.

Me quedé inmóvil sin saber qué hacer. La gente pasaba a mi lado golpeándome con la indiferencia de sus prisas. No tenían mala intención. Simplemente no me veían. Yo no era más que otra puerta giratoria en su camino hacia el resto de su vida.

La conciencia de mi soledad se me hizo insoportable. Retrocedí sobre mis pasos y volví a los andenes. Los altavoces vibraban con sus anuncios incomprensibles y los frenos de los trenes chirriaban en cadena. Caminé hasta el extremo de uno de los andenes, allí donde terminaba el tejado de amianto de la estación y empezaba un cielo plácido y la promesa de frondosas arboledas.

Había allí un tren que estaba a punto de partir. Esperaría a que se pusiera en marcha. Si alguien me veía desde lejos, no tendría tiempo de impedírmelo. Si alguno de los ocupantes del tren se daba cuenta de mis intenciones tampoco tendría tiempo de reaccionar. Mientras esperaba el momento idóneo, me vino a la mente una novela de hojas amarillas que había leído en el colegio. La protagonista acababa su vida lanzándose bajo las ruedas de un tren antiguo, de ruedas gigantes, negras, infinitamente metálicas y sonoras. Este tren era, en cambio, moderno, rápido, silencioso. Esperaba que sus ruedas cercenaran mi cuerpo de manera rápida, eficiente, certera. No deseaba sufrir.

De repente sentí náuseas. Los pensamientos se agolparon en mi mente. ¿Qué me impedía salir a la ciudad y mimetizarme con ella y sus habitantes, recorrer sus calles largas y estrechas (al menos yo las imaginé así en aquel momento), bordeadas de árboles que mecían plácidamente sus ramas bajo un cielo claro de primavera? ¿Qué me hacía pensar que no había un lugar allí para mí? Pero sabía que los milagros no existen, que yo no era nadie, que estaba sola y que no me quedaba otro remedio.

El tren silbó. Se levantó aire a mi alrededor. Era el momento de poner en práctica lo planeado. La hora de demostrar si tenía el valor necesario. Me iba el corazón rápido. Siempre me asustó el latido de mi propio corazón cuando se desbocaba. Los hechos corpóreos siempre me resultaron misteriosos, como si fueran avisos de la muerte. Había aprendido a temer a mi cuerpo. A temerlo y a odiarlo por la manera en que me había ido creciendo desproporcionado, sin prestar atención a las simetrías.

Me dije que no debía distraerme ahora. Di un paso adelante y enseguida otro y otro. Debería haber caído ya, en aquel momento, sentir el frío de las vías en la carne. Sin embargo, mis piernas quedaron colgando en el aire, ridículamente. Alguien me sujetaba por la cintura.

–No es tu hora –susurró una voz tras de mí.

Luché por soltarme, pataleé y golpeé, pero nada pude hacer contra los brazos férreos que me sostenían. Al final desistí. El tren se movía cada vez más rápido y pronto acabó de pasar. Las ventanillas pasaron ante mi vista como fotogramas. Los pasajeros leían, dormían, hablaban o reían. Mi insignificancia era tal que nadie se fijó en mí, una figura con las piernas colgando al borde de la vía.

Cuando ante mí solo quedaban las vías vacías, mis pies tocaron el suelo de nuevo. Me volví. Ante mí estaba el hombre de la gabardina gris. Sus ojos oscuros, grandes, húmedos me miraban sin reproche. Yo quería gritar, abofetearlo, pero no encontré la fuerza.

–Te pierdo de vista un momento y no quiero pensar… anda, vámonos –dijo y echó a andar.

No entendí si me incluía a mí en aquel “vámonos”. En todo caso yo no tenía adónde ir. Solo me quedaba aquel lugar junto a la vía, y allí esperaría al siguiente tren. Siempre llegarían otros trenes.

–Pero venga, a qué esperas, vamos –dijo el hombre volviéndose y extendiendo su mano hacia mí.

Porque me lo decía a mí, esta vez estaba claro. Le di la mano y me dejé llevar. Salimos de la estación. Caminamos en silencio por un camino bordeado de altos árboles.

–Tendrás hambre –dijo.

Asentí. Él señaló un banco de piedra junto al camino. Nos sentamos allí y él sacó algo de pan de su maleta. Después, con la calma que aporta el hambre saciada, me dije que quizá habría algo para mí en aquel lugar después de todo.

 

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LA CASA VACÍA

Aquel día cuando salió a tender un albañil viejo y bigotudo le chistó desde el andamio.

-Niña, ¿te vienes? –dijo con voz ronca.

Ella ni siquiera levantó la mirada.

-Hoy no está pá fiestas, eh –siguió él riendo pero luego paró de reír en seco como si hubiera recordado algo importante –pos que sepas que al Chimo lo han echao.

Ella siguió tendiendo la ropa como si oyera llover. Al final, el hombre la dejó en paz.

La ropa chorreaba agua. Suerte que la calle no era más que una calleja por donde no pasaba apenas gente. Había pasado la noche lavando ropa en la azotea. No quería pensar en lo de ayer.

 

 

El día en que se conocieron ella estaba recogiendo unos trapos del tendedero, era tarde y el sol ya bajaba y si la ropa se quedaba tendida toda la noche la humedad se la volvía a dejar empapada.

-¿Qué hora tienes? –había preguntado él desde el andamio que quedaba bastante por debajo de su balcón.

Ella miró su reloj y le dijo que eran las seis. El le dio las gracias y se quitó el casco. Mañana más, dijo pasándose un brazo por la frente y sonriendo añadió: en nada estamos ahí arriba.

Era joven, tenía los ojos marrones graciosos, las facciones algo duras, pero cuando sonreía se le iluminaba la cara y tenía los brazos fuertes.

 

Otro día él le preguntó cómo se llamaba y le dijo que él se llamaba Chimo. Un nombre que a ella le recordó a unos caramelos que ella y su hermano comían de niños. Ahora su hermano criaba malvas, como su madre, y ella estaba sola en el bloque vacío a excepción de ella misma y una vecina vieja, la Sra. Antonia, del entresuelo.

-Nos van a tapar el sol –se había quejado la Sra. Antonia cuando empezaron la obra –toda la vida hemos disfrutado del sol y ahora nos plantan aquí este mamotreto, se me van a morir todas las plantas…

 

De mamotreto, nada. Iba a ser un señor bloque, con acabados de primera, con una isla en el centro y piscina, eso decía Chimo.

-¿Y serán caros? –preguntó ella y él se echó a reír.

-Pos claro, tonta, estos pisos son para gente de posibles, de esos que ahora vendrán de Barcelona por el AVE –dijo él –y no te creas, que ya están casi todos apalabrados.

La señora Antonia también estaba en el balcón aquel día y los oyó hablando y por la noche apareció en la puerta de su casa y le leyó la cartilla.

-No te sabe mal no, hija, que te hable así –dijo al final- Ya sabes que se lo tengo prometido a tu padre, que mientras él no esté te echaré un ojo… pero no me hagas pucheros, mujer.

-Pero es que estoy sola -murmuró ella.

-¡Toma, más sola estoy yo! Pero oye, ¿qué pasa con Julio, es que ya no te gusta?

-No, ya no –mintió ella enrojeciendo.

-Ay, hija, con lo serio que es, no como estos paletos que hoy van con una y mañana con otra y si te he visto no me acuerdo… yo sólo te pido que vayas con mucho ojo, hija mía –acabó la Sra. Antonia que no se había enterado de lo de Julio.

 

Ella había pasado meses agarrada a aquella esperanza llamada Julio. Bajando al mercado cada miércoles con los labios pintados de rojo y con aquella plantilla embutida en el zapato que los de la ortopedia le habían jurado que le disimularía la cojera y que le hacía un daño tremendo en el pie.

Julio era rubio y tenía la mandíbula fuerte, los ojos grises y las manos grandes. Cuando llevaba las cajas de fruta del camión a la parada se tensaban sus antebrazos y se le marcaban las venas por debajo de la piel. No era tímido y llamaba a las señoras reina y les guiñaba el ojo cuando les daba a probar trocitos de fruta. A ella la llamaba reineta porque era pequeña y también le daba trocitos de fruta.

Pero hacía dos miércoles Julio no estaba en la parada y ella oyó como una clienta preguntaba por él y la dueña respondió que estaba de luna de miel y que volvería en diez días. Las clientas se quedaron estupefactas. Tan joven. La dueña bajó la voz. Hija, qué quieres, si ha sido de penalti.

Ella volvió a casa cabizbaja y con medio melón en el capazo que la dueña de la tienda le colocó sin ella querer. En su casa se quitó los zapatos y los lanzó con plantilla y todo contra la pared. Sacó el melón y salió al balcón.

-Oye, ¿no irás a tirar eso? –gritó Chimo riendo desde el andamio que aún quedaba a dos pisos de su balcón – a ver si nos partes la cabeza…

-Si lo quieres para ti –dijo ella.

El chico estiró los brazos y el cuerpo peligrosamente por encima del andamio.

-No llego –dijo riendo.

-Yo te lo llevo –dijo ella llena de una fuerza nueva.

Bajó a la calle y dio la vuelta a la esquina. Allí estaba él esperándola. Visto tan de cerca le pareció muy guapo.

-Gracias –dijo él –será el postre de hoy.

Ella no supo qué decir.

A las tres de la tarde oyó que la llamaban y salió al balcón. Sentados en el andamio vio a tres hombres, Chimo estaba en el medio repartiendo trozos de melón. A medida que comían iban rebanando los trozos con las navajas y al acabar dejaban caer las cáscaras al vacío.

-¡A tu salud! –dijo uno haciendo un gesto apreciativo con la cabeza.

-¡Gracias! –dijo otro.

Chimo fue el único que no dijo nada pero no le quitaba ojo de encima.

-De nada –murmuró ella y luego se volvió a meter en la casa y pasó el resto del día sonriendo como una tonta sin saber ni lo qué hacía.

 

Otro día, cuando el andamio ya estaba casi a la altura de su balcón, él le preguntó si ella estaba sola. Ella entendió si estaba sola en la vida.

-No, está mi padre –dijo.

-Ah. Pues no se deja ver, no.

-Es que no sale mucho –dijo ella, y aquello era una media verdad.

-Oye, esta noche podríamos vernos, quiero decirte una cosa…

Ella iba a asentir cuando llegaron gritos del interior de la obra. Un trabajador asomó la cabeza tras la cortina de plástico.

-Chimo, deja de pelar la pava y ponte a trabajar.

Chimo le hizo un gesto de despedida y desapareció tras la cortina de plástico.

Eso había sido dos días antes.

 

El día anterior él la había llamado a primera hora de la mañana. Lo oyó enseguida. Había pasado la noche en vela y hacía horas que estaba en la azotea lavando ropa y dándole vueltas a lo que él había dicho.

El andamio ya quedaba a la altura de su balcón y él arrimó un pescante móvil, la  cogió de la cintura y la ayudó a saltar. Cuidado, dijo, se tambalea mucho. Pasaron a través del plástico hasta pisar suelo firme. No parecía que hubiera nadie más en la obra.

Él la miraba fijamente y sonreía. La llevó hasta una estancia con sus cuatro paredes ya construidas pero sin techo donde olía a cemento húmedo y a soldaduras. Por encima de sus cabezas se deslizaban las nubes. Él le ofreció un cigarrillo. Luego se sentaron en el suelo y él le pasó un brazo por los hombros.

-¡Qué bien que hayas venido! –dijo y la atrajo hacia él para besarla.

-¿Qué querías decirme ayer? –dijo ella después.

-¿Eh? –murmuró él.

Sus manos se habían perdido ya entre sus muslos.

-Dijiste que querías decirme una cosa –murmuró ella.

-Que me gustas mucho –murmuró él –ven aquí.

 

Luego se armó una buena. Se había quedado dormida. Un hombre la despertó zarandeándola del brazo. Ella no recordaba dónde estaba ni sabía lo que ocurría. Lentamente regresó de algún lugar muy lejano donde sólo estaban ella y Chimo.

Oyó gritar a Chimo, decía que si lo echaban los denunciaría por tenerlo trabajando sin contrato y sin seguro. Una voz seria le advirtió que marchara si no quería acabar mal. Al poco su voz se extinguió.

A ella la acompañaron a la calle y le dijeron que la próxima vez que se colara en la obra la denunciarían a la policía.

Llamó al timbre de la Sra. Antonia porque no tenía llaves.

Ay, hija, qué le voy a decir yo ahora a tu padre, murmuró la vieja haciéndose cruces al verla entrar descalza y con la ropa maltrecha.

Que por qué me han dejado sola, fue a decir ella pero al final no lo dijo.

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