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Día de Reyes

Una mañana de reyes mi padre me dijo que mi tía Vicenta, ya de una cierta edad, estaba muy mal. Por la manera en que hablaba, deduje que estaba en las últimas. Me sentí mal porque hacía tiempo que no iba verla. Pero lo cierto es que había estado muy ocupado y además, no me gustaba mucho ir por su casa, por motivos que no vienen al caso. Sin embargo, si era cierto que mi tía estaba grave, era mi obligación ir a verla y no había más que hablar. Así que cogí el coche y fui a su casa. Aparqué mal, pero dejé en el salpicadero la tarjeta que usaba cuando hacía visitas a domicilio, con la esperanza de que no me multaran.

Empezaba a llover con fuerza cuando salí del coche. Me había olvidado el paraguas, para variar, y tuve que ir por la calle buscando el refugio de los balcones. Encontré abierto el portal del bloque donde vivía mi tía. Entré y subí hasta el quinto piso, toqué el timbre. Al poco, oí pasos y la tapa de la mirilla desplazándose. Una voz, con tono juvenil, pidió:

–Santo y seña.

Me extrañó aquello. No supe qué esperaban que dijera, y entonces murmuré algo que me vino a la mente sin pensar, algo que mi tía Vicenta solía cantarme de pequeño:

–Pepito, pepón… cómete un roscón –murmuré de manera apenas audible.

Enseguida oí los varios cerrojos desatrancándose y la puerta se abrió lentamente hacia adentro, hacia el pasado. Vi reflejada en el espejo del recibidor mi figura de niño repeinado, con abrigo largo de lana, pantalones cortos. Me llegó claramente el olor a las rosquillas que hacía mi tía siempre los días de reyes, mezclado con el de los juguetes nuevos y mis ansias por estrenarlos. Sin embargo, ante mí no estaba mi tía, sino una mujer de cara aniñada, que llevaba trenzas y un peto azul, mascaba chicle y me miraba expectante.

–Soy Pepe, el sobrino de la Sra. Vicenta –anuncié.

–Sí, ya lo sé, no te acuerdas de mí, ¿a que no, Pepino?

–Pues no, lo siento –dije.

–Pues entonces no entras –dijo ella con retintín.

Sentí unas ganas enormes de tirarle del pelo y deshacerle las trenzas a aquella atrevida. Creo que hasta di un paso amenazante hacia ella. Y creo que ella retrocedió, pero sin dejar de mirarme con descaro. La verdad es que me sorprendió la súbita acometida de mi rabia. Quién era ella para impedirme entrar en casa de mi tía, me preguntaba. Sin embargo, pensé que por su manera familiar de tratarme podría ser una sobrina política de mi tía que estaba allí para cuidar de ella, alguien a quién quizá conocí en otro tiempo y que había olvidado. Porque ¿qué otra cosa podía estar haciendo allí aquella mujer, sino cuidar de mi tía? Algo de lo que yo no podía presumir, así que se imponía la prudencia.

–¿Y la tía, está en la cama? –pregunté.

–No, está en el salón –dijo.

Entré y me dirigí hacia el salón. Allí, una vaharada de Vicks y de eucalipto me dio la bienvenida. Encontré a mi tía, sentada en una butaca, tapada con mantas y manteletas. Tenía la cara roja y tumefacta, apenas se le veían los ojillos. Me agaché a su lado.

-Hola, tía –dije en voz baja.

–¡Pepino! –exclamó ella alzando el rostro hacia mí–. ¡Dichosos los ojos!

–¿Qué te ha pasado en la cara? –dije, horrorizado por como la vi–. ¿No tendrás un flemón?

–¿Un flemón? Lo que me faltaba –rió ella–. Es de los medicamentos.

Debí haber supuesto que el edema era consecuencia de la medicación. Ni siquiera comprendía de dónde me había salido aquello del flemón. Tuve un momento de pánico del principiante y para que no se me notara, hice ver que examinaba con interés los remedios que había sobre la mesilla auxiliar.

–¿Esto te han dado? –pregunté mostrándole una caja de píldoras.

Me salió un deje casi despreciativo y mi tía se alarmó.

–¿Es que no es bueno, hijo? Es para los ahogos.

–Sí, sí, está bien –admití-– solo que es algo fuerte y te dará sueño, ¿o no?

–Un poquito sí –dijo.

Le toqué la frente. No me pareció que tuviera fiebre. Le tomé el pulso. Lo encontré normal.

–Te voy a auscultar –murmuré, volviéndome a buscar mi maletín que no encontré–. Será posible… me lo he dejado en el coche, bajo a buscarlo, enseguida vuelvo.

–Uy, quita, deja… –dijo ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

Primero lo del flemón y ahora este descuido imperdonable. Ya veía a mi tía, que tenía fama de chismosa, llamando por teléfono a nuestros parientes para informarles de mi ineptitud. Era lo que me faltaba. Hasta ahora solo había encontrado resistencia y desconfianza en mi familia. Incluso mi propia madre solo me dejaba tratarla de sarpullidos de eccema. De mi padre, mejor no hablar. Yo me preguntaba de qué servía que me hubieran pagado la carrera de medicina para luego seguir yendo, como si nada, a su médico de toda la vida.

–Pero, siéntate, no estés ahí de pie –dijo mi tía señalando el sofá–. ¿Tienes hambre?

Cómo explicarle que yo no había ido hasta allí a comer ni a hacerle una visita de cortesía, que aunque aquel día fuera fiesta, no era un domingo de los de mi infancia en el que el tiempo se hacía lento mientras los adultos comían y se entregaban a tertulias inacabables y aburridas mientras tomaban café. Cómo explicarle a mi anciana tía que yo era una persona muy ocupada, que comía casi siempre en la cafetería del hospital y que no tenía tiempo para tertulias. Sin embargo, sabía que, si no entraba en su juego, me iría de allí de vacío, sin haber determinado qué era lo que tenía realmente.

–Un café sí tomaré –claudiqué.

–¿Solo café? No quieres unas…

–No. Solo café, gracias –la interrumpí.

Mi tía intentó incorporarse, pero los brazos no la sostuvieron y al final tuvo que dejarse caer en la butaca.

–Pero, tía, ¿qué haces? –dije–. Ya voy yo a por el café, o si no se lo diré a tu sobrina.

–¿Qué sobrina?

–¿La chica que me ha abierto no es…

–¿Rosabel? Qué va. Es la hija de la vecina, que la estoy cuidando. Su madre tenía que trabajar hoy… pero oye, si tú ya la conoces, tú y ella habéis jugado juntos otras veces aquí.

Yo no conocía a aquella muchacha de nada. Mi tía debía estar confundida. Iba a preguntarle algo más al respecto, ya que aquella digresión de su memoria me intrigaba porque podía ser un síntoma de una enfermedad grave. Sin embargo, ella cambió de tema y yo me distraje.

–¿Y cómo vas en el colegio?

–Ya acabé los estudios, tía, y he aprobado el MIR hace poco. ¿No te lo dijo mi padre?

–¡A mí nadie me cuenta nada, hijo! –se quejó– ¿Y qué es eso del MIR?

–Un examen para ser médico.

–Entonces ¿ya eres médico?

–Pues sí, tía. ¡Y qué ganas tenía de acabar los dichosos exámenes! No sé si sería capaz de volver a pasar por eso.

Seguimos hablando un rato sobre mis peripecias como estudiante y de mis primeros pasos como médico. Mi tía parecía contenta por mí. Empecé a pensar que quizá era cierto que mi padre se había olvidado de llamarla para contarle que había aprobado el famoso examen del MIR.

–¡Pues como ya eres médico a partir de ahora te llamaré Doctor Pepino! –dijo mi tía, y se echó a reír.

Me reí con ella, un poco más aliviado al pensar que no estaría tan mal si aún era capaz de bromear. En aquel momento entró en el salón Rosabel, la mujer a la que supuestamente yo ya conocía y que me había abierto la puerta al llegar. Venía royendo lo que parecía una rosquilla. Una rosquilla idéntica a las que mi tía solía preparar los días de reyes.

–¿Está buena, eh? –dijo mi tía.

Rosabel se encogió de hombros y se dejó caer en el sofá descuidadamente.

–Dale un trocito a Pepino, no seas avariciosa, niña –se quejó mi tía.

–No, gracias –dije cuando Rosabel se acercó a mí para ofrecerme media rosquilla.

–Pero come, Pepino –instó mi tía– que estás muy flaco.

Al final cogí la media rosquilla y me la metí en la boca. Era dulce y anisada.

–¡Está igual de buena que las que tú hacías! –no pude evitar exclamar.

–¡Hombre, claro, como que las he hecho yo! –dijo mi tía, riendo con fuerza.

–¿Y pudiste estar de pie en la cocina el tiempo suficiente como para cocinar? –pregunté con curiosidad.

–Pues claro –dijo ella, muy natural.

Empecé a vislumbrar que mi tía no estaba tan mal como todos creían. Es más, estaba bastante seguro de que mi tía fingía. De ahí las contradicciones: su aparente senilidad y de repente su buena memoria para recordar detalles de hacía años. Debí haberlo supuesto. Era habitual en las personas mayores exagerar los síntomas de cualquier afección leve para llamar la atención. A todo lo más tenía un catarro. Así que le diría a mi padre que teníamos tía para rato. Tema resuelto, ya me podía marchar.

–Bueno, pues yo me voy, tía, que no te hago ningún servicio –dije–. Cualquier cosa me llamas.

–¿Ya te vas, tan pronto? –dijo ella, sorprendida.

–Sí, tía, tú estás bien, y yo he dejado el coche mal aparcado –dije.

Mis explicaciones no la convencieron.

–No te preocupes por el coche –dijo–. Mira, si lo tengo yo aquí.

Se sacó del bolsillo un coche de juguete y me lo enseñó. Curiosamente era del mismo color crema que el mío, el que yo había dejado en una zona en la que estaba prohibido aparcar y que quizá ya no encontraría cuando regresara. Sin embargo, mi coche dejó de parecerme importante. En cambio, el coche que mi tía me enseñaba me llamaba mucho la atención. Lo cogí de sus manos y lo estudié con calma.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Yo tenía uno igual que este cuando era pequeño…

–¡Pero si es tuyo, tontis, que te lo han traído los reyes!

–¿Me lo dejas ver? –preguntó Rosabel, acercándose a mí.

Mi primera reacción fue no dejárselo, pero mi tía intervino. Parecía algo enfadada y lo que me dijo me hizo sentir un poco culpable:

–No seas egoísta, Pepino, tienes que compartir los juguetes, sino los reyes se enfadarán. Además, otra faena tienes, me tienes que auscultar y ponerme la inyección.

Mi tía parecía hablar en serio ahora. La miré largo y tendido, calibrando si me estaría tomando el pelo. Vi con sorpresa que la tumefacción de su rostro estaba empezando a desvanecerse.

-Tía, no te puedo auscultar porque no he traído el maletín, ni el fonendo… fondone…

Tropecé con la palabra.

–Se dice fonendoscopio… Pepino, Pepón… –dijo mi tía y se echó a reír de nuevo.

Rosabel se rió también y aprovechó la confusión para quitarme el coche de las manos. Me sentí enrojecer, ridículo, como hacía años no me sentía y sentí lágrimas calientes en los ojos. De repente, mi tía exclamó:

-¡Pero no hagas pucheros, niño, mira, lo que tengo!

Cuando yo estaba a punto de salir corriendo y buscar un rincón en el que esconderme y llorar a mis anchas, mi tía puso sobre la mesilla un maletín de médico, idéntico a uno que yo había tenido cuando era pequeño. Es más, aquel otro también me lo había regalado mi tía precisamente un día de reyes.

-¿Qué, te gusta? –preguntó.

-Sí –admití, pasándome las manos por la cara para espantar las lágrimas mientras me acercaba al maletín–. ¿Es para mí?

–Pues claro.

–¡Gracias, tía! –dije, con apenas un hilo voz, mientras se me volvían a llenar los ojos de lágrimas.

Yo había codiciado aquel maletín durante meses. Era lo primero que le dije al rey Baltasar cuando me preguntó qué había puesto en la carta.

-Ay, Pepino –suspiró mi tía–. Cómo eres… a ver, mírame, que no quiero que tu madre vea que has llorado, sino la tendremos.

Mi tía se plantó junto a mí de un salto y me instó a mirarla. Tuve que levantar la cara. Ya no quedaban rastros de tumefacción en su rostro. Es más, tampoco tenía arrugas y su cabello ondeaba rubio y abundoso sobre sus hombros, como en las fotos. Mi tía me refregó el cabello con la mano afectuosamente y luego me dio el maletín.

Fue entonces cuando vi la escena reflejada en el vidrio de la puerta del salón. Vi a un niño que sostenía un maletín de médico de juguete. En el sofá había una niña que empujaba un coche de color crema por las montañas del respaldo del sofá. Mi tía era una mujer joven y lozana que me dijo:

-¿Por qué no le enseñas el maletín a Rosabel y jugáis un rato? Yo voy a hacer más rosquillas.

Mi tía salió del salón. Rosabel se acercó a mí y yo abrí el maletín.

–De mayor seré médico –anuncié blandiendo el fonendoscopio de plástico.

–Ya lo creo –dijo ella.

Entonces nos pusimos a jugar.

ccalduch@2017

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Un caso particular

Hace unos días me ocurrió un caso. Sin que sirva de precedente, yo que no soy amiga de relatar notas biográficas, voy a contarlo. Los (pocos) osados que me siguen en mi blog saben que suelo contar historias más o menos lacrimógenas, con voluntad, seguramente demasiado presuntuosa, de cavar túneles hacia el inconsciente colectivo. Pero creo que hoy debo hacer una excepción y relatar el episodio personal que viví hace unos días y para el que no encuentro explicación.

Que vaya por delante que nunca he creído demasiado en el más allá, ni en magias, ni en el supuesto poder de pócimas de amor o de brujos o brujas, ni de los de antes, ni de los de ahora. Por consiguiente, no tengo manera de calificar, ni de clasificar de manera racional, lo ocurrido sino es como una jugada de mi subconsciente que en un momento de gran tensión acudió en mi ayuda.

Pero debo empezar sin más preámbulo.

Se dio la circunstancia de que unos días atrás me convocaron a unas pruebas de promoción dentro de mi departamento, gracias a las cuales -siempre que las supere, claro está- podré mejorar sustancialmente mi posición. Cuento con un buen currículum y años de experiencia en la rama administrativa para la que se convocó el concurso, así que no puedo decir que estuviera excesivamente nerviosa el día de la prueba -quizá estaba un poco ansiosa porque temía llegar tarde y por eso llegué bastante antes de la hora indicada en la convocatoria y tuve que esperar en la puerta un buen rato hasta que abrieron.

Las pruebas se llevaron a cabo en un antiguo monasterio medieval que durante una época oscura de la historia llegó a ser una prisión, y que a finales del siglo XX fue reconvertido en oficinas de la administración pública. Yo había estado allí anteriormente, una vez fue para una reunión informativa sobre el mosquito tigre y otra vez fui a una formación de un nuevo programa informático de mi trabajo. No me había parecido que el lugar fuera excesivamente lúgubre ni opresivo a pesar de que sabía cuáles habían sido sus funciones en el pasado. La verdad es que realizaron un excelente trabajo de carpintería y de iluminación en el interior del edificio, y aparte del claustro, que solo se puede ver a través de las ventanas superiores, no queda ningún signo visible de las prestaciones que tuvo aquel edificio a lo largo de la historia, por lo que nadie que no conozca de entrada su origen se atrevería a decir que aquel lugar moderno y funcional había servido para otra cosa que no fueran trámites administrativos.

Mientras esperaba a que abrieran, se fue congregando en la puerta un gran número de personas. A las nueve en punto un bedel salió a abrir y deslizó un taco en el suelo para mantener la puerta principal abierta. Finalmente entramos. El bedel dijo que los que habíamos de realizar la prueba debíamos esperar allí mismo, en el vestíbulo, a que nos llamaran.

Pasó una media hora durante la cual me dediqué a visitar el cuarto de baño repetidas veces, comprobar mi documentación una y otra vez y morderme las uñas. A las diez menos cuarto en punto salió un funcionario del interior de una sala con una lista en la mano y empezó a leer nombres. Cuando oí que me llamaban, me presenté ante él con mi documento de identidad en la mano. El hombre le echó una rápida ojeada y me indicó con un gesto de cabeza que pasara a la sala.

En la sala había otro funcionario, que sonreía vagamente pero sin mirar a los ojos, que me indicó que tomara asiento. Me senté a una mesa sobre la que había un cuadernillo vuelto hacia abajo y que contenía la prueba. Siguiendo instrucciones coloqué sobre la mesa –digo mesa, pero era más bien un escritorio o pupitre escolar de madera que yo no había visto desde mis tiempos de estudiante- mi documento de identidad, que debía permanecer a la vista a lo largo de toda la prueba, y un par de bolígrafos. Sin nada más que hacer de momento, me crucé de brazos a esperar de nuevo.

La visión de los escritorios, de la pizarra negra en la pared y la tarima donde habrían de colocarse luego los funcionarios examinadores me retrotrajo a mis años de instituto y a las noches pasadas en vela con los codos pegados a la mesa. Sospecho que perderme en aquellos recuerdos pudo ser el detonante de la desconexión con la realidad que experimenté luego y que dio lugar a las visiones que tuve y que ya estoy tardando en relatar.

El resto de candidatos fue entrando lentamente en la sala, que era rectangular y bastante alargada y estrecha, y cuando ya estuvimos todos dentro se cerró la puerta con un estruendo de sarcófago tal que no pude evitar dar un respingo. Los dos examinadores subieron a la tarima al frente de la sala, uno de ellos miró fugazmente hacia el reloj que había colgado al lado de la pizarra y dijo que aún faltaban cinco minutos para empezar. Hasta entonces, no podíamos tocar el cuaderno de preguntas que teníamos en la mesa ante nosotros. Entretanto, el segundo examinador repasaba la lista de convocados advirtiendo en voz baja a su compañero que había fallado bastante gente.

En verdad habían quedado muchos pupitres vacíos. Conté rápidamente a unas treinta personas en la sala, que desistí de estudiar en profundidad para evitar ponerme nerviosa calculando las potencialidades de cada uno. Me había tocado sentarme hacia la mitad de la sala y de repente me asaltó la duda de si sería capaz de leer lo que los examinadores escribieran en la pizarra, si es que escribían algo, ya que padezco de un grado alto de miopía. Sin embargo, no pedí cambiar de asiento, aunque habían quedado varios vacíos justo en la parte de delante, y no lo hice por miedo a suscitar rechazo en los examinadores y por evitar la escena. Respiré hondo, me clavé bien las gafas en la nariz y me dije que todo iría bien.

Seguí paseando la vista por la sala y me encontré estudiando unos pequeños salientes en la parte superior de las paredes laterales que hacían las veces de pequeña repisa natural. Me pregunté por qué habrían colocado sobre cada repisa una vela encendida y me sorprendió no haber notado el característico y desagradable olor a cera quemada hasta el momento. Me pregunté también si no contravendría la normativa anti incendios tener velas encendidas en un lugar público, pero no me atreví a decir nada viendo que nadie más parecía extrañado ni molesto. Me dije que mejor sería que me concentrara en la tarea que tenía ante mí y que me olvidara del olor intenso a cera quemada que se estaba extendiendo por la estancia.

Pasados los cinco minutos de rigor, uno de los examinadores pasó a explicar las instrucciones de la prueba. Lo primero que dijo fue que debíamos apagar los teléfonos móviles. Tan solo dos o tres personas se movieron. El examinador nos advirtió de que si sonaba un móvil durante la realización de la prueba se anularía la prueba del dueño del mismo. A la sazón, se produjo un afanosa búsqueda en bolsos y bolsillos por parte de muchos más candidatos que antes. Yo no tengo móvil así que no tenía de qué preocuparme. Cuando, al parecer, ya no quedaba ningún móvil encendido en la sala, el examinador continuó con las instrucciones.

La voz del examinador era monótona y tenue y me llegaba como ahogada bajo otra voz, una voz paralela que fue ascendiendo hasta anularla casi por completo. Imaginé que el candidato a mi lado estaba repitiendo las instrucciones en voz baja y le hice un gesto para que se callara. El examinador pidió atención y siguió con su perorata, pero yo apenas lograba oír ni una palabra de lo que estaba diciendo. Lo único que me llegaba a los oídos era la misma letanía incomprensible de antes que fue adquiriendo un volumen cada vez más elevado.

Pensé que quizá estaban pasando una película en una sala continua, o algo así, y levanté la mano para expresar mi malestar. El examinador me miró algo impaciente. Le dije que no podía oír bien debido al ruido de fondo y le pedí que hablara más fuerte. El examinador se esforzó por complacerme, pero yo seguía sin oír nada, solo lograba escuchar aquella voz tan extraña que hablaba en un idioma incomprensible para mí.

A nadie más parecía molestarle aquella situación y decidí no decir nada más, pero lentamente me invadió un sudor frío y sentí principios de pánico. El segundo examinador se acercó a mí. Tranquila, dijo, respira hondo. Gracias, dije, ¿podrían apagar las velas? Me molesta mucho el olor.

El hombre me miró extrañado. Yo miré hacia las velas y señalé la más próxima a mí, la llama oscilaba en el aire y la cera caliente se estaba derritiendo lentamente sobre la base de la repisa. Era muy evidente para mí, pero aquel hombre parecía no ver nada. Me dijo que respirara hondo, que todo iría bien y después de darme una palmada en el hombro, se alejó.

Me dije que debía calmarme. Hice un par de respiraciones profundas y esperé hasta que el examinador anunció el inicio de la prueba. Entonces le di la vuelta al cuaderno confiando en poder completar la prueba aunque no me había enterado de la explicación y la dichosa voz siguiera recitando lo que fuera que recitara, impidiéndome pensar con claridad. Me dije que si a lo largo de la prueba encontraba alguna dificultad siempre podría preguntar mis dudas a los dos examinadores que para eso estaban allí.

A la sazón, miré hacia los examinadores y de repente vi frente a la pizarra a un hombre vestido con un sayo blanco y capucha. Estaba encaramado en una tarima de madera y tenía ante sí un gran libro del que parecía estar leyendo. La misteriosa voz provenía de su garganta. En un momento súbito de lucidez comprendí que el idioma en el que el hombre estaba leyendo era latín.

Bajé la mirada y negué con la cabeza. Me dije que aquello no era verdad. Me pregunté si no estaría soñando. Quizá estaba soñando con que estaba haciendo ya la prueba, pero en realidad estaba dormida. Me toqué la cara, toqué la mesa con las manos, todo era sólido y real. No era ningún sueño.  Me dije que debía concentrarme en las preguntas que tenía ante mí en el cuaderno. Haciendo un esfuerzo supremo intenté leerlas, pero no pude. Las letras impresas bailaban ante mis ojos y yo era incapaz de hilvanar los sentidos de las palabras.

Uno de los examinadores advirtió mi angustia y se acercó a mí. Me preguntó si me encontraba bien y si acaso no necesitaba salir a tomar un poco el ai…

A partir de aquel momento dejé de comprender lo que decía. No sé cómo ni por qué, pero no entendía su idioma. Sin embargo, las palabras del monje se abrieron paso en mi mente por primera vez con total claridad:

In mense autem sextom,

missus est angelus Gabriel a Deo in civitatem Galilaeae,

cui nomen Nazareth,

ad virginem desponsatam viro,

cui nomen erat Ioseph,

de domo David,

et nomen virginis Maria…

Atónita, levanté la mirada que se cruzó con la del monje que al verme dejó de leer. Me miró también durante un largo rato y luego alargó la mano. Veni huc, dijo con voz clara y autoritaria.

Como empujada por una fuerza invisible, me puse en pie y caminé hasta él. Nadie me lo impidió, los examinadores y los demás candidatos se clarearon como un reflejo en el agua hasta desaparecer a medida que aparecían a ambos lados de la sala unas mesas alargadas donde otros monjes vestidos también de blanco, estaban sentados comiendo de unos cuencos de madera.

Cuando llegué a su lado, el monje me señaló la línea en el libro desde la que debía continuar leyendo, entonces él se bajó de la tarima y me cedió su lugar. A la luz de las velas empecé a leer:

…et ingressus ángelus ad eam dixit:

Ave gratia plena:

Dominus tecum:

benedicta tu in mulieribus.

Quae cum audisset,

turbata est in sermone eius,

et cogitaban qualis esset isla salutatio.

Et ait ángelus ei:

Ne timeas Maria,

invenisti enim gratiam apud Deum:

ecce concipies in utero,

et paries filium,

et vocabis nomen eius IESUM…

 

Seguí leyendo  sin tropezarme con las palabras cuyo significado era totalmente transparente para mí. El libro del que leía era de un maravilloso dorado, las letras eran enormes y estaban escritas en tinta de diversos colores. Nadie en la sala hablaba. Todos escuchaban atentos y yo sentía que a medida que leía se iba fundiendo el miedo en mi interior y solo me quedaba sitio para la paz.

Al cabo de un rato, sonó una campanilla y el monje que me había dado paso se acercó a mí y me hizo una seña. Había acabado la comida. Los monjes empezaron a desfilar, alguien apagó las velas. La sala quedó vacía y yo me quedé sola.

Me bajé de la tarima y deshice el camino andado. Lentamente reaparecieron ante mí los candidatos sentados a sus mesas y los dos examinadores al frente de la sala.

La mejor explicación que se me ocurre es que fue como si en un escenario teatral se hubiera iluminado una escena mientras se oscurecía otra. Nadie pareció darse cuenta de que yo había pasado de una escena a otra, así que me senté en mi escritorio sin más.

Sobre mi mesa seguía el cuaderno de la prueba, mi documento de identidad y mis bolígrafos. Nadie había tocado nada. El cuaderno seguía en blanco, pero no sentí ningún tipo de ansiedad. De hecho, cuando miré el reloj vi que no habían pasado ni cinco minutos desde el inicio de la prueba. Con aquella paz insólita que me inundaba, me enfrenté a las preguntas y las respondí todas sin que me temblara el pulso. Acabé la primera, entregué el cuaderno y me marché. En la calle el sol del mediodía me bañó con su luz blanca. Nunca antes en mi vida me había sentido tan en paz con el mundo.

Con el paso de los días los detalles de aquel episodio se van difuminando lentamente en mi mente, pero no así la sensación de paz que sentí y que aún me dura. Como ya he dicho no creo en magias. Pero sí creo que para algunas cosas simplemente no existen palabras.

 

ccalduch©2017

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LA CASA VACÍA

Aquel día cuando salió a tender un albañil viejo y bigotudo le chistó desde el andamio.

-Niña, ¿te vienes? –dijo con voz ronca.

Ella ni siquiera levantó la mirada.

-Hoy no está pá fiestas, eh –siguió él riendo pero luego paró de reír en seco como si hubiera recordado algo importante –pos que sepas que al Chimo lo han echao.

Ella siguió tendiendo la ropa como si oyera llover. Al final, el hombre la dejó en paz.

La ropa chorreaba agua. Suerte que la calle no era más que una calleja por donde no pasaba apenas gente. Había pasado la noche lavando ropa en la azotea. No quería pensar en lo de ayer.

 

 

El día en que se conocieron ella estaba recogiendo unos trapos del tendedero, era tarde y el sol ya bajaba y si la ropa se quedaba tendida toda la noche la humedad se la volvía a dejar empapada.

-¿Qué hora tienes? –había preguntado él desde el andamio que quedaba bastante por debajo de su balcón.

Ella miró su reloj y le dijo que eran las seis. El le dio las gracias y se quitó el casco. Mañana más, dijo pasándose un brazo por la frente y sonriendo añadió: en nada estamos ahí arriba.

Era joven, tenía los ojos marrones graciosos, las facciones algo duras, pero cuando sonreía se le iluminaba la cara y tenía los brazos fuertes.

 

Otro día él le preguntó cómo se llamaba y le dijo que él se llamaba Chimo. Un nombre que a ella le recordó a unos caramelos que ella y su hermano comían de niños. Ahora su hermano criaba malvas, como su madre, y ella estaba sola en el bloque vacío a excepción de ella misma y una vecina vieja, la Sra. Antonia, del entresuelo.

-Nos van a tapar el sol –se había quejado la Sra. Antonia cuando empezaron la obra –toda la vida hemos disfrutado del sol y ahora nos plantan aquí este mamotreto, se me van a morir todas las plantas…

 

De mamotreto, nada. Iba a ser un señor bloque, con acabados de primera, con una isla en el centro y piscina, eso decía Chimo.

-¿Y serán caros? –preguntó ella y él se echó a reír.

-Pos claro, tonta, estos pisos son para gente de posibles, de esos que ahora vendrán de Barcelona por el AVE –dijo él –y no te creas, que ya están casi todos apalabrados.

La señora Antonia también estaba en el balcón aquel día y los oyó hablando y por la noche apareció en la puerta de su casa y le leyó la cartilla.

-No te sabe mal no, hija, que te hable así –dijo al final- Ya sabes que se lo tengo prometido a tu padre, que mientras él no esté te echaré un ojo… pero no me hagas pucheros, mujer.

-Pero es que estoy sola -murmuró ella.

-¡Toma, más sola estoy yo! Pero oye, ¿qué pasa con Julio, es que ya no te gusta?

-No, ya no –mintió ella enrojeciendo.

-Ay, hija, con lo serio que es, no como estos paletos que hoy van con una y mañana con otra y si te he visto no me acuerdo… yo sólo te pido que vayas con mucho ojo, hija mía –acabó la Sra. Antonia que no se había enterado de lo de Julio.

 

Ella había pasado meses agarrada a aquella esperanza llamada Julio. Bajando al mercado cada miércoles con los labios pintados de rojo y con aquella plantilla embutida en el zapato que los de la ortopedia le habían jurado que le disimularía la cojera y que le hacía un daño tremendo en el pie.

Julio era rubio y tenía la mandíbula fuerte, los ojos grises y las manos grandes. Cuando llevaba las cajas de fruta del camión a la parada se tensaban sus antebrazos y se le marcaban las venas por debajo de la piel. No era tímido y llamaba a las señoras reina y les guiñaba el ojo cuando les daba a probar trocitos de fruta. A ella la llamaba reineta porque era pequeña y también le daba trocitos de fruta.

Pero hacía dos miércoles Julio no estaba en la parada y ella oyó como una clienta preguntaba por él y la dueña respondió que estaba de luna de miel y que volvería en diez días. Las clientas se quedaron estupefactas. Tan joven. La dueña bajó la voz. Hija, qué quieres, si ha sido de penalti.

Ella volvió a casa cabizbaja y con medio melón en el capazo que la dueña de la tienda le colocó sin ella querer. En su casa se quitó los zapatos y los lanzó con plantilla y todo contra la pared. Sacó el melón y salió al balcón.

-Oye, ¿no irás a tirar eso? –gritó Chimo riendo desde el andamio que aún quedaba a dos pisos de su balcón – a ver si nos partes la cabeza…

-Si lo quieres para ti –dijo ella.

El chico estiró los brazos y el cuerpo peligrosamente por encima del andamio.

-No llego –dijo riendo.

-Yo te lo llevo –dijo ella llena de una fuerza nueva.

Bajó a la calle y dio la vuelta a la esquina. Allí estaba él esperándola. Visto tan de cerca le pareció muy guapo.

-Gracias –dijo él –será el postre de hoy.

Ella no supo qué decir.

A las tres de la tarde oyó que la llamaban y salió al balcón. Sentados en el andamio vio a tres hombres, Chimo estaba en el medio repartiendo trozos de melón. A medida que comían iban rebanando los trozos con las navajas y al acabar dejaban caer las cáscaras al vacío.

-¡A tu salud! –dijo uno haciendo un gesto apreciativo con la cabeza.

-¡Gracias! –dijo otro.

Chimo fue el único que no dijo nada pero no le quitaba ojo de encima.

-De nada –murmuró ella y luego se volvió a meter en la casa y pasó el resto del día sonriendo como una tonta sin saber ni lo qué hacía.

 

Otro día, cuando el andamio ya estaba casi a la altura de su balcón, él le preguntó si ella estaba sola. Ella entendió si estaba sola en la vida.

-No, está mi padre –dijo.

-Ah. Pues no se deja ver, no.

-Es que no sale mucho –dijo ella, y aquello era una media verdad.

-Oye, esta noche podríamos vernos, quiero decirte una cosa…

Ella iba a asentir cuando llegaron gritos del interior de la obra. Un trabajador asomó la cabeza tras la cortina de plástico.

-Chimo, deja de pelar la pava y ponte a trabajar.

Chimo le hizo un gesto de despedida y desapareció tras la cortina de plástico.

Eso había sido dos días antes.

 

El día anterior él la había llamado a primera hora de la mañana. Lo oyó enseguida. Había pasado la noche en vela y hacía horas que estaba en la azotea lavando ropa y dándole vueltas a lo que él había dicho.

El andamio ya quedaba a la altura de su balcón y él arrimó un pescante móvil, la  cogió de la cintura y la ayudó a saltar. Cuidado, dijo, se tambalea mucho. Pasaron a través del plástico hasta pisar suelo firme. No parecía que hubiera nadie más en la obra.

Él la miraba fijamente y sonreía. La llevó hasta una estancia con sus cuatro paredes ya construidas pero sin techo donde olía a cemento húmedo y a soldaduras. Por encima de sus cabezas se deslizaban las nubes. Él le ofreció un cigarrillo. Luego se sentaron en el suelo y él le pasó un brazo por los hombros.

-¡Qué bien que hayas venido! –dijo y la atrajo hacia él para besarla.

-¿Qué querías decirme ayer? –dijo ella después.

-¿Eh? –murmuró él.

Sus manos se habían perdido ya entre sus muslos.

-Dijiste que querías decirme una cosa –murmuró ella.

-Que me gustas mucho –murmuró él –ven aquí.

 

Luego se armó una buena. Se había quedado dormida. Un hombre la despertó zarandeándola del brazo. Ella no recordaba dónde estaba ni sabía lo que ocurría. Lentamente regresó de algún lugar muy lejano donde sólo estaban ella y Chimo.

Oyó gritar a Chimo, decía que si lo echaban los denunciaría por tenerlo trabajando sin contrato y sin seguro. Una voz seria le advirtió que marchara si no quería acabar mal. Al poco su voz se extinguió.

A ella la acompañaron a la calle y le dijeron que la próxima vez que se colara en la obra la denunciarían a la policía.

Llamó al timbre de la Sra. Antonia porque no tenía llaves.

Ay, hija, qué le voy a decir yo ahora a tu padre, murmuró la vieja haciéndose cruces al verla entrar descalza y con la ropa maltrecha.

Que por qué me han dejado sola, fue a decir ella pero al final no lo dijo.

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