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3. Sueños

Jakob no me preguntó nada sobre mí la primera noche que pasé en su casa. Después del té, comimos tortas con carne fría y luego me dijo que me había asignado una habitación amplia con una cama estilo japonés, de esas que quedan al nivel del suelo. En el cuarto había también una cuna desocupada y un estante lleno de juguetes.

Caí redonda en la cama. Pero después de dormir profundamente durante unas dos horas, entré en un estadio ligero del sueño en el que los sueños se confundían con mis recuerdos.

Soñé con mi madre. La operaban. Toda la familia nos encontrábamos en el hospital. Estuvimos con ella hasta que se la llevaron. Para matar el tiempo y para distraerla hablamos de banalidades. Mis hermanas le contaron las últimas peripecias de mis sobrinos y ella sonreía. Entonces llegó un médico. En un principio solo le iban a extirpar el tumor, pero a última hora habían decidido cortarlo todo. Es para mayor seguridad, y no haber de encontrarnos todos aquí otra vez en seis meses, dijo el cirujano. Tenía una nariz enorme, llevaba gafas de metal y la nariz le resaltaba por encima de la mascarilla blanca. Vaya nariz, dijo mi padrastro una vez el cirujano hubo salido de la habitación, no sé si uno se puede fiar de alguien con una napia así. Mi madre le puso una mano en el brazo y le dijo que saliera un rato a tomar el aire y estirar las piernas. Era sabido que él no se fiaba de nadie, que para él todo lo externo era una amenaza. Es lo que tiene haber vivido una guerra y una posguerra, suspiraba mi madre. Pero, oídme, hay que confiar en los demás, decía elevándose en la cama con nervio, al menos en los médicos. Mi madre tenía fe ciega en los médicos. Pongo mi vida en sus manos, doctor, le dijo al cirujano de la nariz grande antes de que se la llevaran al quirófano. Todo irá bien, prometió él apretándole el hombro.

En ese punto el sueño se mezcló con los recuerdos de cuando a mi verdadero padre se lo llevaba la ambulancia. Mis hermanas y yo éramos pequeñas entonces y mi madre nos llamaba por teléfono a casa de la vecina porque en casa no había teléfono. Mi madre llamó desde el hospital una vez. Yo hablé con ella. Tenía la voz ronca. Me dio instrucciones para hacer el desayuno, cómo calentar la leche en el fogón, como abrir y cerrar la llave del gas. Le daba mucho miedo el gas. Era la primera vez que yo hablaba con ella por teléfono y su voz me resultaba familiar al tiempo que extraña. Como si aun sabiendo que era ella, pudiera confundirla con otra persona. La voz de mi madre sonaba suplicante y ronca. Le pregunté por qué tenía la voz así y ella me dijo que había cogido frío sentada en la butaca de hospital toda la noche y le dolía la garganta. Yo era pequeña y la creí.

De nuevo el sueño volvió a su operación. Me vi comiendo en un restaurante cerca del hospital con mi padrastro y mis hermanas. Mis hermanas querían comer algo rápido, un bocadillo y un café. Pero como mi padrastro siempre fue un hombre de gran apetito insistió en comer bien y pidió una mariscada para los cuatro. Ninguna de las tres le contradijo. Yo miraba el reloj mientras él se chupaba los dedos cada vez que le arrancaba la cabeza a una gamba. Nos habían dicho que la operación duraría unas dos horas y pronto habrían pasado. Mis hermanas comían sin levantar la vista del plato. Margareta arrancaba la piel a las gambas con gestos delicados y Dana comía trozos de pan pequeños con sus dientes de ratón. Yo apenas comí nada.

Así nos dieron las tres de la tarde. Yo estaba cada vez más nerviosa porque imaginaba que a mi madre la llevarían a su habitación de hospital y estaría sola cuando despertara. Mientras, mi padrastro seguía relamiéndose los dedos. Cuando acabó de comer pidió postre y café. Luego, mientras fumaba un cigarrillo, pidió por fin, la cuenta. Tardaron una eternidad en traerla. La estudió con cuidado, achicando los ojos para leer mejor como hacía siempre, y al ir a echar mano de la cartera se dio cuenta de que no tenía suficiente dinero para pagar. Mis hermanas y yo pusimos de nuestro bolsillo, mientras él refunfuñaba porque para él ser hombre significaba pagar las cuentas en los restaurantes. Luego nos hizo prometer que recordaríamos lo que pagaba cada una para poder devolvérnoslo después.

Oliendo a gamba y a fritura, volvimos al hospital.  Efectivamente, como yo había temido, mi madre ya estaba de vuelta en la habitación. Por suerte, aún estaba dormida y no se había dado cuenta de nuestra ausencia. Mis hermanas y yo nos sentamos a su alrededor a esperar a que abriera los ojos. Entretanto, mi padrastro fue a preguntar por el médico. Al poco, un médico, que no era el de la napia que habíamos visto por la mañana, entró y nos dijo que había ido todo bien y también dijo que había venido antes y que no había encontrado a nadie. Dijo esto último como con fastidio. Mi padrastro farfulló que habíamos salido a comer. Mis hermanas se sonrojaron. Yo apenas hice caso. Sentía un gran alivio porque la operación había ido bien. Cuando el médico se fue mi padrastro se quejó. Como si uno no tuviera derecho a comer, refunfuñó dejándose caer en el único sillón de la habitación. Apoyó la cabeza en el respaldo y pronto estaba roncando.

Cuando mi madre se despertó, le dijimos que todo había ido bien y ella sonrió y nos pidió un beso a cada una. Luego pidió por él. Tuvimos que despertarlo. Cuando se acercó a la cama y mi madre le dio la mano, vimos que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Después de estos sueños revueltos, me quedé dormida profundamente. Cuando desperté, me sentí muy descansada. Era casi el mediodía y el sol estallaba en el cuarto como si fuera la primera mañana del mundo.

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Día de Reyes

Una mañana de reyes mi padre me dijo que mi tía Vicenta, ya de una cierta edad, estaba muy mal. Por la manera en que hablaba, deduje que estaba en las últimas. Me sentí mal porque hacía tiempo que no iba verla. Pero lo cierto es que había estado muy ocupado y además, no me gustaba mucho ir por su casa, por motivos que no vienen al caso. Sin embargo, si era cierto que mi tía estaba grave, era mi obligación ir a verla y no había más que hablar. Así que cogí el coche y fui a su casa. Aparqué mal, pero dejé en el salpicadero la tarjeta que usaba cuando hacía visitas a domicilio, con la esperanza de que no me multaran.

Empezaba a llover con fuerza cuando salí del coche. Me había olvidado el paraguas, para variar, y tuve que ir por la calle buscando el refugio de los balcones. Encontré abierto el portal del bloque donde vivía mi tía. Entré y subí hasta el quinto piso, toqué el timbre. Al poco, oí pasos y la tapa de la mirilla desplazándose. Una voz, con tono juvenil, pidió:

–Santo y seña.

Me extrañó aquello. No supe qué esperaban que dijera, y entonces murmuré algo que me vino a la mente sin pensar, algo que mi tía Vicenta solía cantarme de pequeño:

–Pepito, pepón… cómete un roscón –murmuré de manera apenas audible.

Enseguida oí los varios cerrojos desatrancándose y la puerta se abrió lentamente hacia adentro, hacia el pasado. Vi reflejada en el espejo del recibidor mi figura de niño repeinado, con abrigo largo de lana, pantalones cortos. Me llegó claramente el olor a las rosquillas que hacía mi tía siempre los días de reyes, mezclado con el de los juguetes nuevos y mis ansias por estrenarlos. Sin embargo, ante mí no estaba mi tía, sino una mujer de cara aniñada, que llevaba trenzas y un peto azul, mascaba chicle y me miraba expectante.

–Soy Pepe, el sobrino de la Sra. Vicenta –anuncié.

–Sí, ya lo sé, no te acuerdas de mí, ¿a que no, Pepino?

–Pues no, lo siento –dije.

–Pues entonces no entras –dijo ella con retintín.

Sentí unas ganas enormes de tirarle del pelo y deshacerle las trenzas a aquella atrevida. Creo que hasta di un paso amenazante hacia ella. Y creo que ella retrocedió, pero sin dejar de mirarme con descaro. La verdad es que me sorprendió la súbita acometida de mi rabia. Quién era ella para impedirme entrar en casa de mi tía, me preguntaba. Sin embargo, pensé que por su manera familiar de tratarme podría ser una sobrina política de mi tía que estaba allí para cuidar de ella, alguien a quién quizá conocí en otro tiempo y que había olvidado. Porque ¿qué otra cosa podía estar haciendo allí aquella mujer, sino cuidar de mi tía? Algo de lo que yo no podía presumir, así que se imponía la prudencia.

–¿Y la tía, está en la cama? –pregunté.

–No, está en el salón –dijo.

Entré y me dirigí hacia el salón. Allí, una vaharada de Vicks y de eucalipto me dio la bienvenida. Encontré a mi tía, sentada en una butaca, tapada con mantas y manteletas. Tenía la cara roja y tumefacta, apenas se le veían los ojillos. Me agaché a su lado.

-Hola, tía –dije en voz baja.

–¡Pepino! –exclamó ella alzando el rostro hacia mí–. ¡Dichosos los ojos!

–¿Qué te ha pasado en la cara? –dije, horrorizado por como la vi–. ¿No tendrás un flemón?

–¿Un flemón? Lo que me faltaba –rió ella–. Es de los medicamentos.

Debí haber supuesto que el edema era consecuencia de la medicación. Ni siquiera comprendía de dónde me había salido aquello del flemón. Tuve un momento de pánico del principiante y para que no se me notara, hice ver que examinaba con interés los remedios que había sobre la mesilla auxiliar.

–¿Esto te han dado? –pregunté mostrándole una caja de píldoras.

Me salió un deje casi despreciativo y mi tía se alarmó.

–¿Es que no es bueno, hijo? Es para los ahogos.

–Sí, sí, está bien –admití-– solo que es algo fuerte y te dará sueño, ¿o no?

–Un poquito sí –dijo.

Le toqué la frente. No me pareció que tuviera fiebre. Le tomé el pulso. Lo encontré normal.

–Te voy a auscultar –murmuré, volviéndome a buscar mi maletín que no encontré–. Será posible… me lo he dejado en el coche, bajo a buscarlo, enseguida vuelvo.

–Uy, quita, deja… –dijo ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

Primero lo del flemón y ahora este descuido imperdonable. Ya veía a mi tía, que tenía fama de chismosa, llamando por teléfono a nuestros parientes para informarles de mi ineptitud. Era lo que me faltaba. Hasta ahora solo había encontrado resistencia y desconfianza en mi familia. Incluso mi propia madre solo me dejaba tratarla de sarpullidos de eccema. De mi padre, mejor no hablar. Yo me preguntaba de qué servía que me hubieran pagado la carrera de medicina para luego seguir yendo, como si nada, a su médico de toda la vida.

–Pero, siéntate, no estés ahí de pie –dijo mi tía señalando el sofá–. ¿Tienes hambre?

Cómo explicarle que yo no había ido hasta allí a comer ni a hacerle una visita de cortesía, que aunque aquel día fuera fiesta, no era un domingo de los de mi infancia en el que el tiempo se hacía lento mientras los adultos comían y se entregaban a tertulias inacabables y aburridas mientras tomaban café. Cómo explicarle a mi anciana tía que yo era una persona muy ocupada, que comía casi siempre en la cafetería del hospital y que no tenía tiempo para tertulias. Sin embargo, sabía que, si no entraba en su juego, me iría de allí de vacío, sin haber determinado qué era lo que tenía realmente.

–Un café sí tomaré –claudiqué.

–¿Solo café? No quieres unas…

–No. Solo café, gracias –la interrumpí.

Mi tía intentó incorporarse, pero los brazos no la sostuvieron y al final tuvo que dejarse caer en la butaca.

–Pero, tía, ¿qué haces? –dije–. Ya voy yo a por el café, o si no se lo diré a tu sobrina.

–¿Qué sobrina?

–¿La chica que me ha abierto no es…

–¿Rosabel? Qué va. Es la hija de la vecina, que la estoy cuidando. Su madre tenía que trabajar hoy… pero oye, si tú ya la conoces, tú y ella habéis jugado juntos otras veces aquí.

Yo no conocía a aquella muchacha de nada. Mi tía debía estar confundida. Iba a preguntarle algo más al respecto, ya que aquella digresión de su memoria me intrigaba porque podía ser un síntoma de una enfermedad grave. Sin embargo, ella cambió de tema y yo me distraje.

–¿Y cómo vas en el colegio?

–Ya acabé los estudios, tía, y he aprobado el MIR hace poco. ¿No te lo dijo mi padre?

–¡A mí nadie me cuenta nada, hijo! –se quejó– ¿Y qué es eso del MIR?

–Un examen para ser médico.

–Entonces ¿ya eres médico?

–Pues sí, tía. ¡Y qué ganas tenía de acabar los dichosos exámenes! No sé si sería capaz de volver a pasar por eso.

Seguimos hablando un rato sobre mis peripecias como estudiante y de mis primeros pasos como médico. Mi tía parecía contenta por mí. Empecé a pensar que quizá era cierto que mi padre se había olvidado de llamarla para contarle que había aprobado el famoso examen del MIR.

–¡Pues como ya eres médico a partir de ahora te llamaré Doctor Pepino! –dijo mi tía, y se echó a reír.

Me reí con ella, un poco más aliviado al pensar que no estaría tan mal si aún era capaz de bromear. En aquel momento entró en el salón Rosabel, la mujer a la que supuestamente yo ya conocía y que me había abierto la puerta al llegar. Venía royendo lo que parecía una rosquilla. Una rosquilla idéntica a las que mi tía solía preparar los días de reyes.

–¿Está buena, eh? –dijo mi tía.

Rosabel se encogió de hombros y se dejó caer en el sofá descuidadamente.

–Dale un trocito a Pepino, no seas avariciosa, niña –se quejó mi tía.

–No, gracias –dije cuando Rosabel se acercó a mí para ofrecerme media rosquilla.

–Pero come, Pepino –instó mi tía– que estás muy flaco.

Al final cogí la media rosquilla y me la metí en la boca. Era dulce y anisada.

–¡Está igual de buena que las que tú hacías! –no pude evitar exclamar.

–¡Hombre, claro, como que las he hecho yo! –dijo mi tía, riendo con fuerza.

–¿Y pudiste estar de pie en la cocina el tiempo suficiente como para cocinar? –pregunté con curiosidad.

–Pues claro –dijo ella, muy natural.

Empecé a vislumbrar que mi tía no estaba tan mal como todos creían. Es más, estaba bastante seguro de que mi tía fingía. De ahí las contradicciones: su aparente senilidad y de repente su buena memoria para recordar detalles de hacía años. Debí haberlo supuesto. Era habitual en las personas mayores exagerar los síntomas de cualquier afección leve para llamar la atención. A todo lo más tenía un catarro. Así que le diría a mi padre que teníamos tía para rato. Tema resuelto, ya me podía marchar.

–Bueno, pues yo me voy, tía, que no te hago ningún servicio –dije–. Cualquier cosa me llamas.

–¿Ya te vas, tan pronto? –dijo ella, sorprendida.

–Sí, tía, tú estás bien, y yo he dejado el coche mal aparcado –dije.

Mis explicaciones no la convencieron.

–No te preocupes por el coche –dijo–. Mira, si lo tengo yo aquí.

Se sacó del bolsillo un coche de juguete y me lo enseñó. Curiosamente era del mismo color crema que el mío, el que yo había dejado en una zona en la que estaba prohibido aparcar y que quizá ya no encontraría cuando regresara. Sin embargo, mi coche dejó de parecerme importante. En cambio, el coche que mi tía me enseñaba me llamaba mucho la atención. Lo cogí de sus manos y lo estudié con calma.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Yo tenía uno igual que este cuando era pequeño…

–¡Pero si es tuyo, tontis, que te lo han traído los reyes!

–¿Me lo dejas ver? –preguntó Rosabel, acercándose a mí.

Mi primera reacción fue no dejárselo, pero mi tía intervino. Parecía algo enfadada y lo que me dijo me hizo sentir un poco culpable:

–No seas egoísta, Pepino, tienes que compartir los juguetes, sino los reyes se enfadarán. Además, otra faena tienes, me tienes que auscultar y ponerme la inyección.

Mi tía parecía hablar en serio ahora. La miré largo y tendido, calibrando si me estaría tomando el pelo. Vi con sorpresa que la tumefacción de su rostro estaba empezando a desvanecerse.

-Tía, no te puedo auscultar porque no he traído el maletín, ni el fonendo… fondone…

Tropecé con la palabra.

–Se dice fonendoscopio… Pepino, Pepón… –dijo mi tía y se echó a reír de nuevo.

Rosabel se rió también y aprovechó la confusión para quitarme el coche de las manos. Me sentí enrojecer, ridículo, como hacía años no me sentía y sentí lágrimas calientes en los ojos. De repente, mi tía exclamó:

-¡Pero no hagas pucheros, niño, mira, lo que tengo!

Cuando yo estaba a punto de salir corriendo y buscar un rincón en el que esconderme y llorar a mis anchas, mi tía puso sobre la mesilla un maletín de médico, idéntico a uno que yo había tenido cuando era pequeño. Es más, aquel otro también me lo había regalado mi tía precisamente un día de reyes.

-¿Qué, te gusta? –preguntó.

-Sí –admití, pasándome las manos por la cara para espantar las lágrimas mientras me acercaba al maletín–. ¿Es para mí?

–Pues claro.

–¡Gracias, tía! –dije, con apenas un hilo voz, mientras se me volvían a llenar los ojos de lágrimas.

Yo había codiciado aquel maletín durante meses. Era lo primero que le dije al rey Baltasar cuando me preguntó qué había puesto en la carta.

-Ay, Pepino –suspiró mi tía–. Cómo eres… a ver, mírame, que no quiero que tu madre vea que has llorado, sino la tendremos.

Mi tía se plantó junto a mí de un salto y me instó a mirarla. Tuve que levantar la cara. Ya no quedaban rastros de tumefacción en su rostro. Es más, tampoco tenía arrugas y su cabello ondeaba rubio y abundoso sobre sus hombros, como en las fotos. Mi tía me refregó el cabello con la mano afectuosamente y luego me dio el maletín.

Fue entonces cuando vi la escena reflejada en el vidrio de la puerta del salón. Vi a un niño que sostenía un maletín de médico de juguete. En el sofá había una niña que empujaba un coche de color crema por las montañas del respaldo del sofá. Mi tía era una mujer joven y lozana que me dijo:

-¿Por qué no le enseñas el maletín a Rosabel y jugáis un rato? Yo voy a hacer más rosquillas.

Mi tía salió del salón. Rosabel se acercó a mí y yo abrí el maletín.

–De mayor seré médico –anuncié blandiendo el fonendoscopio de plástico.

–Ya lo creo –dijo ella.

Entonces nos pusimos a jugar.

ccalduch@2017

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¿Lo ves ahora, ángel?


Llego tarde, muy tarde. Me he dormido. Es imperdonable. Pero es el jet-lag. La falta de sueño. Corro, pero por más que corra, no consigo ir más deprisa y el tiempo no deja de correr en mi contra. Tengo sensación de irrealidad, de pesadilla. A cada tanto me paro, me doblo por la cintura y espero a que me vuelva el aliento y luego echo a correr de nuevo. Juraría que me sigue un viejo. Pero es imposible, ¿quién podría seguirme a este paso? Seguro que todo son manías, manías mías.

*

Tengo manía persecutoria y se debe a que tengo cargo de conciencia. Todo empezó al bajar del avión hace unos días. Robé un libro de una biblioteca. Lo necesitaba para defender mi teoría. El libro es el eslabón perdido de una larga cadena. Tras pasar años entregada a una búsqueda frenética, me quedaban pocas esperanzas de encontrarlo, pero gracias a una casi imperceptible pista que encontré en internet logré dar con la biblioteca que alojaba el incunable que ahora tengo en mi poder.

Es probable que este sea el único ejemplar en el mundo de una novela de una autora medieval desconocida para el mundo, Eilean de Léves. La vida de la Eilean histórica se cuenta en tres trazos rápidos: nacida hacia 1130 en el castillo de Donan, en Loch Duich, Escocia, fue raptada en la adolescencia por un caudillo normando que la vejó primero para abandonarla luego en un convento en Francia donde pasaría el resto de su vida. Hasta ahí el personaje histórico, no demasiado distinto a tantos otros. El problema comienza cuando nos adentramos en su faceta de novelista, que ha sido motivo de dudas y agrias discusiones en los círculos medievalistas durante años.

¿Qué importancia podría tener una autora medieval hoy día en que las máquinas escriben novelas y la mayoría de lectores se conforman con narrativa de usar y tirar? Pues la tiene, y bastante. Porque de Eilean de Léves pende toda la tradición artúrica. Y de la tradición artúrica pende toda una serie de movimientos literarios que alcanzan hasta la actualidad.

Sí, estoy en disposición de afirmar que Eilean es la verdadera creadora del Erec y Enid, El caballero de la carreta, El Lancelot del lago, y otras tantas obras cuya autoría se ha regalado a Chrétien de Troyes durante siglos. Y este hallazgo representa por un lado devolverle a Eilean lo que merece como autora, y por otro, en una faceta más personal, significa el restablecimiento de la reputación y de la figura de mi querido profesor, Alexander Brok.

Alexander Brok (1950- ?) fue un medievalista checo que trabajó como profesor en la universidad donde yo estudié –hablo de él en pasado porque lo supongo muerto aunque nunca se haya encontrado su cuerpo. Brok fue un gran profesor. Era de apariencia tímida, era algo huraño, un mordedor de uñas empedernido, de cabello oscuro y voz profunda, de mirada aguda y sagaz. Fue profesor mío de literatura románica durante dos cursos, casi tres. Tenía 38 años y yo 20, y como suele pasar, mi admiración por él rayaba en el enamoramiento.

Era uno de los mejores medievalistas del mundo y estaba escribiendo un libro sobre Eilean de Léves cuando la universidad decidió prescindir de sus servicios. Sus alumnos no recibimos ninguna explicación formal. Simplemente nos encontramos con el aula cerrada y un cartel en la puerta anunciando que se suspendían las clases hasta nuevo aviso. A los pocos días apareció una profesora nueva para retomar las clases de Brok. Era una profesora amable y comprensiva, pero no estaba a la altura de Brok. Aun estábamos en la época soviética y los alumnos no estábamos acostumbrados a reclamar, así que no se nos ocurrió ir a quejarnos ni a preguntar qué había sido del antiguo profesor. Un día la profesora nos contó un rumor que circulaba acerca de Brok. Era una historia estrambótica que sin duda filtraron desde la misma universidad con la única intención de que se corriera el rumor de que Brok había recibido una oferta de una universidad en la RFA y que le había faltado tiempo para hacer las maletas y cruzar el muro. Durante algún tiempo di por supuesto que eso fue lo que ocurrió y me sentí decepcionada. La verdad no la sabría hasta el semestre siguiente.

**

Un domingo antes de que acabara el año fui a visitar a mis abuelos y cuál sería mi sorpresa cuando me topé con Brok por la calle. Yo estaba esperando al tranvía para regresar a la residencia cuando lo vi. El corazón me saltó en el pecho, pero el alma me cayó a los pies. Estaba muy desmejorado, se había dejado barba, tenía ojeras y sus ojos ya no brillaban. Hacía frío y estaba a punto de nevar, pero él iba vestido con un traje de entretiempo y no llevaba abrigo ni sombrero. Me reconoció, lo supe al instante por el destello fugaz de los ojos que delata el reconocimiento de un conocido, pero no se detuvo, sino que echó a andar rápidamente. Lo llamé varias veces, me costó encontrar mi voz al principio, y él se volvió una vez y me miró con miedo. Me di cuenta de que si no apretaba el paso lo perdería y entonces eché a correr. Cuánto más corría yo, más deprisa caminaba iba él. Yo iba cargada con una bolsa de ropa limpia y otra con comida que mi abuela me había preparado y me costó lo mío seguirle el paso hasta que por fin se detuvo en seco y se volvió a mí.

Su actitud me pareció muy extraña, pero estaba tan emocionada al verlo que solo se me ocurrió preguntarle si había decidido volver a la universidad. Él no pareció comprenderme.

– ¿Es comida? –preguntó en un murmullo, señalando una de mis bolsas.

Asentí y le di la bolsa, que él cogió mirando con miedo a nuestro alrededor. Luego echó a andar rápidamente.

-Gracias, ángel -dijo antes de desaparecer- no le digas a nadie que me has visto.

Ángel. Me había llamado así una vez en clase, una vez que yo le pregunté si el rey Arturo no se enteraba de lo que hacía Ginebra o si era que no quería enterarse, y por qué aun cuando se enteraba todo parecía quedar olvidado al pasar de un capítulo al siguiente. Me parecía que la acción era poco consecuente. Brok se acercó a mi mesa y me miró fijamente. “¿Cómo se llama usted?”, preguntó. Le dije que me llamaba Ángela y entonces él dijo: “Es bueno hacerse preguntas. Mira, ángel, no te importa que te llame así, ¿no? Me gusta más que Ángela, al fin de cuentas se supone que los ángeles no son ni masculinos ni femeninos, ¿no? Veamos, ¿por qué Arturo se hace el sueco? ¿Será porque no quiere enterarse, porque teme que su ira provoque el mal en el mundo? ¿O quizá hay otra explicación? Y es que el procedimiento narrativo en la novela artúrica no es linear, sino cíclico, cada episodio está contenido en sí mismo, o sea es individual, y siempre se regresa al mismo punto de partida, por eso da la sensación de que la acción se interrumpe y vuelve a empezar una y otra vez, ¿más preguntas, ángel?”

Entre el Brok que me habló así aquel día y el hombre que aquella noche se perdió entre las sombras como un mendigo había una diferencia abismal. La escena me dejó sumida en una gran tristeza.

***

Apenas pegué ojo aquella noche. El lunes por la mañana pregunté a mis compañeros de clase si habían sabido algo más de Brok, pero todo el mundo se encogía de hombros.  Pero ahora yo ya sabía que lo habían dicho sobre él era falso y se me ocurrió acudir a la profesora que lo había sustituido para ver si ella podría darme alguna pista más. La asalté a bocajarro por un pasillo y le dije que tenía que consultarle algo. Ella iba con prisas, tenía clase, dijo, pero notó mi desesperación y me invitó a visitarla en su despacho a última hora de la mañana para aclarar dudas.

Las clases de aquella mañana se me hicieron eternas. Pero al final el reloj dio la hora y me encontré en el despacho de la profesora. Cuál sería mi sorpresa cuando vi allí a otros cuatro alumnos con los que había coincidido en las clases de Brok. La reunión se tradujo en una clase de tutoría, la profesora me invitó a preguntar todo aquello que no tuviera claro sobre la clase, pero yo no tenía preguntas sobre la clase y no pregunté nada. La profesora no pareció extrañada, en cambio yo salí decepcionada porque no había logrado averiguar nada sobre Brok.

Uno de los alumnos presentes en la tutoría me esperó en la puerta. Se llamaba Oskar Jurgeson, y yo lo había visto algunas veces mirándome de reojo en clase. Me pregunté qué querría. Yo nunca le había prestado atención porque no tenía ojos más que para Brok.

-¿Has acabado las clases por hoy? –preguntó sosteniendo la puerta para que yo pasara.

-Sí, no tengo nada más hasta mañana, la clase de Brok, que por cierto… tú también estás en ella, ¿no?

Obviamente deslicé el nombre de Brok a propósito y Oskar cayó de lleno en la trampa.

-Pero, Brok ya no está, ¿no lo sabías?

-Sí, claro, que lo sé, pero para mí siempre será su clase. Lo echo mucho de menos. Tú no sabrás qué ha sido de él, ¿no?

-Dicen que se pasó al otro lado –dijo Oskar bajando la voz.

-Eso no es verdad –dije yo también bajando la voz.

– ¿Cómo lo sabes?

-Porque lo he visto.

– ¿Cómo que lo has visto?

-Ayer mismo, en la Amtsplatz.

-¿Y qué hacías tú en la Amtsplatz?

-Mis abuelos viven allí.

-Ya veo. Mira, aquí no podemos hablar. Te quería proponer una cosa… Si quieres nos vemos de aquí a una hora en la biblioteca de latín. ¿Vendrás?

Había urgencia en su mirada. Asentí, y aún no sé por qué, ya que era evidente que yo tenía más información sobre Brok que la que Oskar me podía ofrecer, pero aun así le prometí que iría.

****

Las clases habían acabado y quedaba poca gente por los pasillos de la universidad. Maté media hora en la cafetería y luego otra media hora buscando en el directorio general la biblioteca de latín. Cuando se hizo la hora en que habíamos acordado vernos me dirigí hacia allí. En la misma puerta de la biblioteca me encontré con Oskar que, después de comprobar que no me habían seguido, me hizo entrar.

La biblioteca estaba vacía. Las luces estaban apagadas y no había nadie en el mostrador de préstamos. Por un momento temí que Oskar me hubiera hecho ir hasta allí bajo un falso pretexto para no sé bien qué hacer conmigo. Siempre fui desconfiada. Por eso me enamoraba platónicamente de hombres inalcanzables como Brok.

Oskar, ajeno a mis recelos, se acercó a una de las estanterías y sacó unos tomos gruesos de Cicerón -las Catilinarias y las Filípicas- que dejó a un lado sobre una mesa. Recuerdo el nombre de los libros porque eran siempre los mismos tomos los que apartábamos para entrar en el refugio. Luego, Oskar golpeó en el fondo de la estantería, dio tres golpes rápidos y dos golpes más espaciados, y entonces empujó la estantería hacia un lado. Tras la estantería se abrió un paso estrecho que daba a un compartimento interior. Oskar entró e hizo un gesto para que lo siguiera, cosa que hice no con poco de miedo.

Sentados alrededor de una mesa redonda, vi a los tres estudiantes con los que había coincidido en la tutoría de la profesora visitante. El espacio estaba iluminado por una lamparilla que emitía una luz ámbar y sobre la mesa había un fajo de papeles escritos a máquina y atados con una goma.

-Esta es Ángela–dijo Oskar –y estos son Stent, Rant y Pietr.

Los tres me miraron serios y me saludaron con un gesto frío.

-La he invitado porque igual que nosotros está preocupada por Brok y además sabe algo sobre él –anunció Oskar sentándose a la mesa y haciéndome un gesto para que me sentara a su lado.

-¡Qué va a saber esta! –masculló uno de ellos.

-¡Esto es una imprudencia, Oskar!  -dijo otro.

-¿Cómo puedes estar seguro de que no hablará? –dijo el tercero.

– Yo respondo por ella, la conozco y es de fiar –dijo Oskar y se volvió a mí -¿o me equivoco?

No nos conocíamos tanto él y yo, pero me dije que no sería lo más conveniente en aquel momento ponerse puntillosa con la semántica, así que les dije que podían confiar en mí totalmente.

-Nos hacemos llamar los Brokados –siguió Óskar.

-¡Pero, ¿qué dices? –se quejó uno de ellos –¡aún no lo habíamos votado!

-Si nos vamos a poner a discutir otra vez por el estúpido nombre del grupo me marcho –advirtió  Oskar serio, luego se volvió a mí: -mira, resumiendo, sospechamos que Brok cabreó a mucha gente por ir en contra del canon y que se lo han quitado de encima, así, chac, chac –dijo, chasqueando los dedos.

-¿Qué es eso del canon? –pregunté.

Los otros resoplaron.

-¡Pero si no sabe nada!

-¡Que no se entera!

-¡Increíble! ¿De dónde ha salido!

Me sentí mal por no saber lo que era el canon, pero no estaba dispuesta a irme con el rabo entre las piernas, así que los ignoré y miré a Óskar.

-Brok estaba escribiendo un libro –siguió Óskar señalando los papeles en la mesa- ahí está lo que queda de él. Evidentemente no llegó a acabarlo.

Creo que miré los papeles sobre la mesa con avidez porque uno de ellos pasó la mano alrededor del fajo y lo alejó disimuladamente de mí.

-La premisa básica del libro de Brok es que Chrétien de Troyes no existió y que sus novelas fueron escritas por una mujer, Eilean de Léves, una princesa escocesa contemporánea de Chrétien que adoptó ese nombre como pseudónimo. Brok expuso su teoría ante la facultad y al hacerlo levantó muchas ampollas. Ellos intentaron convencerlo para que no publicara, pero Brok no dio su brazo a torcer y entonces lo echaron. Es lo que se entiende como ir en contra del canon y pagar caras las consecuencias.

-¿En qué se basa Brok para afirmar que tal cosa? –pregunté después de recuperarme de la sorpresa.

-En que las historias de Eilean son calcaldas a las de Chrétien.

-¿Y no es posible que fuera ella quién lo copiara a él?

Los otros tres volvieron a resoplar impacientes.

-No, no, no, según Brok, las obras de Eilean son anteriores –siguió Oskar -Sin embargo, mientras Chrétien ha llevado la corona de laurel durante siglos, Eilean ha dormido en el olvido, y es eso lo que Brok quería cambiar con este libro, pero no es fácil conseguir una novela de Eilean, por no decir imposible con lo que no hemos conseguido contrastarlo. En teoría, los originales se conservan en la biblioteca de Basilea, pero cada vez que hemos solicitado ver alguno nos han dicho lo mismo: “Ejemplar retirado temporalmente para reparación”. Sospechamos que Brok se encontró con las mismas dificultades, con lo que su teoría no está confirmada, de todas maneras no podemos saberlo a ciencia cierta porque no acabó el libro.

-¿Y solo por decir que Eilean es la verdadera creadora de la novela artúrica lo echaron? –exclamé -¡eso es ridículo! ¿No será que no tenía carnet del partido o que fue crítico o…?

Los cuatro se miraron entre ellos como si no hubieran pensado antes en esa posibilidad.

-No, no, Brok era del partido, tenía que serlo –dijo Oskar al final, aunque sin mucha seguridad.

-Lo que tú digas –seguí con mal humor al ver que no se tenían en cuenta mis opiniones- ¿Por qué me has invitado a esta reunión? ¿Cómo puedo ayudaros?

-Queremos restituir la figura de Brok –siguió Oskar con confianza renovada- y ahí es donde entras tú. Eres la única que lo ha visto después de que lo echaran de la universidad.

Los otros me miraron de repente con gran interés. Y entonces Oskar me pidió que les contara mi encuentro del día anterior con Brok. Así lo hice. La noticia los alteró bastante.

-¿Y ahora lo dices?

-¡Haber empezado por ahí!

-¡Vamos, no podemos esperar ni un minuto más!

Se pusieron en marcha. Insistieron en que los llevara al sitio exacto donde había visto a Brok. Les dije que era lejos de la universidad, pero no les importó lo más mínimo. Cabe de decir que los cuatro eran muy fieles al profesor, quizá por eso decidí formar parte de su grupo y guiarlos hasta el lugar donde lo había visto el día anterior.

Tras una hora de viaje en tranvía, llegamos a la calle de mis abuelos y en el punto en el que Brok y yo nos habíamos visto el día anterior, nos dispersamos con la idea de ampliar el campo de búsqueda lo máximo posible. Yo me adentré en un parque donde se concentraban grupos de mendigos y pedigüeños y lo busqué entre ellos, pero no logré dar con él. A las dos horas, nos encontramos los cinco, tal como habíamos acordado, en la parada del tranvía. Nadie había visto a Brok. Desilusionados, nos marchamos.

***

A partir de entonces empecé a frecuentar el grupo de los Brokados. Se reunían todos los jueves después de clase en el refugio de la biblioteca de latín. Uno de ellos, Stent, trabajaba allí como bibliotecario y era el encargado de cerrar al mediodía. Desde que les conté mi encuentro con Brok y los llevé al lugar donde lo había visto por última vez la actitud del grupo para conmigo mejoró notablemente. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca llegamos a averiguar nada sobre el profesor. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Con el tiempo los Brokados se cansaron de sus reuniones secretas. Creían que en la universidad sospechaban que estábamos buscando a Brok y que por eso sus notas habían caído en picado. Yo no lo creía, porque a mí no me había pasado eso, creo que simplemente se volvieron descuidados y no estudiaban lo suficiente.

Como fuera, el grupo se fue desmembrando hasta que solo quedamos Oskar y yo. Yo, porque no conseguía quitarme a Brok de la cabeza, y Oskar, aunque era evidente por su actitud que, al igual que los otros, se había cansado también del tema, lo usaba de excusa para seguir viéndome. Con el tiempo se daría cuenta de que no tenía nada que rascar conmigo, y cada vez nos fuimos viendo menos.  Al poco tiempo cayó el muro y todo cambió. Las estructuras de poder se desmembraron y los poderes opuestos a Brok se diluyeron. Acabé la carrera y me licencié en literaturas románicas, y ahora ocupo la plaza que un día fue la de Brok.

Ahora ya nadie recuerda quién fue Brok. Gracias a la ley de transparencia he podido consultar los ficheros de la policía secreta en busca de alguna pista que me lleve a encontrarlo, o al menos comprender lo que ocurrió con él, pero no he encontrado registros a su nombre. Quizá cayó en desgracia, como sostenía Oskar, tan solo por sus teorías literarias y no por nada político como yo temía. Sin embargo, el resultado es el mismo. Brok lleva desaparecido más de veinte años. Y yo he pasado esos veinte años buscándolo a él y a Elean. He leído tantas veces su libro inacabado que me sé de memoria párrafos enteros. Brok tenía razones consistentes para creer que sus postulados eran ciertos, pero le faltó aportar pruebas para probar sus tesis, habría bastado un ejemplar auténtico de una obra de Eilean como, por ejemplo, el que obra en mi poder y que hoy voy a presentar al consejo de la facultad de románicas juntamente con el libro inacabado de Brok, o mejor dicho, acabado en fecha de hoy. Acabado por mí.

**

“Señoras y señores: gracias por su presencia aquí esta tarde. Lo que estoy a punto de presentar ante ustedes es una obra sobre cuya existencia se ha debatido durante años y que llevó al menos a un hombre bueno a la perdición. Es probable que el ejemplar que presento aquí sea único en el mundo, es una novela de una autora medieval desconocida, Eilean de Léves. El primero en hablar públicamente de Eilean fue mi querido profesor…”

*

Murmullos de sorpresa se erigen entre el público. Reconozco a compañeros míos de facultad y a compañeros de estudios. Oskar está aquí también aunque me dijo que no podía venir. Al final ha venido y se lo agradezco. Reconozco a algún alumno mío al que le llevo quince o veinte años y que en clase me mira embelesado, es lo normal supongo. Me pregunto si me buscaría si yo desapareciera. El decano también está aquí y el vice-decano. Creo que están sorprendidos por mis palabras, pero no dejan de sonreír. En esta época de reivindicaciones, todos están preparados para aceptar lo que el método científico dé por bueno. Reconozco a la mayoría de los presentes en la sala y les sonrío mientras hablo. Finalmente muestro el original y se alzan más voces y murmullos. Entonces la sala estalla en aplausos. Veo a Oskar de pie. Aplaude y creo que llora. No esperaba esta reacción y me pilla desprevenida. Algunas personas se acercan al podio a felicitarme.

En el fondo de la sala se levanta un anciano. Bien vestido, con corbata, traje, lleva un paraguas en el que se apoya ligeramente al andar. Tiene el cabello blanco como la nieve. Había sido alto pero ahora está algo encorvado. Tiene los ojos vivos, la mirada sagaz. Se me para el corazón en el pecho, siento sensación de irrealidad. El viejo se acerca a la tarima. Me mira y murmura.

-¿Lo comprendes ahora, ángel, comprendes que en la narrativa como en la vida siempre se vuelve al punto de partida?

Asiento. No puedo sino darle la razón.

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Eilean Donan Castle, Loch Duich, Scotland.

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