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La Vieja de los Gatos (Historias de Barna 8)

Un día el barrio despertó con la noticia de que había muerto la vieja de los gatos. Se llamaba Sabina y decían que era una persona peculiar. Era peculiar porque no se relacionaba con el vecindario y vivía sola en una casita de una sola planta, con la fachada desconchada y de aspecto abandonado. La anciana tenía el cabello frito, largo, aún bastante oscuro pero con las puntas blancas. A menudo se la veía por la calle de noche, cuando salía a tirar la basura, en camisón y zapatillas, hablando sola, y cazando gatos.

Vivía sola con gatos de la calle que se llevaba a su casa engañándolos con trocitos de pescado y llamándolos suavemente shshshshs… Alertados por el olor del pescado, los animalillos se iban detrás de ella, pizpiretas, con la cola bien empinada, para unirse a la jauría que vivía ya en su casa y que la vieja mataba de hambre, según decían los vecinos que oían maullar a los gatos a todas horas.

Las autoridades determinaron que la muerte de la Sra. Sabina la originó un accidente doméstico. Al parecer se cayó en la cocina mientras intentaba cambiar la bombona de butano de la cocina, y al caer se rompió el fémur, o quizá fue al revés y se le rompió el fémur y entonces se cayó, pero como fuera, al no poderse levantar ni tener a nadie cerca a quién pedir ayuda, permaneció en el suelo hasta que la muerte le dio alcance y reposo. Los vecinos tardaron en darse cuenta de que la anciana estaba desaparecida, aunque luego al recapitular dirían que les había parecido extraño no verla salir a la compra ni a tirar la basura, y también les resultaba extraño no oír ya a los gatos, pero para cuando empezaron a sospechar lo que podía haber ocurrido –pues el olor empezaba a emerger por debajo de su puerta– y llamaron a la policía, la anciana ya llevaba varios días muerta. Nadie lo decía en voz alta pero corría el rumor de que los gatos ya no maullaban porque habían empezado a comérsela.

Me enteré de aquella noticia en el súper donde varios vecinos estaban comentando el suceso cuando llegué. Como es natural cuando muere alguien, y a pesar de que esa persona en vida no gozara de amistades, ni de nadie a quién confiarle un secreto ni una pena, la muerte de la anciana había convertido a todos los presentes en repentinos expertos sobre la vida de la anciana, y hasta alguno de ellos se contaba ahora entre sus amistades.

Alguien dijo que la Sra. Sabina era de casa buena, que fue guapa de joven y que se había casado muy por debajo de sus posibilidades, con un marinero de agua salada del que tan solo heredó la casita maltrecha donde vivía. Del matrimonio nació una única hija que se había largado a América en un vapor en los años sesenta, al cumplir la mayoría de edad, y si te he visto no me acuerdo. Según otro narrador, haber perdido a su hija fue un detonante de la locura de la vieja. Porque el consenso general era que la anciana estaba loca. Había que estarlo para vivir así.

Un tercer narrador contó cómo el marido de la Sra. Sabina, debido a su trabajo, paraba poco por casa, y que cuando lo hacía la maltrataba. Al parecer la mala vida había comenzado después de que la hija se largara a América y en contraste con la primera época de su vida en común durante la cual habían sido felices. Alguien añadió que el marido murió en una reyerta tras una partida de cartas en el puerto y que a la Sra. Sabina le había quedado la casita, la paga de viuda y para de contar, ya que su familia la había desheredado cuando se casó.

Mientras estaba en la cola escuchando todos aquellos chismes, recordé que la Sra. Sabina se me había acercado un día por la calle para que le leyera una carta.

Tanto se me acercó que fue como si me asaltaran su aliento fuerte de café y sus ojos dilatados por unas lentes de estilo antiguo.

–Jove, que em pot llegir aquesta carta? –me pidió casi sin mirarme.

Añadió entre dientes que no le alcanzaba la vista para leer la letra pequeña y que yo tenía cara de saber leer. Esto último no supe si lo decía en broma o lo decía en serio porque su expresión no varió. Cogí la carta que traía el membrete de la seguridad social y la leí. Después de descifrar el lenguaje administrativo y hacerme un resumen mental del contenido, le transmití el mensaje a la mujer: le tocaba una subida de novecientas pesetas en su pensión de viuda, según el IPC anual.

–Nou-centes pessetes? I què foto jo amb nou-centes pessetes? Ja ens foten bé, ja, aquests lladres de merda! –exclamó la mujer que se alejó refunfuñando sin siquiera darme las gracias, aunque no es que yo se lo tuviera en cuenta pero me sentí extrañamente vacía y sin propósito una vez acabado el intercambio de aquella manera tan brusca.

La próxima vez que la vi, la mujer ya no parecía acordarse de nuestro encuentro y ni me saludó. Iba con prisas, llevaba colgada en el brazo una bolsa de plástico duro de mil rayas, con asas de metal, de las que se clavan en el brazo y de las que ya no quedan muchas. Nunca más hablaría con ella.

 

Cuando llegué a casa aquel día, cargada con la compra, estaba sin resuello después de subir los cuatro pisos. Mi hijo estaba jugando con su set de tren eléctrico en el suelo del salón y su padre estaba mirando la televisión. El niño se puso en pie y vino corriendo a abrazarme. En su media lengua me dijo que me sentara a jugar con él. Le dije que lo haría en cuanto hubiera guardado la compra.

Mientras metía las cosas en la nevera, se me ocurrió pensar en si alguien en el barrio llevaría la cuenta de nuestra vida. Y si alguien en treinta años recordaría que llegamos al barrio a finales de los 90 con un niño pequeño y que nos instalamos en un cuarto piso sin ascensor, en un edificio de más de cien años, al que ningún butanero quería servir una triste bombona de butano. Aquel hilo de pensamientos me llevó a preguntarme si un buen día haríamos las maletas y nos mudaríamos a un piso con gas central y con ascensor, y si recordaríamos con añoranza estúpida las estrecheces y las incomodidades del piso actual.

Luego, sentada en el suelo con el niño mientras veíamos los trenes dar vueltas y a veces descarrilar, se me ocurrió que si algún día perdía a mi familia sería lo más normal que se me fuera un poco la chaveta y que empezara a ir detrás de gatos callejeros y me los llevara a casa para que me hicieran compañía, y si pasaba todo eso sin antes habernos mudado de piso, y yo me hacía vieja sola en aquel cuarto sin ascensor quizá yo también acabaría por morir después de batirme a muerte con una bombona de butano.

 

ccalduch@2018-06-15

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El nombre de los árboles

En aquella época éramos jóvenes y soñábamos con salir de este mundo y vivir en otro, uno muy verde, tranquilo, lleno del trino de los pájaros. Por algún motivo creíamos que el paraíso estaba ahí fuera. El pasaje o portal hasta ese mundo aún nos era desconocido. En todo caso habría de presentarse ante nosotros de repente, sin avisar, y tragarnos.

Hasta que llegara el momento había que vivir el día a día. En aquella época vivíamos en las afueras de la urbe a la que entrábamos de lunes a viernes para acudir a clase. Los bancos de la universidad se apilaban como graderías en un estadio, llegando hasta las ventanas. Eran de madera, viejos, muchos estaban rotos o astillados, y las largas horas pasadas en ellos escuchando a los profesores daban para mucho soñar. Los profesores entraban, daban su clase y se iban, pocos admitían preguntas, interrupciones o batallas dialécticas, ansiadas por algunos. No por mí, debo decir. Si un profesor me preguntaba algo se me aceleraba el corazón y su desbocado latido hacía temblar el banco en el que me encontraba sentada. Por eso nunca hablaba ni preguntaba nada.

A los profesores no les importaba demasiado lo que hiciéramos, lo que sintiéramos o lo que pensáramos, aunque esto último tendría que haber sido lo más importante, al menos deberían cerciorarse de que pensáramos algo. Pero importábamos solo en cuanto les reportáramos algún beneficio. A su ego le satisfacía tener el aula llena hasta las ventanas, por eso algunos se esforzaban por resultar ingeniosos, mordaces o impertinentes. Los que publicaban tendían a querer vendernos sus libros, éramos público potencial. Yo leía poco, mi intención era más grande que mi voluntad. Siempre llevaba la mochila llena de libros, después de las clases me perdía en los jardines con la intención de sentarme a leer, aunque me costaba mucho concentrarme y enseguida me entraba sueño. También hacía frecuentes incursiones en las bibliotecas, aunque pocas veces pude obtener los libros que necesitaba en préstamo, por falta de ellos, y había de acabar por comprar casi todos los libros que me mandaban leer.

Hacía una carrera de letras y había mucho por leer. Además, yo quería ser escritora.  Aunque cuando me atrevía a confesarlo siempre surgían impedimentos. El más notable de todos ellos fue uno que postulaba que para escribir era necesario saber los nombres de los árboles. Aparentemente, desconocer el nombre de los elementos de la naturaleza era un hándicap importante para cualquiera que pretendiera escribir.

–Mira, bonita, no es lo mismo decir que “las flores de las acacias ya despuntan”, que decir que “los árboles son verdes”, lo cual sería una obviedad y una memez, hay que tener un vocabulario rico y variado para poder hacer descripciones vívidas, ¿cómo andamos de vocabulario? –me preguntaron.

Me encontré sumida en pensamientos, absorbiendo la información y meditando mi respuesta. Enumeré mecánicamente algunos nombres de árboles, los primeros que me vinieron a la mente: roble, haya, álamo, acacia, encina.

–¿Con cinco árboles ya vale? –pregunté estúpidamente.

–¡Anda, esta! Pues no, es que no me has entendido, es que no es solo cuestión de saber los nombres de cinco árboles –dijo la voz consejera con sorna– es cuestión de saber de lo que escribes, no puedes lanzar palabras al tuntún para lucirte, mira, para ser escritor hay que tener “finesse”, visión, filosofía, no se hace escritor cualquiera, hay que tener madera…

Me marché de la universidad aquel día sumida en dudas. Era final de curso y todo el mundo se estaba preparando para la verbena de San Juan. Pero yo iba por la calle como una una zombie, casi sin preocuparme por los estallidos de los petardos que los niños andaban tirando por la calle. En mi mente arreciaban las preguntas. ¿Estaría equivocada? ¿Debía ignorar la pulsión que sentía por escribir porque me faltaban cualidades?

Cuando llegué al barrio gris de la periferia donde había vivido toda la vida estaba triste.

Me fijé en los árboles. Los únicos árboles que había en las calles de mi barrio eran plataneros. Pero era algo más que eso. Comprendí de repente que no solo era necesario saber el nombre de los árboles sino también conocer sus características: si eran perennes o caducos, cuál era su época de floración, si eran frondosos o escuálidos, el tipo de hoja, las características de la madera, etcétera. Todo ello, supuse, para poder ambientar, para poder hacer descripciones vívidas. Si en algún relato había de hacer pasar a un personaje por un bosque, solo podría escribir sobre los humildes plataneros que el ayuntamiento había decidido plantar en mi barrio hacía un siglo. Si había de partir de mi propia experiencia solo podría construir bosques de plataneros.

Quizá era cierto que yo no tenía ni finesse, ni vocabulario, ni madera de escritora. Quizá mi plan de ser escritora era una quimera. Mejor sería que me dedicara a otra cosa, porque estaba visto que para ser escritora una había de ser como poco un genio, estar dotada de poder lírico, visión, filosofía y lo más difícil de todo: “madera”.  Y la madera se tenía o no se tenía.

En mi casa recopilé todo lo que había escrito hasta el momento. Lo que había escrito entre las cuatro paredes de mi cuarto. Sin duda lo que me había dedicado a escribir hasta entonces eran tonterías, sin calidad ninguna. En su mayoría eran poemas estúpidos, historias llenas de tópicos, por mucho que a mí me movieran por dentro. ¿Qué era entonces lo que debía escribir, cómo saber qué era correcto, qué era válido? ¿Cómo hacer para obtener finesse? Eran preguntas que me atormentaban.

Cogí mis cuadernos y los saqué a la calle. Me llegué hasta la esquina donde algunos chavales estaban amontonando trastos viejos para hacer una hoguera. Eché allí mis papeles y di media vuelta. Me prometí no volver a escribir hasta que no tuviera lo que había que tener.

Aquella noche quemaron mis papeles, mis historias, mis poemas. No salí a ver como ardían. Me sentía como quién le da la espalda a un viejo amigo.

Tardaría mucho en aprender que no hay que tener nada más que ganas de hacerlo. Que los cánones y las normas están para romperlos. Que no es necesario gustar a nadie. Que no es necesario brillar. Que no hay que ir a ningún sitio especial a buscar la inspiración. Y parafraseando a un escritor de moda diría que el mejor lugar para escribir es el cuarto propio.

ccalduch©2017

 

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