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El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

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Triste tigre triste

Llegaron un día a casa después de la compra y encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones y a su mascota Blu en la cama de matrimonio como si fuera el rey de Saba.

-¡Maldito gato asqueroso! –gritó la madre llorando ante su ajuar roto.

Cuando lo recogió de la calle hacía ya más de un año, el padre pensó que Blu –lo habían llamado así por sus ojillos tristes y azules, como el gato de la canción– era un simple cachorro de gato. La niña cayó rendida a sus pies, le hizo fiestas y le puso un cuenco de leche. Ante sus peculiares manchas doradas y marrones los tres se maravillaron. Pero Blu se desveló como caprichoso y déspota ya desde el primer día. El cuenco de leche quedó sin beber mientras él –estaba claro que era un “él” por las dos protuberancias que le asomaban por debajo de la cola– maullaba lastimeramente. A alguien –seguramente a la hija– se le ocurrió que si utilizaban biberón y lo arropaban como a un bebé quizá Blu se tomaría la leche, pero al carecer de tal instrumento, procedieron a alimentar a la recién adquirida mascota utilizando una jeringa de cocina con la que regaban la boca del animal con chorritos de leche de vaca cada tres horas.

Así pues, Blu creció entre algodones, y creció mucho y cada vez fue necesitando más espacio y alimento. En seis meses pasó a alimentarse exclusivamente de carne, unos 2 kilos al día, pero estaba tan malcriado que a menos que le dieran la carne cortada a trocitos no la tocaba. Sus desperdicios generaban problemas adicionales ya que después de hacer sus necesidades la casa apestaba durante horas. La familia soportó estoicamente aquellas inconveniencias, creyendo que era lo que todo el mundo que tenía mascota soportaba en mayor o menor medida.

Al año, Blu fue volviéndose consciente de su soledad y de noche salía al balcón y aullaba a la luna como un perro lobo. Sus llamados se oían a kilómetros a la redonda y a menudo acudía la patrulla municipal creyendo que se trataba de algún tipo de sirena o alarma. Los vecinos no estaban nada contentos, como puede intuirse, pero no se quejaban porque les tenían aprecio a los de aquella casa, si no mucho al menos el normal entre vecinos de toda la vida. Los de la casa creían que el gato simplemente echaba de menos a un compañero de su misma especie, y como no eran gente moderna y creían en el destino, no consideraron siquiera la idea de acudir al veterinario que los habría sacado de su error de un plumazo.

No fue hasta aquel día en que al regresar a casa encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones, que se dieron cuenta de que algo no marchaba conforme a lo esperado. Blu los miraba como si no los conociera, y cuando la madre intentó hacerle bajar de la cama a escobazos, gruñó y enseñó los dientes.

-Pero, ¿tú has visto? ¿Será capaz de morderme este sinvergüenza? –se quejaba la madre.

-Capaz es. Vámonos –ordenó el padre– venga, todos fuera, vamos.

Salieron al rellano de la escalera donde se habían acumulado algunos vecinos alertados por la escandalera. Algunos, sobrepasados los límites de su paciencia, amenazaban con llamar a la policía. Tener abandonada así a una mascota no es de recibo, aducían. El pobre animal se había pasado la tarde llorando de hambre, era cruel marcharse tan campantes y dejarlo sin comer. ¿Acaso creían que él se portaría así con ellos dado el caso? Para tratar así a una mascota era mejor no tener ninguna, etcétera.

Por suerte lograron deshacerse de los vecinos expresando contrición y propósitos de enmienda. Cuando se quedaron solos, María se volvió a su marido.

-Pepe, tienes que hacer algo.

-No sé yo… –titubeó Pepe– creo que deberíamos llamar a alguien para que le den una inyección, está muy alterado.

-Pepe, ¿no me dirás que quieres que lo maten? –María lo miraba con asombro.

-No, no, un tranquilizante, quería decir.

-¿No será que le tienes miedo?

-¿Yo, miedo? Qué va, mira, ya mismo entro.

Cuando Pepe estaba a punto de entrar en la casa y dejarse morder por Blu para demostrarle a María que él no era ningún cobarde, su vecina de rellano se asomó a la puerta. Pepe que era muy malo para los nombres, de repente recordó que aquella vecina se llamaba Salvadora, y no pudo evitar pensar que nunca hubo un nombre mejor puesto.

-¡Chist! Pasad, hacer el favor –instó la vecina.

Entraron. A la niña le sacó unas pastas y la puso ante el televisor, a ellos los hizo pasar a la cocina y les sirvió un café.

-A ver, lo que tenéis ahí no es un gato –empezó.

-¿Y qué es sino? –preguntó Pepe con incredulidad.

-Un tigre de bengala –aseveró la vecina abriendo bien los ojos para dar mayor énfasis a sus palabras.

-No, no –interpuso María– Blu es un gato, lo que pasa es que se ha hecho un poco más grande de la cuenta, ¿a que sí, Pepe?

Pepe asintió mecánicamente como siempre que ella le preguntaba algo en aquel tono, pero había empezado a dudar. Lo que decía la señora Salvadora tenía sentido.

-¡Que sé lo que me digo! –insistió la vecina– Y lo sé porque desde que murió Nicanor, mi marido, solo veo documentales de la 2.

-¿Y si es así qué hay que hacer? –preguntó Pepe.

-Pero… pero Pepe! –interpuso María.

-¡Ni Pepe, ni ostias! –exclamó Pepe– eso que tenemos en casa no es un gato, eso está claro. Hay que ser tonto para no darse cuenta.

-Ah, ahora soy tonta, ¿no? –siguió María ofendida.

-¡Noo! –exclamó Pepe en tono conciliador– yo no he dicho que tú fueras…

-Era solo una manera de hablar –le ayudó de nuevo la vecina.

-Eso –dijo Pepe, doblemente agradecido a la vecina en su fuero interno– era solo una manera de hablar.

-Mirad –siguió la vecina– lo que haremos es llamar al ayuntamiento, ellos sabrán dónde hay que llevarlo.

-¿Y a dónde lo van a llevar? –preguntó María.

-Pues no sé, a la perrera de tigres, supongo –dijo la vecina.

-A la tigrera –añadió Pepe.

-¡Mira que eres, eh! –se quejó María– Como estamos y tú con bromitas. A saber lo que estará haciendo aquella bestia en nuestra casa.

-Mujer, no te lo tomes a mal, era solo por hacerte reír un poco, que estás muy tensa. Ven aquí.

Pepe intentó abrazar a María, pero esta se echó a un lado. Él insistió y al final ella se dejó.

-Bueno, ¿qué, llamo o qué? ­–interrumpió la vecina algo molesta ante las muestras de afecto entre la pareja, que le hacían sentir un poco de envidia cochina y también nostalgia por su Nicanor muerto.

-Llame, llame –dijo Pepe al final– que en la tigrera faltan tigres.

María se echó a reír.

-¡Mira que eres tontorrón!

La vecina pensó que en realidad eran muy tontos los dos, pero eran jóvenes y tenían derecho. Así que llamó al ayuntamiento y enseguida la calle se llenó con la estridencia de las sirenas.

ccalduch©2017

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La luz del mundo

Miguel quería hacerse mayor deprisa para salvar a las palomas. Cada tarde, después del colegio, salía al balcón y las vigilaba. Las sabía indefensas ante los ataques de un vecino que se dedicaba a matarlas a perdigonazo limpio. Le entristecía que hubieran de morir siendo tan hermosas, con aquel plumaje azul marino y gris, con sus listas brillantes y oscuras, y los buches llenos del pan que las viudas les tiraban en los parques.

Desde la cama, las oía llorar al amanecer. Las palomas lloraban como si supieran que iban a morir. Y él las vigilaba aún más y vigilaba al vecino asesino y cuando oía que abría la ventana, salía corriendo al balcón y hacía aspavientos para espantarlas. Pero las palomas no se daban por aludidas. Y solo cuando el pum de la escopeta derribaba a una de ellas, levantaban el vuelo.

Miguel se imaginaba encarándose con el vecino y hacía listas de todas las cosas que le diría. Pero cuando se lo cruzaba por la calle o por la escalera, tan alto y bigotudo, el valor se le helaba en los huesos. Decían que había sido militar y que gastaba malas pulgas y él era solo un niño.

Un día Miguel les dijo a sus hermanas que el vecino pegaba tiros a las palomas desde la ventana. Sus hermanas no le creyeron, hasta que un día presenciaron ellas mismas una de aquellas escabechinas. Eugenia dijo que deberían llamar a la policía, el vecino era un peligro y si erraba el tiro podía matar a alguien que pasara por la calle, pero Pepita no quería saber nada del asunto. Bastante ocupadas estaban ya con la casa y la lechería, como para meterse a salvar palomas. Poco tiempo después, alguien denunció al vecino, entonces vino la policía, hubo gritos y al final el vecino se quedó sin escopeta.

***

Sus padres les habían dejado una lechería, con un piso donde vivían los tres. En la parte de atrás de la lechería estaban las vacas en su cuadra. Por las mañanas antes de salir al colegio, Miguel les daba el pienso y después del colegio limpiaba la cuadra. En verano, con todas las ventanas abiertas, el piso se llenaba de moscas y de hedor, y él salía al balcón a respirar un poco de aire fresco y a soñar. Soñaba que navegaba río abajo, más allá del delta, que bordeaba la península, pasaba el estrecho de Gibraltar y llegaba hasta África donde se dedicaría a salvar a los elefantes de los cazadores de marfil.

Cuando le contaba sus planes a su hermana Eugenia, esta se reía.

-¡Qué niño este! ¡Vas a tener que dejar de ir al cine si sigues con esas fantasías!

Los domingos por la tarde el novio de su hermana Pepita los llevaba al cine. Normalmente ponían películas de Tarzán, de indios o de romanos.

-¿Por qué no escapa Jesús si sabe que lo van a matar? –preguntó Miguel a su hermana el día que vieron Rey de Reyes.

-¡Te quieres callar! –se quejó Pepita.

De las películas de romanos Miguel copió el gesto de los pulgares arriba y abajo para indicar sí o no. Aquello irritaba a Pepita sobremanera.

-¡Estás tonto, niño! –le decía, dándole un manotazo cada vez que él le respondía a una pregunta suya con un gesto del pulgar.

 

Una vez el novio de Pepita le dio entradas para el circo.

-¿Cuántos años tienes ya, chaval? –le preguntó revolviéndole el cabello.

-Catorce –murmuró Miguel.

-¿Catorce aún? ¿No te podrías dar más prisa en crecer?

Miguel se encogió de hombros y Enrique, el novio, se echó a reír. Enrique era mucho de la broma, pero en el fondo tenía tanta prisa en casarse como daba a entender. Sin embargo, sus hermanas habían jurado a sus padres no casarse hasta que Miguel fuera mayor de edad. Enrique decía que no podría esperar tanto. Se le iban los ojos y las manos detrás de Pepita y ella, que era muy recta, tenía que quitárselo de encima como podía.

-¡Quita, moscardón! –se quejaba, dándole manotazos.

Entonces Enrique se marchaba con el rabo entre las piernas.

-Si no lo quieres, díselo, pero no le tengas en vilo –le dijo una vez Miguel a su hermana.

-¡Anda éste! –exclamó ella -¿Qué sabrás tú si lo quiero o no? ¿Qué sabrás tú de esas cosas?

Él sabía lo suficiente porque observaba a las palomas y sabía que cuando los palomos les iban detrás con el buche henchido, si ellas no los querían les picaban fuerte y ellos se alejaban humillados.

***

Al circo fue con Eugenia que no tenía novio, ni quería. En el circo vieron elefantes, trapecistas y payasos. Él solo había visto elefantes en las películas y le impresionó que aquellos animales tan grandes y poderosos se movieran en la pista como viejos, sin fuerza ni ganas, y que no se rebelaran contra el domador. Luego comprendió el porqué. Los elefantes se habían rendido, y fue como si algo se le rompiera por dentro.

-Estás muy callado. ¿No te ha gustado el circo? –le preguntó su hermana al salir.

-No mucho.

-A mí tampoco, olía muy mal. Pero el número de los trapecistas me ha gustado. Ven, vamos a comprar algodón de azúcar a ver si así alegras la cara.

-A ver, ¿qué estás pensando? –preguntó su hermana, algo después.

-¿A ti te parece que los animales sufren? -preguntó clavando en su hermana sus ojos oscuros.

-¡Ay, qué cosas tienes! Yo creo que no, vaya, no son como las personas y si sufren pues viene el veterinario y les pone una inyección y listo.

-Pues yo quiero ser veterinario.

-¡Ay Dios! -suspiró Eugenia.

-Para ser veterinario hay que estudiar el bachillerato, carrera y toda la pesca –advirtió Enrique mientras comían al día siguiente.

-Pues estudiaré carrera –dijo Miguel.

-Claro, ¡cómo que eso es tan fácil! ¡Tú sabes lo caro que es eso, hombre! –se quejaba Pepita dejando caer la cuchara en el plato –además, habíamos dicho que estudiarías para chispas, y yo ya he hablado con el director del colegio.

-¡Pues ahora quiero ser veterinario!

-¡No puedo con él… este niño es un caprichoso! –se quejó Pepita saliendo del comedor.

Enrique miró a Miguel, haciendo un mohín.

-No disgustes a tu hermana así, hombre -dijo y salió tras Pepita.

-¿Qué problema hay? –dijo él volviéndose a Eugenia.

-Pues el dinero, qué va a ser –dijo Eugenia –anda, come, ya hablaremos.

No hubo nada que hablar. El dinero era una razón más poderosa que todas sus ansias por salvar animales, así que Miguel se hizo electricista.

***

El verano en que cumplió 18 años, Pepita y Enrique hicieron la boda. El día de la boda Pepita y Enrique se pasearon entre las mesas de invitados repartiendo cigarrillos y puros. A Enrique se le iban las manos detrás de Pepita y ella le daba manotazos.

-¡Quita, moscardón! –reía ella.

-¡Me he hecho viejo esperando, y todo por ti! –se quejaba Enrique riendo y revolviéndole el cabello a Miguel.

-Pues en unas pocas horas será toda tuya –rio Miguel y su hermana, roja de vergüenza, le dio un codazo.

-¡Vivan los novios!

-¡VIVAN!

-¿Y tú, Miguelillo, no tienes novia?–le preguntó una tía, hermana de su padre, cuando empezó el baile.

Él negó con la cabeza.

-Pues dicen que de una boda siempre sale otra… y mira, ahí hay una palomita con ganas de bailar.

Él miró de reojo a una chica que estaba sola y se movía ligeramente al son de la música. Llevaba un vestido azul ceñido, una torera blanca y el cabello recogido en un moño alto como era la moda. Se llamaba Mónica, si no recordaba mal, alguien los había presentado por la mañana en la iglesia. Miguel se puso en pie, se guardó las manos callosas en los bolsillos y avanzó hacia ella.

***

Todo estaba cambiando. Un buen día el gobierno dispuso que la leche fuera embotellada industrialmente. Así que tuvieron que cerrar la lechería y vender las vacas. Miguel no quería estar en casa el día en que habían de llevárselas, y se fue al cine con Mónica.

Se acercaba la Semana Santa y en la cartelera solo había películas de romanos.

-Esta película la vi de pequeño –murmuró él cuando se sentaron.

– ¿Ah sí? Pues yo no la he visto así que no me la expliques.

-Te puedes imaginar cómo acaba –dijo y Mónica frunció el ceño.

-No bromees con esas cosas.

-Perdona.

Él a veces olvidaba que ella era creyente, mucho más que él, y que le tenía respeto a las cosas de la iglesia. En el momento de la crucifixión, Mónica dejó caer la cabeza en su hombro y se tapó la cara. Entonces él le preguntó al oído:

-¿Por qué no ha huido?

-¿Qué dices?

Él repitió la pregunta. Mónica volvió sus ojos hacia él y lo miró como si estuviera mal de la cabeza.

-No… no lo sé.

Cuando salieron a la calle, el intentó explicarse.

-Siempre me he preguntado por qué no huyó si sabía lo que iba a pasarle.

-Pues porque tenía que ser así, tenía que morir.

-¿Y por qué?

-Porque se sacrificó para salvarnos a nosotros.

-Salvarnos ¿de qué?

-No lo sé, ¿por qué me preguntas todas esas cosas?

-Es que yo no creo en esa salvación, creo que cada uno se salva a si mismo.

-Dices unas cosas muy raras.

-Perdona, no te enfades.

-No, si no me enfado.

-Yo creo que algo enfadada sí estás.

-Que te digo que no.

Siguieron andando. Mónica estuvo callada todo el camino.  Cuando llegaron a su portal, no quiso darle un beso. Miguel no era de los que insistían, así que se dio la vuelta y se fue a su casa.

Cuando llegó, las vacas ya no estaban. Sus hermanas no parecían muy afectadas. Discutían con Enrique sobre la necesidad de derribar la cuadra y transformar la lechería en un colmado o en una tienda de ultramarinos. Para el caso es lo mismo, murmuró él al pasar, pero no lo oyeron.

Se metió en su cuarto y salió al balcón. Los últimos rayos del sol caían sobre los edificios. Las palomas cabeceaban en las barandas como habían hecho siempre y siempre harían, inmunes a lo que ocurría a su alrededor. Y luego, después de cenar, él llamaría a Mónica por teléfono, se disculparía y quedarían para ir a bailar, o lo que fuera que ella quisiera hacer, el próximo domingo. Y mañana él se levantaría como cada día de su vida, a las seis de la mañana, se pondría el mono azul y saldría con su caja de herramientas a iluminar un poco el mundo.

ccalduch©2017

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TEMPUS FUGIT

No es que el tiempo pase volando, cuidado, es que directamente el tiempo no existe. Esta es una cuestión muy seria. Vayamos por pasos.

Primero.

Hoy haciendo limpieza de un armario del piso al que me acabo de mudar encuentro un marco antiguo de plata ennegrecida, con la foto de una boda. No conozco a los desposados que llevan un siglo posando para la foto con cara seria y ropajes oscuros. Y no es nada raro porque la foto no es mía. Es una rémora de la vida de la antigua inquilina. La foto tiene su qué, pero lo que más me llama la atención es que el marco está envuelto en una hoja de papel de periódico de los años 40. No es habitual que le caiga a una en las manos un cacho de historia de tales características. Así que lo saco todo de allí con sumo cuidado, temiendo que el papel se deshaga como una momia al contacto con el aire del nuevo siglo y se deshaga en polvillo atómico antes de que logre leerlo.

Segundo.

La hoja de periódico es de la época de la que me hablaba mi padre cuando yo estuve enferma de hepatitis y él se sentaba en el borde de la cama y me contaba anécdotas para hacerme pasar el rato. Eran mayoritariamente historias de su infancia y de su familia lo que me contaba. De cómo su bisabuela había emigrado del bajo Aragón para instalarse en una casa de la parte alta de Barcelona y había trabajado allí como sirvienta. De cómo sus padres se conocieron durante una verbena. De las calamidades que pasaron durante la guerra y la posguerra. De cómo bajaban corriendo a los refugios cuando sonaban las sirenas. De cómo en su juventud había escrito una novelilla de policías y ladrones. Normalmente aquellos ratos que pasábamos juntos los amenizaba, musicalmente hablando, la vecina de arriba que hacía las tareas domésticas mientras cantaba rancheras a grito pelado:… me gustas mucho ia ia óoo, me gustas mucho túuuu… De ahí que cuando oigo alguna historia relacionada con la guerra mi mente le ponga un fondo musical bastante irreverente.

Tercero.

La hoja de periódico que he encontrado es de la sección de anuncios de un afamado diario. Es de cuando la vida nunca fue en blanco y negro y la gente se ponía sombrero para salir a la calle. De cuando las sombrererías contrataban anuncios en prensa escrita. Y es que el anuncio de mayor envergadura de la hoja ocupa media página (a saber lo que pagarían por él, ¿tres pesetas, cuatro? por decir algo) y es de una sombrerería. Aún se lee claramente la dirección en la calle Fontanella y el número de teléfono de cinco dígitos, de la época en que en Barcelona las casas con teléfono no pasaban de las decenas de millar. En la ciudad aún hay vestigios de aquella época, pocos quedan, pero algunos edificios aún tienen los cables colgando por fuera y la guerra metida por dentro. Portales sin portero automático, escaleras oscuras de escalones desiguales, pasamanos de madera negra, ascensores con puertas manuales, pisos con puertas grandes y pesadas con mirillas doradas, con ventanas y contraventanas que no encajan en los goznes, con paredes lamidas y relamidas por miles de brochas gordas de pintar. Luego están las tiendas, tiendas ubicadas en edificios de sólo una planta con rotulación impresa en cursiva exageradamente inclinada hacia la derecha, el nombre y número de la calle también en cursiva, así como el distrito en un extremo del rótulo, tan sólo un mero digito, de la época en la que no existían los códigos postales, (Barcelona 5, Barcelona14…).

Pero me estoy yendo del tema otra vez. Y el tema es muy serio.

Cuarto.

Viendo ahora ese número de teléfono de cinco dígitos surge en mí la siguiente inquietud: si marco el número, ¿me contestará por alguna casualidad cuántica una telefonista con voz somnolienta que espera sentada a que alguien pida que lo conecten con la década de los 40 ?

Digresión, (con permiso).

Es curioso porque la misma pregunta se me vino a la mente el verano pasado cuando visité la casa museo de un receptor del premio Nobel de literatura, desaparecido en los años 60. Había allí, en la biblioteca de la casa donde nació el escritor laureado, además de sucedáneos de libros en las estanterías, ardillas y otros bichos disecados por el padre del escritor- que fue un gran aficionado a la botánica-, un teléfono de pared antiguo, de porcelana negra, los de dos piezas separadas. Por un momento tuve la seguridad de que si descolgaba el auricular y marcaba alguno de los número listados en la pared, hablaría con una telefonista del 1900. Estuve a punto de hacerlo pero la guía de la casa museo me lo impidió con una sonrisa entre severa y divertida que decía, ay, que te veo las intenciones…

Cuarto (continuación).

Pero ahora estoy en mi casa y en mi casa hago lo que me da la gana, así ninguna guía de casa museo podrá impedirme que haga una llamada a una sombrerería de los años 40 con mi moderno teléfono, con el que puedo pasearme por todo el piso sin ser esclava de la extensión de un cable. También podría utilizar el teléfono móvil (o celular) y hacer que la llamada al pasado la gestionara un satélite que da vueltas alrededor de la piedra que llamamos tierra. Um. ¿Fijo o móvil, qué será? Me decido por el fijo para no perder detalle de la conversación.

Quinto.

Voy a hacerlo. Voy a llamar porque la mecánica cuántica dice que: primero, el tiempo no existe y segundo, todas las posibilidades son reales. En otras palabras, cualquier cosa es posible. Vamos. Me levanto de delante del ordenador donde estoy tecleando esta pieza. Voy hasta la mesilla, saco el teléfono de la base y marco. Por alguna razón suelo quedarme parada ante la base aunque ya he dicho que hoy día ya no es necesario, pero supongo que lo hago por la costumbre esclavizante. Quedaría bien si añadiera ahora que mientras marco me va el corazón deprisa, me tiemblan las manos, pero no sería verdad. Sería un recurso retórico sin gracia. (La verdad es que mientras marco me digo que todo esto no es más que una quimera de mañana de domingo).

Sexto.

Una voz metálica al otro lado de la línea me informa de que en este momento hay sobrecarga en la red y de que el número marcado es un número privado. Esta última es un información sorprendente y abre una serie de consecuencias que, a mí al menos ahora mismo, me parecen lógicas. Primero: el número aún es válido, segundo: si no hubiera sobrecarga en la red alguien contestaría; tercero: las líneas telefónicas se sitúan fuera del tiempo. Conclusión: el tiempo no existe.

Quod erat demonstrandum, que decían los romanos.

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LA CASA VACÍA

Aquel día cuando salió a tender un albañil viejo y bigotudo le chistó desde el andamio.

-Niña, ¿te vienes? –dijo con voz ronca.

Ella ni siquiera levantó la mirada.

-Hoy no está pá fiestas, eh –siguió él riendo pero luego paró de reír en seco como si hubiera recordado algo importante –pos que sepas que al Chimo lo han echao.

Ella siguió tendiendo la ropa como si oyera llover. Al final, el hombre la dejó en paz.

La ropa chorreaba agua. Suerte que la calle no era más que una calleja por donde no pasaba apenas gente. Había pasado la noche lavando ropa en la azotea. No quería pensar en lo de ayer.

 

 

El día en que se conocieron ella estaba recogiendo unos trapos del tendedero, era tarde y el sol ya bajaba y si la ropa se quedaba tendida toda la noche la humedad se la volvía a dejar empapada.

-¿Qué hora tienes? –había preguntado él desde el andamio que quedaba bastante por debajo de su balcón.

Ella miró su reloj y le dijo que eran las seis. El le dio las gracias y se quitó el casco. Mañana más, dijo pasándose un brazo por la frente y sonriendo añadió: en nada estamos ahí arriba.

Era joven, tenía los ojos marrones graciosos, las facciones algo duras, pero cuando sonreía se le iluminaba la cara y tenía los brazos fuertes.

 

Otro día él le preguntó cómo se llamaba y le dijo que él se llamaba Chimo. Un nombre que a ella le recordó a unos caramelos que ella y su hermano comían de niños. Ahora su hermano criaba malvas, como su madre, y ella estaba sola en el bloque vacío a excepción de ella misma y una vecina vieja, la Sra. Antonia, del entresuelo.

-Nos van a tapar el sol –se había quejado la Sra. Antonia cuando empezaron la obra –toda la vida hemos disfrutado del sol y ahora nos plantan aquí este mamotreto, se me van a morir todas las plantas…

 

De mamotreto, nada. Iba a ser un señor bloque, con acabados de primera, con una isla en el centro y piscina, eso decía Chimo.

-¿Y serán caros? –preguntó ella y él se echó a reír.

-Pos claro, tonta, estos pisos son para gente de posibles, de esos que ahora vendrán de Barcelona por el AVE –dijo él –y no te creas, que ya están casi todos apalabrados.

La señora Antonia también estaba en el balcón aquel día y los oyó hablando y por la noche apareció en la puerta de su casa y le leyó la cartilla.

-No te sabe mal no, hija, que te hable así –dijo al final- Ya sabes que se lo tengo prometido a tu padre, que mientras él no esté te echaré un ojo… pero no me hagas pucheros, mujer.

-Pero es que estoy sola -murmuró ella.

-¡Toma, más sola estoy yo! Pero oye, ¿qué pasa con Julio, es que ya no te gusta?

-No, ya no –mintió ella enrojeciendo.

-Ay, hija, con lo serio que es, no como estos paletos que hoy van con una y mañana con otra y si te he visto no me acuerdo… yo sólo te pido que vayas con mucho ojo, hija mía –acabó la Sra. Antonia que no se había enterado de lo de Julio.

 

Ella había pasado meses agarrada a aquella esperanza llamada Julio. Bajando al mercado cada miércoles con los labios pintados de rojo y con aquella plantilla embutida en el zapato que los de la ortopedia le habían jurado que le disimularía la cojera y que le hacía un daño tremendo en el pie.

Julio era rubio y tenía la mandíbula fuerte, los ojos grises y las manos grandes. Cuando llevaba las cajas de fruta del camión a la parada se tensaban sus antebrazos y se le marcaban las venas por debajo de la piel. No era tímido y llamaba a las señoras reina y les guiñaba el ojo cuando les daba a probar trocitos de fruta. A ella la llamaba reineta porque era pequeña y también le daba trocitos de fruta.

Pero hacía dos miércoles Julio no estaba en la parada y ella oyó como una clienta preguntaba por él y la dueña respondió que estaba de luna de miel y que volvería en diez días. Las clientas se quedaron estupefactas. Tan joven. La dueña bajó la voz. Hija, qué quieres, si ha sido de penalti.

Ella volvió a casa cabizbaja y con medio melón en el capazo que la dueña de la tienda le colocó sin ella querer. En su casa se quitó los zapatos y los lanzó con plantilla y todo contra la pared. Sacó el melón y salió al balcón.

-Oye, ¿no irás a tirar eso? –gritó Chimo riendo desde el andamio que aún quedaba a dos pisos de su balcón – a ver si nos partes la cabeza…

-Si lo quieres para ti –dijo ella.

El chico estiró los brazos y el cuerpo peligrosamente por encima del andamio.

-No llego –dijo riendo.

-Yo te lo llevo –dijo ella llena de una fuerza nueva.

Bajó a la calle y dio la vuelta a la esquina. Allí estaba él esperándola. Visto tan de cerca le pareció muy guapo.

-Gracias –dijo él –será el postre de hoy.

Ella no supo qué decir.

A las tres de la tarde oyó que la llamaban y salió al balcón. Sentados en el andamio vio a tres hombres, Chimo estaba en el medio repartiendo trozos de melón. A medida que comían iban rebanando los trozos con las navajas y al acabar dejaban caer las cáscaras al vacío.

-¡A tu salud! –dijo uno haciendo un gesto apreciativo con la cabeza.

-¡Gracias! –dijo otro.

Chimo fue el único que no dijo nada pero no le quitaba ojo de encima.

-De nada –murmuró ella y luego se volvió a meter en la casa y pasó el resto del día sonriendo como una tonta sin saber ni lo qué hacía.

 

Otro día, cuando el andamio ya estaba casi a la altura de su balcón, él le preguntó si ella estaba sola. Ella entendió si estaba sola en la vida.

-No, está mi padre –dijo.

-Ah. Pues no se deja ver, no.

-Es que no sale mucho –dijo ella, y aquello era una media verdad.

-Oye, esta noche podríamos vernos, quiero decirte una cosa…

Ella iba a asentir cuando llegaron gritos del interior de la obra. Un trabajador asomó la cabeza tras la cortina de plástico.

-Chimo, deja de pelar la pava y ponte a trabajar.

Chimo le hizo un gesto de despedida y desapareció tras la cortina de plástico.

Eso había sido dos días antes.

 

El día anterior él la había llamado a primera hora de la mañana. Lo oyó enseguida. Había pasado la noche en vela y hacía horas que estaba en la azotea lavando ropa y dándole vueltas a lo que él había dicho.

El andamio ya quedaba a la altura de su balcón y él arrimó un pescante móvil, la  cogió de la cintura y la ayudó a saltar. Cuidado, dijo, se tambalea mucho. Pasaron a través del plástico hasta pisar suelo firme. No parecía que hubiera nadie más en la obra.

Él la miraba fijamente y sonreía. La llevó hasta una estancia con sus cuatro paredes ya construidas pero sin techo donde olía a cemento húmedo y a soldaduras. Por encima de sus cabezas se deslizaban las nubes. Él le ofreció un cigarrillo. Luego se sentaron en el suelo y él le pasó un brazo por los hombros.

-¡Qué bien que hayas venido! –dijo y la atrajo hacia él para besarla.

-¿Qué querías decirme ayer? –dijo ella después.

-¿Eh? –murmuró él.

Sus manos se habían perdido ya entre sus muslos.

-Dijiste que querías decirme una cosa –murmuró ella.

-Que me gustas mucho –murmuró él –ven aquí.

 

Luego se armó una buena. Se había quedado dormida. Un hombre la despertó zarandeándola del brazo. Ella no recordaba dónde estaba ni sabía lo que ocurría. Lentamente regresó de algún lugar muy lejano donde sólo estaban ella y Chimo.

Oyó gritar a Chimo, decía que si lo echaban los denunciaría por tenerlo trabajando sin contrato y sin seguro. Una voz seria le advirtió que marchara si no quería acabar mal. Al poco su voz se extinguió.

A ella la acompañaron a la calle y le dijeron que la próxima vez que se colara en la obra la denunciarían a la policía.

Llamó al timbre de la Sra. Antonia porque no tenía llaves.

Ay, hija, qué le voy a decir yo ahora a tu padre, murmuró la vieja haciéndose cruces al verla entrar descalza y con la ropa maltrecha.

Que por qué me han dejado sola, fue a decir ella pero al final no lo dijo.

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