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Bollywood (Historias de Barna 9)

Algo pasaba. Lo sabía. Lo sentía. Todo iba bien y de repente algo cambió. Él se iba de casa a deshoras sin decir adónde iba y regresaba tarde con el cabello revuelto y oliendo a cerveza dejándome a mí todo el trabajo y todos los tratos con las editoriales.

Pero eso no era lo peor, lo peor era la incertidumbre y la sensación de caída libre en el estómago, reminiscencia de un viaje en la montaña rusa o de un viaje en avión con mal tiempo, así me sentía cada vez que me perdía en pensamientos sobre qué era lo que podía estar haciendo en las horas que pasaba lejos de casa.

Justo ahora que íbamos tan bien. El niño ya iba al colegio, lo que nos daba unas horas preciosas de libertad, por la tarde nos lo cuidaba en casa la hija adolescente de una vecina mientras nosotros trabajábamos en el despacho. Teníamos encargos, más de los que podíamos asumir, y nos teníamos que emplear a fondo para entregarlos a tiempo, ya se sabe que las editoriales no esperan a nadie.

En aquella época estábamos trabajando en un texto sobre la historia del cine, estábamos encallados en un capítulo sobre Bollywood, plagado de términos especializados. Internet no era lo que es hoy día y aún se requería investigar minuciosamente en diccionarios. Trabajábamos a cuatro manos, nos partíamos los textos como quien parte pan y luego, después de la primera versión, no las intercambiábamos para revisarlas. Pero él tenía la cabeza en otro sitio y cometía errores de principiante porque no prestaba atención. Yo me impacientaba al ver que el calendario cruel en la pared destilaba días que pasaban como una exhalación, y yo milimetraba las horas y los días, y metía horas por la noche cuando el niño se quedaba dormido, y horas por la mañana antes de que se despertara, y aun así veía que no llegábamos.

–¿Se puede saber qué te pasa? –exploté un buen día en que tuve que rehacer casi toda su traducción.

–A mí, nada –dijo él sorprendido.

–¡Vamos fatal de tiempo, queda menos de una semana!

–Sí, ya lo sé –dijo suspirando–. Me lo recuerdas a diario. Así no se puede trabajar. Me voy.

Y metiendo sus papeles en la cartera se marchó dando un portazo. No era la primera vez que lo hacía y entonces yo me quedaba sola en el despacho, sola ante la mesa de delineante que habíamos comprado en Ikea por Navidad, con el portátil parpadeando, la impresora muda y con los diccionarios abiertos. Pero ya no podía pensar y miraba la hora y solo quedaba media hora para ir a buscar al niño al colegio y yo estaba sin vestir.

Y sabía que luego, horas después, cuando él volviera oliendo a cerveza y con el cabello revuelto, todo serían malas caras y mal humor, como si toda la culpa fuera mía.

Así que algo estaba pasando.

–Tenemos que hablar –le dije cuando regresó unas seis horas después de salir dando el último portazo.

–No tengo ganas de hablar, me voy a dormir.

–¿Dónde has estado?

–Trabajando.

Sacó un fajo de fotocopias de la cartera marrón y las tiró en el sofá a mi lado. Las ojeé. Eran los mismos originales que se había llevado al marcharse.

–¿Y la traducción?

Él se había escabullido mientras yo ojeaba los papeles y ahora estaba en el baño. Así que yo ahora estaba gritando a través de la puerta. Se me salía el corazón por la boca cuando él salió del baño con la cara y la cabeza mojadas y le dije:

–Exijo saber qué has estado haciendo en las últimas horas.

Me miró indignado.

–¿Exiges?

Y entonces dije algo que hasta a mí me sorprendió, algo que solo en los momentos más desesperados me había atrevido a pensar:

–Tú te estás viendo con alguien.

–No estoy viendo a nadie –dijo casi divertido–. ¿A quién quieres que vea si no conozco a nadie en esta maldita ciudad?

Le habría abofeteado. Como si yo tuviera la culpa de que él no tuviera amigos. Iba a decirle justo eso cuando me cogió de las manos.

–¿Recuerdas que nos prometimos mutuamente nunca comportarnos como en un melodrama?

Recordaba vagamente años atrás una conversación en ese sentido así que asentí con la cabeza, y me iba a quejar de que siempre se saliera por la tangente pero él no me dejó.

–Pues es lo que estamos haciendo ahora. Nos estamos comportando como si estuviéramos en un melodrama de Bollywood.

–¿Pero estás viendo a alguien o no? –insistía yo, sin entender nada.

Él ignoró la pregunta.

–Dijimos que antes de caer en los vicios de las parejas que llevan siglos juntas y ya no saben qué decirse ni cómo hablarse nos separaríamos.

Sentí angustia. Creo que podría haberle vomitado encima en aquel momento.

–¿Lo recuerdas?

A través de mi confusión que hacía que apenas entendiera nada de lo que estaba ocurriendo, volví a asentir.

–Solo quiero saber qué haces y con quién estás –insistí de nuevo con un hilo de voz.

–Estoy trabajando. Solo. Si no me crees, allá tú.

Estaba pensando en la réplica adecuada. Algo que decir que reivindicara mi posición. Pero solo se me ocurría amenazarle con coger al niño y marcharme, y derivadas de eso mismo. Pero él se había vuelto a escabullir. Estaba de nuevo en el salón. Le seguí hasta allí. Tenía la mano en la cartera marrón que yo le había regalado por Navidad y esta vez sacó un nuevo fajo de papeles que parecían manuscritos y me los dio. Pensé que todo habría sido una equivocación, que quizá sí había estado trabajando…

Sin entender nada, leí la primera línea: “In those times man had not fully known anything but hatred…

–¿Qué es? –pregunté.

–Una novela –dijo–. Ya sé que debiera estar trabajando pero he estado escribiendo. Lo siento.

No supe qué decir y me dejé caer en el sofá con el manuscrito en la mano.

–¿Por qué no me lo habías dicho?

Se encogió de hombros.

–Supongo que porque no sabía si valía la pena malgastar el tiempo con algo así, creo que tiene lagunas, no sé si la estructura es sólida, no sé si fluye o no fluye, no sé nada, vaya… Léela, si quieres y luego la quemas –dijo–. Yo me voy a dormir, estoy muerto.

Sentada allí mismo, la leí de tirón. Me pareció una buena primera novela por lo que tenía de sincera y de real. Y al menos yo, no vi esas lagunas de las que él hablaba.

Antes de irme a la cama, guardé el manuscrito bajo buen recaudo, no fuera a ser que por la mañana a él se le ocurriera hacer una locura con él. Cuando me fui a la cama él estaba roncando. Le abracé y le dije tonto más que tonto, si me lo hubieras dicho… pero él ni se enteró.

 

 

ccalduch@2018-06-24

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Más allá (Historias de Barna 6)

Desde el balcón del segundo sitio donde vivimos, para nosotros el más allá eran el tejado del mercado municipal y la playa. La playa la frecuentábamos en verano pero el mercado no lo frecuentábamos apenas. Quizá lo evitábamos porque solo estaba abierto por las mañanas y más importante, hacer cola en cada parada nos parecía un atraso, así que tirábamos de las tiendas de los alrededores que estaban abiertas todo el día. Al menos a nosotros, que a veces nos dábamos cuenta de que nos habíamos quedado sin leche a las nueve de la noche y teníamos que bajar corriendo a comprar un cartón, el súper de la esquina nos había salvado la vida en más de una ocasión.

El súper de la esquina lo regentaban Daniel y Pedro, dos hermanos gemelos que nunca parecían tener prisa por cerrar e irse a casa. Si asomabas la cara por debajo de la verja ya medio bajada del súper a las nueve y media de la noche, ellos nunca te ponían mala cara, al contrario, Daniel te dedicaba una gran sonrisa y aún te preguntaba por la familia, mientras Pedro volvía a abrir la caja, ya que no le hacía ascos a ninguna venta aunque ya tuviera hechas las cuentas del día.

Quizá no tenían prisa por cerrar porque nadie les esperaba en casa, pensaba yo. Daniel y Pedro eran solteros y vivían juntos y bien avenidos, según decían las vecinas. Vivían solos con ellos mismos desde que sus padres murieron y regentaban igual de armoniosamente la tienda de comestibles que habían heredado de sus padres. En la tienda tenían una empleada solo a tiempo parcial porque ellos dos solos se bastaban con el resto. Solo cerraban los domingos y esos días no se les veía salir, ni siquiera a correr o a comprar el periódico, señal de que ya estaban bien como estaban y de que no les preocupaba estar al día ni en forma. Nadie parecía tenerles en cuenta que a sus cuarenta años aún siguieran solteros. No había más, y todos parecían conformarse con la idea de que los dos juntos se hacían la compañía necesaria para vivir, y si era al contrario nadie lo habría dicho nunca.

Pero un día amaneció el barrio con la noticia de que Pedro había muerto. Al parecer, se hicieron las siete de la mañana y a Daniel le extrañó que su hermano no se hubiera levantado a desayunar. Fue a buscarlo y lo encontró frío y gris en la cama. Llamó al médico que llegó a media mañana y certificó muerte por infarto. Al mediodía llegó el juez a levantar el cadáver. Por la tarde lo llevaron al tanatorio y a los dos días lo enterraban en el cementerio del barrio, no muy lejos del mercado.

El mercado y las tiendas de los alrededores se quedaron mudos durante días. Las persianas metálicas se elevaban lentamente, dejando aparcada durante unos días la euforia matutina habitual. Los clientes andaban de puntillas alrededor de Daniel, le daban palmadas en el hombro y él sonreía por inercia pero no podía disimular su tristeza. Con todo, la actividad del súper fue decayendo.  Estaba claro que para Daniel sería dificil salir adelante sin Pedro a quién siempre se le había visto tras la caja registradora, llevando una contabilidad férrea del negocio y haciendo los pedidos, mientras Daniel se dedicaba a tratar con los repartidores, reponer los estantes y a despachar con los clientes dedicándoles su amplia sonrisa y derrochando su gran don de gentes.

Para salvar el negocio, Daniel le propuso a Natalia, la empleada que tenían a tiempo parcial, una ampliación de contrato. Ella accedió de mil amores. Quedaron en que Natalia ocuparía la caja registradora, Daniel se ocuparía del resto y por lo que respecta a la contabilidad buscarían un gestor que se hiciera cargo del papeleo. Así, con el tiempo, la actividad en el súper fue mejorando.

Unos meses después, hubo una noticia bomba. Daniel y Natalia se casaban. Era lógico, decían las vecinas, todo el día juntos, al final el roce hace el cariño, etcétera.  Natalia y Daniel se casaron en la parroquia del barrio e instalaron su residencia en el mismo piso que Daniel y Pedro habían compartido.

Al poco tiempo de la boda, a Natalia se le puso mala cara, tenía ojeras y empezaron los rumores. Las vecinas murmuraban que Pedro volvía del más allá por la noche para atormentar a Natalia y que si no se ponía remedio ella moriría. Al parecer, Pedro había estado secretamente enamorado de Natalia pero ella le había dado calabazas. Aquello daba al traste con la teoría anterior de que Pedro y Daniel no necesitaban de nadie más para ser felices, pero solo yo parecía sorprendida por la incongruencia. En fin, parecía evidente ahora que Pedro se estaba tomando la revancha aprovechando las ventajas que el más allá le concedía.

–¿Tú crees que eso es verdad? –le pregunté tontamente a mi compañero que me miró y clavó los ojos en el techo para mostrar su más profundo descreimiento.

Sin embargo, al parecer, había bastante gente que creía aquello era verdad, así que entre todos convencieron a Daniel para que llamara a una médium para que desinfectara su casa de posibles presencias no deseadas.

La susodicha apareció un buen día por el barrio con sus ropajes vaporosos y una cabellera blanca electrizada, subió al piso y tiró  incienso por los rincones como quién tira veneno para las ratas, e hizo conjuros hasta que al parecer logró convocar a Pedro que manifestó que estaba dolido porque Natalia nunca le hubiera hecho caso, y qué poco le había faltado para correr y casarse con su hermano, una vez muerto él, porque su hermano era medio tonto y se dejaba llevar, y atención, porque lo iba a desplumar y sino al tiempo… Al instarle la médium a dejar de lado aquella ira infructuosa y acudir hacia la luz y la paz eterna, Pedro no consintió en marcharse sin antes lanzar algunas nuevas imprecaciones contra Natalia, que la médium solo se atrevió a traducir a medias, y para dejar constancia de su ira supra terrenal aún encontró conveniente partir el espejo del comedor en dos y como colofón hizo que se fundieran todas las bombillas del piso. Todos los presentes se quedaron mudos ante tal despliegue de efectos especiales metafísicos y al final, cuando todo quedó en silencio y en penumbra, la médium declaró con la solemnidad que la ocasión requería que Pedro ya se había ido. A la luz de una linterna, la médium paró la mano, y entonces ella también se marchó por donde había venido con su cabello aún más electrificado si cabe y el bolsillo lleno. O al menos eso fue lo que contaron después.

Al poco tiempo, Natalia apareció mejorada, ya no tenía ojeras, se le había ido la mala cara y empezó a asomarle por debajo del delantal una barriguilla redonda que fue la comidilla del barrio. Todos se felicitaron por el acierto que había sido hacer que actuaran las fuerzas del bien y Daniel no cabía en sí de gozo y solo pedía que allá donde estuviera Pedro se alegrara por su buena fortuna, aunque quién sabe si Pedro lo haría porque al parecer la muerte acaba con todo menos con el orgullo humano.

 

ccalduch@2018-06-06

 

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El nombre de los árboles

En aquella época éramos jóvenes y soñábamos con salir de este mundo y vivir en otro, uno muy verde, tranquilo, lleno del trino de los pájaros. Por algún motivo creíamos que el paraíso estaba ahí fuera. El pasaje o portal hasta ese mundo aún nos era desconocido. En todo caso habría de presentarse ante nosotros de repente, sin avisar, y tragarnos.

Hasta que llegara el momento había que vivir el día a día. En aquella época vivíamos en las afueras de la urbe a la que entrábamos de lunes a viernes para acudir a clase. Los bancos de la universidad se apilaban como graderías en un estadio, llegando hasta las ventanas. Eran de madera, viejos, muchos estaban rotos o astillados, y las largas horas pasadas en ellos escuchando a los profesores daban para mucho soñar. Los profesores entraban, daban su clase y se iban, pocos admitían preguntas, interrupciones o batallas dialécticas, ansiadas por algunos. No por mí, debo decir. Si un profesor me preguntaba algo se me aceleraba el corazón y su desbocado latido hacía temblar el banco en el que me encontraba sentada. Por eso nunca hablaba ni preguntaba nada.

A los profesores no les importaba demasiado lo que hiciéramos, lo que sintiéramos o lo que pensáramos, aunque esto último tendría que haber sido lo más importante, al menos deberían cerciorarse de que pensáramos algo. Pero importábamos solo en cuanto les reportáramos algún beneficio. A su ego le satisfacía tener el aula llena hasta las ventanas, por eso algunos se esforzaban por resultar ingeniosos, mordaces o impertinentes. Los que publicaban tendían a querer vendernos sus libros, éramos público potencial. Yo leía poco, mi intención era más grande que mi voluntad. Siempre llevaba la mochila llena de libros, después de las clases me perdía en los jardines con la intención de sentarme a leer, aunque me costaba mucho concentrarme y enseguida me entraba sueño. También hacía frecuentes incursiones en las bibliotecas, aunque pocas veces pude obtener los libros que necesitaba en préstamo, por falta de ellos, y había de acabar por comprar casi todos los libros que me mandaban leer.

Hacía una carrera de letras y había mucho por leer. Además, yo quería ser escritora.  Aunque cuando me atrevía a confesarlo siempre surgían impedimentos. El más notable de todos ellos fue uno que postulaba que para escribir era necesario saber los nombres de los árboles. Aparentemente, desconocer el nombre de los elementos de la naturaleza era un hándicap importante para cualquiera que pretendiera escribir.

–Mira, bonita, no es lo mismo decir que “las flores de las acacias ya despuntan”, que decir que “los árboles son verdes”, lo cual sería una obviedad y una memez, hay que tener un vocabulario rico y variado para poder hacer descripciones vívidas, ¿cómo andamos de vocabulario? –me preguntaron.

Me encontré sumida en pensamientos, absorbiendo la información y meditando mi respuesta. Enumeré mecánicamente algunos nombres de árboles, los primeros que me vinieron a la mente: roble, haya, álamo, acacia, encina.

–¿Con cinco árboles ya vale? –pregunté estúpidamente.

–¡Anda, esta! Pues no, es que no me has entendido, es que no es solo cuestión de saber los nombres de cinco árboles –dijo la voz consejera con sorna– es cuestión de saber de lo que escribes, no puedes lanzar palabras al tuntún para lucirte, mira, para ser escritor hay que tener “finesse”, visión, filosofía, no se hace escritor cualquiera, hay que tener madera…

Me marché de la universidad aquel día sumida en dudas. Era final de curso y todo el mundo se estaba preparando para la verbena de San Juan. Pero yo iba por la calle como una una zombie, casi sin preocuparme por los estallidos de los petardos que los niños andaban tirando por la calle. En mi mente arreciaban las preguntas. ¿Estaría equivocada? ¿Debía ignorar la pulsión que sentía por escribir porque me faltaban cualidades?

Cuando llegué al barrio gris de la periferia donde había vivido toda la vida estaba triste.

Me fijé en los árboles. Los únicos árboles que había en las calles de mi barrio eran plataneros. Pero era algo más que eso. Comprendí de repente que no solo era necesario saber el nombre de los árboles sino también conocer sus características: si eran perennes o caducos, cuál era su época de floración, si eran frondosos o escuálidos, el tipo de hoja, las características de la madera, etcétera. Todo ello, supuse, para poder ambientar, para poder hacer descripciones vívidas. Si en algún relato había de hacer pasar a un personaje por un bosque, solo podría escribir sobre los humildes plataneros que el ayuntamiento había decidido plantar en mi barrio hacía un siglo. Si había de partir de mi propia experiencia solo podría construir bosques de plataneros.

Quizá era cierto que yo no tenía ni finesse, ni vocabulario, ni madera de escritora. Quizá mi plan de ser escritora era una quimera. Mejor sería que me dedicara a otra cosa, porque estaba visto que para ser escritora una había de ser como poco un genio, estar dotada de poder lírico, visión, filosofía y lo más difícil de todo: “madera”.  Y la madera se tenía o no se tenía.

En mi casa recopilé todo lo que había escrito hasta el momento. Lo que había escrito entre las cuatro paredes de mi cuarto. Sin duda lo que me había dedicado a escribir hasta entonces eran tonterías, sin calidad ninguna. En su mayoría eran poemas estúpidos, historias llenas de tópicos, por mucho que a mí me movieran por dentro. ¿Qué era entonces lo que debía escribir, cómo saber qué era correcto, qué era válido? ¿Cómo hacer para obtener finesse? Eran preguntas que me atormentaban.

Cogí mis cuadernos y los saqué a la calle. Me llegué hasta la esquina donde algunos chavales estaban amontonando trastos viejos para hacer una hoguera. Eché allí mis papeles y di media vuelta. Me prometí no volver a escribir hasta que no tuviera lo que había que tener.

Aquella noche quemaron mis papeles, mis historias, mis poemas. No salí a ver como ardían. Me sentía como quién le da la espalda a un viejo amigo.

Tardaría mucho en aprender que no hay que tener nada más que ganas de hacerlo. Que los cánones y las normas están para romperlos. Que no es necesario gustar a nadie. Que no es necesario brillar. Que no hay que ir a ningún sitio especial a buscar la inspiración. Y parafraseando a un escritor de moda diría que el mejor lugar para escribir es el cuarto propio.

ccalduch©2017

 

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Reprobación a la lectoescritura

Yo no sé qué opinión tendrán, amigos, sobre lo que significa la escritura y la lectura. Pero déjenme que les advierta de algo: a pesar de todo lo que puedan haber oído sobre los beneficios de la lectura, leer es perjudicial. Lo digo con conocimiento de causa. Por lo que más quieran, no lean. No lean nunca si no quieren acabar engañados, o locos. Pero si deben hacerlo, que sea la lectura de estas líneas de advertencia su última lectura. Es el mejor consejo que puedo darles desde esta celda.

Si decidieran desoír mi consejo, si decidieran leer a pesar de todo, lean entonces, pero háganlo bajo su cuenta y riesgo. Lean, pero designen a un conductor iletrado para su vida. Y sobre todo, nunca, nunca, se les ocurra caer en el vicio de la escritura. Escribir es aún más pernicioso si cabe que leer. Si leer les puede llevar a la locura, escribir les puede llevar a la cárcel, si no lo creen, mírenme a mí.

Esta historia mía de amor-odio por los libros viene de lejos. Vayamos por partes.

Parte Primera

Un día en que estaba tan sola que sentía el aire crepitar a mi alrededor, leí un libro de Erich Fromm de una sentada. Lo leí rápidamente y sin apenas pararme a releer ni una línea. Me parecía que cuánto más rápido leía, menos sentía el dolor de la soledad en el centro del pecho. Así, por casualidad, inventé mi propio método de lectura rápida que me ayudó a sacarme el bachillerato, el curso de preparación para la universidad, la carrera y unas oposiciones que, según me dijeron los que pretendían animarme, “no se las saca ni Dios” (supongo que Dios no debía estar lo suficientemente motivado como para hincar los codos durante diez u once horas diarias durante un par de años como hice yo, pero eso es otra historia).

La euforia ante mi éxito, sin embargo, me duró poco. Pasada la novedad de mi empleo vitalicio, caí en la antigua rutina y los viejos sentimientos de soledad y desasosiego pernicioso regresaron para atormentarme de nuevo. Sentía que se agolpaban a mi alrededor, me subían desde las tripas y se apoderaban de mi carne y de mi sangre como la gangrena. Volví a recurrir a los libros, pero ya ni siquiera la lectura mitigaba la sensación de ahogo y podredumbre. Había desarrollado aquella técnica de lectura rápida tan eficientemente que encadenaba libros como un fumador canceroso encadena cigarrillos, y ya ni siquiera me surgían efecto.

Además, encontrar libros se volvió cada vez más difícil. Me conocían en todas las bibliotecas y librerías locales. Los libreros y bibliotecarios, al principio siempre afables, pasaban a mirarme con desconfianza cuando empecé a comprar siete u ocho libros a diario o sacaba de la biblioteca una bolsa llena de libros. Rápidamente quemaba librerías y bibliotecas (no en el sentido literal, entiéndase, sino en el sentido de agotar sus recursos) y debía buscar otras cada vez más lejanas, lo que me llevaba a pasar horas en la carretera, a veces habiéndome de escabullir del trabajo para llegar a una nueva librería antes de la hora de cerrar. Pero los bibliotecarios y los libreros deben tener sus técnicas de intercomunicación (tan sutiles, tan eficientes y a la vez tan secretas que los veo capaces de desdeñar las nuevas formas de comunicación por inseguras, y enviarse los unos a otros fotografías de los presuntos delincuentes bibliográficos por paloma mensajera), así que a menudo encontraba las mismas miradas desconfiadas e incluso, a veces, me encontraba con el cartelito de cerrado, aun balanceándose ligeramente de un lado a otro sobre el cristal de la puerta, señal inequívoca de que lo acababan de colgar con precipitación, mientras el librero se parapetaba rápidamente tras el mostrador, como si el mostrador fuera la barrera de un coso taurino y yo un toro negro de quinientos kilos.

Todo esto me llevó a concluir que, si no podía acceder ya a los libros, y aun cuando lo hacía, éstos tampoco me ayudaban demasiado, no me quedaba otra que hacerme escritora.

Parte Segunda

Dada la imposibilidad de encontrar libros que mitigaran mi soledad, me decidí por la escritura. Esto hizo que durante un tiempo la sensación de angustia vital que me perseguía pasara a un estado latente que me permitió respirar un poco. Desempolvé los diccionarios, me agencié de un buen procesador de textos y coloqué un escritorio rectangular de madera buena bajo una ventana en una estancia bien iluminada.

Así pertrechada, me senté a escribir. No sabía qué quería escribir, pero siempre acababa por salir algo. Escribía por la tarde y por la noche. Muchas veces me daban las tres y las cuatro de la mañana ante el ordenador. No me resultaba difícil, una vez emergía una línea narrativa, seguir la corriente. Había leído lo suficiente como para haber adquirido, casi por ósmosis, las técnicas simples de personificación, narrativa, etcétera, necesarias para componer una historia. En poco más de un mes había escrito un esbozo de novela. Era una novela sui géneris, con personajes algo desequilibrados y una trama errática. El final era abierto. No contaba con amistades a quién pudiera dársela a leer para saber su opinión, así que me aventuré en el mundo del internet y la publiqué en un blog bajo un pseudónimo.

Al principio, los visitantes llegaron como palomas a las que se les echa miguitas de pan. Primero una tímidamente, luego otra, pronto un grupo de cinco, luego todo un palomar. Me entraban los comentarios a tropel en el blog. Me animaron a acabarla, a pulirla, a redondearla. Todos los que entraban elogiaban lo que había escrito. Yo no comprendía por qué. No me parecía que fuera demasiado bueno. Además, había escrito la historia en tiempo récord. Yo sé que las novelas buenas llevan sus buenos tres años de composición, así que no tomaba en serio los elogios. La mayoría de visitantes eran a su vez blogueros y escritores trasnochados, como yo, y supuse que buscaban que yo, a mi vez, comentara y elogiara sus obras también. No lo hice, no por falta de interés, sino por falta de tiempo, y eso hizo que algunos de ellos se marcharan de mi blog indignados. Pero tampoco tenía ningún contrato con ellos, me decía, y así seguí escribiendo hasta que un día llegó a mi blog una propuesta de una editorial.

Parte Tercera

La editorial se presentó a través de mi blog con un mensaje en el que me pedía que enviara muestras de escritura. Me costó creer que la propuesta fuera verídica. Uno de los efectos secundarios de la soledad absoluta es la falta de confianza en el ser humano. Eso se nota. Se nota mucho. Así que les pedí muchos detalles para cerciorarme de que eran de fiar. Ellos me invitaron a conocer la editorial de primera mano. Me enviaron toda la información habida y por haber: el sitio web, la dirección física y fiscal, hasta su CIF, y me dijeron que me enviarían un taxi para llevarme hasta allí o si lo prefería un representante podría desplazarse hasta mi casa para explicármelo todo.

No contesté. Dejé pasar los días. Si les interesaba lo suficiente insistirían, me dije, como cuando a uno le llaman por teléfono y no contesta. Entre tanto me dediqué a lo mío. Seguí escribiendo sin dejar que los elogios afectaran mi rutina. Alguien me había dejado escrito en el blog que yo era un diamante en bruto, algo que me había hecho enrojecer, y al tiempo hizo emerger en mí un sentimiento vanidoso muy acusado, una debilidad que me habría de costar cara.

Pensar en todo aquello me hacía perder el sueño. Amanecía y yo tenía los ojos clavados en el techo. Me asustaba el éxito más que el fracaso. Me decía que si conseguía el éxito era probable que me pasara igual que me había pasado con los libros y que lo que ahora tenía, es decir, una nueva manera de mitigar el dolor, podía desaparecer, deshacerse, esfumarse, y entonces, ¿qué me quedaría? ¿cómo taponaría la herida? Sin embargo, la editorial siguió insistiendo y al final acepté.

Parte Cuarta

Fue todo muy rápido. Fue como si hubiera ido a uno de esos concursos en los que descubren cantantes que hasta el momento solo le han cantado a su gato y que se descubren de repente ante el mundo con una voz prodigiosa.

Una representante de la editorial se erigió como mi editora. Se llamaba Enriqueta López. Queta para los amigos. Y nosotras dos éramos amigas ahora, me dijo sonriendo, así que a partir de ese día debía llamarla Queta. Yo me quedé muda. Por fin tenía una amiga, pero no sabía bien qué comportaba ese rol. Se lo pregunté. Ella me confirmó que no comportaba nada especial, solo hablar y escuchar a la otra persona, pero sobre todo, a partir de ahora, yo debía centrarme en escribir y ella se ocuparía de todo lo demás, dijo.

No me engañó en cuanto al trabajo. La editorial se ocupó de registrar mi blog, registrar mis escritos en la oficina de la propiedad intelectual y de codificar mi ordenador para que nadie pudiera sustraer ninguna de mis líneas, ni mis ideas. Como si mis ideas fueran tan originales, pensé, aunque no dije nada por no hacer enfadar a mi nueva amiga que parecía tener una gran fe en mi futuro como escritora.

Queta me envió un estilista a mi casa que me tiñó de rubia y me hizo las cejas. Yo nunca me había hecho las cejas antes y me lloraron los ojos durante una hora. Queta también hizo que me enviaran ropa nueva, zapatos de tacón y un fotógrafo que me hizo un millón de fotos. ¿Qué tenía todo eso que ver con la escritura?, me preguntaba yo, pero no quería decepcionar a mi amiga, así que lo aceptaba todo con una sonrisa resignada.

Queta me convenció para que pidiera una excedencia en el trabajo, iba a ganar mucho dinero a partir de ahora, mi vida iba a dar un vuelco radical, ni siquiera podía soñar con lo que me esperaba, pero para eso debía dedicar todos mis esfuerzos a escribir, dijo. Acepté el trato. La editorial me dio un adelanto, solicité la excedencia y me la concedieron sin problema.

Dejar de ir a mi trabajo diurno fue una liberación. Ahora podía llevar una vida normal. Tenía tiempo para escribir durante el día y podía dormir durante la noche. Pero me costó acostumbrarme al cambio de ritmo. A mis ideas, que como las babosas o las lechuzas estaban acostumbradas a salir a paseo bajo la luz de la luna, también les costó acostumbrarse al cambio.

Saber que escribía en serio, y no por la razón por la que lo había hecho hasta entonces, también me afectó. Me pasó como a aquel jugador de fútbol de viernes noche al que de repente ficha un equipo de primera y se pone nervioso porque olvida que el campo de fútbol de primera no es más grande que aquel donde había jugado hasta entonces. Es decir, me entraron las inseguridades, y el bloqueo del escritor me rondó durante un tiempo como una gripe. Pero seguí adelante y pronto tuve mi primera novelilla, con su título, sus párrafos pulidos y sus personajes bien redondeados, terminada como Dios manda. Queta se la llevó un viernes por la tarde y el lunes me llamó eufórica para decirme que iniciaría los trámites para la publicación y que debía pasarme por la editorial sin falta para firmar el contrato.

Parte Quinta

Se decidió que la novela saldría para San Jordi. Se organizaron lecturas, firmas de libros en librerías, lo típico. Yo debía participar en la promoción, sí o sí. No me gustaba mucho aparentar, menos dar discursos en público, siempre que hablaba en público me subía el corazón a la garganta, me sudaban las manos, veía puntos de luz ante los ojos. Pero me comprometí a hacerlo todo según el manual, porque ahora tenía una amiga y no quería decepcionarla.

También conocí a otras personas que trabajaban para la editorial. Fue en una cena. Queta me envió un vestido de color lila muy bonito y un coche que me recogió en mi casa puntualmente. Yo creí que ella también estaría allí, pero cuando llegué no la vi por ninguna parte. Pregunté por ella y me dijeron que no había podido asistir, que tenía otro acto con un grupo de escritores. Me sentí perdida. Sola, en medio de un grupo de personas que no conocía, me faltaba suelo bajo los pies. Me pregunté por qué no había podido ir yo a aquel otro acto, qué más daba, si no conocía a nadie, ni aquí ni allí. Al menos conocía a Queta.

Pero no podía marcharme o me ganaría fama de rara, me dije. Aguanté como pude. Hablaba cuando me preguntaban, pero me costaba iniciar de motu propio una conversación. Era un grupo diverso, una mezcla de hombres y mujeres que hablaban todos a la vez y parecían genuinamente divertidos. Algunos me parecieron un poco pedantes, la verdad, pero había un hombre con los hombros enormes y cabello negro que estuvo callado casi toda la cena, me miraba y sonreía y durante los postres acabó sentado a mi lado por no sé qué carambola o juego de sillas. Se presentó. Se llamaba Armand. Yo hice lo propio. Él me dijo que ya sabía quién era yo, que Queta le había hablado mucho de mí y que tenía ganas de conocerme mejor. No comprendí qué quiso decir con eso de mejor, y así se lo dije. Él se echó a reír, dijo que Queta ya le había advertido de que yo era así. ¿Así cómo?, pregunté, pero él solo me cogió la mano y se la acercó a los labios. Antes de marcharse, depositó bajo mi vaso una tarjeta con un número de teléfono.

Hubo otras cenas, otros actos. La editorial me invitaba a fiestas, a entrega de premios y Armand siempre estaba dispuesto a acompañarme. Al final, a fuerza de vernos, acabamos conociéndonos mejor, como él había sugerido. Era encantador, atractivo, tenía una conversación agradable, no se enfadaba nunca y era muy agradable estar acompañada por las noches. Armand no era escritor, como yo había dado por supuesto al principio. Aún recuerdo cómo rió cuando se lo pregunté. En realidad, nunca supe cuál era su oficio, si es que lo tenía. En realidad, la mayoría de las personas que pululaban por la editorial no eran escritores. Los escritores éramos la minoría, éramos las “raras avis”, los maniáticos a los que se mimaba y a quiénes se les perdonaba todas las excentricidades; los otros, los normales, eran los que vivían del cuento.

Parte Sexta

Así que aquella era la vida rutilante del escritor que Queta me había prometido. Y por primera vez yo dejé de sentir la soledad lacerante que me había acompañado toda la vida. Creía firmemente que todo me había llevado hasta aquel punto para que por fin dejara de estar sola. Creía que a partir de ahora podría ser feliz. Pensé que ni siquiera tenía que seguir escribiendo, que podría dedicarme a vivir, quizá volvería a mi puesto de funcionaria, pero a media jornada, para tener tiempo de disfrutar de la vida.

Se lo dije así a Armand, pero éste me miró con el ceño fruncido, aunque enseguida suavizó la expresión. Sonrió y me envolvió con sus brazos enormes. Me dijo que estaba confundida, mareada por todo el trajín de la editorial, que no estaba acostumbrada a todo aquello, que era normal que quisiera alejarme, y que lo mejor sería que me tomara un descanso. Sugirió marcharnos de escapada un fin de semana. Estuve de acuerdo. Él lo organizó todo y fuimos a París. Nunca había estado allí. Armand estuvo muy amable y cariñoso, pendiente de todas mis necesidades. Todo fue fantástico.

Pero a la vuelta yo seguía con la de idea de dejar de escribir. Lo tenía cada vez más claro. Es más, no quería ni siquiera que mi primer libro viera la luz. Me había dado cuenta de que era superficial, malo, poco digno. Quería olvidarme de la escritura y dedicarme a vivir. Hasta ahora había sido al revés. Solo había leído y escrito y no había vivido nada porque no tenía con quién vivir. Pero ahora…

Armand no lo entendió. No te entiendo, no te entiendo, exclamaba. Enseguida llamó a Queta, que acudió rápidamente para controlar la situación. Me cayó una buena. Queta habló de incumplimiento de contrato, de fraude, me amenazó con tribunales, juicios, cárcel. Armand callaba. Yo no podía creer lo que estaba ocurriendo. Queta me miraba por primera vez desde una distancia insalvable, como si de repente fuéramos extrañas. Pero, ¿me estás diciendo que te vas a echar atrás ahora, con el libro ya en la imprenta?, gritó al final, cuando le quedó claro que no podría hacerme cambiar de opinión. Intenté explicarme, pero ella no me escuchaba, solo daba vueltas por la estancia como un león enjaulado. Ella había dicho que los amigos se escuchaban los unos a los otros, pero ella no me estaba escuchando. En realidad, no era una amiga. Nuestra amistad había sido un espejismo.

Antes de marcharse se volvió a Armand y le dijo que más le valía convencerme para que me quedara quieta en el sitio, y antes de salir dando un portazo, me advirtió con voz dura de que si no cumplía el contrato me tendría que atener a las consecuencias.

Pero no había nada que Armand pudiera decir o hacer para convencerme, por más que lo intentó. Le dije que se marchara. Me había dado cuenta de que mi relación con él también había sido un espejismo. Lo último que vi de él fueron sus hombros enormes atravesando la puerta. Volvía a estar sola, como siempre lo había estado. Me querían quieta en el sitio. Obediente. Fue entonces cuando se me ocurrió quemar la imprenta para que la única luz que viera mi libro fuera la luz purificadora del fuego.

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ccalduch ©

19.2.17

 

 

 

 

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