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El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

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Día de Reyes

Una mañana de reyes mi padre me dijo que mi tía Vicenta, ya de una cierta edad, estaba muy mal. Por la manera en que hablaba, deduje que estaba en las últimas. Me sentí mal porque hacía tiempo que no iba verla. Pero lo cierto es que había estado muy ocupado y además, no me gustaba mucho ir por su casa, por motivos que no vienen al caso. Sin embargo, si era cierto que mi tía estaba grave, era mi obligación ir a verla y no había más que hablar. Así que cogí el coche y fui a su casa. Aparqué mal, pero dejé en el salpicadero la tarjeta que usaba cuando hacía visitas a domicilio, con la esperanza de que no me multaran.

Empezaba a llover con fuerza cuando salí del coche. Me había olvidado el paraguas, para variar, y tuve que ir por la calle buscando el refugio de los balcones. Encontré abierto el portal del bloque donde vivía mi tía. Entré y subí hasta el quinto piso, toqué el timbre. Al poco, oí pasos y la tapa de la mirilla desplazándose. Una voz, con tono juvenil, pidió:

–Santo y seña.

Me extrañó aquello. No supe qué esperaban que dijera, y entonces murmuré algo que me vino a la mente sin pensar, algo que mi tía Vicenta solía cantarme de pequeño:

–Pepito, pepón… cómete un roscón –murmuré de manera apenas audible.

Enseguida oí los varios cerrojos desatrancándose y la puerta se abrió lentamente hacia adentro, hacia el pasado. Vi reflejada en el espejo del recibidor mi figura de niño repeinado, con abrigo largo de lana, pantalones cortos. Me llegó claramente el olor a las rosquillas que hacía mi tía siempre los días de reyes, mezclado con el de los juguetes nuevos y mis ansias por estrenarlos. Sin embargo, ante mí no estaba mi tía, sino una mujer de cara aniñada, que llevaba trenzas y un peto azul, mascaba chicle y me miraba expectante.

–Soy Pepe, el sobrino de la Sra. Vicenta –anuncié.

–Sí, ya lo sé, no te acuerdas de mí, ¿a que no, Pepino?

–Pues no, lo siento –dije.

–Pues entonces no entras –dijo ella con retintín.

Sentí unas ganas enormes de tirarle del pelo y deshacerle las trenzas a aquella atrevida. Creo que hasta di un paso amenazante hacia ella. Y creo que ella retrocedió, pero sin dejar de mirarme con descaro. La verdad es que me sorprendió la súbita acometida de mi rabia. Quién era ella para impedirme entrar en casa de mi tía, me preguntaba. Sin embargo, pensé que por su manera familiar de tratarme podría ser una sobrina política de mi tía que estaba allí para cuidar de ella, alguien a quién quizá conocí en otro tiempo y que había olvidado. Porque ¿qué otra cosa podía estar haciendo allí aquella mujer, sino cuidar de mi tía? Algo de lo que yo no podía presumir, así que se imponía la prudencia.

–¿Y la tía, está en la cama? –pregunté.

–No, está en el salón –dijo.

Entré y me dirigí hacia el salón. Allí, una vaharada de Vicks y de eucalipto me dio la bienvenida. Encontré a mi tía, sentada en una butaca, tapada con mantas y manteletas. Tenía la cara roja y tumefacta, apenas se le veían los ojillos. Me agaché a su lado.

-Hola, tía –dije en voz baja.

–¡Pepino! –exclamó ella alzando el rostro hacia mí–. ¡Dichosos los ojos!

–¿Qué te ha pasado en la cara? –dije, horrorizado por como la vi–. ¿No tendrás un flemón?

–¿Un flemón? Lo que me faltaba –rió ella–. Es de los medicamentos.

Debí haber supuesto que el edema era consecuencia de la medicación. Ni siquiera comprendía de dónde me había salido aquello del flemón. Tuve un momento de pánico del principiante y para que no se me notara, hice ver que examinaba con interés los remedios que había sobre la mesilla auxiliar.

–¿Esto te han dado? –pregunté mostrándole una caja de píldoras.

Me salió un deje casi despreciativo y mi tía se alarmó.

–¿Es que no es bueno, hijo? Es para los ahogos.

–Sí, sí, está bien –admití-– solo que es algo fuerte y te dará sueño, ¿o no?

–Un poquito sí –dijo.

Le toqué la frente. No me pareció que tuviera fiebre. Le tomé el pulso. Lo encontré normal.

–Te voy a auscultar –murmuré, volviéndome a buscar mi maletín que no encontré–. Será posible… me lo he dejado en el coche, bajo a buscarlo, enseguida vuelvo.

–Uy, quita, deja… –dijo ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

Primero lo del flemón y ahora este descuido imperdonable. Ya veía a mi tía, que tenía fama de chismosa, llamando por teléfono a nuestros parientes para informarles de mi ineptitud. Era lo que me faltaba. Hasta ahora solo había encontrado resistencia y desconfianza en mi familia. Incluso mi propia madre solo me dejaba tratarla de sarpullidos de eccema. De mi padre, mejor no hablar. Yo me preguntaba de qué servía que me hubieran pagado la carrera de medicina para luego seguir yendo, como si nada, a su médico de toda la vida.

–Pero, siéntate, no estés ahí de pie –dijo mi tía señalando el sofá–. ¿Tienes hambre?

Cómo explicarle que yo no había ido hasta allí a comer ni a hacerle una visita de cortesía, que aunque aquel día fuera fiesta, no era un domingo de los de mi infancia en el que el tiempo se hacía lento mientras los adultos comían y se entregaban a tertulias inacabables y aburridas mientras tomaban café. Cómo explicarle a mi anciana tía que yo era una persona muy ocupada, que comía casi siempre en la cafetería del hospital y que no tenía tiempo para tertulias. Sin embargo, sabía que, si no entraba en su juego, me iría de allí de vacío, sin haber determinado qué era lo que tenía realmente.

–Un café sí tomaré –claudiqué.

–¿Solo café? No quieres unas…

–No. Solo café, gracias –la interrumpí.

Mi tía intentó incorporarse, pero los brazos no la sostuvieron y al final tuvo que dejarse caer en la butaca.

–Pero, tía, ¿qué haces? –dije–. Ya voy yo a por el café, o si no se lo diré a tu sobrina.

–¿Qué sobrina?

–¿La chica que me ha abierto no es…

–¿Rosabel? Qué va. Es la hija de la vecina, que la estoy cuidando. Su madre tenía que trabajar hoy… pero oye, si tú ya la conoces, tú y ella habéis jugado juntos otras veces aquí.

Yo no conocía a aquella muchacha de nada. Mi tía debía estar confundida. Iba a preguntarle algo más al respecto, ya que aquella digresión de su memoria me intrigaba porque podía ser un síntoma de una enfermedad grave. Sin embargo, ella cambió de tema y yo me distraje.

–¿Y cómo vas en el colegio?

–Ya acabé los estudios, tía, y he aprobado el MIR hace poco. ¿No te lo dijo mi padre?

–¡A mí nadie me cuenta nada, hijo! –se quejó– ¿Y qué es eso del MIR?

–Un examen para ser médico.

–Entonces ¿ya eres médico?

–Pues sí, tía. ¡Y qué ganas tenía de acabar los dichosos exámenes! No sé si sería capaz de volver a pasar por eso.

Seguimos hablando un rato sobre mis peripecias como estudiante y de mis primeros pasos como médico. Mi tía parecía contenta por mí. Empecé a pensar que quizá era cierto que mi padre se había olvidado de llamarla para contarle que había aprobado el famoso examen del MIR.

–¡Pues como ya eres médico a partir de ahora te llamaré Doctor Pepino! –dijo mi tía, y se echó a reír.

Me reí con ella, un poco más aliviado al pensar que no estaría tan mal si aún era capaz de bromear. En aquel momento entró en el salón Rosabel, la mujer a la que supuestamente yo ya conocía y que me había abierto la puerta al llegar. Venía royendo lo que parecía una rosquilla. Una rosquilla idéntica a las que mi tía solía preparar los días de reyes.

–¿Está buena, eh? –dijo mi tía.

Rosabel se encogió de hombros y se dejó caer en el sofá descuidadamente.

–Dale un trocito a Pepino, no seas avariciosa, niña –se quejó mi tía.

–No, gracias –dije cuando Rosabel se acercó a mí para ofrecerme media rosquilla.

–Pero come, Pepino –instó mi tía– que estás muy flaco.

Al final cogí la media rosquilla y me la metí en la boca. Era dulce y anisada.

–¡Está igual de buena que las que tú hacías! –no pude evitar exclamar.

–¡Hombre, claro, como que las he hecho yo! –dijo mi tía, riendo con fuerza.

–¿Y pudiste estar de pie en la cocina el tiempo suficiente como para cocinar? –pregunté con curiosidad.

–Pues claro –dijo ella, muy natural.

Empecé a vislumbrar que mi tía no estaba tan mal como todos creían. Es más, estaba bastante seguro de que mi tía fingía. De ahí las contradicciones: su aparente senilidad y de repente su buena memoria para recordar detalles de hacía años. Debí haberlo supuesto. Era habitual en las personas mayores exagerar los síntomas de cualquier afección leve para llamar la atención. A todo lo más tenía un catarro. Así que le diría a mi padre que teníamos tía para rato. Tema resuelto, ya me podía marchar.

–Bueno, pues yo me voy, tía, que no te hago ningún servicio –dije–. Cualquier cosa me llamas.

–¿Ya te vas, tan pronto? –dijo ella, sorprendida.

–Sí, tía, tú estás bien, y yo he dejado el coche mal aparcado –dije.

Mis explicaciones no la convencieron.

–No te preocupes por el coche –dijo–. Mira, si lo tengo yo aquí.

Se sacó del bolsillo un coche de juguete y me lo enseñó. Curiosamente era del mismo color crema que el mío, el que yo había dejado en una zona en la que estaba prohibido aparcar y que quizá ya no encontraría cuando regresara. Sin embargo, mi coche dejó de parecerme importante. En cambio, el coche que mi tía me enseñaba me llamaba mucho la atención. Lo cogí de sus manos y lo estudié con calma.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Yo tenía uno igual que este cuando era pequeño…

–¡Pero si es tuyo, tontis, que te lo han traído los reyes!

–¿Me lo dejas ver? –preguntó Rosabel, acercándose a mí.

Mi primera reacción fue no dejárselo, pero mi tía intervino. Parecía algo enfadada y lo que me dijo me hizo sentir un poco culpable:

–No seas egoísta, Pepino, tienes que compartir los juguetes, sino los reyes se enfadarán. Además, otra faena tienes, me tienes que auscultar y ponerme la inyección.

Mi tía parecía hablar en serio ahora. La miré largo y tendido, calibrando si me estaría tomando el pelo. Vi con sorpresa que la tumefacción de su rostro estaba empezando a desvanecerse.

-Tía, no te puedo auscultar porque no he traído el maletín, ni el fonendo… fondone…

Tropecé con la palabra.

–Se dice fonendoscopio… Pepino, Pepón… –dijo mi tía y se echó a reír de nuevo.

Rosabel se rió también y aprovechó la confusión para quitarme el coche de las manos. Me sentí enrojecer, ridículo, como hacía años no me sentía y sentí lágrimas calientes en los ojos. De repente, mi tía exclamó:

-¡Pero no hagas pucheros, niño, mira, lo que tengo!

Cuando yo estaba a punto de salir corriendo y buscar un rincón en el que esconderme y llorar a mis anchas, mi tía puso sobre la mesilla un maletín de médico, idéntico a uno que yo había tenido cuando era pequeño. Es más, aquel otro también me lo había regalado mi tía precisamente un día de reyes.

-¿Qué, te gusta? –preguntó.

-Sí –admití, pasándome las manos por la cara para espantar las lágrimas mientras me acercaba al maletín–. ¿Es para mí?

–Pues claro.

–¡Gracias, tía! –dije, con apenas un hilo voz, mientras se me volvían a llenar los ojos de lágrimas.

Yo había codiciado aquel maletín durante meses. Era lo primero que le dije al rey Baltasar cuando me preguntó qué había puesto en la carta.

-Ay, Pepino –suspiró mi tía–. Cómo eres… a ver, mírame, que no quiero que tu madre vea que has llorado, sino la tendremos.

Mi tía se plantó junto a mí de un salto y me instó a mirarla. Tuve que levantar la cara. Ya no quedaban rastros de tumefacción en su rostro. Es más, tampoco tenía arrugas y su cabello ondeaba rubio y abundoso sobre sus hombros, como en las fotos. Mi tía me refregó el cabello con la mano afectuosamente y luego me dio el maletín.

Fue entonces cuando vi la escena reflejada en el vidrio de la puerta del salón. Vi a un niño que sostenía un maletín de médico de juguete. En el sofá había una niña que empujaba un coche de color crema por las montañas del respaldo del sofá. Mi tía era una mujer joven y lozana que me dijo:

-¿Por qué no le enseñas el maletín a Rosabel y jugáis un rato? Yo voy a hacer más rosquillas.

Mi tía salió del salón. Rosabel se acercó a mí y yo abrí el maletín.

–De mayor seré médico –anuncié blandiendo el fonendoscopio de plástico.

–Ya lo creo –dijo ella.

Entonces nos pusimos a jugar.

ccalduch@2017

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Triste tigre triste

Llegaron un día a casa después de la compra y encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones y a su mascota Blu en la cama de matrimonio como si fuera el rey de Saba.

-¡Maldito gato asqueroso! –gritó la madre llorando ante su ajuar roto.

Cuando lo recogió de la calle hacía ya más de un año, el padre pensó que Blu –lo habían llamado así por sus ojillos tristes y azules, como el gato de la canción– era un simple cachorro de gato. La niña cayó rendida a sus pies, le hizo fiestas y le puso un cuenco de leche. Ante sus peculiares manchas doradas y marrones los tres se maravillaron. Pero Blu se desveló como caprichoso y déspota ya desde el primer día. El cuenco de leche quedó sin beber mientras él –estaba claro que era un “él” por las dos protuberancias que le asomaban por debajo de la cola– maullaba lastimeramente. A alguien –seguramente a la hija– se le ocurrió que si utilizaban biberón y lo arropaban como a un bebé quizá Blu se tomaría la leche, pero al carecer de tal instrumento, procedieron a alimentar a la recién adquirida mascota utilizando una jeringa de cocina con la que regaban la boca del animal con chorritos de leche de vaca cada tres horas.

Así pues, Blu creció entre algodones, y creció mucho y cada vez fue necesitando más espacio y alimento. En seis meses pasó a alimentarse exclusivamente de carne, unos 2 kilos al día, pero estaba tan malcriado que a menos que le dieran la carne cortada a trocitos no la tocaba. Sus desperdicios generaban problemas adicionales ya que después de hacer sus necesidades la casa apestaba durante horas. La familia soportó estoicamente aquellas inconveniencias, creyendo que era lo que todo el mundo que tenía mascota soportaba en mayor o menor medida.

Al año, Blu fue volviéndose consciente de su soledad y de noche salía al balcón y aullaba a la luna como un perro lobo. Sus llamados se oían a kilómetros a la redonda y a menudo acudía la patrulla municipal creyendo que se trataba de algún tipo de sirena o alarma. Los vecinos no estaban nada contentos, como puede intuirse, pero no se quejaban porque les tenían aprecio a los de aquella casa, si no mucho al menos el normal entre vecinos de toda la vida. Los de la casa creían que el gato simplemente echaba de menos a un compañero de su misma especie, y como no eran gente moderna y creían en el destino, no consideraron siquiera la idea de acudir al veterinario que los habría sacado de su error de un plumazo.

No fue hasta aquel día en que al regresar a casa encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones, que se dieron cuenta de que algo no marchaba conforme a lo esperado. Blu los miraba como si no los conociera, y cuando la madre intentó hacerle bajar de la cama a escobazos, gruñó y enseñó los dientes.

-Pero, ¿tú has visto? ¿Será capaz de morderme este sinvergüenza? –se quejaba la madre.

-Capaz es. Vámonos –ordenó el padre– venga, todos fuera, vamos.

Salieron al rellano de la escalera donde se habían acumulado algunos vecinos alertados por la escandalera. Algunos, sobrepasados los límites de su paciencia, amenazaban con llamar a la policía. Tener abandonada así a una mascota no es de recibo, aducían. El pobre animal se había pasado la tarde llorando de hambre, era cruel marcharse tan campantes y dejarlo sin comer. ¿Acaso creían que él se portaría así con ellos dado el caso? Para tratar así a una mascota era mejor no tener ninguna, etcétera.

Por suerte lograron deshacerse de los vecinos expresando contrición y propósitos de enmienda. Cuando se quedaron solos, María se volvió a su marido.

-Pepe, tienes que hacer algo.

-No sé yo… –titubeó Pepe– creo que deberíamos llamar a alguien para que le den una inyección, está muy alterado.

-Pepe, ¿no me dirás que quieres que lo maten? –María lo miraba con asombro.

-No, no, un tranquilizante, quería decir.

-¿No será que le tienes miedo?

-¿Yo, miedo? Qué va, mira, ya mismo entro.

Cuando Pepe estaba a punto de entrar en la casa y dejarse morder por Blu para demostrarle a María que él no era ningún cobarde, su vecina de rellano se asomó a la puerta. Pepe que era muy malo para los nombres, de repente recordó que aquella vecina se llamaba Salvadora, y no pudo evitar pensar que nunca hubo un nombre mejor puesto.

-¡Chist! Pasad, hacer el favor –instó la vecina.

Entraron. A la niña le sacó unas pastas y la puso ante el televisor, a ellos los hizo pasar a la cocina y les sirvió un café.

-A ver, lo que tenéis ahí no es un gato –empezó.

-¿Y qué es sino? –preguntó Pepe con incredulidad.

-Un tigre de bengala –aseveró la vecina abriendo bien los ojos para dar mayor énfasis a sus palabras.

-No, no –interpuso María– Blu es un gato, lo que pasa es que se ha hecho un poco más grande de la cuenta, ¿a que sí, Pepe?

Pepe asintió mecánicamente como siempre que ella le preguntaba algo en aquel tono, pero había empezado a dudar. Lo que decía la señora Salvadora tenía sentido.

-¡Que sé lo que me digo! –insistió la vecina– Y lo sé porque desde que murió Nicanor, mi marido, solo veo documentales de la 2.

-¿Y si es así qué hay que hacer? –preguntó Pepe.

-Pero… pero Pepe! –interpuso María.

-¡Ni Pepe, ni ostias! –exclamó Pepe– eso que tenemos en casa no es un gato, eso está claro. Hay que ser tonto para no darse cuenta.

-Ah, ahora soy tonta, ¿no? –siguió María ofendida.

-¡Noo! –exclamó Pepe en tono conciliador– yo no he dicho que tú fueras…

-Era solo una manera de hablar –le ayudó de nuevo la vecina.

-Eso –dijo Pepe, doblemente agradecido a la vecina en su fuero interno– era solo una manera de hablar.

-Mirad –siguió la vecina– lo que haremos es llamar al ayuntamiento, ellos sabrán dónde hay que llevarlo.

-¿Y a dónde lo van a llevar? –preguntó María.

-Pues no sé, a la perrera de tigres, supongo –dijo la vecina.

-A la tigrera –añadió Pepe.

-¡Mira que eres, eh! –se quejó María– Como estamos y tú con bromitas. A saber lo que estará haciendo aquella bestia en nuestra casa.

-Mujer, no te lo tomes a mal, era solo por hacerte reír un poco, que estás muy tensa. Ven aquí.

Pepe intentó abrazar a María, pero esta se echó a un lado. Él insistió y al final ella se dejó.

-Bueno, ¿qué, llamo o qué? ­–interrumpió la vecina algo molesta ante las muestras de afecto entre la pareja, que le hacían sentir un poco de envidia cochina y también nostalgia por su Nicanor muerto.

-Llame, llame –dijo Pepe al final– que en la tigrera faltan tigres.

María se echó a reír.

-¡Mira que eres tontorrón!

La vecina pensó que en realidad eran muy tontos los dos, pero eran jóvenes y tenían derecho. Así que llamó al ayuntamiento y enseguida la calle se llenó con la estridencia de las sirenas.

ccalduch©2017

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Un caso particular

Hace unos días me ocurrió un caso. Sin que sirva de precedente, yo que no soy amiga de relatar notas biográficas, voy a contarlo. Los (pocos) osados que me siguen en mi blog saben que suelo contar historias más o menos lacrimógenas, con voluntad, seguramente demasiado presuntuosa, de cavar túneles hacia el inconsciente colectivo. Pero creo que hoy debo hacer una excepción y relatar el episodio personal que viví hace unos días y para el que no encuentro explicación.

Que vaya por delante que nunca he creído demasiado en el más allá, ni en magias, ni en el supuesto poder de pócimas de amor o de brujos o brujas, ni de los de antes, ni de los de ahora. Por consiguiente, no tengo manera de calificar, ni de clasificar de manera racional, lo ocurrido sino es como una jugada de mi subconsciente que en un momento de gran tensión acudió en mi ayuda.

Pero debo empezar sin más preámbulo.

Se dio la circunstancia de que unos días atrás me convocaron a unas pruebas de promoción dentro de mi departamento, gracias a las cuales -siempre que las supere, claro está- podré mejorar sustancialmente mi posición. Cuento con un buen currículum y años de experiencia en la rama administrativa para la que se convocó el concurso, así que no puedo decir que estuviera excesivamente nerviosa el día de la prueba -quizá estaba un poco ansiosa porque temía llegar tarde y por eso llegué bastante antes de la hora indicada en la convocatoria y tuve que esperar en la puerta un buen rato hasta que abrieron.

Las pruebas se llevaron a cabo en un antiguo monasterio medieval que durante una época oscura de la historia llegó a ser una prisión, y que a finales del siglo XX fue reconvertido en oficinas de la administración pública. Yo había estado allí anteriormente, una vez fue para una reunión informativa sobre el mosquito tigre y otra vez fui a una formación de un nuevo programa informático de mi trabajo. No me había parecido que el lugar fuera excesivamente lúgubre ni opresivo a pesar de que sabía cuáles habían sido sus funciones en el pasado. La verdad es que realizaron un excelente trabajo de carpintería y de iluminación en el interior del edificio, y aparte del claustro, que solo se puede ver a través de las ventanas superiores, no queda ningún signo visible de las prestaciones que tuvo aquel edificio a lo largo de la historia, por lo que nadie que no conozca de entrada su origen se atrevería a decir que aquel lugar moderno y funcional había servido para otra cosa que no fueran trámites administrativos.

Mientras esperaba a que abrieran, se fue congregando en la puerta un gran número de personas. A las nueve en punto un bedel salió a abrir y deslizó un taco en el suelo para mantener la puerta principal abierta. Finalmente entramos. El bedel dijo que los que habíamos de realizar la prueba debíamos esperar allí mismo, en el vestíbulo, a que nos llamaran.

Pasó una media hora durante la cual me dediqué a visitar el cuarto de baño repetidas veces, comprobar mi documentación una y otra vez y morderme las uñas. A las diez menos cuarto en punto salió un funcionario del interior de una sala con una lista en la mano y empezó a leer nombres. Cuando oí que me llamaban, me presenté ante él con mi documento de identidad en la mano. El hombre le echó una rápida ojeada y me indicó con un gesto de cabeza que pasara a la sala.

En la sala había otro funcionario, que sonreía vagamente pero sin mirar a los ojos, que me indicó que tomara asiento. Me senté a una mesa sobre la que había un cuadernillo vuelto hacia abajo y que contenía la prueba. Siguiendo instrucciones coloqué sobre la mesa –digo mesa, pero era más bien un escritorio o pupitre escolar de madera que yo no había visto desde mis tiempos de estudiante- mi documento de identidad, que debía permanecer a la vista a lo largo de toda la prueba, y un par de bolígrafos. Sin nada más que hacer de momento, me crucé de brazos a esperar de nuevo.

La visión de los escritorios, de la pizarra negra en la pared y la tarima donde habrían de colocarse luego los funcionarios examinadores me retrotrajo a mis años de instituto y a las noches pasadas en vela con los codos pegados a la mesa. Sospecho que perderme en aquellos recuerdos pudo ser el detonante de la desconexión con la realidad que experimenté luego y que dio lugar a las visiones que tuve y que ya estoy tardando en relatar.

El resto de candidatos fue entrando lentamente en la sala, que era rectangular y bastante alargada y estrecha, y cuando ya estuvimos todos dentro se cerró la puerta con un estruendo de sarcófago tal que no pude evitar dar un respingo. Los dos examinadores subieron a la tarima al frente de la sala, uno de ellos miró fugazmente hacia el reloj que había colgado al lado de la pizarra y dijo que aún faltaban cinco minutos para empezar. Hasta entonces, no podíamos tocar el cuaderno de preguntas que teníamos en la mesa ante nosotros. Entretanto, el segundo examinador repasaba la lista de convocados advirtiendo en voz baja a su compañero que había fallado bastante gente.

En verdad habían quedado muchos pupitres vacíos. Conté rápidamente a unas treinta personas en la sala, que desistí de estudiar en profundidad para evitar ponerme nerviosa calculando las potencialidades de cada uno. Me había tocado sentarme hacia la mitad de la sala y de repente me asaltó la duda de si sería capaz de leer lo que los examinadores escribieran en la pizarra, si es que escribían algo, ya que padezco de un grado alto de miopía. Sin embargo, no pedí cambiar de asiento, aunque habían quedado varios vacíos justo en la parte de delante, y no lo hice por miedo a suscitar rechazo en los examinadores y por evitar la escena. Respiré hondo, me clavé bien las gafas en la nariz y me dije que todo iría bien.

Seguí paseando la vista por la sala y me encontré estudiando unos pequeños salientes en la parte superior de las paredes laterales que hacían las veces de pequeña repisa natural. Me pregunté por qué habrían colocado sobre cada repisa una vela encendida y me sorprendió no haber notado el característico y desagradable olor a cera quemada hasta el momento. Me pregunté también si no contravendría la normativa anti incendios tener velas encendidas en un lugar público, pero no me atreví a decir nada viendo que nadie más parecía extrañado ni molesto. Me dije que mejor sería que me concentrara en la tarea que tenía ante mí y que me olvidara del olor intenso a cera quemada que se estaba extendiendo por la estancia.

Pasados los cinco minutos de rigor, uno de los examinadores pasó a explicar las instrucciones de la prueba. Lo primero que dijo fue que debíamos apagar los teléfonos móviles. Tan solo dos o tres personas se movieron. El examinador nos advirtió de que si sonaba un móvil durante la realización de la prueba se anularía la prueba del dueño del mismo. A la sazón, se produjo un afanosa búsqueda en bolsos y bolsillos por parte de muchos más candidatos que antes. Yo no tengo móvil así que no tenía de qué preocuparme. Cuando, al parecer, ya no quedaba ningún móvil encendido en la sala, el examinador continuó con las instrucciones.

La voz del examinador era monótona y tenue y me llegaba como ahogada bajo otra voz, una voz paralela que fue ascendiendo hasta anularla casi por completo. Imaginé que el candidato a mi lado estaba repitiendo las instrucciones en voz baja y le hice un gesto para que se callara. El examinador pidió atención y siguió con su perorata, pero yo apenas lograba oír ni una palabra de lo que estaba diciendo. Lo único que me llegaba a los oídos era la misma letanía incomprensible de antes que fue adquiriendo un volumen cada vez más elevado.

Pensé que quizá estaban pasando una película en una sala continua, o algo así, y levanté la mano para expresar mi malestar. El examinador me miró algo impaciente. Le dije que no podía oír bien debido al ruido de fondo y le pedí que hablara más fuerte. El examinador se esforzó por complacerme, pero yo seguía sin oír nada, solo lograba escuchar aquella voz tan extraña que hablaba en un idioma incomprensible para mí.

A nadie más parecía molestarle aquella situación y decidí no decir nada más, pero lentamente me invadió un sudor frío y sentí principios de pánico. El segundo examinador se acercó a mí. Tranquila, dijo, respira hondo. Gracias, dije, ¿podrían apagar las velas? Me molesta mucho el olor.

El hombre me miró extrañado. Yo miré hacia las velas y señalé la más próxima a mí, la llama oscilaba en el aire y la cera caliente se estaba derritiendo lentamente sobre la base de la repisa. Era muy evidente para mí, pero aquel hombre parecía no ver nada. Me dijo que respirara hondo, que todo iría bien y después de darme una palmada en el hombro, se alejó.

Me dije que debía calmarme. Hice un par de respiraciones profundas y esperé hasta que el examinador anunció el inicio de la prueba. Entonces le di la vuelta al cuaderno confiando en poder completar la prueba aunque no me había enterado de la explicación y la dichosa voz siguiera recitando lo que fuera que recitara, impidiéndome pensar con claridad. Me dije que si a lo largo de la prueba encontraba alguna dificultad siempre podría preguntar mis dudas a los dos examinadores que para eso estaban allí.

A la sazón, miré hacia los examinadores y de repente vi frente a la pizarra a un hombre vestido con un sayo blanco y capucha. Estaba encaramado en una tarima de madera y tenía ante sí un gran libro del que parecía estar leyendo. La misteriosa voz provenía de su garganta. En un momento súbito de lucidez comprendí que el idioma en el que el hombre estaba leyendo era latín.

Bajé la mirada y negué con la cabeza. Me dije que aquello no era verdad. Me pregunté si no estaría soñando. Quizá estaba soñando con que estaba haciendo ya la prueba, pero en realidad estaba dormida. Me toqué la cara, toqué la mesa con las manos, todo era sólido y real. No era ningún sueño.  Me dije que debía concentrarme en las preguntas que tenía ante mí en el cuaderno. Haciendo un esfuerzo supremo intenté leerlas, pero no pude. Las letras impresas bailaban ante mis ojos y yo era incapaz de hilvanar los sentidos de las palabras.

Uno de los examinadores advirtió mi angustia y se acercó a mí. Me preguntó si me encontraba bien y si acaso no necesitaba salir a tomar un poco el ai…

A partir de aquel momento dejé de comprender lo que decía. No sé cómo ni por qué, pero no entendía su idioma. Sin embargo, las palabras del monje se abrieron paso en mi mente por primera vez con total claridad:

In mense autem sextom,

missus est angelus Gabriel a Deo in civitatem Galilaeae,

cui nomen Nazareth,

ad virginem desponsatam viro,

cui nomen erat Ioseph,

de domo David,

et nomen virginis Maria…

Atónita, levanté la mirada que se cruzó con la del monje que al verme dejó de leer. Me miró también durante un largo rato y luego alargó la mano. Veni huc, dijo con voz clara y autoritaria.

Como empujada por una fuerza invisible, me puse en pie y caminé hasta él. Nadie me lo impidió, los examinadores y los demás candidatos se clarearon como un reflejo en el agua hasta desaparecer a medida que aparecían a ambos lados de la sala unas mesas alargadas donde otros monjes vestidos también de blanco, estaban sentados comiendo de unos cuencos de madera.

Cuando llegué a su lado, el monje me señaló la línea en el libro desde la que debía continuar leyendo, entonces él se bajó de la tarima y me cedió su lugar. A la luz de las velas empecé a leer:

…et ingressus ángelus ad eam dixit:

Ave gratia plena:

Dominus tecum:

benedicta tu in mulieribus.

Quae cum audisset,

turbata est in sermone eius,

et cogitaban qualis esset isla salutatio.

Et ait ángelus ei:

Ne timeas Maria,

invenisti enim gratiam apud Deum:

ecce concipies in utero,

et paries filium,

et vocabis nomen eius IESUM…

 

Seguí leyendo  sin tropezarme con las palabras cuyo significado era totalmente transparente para mí. El libro del que leía era de un maravilloso dorado, las letras eran enormes y estaban escritas en tinta de diversos colores. Nadie en la sala hablaba. Todos escuchaban atentos y yo sentía que a medida que leía se iba fundiendo el miedo en mi interior y solo me quedaba sitio para la paz.

Al cabo de un rato, sonó una campanilla y el monje que me había dado paso se acercó a mí y me hizo una seña. Había acabado la comida. Los monjes empezaron a desfilar, alguien apagó las velas. La sala quedó vacía y yo me quedé sola.

Me bajé de la tarima y deshice el camino andado. Lentamente reaparecieron ante mí los candidatos sentados a sus mesas y los dos examinadores al frente de la sala.

La mejor explicación que se me ocurre es que fue como si en un escenario teatral se hubiera iluminado una escena mientras se oscurecía otra. Nadie pareció darse cuenta de que yo había pasado de una escena a otra, así que me senté en mi escritorio sin más.

Sobre mi mesa seguía el cuaderno de la prueba, mi documento de identidad y mis bolígrafos. Nadie había tocado nada. El cuaderno seguía en blanco, pero no sentí ningún tipo de ansiedad. De hecho, cuando miré el reloj vi que no habían pasado ni cinco minutos desde el inicio de la prueba. Con aquella paz insólita que me inundaba, me enfrenté a las preguntas y las respondí todas sin que me temblara el pulso. Acabé la primera, entregué el cuaderno y me marché. En la calle el sol del mediodía me bañó con su luz blanca. Nunca antes en mi vida me había sentido tan en paz con el mundo.

Con el paso de los días los detalles de aquel episodio se van difuminando lentamente en mi mente, pero no así la sensación de paz que sentí y que aún me dura. Como ya he dicho no creo en magias. Pero sí creo que para algunas cosas simplemente no existen palabras.

 

ccalduch©2017

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La luz del mundo

Miguel quería hacerse mayor deprisa para salvar a las palomas. Cada tarde, después del colegio, salía al balcón y las vigilaba. Las sabía indefensas ante los ataques de un vecino que se dedicaba a matarlas a perdigonazo limpio. Le entristecía que hubieran de morir siendo tan hermosas, con aquel plumaje azul marino y gris, con sus listas brillantes y oscuras, y los buches llenos del pan que las viudas les tiraban en los parques.

Desde la cama, las oía llorar al amanecer. Las palomas lloraban como si supieran que iban a morir. Y él las vigilaba aún más y vigilaba al vecino asesino y cuando oía que abría la ventana, salía corriendo al balcón y hacía aspavientos para espantarlas. Pero las palomas no se daban por aludidas. Y solo cuando el pum de la escopeta derribaba a una de ellas, levantaban el vuelo.

Miguel se imaginaba encarándose con el vecino y hacía listas de todas las cosas que le diría. Pero cuando se lo cruzaba por la calle o por la escalera, tan alto y bigotudo, el valor se le helaba en los huesos. Decían que había sido militar y que gastaba malas pulgas y él era solo un niño.

Un día Miguel les dijo a sus hermanas que el vecino pegaba tiros a las palomas desde la ventana. Sus hermanas no le creyeron, hasta que un día presenciaron ellas mismas una de aquellas escabechinas. Eugenia dijo que deberían llamar a la policía, el vecino era un peligro y si erraba el tiro podía matar a alguien que pasara por la calle, pero Pepita no quería saber nada del asunto. Bastante ocupadas estaban ya con la casa y la lechería, como para meterse a salvar palomas. Poco tiempo después, alguien denunció al vecino, entonces vino la policía, hubo gritos y al final el vecino se quedó sin escopeta.

***

Sus padres les habían dejado una lechería, con un piso donde vivían los tres. En la parte de atrás de la lechería estaban las vacas en su cuadra. Por las mañanas antes de salir al colegio, Miguel les daba el pienso y después del colegio limpiaba la cuadra. En verano, con todas las ventanas abiertas, el piso se llenaba de moscas y de hedor, y él salía al balcón a respirar un poco de aire fresco y a soñar. Soñaba que navegaba río abajo, más allá del delta, que bordeaba la península, pasaba el estrecho de Gibraltar y llegaba hasta África donde se dedicaría a salvar a los elefantes de los cazadores de marfil.

Cuando le contaba sus planes a su hermana Eugenia, esta se reía.

-¡Qué niño este! ¡Vas a tener que dejar de ir al cine si sigues con esas fantasías!

Los domingos por la tarde el novio de su hermana Pepita los llevaba al cine. Normalmente ponían películas de Tarzán, de indios o de romanos.

-¿Por qué no escapa Jesús si sabe que lo van a matar? –preguntó Miguel a su hermana el día que vieron Rey de Reyes.

-¡Te quieres callar! –se quejó Pepita.

De las películas de romanos Miguel copió el gesto de los pulgares arriba y abajo para indicar sí o no. Aquello irritaba a Pepita sobremanera.

-¡Estás tonto, niño! –le decía, dándole un manotazo cada vez que él le respondía a una pregunta suya con un gesto del pulgar.

 

Una vez el novio de Pepita le dio entradas para el circo.

-¿Cuántos años tienes ya, chaval? –le preguntó revolviéndole el cabello.

-Catorce –murmuró Miguel.

-¿Catorce aún? ¿No te podrías dar más prisa en crecer?

Miguel se encogió de hombros y Enrique, el novio, se echó a reír. Enrique era mucho de la broma, pero en el fondo tenía tanta prisa en casarse como daba a entender. Sin embargo, sus hermanas habían jurado a sus padres no casarse hasta que Miguel fuera mayor de edad. Enrique decía que no podría esperar tanto. Se le iban los ojos y las manos detrás de Pepita y ella, que era muy recta, tenía que quitárselo de encima como podía.

-¡Quita, moscardón! –se quejaba, dándole manotazos.

Entonces Enrique se marchaba con el rabo entre las piernas.

-Si no lo quieres, díselo, pero no le tengas en vilo –le dijo una vez Miguel a su hermana.

-¡Anda éste! –exclamó ella -¿Qué sabrás tú si lo quiero o no? ¿Qué sabrás tú de esas cosas?

Él sabía lo suficiente porque observaba a las palomas y sabía que cuando los palomos les iban detrás con el buche henchido, si ellas no los querían les picaban fuerte y ellos se alejaban humillados.

***

Al circo fue con Eugenia que no tenía novio, ni quería. En el circo vieron elefantes, trapecistas y payasos. Él solo había visto elefantes en las películas y le impresionó que aquellos animales tan grandes y poderosos se movieran en la pista como viejos, sin fuerza ni ganas, y que no se rebelaran contra el domador. Luego comprendió el porqué. Los elefantes se habían rendido, y fue como si algo se le rompiera por dentro.

-Estás muy callado. ¿No te ha gustado el circo? –le preguntó su hermana al salir.

-No mucho.

-A mí tampoco, olía muy mal. Pero el número de los trapecistas me ha gustado. Ven, vamos a comprar algodón de azúcar a ver si así alegras la cara.

-A ver, ¿qué estás pensando? –preguntó su hermana, algo después.

-¿A ti te parece que los animales sufren? -preguntó clavando en su hermana sus ojos oscuros.

-¡Ay, qué cosas tienes! Yo creo que no, vaya, no son como las personas y si sufren pues viene el veterinario y les pone una inyección y listo.

-Pues yo quiero ser veterinario.

-¡Ay Dios! -suspiró Eugenia.

-Para ser veterinario hay que estudiar el bachillerato, carrera y toda la pesca –advirtió Enrique mientras comían al día siguiente.

-Pues estudiaré carrera –dijo Miguel.

-Claro, ¡cómo que eso es tan fácil! ¡Tú sabes lo caro que es eso, hombre! –se quejaba Pepita dejando caer la cuchara en el plato –además, habíamos dicho que estudiarías para chispas, y yo ya he hablado con el director del colegio.

-¡Pues ahora quiero ser veterinario!

-¡No puedo con él… este niño es un caprichoso! –se quejó Pepita saliendo del comedor.

Enrique miró a Miguel, haciendo un mohín.

-No disgustes a tu hermana así, hombre -dijo y salió tras Pepita.

-¿Qué problema hay? –dijo él volviéndose a Eugenia.

-Pues el dinero, qué va a ser –dijo Eugenia –anda, come, ya hablaremos.

No hubo nada que hablar. El dinero era una razón más poderosa que todas sus ansias por salvar animales, así que Miguel se hizo electricista.

***

El verano en que cumplió 18 años, Pepita y Enrique hicieron la boda. El día de la boda Pepita y Enrique se pasearon entre las mesas de invitados repartiendo cigarrillos y puros. A Enrique se le iban las manos detrás de Pepita y ella le daba manotazos.

-¡Quita, moscardón! –reía ella.

-¡Me he hecho viejo esperando, y todo por ti! –se quejaba Enrique riendo y revolviéndole el cabello a Miguel.

-Pues en unas pocas horas será toda tuya –rio Miguel y su hermana, roja de vergüenza, le dio un codazo.

-¡Vivan los novios!

-¡VIVAN!

-¿Y tú, Miguelillo, no tienes novia?–le preguntó una tía, hermana de su padre, cuando empezó el baile.

Él negó con la cabeza.

-Pues dicen que de una boda siempre sale otra… y mira, ahí hay una palomita con ganas de bailar.

Él miró de reojo a una chica que estaba sola y se movía ligeramente al son de la música. Llevaba un vestido azul ceñido, una torera blanca y el cabello recogido en un moño alto como era la moda. Se llamaba Mónica, si no recordaba mal, alguien los había presentado por la mañana en la iglesia. Miguel se puso en pie, se guardó las manos callosas en los bolsillos y avanzó hacia ella.

***

Todo estaba cambiando. Un buen día el gobierno dispuso que la leche fuera embotellada industrialmente. Así que tuvieron que cerrar la lechería y vender las vacas. Miguel no quería estar en casa el día en que habían de llevárselas, y se fue al cine con Mónica.

Se acercaba la Semana Santa y en la cartelera solo había películas de romanos.

-Esta película la vi de pequeño –murmuró él cuando se sentaron.

– ¿Ah sí? Pues yo no la he visto así que no me la expliques.

-Te puedes imaginar cómo acaba –dijo y Mónica frunció el ceño.

-No bromees con esas cosas.

-Perdona.

Él a veces olvidaba que ella era creyente, mucho más que él, y que le tenía respeto a las cosas de la iglesia. En el momento de la crucifixión, Mónica dejó caer la cabeza en su hombro y se tapó la cara. Entonces él le preguntó al oído:

-¿Por qué no ha huido?

-¿Qué dices?

Él repitió la pregunta. Mónica volvió sus ojos hacia él y lo miró como si estuviera mal de la cabeza.

-No… no lo sé.

Cuando salieron a la calle, el intentó explicarse.

-Siempre me he preguntado por qué no huyó si sabía lo que iba a pasarle.

-Pues porque tenía que ser así, tenía que morir.

-¿Y por qué?

-Porque se sacrificó para salvarnos a nosotros.

-Salvarnos ¿de qué?

-No lo sé, ¿por qué me preguntas todas esas cosas?

-Es que yo no creo en esa salvación, creo que cada uno se salva a si mismo.

-Dices unas cosas muy raras.

-Perdona, no te enfades.

-No, si no me enfado.

-Yo creo que algo enfadada sí estás.

-Que te digo que no.

Siguieron andando. Mónica estuvo callada todo el camino.  Cuando llegaron a su portal, no quiso darle un beso. Miguel no era de los que insistían, así que se dio la vuelta y se fue a su casa.

Cuando llegó, las vacas ya no estaban. Sus hermanas no parecían muy afectadas. Discutían con Enrique sobre la necesidad de derribar la cuadra y transformar la lechería en un colmado o en una tienda de ultramarinos. Para el caso es lo mismo, murmuró él al pasar, pero no lo oyeron.

Se metió en su cuarto y salió al balcón. Los últimos rayos del sol caían sobre los edificios. Las palomas cabeceaban en las barandas como habían hecho siempre y siempre harían, inmunes a lo que ocurría a su alrededor. Y luego, después de cenar, él llamaría a Mónica por teléfono, se disculparía y quedarían para ir a bailar, o lo que fuera que ella quisiera hacer, el próximo domingo. Y mañana él se levantaría como cada día de su vida, a las seis de la mañana, se pondría el mono azul y saldría con su caja de herramientas a iluminar un poco el mundo.

ccalduch©2017

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