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El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

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EL ARMARIO

Al abrir los ojos por la mañana lo primero que veía era el armario de tres cuerpos que se comía media habitación en la que dormí hasta los cinco años. El armario era de color caoba y tenía tiradores dorados. Hacía juego con las mesillas de noche y tenía un ribete dorado que recorría las puertas de cabo a rabo.

En la parte izquierda del armario colgaba la ropa de mi madre: vestidos de estampados chillones  al estilo sicodélico de la época, trajes chaqueta convencionales, blusas y faldas largas. En el altillo guardaba jerseys, bufandas y un bolso blanco con rayas negras (el mismo que sale en las fotos que se hizo en París, durante aquel viaje en autocar que duró ocho días y donde conoció a mi padre). En el estante inferior, arrinconados, un par de zapatos negros, con borlas de adorno en las puntas, de tacones bajos pero puntiagudos que mi madre ya no se ponía y que repiqueteaban en el suelo cuando yo me los ponía para disfrazarme de mayor.

El centro del armario era doble y tenía dos puertas. Dentro no había barra sino dos amplios estantes en la parte superior y tres cajones en la parte inferior. Abrir aquellas puertas era como salir al campo: aromas de lavanda y flores silvestres se escapaban e invadían todos los rincones del cuarto; y  los juegos de reflejos de las lunas que revestían el interior de las puertas hacían que un tesoro blanco de toallas y juegos de cama bordados a mano deslumbrara la vista. Entre las toallas, como enterradas en arena exquisita, destellaban algunas joyas: una pulsera de oro, un reloj, un medallón, que, incomprensiblemente, mi madre guardaba entre la ropa, como si para ella su ajuar fuera de tanto o más valor que el oro. En los cajones inferiores se amontonaban recibos, recordatorios de comuniones y de algún entierro, una guía práctica de francés con las tapas rotas, de la época en que a ella le dio por estudiar francés para poder defenderse cuando fuera de viaje. Y en una bolsa de plástico, relegadas al futuro álbum que algún día de aquellos iríamos a comprar, las fotos de la boda. La boda fue en un día de julio y las fotos se las hicieron en la explanada frente a la iglesia. Hacía viento porque el velo revoloteaba en el aire tras los novios y los plataneros movían las ramas y las hojas que refulgían en pleno esplendor estival.

La sección de la derecha del armario, junto a la ventana, era la que le correspondía a mi padre. En el altillo guardaba una maleta y un sombrero de paja adornado con una cinta negra alrededor de la corona, recuerdo de su época de músico ambulante (decía que de joven había ido por las playas en verano tocando la guitarra y pasando luego el sombrero, mi madre se reía y decía que era mentira). De la barra colgaba una gabardina gris que olía a lluvia y que mi madre había remendado por el lado del bolsillo derecho, después de que se le hiciera un siete, no sabía cómo, una tarde lluviosa de viernes cuando él salió en busca de una farmacia de guardia para comprarme jarabe de manzana. También colgaban en el armario algunas camisas, pantalones, americanas y el traje de su boda, regalo de sus hermanas, envuelto en el plástico de la tintorería de la Rambla. El traje permaneció allí, impertérrito, durante los 14 años que transcurrieron entre la boda y su entierro.

En el estante inferior guardaba un cajón de madera, roto por un extremo. La madera astillada quedaba a la vista y era peligrosa, así que yo no tenía permiso para meter allí la mano y no lo tuve hasta después del entierro cuando ya nadie me podía impedir revolver entre sus cosas. Dentro del cajón de madera había algunas herramientas: dos martillos (uno de punta afilada y otro de extremos cuadrados, muy pesado), una llave inglesa fija (idéntica por los dos extremos) y otra llave (ésta ajustable) que utilizó, sin éxito, una vez para intentar arreglar una bicicleta vieja que alguien me dio; había también un destornillador con mango amarillo; cinta métrica no había porque en mi casa se medía a palmos o a ojo cubero, pero sí había, sueltos en el cajón, clavos, tornillos y arandelas de todas las medidas. Había pocas herramientas porque se hacían pocas reparaciones en la casa. Pero cuando se hacían era siempre en viernes. Cuando mi padre llegaba a casa el viernes después del trabajo, se arremangaba, sacaba el cajón del armario, lo colocaba sobre la mesa del comedor, con cuidado de no tocar el extremo astillado y revolvía entre las herramientas cavilando cuál sería el mejor procedimiento para arreglar el desperfecto del día (un gozne que chirriaba, un vidrio roto, un azulejo suelto en el baño o en la cocina…) y siempre llegaba a la conclusión de que le faltaba el elemento esencial sin el cuál la reparación resultaría imposible: aceite lubricante, masilla, cola…, entonces le prometía a mi madre que iría a la ferretería por la mañana pero al día siguiente era sábado, día de mercado, y los dos salían juntos a la compra y a él se le iba el santo al cielo; cuando mi madre se quejaba, le prometía que iría a la ferretería el lunes después del trabajo pero por hache o por be no lo hacía y la reparación caía en el olvido. Nos acostumbramos a vivir con goznes que chirriaban, con azulejos caídos y ya ni siquiera veíamos los desperfectos, pero la casa se fue deshaciendo, cayéndose lentamente a pedacitos a nuestro alrededor como la lluvia fina que cala sin que uno se entere.

Con los años el armario de tres cuerpos también se estropeó. Los espejos interiores se fueron picando de humedad y por los extremos empezó a crecerles una lámina opaca que, como una catarata ocular, se fue comiendo el reflejo de la realidad hasta que llegó un día en que los espejos se quedaron ciegos. Para entonces mi padre ya no estaba y mi madre decidió comprarse un armario más pequeño.

Mientras los operarios de la casa de muebles desarmaban y sacaban el armario viejo, recordé que una vez, de pequeña, soñé que abría las puertas del armario y encontraba, enganchadas como babosas en los espejos, unas caras parlantes, semejantes a las de las estatuas de la Isla de Pascua. Del susto me desperté. Mientras yo recordaba la primera pesadilla de mi vida, los operarios de la casa de muebles habían sacado del armario el cajón con herramientas de mi padre, le preguntaron a mi madre si quería que lo tiraran y ella negó con la cabeza. Entonces los hombres dejaron el cajón a un lado en el suelo y el cuarto se llenó lentamente de olor a bosque y a madera húmeda. Se puso a llover y supe que era viernes porque cuando yo era pequeña siempre que llovía era viernes y la quietud de la lluvia inundaba la casa, entonces mi padre llegaba del trabajo y se ponía a revolver el cajón de herramientas y yo sabía que estaba todo bien y que podía seguir soñando con aprender francés, ponerme zapatos de tacón y viajar a París con un bolso blanco con rayas negras colgado del brazo.

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