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Lector nº 2642

Mi primo Crispín era de natural egoísta y celoso. Esto era algo declarado. Mi madre sabía, por mi tía, que mi primo había llegado a tragarse adornos del pelo y otras cosas de su hermana pequeña.

Crispín y yo éramos primos por parte de madre (él era el único primo que yo tenía) y éramos de la misma edad. Como es normal en esos casos, se esperaba que cuando coincidiéramos en su casa o en la mía jugáramos juntos, compartiéramos los juguetes y nos aviniéramos como buenos hermanos.

Un día de diario en que había fiesta en el colegio fui a casa de mi primo con mi madre. Ella y mi tía tenían cosas importantes que tratar y nos enviaron a jugar. De normal íbamos al cuarto de mi primo, pero en aquel momento lo estaban aseando y la chica nos envió al cuarto de estudio.

Me quedé impresionado por la cantidad de libros que vi en las estanterías. Muchos no habían sido abiertos siquiera. Mi primo me lo debió ver en la cara porque explicó, como excusándose:

-Me los regala mi tío Alberto.

El tío Alberto era hermano de su padre, comerciante y, según mi madre, estaba forrado. Por desgracia, a nosotros no nos tocaba de nada.

Me acerqué a los libros y reseguí los títulos con la mirada: Asimov, Verne, Salgari, las aventuras de Tintín, una colección juvenil de literatura, una enciclopedia universal. Saqué un libro al azar: La vuelta al mundo en ochenta días. Tapa dura, cantos dorados, ilustraciones a todo color.

-Si lo quieres, llévatelo –dijo mi primo.

Asentí, pensando que se trataba de un préstamo.

-Te lo devolveré enseguida –murmuré, acariciando el lomo del libro con disimulo.

-Te lo puedes quedar –dijo él, y elevando el torso como un pavo, añadió– yo no leo.

Su indiferencia hacia aquel tesoro era incomprensible para mí. Pero yo sabía, por traumáticas experiencias anteriores, que mi primo era un veleta. Así que no di mucho crédito a sus palabras y en esta ocasión particular, me hice el propósito de leer el libro y devolvérselo la próxima vez que nos viéramos. Así, además, podría tomar otros libros en préstamo sin cargo de conciencia.

-¿Jugamos o qué? –dijo él.

Había sacado el Monopoly. Tenía obsesión con aquel juego, y siempre que yo iba a su casa teníamos que echar una partida. Yo prefería otros juegos, pero si se le llevaba la contraria se ponía hostil y a mí eso no me convenía.

-¿Das física? –pregunté señalando unos apuntes desordenados que él había apartado de un manotazo para desplegar sobre el escritorio el tablero del juego.

-Sí, tengo examen mañana –dijo, con bastante indiferencia.

Recordé que él cursaba bachillerato de ciencias. Se me ocurrió que igual le convendría aprovechar el tiempo y estudiar algo. Sabía, por mi madre, que sus resultados del trimestre anterior no habían sido buenos.

-Si prefieres estudiar, por mí no te preocupes –dije yo, señalando el libro que me había prestado.

-Qué va –dijo– ya me lo sé todo.

Con la esperanza molida a palos, me senté a la mesa a jugar una vez más al Monopoly con mi primo.

Gané yo esta vez. En el pasado, la cosa habría acabado a golpes. Pero ya éramos mayores y mi primo se contuvo, aunque estaba serio. Recogimos el juego en silencio.

Al poco, mi madre se asomó para avisarme de que era hora de marcharnos a casa. Rápidamente, me puse en pie y me puse el libro bajo el brazo.

-Ese libro no te lo lleves –saltó mi primo– que aún no lo he leído.

Me quedé sin palabras. Mi madre me miró severa y yo, sin rechistar, porque habría sido inútil, dejé el libro sobre la mesa.

A la hora de las despedidas, mi madre y mi tía descubrieron que aún no habían cubierto todos los temas pendientes y estuvieron hablando una media hora más en la misma puerta de la casa. Mi primo me miraba tras la protección de las faldas de su madre con aquella sonrisa odiosa, colmada de satisfacción. Y yo, que querría haberle partido la cara, me hacía el desentendido.

-Bueno, ahora sí que nos vamos –dijo mi madre mirando el reloj– se ha hecho tardísimo.

Mi tía nos despidió con los besos de rigor y promesas fogosas de volver a vernos muy pronto.

En la calle intenté explicarle a mi madre la injusticia de lo del libro y la hipocresía de mi primo.

-Ya sabes que no tenemos otra familia que ellos, así que tienes que llevarte bien con él –ajustició ella.

-Pero, ¿es que no ves cómo es? –protesté indignado.

-Ni peros, ni peros. No sigas por ahí. Si quieres libros te vas a la biblioteca.

Tenía razón mi madre así que me callé la boca. No tardaría, pues, en agenciarme de una tarjeta de lector (me asignaron el número 2642) y así me hice asiduo de la biblioteca.

Sin embargo, la rabia siguió bullendo en mi interior durante mucho tiempo. Una rabia que era hija de la injusticia y de la vergüenza de ser el pariente pobre.

ccalduch©2017

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