El nombre de los árboles

En aquella época éramos jóvenes y soñábamos con salir de este mundo y vivir en otro, uno muy verde, tranquilo, lleno del trino de los pájaros. Por algún motivo creíamos que el paraíso estaba ahí fuera. El pasaje o portal hasta ese mundo aún nos era desconocido. En todo caso habría de presentarse ante nosotros de repente, sin avisar, y tragarnos.

Hasta que llegara el momento había que vivir el día a día. En aquella época vivíamos en las afueras de la urbe a la que entrábamos de lunes a viernes para acudir a clase. Los bancos de la universidad se apilaban como graderías en un estadio, llegando hasta las ventanas. Eran de madera, viejos, muchos estaban rotos o astillados, y las largas horas pasadas en ellos escuchando a los profesores daban para mucho soñar. Los profesores entraban, daban su clase y se iban, pocos admitían preguntas, interrupciones o batallas dialécticas, ansiadas por algunos. No por mí, debo decir. Si un profesor me preguntaba algo se me aceleraba el corazón y su desbocado latido hacía temblar el banco en el que me encontraba sentada. Por eso nunca hablaba ni preguntaba nada.

A los profesores no les importaba demasiado lo que hiciéramos, lo que sintiéramos o lo que pensáramos, aunque esto último tendría que haber sido lo más importante, al menos deberían cerciorarse de que pensáramos algo. Pero importábamos solo en cuanto les reportáramos algún beneficio. A su ego le satisfacía tener el aula llena hasta las ventanas, por eso algunos se esforzaban por resultar ingeniosos, mordaces o impertinentes. Los que publicaban tendían a querer vendernos sus libros, éramos público potencial. Yo leía poco, mi intención era más grande que mi voluntad. Siempre llevaba la mochila llena de libros, después de las clases me perdía en los jardines con la intención de sentarme a leer, aunque me costaba mucho concentrarme y enseguida me entraba sueño. También hacía frecuentes incursiones en las bibliotecas, aunque pocas veces pude obtener los libros que necesitaba en préstamo, por falta de ellos, y había de acabar por comprar casi todos los libros que me mandaban leer.

Hacía una carrera de letras y había mucho por leer. Además, yo quería ser escritora.  Aunque cuando me atrevía a confesarlo siempre surgían impedimentos. El más notable de todos ellos fue uno que postulaba que para escribir era necesario saber los nombres de los árboles. Aparentemente, desconocer el nombre de los elementos de la naturaleza era un hándicap importante para cualquiera que pretendiera escribir.

–Mira, bonita, no es lo mismo decir que “las flores de las acacias ya despuntan”, que decir que “los árboles son verdes”, lo cual sería una obviedad y una memez, hay que tener un vocabulario rico y variado para poder hacer descripciones vívidas, ¿cómo andamos de vocabulario? –me preguntaron.

Me encontré sumida en pensamientos, absorbiendo la información y meditando mi respuesta. Enumeré mecánicamente algunos nombres de árboles, los primeros que me vinieron a la mente: roble, haya, álamo, acacia, encina.

–¿Con cinco árboles ya vale? –pregunté estúpidamente.

–¡Anda, esta! Pues no, es que no me has entendido, es que no es solo cuestión de saber los nombres de cinco árboles –dijo la voz consejera con sorna– es cuestión de saber de lo que escribes, no puedes lanzar palabras al tuntún para lucirte, mira, para ser escritor hay que tener “finesse”, visión, filosofía, no se hace escritor cualquiera, hay que tener madera…

Me marché de la universidad aquel día sumida en dudas. Era final de curso y todo el mundo se estaba preparando para la verbena de San Juan. Pero yo iba por la calle como una una zombie, casi sin preocuparme por los estallidos de los petardos que los niños andaban tirando por la calle. En mi mente arreciaban las preguntas. ¿Estaría equivocada? ¿Debía ignorar la pulsión que sentía por escribir porque me faltaban cualidades?

Cuando llegué al barrio gris de la periferia donde había vivido toda la vida estaba triste.

Me fijé en los árboles. Los únicos árboles que había en las calles de mi barrio eran plataneros. Pero era algo más que eso. Comprendí de repente que no solo era necesario saber el nombre de los árboles sino también conocer sus características: si eran perennes o caducos, cuál era su época de floración, si eran frondosos o escuálidos, el tipo de hoja, las características de la madera, etcétera. Todo ello, supuse, para poder ambientar, para poder hacer descripciones vívidas. Si en algún relato había de hacer pasar a un personaje por un bosque, solo podría escribir sobre los humildes plataneros que el ayuntamiento había decidido plantar en mi barrio hacía un siglo. Si había de partir de mi propia experiencia solo podría construir bosques de plataneros.

Quizá era cierto que yo no tenía ni finesse, ni vocabulario, ni madera de escritora. Quizá mi plan de ser escritora era una quimera. Mejor sería que me dedicara a otra cosa, porque estaba visto que para ser escritora una había de ser como poco un genio, estar dotada de poder lírico, visión, filosofía y lo más difícil de todo: “madera”.  Y la madera se tenía o no se tenía.

En mi casa recopilé todo lo que había escrito hasta el momento. Lo que había escrito entre las cuatro paredes de mi cuarto. Sin duda lo que me había dedicado a escribir hasta entonces eran tonterías, sin calidad ninguna. En su mayoría eran poemas estúpidos, historias llenas de tópicos, por mucho que a mí me movieran por dentro. ¿Qué era entonces lo que debía escribir, cómo saber qué era correcto, qué era válido? ¿Cómo hacer para obtener finesse? Eran preguntas que me atormentaban.

Cogí mis cuadernos y los saqué a la calle. Me llegué hasta la esquina donde algunos chavales estaban amontonando trastos viejos para hacer una hoguera. Eché allí mis papeles y di media vuelta. Me prometí no volver a escribir hasta que no tuviera lo que había que tener.

Aquella noche quemaron mis papeles, mis historias, mis poemas. No salí a ver como ardían. Me sentía como quién le da la espalda a un viejo amigo.

Tardaría mucho en aprender que no hay que tener nada más que ganas de hacerlo. Que los cánones y las normas están para romperlos. Que no es necesario gustar a nadie. Que no es necesario brillar. Que no hay que ir a ningún sitio especial a buscar la inspiración. Y parafraseando a un escritor de moda diría que el mejor lugar para escribir es el cuarto propio.

ccalduch©2017

 

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Lector nº 2642

Mi primo Crispín era de natural egoísta y celoso. Esto era algo declarado. Mi madre sabía, por mi tía, que mi primo había llegado a tragarse adornos del pelo y otras cosas de su hermana pequeña.

Crispín y yo éramos primos por parte de madre (él era el único primo que yo tenía) y éramos de la misma edad. Como es normal en esos casos, se esperaba que cuando coincidiéramos en su casa o en la mía jugáramos juntos, compartiéramos los juguetes y nos aviniéramos como buenos hermanos.

Un día de diario en que había fiesta en el colegio fui a casa de mi primo con mi madre. Ella y mi tía tenían cosas importantes que tratar y nos enviaron a jugar. De normal íbamos al cuarto de mi primo, pero en aquel momento lo estaban aseando y la chica nos envió al cuarto de estudio.

Me quedé impresionado por la cantidad de libros que vi en las estanterías. Muchos no habían sido abiertos siquiera. Mi primo me lo debió ver en la cara porque explicó, como excusándose:

-Me los regala mi tío Alberto.

El tío Alberto era hermano de su padre, comerciante y, según mi madre, estaba forrado. Por desgracia, a nosotros no nos tocaba de nada.

Me acerqué a los libros y reseguí los títulos con la mirada: Asimov, Verne, Salgari, las aventuras de Tintín, una colección juvenil de literatura, una enciclopedia universal. Saqué un libro al azar: La vuelta al mundo en ochenta días. Tapa dura, cantos dorados, ilustraciones a todo color.

-Si lo quieres, llévatelo –dijo mi primo.

Asentí, pensando que se trataba de un préstamo.

-Te lo devolveré enseguida –murmuré, acariciando el lomo del libro con disimulo.

-Te lo puedes quedar –dijo él, y elevando el torso como un pavo, añadió– yo no leo.

Su indiferencia hacia aquel tesoro era incomprensible para mí. Pero yo sabía, por traumáticas experiencias anteriores, que mi primo era un veleta. Así que no di mucho crédito a sus palabras y en esta ocasión particular, me hice el propósito de leer el libro y devolvérselo la próxima vez que nos viéramos. Así, además, podría tomar otros libros en préstamo sin cargo de conciencia.

-¿Jugamos o qué? –dijo él.

Había sacado el Monopoly. Tenía obsesión con aquel juego, y siempre que yo iba a su casa teníamos que echar una partida. Yo prefería otros juegos, pero si se le llevaba la contraria se ponía hostil y a mí eso no me convenía.

-¿Das física? –pregunté señalando unos apuntes desordenados que él había apartado de un manotazo para desplegar sobre el escritorio el tablero del juego.

-Sí, tengo examen mañana –dijo, con bastante indiferencia.

Recordé que él cursaba bachillerato de ciencias. Se me ocurrió que igual le convendría aprovechar el tiempo y estudiar algo. Sabía, por mi madre, que sus resultados del trimestre anterior no habían sido buenos.

-Si prefieres estudiar, por mí no te preocupes –dije yo, señalando el libro que me había prestado.

-Qué va –dijo– ya me lo sé todo.

Con la esperanza molida a palos, me senté a la mesa a jugar una vez más al Monopoly con mi primo.

Gané yo esta vez. En el pasado, la cosa habría acabado a golpes. Pero ya éramos mayores y mi primo se contuvo, aunque estaba serio. Recogimos el juego en silencio.

Al poco, mi madre se asomó para avisarme de que era hora de marcharnos a casa. Rápidamente, me puse en pie y me puse el libro bajo el brazo.

-Ese libro no te lo lleves –saltó mi primo– que aún no lo he leído.

Me quedé sin palabras. Mi madre me miró severa y yo, sin rechistar, porque habría sido inútil, dejé el libro sobre la mesa.

A la hora de las despedidas, mi madre y mi tía descubrieron que aún no habían cubierto todos los temas pendientes y estuvieron hablando una media hora más en la misma puerta de la casa. Mi primo me miraba tras la protección de las faldas de su madre con aquella sonrisa odiosa, colmada de satisfacción. Y yo, que querría haberle partido la cara, me hacía el desentendido.

-Bueno, ahora sí que nos vamos –dijo mi madre mirando el reloj– se ha hecho tardísimo.

Mi tía nos despidió con los besos de rigor y promesas fogosas de volver a vernos muy pronto.

En la calle intenté explicarle a mi madre la injusticia de lo del libro y la hipocresía de mi primo.

-Ya sabes que no tenemos otra familia que ellos, así que tienes que llevarte bien con él –ajustició ella.

-Pero, ¿es que no ves cómo es? –protesté indignado.

-Ni peros, ni peros. No sigas por ahí. Si quieres libros te vas a la biblioteca.

Tenía razón mi madre así que me callé la boca. No tardaría, pues, en agenciarme de una tarjeta de lector (me asignaron el número 2642) y así me hice asiduo de la biblioteca.

Sin embargo, la rabia siguió bullendo en mi interior durante mucho tiempo. Una rabia que era hija de la injusticia y de la vergüenza de ser el pariente pobre.

ccalduch©2017

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Triste tigre triste

Llegaron un día a casa después de la compra y encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones y a su mascota Blu en la cama de matrimonio como si fuera el rey de Saba.

-¡Maldito gato asqueroso! –gritó la madre llorando ante su ajuar roto.

Cuando lo recogió de la calle hacía ya más de un año, el padre pensó que Blu –lo habían llamado así por sus ojillos tristes y azules, como el gato de la canción– era un simple cachorro de gato. La niña cayó rendida a sus pies, le hizo fiestas y le puso un cuenco de leche. Ante sus peculiares manchas doradas y marrones los tres se maravillaron. Pero Blu se desveló como caprichoso y déspota ya desde el primer día. El cuenco de leche quedó sin beber mientras él –estaba claro que era un “él” por las dos protuberancias que le asomaban por debajo de la cola– maullaba lastimeramente. A alguien –seguramente a la hija– se le ocurrió que si utilizaban biberón y lo arropaban como a un bebé quizá Blu se tomaría la leche, pero al carecer de tal instrumento, procedieron a alimentar a la recién adquirida mascota utilizando una jeringa de cocina con la que regaban la boca del animal con chorritos de leche de vaca cada tres horas.

Así pues, Blu creció entre algodones, y creció mucho y cada vez fue necesitando más espacio y alimento. En seis meses pasó a alimentarse exclusivamente de carne, unos 2 kilos al día, pero estaba tan malcriado que a menos que le dieran la carne cortada a trocitos no la tocaba. Sus desperdicios generaban problemas adicionales ya que después de hacer sus necesidades la casa apestaba durante horas. La familia soportó estoicamente aquellas inconveniencias, creyendo que era lo que todo el mundo que tenía mascota soportaba en mayor o menor medida.

Al año, Blu fue volviéndose consciente de su soledad y de noche salía al balcón y aullaba a la luna como un perro lobo. Sus llamados se oían a kilómetros a la redonda y a menudo acudía la patrulla municipal creyendo que se trataba de algún tipo de sirena o alarma. Los vecinos no estaban nada contentos, como puede intuirse, pero no se quejaban porque les tenían aprecio a los de aquella casa, si no mucho al menos el normal entre vecinos de toda la vida. Los de la casa creían que el gato simplemente echaba de menos a un compañero de su misma especie, y como no eran gente moderna y creían en el destino, no consideraron siquiera la idea de acudir al veterinario que los habría sacado de su error de un plumazo.

No fue hasta aquel día en que al regresar a casa encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones, que se dieron cuenta de que algo no marchaba conforme a lo esperado. Blu los miraba como si no los conociera, y cuando la madre intentó hacerle bajar de la cama a escobazos, gruñó y enseñó los dientes.

-Pero, ¿tú has visto? ¿Será capaz de morderme este sinvergüenza? –se quejaba la madre.

-Capaz es. Vámonos –ordenó el padre– venga, todos fuera, vamos.

Salieron al rellano de la escalera donde se habían acumulado algunos vecinos alertados por la escandalera. Algunos, sobrepasados los límites de su paciencia, amenazaban con llamar a la policía. Tener abandonada así a una mascota no es de recibo, aducían. El pobre animal se había pasado la tarde llorando de hambre, era cruel marcharse tan campantes y dejarlo sin comer. ¿Acaso creían que él se portaría así con ellos dado el caso? Para tratar así a una mascota era mejor no tener ninguna, etcétera.

Por suerte lograron deshacerse de los vecinos expresando contrición y propósitos de enmienda. Cuando se quedaron solos, María se volvió a su marido.

-Pepe, tienes que hacer algo.

-No sé yo… –titubeó Pepe– creo que deberíamos llamar a alguien para que le den una inyección, está muy alterado.

-Pepe, ¿no me dirás que quieres que lo maten? –María lo miraba con asombro.

-No, no, un tranquilizante, quería decir.

-¿No será que le tienes miedo?

-¿Yo, miedo? Qué va, mira, ya mismo entro.

Cuando Pepe estaba a punto de entrar en la casa y dejarse morder por Blu para demostrarle a María que él no era ningún cobarde, su vecina de rellano se asomó a la puerta. Pepe que era muy malo para los nombres, de repente recordó que aquella vecina se llamaba Salvadora, y no pudo evitar pensar que nunca hubo un nombre mejor puesto.

-¡Chist! Pasad, hacer el favor –instó la vecina.

Entraron. A la niña le sacó unas pastas y la puso ante el televisor, a ellos los hizo pasar a la cocina y les sirvió un café.

-A ver, lo que tenéis ahí no es un gato –empezó.

-¿Y qué es sino? –preguntó Pepe con incredulidad.

-Un tigre de bengala –aseveró la vecina abriendo bien los ojos para dar mayor énfasis a sus palabras.

-No, no –interpuso María– Blu es un gato, lo que pasa es que se ha hecho un poco más grande de la cuenta, ¿a que sí, Pepe?

Pepe asintió mecánicamente como siempre que ella le preguntaba algo en aquel tono, pero había empezado a dudar. Lo que decía la señora Salvadora tenía sentido.

-¡Que sé lo que me digo! –insistió la vecina– Y lo sé porque desde que murió Nicanor, mi marido, solo veo documentales de la 2.

-¿Y si es así qué hay que hacer? –preguntó Pepe.

-Pero… pero Pepe! –interpuso María.

-¡Ni Pepe, ni ostias! –exclamó Pepe– eso que tenemos en casa no es un gato, eso está claro. Hay que ser tonto para no darse cuenta.

-Ah, ahora soy tonta, ¿no? –siguió María ofendida.

-¡Noo! –exclamó Pepe en tono conciliador– yo no he dicho que tú fueras…

-Era solo una manera de hablar –le ayudó de nuevo la vecina.

-Eso –dijo Pepe, doblemente agradecido a la vecina en su fuero interno– era solo una manera de hablar.

-Mirad –siguió la vecina– lo que haremos es llamar al ayuntamiento, ellos sabrán dónde hay que llevarlo.

-¿Y a dónde lo van a llevar? –preguntó María.

-Pues no sé, a la perrera de tigres, supongo –dijo la vecina.

-A la tigrera –añadió Pepe.

-¡Mira que eres, eh! –se quejó María– Como estamos y tú con bromitas. A saber lo que estará haciendo aquella bestia en nuestra casa.

-Mujer, no te lo tomes a mal, era solo por hacerte reír un poco, que estás muy tensa. Ven aquí.

Pepe intentó abrazar a María, pero esta se echó a un lado. Él insistió y al final ella se dejó.

-Bueno, ¿qué, llamo o qué? ­–interrumpió la vecina algo molesta ante las muestras de afecto entre la pareja, que le hacían sentir un poco de envidia cochina y también nostalgia por su Nicanor muerto.

-Llame, llame –dijo Pepe al final– que en la tigrera faltan tigres.

María se echó a reír.

-¡Mira que eres tontorrón!

La vecina pensó que en realidad eran muy tontos los dos, pero eran jóvenes y tenían derecho. Así que llamó al ayuntamiento y enseguida la calle se llenó con la estridencia de las sirenas.

ccalduch©2017

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Hem’s Nursery

And to think that we almost passed.

Let me tell you why. It was overcast. It was the end of that relentless Midwestern summer you had loved so. And there were still so many things to do, last things to buy and jam in suitcases, people to see, long goodbyes to bid, tears to hide and swallow.

But we went, in spite of all. It was a short drive. After all, you were born not far from the windy city and the lake. And so, uninvited, unexpected, we went to meet your house.

Right there in front of our eyes your first house stood, behind and old oak tree, shyly bathing in the late summer sun, with its round porch and the usual ghosts in the attic.

The door was open, the house waiting for visitors. We entered.

Standing in the foyer, I thought, one hundred years back and more, of a grandfather-to-be opening that same door to welcome a future, but yet unknown, in-law. Then, praises to the house and a firm shake of hands, and like that, in a split second, the house was sold.

Soon began the moving-in with the young daughter, a diva, a would-be soprano, and the ill mother. In the piano room the daughter’s voice would spread from her finger tips to the end of the house, to be met with great applause and promises of a future bright.

And then, the unexpected: her eyes blinded by the powerful light beams, failure, and the desperate final cry was heard for miles. Slowly, she would come to accept her fate, and all day long it was her piano which was heard in the house, there was constant music escaping into the distance like spilled stars across the sky and shrill childish voices filled the house and stung her poor ears.

The modest wages of a music teacher, the father’s failing finances, a mother’s illness and death, unpaid doctor’s bills, the maids’ demands, and her moody temper, all spelled disaster, but then, just in time, there was a knock on the door.

-Who was that, dear?

-The young doctor from across the street, father.

-¿Why, the doctor? Are you ill?

-No, father, I am not ill, it is just that he wants to marry me.

-Do you love him, my daughter?

-I don’t know, father.

-Do you think you could grow to love him?

He was not wealthy, but his eyes were sincere and warm.

-May-be.

-Well, then…

And so, like that, she took him.

And then came social engagements and preparations: parties, dresses, lace and frills and last-minute nerves till the day of the wedding dawned and finally came to pass. And then the first night fell heavy on the house, like any first night, and finally her fears were put to rest.

Time passed and her first babe was due and the grandmother-to-be presented her with the nursery furniture and rules and specifications. The nursery was to be set up in the most eastern room so as to get the first rays of the sun, it was to look upon the back yard, away from the noisy street, the shades would be made of an off-white cotton, the carpet a light mauve. She had other ideas and her ideas would be heard. She went to him, teary eyed and whispered.

So, the nursery was set up in the most southern room and there were silk shades in the windows and roses on the carpet. And soon after, a baby girl came along to occupy it. And later, you, out of the dark, amidst her sweat and her cries, brawling into a summer night, were born.

Only six years you lived in that house. Spring days were spent roaming outside, feeding birds and squirrels. Summer days would be spent by the river, fishing and drifting on your father’s boat, on long rides to far away Indian camps, breathing in the wooden smoke of the bonfires and the endless stories. In the fall, your feet would trample on the dry leaves of the backyard and the dark days of winter would be spent listening to your grandfather’s stories of old and bygone wars, till your eyes would well up with life’s wonders.

And all that you learned in that house, in those years, you later gave back to the world through your writings.

And to think that it all started in that house, which still stands in the same spot, behind the old oak.

ccalduch©2017

TRADUCCIÓN

LA CUNA DE HEM

 

Y pensar que por poco pasamos de ir.

Déjame que te explique el porqué. Estaba nublado. Se aproximaba el final del verano inclemente del Medio Oeste que tú tanto habías amado. Y aún nos faltaban tantas cosas, las últimas compras que hacer para luego embutir en las maletas, parientes que ver, largas despedidas, lágrimas que esconder y tragarse.

Pero al final fuimos a pesar de todo. No quedaba muy lejos. No en vano naciste cerca de la ciudad del viento y del lago. Y así, sin invitación, sin que nos esperara nadie, fuimos a conocer tu casa.

Allí estaba, frente a nosotros, tras un roble viejo, bañada suavemente por el sol del verano tardío, con su porche circular y fantasmas en la buhardilla, como los de cualquier casa que se precie.

La puerta estaba abierta, la casa esperaba a visitantes. Entramos.

En el vestíbulo me vino a la mente una escena de hace cien años o más, el futuro abuelo abriendo aquella misma puerta para recibir al que habría de ser, aunque aún ninguno de los dos lo supiera, un consuegro. Acto seguido, alabanzas a la casa, un apretón fuerte de manos, y así, en un instante, se ultimó la venta.

Pronto comenzó la mudanza con la hija, una diva que algún día sería soprano, y la madre enferma. En la habitación del piano la voz de la hija se extendería a lo largo de sus dedos hasta los confines de la casa, y sería recibida con grandes aplausos y promesas de un gran futuro.

Y entonces pasó lo inesperado: el fracaso, sus ojos no soportaron la presión de los potentes focos, y entonces su grito desesperado se oyó desde varias millas a distancia. Lentamente, se conformaría con su destino y todo el día sonaba el piano en la casa, la música escapaba como estrellas desparramadas por el cielo y la casa se llenó de voces chillonas de niños que le lastimaban sus pobres oídos.

Su paga modesta como profesora de música, las finanzas precarias del padre, la enfermedad y muerte de la madre, las facturas médicas pendientes de pago, las exigencias de las criadas, todo ello no se avenía con su carácter, suerte que justo entonces alguien llamó a la puerta.

-¿Quién era, cariño?

-El joven medico que vive al otro lado de la calle, padre.

-¿Cómo que el medico? ¿Estás enferma?

-No, padre, no estoy enferma, solo que quiere que me case con él.

-¿Tú le quieres, hija?

-No lo sé, padre.

-¿Crees que podrías llegar a quererle?

No tenia dinero, pero sus ojos eran sinceros y cálidos.

-Qui…zá.

-Bien, pues.

Y así, sin más, lo aceptó.

Entonces todo fueron compromisos sociales y preparativos: fiestas, vestidos, puntillas, velos, y los nervios del ultimo minuto hasta que llegó y pasó el día de la boda. Y la primera noche cayó sobre la casa, como cualquier primer noche, y finalmente sus miedos se desvanecieron.

Pasó el tiempo. Iba a tener a su primer hijo y la futura abuela le regaló los muebles de la habitación del bebé y le trajo también normas y requerimientos. La habitación del bebé tenía que estar orientada al este para que le diera el sol de mañana, tenía que dar sobre el jardín interior para estar protegida del ruido de la calle, las cortinas habían de ser de algodón de color crema, la alfombra de color malva. Ella tenia otras ideas, y sus ideas se acabarían imponiendo. Acudió a él, con lágrimas en los ojos y susurró en su oído. Así que la habitación del bebé sería la que estaba orientada más al sur, tendría cortinas de seda y rosas pintadas en la alfombra. Pronto llegó la primer ocupante, una niña. Y luego en una noche de verano llegaste tú, bramando a través de la oscuridad, entre sudor y gritos.

Solo seis años viviste en aquella casa. Los días de primavera los pasabas correteando en el jardín, dándole de comer a los pájaros y a las ardillas. Los días de verano los pasabas en el río, pescando o en la barca de tu padre, de camino a lejanos campos donde vivían los indios, tragando el humo de las hogueras y las historias que no acababan nunca. En otoño, correteabas sobre la alfombra de hojas secas del jardín y los largos días del invierno los pasabas escuchando las batallitas de tu abuelo, creciste con los ojos llenos de maravillas.

Y todo lo que aprendiste en aquella casa, durante aquellos años, lo devolviste después al mundo con tus textos.

Y pensar que todo empezó en aquella casa, que aún sigue allí, tras el viejo roble.

 

 

ccalduch©2017

 

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Un caso particular

Hace unos días me ocurrió un caso. Sin que sirva de precedente, yo que no soy amiga de relatar notas biográficas, voy a contarlo. Los (pocos) osados que me siguen en mi blog saben que suelo contar historias más o menos lacrimógenas, con voluntad, seguramente demasiado presuntuosa, de cavar túneles hacia el inconsciente colectivo. Pero creo que hoy debo hacer una excepción y relatar el episodio personal que viví hace unos días y para el que no encuentro explicación.

Que vaya por delante que nunca he creído demasiado en el más allá, ni en magias, ni en el supuesto poder de pócimas de amor o de brujos o brujas, ni de los de antes, ni de los de ahora. Por consiguiente, no tengo manera de calificar, ni de clasificar de manera racional, lo ocurrido sino es como una jugada de mi subconsciente que en un momento de gran tensión acudió en mi ayuda.

Pero debo empezar sin más preámbulo.

Se dio la circunstancia de que unos días atrás me convocaron a unas pruebas de promoción dentro de mi departamento, gracias a las cuales -siempre que las supere, claro está- podré mejorar sustancialmente mi posición. Cuento con un buen currículum y años de experiencia en la rama administrativa para la que se convocó el concurso, así que no puedo decir que estuviera excesivamente nerviosa el día de la prueba -quizá estaba un poco ansiosa porque temía llegar tarde y por eso llegué bastante antes de la hora indicada en la convocatoria y tuve que esperar en la puerta un buen rato hasta que abrieron.

Las pruebas se llevaron a cabo en un antiguo monasterio medieval que durante una época oscura de la historia llegó a ser una prisión, y que a finales del siglo XX fue reconvertido en oficinas de la administración pública. Yo había estado allí anteriormente, una vez fue para una reunión informativa sobre el mosquito tigre y otra vez fui a una formación de un nuevo programa informático de mi trabajo. No me había parecido que el lugar fuera excesivamente lúgubre ni opresivo a pesar de que sabía cuáles habían sido sus funciones en el pasado. La verdad es que realizaron un excelente trabajo de carpintería y de iluminación en el interior del edificio, y aparte del claustro, que solo se puede ver a través de las ventanas superiores, no queda ningún signo visible de las prestaciones que tuvo aquel edificio a lo largo de la historia, por lo que nadie que no conozca de entrada su origen se atrevería a decir que aquel lugar moderno y funcional había servido para otra cosa que no fueran trámites administrativos.

Mientras esperaba a que abrieran, se fue congregando en la puerta un gran número de personas. A las nueve en punto un bedel salió a abrir y deslizó un taco en el suelo para mantener la puerta principal abierta. Finalmente entramos. El bedel dijo que los que habíamos de realizar la prueba debíamos esperar allí mismo, en el vestíbulo, a que nos llamaran.

Pasó una media hora durante la cual me dediqué a visitar el cuarto de baño repetidas veces, comprobar mi documentación una y otra vez y morderme las uñas. A las diez menos cuarto en punto salió un funcionario del interior de una sala con una lista en la mano y empezó a leer nombres. Cuando oí que me llamaban, me presenté ante él con mi documento de identidad en la mano. El hombre le echó una rápida ojeada y me indicó con un gesto de cabeza que pasara a la sala.

En la sala había otro funcionario, que sonreía vagamente pero sin mirar a los ojos, que me indicó que tomara asiento. Me senté a una mesa sobre la que había un cuadernillo vuelto hacia abajo y que contenía la prueba. Siguiendo instrucciones coloqué sobre la mesa –digo mesa, pero era más bien un escritorio o pupitre escolar de madera que yo no había visto desde mis tiempos de estudiante- mi documento de identidad, que debía permanecer a la vista a lo largo de toda la prueba, y un par de bolígrafos. Sin nada más que hacer de momento, me crucé de brazos a esperar de nuevo.

La visión de los escritorios, de la pizarra negra en la pared y la tarima donde habrían de colocarse luego los funcionarios examinadores me retrotrajo a mis años de instituto y a las noches pasadas en vela con los codos pegados a la mesa. Sospecho que perderme en aquellos recuerdos pudo ser el detonante de la desconexión con la realidad que experimenté luego y que dio lugar a las visiones que tuve y que ya estoy tardando en relatar.

El resto de candidatos fue entrando lentamente en la sala, que era rectangular y bastante alargada y estrecha, y cuando ya estuvimos todos dentro se cerró la puerta con un estruendo de sarcófago tal que no pude evitar dar un respingo. Los dos examinadores subieron a la tarima al frente de la sala, uno de ellos miró fugazmente hacia el reloj que había colgado al lado de la pizarra y dijo que aún faltaban cinco minutos para empezar. Hasta entonces, no podíamos tocar el cuaderno de preguntas que teníamos en la mesa ante nosotros. Entretanto, el segundo examinador repasaba la lista de convocados advirtiendo en voz baja a su compañero que había fallado bastante gente.

En verdad habían quedado muchos pupitres vacíos. Conté rápidamente a unas treinta personas en la sala, que desistí de estudiar en profundidad para evitar ponerme nerviosa calculando las potencialidades de cada uno. Me había tocado sentarme hacia la mitad de la sala y de repente me asaltó la duda de si sería capaz de leer lo que los examinadores escribieran en la pizarra, si es que escribían algo, ya que padezco de un grado alto de miopía. Sin embargo, no pedí cambiar de asiento, aunque habían quedado varios vacíos justo en la parte de delante, y no lo hice por miedo a suscitar rechazo en los examinadores y por evitar la escena. Respiré hondo, me clavé bien las gafas en la nariz y me dije que todo iría bien.

Seguí paseando la vista por la sala y me encontré estudiando unos pequeños salientes en la parte superior de las paredes laterales que hacían las veces de pequeña repisa natural. Me pregunté por qué habrían colocado sobre cada repisa una vela encendida y me sorprendió no haber notado el característico y desagradable olor a cera quemada hasta el momento. Me pregunté también si no contravendría la normativa anti incendios tener velas encendidas en un lugar público, pero no me atreví a decir nada viendo que nadie más parecía extrañado ni molesto. Me dije que mejor sería que me concentrara en la tarea que tenía ante mí y que me olvidara del olor intenso a cera quemada que se estaba extendiendo por la estancia.

Pasados los cinco minutos de rigor, uno de los examinadores pasó a explicar las instrucciones de la prueba. Lo primero que dijo fue que debíamos apagar los teléfonos móviles. Tan solo dos o tres personas se movieron. El examinador nos advirtió de que si sonaba un móvil durante la realización de la prueba se anularía la prueba del dueño del mismo. A la sazón, se produjo un afanosa búsqueda en bolsos y bolsillos por parte de muchos más candidatos que antes. Yo no tengo móvil así que no tenía de qué preocuparme. Cuando, al parecer, ya no quedaba ningún móvil encendido en la sala, el examinador continuó con las instrucciones.

La voz del examinador era monótona y tenue y me llegaba como ahogada bajo otra voz, una voz paralela que fue ascendiendo hasta anularla casi por completo. Imaginé que el candidato a mi lado estaba repitiendo las instrucciones en voz baja y le hice un gesto para que se callara. El examinador pidió atención y siguió con su perorata, pero yo apenas lograba oír ni una palabra de lo que estaba diciendo. Lo único que me llegaba a los oídos era la misma letanía incomprensible de antes que fue adquiriendo un volumen cada vez más elevado.

Pensé que quizá estaban pasando una película en una sala continua, o algo así, y levanté la mano para expresar mi malestar. El examinador me miró algo impaciente. Le dije que no podía oír bien debido al ruido de fondo y le pedí que hablara más fuerte. El examinador se esforzó por complacerme, pero yo seguía sin oír nada, solo lograba escuchar aquella voz tan extraña que hablaba en un idioma incomprensible para mí.

A nadie más parecía molestarle aquella situación y decidí no decir nada más, pero lentamente me invadió un sudor frío y sentí principios de pánico. El segundo examinador se acercó a mí. Tranquila, dijo, respira hondo. Gracias, dije, ¿podrían apagar las velas? Me molesta mucho el olor.

El hombre me miró extrañado. Yo miré hacia las velas y señalé la más próxima a mí, la llama oscilaba en el aire y la cera caliente se estaba derritiendo lentamente sobre la base de la repisa. Era muy evidente para mí, pero aquel hombre parecía no ver nada. Me dijo que respirara hondo, que todo iría bien y después de darme una palmada en el hombro, se alejó.

Me dije que debía calmarme. Hice un par de respiraciones profundas y esperé hasta que el examinador anunció el inicio de la prueba. Entonces le di la vuelta al cuaderno confiando en poder completar la prueba aunque no me había enterado de la explicación y la dichosa voz siguiera recitando lo que fuera que recitara, impidiéndome pensar con claridad. Me dije que si a lo largo de la prueba encontraba alguna dificultad siempre podría preguntar mis dudas a los dos examinadores que para eso estaban allí.

A la sazón, miré hacia los examinadores y de repente vi frente a la pizarra a un hombre vestido con un sayo blanco y capucha. Estaba encaramado en una tarima de madera y tenía ante sí un gran libro del que parecía estar leyendo. La misteriosa voz provenía de su garganta. En un momento súbito de lucidez comprendí que el idioma en el que el hombre estaba leyendo era latín.

Bajé la mirada y negué con la cabeza. Me dije que aquello no era verdad. Me pregunté si no estaría soñando. Quizá estaba soñando con que estaba haciendo ya la prueba, pero en realidad estaba dormida. Me toqué la cara, toqué la mesa con las manos, todo era sólido y real. No era ningún sueño.  Me dije que debía concentrarme en las preguntas que tenía ante mí en el cuaderno. Haciendo un esfuerzo supremo intenté leerlas, pero no pude. Las letras impresas bailaban ante mis ojos y yo era incapaz de hilvanar los sentidos de las palabras.

Uno de los examinadores advirtió mi angustia y se acercó a mí. Me preguntó si me encontraba bien y si acaso no necesitaba salir a tomar un poco el ai…

A partir de aquel momento dejé de comprender lo que decía. No sé cómo ni por qué, pero no entendía su idioma. Sin embargo, las palabras del monje se abrieron paso en mi mente por primera vez con total claridad:

In mense autem sextom,

missus est angelus Gabriel a Deo in civitatem Galilaeae,

cui nomen Nazareth,

ad virginem desponsatam viro,

cui nomen erat Ioseph,

de domo David,

et nomen virginis Maria…

Atónita, levanté la mirada que se cruzó con la del monje que al verme dejó de leer. Me miró también durante un largo rato y luego alargó la mano. Veni huc, dijo con voz clara y autoritaria.

Como empujada por una fuerza invisible, me puse en pie y caminé hasta él. Nadie me lo impidió, los examinadores y los demás candidatos se clarearon como un reflejo en el agua hasta desaparecer a medida que aparecían a ambos lados de la sala unas mesas alargadas donde otros monjes vestidos también de blanco, estaban sentados comiendo de unos cuencos de madera.

Cuando llegué a su lado, el monje me señaló la línea en el libro desde la que debía continuar leyendo, entonces él se bajó de la tarima y me cedió su lugar. A la luz de las velas empecé a leer:

…et ingressus ángelus ad eam dixit:

Ave gratia plena:

Dominus tecum:

benedicta tu in mulieribus.

Quae cum audisset,

turbata est in sermone eius,

et cogitaban qualis esset isla salutatio.

Et ait ángelus ei:

Ne timeas Maria,

invenisti enim gratiam apud Deum:

ecce concipies in utero,

et paries filium,

et vocabis nomen eius IESUM…

 

Seguí leyendo  sin tropezarme con las palabras cuyo significado era totalmente transparente para mí. El libro del que leía era de un maravilloso dorado, las letras eran enormes y estaban escritas en tinta de diversos colores. Nadie en la sala hablaba. Todos escuchaban atentos y yo sentía que a medida que leía se iba fundiendo el miedo en mi interior y solo me quedaba sitio para la paz.

Al cabo de un rato, sonó una campanilla y el monje que me había dado paso se acercó a mí y me hizo una seña. Había acabado la comida. Los monjes empezaron a desfilar, alguien apagó las velas. La sala quedó vacía y yo me quedé sola.

Me bajé de la tarima y deshice el camino andado. Lentamente reaparecieron ante mí los candidatos sentados a sus mesas y los dos examinadores al frente de la sala.

La mejor explicación que se me ocurre es que fue como si en un escenario teatral se hubiera iluminado una escena mientras se oscurecía otra. Nadie pareció darse cuenta de que yo había pasado de una escena a otra, así que me senté en mi escritorio sin más.

Sobre mi mesa seguía el cuaderno de la prueba, mi documento de identidad y mis bolígrafos. Nadie había tocado nada. El cuaderno seguía en blanco, pero no sentí ningún tipo de ansiedad. De hecho, cuando miré el reloj vi que no habían pasado ni cinco minutos desde el inicio de la prueba. Con aquella paz insólita que me inundaba, me enfrenté a las preguntas y las respondí todas sin que me temblara el pulso. Acabé la primera, entregué el cuaderno y me marché. En la calle el sol del mediodía me bañó con su luz blanca. Nunca antes en mi vida me había sentido tan en paz con el mundo.

Con el paso de los días los detalles de aquel episodio se van difuminando lentamente en mi mente, pero no así la sensación de paz que sentí y que aún me dura. Como ya he dicho no creo en magias. Pero sí creo que para algunas cosas simplemente no existen palabras.

 

ccalduch©2017

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