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3. Sueños

Jakob no me preguntó nada sobre mí la primera noche que pasé en su casa. Después del té, comimos tortas con carne fría y luego me dijo que me había asignado una habitación amplia con una cama estilo japonés, de esas que quedan al nivel del suelo. En el cuarto había también una cuna desocupada y un estante lleno de juguetes.

Caí redonda en la cama. Pero después de dormir profundamente durante unas dos horas, entré en un estadio ligero del sueño en el que los sueños se confundían con mis recuerdos.

Soñé con mi madre. La operaban. Toda la familia nos encontrábamos en el hospital. Estuvimos con ella hasta que se la llevaron. Para matar el tiempo y para distraerla hablamos de banalidades. Mis hermanas le contaron las últimas peripecias de mis sobrinos y ella sonreía. Entonces llegó un médico. En un principio solo le iban a extirpar el tumor, pero a última hora habían decidido cortarlo todo. Es para mayor seguridad, y no haber de encontrarnos todos aquí otra vez en seis meses, dijo el cirujano. Tenía una nariz enorme, llevaba gafas de metal y la nariz le resaltaba por encima de la mascarilla blanca. Vaya nariz, dijo mi padrastro una vez el cirujano hubo salido de la habitación, no sé si uno se puede fiar de alguien con una napia así. Mi madre le puso una mano en el brazo y le dijo que saliera un rato a tomar el aire y estirar las piernas. Era sabido que él no se fiaba de nadie, que para él todo lo externo era una amenaza. Es lo que tiene haber vivido una guerra y una posguerra, suspiraba mi madre. Pero, oídme, hay que confiar en los demás, decía elevándose en la cama con nervio, al menos en los médicos. Mi madre tenía fe ciega en los médicos. Pongo mi vida en sus manos, doctor, le dijo al cirujano de la nariz grande antes de que se la llevaran al quirófano. Todo irá bien, prometió él apretándole el hombro.

En ese punto el sueño se mezcló con los recuerdos de cuando a mi verdadero padre se lo llevaba la ambulancia. Mis hermanas y yo éramos pequeñas entonces y mi madre nos llamaba por teléfono a casa de la vecina porque en casa no había teléfono. Mi madre llamó desde el hospital una vez. Yo hablé con ella. Tenía la voz ronca. Me dio instrucciones para hacer el desayuno, cómo calentar la leche en el fogón, como abrir y cerrar la llave del gas. Le daba mucho miedo el gas. Era la primera vez que yo hablaba con ella por teléfono y su voz me resultaba familiar al tiempo que extraña. Como si aun sabiendo que era ella, pudiera confundirla con otra persona. La voz de mi madre sonaba suplicante y ronca. Le pregunté por qué tenía la voz así y ella me dijo que había cogido frío sentada en la butaca de hospital toda la noche y le dolía la garganta. Yo era pequeña y la creí.

De nuevo el sueño volvió a su operación. Me vi comiendo en un restaurante cerca del hospital con mi padrastro y mis hermanas. Mis hermanas querían comer algo rápido, un bocadillo y un café. Pero como mi padrastro siempre fue un hombre de gran apetito insistió en comer bien y pidió una mariscada para los cuatro. Ninguna de las tres le contradijo. Yo miraba el reloj mientras él se chupaba los dedos cada vez que le arrancaba la cabeza a una gamba. Nos habían dicho que la operación duraría unas dos horas y pronto habrían pasado. Mis hermanas comían sin levantar la vista del plato. Margareta arrancaba la piel a las gambas con gestos delicados y Dana comía trozos de pan pequeños con sus dientes de ratón. Yo apenas comí nada.

Así nos dieron las tres de la tarde. Yo estaba cada vez más nerviosa porque imaginaba que a mi madre la llevarían a su habitación de hospital y estaría sola cuando despertara. Mientras, mi padrastro seguía relamiéndose los dedos. Cuando acabó de comer pidió postre y café. Luego, mientras fumaba un cigarrillo, pidió por fin, la cuenta. Tardaron una eternidad en traerla. La estudió con cuidado, achicando los ojos para leer mejor como hacía siempre, y al ir a echar mano de la cartera se dio cuenta de que no tenía suficiente dinero para pagar. Mis hermanas y yo pusimos de nuestro bolsillo, mientras él refunfuñaba porque para él ser hombre significaba pagar las cuentas en los restaurantes. Luego nos hizo prometer que recordaríamos lo que pagaba cada una para poder devolvérnoslo después.

Oliendo a gamba y a fritura, volvimos al hospital.  Efectivamente, como yo había temido, mi madre ya estaba de vuelta en la habitación. Por suerte, aún estaba dormida y no se había dado cuenta de nuestra ausencia. Mis hermanas y yo nos sentamos a su alrededor a esperar a que abriera los ojos. Entretanto, mi padrastro fue a preguntar por el médico. Al poco, un médico, que no era el de la napia que habíamos visto por la mañana, entró y nos dijo que había ido todo bien y también dijo que había venido antes y que no había encontrado a nadie. Dijo esto último como con fastidio. Mi padrastro farfulló que habíamos salido a comer. Mis hermanas se sonrojaron. Yo apenas hice caso. Sentía un gran alivio porque la operación había ido bien. Cuando el médico se fue mi padrastro se quejó. Como si uno no tuviera derecho a comer, refunfuñó dejándose caer en el único sillón de la habitación. Apoyó la cabeza en el respaldo y pronto estaba roncando.

Cuando mi madre se despertó, le dijimos que todo había ido bien y ella sonrió y nos pidió un beso a cada una. Luego pidió por él. Tuvimos que despertarlo. Cuando se acercó a la cama y mi madre le dio la mano, vimos que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Después de estos sueños revueltos, me quedé dormida profundamente. Cuando desperté, me sentí muy descansada. Era casi el mediodía y el sol estallaba en el cuarto como si fuera la primera mañana del mundo.

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