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2. Primeras Palabras

–Llámame Jakob –me dijo el hombre de la gabardina gris.

Me pregunté si ese sería su nombre verdadero. No había dicho “me llamo” sino “llámame” y eso invitaba a dudar.

Él me miró insistente hasta que reaccioné.

–Katharina –dije.

Mi nombre fue lo primero que le ofrecí.

–Katharina… ¡oh, gracias a Dios! –dijo y sonrió.

No supe a qué se refería. Quizá daba gracias porque yo no era muda o quizá daba gracias por no tener que repetir algún nombre impronunciable o un nombre que odiara. Pensé en Hermenegilda, Apolonia, Úrsula, Regina, Clotilde… nombres de bisabuelas, tías solteronas o monjas que quizá le atormentaron durante su niñez. O quizá daba gracias a Dios porque el mío era un nombre bonito. Lo heredé de mi madre. Pensé en ella en el día de su entierro, en como le enmarcaba el rostro blanco su cabello tan negro y largo. Se lo dejaron suelto para que le cubriera como un manto el cuerpo disminuido por la enfermedad. Pensé en como lloraban mis tías, sus hermanas, ante su figura en el ataúd, pensé en mis hermanos y en mi padre cabizbajo, con los ojos secos, frente al hoyo en el cementerio.

–Y tienes acento –dijo de repente– del norte.

Asentí, aunque si me hubieran enseñado un mapa no habría acertado a señalar donde nos encontrábamos en relación a mi ciudad de origen. Los largos días pasados viajando habían servido para desorientarme, ahora mismo podría estar en cualquier lugar del mundo y no me habría sorprendido. Ni siquiera recordaba el nombre de la ciudad en la que había desembarcado. El nombre en los carteles de la estación se me había borrado ya de la memoria.

–Al menos hablamos la misma lengua así que nos entenderemos –siguió él sin dejarse intimidar por mi mutismo.

Llegamos entonces ante el portal de un edificio de varios pisos que tenía las paredes desconchadas. Apoyada en la pared había una bicicleta herrumbrosa con el cesto roto. La puerta principal estaba abierta. Pasamos a un vestíbulo oscuro y estrecho. Subimos por una escalera con pasamanos de madera. Yo seguía al hombre sin pensar qué podría estar esperándome al final de la escalera.  Finalmente, en el tercer piso, él se detuvo ante una puerta.

–Bienvenida –dijo abriendo la puerta y dándome paso.

Por la costumbre esperé a que saliera algún gato a recibirnos a la puerta. Mi madre solía recoger gatos abandonados para disgusto de mi padre. No traen más que pulgas y lo dejan todo lleno de pelo, gritaba mi padre. Pero los gatos siguieron llegando a nuestra casa. Entraban lentos y cautos, como sospechando que había trampa. Míralo, qué miedo tiene, decía mi padre, pero espérate, que en dos días este se ha hecho el amo…

Pronto sabría que no había ningún gato en aquel piso al que entré lentamente y con cautela. No sabía si habría alguien más en el piso, alguien que quizá no estaría conforme con que yo estuviera allí. Se me ocurrió la obvia comparación. Ahora yo era como un gato abandonado que un alma caritativa había recogido de la calle y quedaba para siempre a la merced de otros.

El piso era luminoso y acogedor. Nada que ver con la escalera oscura por la que acabábamos de subir. Frente a mí, en el vestíbulo, había un mueble recibidor con espejo y marco de madera tallada, en el que vi mi reflejada mi figura. Tenía ojeras, el cabello aplastado sobre la cabeza y pegado a los lados de la cara como si me hubiera caído a un charco.

A la izquierda vislumbré un lavabo. Me urgía entrar allí. Podría arreglarme un poco y además me apretaban las tripas desde que había comido. Quizá fue por la comida que él me dio, pensé, un tipo de embutido picante que yo no había comido nunca o quizá porque la comí con ansia y deprisa. Él me vio mirar hacia allí.

–Espero que esté limpio –dijo–. Hace días que falto de casa y…

No me paré a escuchar el resto de la frase. Me metí en el cuarto estrecho en el que tan solo había un inodoro de cerámica blanca. Supuse que, como en otros pisos de ciudad en los que había estado, el resto del cuarto de baño se hallaba en otra estancia.

Me dejé caer en la taza y vacié las tripas. Hacía días que no gozaba de una soledad tan completa y me habría quedado allí dentro durante más tiempo del necesario. A mi alrededor estaba todo muy limpio. Además olía bien. Cuando acabé no podía decir lo mismo. Me preocupaba salir y que él entrara allí y tuviera que apretarse la nariz con los dedos. La idea de que hiciera algún comentario me mortificaba. En casa mi madre solía tener un espray dispuesto junto al baño para aquellas ocasiones, pero allí no vi ninguno. Sí que había una ventanita en lo alto. La abrí y un rayo de sol se coló por lo alto. Luego tiré de la cadena, salí y cerré la puerta tras de mí.

Pasé de nuevo por el vestíbulo. La gabardina gris estaba colgada en el perchero. En el suelo, un paragüero contenía dos paraguas negros con mango de piel. Quizá vivía allí alguien más aparte de él o quizá no, me dije, quizá tenía dos paraguas porque alguien se había dejado allí uno una vez hacía tiempo. Junto al paragüero había un par de botas de agua. Solo un par.

Oí rumores de cocina: tazas, cucharas… El vestíbulo se abría hacia la derecha en un distribuidor. La primera estancia a mano izquierda era la cocina, opuesta a la cocina una sala de estar. Jakob estaba en la cocina moviéndose entre los fogones.

–Ah, ya estás aquí, Katharina, perfecto, siéntate que tomaremos el té –anunció con voz alegre.

Me lavé las manos en la pica y luego me senté a una mesa estrecha junto a la pared. Tenía muchas preguntas que hacerle y que callaba por miedo. Desde donde estaba podía ver la sala de estar. Había muchos libros en estantes. Algunas láminas en las paredes. Una planta colgando del techo. Al fondo ventanales.

Puso dos tazas en la mesa y sirvió el té oscuro y humeante. Luego trajo el azucarero a la mesa y se sentó.  Yo me serví mis dos cucharadas habituales de azúcar y él ninguna. ¿A quién le gusta el té amargo?, me preguntaba yo. Él me miraba y daba sorbos a su té. Quizá esperaba que yo dijera algo. Alguien debería hablar, me dije, explicar esta situación. ¿Qué hacía yo allí? ¿Por qué me había traído a su casa? ¿Por qué no me preguntaba de dónde había salido? ¿Quién era yo, quiénes eran mis padres, si es que los tenía, qué hacía sola en un tren…

Pero él solo sorbía su té y me miraba como si no hiciera falta hablar. Su indiferencia hacia el enigma que era yo me resultaba inquietante.

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