Archivo de la etiqueta: fiction

El Agua Siempre Busca la Tierra

En el piso donde vivimos primero había mosquitos por la tarde, por la mañana y a todas horas. Yo siempre había oído decir que los mosquitos salían por la tarde, como los caracoles después de la lluvia, pero al parecer eso no era más que otro cuento de viejas que se demostraba falso. Al parecer en los patios traseros de los pisos, que nadie cuidaba, se acumulaba el agua de lluvia y de ahí los mosquitos. Pero eso, como otras muchas particularidades del piso, no lo supimos hasta que llevábamos un tiempo viviendo allí.

Habíamos llegado a Barcelona a finales de junio sin saber que nos esperaba un verano atroz. Fue el verano del beso de la flaca, que entraba por las ventanas con el mismo descaro que los mosquitos. Un verano de calor insoportable, por las noches no se podía respirar el aire cargado de bochorno y teníamos que dejar las ventanas y la puerta principal abiertas para que entrara algo de aire, pero lo único que entraba eran los mosquitos.

En invierno sería todo al revés aunque eso no lo podíamos saber entonces. El aire frío y húmedo se colaría por los resquicios de las ventanas de madera vieja haciendo vibrar los falsos techos construidos con unas placas de plástico barato que hacían un zumbido como de moscardón y que no nos dejaba dormir, y el agua se filtraría por el techo desde la azotea causando graves desperfectos y goteras.

Pero el sitio era tranquilo, podíamos trabajar en nuestras traducciones en un extremo de la gran mesa de pino del comedor y dejar libre el otro extremo para comer. Así que no teníamos que guardar el portátil ni los diccionarios cada vez que comíamos. Además, había línea de teléfono y pudimos contratar un incipiente servicio de internet. Eso sí, no había Gas Ciudad y cocinábamos con butano con lo que a menudo teníamos que perseguir al repartidor por la calle si queríamos que nos subiera la bombona hasta el tercer piso. Los butaneros podrán parecer unos personajes pintorescos, o una reliquia de otros tiempos en los que los oficios se anunciaban por la calle, pero no dejan de ser molestos. Son como la nieve que hace gracia un día pero si está un mes nevando ya no te hace gracia ninguna.

Los butaneros nos despertaban cada mañana con el jaleo de las bombonas, las golpeaban entre sí para avisar de su presencia, totalmente ajenos al peligro de hacerlas explosionar llevándose por delante media calle, y luego cuando los llamábamos desde el balcón, hacían ver que no nos veían y teníamos que salir corriendo tras ellos y llevarlos casi de la oreja de vuelta al bloque. Pero la escandalera de las bombonas tenía algo de bueno y era que nos servía de despertador, sobre todo las mañanas en que nos costaba salir de la cama, después de pasar media noche en danza con el bebé.

Viniendo de tan lejos, de un país con nieve y temperaturas de menos de 20 grados durante los meses más duros del invierno, estábamos acostumbrados a, y dábamos por supuesto, ciertos derechos como el derecho a queja formal ante un propietario si algo no funcionaba en el piso, y ciertos lujos asociados como calefacción central y gas, y por eso, nos costó acostumbrarnos a las particularidades de la vida de realquilados de tercera. Pero teníamos bastante trabajo y en la casa había línea de teléfono. No nos podíamos quejar.

Teníamos una vecina, veneranda anciana de cabello blanco y ondulado como la espuma del mar, que cuando yo sacaba el bebé al balcón para que le diera el sol, me daba conversación. Fue ella la que me dijo un día, de parte de todo el vecindario, que mi teta no valía para amamantar a mi bebé y que mejor le daba un buen biberón para que se quedara harto y no llorara por las noches. Esto contradecía todas las opiniones de pediatras y enfermeras a las que habíamos tenido acceso pero según la anciana, todo eso eran modas, además, los médicos no sabían lo que les convenía a los críos y donde estuviera un buen biberón que se quitara una teta.

Un buen día oímos gritar a esta misma vecina como si le hubiera dado un ataque. Al parecer, se había derrumbado medio techo en su piso. Ella había salvado la vida gracias a que estaba en la compra en el momento del suceso. Me hizo pasar a que viera el estropicio y comprobé que no exageraba. Había grandes pedruscos en el salón y en el baño. Fíjate, si me llega a caer eso en la cabeza cuando estoy ahí haciendo mis cosas me deja en el sitio, se lamentaba la mujer señalando el WC. Un gran bloque de cemento había caído justo sobre la taza del váter y había partido en dos la tapa de plástico. Pues sí, había tenido suerte dentro de todo, fue la opinión generalizada del vecindario.

El agua siempre busca la tierra, oí por casualidad que explicaba con gran sensatez el arquitecto que acudió a certificar el estropicio en casa de la vecina. Al parecer, el desaguisado se debió a una filtración de agua de la azotea donde estaban los depósitos del agua. Así nos enteramos de que el agua en el piso no era corriente, sino que se almacenaba en unos enormes tanques, que nadie cuidaba, alojados en la azotea justo encima de nuestro piso y del de la vecina.

Cuando vino el arquitecto con el dueño del bloque, nosotros nos tuvimos que mantener al margen ya que el realquiler que teníamos no estaba autorizado. Que éramos unos sobrinos del pueblo –la excusa que nos proporcionó la persona a quién rerealquilamos el piso– no habría convencido a nadie si nos preguntaban qué pintábamos nosotros allí.

La vecina anciana era habladora pero no nos descubrió. Ahora van a arreglarlo todo, me dijo con ojos brillantes una vez se hubieron marchado las autoridades.

En nuestro piso no cayó el techo pero sí hubo goteras en invierno. La primera gota se deslizó subrepticiamente una noche, como la gota en el gotero de un enfermo de hospital, por el cable de la lámpara del dormitorio, y finalmente fue a caer sobre la cama. Al verlo, tuvimos miedo de que el techo se desplomara mientras dormíamos y llevamos el colchón al salón. Por la mañana decidimos marcharnos.

A la persona a la que le rerealquilamos el piso no le hizo ninguna gracia que nos fuéramos tan pronto, solo hacía medio año que habíamos llegado, puesto que perdía el realquiler del piso. ¿Acaso no estábamos bien allí? ¿Acaso no teníamos todas las comodidades, hasta teléfono? ¿Qué más se podía pedir? ¿Acaso el alquiler no era asequible? Le pagábamos lo mismo que ella pagaba a su vez, lo que para ella significaba “no pedirle peras al olmo”, aunque en la expresión que ella usó había cierta confusión con la fruta del refrán. Todo ello daba muestras de su gran corazón, de que ella no se quería aprovechar, sino tan solo ayudar a una joven familia…

Sin embargo, no dimos marcha atrás en nuestros planes y al poco nos marchamos del piso. La ama nos voceó por todo el barrio. Dijo que éramos unos desagradecidos de tomo y lomo, y aunque no le dejamos nada a deber, nunca más volvió a dirigirnos la palabra. El siguiente piso al que fuimos a parar no estaría libre de problemas, y también tenía una ama que era un personaje en sí mismo. Pero al menos el techo no goteaba, ni amenazaba con aplastarnos en el momento más insospechado, eso sí, también había mosquitos.

 

ccalduch@2018-05-19

 

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

África (1)

                                                                     “All I wanted to do was get back to Africa.” E. Hemingway

1975.

Llueve. Erika corre, relegando al fondo de su mente los peligros de una posible caída sobre el suelo resbaladizo. Sabe que la lluvia en Londres es impredecible, sin embargo, no se acostumbra a acarrear el paraguas consigo a todas horas.

Se reúne con Mark en una esquina y entonces corren los dos, cogidos del brazo, hasta la puerta de un hotel de segunda, la gabardina gris de él sobre sus cabezas. Ella lleva un traje de lana, abrigo, medias gruesas, está empapada en lluvia y está temblando. Él lleva un traje de lino que sin duda se secará mucho antes que su ropa.

–Lo siento, me he perdido –dice ella una vez se encuentran bajo el cobijo de la marquesina del hotel–. ¿Llevas mucho rato esperando?

–No –miente él mientras sacude el agua de la gabardina.

–No imaginaba que esto estuviera tan lejos –se excusa ella.

Mala elección. Él tendría que haber supuesto que ella se perdería. Es lo normal teniendo en cuenta que hace poco menos de un año que vive en Londres y que no frecuenta esta parte de la ciudad. Pero habían acordado cambiar de escenario a menudo para evitar la rutina. Además, él cree (aunque ella se ríe de sus miedos) que existe el peligro de que su marido la haga seguir.

Se conocieron en un acto benéfico hace medio año. Ella fue en representación de su marido que estaba de viaje con una delegación de su país. Él estaba allí para captar fondos para un país africano. Dio un discurso audaz, salpicado de datos geopolíticos, en el que habló de los problemas endémicos del continente africano, de la desposesión y del demoledor colonialismo europeo. Al acabar, los más viejos murmuraban y los más jóvenes aplaudían con entusiasmo.

Alguien los presentó. A él, de ella le llamó la atención su acento, sus preguntas directas, su visión crítica y la mirada curiosa de sus ojos de un azul pálido. A ella la conmovió su pasión, su amor por el prójimo y por el desvalido, y no le costó mucho dejarse convencer para hacer una generosa donación a la causa.

–Tres meses lloviendo, ¿es normal o crees que es el inicio de un nuevo diluvio universal? –pregunta ella mientras recogen la llave en recepción.

A pesar del deje de sorna, se nota que la ironía es fingida. Y la mención al tiempo que llevan viéndose (tres meses y contando) tampoco le pasa a él por alto.

–No hay que preocuparse, es solo la típica lluvia inglesa de primavera, tendrías que ver como llueve en África –dice él.

Él menciona África a menudo y se le encienden los ojos al hacerlo. Parece que no puede esperar a regresar. Ella sospecha que no pasará demasiado tiempo antes de que lo haga. Pero prefiere no preguntar.

En la habitación se quitan las ropas empapadas en lluvia. Las colocan estratégicamente ante la chimenea encendida. Se meten en la cama y se abrazan. Ella está helada, como siempre, pero él no lo menciona. Sabe que bajo su piel fría hay energía contenida, más de la que podía sospechar el día en que la conoció.

Ella no fue a parar a sus brazos a ciegas. Sabía lo que se decía en sociedad sobre él. Se lo murmuraron al oído personas bienintencionadas después de verla reír con él el día en que se volvieron a encontrar en una galería de arte. Es un cabeza hueca, la oveja negra de una familia de raíces aristocráticas que se remontan a los tiempos de Cromwell. Nieto de lord, hijo de un ministro de su majestad, hermano de un héroe de guerra al que no llegó a conocer. Ha viajado por todo el mundo, ha vivido en África y en la India, de allí volvió con la cabeza llena de pájaros, mandalas y budas, y con la loca idea de convertirse en mecenas de artistas y protector de los desamparados. Tiene amigos pintores, escritores, actores. Solo hay que ver la ropa que lleva y las cosas que dice…

Pero a ella le atrajo desde el primer momento y no dudó en aceptar sus invitaciones para exposiciones pictóricas, representaciones teatrales, lecturas, conferencias… que le llovieron a partir de aquel día. Consideraba aquellos eventos mucho más atractivos y provechosos intelectualmente que las cenas con embajadores y ministros pálidos a las que tiene que acudir en calidad de esposa de diplomático.

La primera vez que salieron a solas fue tras una obra de teatro escrita por un amigo de él. A diferencia de otras ocasiones, fueron al teatro los dos solos. La obra fue para olvidar, un affaire intelectualoide que a ella la dejó indiferente. Le preguntó si le había gustado y ella dijo que no. Se disculpó por su honestidad diciendo que aún no estaba acostumbrada a la manera inglesa de hablar sin decir lo que pensaba y quedar siempre bien. Él se echó a reír y confesó que a él tampoco le había gustado la obra. Al salir, llovía intensamente y él se ofreció a acompañarla. Pasearon sin rumbo bajo su paraguas, estaba claro que no querían despedirse, y sin pensarlo demasiado acabaron en un hotel.

Estuvieron juntos hasta la madrugada y aun así no tuvieron tiempo de colmar el deseo tanteado, intuido, durante semanas. Al final, cuando para él el sueño se batía a duelo contra la vigilia y mientras ella se vestía rápidamente, él no sabía cómo preguntarle si quería volver a verlo, o si aquello había sido un mero accidente. Al final optó por recurrir a la fina ironía inglesa.

–¿Tan mal lo he hecho que sales corriendo?

–Pues sí, muy mal pero soy generosa y te voy a dar otra oportunidad, llámame –dijo ella riendo, y lo besó antes de marcharse.

Ahora, una vez traspasada la frontera brumosa de los inicios, el de hoy se convierte en un acto casi mecánico. Es evidente que ella tiene la cabeza en otra parte y él siente el frío de la sospecha metiéndosele en el cuerpo por el abdomen como un cuchillo.

Después, ella recoge su ropa, descubre que aún está mojada y la lanza contra el sillón con irritación.

–Si esto tiene que acabar que sea sin escenas, por favor –dice él.

–¿A qué viene eso? –le corta ella, que no ha captado la ironía.

–No me veo batiéndome en duelo contra tu marido –sigue él.

Evidentemente no habla en serio, pero se da cuenta de que el trasfondo de la frase está lleno del convencionalismo del que lleva huyendo toda su vida. En realidad él no tiene nada en contra de Gustav Schmidt. Solo envidia su gran ventaja estratégica en esta situación.

–No seas dramático –dice ella–. Si Gustav nos descubriera lo último que haría es venir a por ti. Se divorciaría de mí y listos. ¿Se puede saber qué te pasa?

–¿A mí? ¿Qué te pasa a ti?

Ella se queda muda. Parece dudar. Él tiene la certeza de que le oculta algo. Teme que a continuación diga algo así como tenemos que dejarlo, mi marido lo sabe, lo siento pero no podemos seguir… (o sin lo siento) pero entonces ella vuelve a sorprenderlo.

–Estoy encinta, Mark, y no es de Gustav.

Ahora es él quien se queda mudo. Le late el corazón a mil por hora pero también se da cuenta de que dadas las circunstancias ella está cronometrando su silencio y que un segundo más de la cuenta podría llevarle al desastre.

–¿Y qué piensas hacer? –pregunta en voz baja.

Enseguida se arrepiente de su uso de la segunda persona. Debiera haber utilizado la primera persona del plural, incluyéndose a sí mismo en la acción. Sabe por experiencia que la retórica puede convertirse en su mejor aliada o en su peor enemiga. También sabe que una rectificación precipitada puede empeorar el resultado. Por eso espera hasta que ella responde, pero cuando lo hace no es la respuesta que él anticipa.

–Pues no sé qué haré, pero descuida, no me tiraré bajo las vías del tren.

–¡Dios, eso es horrible! ¿Por qué dices eso?

–No hablaba en serio, Mark, por favor.

–¿Bromeas? ¿Cómo puedes bromear con algo así?

Ella se sienta en la cama muy cerca de él, pero sin atreverse a tocarlo.

–No sé qué otra cosa hacer. Tú te irás a África y yo me quedaré aquí…

De repente, él siente que tiene en su mano toda la ventaja estratégica necesaria para darle un giro definitivo a la situación.

–¿Has considerado otras opciones?

–He oído hablar de un médico, dicen que es discreto y bueno –dice ella sin enfrentarse a su mirada.

–No, no, no quería decir eso… Me refiero a otras opciones de vida.

Ella lo mira expectante.

–¿Has estado en África?

Ella niega con la cabeza.

–Te gustará, es un lugar maravilloso –murmura él abrazándola.

–Mira, ya ha dejado de llover –dice ella, algo después.

Y es cierto.

 

ccalduch@2018-05-01

 

 

 

 

 

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

Día de Reyes

Una mañana de reyes mi padre me dijo que mi tía Vicenta, ya de una cierta edad, estaba muy mal. Por la manera en que hablaba, deduje que estaba en las últimas. Me sentí mal porque hacía tiempo que no iba verla. Pero lo cierto es que había estado muy ocupado y además, no me gustaba mucho ir por su casa, por motivos que no vienen al caso. Sin embargo, si era cierto que mi tía estaba grave, era mi obligación ir a verla y no había más que hablar. Así que cogí el coche y fui a su casa. Aparqué mal, pero dejé en el salpicadero la tarjeta que usaba cuando hacía visitas a domicilio, con la esperanza de que no me multaran.

Empezaba a llover con fuerza cuando salí del coche. Me había olvidado el paraguas, para variar, y tuve que ir por la calle buscando el refugio de los balcones. Encontré abierto el portal del bloque donde vivía mi tía. Entré y subí hasta el quinto piso, toqué el timbre. Al poco, oí pasos y la tapa de la mirilla desplazándose. Una voz, con tono juvenil, pidió:

–Santo y seña.

Me extrañó aquello. No supe qué esperaban que dijera, y entonces murmuré algo que me vino a la mente sin pensar, algo que mi tía Vicenta solía cantarme de pequeño:

–Pepito, pepón… cómete un roscón –murmuré de manera apenas audible.

Enseguida oí los varios cerrojos desatrancándose y la puerta se abrió lentamente hacia adentro, hacia el pasado. Vi reflejada en el espejo del recibidor mi figura de niño repeinado, con abrigo largo de lana, pantalones cortos. Me llegó claramente el olor a las rosquillas que hacía mi tía siempre los días de reyes, mezclado con el de los juguetes nuevos y mis ansias por estrenarlos. Sin embargo, ante mí no estaba mi tía, sino una mujer de cara aniñada, que llevaba trenzas y un peto azul, mascaba chicle y me miraba expectante.

–Soy Pepe, el sobrino de la Sra. Vicenta –anuncié.

–Sí, ya lo sé, no te acuerdas de mí, ¿a que no, Pepino?

–Pues no, lo siento –dije.

–Pues entonces no entras –dijo ella con retintín.

Sentí unas ganas enormes de tirarle del pelo y deshacerle las trenzas a aquella atrevida. Creo que hasta di un paso amenazante hacia ella. Y creo que ella retrocedió, pero sin dejar de mirarme con descaro. La verdad es que me sorprendió la súbita acometida de mi rabia. Quién era ella para impedirme entrar en casa de mi tía, me preguntaba. Sin embargo, pensé que por su manera familiar de tratarme podría ser una sobrina política de mi tía que estaba allí para cuidar de ella, alguien a quién quizá conocí en otro tiempo y que había olvidado. Porque ¿qué otra cosa podía estar haciendo allí aquella mujer, sino cuidar de mi tía? Algo de lo que yo no podía presumir, así que se imponía la prudencia.

–¿Y la tía, está en la cama? –pregunté.

–No, está en el salón –dijo.

Entré y me dirigí hacia el salón. Allí, una vaharada de Vicks y de eucalipto me dio la bienvenida. Encontré a mi tía, sentada en una butaca, tapada con mantas y manteletas. Tenía la cara roja y tumefacta, apenas se le veían los ojillos. Me agaché a su lado.

-Hola, tía –dije en voz baja.

–¡Pepino! –exclamó ella alzando el rostro hacia mí–. ¡Dichosos los ojos!

–¿Qué te ha pasado en la cara? –dije, horrorizado por como la vi–. ¿No tendrás un flemón?

–¿Un flemón? Lo que me faltaba –rió ella–. Es de los medicamentos.

Debí haber supuesto que el edema era consecuencia de la medicación. Ni siquiera comprendía de dónde me había salido aquello del flemón. Tuve un momento de pánico del principiante y para que no se me notara, hice ver que examinaba con interés los remedios que había sobre la mesilla auxiliar.

–¿Esto te han dado? –pregunté mostrándole una caja de píldoras.

Me salió un deje casi despreciativo y mi tía se alarmó.

–¿Es que no es bueno, hijo? Es para los ahogos.

–Sí, sí, está bien –admití-– solo que es algo fuerte y te dará sueño, ¿o no?

–Un poquito sí –dijo.

Le toqué la frente. No me pareció que tuviera fiebre. Le tomé el pulso. Lo encontré normal.

–Te voy a auscultar –murmuré, volviéndome a buscar mi maletín que no encontré–. Será posible… me lo he dejado en el coche, bajo a buscarlo, enseguida vuelvo.

–Uy, quita, deja… –dijo ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

Primero lo del flemón y ahora este descuido imperdonable. Ya veía a mi tía, que tenía fama de chismosa, llamando por teléfono a nuestros parientes para informarles de mi ineptitud. Era lo que me faltaba. Hasta ahora solo había encontrado resistencia y desconfianza en mi familia. Incluso mi propia madre solo me dejaba tratarla de sarpullidos de eccema. De mi padre, mejor no hablar. Yo me preguntaba de qué servía que me hubieran pagado la carrera de medicina para luego seguir yendo, como si nada, a su médico de toda la vida.

–Pero, siéntate, no estés ahí de pie –dijo mi tía señalando el sofá–. ¿Tienes hambre?

Cómo explicarle que yo no había ido hasta allí a comer ni a hacerle una visita de cortesía, que aunque aquel día fuera fiesta, no era un domingo de los de mi infancia en el que el tiempo se hacía lento mientras los adultos comían y se entregaban a tertulias inacabables y aburridas mientras tomaban café. Cómo explicarle a mi anciana tía que yo era una persona muy ocupada, que comía casi siempre en la cafetería del hospital y que no tenía tiempo para tertulias. Sin embargo, sabía que, si no entraba en su juego, me iría de allí de vacío, sin haber determinado qué era lo que tenía realmente.

–Un café sí tomaré –claudiqué.

–¿Solo café? No quieres unas…

–No. Solo café, gracias –la interrumpí.

Mi tía intentó incorporarse, pero los brazos no la sostuvieron y al final tuvo que dejarse caer en la butaca.

–Pero, tía, ¿qué haces? –dije–. Ya voy yo a por el café, o si no se lo diré a tu sobrina.

–¿Qué sobrina?

–¿La chica que me ha abierto no es…

–¿Rosabel? Qué va. Es la hija de la vecina, que la estoy cuidando. Su madre tenía que trabajar hoy… pero oye, si tú ya la conoces, tú y ella habéis jugado juntos otras veces aquí.

Yo no conocía a aquella muchacha de nada. Mi tía debía estar confundida. Iba a preguntarle algo más al respecto, ya que aquella digresión de su memoria me intrigaba porque podía ser un síntoma de una enfermedad grave. Sin embargo, ella cambió de tema y yo me distraje.

–¿Y cómo vas en el colegio?

–Ya acabé los estudios, tía, y he aprobado el MIR hace poco. ¿No te lo dijo mi padre?

–¡A mí nadie me cuenta nada, hijo! –se quejó– ¿Y qué es eso del MIR?

–Un examen para ser médico.

–Entonces ¿ya eres médico?

–Pues sí, tía. ¡Y qué ganas tenía de acabar los dichosos exámenes! No sé si sería capaz de volver a pasar por eso.

Seguimos hablando un rato sobre mis peripecias como estudiante y de mis primeros pasos como médico. Mi tía parecía contenta por mí. Empecé a pensar que quizá era cierto que mi padre se había olvidado de llamarla para contarle que había aprobado el famoso examen del MIR.

–¡Pues como ya eres médico a partir de ahora te llamaré Doctor Pepino! –dijo mi tía, y se echó a reír.

Me reí con ella, un poco más aliviado al pensar que no estaría tan mal si aún era capaz de bromear. En aquel momento entró en el salón Rosabel, la mujer a la que supuestamente yo ya conocía y que me había abierto la puerta al llegar. Venía royendo lo que parecía una rosquilla. Una rosquilla idéntica a las que mi tía solía preparar los días de reyes.

–¿Está buena, eh? –dijo mi tía.

Rosabel se encogió de hombros y se dejó caer en el sofá descuidadamente.

–Dale un trocito a Pepino, no seas avariciosa, niña –se quejó mi tía.

–No, gracias –dije cuando Rosabel se acercó a mí para ofrecerme media rosquilla.

–Pero come, Pepino –instó mi tía– que estás muy flaco.

Al final cogí la media rosquilla y me la metí en la boca. Era dulce y anisada.

–¡Está igual de buena que las que tú hacías! –no pude evitar exclamar.

–¡Hombre, claro, como que las he hecho yo! –dijo mi tía, riendo con fuerza.

–¿Y pudiste estar de pie en la cocina el tiempo suficiente como para cocinar? –pregunté con curiosidad.

–Pues claro –dijo ella, muy natural.

Empecé a vislumbrar que mi tía no estaba tan mal como todos creían. Es más, estaba bastante seguro de que mi tía fingía. De ahí las contradicciones: su aparente senilidad y de repente su buena memoria para recordar detalles de hacía años. Debí haberlo supuesto. Era habitual en las personas mayores exagerar los síntomas de cualquier afección leve para llamar la atención. A todo lo más tenía un catarro. Así que le diría a mi padre que teníamos tía para rato. Tema resuelto, ya me podía marchar.

–Bueno, pues yo me voy, tía, que no te hago ningún servicio –dije–. Cualquier cosa me llamas.

–¿Ya te vas, tan pronto? –dijo ella, sorprendida.

–Sí, tía, tú estás bien, y yo he dejado el coche mal aparcado –dije.

Mis explicaciones no la convencieron.

–No te preocupes por el coche –dijo–. Mira, si lo tengo yo aquí.

Se sacó del bolsillo un coche de juguete y me lo enseñó. Curiosamente era del mismo color crema que el mío, el que yo había dejado en una zona en la que estaba prohibido aparcar y que quizá ya no encontraría cuando regresara. Sin embargo, mi coche dejó de parecerme importante. En cambio, el coche que mi tía me enseñaba me llamaba mucho la atención. Lo cogí de sus manos y lo estudié con calma.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Yo tenía uno igual que este cuando era pequeño…

–¡Pero si es tuyo, tontis, que te lo han traído los reyes!

–¿Me lo dejas ver? –preguntó Rosabel, acercándose a mí.

Mi primera reacción fue no dejárselo, pero mi tía intervino. Parecía algo enfadada y lo que me dijo me hizo sentir un poco culpable:

–No seas egoísta, Pepino, tienes que compartir los juguetes, sino los reyes se enfadarán. Además, otra faena tienes, me tienes que auscultar y ponerme la inyección.

Mi tía parecía hablar en serio ahora. La miré largo y tendido, calibrando si me estaría tomando el pelo. Vi con sorpresa que la tumefacción de su rostro estaba empezando a desvanecerse.

-Tía, no te puedo auscultar porque no he traído el maletín, ni el fonendo… fondone…

Tropecé con la palabra.

–Se dice fonendoscopio… Pepino, Pepón… –dijo mi tía y se echó a reír de nuevo.

Rosabel se rió también y aprovechó la confusión para quitarme el coche de las manos. Me sentí enrojecer, ridículo, como hacía años no me sentía y sentí lágrimas calientes en los ojos. De repente, mi tía exclamó:

-¡Pero no hagas pucheros, niño, mira, lo que tengo!

Cuando yo estaba a punto de salir corriendo y buscar un rincón en el que esconderme y llorar a mis anchas, mi tía puso sobre la mesilla un maletín de médico, idéntico a uno que yo había tenido cuando era pequeño. Es más, aquel otro también me lo había regalado mi tía precisamente un día de reyes.

-¿Qué, te gusta? –preguntó.

-Sí –admití, pasándome las manos por la cara para espantar las lágrimas mientras me acercaba al maletín–. ¿Es para mí?

–Pues claro.

–¡Gracias, tía! –dije, con apenas un hilo voz, mientras se me volvían a llenar los ojos de lágrimas.

Yo había codiciado aquel maletín durante meses. Era lo primero que le dije al rey Baltasar cuando me preguntó qué había puesto en la carta.

-Ay, Pepino –suspiró mi tía–. Cómo eres… a ver, mírame, que no quiero que tu madre vea que has llorado, sino la tendremos.

Mi tía se plantó junto a mí de un salto y me instó a mirarla. Tuve que levantar la cara. Ya no quedaban rastros de tumefacción en su rostro. Es más, tampoco tenía arrugas y su cabello ondeaba rubio y abundoso sobre sus hombros, como en las fotos. Mi tía me refregó el cabello con la mano afectuosamente y luego me dio el maletín.

Fue entonces cuando vi la escena reflejada en el vidrio de la puerta del salón. Vi a un niño que sostenía un maletín de médico de juguete. En el sofá había una niña que empujaba un coche de color crema por las montañas del respaldo del sofá. Mi tía era una mujer joven y lozana que me dijo:

-¿Por qué no le enseñas el maletín a Rosabel y jugáis un rato? Yo voy a hacer más rosquillas.

Mi tía salió del salón. Rosabel se acercó a mí y yo abrí el maletín.

–De mayor seré médico –anuncié blandiendo el fonendoscopio de plástico.

–Ya lo creo –dijo ella.

Entonces nos pusimos a jugar.

ccalduch@2017

Deja un comentario

Archivado bajo Sin categoría

Triste tigre triste

Llegaron un día a casa después de la compra y encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones y a su mascota Blu en la cama de matrimonio como si fuera el rey de Saba.

-¡Maldito gato asqueroso! –gritó la madre llorando ante su ajuar roto.

Cuando lo recogió de la calle hacía ya más de un año, el padre pensó que Blu –lo habían llamado así por sus ojillos tristes y azules, como el gato de la canción– era un simple cachorro de gato. La niña cayó rendida a sus pies, le hizo fiestas y le puso un cuenco de leche. Ante sus peculiares manchas doradas y marrones los tres se maravillaron. Pero Blu se desveló como caprichoso y déspota ya desde el primer día. El cuenco de leche quedó sin beber mientras él –estaba claro que era un “él” por las dos protuberancias que le asomaban por debajo de la cola– maullaba lastimeramente. A alguien –seguramente a la hija– se le ocurrió que si utilizaban biberón y lo arropaban como a un bebé quizá Blu se tomaría la leche, pero al carecer de tal instrumento, procedieron a alimentar a la recién adquirida mascota utilizando una jeringa de cocina con la que regaban la boca del animal con chorritos de leche de vaca cada tres horas.

Así pues, Blu creció entre algodones, y creció mucho y cada vez fue necesitando más espacio y alimento. En seis meses pasó a alimentarse exclusivamente de carne, unos 2 kilos al día, pero estaba tan malcriado que a menos que le dieran la carne cortada a trocitos no la tocaba. Sus desperdicios generaban problemas adicionales ya que después de hacer sus necesidades la casa apestaba durante horas. La familia soportó estoicamente aquellas inconveniencias, creyendo que era lo que todo el mundo que tenía mascota soportaba en mayor o menor medida.

Al año, Blu fue volviéndose consciente de su soledad y de noche salía al balcón y aullaba a la luna como un perro lobo. Sus llamados se oían a kilómetros a la redonda y a menudo acudía la patrulla municipal creyendo que se trataba de algún tipo de sirena o alarma. Los vecinos no estaban nada contentos, como puede intuirse, pero no se quejaban porque les tenían aprecio a los de aquella casa, si no mucho al menos el normal entre vecinos de toda la vida. Los de la casa creían que el gato simplemente echaba de menos a un compañero de su misma especie, y como no eran gente moderna y creían en el destino, no consideraron siquiera la idea de acudir al veterinario que los habría sacado de su error de un plumazo.

No fue hasta aquel día en que al regresar a casa encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones, que se dieron cuenta de que algo no marchaba conforme a lo esperado. Blu los miraba como si no los conociera, y cuando la madre intentó hacerle bajar de la cama a escobazos, gruñó y enseñó los dientes.

-Pero, ¿tú has visto? ¿Será capaz de morderme este sinvergüenza? –se quejaba la madre.

-Capaz es. Vámonos –ordenó el padre– venga, todos fuera, vamos.

Salieron al rellano de la escalera donde se habían acumulado algunos vecinos alertados por la escandalera. Algunos, sobrepasados los límites de su paciencia, amenazaban con llamar a la policía. Tener abandonada así a una mascota no es de recibo, aducían. El pobre animal se había pasado la tarde llorando de hambre, era cruel marcharse tan campantes y dejarlo sin comer. ¿Acaso creían que él se portaría así con ellos dado el caso? Para tratar así a una mascota era mejor no tener ninguna, etcétera.

Por suerte lograron deshacerse de los vecinos expresando contrición y propósitos de enmienda. Cuando se quedaron solos, María se volvió a su marido.

-Pepe, tienes que hacer algo.

-No sé yo… –titubeó Pepe– creo que deberíamos llamar a alguien para que le den una inyección, está muy alterado.

-Pepe, ¿no me dirás que quieres que lo maten? –María lo miraba con asombro.

-No, no, un tranquilizante, quería decir.

-¿No será que le tienes miedo?

-¿Yo, miedo? Qué va, mira, ya mismo entro.

Cuando Pepe estaba a punto de entrar en la casa y dejarse morder por Blu para demostrarle a María que él no era ningún cobarde, su vecina de rellano se asomó a la puerta. Pepe que era muy malo para los nombres, de repente recordó que aquella vecina se llamaba Salvadora, y no pudo evitar pensar que nunca hubo un nombre mejor puesto.

-¡Chist! Pasad, hacer el favor –instó la vecina.

Entraron. A la niña le sacó unas pastas y la puso ante el televisor, a ellos los hizo pasar a la cocina y les sirvió un café.

-A ver, lo que tenéis ahí no es un gato –empezó.

-¿Y qué es sino? –preguntó Pepe con incredulidad.

-Un tigre de bengala –aseveró la vecina abriendo bien los ojos para dar mayor énfasis a sus palabras.

-No, no –interpuso María– Blu es un gato, lo que pasa es que se ha hecho un poco más grande de la cuenta, ¿a que sí, Pepe?

Pepe asintió mecánicamente como siempre que ella le preguntaba algo en aquel tono, pero había empezado a dudar. Lo que decía la señora Salvadora tenía sentido.

-¡Que sé lo que me digo! –insistió la vecina– Y lo sé porque desde que murió Nicanor, mi marido, solo veo documentales de la 2.

-¿Y si es así qué hay que hacer? –preguntó Pepe.

-Pero… pero Pepe! –interpuso María.

-¡Ni Pepe, ni ostias! –exclamó Pepe– eso que tenemos en casa no es un gato, eso está claro. Hay que ser tonto para no darse cuenta.

-Ah, ahora soy tonta, ¿no? –siguió María ofendida.

-¡Noo! –exclamó Pepe en tono conciliador– yo no he dicho que tú fueras…

-Era solo una manera de hablar –le ayudó de nuevo la vecina.

-Eso –dijo Pepe, doblemente agradecido a la vecina en su fuero interno– era solo una manera de hablar.

-Mirad –siguió la vecina– lo que haremos es llamar al ayuntamiento, ellos sabrán dónde hay que llevarlo.

-¿Y a dónde lo van a llevar? –preguntó María.

-Pues no sé, a la perrera de tigres, supongo –dijo la vecina.

-A la tigrera –añadió Pepe.

-¡Mira que eres, eh! –se quejó María– Como estamos y tú con bromitas. A saber lo que estará haciendo aquella bestia en nuestra casa.

-Mujer, no te lo tomes a mal, era solo por hacerte reír un poco, que estás muy tensa. Ven aquí.

Pepe intentó abrazar a María, pero esta se echó a un lado. Él insistió y al final ella se dejó.

-Bueno, ¿qué, llamo o qué? ­–interrumpió la vecina algo molesta ante las muestras de afecto entre la pareja, que le hacían sentir un poco de envidia cochina y también nostalgia por su Nicanor muerto.

-Llame, llame –dijo Pepe al final– que en la tigrera faltan tigres.

María se echó a reír.

-¡Mira que eres tontorrón!

La vecina pensó que en realidad eran muy tontos los dos, pero eran jóvenes y tenían derecho. Así que llamó al ayuntamiento y enseguida la calle se llenó con la estridencia de las sirenas.

ccalduch©2017

Deja un comentario

Archivado bajo bobería, Cuento, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, Microcuentos, online fiction