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A LA VEJEZ VIRUELAS

Para Celia E.

Se despertó aquel día con la vaga sensación de haber tenido un sueño resbaladizo como el suelo de una bañera vieja. A veces le pasaba, y como que sabía por experiencia que los mensajes del subconsciente son testarudos, también sabía que tendría a lo largo del día breves flashes que acabarían por poner ante su mente consciente imágenes del sueño.

Siempre le había fascinado el fenómeno de los sueños y como estaba prejubilado tenía mucho tiempo para leer, así que pasaba horas leyendo a Freud y a Jung. El academicismo científico de Freud le dejaba un poco frío, casi prefería a Jung cuyas teorías dejaban algo más de margen a la intuición y a elementos esotéricos con los que se identificaba sin apenas darse cuente, como eran el subconsciente colectivo y los arquetipos.

Su mujer se quejaba: siempre con el libro en la mano, no sé de qué te sirven tantos libros, dónde vamos a meter tanto libro, tú, todo es leer y la mesa sin poner, que todo lo tengo que hacer yo, que no me ayudas… Y así cada día.

Un buen día se le ocurrió que quería estudiar psicología. Tras informarse bien y meditar la decisión, desenterró del trastero un escritorio que había sido de su hijo y lo puso debajo de la ventana del cuarto de la plancha. Su mujer, entrando en el cuarto con un capazo de ropa, lo miró con ojos como platos.

–¿Pero, pero qué haces?

–Me voy a poner a estudiar y necesito sitio.

–Ah, no, ni hablar, aquí no, que aquí plancho yo, ¿y qué es eso de estudiar?

–Me han dicho que puedo hacer un examen para mayores, para ir a la universidad.

–¿A la universidad, tú? –se echó a reír–. Tú no estás bien, madre mía, a la vejez viruelas. Todo esto tienen la culpa esos malditos libros, si ya lo sabía yo que los libros te iban a meter ideas en la cabeza…

Su mujer estuvo el resto del día refunfuñando, que si a la vejez viruelas, que si estaba mal de la azotea. Cada vez que entraba en el cuarto de la plancha donde él se estaba arreglando su rinconcito de estudio, ella se plantaba con los brazos en jarras. Míralo, el estudiante de medio pelo, decía. Pero él no le hacía caso. Ni caso, tú a lo tuyo, le decía su mente consciente.

Así que se puso a estudiar con furia para sacarse el examen de acceso a la universidad para mayores de 45 años y cada vez que se encerraba a estudiar, su mujer en el cuarto de al lado ponía la televisión a toda pastilla, pero él seguía sin hacerle caso y se ponía tapones en los oídos. Y así, en un año, aprobó los exámenes que le daban acceso a su sueño.

Y el primer día, de camino a la universidad, en el metro sentado entre gente perdida en los abismos de las pantallas de sus móviles, él tuvo aquel primer flash del recuerdo del sueño de la noche anterior y se vio en clase sentado en las gradas de un aula atiborrada de estudiantes jóvenes que lo señalaban y se reían de él por sus canas.  Estuvo en un tris de bajarse en la siguiente parada, volver atrás, a casa, y aceptar en silencio el desdén de su mujer, magnificado al saberse poseedora de la razón absoluta.  Pero no lo hizo. No volvió atrás. Hizo de tripas corazón y siguió adelante.

Hizo transbordo de la línea amarilla a la línea verde y recorrió el pasillo eterno que transcurre a lo largo del subterráneo del Paseo de Gracia. Mientras lo hacía tuvo el segundo flash del sueño, que no era sino un recuerdo de una vivencia real de un día, años atrás, en que había paseado por el Paseo de Gracia con Concha, antes de estar casados, y ella se había quedado con la boca abierta ante los edificios majestuosos y entonces él le explicó quién fue Gaudí y como murió atropellado por un tranvía, sin que nadie supiera quién era, porque iba indocumentado y vestido con ropas humildes. Y ella lo miró con ojos como platos y dijo, Ay, Jaime, cuánto sabes, y se cogió de su brazo y siguieron paseando, y él se sintió grande y admirado y pasearon el resto de la tarde cogidos del brazo, y a partir de aquel día él subió a su casa sin problema y cuando se despedían se daban un beso.

El túnel se acababa y al seguir al río de gente del que él era parte de nuevo, tras años de haber vivido casi como un eremita, sintió que la manada que se movía acelerada a través del túnel le cedía parte de su vitalidad. Al salir a la calle, en zona universitaria, siguió a un grupo de estudiantes que se fueron dispersando de camino a las diferentes facultades. Seguía a buen ritmo el paso rápido de los jóvenes y cuando entró en la facultad de psicología sintió como si le hubieran ido cayendo los años de encima a cada paso. Se adentró en los pasillos de la facultad y buscó su aula. Entró y se sentó en la grada del centro. El aula fue llenándose de estudiantes bulliciosos. Algunos se sentaron en su mismo banco, el que quedó sentado a su derecha le hizo un ligero gesto de saludo y él hizo lo propio, se le ocurrió que podría presentarse pero el chico ya no estaba mirándolo. El rumor de las conversaciones llenaba el aula y casi no oyó la voz tímida de una chica preguntándole si el asiento a su izquierda estaba libre.

Al poco, se acabaron las voces y la clase se sumió en silencio al entrar una profesora que se presentó y pasó a presentar su asignatura. Así fueron pasando ante los estudiantes hasta cinco profesores. Los profesores hablaban y los estudiantes disciplinados tomaban notas. Se oía alguna tos, algún estornudo, pero nadie hacía chascarrillos, el ambiente era muy distinto al que él vivió años ha en su instituto. Él se sentía bien porque a nadie parecían importarle sus canas ni las gafas que descansaban sobre la punta de su nariz.

Al final de la mañana la chica a su izquierda le dijo que el próximo día no podría venir y le pidió que le pasara apuntes. Él dijo que encantado de ayudarla y enseguida se arrepintió de la elección de palabras, quizá demasiado anticuadas para la situación, pero a la chica no pareció importarle porque sonrió y le dio las gracias.

Al llegar a casa, su mujer lo sorprendió con la mesa puesta y la comida preparada como cuando aún trabajaba. Cuando se sentaron a comer le preguntó qué había aprendido aquel primer día en la universidad y él se lo contó todo con pelos y señales. Ella lo escuchó sin interrumpir y sin distraerse.

–Me han dicho que los psicólogos ganan bien –dijo al final.

Él meneó la cabeza.

–Hombre, algunos sí.

Temió que por un momento ella volviera a la carga con los mismos argumentos que había esgrimido durante meses.

–¿Y de qué te va a servir estudiar?

–Pues para entender esto –había dicho él señalándose la cabeza–. La mente es la clave de todo, de los pensamientos, los sueños, todo, Concha, todo.

–Los sueños, los sueños… muchos sueños tienes tú, toda la vida soñando…

Pero la conversación no fue así aquel primer día de universidad y ya no volvería a serlo. Y aquella tarde él se encerró en el cuarto de la plancha a repasar los apuntes del primer día, mientras su mujer miraba la televisión en el otro cuarto, con el volumen bien bajito.

 

ccalduch@7.10.17

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El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

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¿Lo ves ahora, ángel?


Llego tarde, muy tarde. Me he dormido. Es imperdonable. Pero es el jet-lag. La falta de sueño. Corro, pero por más que corra, no consigo ir más deprisa y el tiempo no deja de correr en mi contra. Tengo sensación de irrealidad, de pesadilla. A cada tanto me paro, me doblo por la cintura y espero a que me vuelva el aliento y luego echo a correr de nuevo. Juraría que me sigue un viejo. Pero es imposible, ¿quién podría seguirme a este paso? Seguro que todo son manías, manías mías.

*

Tengo manía persecutoria y se debe a que tengo cargo de conciencia. Todo empezó al bajar del avión hace unos días. Robé un libro de una biblioteca. Lo necesitaba para defender mi teoría. El libro es el eslabón perdido de una larga cadena. Tras pasar años entregada a una búsqueda frenética, me quedaban pocas esperanzas de encontrarlo, pero gracias a una casi imperceptible pista que encontré en internet logré dar con la biblioteca que alojaba el incunable que ahora tengo en mi poder.

Es probable que este sea el único ejemplar en el mundo de una novela de una autora medieval desconocida para el mundo, Eilean de Léves. La vida de la Eilean histórica se cuenta en tres trazos rápidos: nacida hacia 1130 en el castillo de Donan, en Loch Duich, Escocia, fue raptada en la adolescencia por un caudillo normando que la vejó primero para abandonarla luego en un convento en Francia donde pasaría el resto de su vida. Hasta ahí el personaje histórico, no demasiado distinto a tantos otros. El problema comienza cuando nos adentramos en su faceta de novelista, que ha sido motivo de dudas y agrias discusiones en los círculos medievalistas durante años.

¿Qué importancia podría tener una autora medieval hoy día en que las máquinas escriben novelas y la mayoría de lectores se conforman con narrativa de usar y tirar? Pues la tiene, y bastante. Porque de Eilean de Léves pende toda la tradición artúrica. Y de la tradición artúrica pende toda una serie de movimientos literarios que alcanzan hasta la actualidad.

Sí, estoy en disposición de afirmar que Eilean es la verdadera creadora del Erec y Enid, El caballero de la carreta, El Lancelot del lago, y otras tantas obras cuya autoría se ha regalado a Chrétien de Troyes durante siglos. Y este hallazgo representa por un lado devolverle a Eilean lo que merece como autora, y por otro, en una faceta más personal, significa el restablecimiento de la reputación y de la figura de mi querido profesor, Alexander Brok.

Alexander Brok (1950- ?) fue un medievalista checo que trabajó como profesor en la universidad donde yo estudié –hablo de él en pasado porque lo supongo muerto aunque nunca se haya encontrado su cuerpo. Brok fue un gran profesor. Era de apariencia tímida, era algo huraño, un mordedor de uñas empedernido, de cabello oscuro y voz profunda, de mirada aguda y sagaz. Fue profesor mío de literatura románica durante dos cursos, casi tres. Tenía 38 años y yo 20, y como suele pasar, mi admiración por él rayaba en el enamoramiento.

Era uno de los mejores medievalistas del mundo y estaba escribiendo un libro sobre Eilean de Léves cuando la universidad decidió prescindir de sus servicios. Sus alumnos no recibimos ninguna explicación formal. Simplemente nos encontramos con el aula cerrada y un cartel en la puerta anunciando que se suspendían las clases hasta nuevo aviso. A los pocos días apareció una profesora nueva para retomar las clases de Brok. Era una profesora amable y comprensiva, pero no estaba a la altura de Brok. Aun estábamos en la época soviética y los alumnos no estábamos acostumbrados a reclamar, así que no se nos ocurrió ir a quejarnos ni a preguntar qué había sido del antiguo profesor. Un día la profesora nos contó un rumor que circulaba acerca de Brok. Era una historia estrambótica que sin duda filtraron desde la misma universidad con la única intención de que se corriera el rumor de que Brok había recibido una oferta de una universidad en la RFA y que le había faltado tiempo para hacer las maletas y cruzar el muro. Durante algún tiempo di por supuesto que eso fue lo que ocurrió y me sentí decepcionada. La verdad no la sabría hasta el semestre siguiente.

**

Un domingo antes de que acabara el año fui a visitar a mis abuelos y cuál sería mi sorpresa cuando me topé con Brok por la calle. Yo estaba esperando al tranvía para regresar a la residencia cuando lo vi. El corazón me saltó en el pecho, pero el alma me cayó a los pies. Estaba muy desmejorado, se había dejado barba, tenía ojeras y sus ojos ya no brillaban. Hacía frío y estaba a punto de nevar, pero él iba vestido con un traje de entretiempo y no llevaba abrigo ni sombrero. Me reconoció, lo supe al instante por el destello fugaz de los ojos que delata el reconocimiento de un conocido, pero no se detuvo, sino que echó a andar rápidamente. Lo llamé varias veces, me costó encontrar mi voz al principio, y él se volvió una vez y me miró con miedo. Me di cuenta de que si no apretaba el paso lo perdería y entonces eché a correr. Cuánto más corría yo, más deprisa caminaba iba él. Yo iba cargada con una bolsa de ropa limpia y otra con comida que mi abuela me había preparado y me costó lo mío seguirle el paso hasta que por fin se detuvo en seco y se volvió a mí.

Su actitud me pareció muy extraña, pero estaba tan emocionada al verlo que solo se me ocurrió preguntarle si había decidido volver a la universidad. Él no pareció comprenderme.

– ¿Es comida? –preguntó en un murmullo, señalando una de mis bolsas.

Asentí y le di la bolsa, que él cogió mirando con miedo a nuestro alrededor. Luego echó a andar rápidamente.

-Gracias, ángel -dijo antes de desaparecer- no le digas a nadie que me has visto.

Ángel. Me había llamado así una vez en clase, una vez que yo le pregunté si el rey Arturo no se enteraba de lo que hacía Ginebra o si era que no quería enterarse, y por qué aun cuando se enteraba todo parecía quedar olvidado al pasar de un capítulo al siguiente. Me parecía que la acción era poco consecuente. Brok se acercó a mi mesa y me miró fijamente. “¿Cómo se llama usted?”, preguntó. Le dije que me llamaba Ángela y entonces él dijo: “Es bueno hacerse preguntas. Mira, ángel, no te importa que te llame así, ¿no? Me gusta más que Ángela, al fin de cuentas se supone que los ángeles no son ni masculinos ni femeninos, ¿no? Veamos, ¿por qué Arturo se hace el sueco? ¿Será porque no quiere enterarse, porque teme que su ira provoque el mal en el mundo? ¿O quizá hay otra explicación? Y es que el procedimiento narrativo en la novela artúrica no es linear, sino cíclico, cada episodio está contenido en sí mismo, o sea es individual, y siempre se regresa al mismo punto de partida, por eso da la sensación de que la acción se interrumpe y vuelve a empezar una y otra vez, ¿más preguntas, ángel?”

Entre el Brok que me habló así aquel día y el hombre que aquella noche se perdió entre las sombras como un mendigo había una diferencia abismal. La escena me dejó sumida en una gran tristeza.

***

Apenas pegué ojo aquella noche. El lunes por la mañana pregunté a mis compañeros de clase si habían sabido algo más de Brok, pero todo el mundo se encogía de hombros.  Pero ahora yo ya sabía que lo habían dicho sobre él era falso y se me ocurrió acudir a la profesora que lo había sustituido para ver si ella podría darme alguna pista más. La asalté a bocajarro por un pasillo y le dije que tenía que consultarle algo. Ella iba con prisas, tenía clase, dijo, pero notó mi desesperación y me invitó a visitarla en su despacho a última hora de la mañana para aclarar dudas.

Las clases de aquella mañana se me hicieron eternas. Pero al final el reloj dio la hora y me encontré en el despacho de la profesora. Cuál sería mi sorpresa cuando vi allí a otros cuatro alumnos con los que había coincidido en las clases de Brok. La reunión se tradujo en una clase de tutoría, la profesora me invitó a preguntar todo aquello que no tuviera claro sobre la clase, pero yo no tenía preguntas sobre la clase y no pregunté nada. La profesora no pareció extrañada, en cambio yo salí decepcionada porque no había logrado averiguar nada sobre Brok.

Uno de los alumnos presentes en la tutoría me esperó en la puerta. Se llamaba Oskar Jurgeson, y yo lo había visto algunas veces mirándome de reojo en clase. Me pregunté qué querría. Yo nunca le había prestado atención porque no tenía ojos más que para Brok.

-¿Has acabado las clases por hoy? –preguntó sosteniendo la puerta para que yo pasara.

-Sí, no tengo nada más hasta mañana, la clase de Brok, que por cierto… tú también estás en ella, ¿no?

Obviamente deslicé el nombre de Brok a propósito y Oskar cayó de lleno en la trampa.

-Pero, Brok ya no está, ¿no lo sabías?

-Sí, claro, que lo sé, pero para mí siempre será su clase. Lo echo mucho de menos. Tú no sabrás qué ha sido de él, ¿no?

-Dicen que se pasó al otro lado –dijo Oskar bajando la voz.

-Eso no es verdad –dije yo también bajando la voz.

– ¿Cómo lo sabes?

-Porque lo he visto.

– ¿Cómo que lo has visto?

-Ayer mismo, en la Amtsplatz.

-¿Y qué hacías tú en la Amtsplatz?

-Mis abuelos viven allí.

-Ya veo. Mira, aquí no podemos hablar. Te quería proponer una cosa… Si quieres nos vemos de aquí a una hora en la biblioteca de latín. ¿Vendrás?

Había urgencia en su mirada. Asentí, y aún no sé por qué, ya que era evidente que yo tenía más información sobre Brok que la que Oskar me podía ofrecer, pero aun así le prometí que iría.

****

Las clases habían acabado y quedaba poca gente por los pasillos de la universidad. Maté media hora en la cafetería y luego otra media hora buscando en el directorio general la biblioteca de latín. Cuando se hizo la hora en que habíamos acordado vernos me dirigí hacia allí. En la misma puerta de la biblioteca me encontré con Oskar que, después de comprobar que no me habían seguido, me hizo entrar.

La biblioteca estaba vacía. Las luces estaban apagadas y no había nadie en el mostrador de préstamos. Por un momento temí que Oskar me hubiera hecho ir hasta allí bajo un falso pretexto para no sé bien qué hacer conmigo. Siempre fui desconfiada. Por eso me enamoraba platónicamente de hombres inalcanzables como Brok.

Oskar, ajeno a mis recelos, se acercó a una de las estanterías y sacó unos tomos gruesos de Cicerón -las Catilinarias y las Filípicas- que dejó a un lado sobre una mesa. Recuerdo el nombre de los libros porque eran siempre los mismos tomos los que apartábamos para entrar en el refugio. Luego, Oskar golpeó en el fondo de la estantería, dio tres golpes rápidos y dos golpes más espaciados, y entonces empujó la estantería hacia un lado. Tras la estantería se abrió un paso estrecho que daba a un compartimento interior. Oskar entró e hizo un gesto para que lo siguiera, cosa que hice no con poco de miedo.

Sentados alrededor de una mesa redonda, vi a los tres estudiantes con los que había coincidido en la tutoría de la profesora visitante. El espacio estaba iluminado por una lamparilla que emitía una luz ámbar y sobre la mesa había un fajo de papeles escritos a máquina y atados con una goma.

-Esta es Ángela–dijo Oskar –y estos son Stent, Rant y Pietr.

Los tres me miraron serios y me saludaron con un gesto frío.

-La he invitado porque igual que nosotros está preocupada por Brok y además sabe algo sobre él –anunció Oskar sentándose a la mesa y haciéndome un gesto para que me sentara a su lado.

-¡Qué va a saber esta! –masculló uno de ellos.

-¡Esto es una imprudencia, Oskar!  -dijo otro.

-¿Cómo puedes estar seguro de que no hablará? –dijo el tercero.

– Yo respondo por ella, la conozco y es de fiar –dijo Oskar y se volvió a mí -¿o me equivoco?

No nos conocíamos tanto él y yo, pero me dije que no sería lo más conveniente en aquel momento ponerse puntillosa con la semántica, así que les dije que podían confiar en mí totalmente.

-Nos hacemos llamar los Brokados –siguió Óskar.

-¡Pero, ¿qué dices? –se quejó uno de ellos –¡aún no lo habíamos votado!

-Si nos vamos a poner a discutir otra vez por el estúpido nombre del grupo me marcho –advirtió  Oskar serio, luego se volvió a mí: -mira, resumiendo, sospechamos que Brok cabreó a mucha gente por ir en contra del canon y que se lo han quitado de encima, así, chac, chac –dijo, chasqueando los dedos.

-¿Qué es eso del canon? –pregunté.

Los otros resoplaron.

-¡Pero si no sabe nada!

-¡Que no se entera!

-¡Increíble! ¿De dónde ha salido!

Me sentí mal por no saber lo que era el canon, pero no estaba dispuesta a irme con el rabo entre las piernas, así que los ignoré y miré a Óskar.

-Brok estaba escribiendo un libro –siguió Óskar señalando los papeles en la mesa- ahí está lo que queda de él. Evidentemente no llegó a acabarlo.

Creo que miré los papeles sobre la mesa con avidez porque uno de ellos pasó la mano alrededor del fajo y lo alejó disimuladamente de mí.

-La premisa básica del libro de Brok es que Chrétien de Troyes no existió y que sus novelas fueron escritas por una mujer, Eilean de Léves, una princesa escocesa contemporánea de Chrétien que adoptó ese nombre como pseudónimo. Brok expuso su teoría ante la facultad y al hacerlo levantó muchas ampollas. Ellos intentaron convencerlo para que no publicara, pero Brok no dio su brazo a torcer y entonces lo echaron. Es lo que se entiende como ir en contra del canon y pagar caras las consecuencias.

-¿En qué se basa Brok para afirmar que tal cosa? –pregunté después de recuperarme de la sorpresa.

-En que las historias de Eilean son calcaldas a las de Chrétien.

-¿Y no es posible que fuera ella quién lo copiara a él?

Los otros tres volvieron a resoplar impacientes.

-No, no, no, según Brok, las obras de Eilean son anteriores –siguió Oskar -Sin embargo, mientras Chrétien ha llevado la corona de laurel durante siglos, Eilean ha dormido en el olvido, y es eso lo que Brok quería cambiar con este libro, pero no es fácil conseguir una novela de Eilean, por no decir imposible con lo que no hemos conseguido contrastarlo. En teoría, los originales se conservan en la biblioteca de Basilea, pero cada vez que hemos solicitado ver alguno nos han dicho lo mismo: “Ejemplar retirado temporalmente para reparación”. Sospechamos que Brok se encontró con las mismas dificultades, con lo que su teoría no está confirmada, de todas maneras no podemos saberlo a ciencia cierta porque no acabó el libro.

-¿Y solo por decir que Eilean es la verdadera creadora de la novela artúrica lo echaron? –exclamé -¡eso es ridículo! ¿No será que no tenía carnet del partido o que fue crítico o…?

Los cuatro se miraron entre ellos como si no hubieran pensado antes en esa posibilidad.

-No, no, Brok era del partido, tenía que serlo –dijo Oskar al final, aunque sin mucha seguridad.

-Lo que tú digas –seguí con mal humor al ver que no se tenían en cuenta mis opiniones- ¿Por qué me has invitado a esta reunión? ¿Cómo puedo ayudaros?

-Queremos restituir la figura de Brok –siguió Oskar con confianza renovada- y ahí es donde entras tú. Eres la única que lo ha visto después de que lo echaran de la universidad.

Los otros me miraron de repente con gran interés. Y entonces Oskar me pidió que les contara mi encuentro del día anterior con Brok. Así lo hice. La noticia los alteró bastante.

-¿Y ahora lo dices?

-¡Haber empezado por ahí!

-¡Vamos, no podemos esperar ni un minuto más!

Se pusieron en marcha. Insistieron en que los llevara al sitio exacto donde había visto a Brok. Les dije que era lejos de la universidad, pero no les importó lo más mínimo. Cabe de decir que los cuatro eran muy fieles al profesor, quizá por eso decidí formar parte de su grupo y guiarlos hasta el lugar donde lo había visto el día anterior.

Tras una hora de viaje en tranvía, llegamos a la calle de mis abuelos y en el punto en el que Brok y yo nos habíamos visto el día anterior, nos dispersamos con la idea de ampliar el campo de búsqueda lo máximo posible. Yo me adentré en un parque donde se concentraban grupos de mendigos y pedigüeños y lo busqué entre ellos, pero no logré dar con él. A las dos horas, nos encontramos los cinco, tal como habíamos acordado, en la parada del tranvía. Nadie había visto a Brok. Desilusionados, nos marchamos.

***

A partir de entonces empecé a frecuentar el grupo de los Brokados. Se reunían todos los jueves después de clase en el refugio de la biblioteca de latín. Uno de ellos, Stent, trabajaba allí como bibliotecario y era el encargado de cerrar al mediodía. Desde que les conté mi encuentro con Brok y los llevé al lugar donde lo había visto por última vez la actitud del grupo para conmigo mejoró notablemente. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca llegamos a averiguar nada sobre el profesor. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Con el tiempo los Brokados se cansaron de sus reuniones secretas. Creían que en la universidad sospechaban que estábamos buscando a Brok y que por eso sus notas habían caído en picado. Yo no lo creía, porque a mí no me había pasado eso, creo que simplemente se volvieron descuidados y no estudiaban lo suficiente.

Como fuera, el grupo se fue desmembrando hasta que solo quedamos Oskar y yo. Yo, porque no conseguía quitarme a Brok de la cabeza, y Oskar, aunque era evidente por su actitud que, al igual que los otros, se había cansado también del tema, lo usaba de excusa para seguir viéndome. Con el tiempo se daría cuenta de que no tenía nada que rascar conmigo, y cada vez nos fuimos viendo menos.  Al poco tiempo cayó el muro y todo cambió. Las estructuras de poder se desmembraron y los poderes opuestos a Brok se diluyeron. Acabé la carrera y me licencié en literaturas románicas, y ahora ocupo la plaza que un día fue la de Brok.

Ahora ya nadie recuerda quién fue Brok. Gracias a la ley de transparencia he podido consultar los ficheros de la policía secreta en busca de alguna pista que me lleve a encontrarlo, o al menos comprender lo que ocurrió con él, pero no he encontrado registros a su nombre. Quizá cayó en desgracia, como sostenía Oskar, tan solo por sus teorías literarias y no por nada político como yo temía. Sin embargo, el resultado es el mismo. Brok lleva desaparecido más de veinte años. Y yo he pasado esos veinte años buscándolo a él y a Elean. He leído tantas veces su libro inacabado que me sé de memoria párrafos enteros. Brok tenía razones consistentes para creer que sus postulados eran ciertos, pero le faltó aportar pruebas para probar sus tesis, habría bastado un ejemplar auténtico de una obra de Eilean como, por ejemplo, el que obra en mi poder y que hoy voy a presentar al consejo de la facultad de románicas juntamente con el libro inacabado de Brok, o mejor dicho, acabado en fecha de hoy. Acabado por mí.

**

“Señoras y señores: gracias por su presencia aquí esta tarde. Lo que estoy a punto de presentar ante ustedes es una obra sobre cuya existencia se ha debatido durante años y que llevó al menos a un hombre bueno a la perdición. Es probable que el ejemplar que presento aquí sea único en el mundo, es una novela de una autora medieval desconocida, Eilean de Léves. El primero en hablar públicamente de Eilean fue mi querido profesor…”

*

Murmullos de sorpresa se erigen entre el público. Reconozco a compañeros míos de facultad y a compañeros de estudios. Oskar está aquí también aunque me dijo que no podía venir. Al final ha venido y se lo agradezco. Reconozco a algún alumno mío al que le llevo quince o veinte años y que en clase me mira embelesado, es lo normal supongo. Me pregunto si me buscaría si yo desapareciera. El decano también está aquí y el vice-decano. Creo que están sorprendidos por mis palabras, pero no dejan de sonreír. En esta época de reivindicaciones, todos están preparados para aceptar lo que el método científico dé por bueno. Reconozco a la mayoría de los presentes en la sala y les sonrío mientras hablo. Finalmente muestro el original y se alzan más voces y murmullos. Entonces la sala estalla en aplausos. Veo a Oskar de pie. Aplaude y creo que llora. No esperaba esta reacción y me pilla desprevenida. Algunas personas se acercan al podio a felicitarme.

En el fondo de la sala se levanta un anciano. Bien vestido, con corbata, traje, lleva un paraguas en el que se apoya ligeramente al andar. Tiene el cabello blanco como la nieve. Había sido alto pero ahora está algo encorvado. Tiene los ojos vivos, la mirada sagaz. Se me para el corazón en el pecho, siento sensación de irrealidad. El viejo se acerca a la tarima. Me mira y murmura.

-¿Lo comprendes ahora, ángel, comprendes que en la narrativa como en la vida siempre se vuelve al punto de partida?

Asiento. No puedo sino darle la razón.

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Eilean Donan Castle, Loch Duich, Scotland.

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Destino Marte

El cielo es un mar de nubes, el aire es helado y corta la respiración. Desde detrás del perímetro de seguridad una multitud de caras anónimas espera en el frío a que salgan del recinto para aclamarlos. Ellos saludan, como si fueran estrellas del rock, desde la distancia.

-Hay muchas cámaras –murmura Xx2, algo abrumada.

-Tú solo sonríe y saluda como si los conocieras a todos –dice Xy2 sonriendo.

Se cargan sus mochilas al hombro y siguen a los soldados que los escoltan hasta los jeeps. Xx1 lleva, además, unos zapatos de aguja entre los brazos. Sabe que resulta algo grotesco pero no ha sabido qué hacer con ellos cuando le han dicho que no podrá subir los zapatos a la aeronave por motivos de seguridad. Así que acaba dándole los zapatos a una espontánea que atraviesa corriendo el perímetro de seguridad y se acerca a ellos para pedir autógrafos y hacerse fotos. La mujer no puede evitar las lágrimas al recibir los zapatos de manos de Xx1 y le dice que, de los cuatro, ella es su favorita.

-¿Y tú qué llevas ahí, la enciclopedia universal? –pregunta riendo Xy2 al ver a Xy1 cargado con una mochila llena libros.

-No quiero olvidar nunca que una vez fui humano –replica Xy1.

-¡Pero si no vas a dejar de serlo, hombre, qué cosas dices! –ríe Xy2 dándole una palmada fuerte en el hombro, y luego añade: -¡Chicos, llegó la hora de la verdad, el que se quiera rajar, es ahora o nunca!

Xy1 lanza en el maletero su mochila llena de libros, serio y sin responder a la provocación se mete en el jeep.

***

En el asiento trasero, Xx1 vuelve a preguntarse por qué Xy1, siendo tan antisocial, ha sido seleccionado y por qué ha tenido que tocarle a ella. De unas buenas relaciones entre los cuatro depende el éxito de la misión, les han dicho muchas veces. Y esta misión es todo lo que ella tiene, así que ha hecho lo posible por llevarse bien con él. Pero él no se lo pone fácil.

Se pregunta quién decepcionará a quién llegado el momento. Hasta ahora ellos dos solo han protagonizado alguna escaramuza amorosa insignificante. Han dormido en el mismo compartimento, durante meses, sí, pero aún no han “dormido” juntos en el más amplio sentido de la expresión.

Estoy cansado, masculló él la noche en que ella se acercó a él. Ella lo miró ofendida y se dio la vuelta. Entonces él pareció reaccionar y acabaron sobre la litera. Aquel fue uno de los programas con mayor audiencia, pero al final no ocurrió nada. Él la acarició, pero cuando ella lo tocó a él, sin éxito, él le dijo al oído que debía comprender que los focos y las luces rojas de las cámaras eran demasiada presión. Ella dijo que lo comprendía, pero aún así se sintió decepcionada y sola.

Él intuye los recelos de ella, pero no tiene su capacidad para ignorar el piloto rojo de las cámaras que los siguen por todas partes, y bajo los focos se siente nervioso e impotente. Por otro lado, siente gran resquemor moral ante lo que considera un emparejamiento antinatural, aunque no puede evitar desearlo. Está confundido y no sabe si la reacción incontrolable que se desata en su cuerpo cuando la mira (la sangre corriendo desbocada por sus venas, esa tirantez dolorosa en la entrepierna) se debe a su compatibilidad genética o si por el contrario se debe a las circunstancias y a la convivencia extendida en aquellos espacios cerrados.

Ella, demasiado sumida en sus propias dudas, no tiene ni idea de cómo se siente él y cree que su relación no tiene futuro, y que a pesar de que sus ADNs son compatibles, sus personalidades no lo son. Los escogieron a ellos y a sus otros dos compañeros de entre miles de candidatos para la misión de poblar el planeta Marte. Supuestamente los escogieron por sus méritos personales: los cuatro son jóvenes enormemente capaces, con coeficientes intelectuales muy altos, físicamente perfectos, fuertes, sin caries, ni defectos en la vista, sin enfermedades hereditarias en sus familias, cada uno proviene de un punto cardinal opuesto para fomentar así la mezcla genética entre ellos, y que sus descendientes tengan las mayores probabilidades de sobrevivir en un medio hostil.

Se hubieron de someter, antes de resultar elegidos y emparejados, a estudios físicos exhaustivos y a pruebas mentales agotadoras. Pero la parte psicológica no se ha tenido apenas en cuenta y todos se sorprendieron cuando Xy1 se negó a someterse a la humillación de aquella sesión bajo los focos de las cámaras en la estancia blanca e inmaculada donde al entrar había de encontrar revistas y videos obscenos junto a un vasito de plástico que habría de depositar, una vez lleno, en una nevera. Xy1, mantuvo litigios con los organizadores de la misión y del programa hasta que por fin le permitieron hacerse las pruebas sin cámaras. Durante aquellas semanas el programa alcanzó altísimos niveles de audiencia.

Para Xx1, lo peor no fueron los pinchazos en el abdomen, ni las imágenes ecográficas del interior de su cuerpo proyectándose en las pantallas de todo el mundo, sino sus propias dudas sobre su elegibilidad que la sumieron en un desenfreno ansioso mientras esperaba. Pero tras el suplicio, por fin llegó la publicación del veredicto, y ella supo que había sido elegida para la misión. Y después del éxtasis inicial, llegó el encierro en la estación espacial, los largos meses de entrenamiento bajo las cámaras y las dudas sobre su relación con Xy1. Sin embargo, todo llega a su fin y para ella esos sinsabores están a punto de acabar.

***

Después de algunos minutos de trayecto a través de carreteras de nieve y hielo, sumidos en un silencio espeso, ella murmura:

-¿Te has dado cuenta de que aquí no hay cámaras? –y es como si él despertara de un largo letargo al oír su voz resonar en su oído.

Lleva un buen rato contemplando las nubes, que pasan sobre sus cabezas ajenas a todo. Se dice que quizá sea la última vez en su vida que las vea.

-¿Cómo estás tan segura? –musita él, estudiando el interior del jeep con recelo.

Está tan acostumbrado a ser observado que esa repentina libertad le parece imposible de creer.

-No hay –sigue ella dejando caer la cabeza en el respaldo desde donde lo mira con ojos plácidos y le sonríe como invitándolo.

Él mira a su alrededor, el techo del vehículo está limpio, las esquinas parecen limpias, los respaldos de los asientos están limpios. El jeep es amplio, el conductor está escuchando música y ni siquiera se percata de que en el asiento trasero ellos dos se besan.

***

Se oye una pequeña explosión en el exterior y el jeep se ve sacudido fuertemente, el conductor frena con fuerza y pierde el control del vehículo que resbala sobre el hielo para quedar finalmente volcado sobre un costado.

Pronto el segundo jeep llega a su lado. Xy1 está intentando sacar a Xx1 del vehículo. Ella no le contesta, tiene la cara ensangrentada y la cabeza le sangra. El conductor del segundo jeep pide ayuda por radio y una voz fría y lejana le responde que la ayuda está en camino.

Entre todos logran sacar a Xx1 del jeep y la tienden sobre el hielo. Xy2 se acerca al conductor del jeep accidentado que cuelga boca abajo de su asiento. A lo lejos se oyen el batir de alas de un helicóptero de la televisión y las sirenas de las ambulancias.

-¡No tiene pulso! –grita Xy2.

-Ella tampoco –anuncia el conductor del segundo jeep.

Xy1 se deja caer sobre el hielo y ni siquiera siente sus mordidas en la piel. Su corazón se rompe a añicos, mientras unos brazos fuertes lo levantan del suelo y lo llevan hasta una ambulancia. Él se revuelve y grita al ver a los sanitarios sobre ella y cómo su cuerpo se convulsiona bajo un desfibrilador. Pero no le permiten volver atrás, entonces alguien le inyecta algo en el brazo y él cae en un sopor denso.

Un helicóptero sobrevuela por encima de sus cabezas, mientras por el cielo siguen pasando nubes ajenas a las tribulaciones de los hombres y aún más allá, el planeta rojo sigue esperando.

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EL ARMARIO

Al abrir los ojos por la mañana lo primero que veía era el armario de tres cuerpos que se comía media habitación en la que dormí hasta los cinco años. El armario era de color caoba y tenía tiradores dorados. Hacía juego con las mesillas de noche y tenía un ribete dorado que recorría las puertas de cabo a rabo.

En la parte izquierda del armario colgaba la ropa de mi madre: vestidos de estampados chillones  al estilo sicodélico de la época, trajes chaqueta convencionales, blusas y faldas largas. En el altillo guardaba jerseys, bufandas y un bolso blanco con rayas negras (el mismo que sale en las fotos que se hizo en París, durante aquel viaje en autocar que duró ocho días y donde conoció a mi padre). En el estante inferior, arrinconados, un par de zapatos negros, con borlas de adorno en las puntas, de tacones bajos pero puntiagudos que mi madre ya no se ponía y que repiqueteaban en el suelo cuando yo me los ponía para disfrazarme de mayor.

El centro del armario era doble y tenía dos puertas. Dentro no había barra sino dos amplios estantes en la parte superior y tres cajones en la parte inferior. Abrir aquellas puertas era como salir al campo: aromas de lavanda y flores silvestres se escapaban e invadían todos los rincones del cuarto; y  los juegos de reflejos de las lunas que revestían el interior de las puertas hacían que un tesoro blanco de toallas y juegos de cama bordados a mano deslumbrara la vista. Entre las toallas, como enterradas en arena exquisita, destellaban algunas joyas: una pulsera de oro, un reloj, un medallón, que, incomprensiblemente, mi madre guardaba entre la ropa, como si para ella su ajuar fuera de tanto o más valor que el oro. En los cajones inferiores se amontonaban recibos, recordatorios de comuniones y de algún entierro, una guía práctica de francés con las tapas rotas, de la época en que a ella le dio por estudiar francés para poder defenderse cuando fuera de viaje. Y en una bolsa de plástico, relegadas al futuro álbum que algún día de aquellos iríamos a comprar, las fotos de la boda. La boda fue en un día de julio y las fotos se las hicieron en la explanada frente a la iglesia. Hacía viento porque el velo revoloteaba en el aire tras los novios y los plataneros movían las ramas y las hojas que refulgían en pleno esplendor estival.

La sección de la derecha del armario, junto a la ventana, era la que le correspondía a mi padre. En el altillo guardaba una maleta y un sombrero de paja adornado con una cinta negra alrededor de la corona, recuerdo de su época de músico ambulante (decía que de joven había ido por las playas en verano tocando la guitarra y pasando luego el sombrero, mi madre se reía y decía que era mentira). De la barra colgaba una gabardina gris que olía a lluvia y que mi madre había remendado por el lado del bolsillo derecho, después de que se le hiciera un siete, no sabía cómo, una tarde lluviosa de viernes cuando él salió en busca de una farmacia de guardia para comprarme jarabe de manzana. También colgaban en el armario algunas camisas, pantalones, americanas y el traje de su boda, regalo de sus hermanas, envuelto en el plástico de la tintorería de la Rambla. El traje permaneció allí, impertérrito, durante los 14 años que transcurrieron entre la boda y su entierro.

En el estante inferior guardaba un cajón de madera, roto por un extremo. La madera astillada quedaba a la vista y era peligrosa, así que yo no tenía permiso para meter allí la mano y no lo tuve hasta después del entierro cuando ya nadie me podía impedir revolver entre sus cosas. Dentro del cajón de madera había algunas herramientas: dos martillos (uno de punta afilada y otro de extremos cuadrados, muy pesado), una llave inglesa fija (idéntica por los dos extremos) y otra llave (ésta ajustable) que utilizó, sin éxito, una vez para intentar arreglar una bicicleta vieja que alguien me dio; había también un destornillador con mango amarillo; cinta métrica no había porque en mi casa se medía a palmos o a ojo cubero, pero sí había, sueltos en el cajón, clavos, tornillos y arandelas de todas las medidas. Había pocas herramientas porque se hacían pocas reparaciones en la casa. Pero cuando se hacían era siempre en viernes. Cuando mi padre llegaba a casa el viernes después del trabajo, se arremangaba, sacaba el cajón del armario, lo colocaba sobre la mesa del comedor, con cuidado de no tocar el extremo astillado y revolvía entre las herramientas cavilando cuál sería el mejor procedimiento para arreglar el desperfecto del día (un gozne que chirriaba, un vidrio roto, un azulejo suelto en el baño o en la cocina…) y siempre llegaba a la conclusión de que le faltaba el elemento esencial sin el cuál la reparación resultaría imposible: aceite lubricante, masilla, cola…, entonces le prometía a mi madre que iría a la ferretería por la mañana pero al día siguiente era sábado, día de mercado, y los dos salían juntos a la compra y a él se le iba el santo al cielo; cuando mi madre se quejaba, le prometía que iría a la ferretería el lunes después del trabajo pero por hache o por be no lo hacía y la reparación caía en el olvido. Nos acostumbramos a vivir con goznes que chirriaban, con azulejos caídos y ya ni siquiera veíamos los desperfectos, pero la casa se fue deshaciendo, cayéndose lentamente a pedacitos a nuestro alrededor como la lluvia fina que cala sin que uno se entere.

Con los años el armario de tres cuerpos también se estropeó. Los espejos interiores se fueron picando de humedad y por los extremos empezó a crecerles una lámina opaca que, como una catarata ocular, se fue comiendo el reflejo de la realidad hasta que llegó un día en que los espejos se quedaron ciegos. Para entonces mi padre ya no estaba y mi madre decidió comprarse un armario más pequeño.

Mientras los operarios de la casa de muebles desarmaban y sacaban el armario viejo, recordé que una vez, de pequeña, soñé que abría las puertas del armario y encontraba, enganchadas como babosas en los espejos, unas caras parlantes, semejantes a las de las estatuas de la Isla de Pascua. Del susto me desperté. Mientras yo recordaba la primera pesadilla de mi vida, los operarios de la casa de muebles habían sacado del armario el cajón con herramientas de mi padre, le preguntaron a mi madre si quería que lo tiraran y ella negó con la cabeza. Entonces los hombres dejaron el cajón a un lado en el suelo y el cuarto se llenó lentamente de olor a bosque y a madera húmeda. Se puso a llover y supe que era viernes porque cuando yo era pequeña siempre que llovía era viernes y la quietud de la lluvia inundaba la casa, entonces mi padre llegaba del trabajo y se ponía a revolver el cajón de herramientas y yo sabía que estaba todo bien y que podía seguir soñando con aprender francés, ponerme zapatos de tacón y viajar a París con un bolso blanco con rayas negras colgado del brazo.

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