Llegado el día

El día temido la asaltó por sorpresa. Luego, cuando ya había pasado todo, por la tarde, le dijeron que vendrían al día siguiente, hora indeterminada, a llevárselo. Vendrían una enfermera y un secretario judicial y después de ella firmar se lo llevarían, sin ceremonias, sin contemplaciones, sin atender a sus peticiones de poder verlo algún día aunque solo fuera de lejos, aunque solo fuera para saber que estaba bien.

 

Pasó la primera y la última noche con él en brazos, luchando contra el sueño, oliendo su cabello oscuro, estudiando sus rasgos, la naricilla redonda, la carita roja, aún tumefacta. Estaba entero, era perfecto, grande, hermoso y fuerte, un guerrero, un superviviente. A falta de nanas, le canturreó una canción que había oído cantar a su madre, a la que apenas recordaba, que hablaba de perfumes y de muerte. Poco apropiado, quizá, pero qué más daba eso si su corta vida ya venía marcada por la violencia: desde la concepción (la sujetaron entre cuatro mientras se turnaban sobre ella) al nacimiento (hicieron falta hierros para arrancárselo de dentro, como si él ya supiera lo que iba a ocurrir y se negara a separarse de ella). Tras horas de lucha, había salido con la cara roja y los puños en alto, furioso, bramando, pidiendo venganza o justicia, sin saber que las dos les son negadas por sistema a los indefensos.

 

De madrugada entró una enfermera, los vio dormidos, sintió pena y no los tocó.

 

Llegaron, al mediodía, las tres figuras como cuervos. 

Para qué hacerte la vida más difícil, firma y acaba con esto. Era el cura del pueblo el que le habló así. A ojos de muchos, era sabio y caritativo. Sabes que has obrado mal, quién sabe cuántas veces, y ahora ha llegado el momento de pagar por ello, pero no sufras, Dios perdona y a ti también te perdona y algún día mirarás atrás y sabrás que en este día hiciste lo correcto

No dijo nada. Podía haber preguntado dónde estaba Dios aquel otro día del que nunca hablaba, después de la fiesta, en el gimnasio donde la encerraron entre cuatro. Nunca confesó qué ocurrió, quién fue, quienes fueron. Cargó con la culpa sin culpar a nadie, no por miedo a sus amenazas, sino porque quién era ella, quién la iba a creer a ella, nadie.

 

Pusieron los papeles y una pluma en la mesa bajo la luz del sol. Le costó levantarse, sintió dolor, la sangre brotando de su interior como una catarata, se le nubló la vista mientras caminaba hasta la mesa. Le temblaba el pulso y le salió una firma torcida, fea, desconocida. Casi no había acabado cuando el secretario, un hombre estirado, de facciones indefinidas, escondidas tras una barba espesa y gafas oscuras, le arrancó los papeles de las manos. Al mismo tiempo la enfermera se inclinaba sobre la cuna. Entonces ella se puso en pie de un salto instintivo, como de gato, que hizo que se le volviera a nublar la vista. La mano huesuda del cura se interpuso. 

Ya está hecho. No hay vuelta atrás, dijo clavando sus ojos de águila en ella, es lo mejor para él y para ti. Él tendrá una buena vida con una familia, y cosas que tú no podrías darle nunca, a cambio tú podrás seguir con tu vida como si esto no hubiera pasado, y esperemos que ahora que ya sabes lo que es la vida uses más la cabeza.

 

Se marcharon. La puerta se cerró tras la comitiva, cayendo en las bisagras como una sentencia. Se quedó sola ante la cuna vacía. De la cuna sacó las sabanitas, las dobló y se metió en la cama con ellas. Las abrazó contra su pecho y las olisqueó como hacen las perras castradas.

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El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

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Día de Reyes

Una mañana de reyes mi padre me dijo que mi tía Vicenta, ya de una cierta edad, estaba muy mal. Por la manera en que hablaba, deduje que estaba en las últimas. Me sentí mal porque hacía tiempo que no iba verla. Pero lo cierto es que había estado muy ocupado y además, no me gustaba mucho ir por su casa, por motivos que no vienen al caso. Sin embargo, si era cierto que mi tía estaba grave, era mi obligación ir a verla y no había más que hablar. Así que cogí el coche y fui a su casa. Aparqué mal, pero dejé en el salpicadero la tarjeta que usaba cuando hacía visitas a domicilio, con la esperanza de que no me multaran.

Empezaba a llover con fuerza cuando salí del coche. Me había olvidado el paraguas, para variar, y tuve que ir por la calle buscando el refugio de los balcones. Encontré abierto el portal del bloque donde vivía mi tía. Entré y subí hasta el quinto piso, toqué el timbre. Al poco, oí pasos y la tapa de la mirilla desplazándose. Una voz, con tono juvenil, pidió:

–Santo y seña.

Me extrañó aquello. No supe qué esperaban que dijera, y entonces murmuré algo que me vino a la mente sin pensar, algo que mi tía Vicenta solía cantarme de pequeño:

–Pepito, pepón… cómete un roscón –murmuré de manera apenas audible.

Enseguida oí los varios cerrojos desatrancándose y la puerta se abrió lentamente hacia adentro, hacia el pasado. Vi reflejada en el espejo del recibidor mi figura de niño repeinado, con abrigo largo de lana, pantalones cortos. Me llegó claramente el olor a las rosquillas que hacía mi tía siempre los días de reyes, mezclado con el de los juguetes nuevos y mis ansias por estrenarlos. Sin embargo, ante mí no estaba mi tía, sino una mujer de cara aniñada, que llevaba trenzas y un peto azul, mascaba chicle y me miraba expectante.

–Soy Pepe, el sobrino de la Sra. Vicenta –anuncié.

–Sí, ya lo sé, no te acuerdas de mí, ¿a que no, Pepino?

–Pues no, lo siento –dije.

–Pues entonces no entras –dijo ella con retintín.

Sentí unas ganas enormes de tirarle del pelo y deshacerle las trenzas a aquella atrevida. Creo que hasta di un paso amenazante hacia ella. Y creo que ella retrocedió, pero sin dejar de mirarme con descaro. La verdad es que me sorprendió la súbita acometida de mi rabia. Quién era ella para impedirme entrar en casa de mi tía, me preguntaba. Sin embargo, pensé que por su manera familiar de tratarme podría ser una sobrina política de mi tía que estaba allí para cuidar de ella, alguien a quién quizá conocí en otro tiempo y que había olvidado. Porque ¿qué otra cosa podía estar haciendo allí aquella mujer, sino cuidar de mi tía? Algo de lo que yo no podía presumir, así que se imponía la prudencia.

–¿Y la tía, está en la cama? –pregunté.

–No, está en el salón –dijo.

Entré y me dirigí hacia el salón. Allí, una vaharada de Vicks y de eucalipto me dio la bienvenida. Encontré a mi tía, sentada en una butaca, tapada con mantas y manteletas. Tenía la cara roja y tumefacta, apenas se le veían los ojillos. Me agaché a su lado.

-Hola, tía –dije en voz baja.

–¡Pepino! –exclamó ella alzando el rostro hacia mí–. ¡Dichosos los ojos!

–¿Qué te ha pasado en la cara? –dije, horrorizado por como la vi–. ¿No tendrás un flemón?

–¿Un flemón? Lo que me faltaba –rió ella–. Es de los medicamentos.

Debí haber supuesto que el edema era consecuencia de la medicación. Ni siquiera comprendía de dónde me había salido aquello del flemón. Tuve un momento de pánico del principiante y para que no se me notara, hice ver que examinaba con interés los remedios que había sobre la mesilla auxiliar.

–¿Esto te han dado? –pregunté mostrándole una caja de píldoras.

Me salió un deje casi despreciativo y mi tía se alarmó.

–¿Es que no es bueno, hijo? Es para los ahogos.

–Sí, sí, está bien –admití-– solo que es algo fuerte y te dará sueño, ¿o no?

–Un poquito sí –dijo.

Le toqué la frente. No me pareció que tuviera fiebre. Le tomé el pulso. Lo encontré normal.

–Te voy a auscultar –murmuré, volviéndome a buscar mi maletín que no encontré–. Será posible… me lo he dejado en el coche, bajo a buscarlo, enseguida vuelvo.

–Uy, quita, deja… –dijo ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

Primero lo del flemón y ahora este descuido imperdonable. Ya veía a mi tía, que tenía fama de chismosa, llamando por teléfono a nuestros parientes para informarles de mi ineptitud. Era lo que me faltaba. Hasta ahora solo había encontrado resistencia y desconfianza en mi familia. Incluso mi propia madre solo me dejaba tratarla de sarpullidos de eccema. De mi padre, mejor no hablar. Yo me preguntaba de qué servía que me hubieran pagado la carrera de medicina para luego seguir yendo, como si nada, a su médico de toda la vida.

–Pero, siéntate, no estés ahí de pie –dijo mi tía señalando el sofá–. ¿Tienes hambre?

Cómo explicarle que yo no había ido hasta allí a comer ni a hacerle una visita de cortesía, que aunque aquel día fuera fiesta, no era un domingo de los de mi infancia en el que el tiempo se hacía lento mientras los adultos comían y se entregaban a tertulias inacabables y aburridas mientras tomaban café. Cómo explicarle a mi anciana tía que yo era una persona muy ocupada, que comía casi siempre en la cafetería del hospital y que no tenía tiempo para tertulias. Sin embargo, sabía que, si no entraba en su juego, me iría de allí de vacío, sin haber determinado qué era lo que tenía realmente.

–Un café sí tomaré –claudiqué.

–¿Solo café? No quieres unas…

–No. Solo café, gracias –la interrumpí.

Mi tía intentó incorporarse, pero los brazos no la sostuvieron y al final tuvo que dejarse caer en la butaca.

–Pero, tía, ¿qué haces? –dije–. Ya voy yo a por el café, o si no se lo diré a tu sobrina.

–¿Qué sobrina?

–¿La chica que me ha abierto no es…

–¿Rosabel? Qué va. Es la hija de la vecina, que la estoy cuidando. Su madre tenía que trabajar hoy… pero oye, si tú ya la conoces, tú y ella habéis jugado juntos otras veces aquí.

Yo no conocía a aquella muchacha de nada. Mi tía debía estar confundida. Iba a preguntarle algo más al respecto, ya que aquella digresión de su memoria me intrigaba porque podía ser un síntoma de una enfermedad grave. Sin embargo, ella cambió de tema y yo me distraje.

–¿Y cómo vas en el colegio?

–Ya acabé los estudios, tía, y he aprobado el MIR hace poco. ¿No te lo dijo mi padre?

–¡A mí nadie me cuenta nada, hijo! –se quejó– ¿Y qué es eso del MIR?

–Un examen para ser médico.

–Entonces ¿ya eres médico?

–Pues sí, tía. ¡Y qué ganas tenía de acabar los dichosos exámenes! No sé si sería capaz de volver a pasar por eso.

Seguimos hablando un rato sobre mis peripecias como estudiante y de mis primeros pasos como médico. Mi tía parecía contenta por mí. Empecé a pensar que quizá era cierto que mi padre se había olvidado de llamarla para contarle que había aprobado el famoso examen del MIR.

–¡Pues como ya eres médico a partir de ahora te llamaré Doctor Pepino! –dijo mi tía, y se echó a reír.

Me reí con ella, un poco más aliviado al pensar que no estaría tan mal si aún era capaz de bromear. En aquel momento entró en el salón Rosabel, la mujer a la que supuestamente yo ya conocía y que me había abierto la puerta al llegar. Venía royendo lo que parecía una rosquilla. Una rosquilla idéntica a las que mi tía solía preparar los días de reyes.

–¿Está buena, eh? –dijo mi tía.

Rosabel se encogió de hombros y se dejó caer en el sofá descuidadamente.

–Dale un trocito a Pepino, no seas avariciosa, niña –se quejó mi tía.

–No, gracias –dije cuando Rosabel se acercó a mí para ofrecerme media rosquilla.

–Pero come, Pepino –instó mi tía– que estás muy flaco.

Al final cogí la media rosquilla y me la metí en la boca. Era dulce y anisada.

–¡Está igual de buena que las que tú hacías! –no pude evitar exclamar.

–¡Hombre, claro, como que las he hecho yo! –dijo mi tía, riendo con fuerza.

–¿Y pudiste estar de pie en la cocina el tiempo suficiente como para cocinar? –pregunté con curiosidad.

–Pues claro –dijo ella, muy natural.

Empecé a vislumbrar que mi tía no estaba tan mal como todos creían. Es más, estaba bastante seguro de que mi tía fingía. De ahí las contradicciones: su aparente senilidad y de repente su buena memoria para recordar detalles de hacía años. Debí haberlo supuesto. Era habitual en las personas mayores exagerar los síntomas de cualquier afección leve para llamar la atención. A todo lo más tenía un catarro. Así que le diría a mi padre que teníamos tía para rato. Tema resuelto, ya me podía marchar.

–Bueno, pues yo me voy, tía, que no te hago ningún servicio –dije–. Cualquier cosa me llamas.

–¿Ya te vas, tan pronto? –dijo ella, sorprendida.

–Sí, tía, tú estás bien, y yo he dejado el coche mal aparcado –dije.

Mis explicaciones no la convencieron.

–No te preocupes por el coche –dijo–. Mira, si lo tengo yo aquí.

Se sacó del bolsillo un coche de juguete y me lo enseñó. Curiosamente era del mismo color crema que el mío, el que yo había dejado en una zona en la que estaba prohibido aparcar y que quizá ya no encontraría cuando regresara. Sin embargo, mi coche dejó de parecerme importante. En cambio, el coche que mi tía me enseñaba me llamaba mucho la atención. Lo cogí de sus manos y lo estudié con calma.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Yo tenía uno igual que este cuando era pequeño…

–¡Pero si es tuyo, tontis, que te lo han traído los reyes!

–¿Me lo dejas ver? –preguntó Rosabel, acercándose a mí.

Mi primera reacción fue no dejárselo, pero mi tía intervino. Parecía algo enfadada y lo que me dijo me hizo sentir un poco culpable:

–No seas egoísta, Pepino, tienes que compartir los juguetes, sino los reyes se enfadarán. Además, otra faena tienes, me tienes que auscultar y ponerme la inyección.

Mi tía parecía hablar en serio ahora. La miré largo y tendido, calibrando si me estaría tomando el pelo. Vi con sorpresa que la tumefacción de su rostro estaba empezando a desvanecerse.

-Tía, no te puedo auscultar porque no he traído el maletín, ni el fonendo… fondone…

Tropecé con la palabra.

–Se dice fonendoscopio… Pepino, Pepón… –dijo mi tía y se echó a reír de nuevo.

Rosabel se rió también y aprovechó la confusión para quitarme el coche de las manos. Me sentí enrojecer, ridículo, como hacía años no me sentía y sentí lágrimas calientes en los ojos. De repente, mi tía exclamó:

-¡Pero no hagas pucheros, niño, mira, lo que tengo!

Cuando yo estaba a punto de salir corriendo y buscar un rincón en el que esconderme y llorar a mis anchas, mi tía puso sobre la mesilla un maletín de médico, idéntico a uno que yo había tenido cuando era pequeño. Es más, aquel otro también me lo había regalado mi tía precisamente un día de reyes.

-¿Qué, te gusta? –preguntó.

-Sí –admití, pasándome las manos por la cara para espantar las lágrimas mientras me acercaba al maletín–. ¿Es para mí?

–Pues claro.

–¡Gracias, tía! –dije, con apenas un hilo voz, mientras se me volvían a llenar los ojos de lágrimas.

Yo había codiciado aquel maletín durante meses. Era lo primero que le dije al rey Baltasar cuando me preguntó qué había puesto en la carta.

-Ay, Pepino –suspiró mi tía–. Cómo eres… a ver, mírame, que no quiero que tu madre vea que has llorado, sino la tendremos.

Mi tía se plantó junto a mí de un salto y me instó a mirarla. Tuve que levantar la cara. Ya no quedaban rastros de tumefacción en su rostro. Es más, tampoco tenía arrugas y su cabello ondeaba rubio y abundoso sobre sus hombros, como en las fotos. Mi tía me refregó el cabello con la mano afectuosamente y luego me dio el maletín.

Fue entonces cuando vi la escena reflejada en el vidrio de la puerta del salón. Vi a un niño que sostenía un maletín de médico de juguete. En el sofá había una niña que empujaba un coche de color crema por las montañas del respaldo del sofá. Mi tía era una mujer joven y lozana que me dijo:

-¿Por qué no le enseñas el maletín a Rosabel y jugáis un rato? Yo voy a hacer más rosquillas.

Mi tía salió del salón. Rosabel se acercó a mí y yo abrí el maletín.

–De mayor seré médico –anuncié blandiendo el fonendoscopio de plástico.

–Ya lo creo –dijo ella.

Entonces nos pusimos a jugar.

ccalduch@2017

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El nombre de los árboles

En aquella época éramos jóvenes y soñábamos con salir de este mundo y vivir en otro, uno muy verde, tranquilo, lleno del trino de los pájaros. Por algún motivo creíamos que el paraíso estaba ahí fuera. El pasaje o portal hasta ese mundo aún nos era desconocido. En todo caso habría de presentarse ante nosotros de repente, sin avisar, y tragarnos.

Hasta que llegara el momento había que vivir el día a día. En aquella época vivíamos en las afueras de la urbe a la que entrábamos de lunes a viernes para acudir a clase. Los bancos de la universidad se apilaban como graderías en un estadio, llegando hasta las ventanas. Eran de madera, viejos, muchos estaban rotos o astillados, y las largas horas pasadas en ellos escuchando a los profesores daban para mucho soñar. Los profesores entraban, daban su clase y se iban, pocos admitían preguntas, interrupciones o batallas dialécticas, ansiadas por algunos. No por mí, debo decir. Si un profesor me preguntaba algo se me aceleraba el corazón y su desbocado latido hacía temblar el banco en el que me encontraba sentada. Por eso nunca hablaba ni preguntaba nada.

A los profesores no les importaba demasiado lo que hiciéramos, lo que sintiéramos o lo que pensáramos, aunque esto último tendría que haber sido lo más importante, al menos deberían cerciorarse de que pensáramos algo. Pero importábamos solo en cuanto les reportáramos algún beneficio. A su ego le satisfacía tener el aula llena hasta las ventanas, por eso algunos se esforzaban por resultar ingeniosos, mordaces o impertinentes. Los que publicaban tendían a querer vendernos sus libros, éramos público potencial. Yo leía poco, mi intención era más grande que mi voluntad. Siempre llevaba la mochila llena de libros, después de las clases me perdía en los jardines con la intención de sentarme a leer, aunque me costaba mucho concentrarme y enseguida me entraba sueño. También hacía frecuentes incursiones en las bibliotecas, aunque pocas veces pude obtener los libros que necesitaba en préstamo, por falta de ellos, y había de acabar por comprar casi todos los libros que me mandaban leer.

Hacía una carrera de letras y había mucho por leer. Además, yo quería ser escritora.  Aunque cuando me atrevía a confesarlo siempre surgían impedimentos. El más notable de todos ellos fue uno que postulaba que para escribir era necesario saber los nombres de los árboles. Aparentemente, desconocer el nombre de los elementos de la naturaleza era un hándicap importante para cualquiera que pretendiera escribir.

–Mira, bonita, no es lo mismo decir que “las flores de las acacias ya despuntan”, que decir que “los árboles son verdes”, lo cual sería una obviedad y una memez, hay que tener un vocabulario rico y variado para poder hacer descripciones vívidas, ¿cómo andamos de vocabulario? –me preguntaron.

Me encontré sumida en pensamientos, absorbiendo la información y meditando mi respuesta. Enumeré mecánicamente algunos nombres de árboles, los primeros que me vinieron a la mente: roble, haya, álamo, acacia, encina.

–¿Con cinco árboles ya vale? –pregunté estúpidamente.

–¡Anda, esta! Pues no, es que no me has entendido, es que no es solo cuestión de saber los nombres de cinco árboles –dijo la voz consejera con sorna– es cuestión de saber de lo que escribes, no puedes lanzar palabras al tuntún para lucirte, mira, para ser escritor hay que tener “finesse”, visión, filosofía, no se hace escritor cualquiera, hay que tener madera…

Me marché de la universidad aquel día sumida en dudas. Era final de curso y todo el mundo se estaba preparando para la verbena de San Juan. Pero yo iba por la calle como una una zombie, casi sin preocuparme por los estallidos de los petardos que los niños andaban tirando por la calle. En mi mente arreciaban las preguntas. ¿Estaría equivocada? ¿Debía ignorar la pulsión que sentía por escribir porque me faltaban cualidades?

Cuando llegué al barrio gris de la periferia donde había vivido toda la vida estaba triste.

Me fijé en los árboles. Los únicos árboles que había en las calles de mi barrio eran plataneros. Pero era algo más que eso. Comprendí de repente que no solo era necesario saber el nombre de los árboles sino también conocer sus características: si eran perennes o caducos, cuál era su época de floración, si eran frondosos o escuálidos, el tipo de hoja, las características de la madera, etcétera. Todo ello, supuse, para poder ambientar, para poder hacer descripciones vívidas. Si en algún relato había de hacer pasar a un personaje por un bosque, solo podría escribir sobre los humildes plataneros que el ayuntamiento había decidido plantar en mi barrio hacía un siglo. Si había de partir de mi propia experiencia solo podría construir bosques de plataneros.

Quizá era cierto que yo no tenía ni finesse, ni vocabulario, ni madera de escritora. Quizá mi plan de ser escritora era una quimera. Mejor sería que me dedicara a otra cosa, porque estaba visto que para ser escritora una había de ser como poco un genio, estar dotada de poder lírico, visión, filosofía y lo más difícil de todo: “madera”.  Y la madera se tenía o no se tenía.

En mi casa recopilé todo lo que había escrito hasta el momento. Lo que había escrito entre las cuatro paredes de mi cuarto. Sin duda lo que me había dedicado a escribir hasta entonces eran tonterías, sin calidad ninguna. En su mayoría eran poemas estúpidos, historias llenas de tópicos, por mucho que a mí me movieran por dentro. ¿Qué era entonces lo que debía escribir, cómo saber qué era correcto, qué era válido? ¿Cómo hacer para obtener finesse? Eran preguntas que me atormentaban.

Cogí mis cuadernos y los saqué a la calle. Me llegué hasta la esquina donde algunos chavales estaban amontonando trastos viejos para hacer una hoguera. Eché allí mis papeles y di media vuelta. Me prometí no volver a escribir hasta que no tuviera lo que había que tener.

Aquella noche quemaron mis papeles, mis historias, mis poemas. No salí a ver como ardían. Me sentía como quién le da la espalda a un viejo amigo.

Tardaría mucho en aprender que no hay que tener nada más que ganas de hacerlo. Que los cánones y las normas están para romperlos. Que no es necesario gustar a nadie. Que no es necesario brillar. Que no hay que ir a ningún sitio especial a buscar la inspiración. Y parafraseando a un escritor de moda diría que el mejor lugar para escribir es el cuarto propio.

ccalduch©2017

 

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Lector nº 2642

Mi primo Crispín era de natural egoísta y celoso. Esto era algo declarado. Mi madre sabía, por mi tía, que mi primo había llegado a tragarse adornos del pelo y otras cosas de su hermana pequeña.

Crispín y yo éramos primos por parte de madre (él era el único primo que yo tenía) y éramos de la misma edad. Como es normal en esos casos, se esperaba que cuando coincidiéramos en su casa o en la mía jugáramos juntos, compartiéramos los juguetes y nos aviniéramos como buenos hermanos.

Un día de diario en que había fiesta en el colegio fui a casa de mi primo con mi madre. Ella y mi tía tenían cosas importantes que tratar y nos enviaron a jugar. De normal íbamos al cuarto de mi primo, pero en aquel momento lo estaban aseando y la chica nos envió al cuarto de estudio.

Me quedé impresionado por la cantidad de libros que vi en las estanterías. Muchos no habían sido abiertos siquiera. Mi primo me lo debió ver en la cara porque explicó, como excusándose:

-Me los regala mi tío Alberto.

El tío Alberto era hermano de su padre, comerciante y, según mi madre, estaba forrado. Por desgracia, a nosotros no nos tocaba de nada.

Me acerqué a los libros y reseguí los títulos con la mirada: Asimov, Verne, Salgari, las aventuras de Tintín, una colección juvenil de literatura, una enciclopedia universal. Saqué un libro al azar: La vuelta al mundo en ochenta días. Tapa dura, cantos dorados, ilustraciones a todo color.

-Si lo quieres, llévatelo –dijo mi primo.

Asentí, pensando que se trataba de un préstamo.

-Te lo devolveré enseguida –murmuré, acariciando el lomo del libro con disimulo.

-Te lo puedes quedar –dijo él, y elevando el torso como un pavo, añadió– yo no leo.

Su indiferencia hacia aquel tesoro era incomprensible para mí. Pero yo sabía, por traumáticas experiencias anteriores, que mi primo era un veleta. Así que no di mucho crédito a sus palabras y en esta ocasión particular, me hice el propósito de leer el libro y devolvérselo la próxima vez que nos viéramos. Así, además, podría tomar otros libros en préstamo sin cargo de conciencia.

-¿Jugamos o qué? –dijo él.

Había sacado el Monopoly. Tenía obsesión con aquel juego, y siempre que yo iba a su casa teníamos que echar una partida. Yo prefería otros juegos, pero si se le llevaba la contraria se ponía hostil y a mí eso no me convenía.

-¿Das física? –pregunté señalando unos apuntes desordenados que él había apartado de un manotazo para desplegar sobre el escritorio el tablero del juego.

-Sí, tengo examen mañana –dijo, con bastante indiferencia.

Recordé que él cursaba bachillerato de ciencias. Se me ocurrió que igual le convendría aprovechar el tiempo y estudiar algo. Sabía, por mi madre, que sus resultados del trimestre anterior no habían sido buenos.

-Si prefieres estudiar, por mí no te preocupes –dije yo, señalando el libro que me había prestado.

-Qué va –dijo– ya me lo sé todo.

Con la esperanza molida a palos, me senté a la mesa a jugar una vez más al Monopoly con mi primo.

Gané yo esta vez. En el pasado, la cosa habría acabado a golpes. Pero ya éramos mayores y mi primo se contuvo, aunque estaba serio. Recogimos el juego en silencio.

Al poco, mi madre se asomó para avisarme de que era hora de marcharnos a casa. Rápidamente, me puse en pie y me puse el libro bajo el brazo.

-Ese libro no te lo lleves –saltó mi primo– que aún no lo he leído.

Me quedé sin palabras. Mi madre me miró severa y yo, sin rechistar, porque habría sido inútil, dejé el libro sobre la mesa.

A la hora de las despedidas, mi madre y mi tía descubrieron que aún no habían cubierto todos los temas pendientes y estuvieron hablando una media hora más en la misma puerta de la casa. Mi primo me miraba tras la protección de las faldas de su madre con aquella sonrisa odiosa, colmada de satisfacción. Y yo, que querría haberle partido la cara, me hacía el desentendido.

-Bueno, ahora sí que nos vamos –dijo mi madre mirando el reloj– se ha hecho tardísimo.

Mi tía nos despidió con los besos de rigor y promesas fogosas de volver a vernos muy pronto.

En la calle intenté explicarle a mi madre la injusticia de lo del libro y la hipocresía de mi primo.

-Ya sabes que no tenemos otra familia que ellos, así que tienes que llevarte bien con él –ajustició ella.

-Pero, ¿es que no ves cómo es? –protesté indignado.

-Ni peros, ni peros. No sigas por ahí. Si quieres libros te vas a la biblioteca.

Tenía razón mi madre así que me callé la boca. No tardaría, pues, en agenciarme de una tarjeta de lector (me asignaron el número 2642) y así me hice asiduo de la biblioteca.

Sin embargo, la rabia siguió bullendo en mi interior durante mucho tiempo. Una rabia que era hija de la injusticia y de la vergüenza de ser el pariente pobre.

ccalduch©2017

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