El columpio

El verano en el que el ferrocarril llegó al pueblo, los mismos trabajadores que habían trazado las líneas construyeron tras el colegio un columpio, con restos de metal provenientes de la obra. Decidieron plantarlo en la explanada tras el colegio puesto que había allí muchos árboles que nos protegían del sol: plátanos, encinas y acacias de flores amarillas. Los árboles creaban bóvedas tupidas y entre el ramaje se abrían huecos por los que se colaban pedazos de cielo. Al columpiarse, uno se imaginaba siendo lanzado en el aire, atravesando los huecos, montando en las nubes que nos llevarían hasta las cumbres nevadas que rodeaban el pueblo por su parte oeste.

El columpio pasó a ser lo más importante en nuestros juegos. A menudo era motivo de discordia. Siempre había cola y la señorita estableció que, para columpiarnos, cada uno tendríamos asignado el tiempo que se tardaba en contar hasta cincuenta. Los que esperábamos turno coreábamos la numeración, y si alguien se pasaba, se generaban protestas y el trasgresor acababa por bajarse avergonzado y pasaba al final de la cola, a esperar turno, con la cabeza gacha.

Yo soñaba con tener un columpio como aquel en el patio de mi casa. No sabía que mi sueño se habría de cumplir pronto, en cuanto dejamos de ir al colegio.

Una noche cayeron las primeras bombas en el pueblo. Lo que había sido hasta entonces algo lejano que ocurría en las capitales se materializó de repente ante nuestros ojos. Hubo muertos. Algunas casas quedaron hechas trizas y el colegio quedó afectado. Se desprendió una parte del techo. Se rompieron los cristales y los libros de cuentas y las pizarras quedaron desparramados por los suelos. El columpio quedó abandonado, el terreno era inestable y decidieron prohibir el paso. Por la noche el aire traía hasta mí el sonido de los goznes del columpio gruñendo al mecerse por el aire, como si lo montaran los fantasmas.

No sé cómo convencí a mis hermanos para que se trajeran el columpio a casa. Quizá fue cosa de la abuela, o quizá fue que insistí hasta la saciedad y para dejar de oírme, una noche salieron los dos con azadas, lo arrancaron del suelo, se lo montaron a las espaldas y lo plantaron en el patio de nuestra casa. Me despertaron temprano con gran jaleo. Frotándome los ojos fui a mirar, y al ver el columpio grité de emoción. Creía que estaba soñando, hasta que mis hermanos me sacaron de casa en volandas y me sentaron en el columpio.

Los niños, a los que hacía tiempo que no veía, empezaron a frecuentar mi casa. Volvimos a jugar. El columpio siguió siendo de todos. No por estar en mi casa me creí yo poseerlo, ni tener sobre él ningún derecho especial. Sin embargo, no teníamos tanto tiempo para jugar como antes. En las casas había mucho que hacer y todos teníamos que ayudar. Lo que antes se compraba en el colmado, ahora había que hacerse en casa. La abuela se quejaba de que le dolían los huesos, y mientras el columpio me llamaba desde el patio, yo me dejaba las manos amasando el pan o dándole vueltas al enorme caldero donde se cocía el jabón.

Una tarde en que me di mucha prisa en acabar las tareas para poder salir a jugar antes de que se hiciera de noche, llamaron a la puerta. La abuela me indicó que saliera a abrir. Ella estaba en cama con dolor de lluvia en los huesos, que solo se le aliviaba si se tapaba con mantas de lana.

Fui a abrir. Eran dos hombres con fusiles, no eran del pueblo. Uno de ellos pidió por mis hermanos. Murmuré que no se encontraban en casa. Me preguntaron dónde encontrarlos. Supuse que venían a llevarlos a prisión por haber robado el columpio. Supuse que mis hermanos dirían que había sido todo por mi culpa. Me eché a temblar. Los hombres me apartaron a empellones y entraron en la casa con gran estrépito de botas pesadas sobre el suelo. Mi abuela, desde el piso superior, no hacía más que llamarme a gritos y preguntarme quién había en la puerta. No respondí. Los hombres, guiados por la voz de la abuela, subieron la escalera. Subí tras ellos a una prudente distancia. Vi que entraron en el cuarto de la abuela.

Entonces dejé de oírla. Al poco salieron. Pasaron por mi lado sin verme, y se marcharon.

Entré en el cuarto de la abuela. La encontré aferrada a una estampa de la virgen que siempre tenía en la mesilla de noche, rezando. Me acerqué a ella. Ella se me agarró con fuerza. Temblaba como una hoja. Pregunté para qué querían aquellos hombres a mis hermanos, si acaso venían a llevarlos a prisión por haber robado el columpio. Ella me dijo que no querían llevarlos a prisión sino al frente, que era aún peor. Son chiquillos, repetía ella con lágrimas en los ojos, son chiquillos…

Cuando regresaron mis hermanos, la abuela ya había urdido un plan. Les había preparado unos hatillos y había hablado con un vecino que los podía llevar de madrugada hasta una zona segura. Mis hermanos se echaron a reír. No pensaban huir como ratas. Si los llamaban al frente, irían al frente, como hombres que eran, dijeron. ¡Qué hombres ni que niño muerto!, exclamó la abuela y le propinó un sonoro bofetón a cada uno, zás, zás. A mí me extrañó aquello, hacía años que la abuela había dejado de decirles a mis hermanos lo que tenían que hacer. A mí en cambio aún me mandaba y me arreaba algún coscorrón. A mis hermanos no se les ocurrió protestar, sin embargo. Aún la abuela los llamó idiotas y no sé qué más, y estuvo renegando hasta que nos fuimos a dormir.

No dormí bien aquella noche. Sentía aleteo en el pecho, me despertaba a cada momento creyendo que oía golpes en la puerta. Temía que en cualquier momento regresarían los dos hombres con fusiles a por mis hermanos.

Mis hermanos se fugaron aquella madrugada, pero no se marcharon con el vecino como había querido mi abuela. Por la mañana la abuela se puso furiosa y estuvo maldiciendo durante horas. Por la noche, al darse cuenta de que mis hermanos ya no iban a regresar se quedó callada. A las pocas semanas, nos llegó una escueta carta de mis hermanos en la que explicaban que se habían unido al ejército y le pedían perdón a la abuela. A mí me decían que no dejara de jugar. Pero yo ya no me monté más en el columpio. En las noches de luna lo veía desde mi cama. Su sombra caía en el suelo de mi cuarto como la sombra alargada de una enorme horca.

 

ccalduch@2018-04-29

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Las jirafas

En la sala de examen el humo de los cigarrillos se elevaba en el aire formando una pequeña capa de smog sobre las cabezas de los candidatos. Reinaba un silencio sepulcral en la sala, solo roto por los carraspeos esporádicos e involuntarios del catedrático López Huertas que desde la tarima garantizaba el orden y el cumplimiento de la norma con su presencia severa y su mirada gélida e inclemente. El reloj sobre la pizarra marcaba ya las 3 y 10 minutos.

La prueba estaba en marcha desde las 3 en punto –el catedrático López Huertas nos había convocado media hora antes, pero no nos había permitido empezar la prueba hasta que la campana hubo dado las 3 aunque en el aula estábamos todos los que éramos y no se esperaba a nadie más. Yo, en mi mesa de brazo de pala para zurdos, llevaba un buen rato debatiendo, entre sudores fríos, cuál de los dos temas desarrollar:  A. La Constitución, el Estado y las garantías individuales, o B. Los conceptos jurídicos fundamentales. Me sabía los dos temas bien, me había preparado a fondo, pero me resultaba imposible decidirme por uno de los dos. Yo funcionaba bien si hacía exámenes tipo test pero tener que escoger me paralizaba. Era como si necesitara que alguien a mi lado me guiara.

Por mi flanco derecho veía a García Piñero escribiendo ágilmente. Me dije que si solo lograra saber por cuál de los dos temas se había decidido,  podría escoger yo el mismo y mi problema habría acabado. Sin embargo, no alcanzaba a distinguir nada de lo que escribía mi compañero. La espesa mata de pelo negro, que le cubría la cabeza inclinada hacia la derecha, me impedía ver lo que escribía. A mi izquierda estaba García Belice escribiendo lentamente con aquella letra subversiva que tenía, como de médico. Solo Dios sabía si el día en que tuviera que leer el tema ante el tribunal sería capaz de entender su propia letra, que, siguiendo con los símiles médicos, recordaba bastante a las líneas abruptas del electrocardiograma de un enfermo terminal de cardiopatía.

Así que ninguno de los dos García me servía en aquel momento, sin perjuicio de otras ocasiones compartidas con ellos, si acaso más lúdicas, en las que los tres –yo mismo otro García– habíamos protagonizado juergas épicas que se alargaban hasta el amanecer y que perdurarían en la memoria de las futuras generaciones estudiantiles de la residencia de estudiantes por los siglos de los siglos, amén.

Delante de mí se alzaba como una montaña la espalda imponente de Azcárate –parco en palabras por lo normal, pero capaz de grandes profundidades morales y filosóficas, sobre todo cuando andaba algo perjudicado– que cubría del todo la silla con brazo de pala, incomodísima para alguien de su corpulencia. Parecía tranquilo, a pesar de que me había confesado al entrar en la sala que no había estudiado. A saber qué estaría escribiendo ahora, a saber qué pozo secreto de su subconsciente estaría perforando para rellenar el folio a la velocidad supersónica a la que lo estaba haciendo a juzgar por el movimiento incesante de su brazo derecho.

En la sala eran todos diestros menos yo que había siempre de andar buscando la única silla de pala izquierda que había en la facultad. ¿Alguien ha visto la silla del señorito Garcia Robledo?, había preguntado el catedrático en una ocasión en la que entré en el aula algo tarde y no encontré mi silla en su lugar habitual. El tono del comentario había sido de chanza, eso estaba claro hasta para alguien tan inocente como yo. Como si lo mío fuera un gaje snob o un capricho de niño mimado. Desde entonces procuraba no llegar tarde a las clases y tener localizada mi silla antes que alguien pudiera relegarla al fondo del aula. También por entonces había empezado a soñar con jirafas.

Me di cuenta entonces de que, perdido en disquisiciones varias, había dejado pasar otros cinco preciosos minutos. El papel ante mí seguía en blanco y las dos líneas en la pizarra –tema A, tema B– seguían produciendo en mí el mismo efecto que el sol en las retinas desnudas. Mientras, al frente del aula, el catédratico López Huertas seguía estirando su cuello de jirafa.

¿Y detrás? ¿A quién tendría sentado justo detrás? Era difícil girarse sin atraer la atención del catedrático. Me sonaba haber visto a Martínez Zurita sentarse detrás de mí, pero no estaba seguro ya de nada. Dejé caer el bolígrafo al suelo –como si aún estuviéramos en el COU, como si el profesor no estuviera de vuelta de todo y no se supiera todos los trucos del almendruco habidos y por haber aunque en aquel momento no pareció apercibirse de nada, quizá porque lo pillé distraído– y al agacharme para recoger el bolígrafo, lancé una mirada fugaz hacia el compañero que tenía justo detrás.

Efectivamente era Martínez Zurita, que a pesar de ser un niño de papá no se lo tenía nada creído y nos llevaba en su Mercedes a la playa y a las discotecas los fines de semana porque era de todos el único que se había sacado el carnet nada más cumplir los dieciocho. Martínez Zurita me miró por un instante, y luego volvió a enfrascarse en la escritura. Quizá sería porque vio la confusión o la desesperación en mis ojos por lo que empezó a dar pataditas a mi silla. Aquella vibración suave pero insistente hizo que me volviera otra vez hacia él. Martínez me miró con el ceño fruncido, como diciendo pero qué te pasa, y entonces yo me aparté a un lado para que viera que aún no había escrito nada, ni siquiera mi nombre. Martínez, que era un buenazo y sabía que yo era un indeciso empedernido, dijo “La A”. El catedrático se levantó entonces generando bastante jaleo con la silla sobre el piso. A Martínez no sé, pero a mí se me pusieron de corbata. Me temí lo peor pero por suerte, el catedrático no se acercó a nosotros, simplemente se limitó a pasearse por el aula. Martínez sabía que lo único que yo necesitaba para ponerme en marcha era aquel empujón y en aquel momento se la había jugado por mí, y yo tomé nota mental de que le debía una.

Volví a mirar a la pizarra. Me dije que si la opción A era buena para Martínez, que era hijo de un abogado del estado, también lo era para mí. Así que copié el título en el papel, puse mi nombre en el margen superior derecho y me preparé para empezar a escribir. Me dije que yo tenía tanto derecho a ser abogado como cualquier hijo de vecino, a pesar de ser hijo de un taxista que a aquella hora de la tarde aún estaría metido en el taxi, sudando la gota gorda y dando tumbos por Madrid para que yo pudiera estudiar en la universidad, y muy a pesar de las jirafas de mis sueños que se reían de mí porque no alcanzaba a comer de las ramas más altas.

ccalduch@2018-04-27

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Love on four legs

The above title sounds like a rather provocative statement, even if we can’t really know what exactly it is meant by it. But let’s assume it is something someone has conjured up in a dream, someone who is perhaps an animal lover but doesn’t know it yet. In that case, we won’t feel it is a waste of our time to discuss such an odd statement.

Assuming that the second part of the sentence refers to animals, the most relevant question we should ask is: can animals love? Are animals capable of that subtle fluttering of the heart that we, humans, call love? I reckon that this is the million-dollar question which scientists and philosophers have mused over for years, or better yet, for centuries.

Yet, we must admit that we all have heard about the one saintly dog who, after its owner’s passing, laid on the grave for days and waited there for its own demise. Does such a display of emotion resemble in any way human love? Can we rightfully claim that what a dog feels is the same as what we, humans, feel when someone we love passes? Or does such a reaction depend just on habit and instinct? The answers to those questions are impossible to discern for sure considering our limited means of measuring such types of emotions in humans, let alone in animals.

However, if we were to answer in the affirmative –so, accepting that some animals are able to love just like we do– then, the next question which unavoidably arises is: is love an innate instinct or is it an acquired skill? If we contend it is an instinct then there is little merit in it, since we are born with such a capability and we are not required to make any effort to acquire it. However, this leads us to a further philosophical dilemma. If love is an innate ability, it should be dependent upon the existence of a soul –a conscious center or such– which would be responsible for the generation of feelings. Yet, there are people who would rather die before accepting the possibility that animals may have a soul –as if they were in any position to choose such a thing.

If we assume love is an acquired skill, then a learning process must necessarily have preceded it. So, in the case of dogs, we could ask: has there been a dog “savior” who walked on four legs amongst dogs and taught them via dog parables to love their neighbor? I’m afraid that that is also impossible to know since we, humans, haven’t acquired the proper command of dog language yet.

That notwithstanding, let’s now consider monkeys. Apes are, according to Darwinian theory, the predecessor of humans. Therefore, it is reasonable to think that they should experience similar feelings as those humans are capable of feeling. Yet, in opposition to what we have said about dogs, monkeys are not preferred as pets by humans, and thus are less likely to develop close relationships with humans. Therefore, specific instances of comparison between them are hard to come by. In any case, the picture of a monkey laying on the grave of a human being is one we can hardly imagine. On the other hand, scientists have reported cases of monkeys sinking into deep depression after one of their offspring has died. Also, we have the case of the famous Coco, an ape who was taught to speak a sort of human language, and who became depressed when one of her caretakers died. I would disregard the latter as an exception, albeit a cute one, but in any case, no one can deny that apes are capable of deeper and wider ranges of emotion if we compare them to dogs.

To conclude, let us revise what so far has been our claims. We have said it is impossible to ascertain by way of measuring, whether animals are capable of love even if there are obvious instances in which that seems to be the case. In the same way, it is difficult to estimate how far the feelings and emotions animals display compare in depth to human emotions. Dogs do display certain emotions, and so do monkeys even if we do not know from what or how they originate. The existence of the soul, as a generator of feeling, is yet to be proved. All in all, we can say that this has been a rather useless exercise in rhetoric, albeit pleasurable.

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Una vez en el lago

Había una vez una muchacha de cabellos de oro y tobillos delicados, y un lago secreto de aguas azuladas y piedra escarpada.

La muchacha es sorda: al caer del agua, al canto de los pájaros, a las risas de los peces, a la voz de su madre que la llama a través de la floresta al caer la tarde. La madre la busca cada tarde, sus pies viejos remueven la hojarasca del bosque. La llama a voces aunque sabe que la hija no la oye, pero la hija siente desde lo lejos el temor en su voz. La madre sabe que la oscuridad es la protectora de los monstruos.

Madre e hija se encuentran a medio camino en el bosque. La hija camina lentamente, como en un ensueño. La madre la amenaza con gestos. Quizá algún día, si le llega a faltar la paciencia, le pegue. Cada día te vas más lejos, cada día vuelves más tarde. Mañana no saldrás de casa.La hija, aun sin oír, comprende pero sabe que la madre lo habrá olvidado todo por la mañana. Y que ella volverá al bosque y verá de nuevo a su amado. Se lleva con ella, cada tarde, sus caricias, sus besos, sus susurros al oído, la suya es la única voz que ha logrado oír desde hace años.

Él es un soldado de la última guerra que se esconde de sus enemigos en el bosque. Ella lo descubrió una tarde mientras se bañaba en el lago. La cegó un fuerte rayo que al perseguirlo la llevó hasta la entrada de una cueva. Allí, en la rama de un árbol, pendía un espejo y entonces lo vio, afeitándose, silbando, los tirantes caídos, sin camisa, el torso moreno brillando bajo el sol. Él oyó las pisadas y a su vez, la siguió hasta el lago. Se estuvieron espiando secretamente durante días, hasta que por fin se vieron cara a cara.

Desde entonces ella le ha estado llevando comida: queso, pan, carne seca que él come con apetito. Está cansado de comer bayas del bosque, carne de ciervo viejo y de tomar la leche amarga de las cabras perdidas. Ella le roba vino a su padre cuando puede y se lo lleva. Después de comer, se tienden bajo la bóveda del bosque, se despojan de las ropas lentamente y dejan que el aire y los besos les doren la piel.

Cuando se despiden, cada uno toma una dirección opuesta. Mientras se alejan se vuelven. Sonríen y se envían besos a través del aire. Él se aleja con paso pesado, el fusil al hombro, lo lleva siempre, dice, por si acaso aparecieran sus enemigos en el momento menos pensado. Cuando yacen juntos, el fusil descansa inerme, en la orilla del lago. Ella se aleja con paso ligero, siente una fuerza que la hace elevarse por encima de la hojarasca.

Esa noche ella no puede dormir. Espera con los ojos abiertos a que amanezca, a que pase la mañana con sus tareas penosas, y finalmente llegue la hora del asueto. Por la tarde, cuando la casa esté tranquila y nadie la eche de menos, saldrá al lago. Ese día tendrá más razones que ayer para verlo. Su madre ha empezado a sospechar. Le registra la ropa, escarba en la basura, y no encuentra nada. El habrá de salir de su escondrijo. Han pasado años, ya nadie recuerda la guerra, nadie le echará en cara… Pero él tiene miedo. Cada vez que oye a su madre llamarla, se hace invisible como un ciervo entre los árboles. Ese día ella lo espera durante horas en el lago pero él no aparece.

Ella regresa a casa antes de que la madre salga a llamarla. La madre y el padre están sentados a la mesa, graves. Piden explicaciones. El padre levanta la voz. Golpea la mesa. Ella siente la vibración en el aire. Responde por señas que es un soldado que vive en el bosque. El padre y la madre la miran como si se hubiera vuelto loca. Hace años que acabó la guerra y hace años que dejaron de perseguir a los desertores. Ella les hace señas desesperadamente. Están equivocados, aún quedan soldados. Él le ha hablado de sus compañeros que viven como él escondidos en la montaña. Si no la creen, ella les enseñará su escondrijo, el lago, la cueva…

Llegan a la cueva, más allá del lago. La hija señala el trozo de vidrio que cuelga de la rama de un árbol. El padre lo mira. Está sucio, apenas refleja ya nada. Entra en la cueva, alzando el brazo para que nadie lo siga. Al poco vuelve con un zurrón polvoriento. Dentro hay fotografías viejas, roídas por las ratas. La hija reconoce a su soldado en ellas. Sonríe. Señala. Asiente.

El padre se sienta sobre una piedra con el rostro pálido y deja caer la cabeza entre las manos. La madre avanza hacia la cueva. La hija quiere seguirla, el padre la sujeta. La hija siente una mano fría en el corazón. Se remueve con desespero. Siente que algo horrible le ha ocurrido a su amado. El padre la abraza con sus fuertes brazos. Hunde su cara en el cabello rubio. La madre regresa, trae una calavera en las manos. La hija la mira, niega la evidencia. No puede ser él. Él estará en el lago esperándola. Se suelta de su padre y echa a correr a través de la floresta.

En el lago el agua ha menguado extrañamente. Ahora ya solo le alcanza las rodillas cuando antes podían nadar en él. No hay rastro del soldado. Ella se tiende en el lago. Deja que el agua le cubra la cara. Los pececillos se acercan a ella, son diminutos, y se introducen primero entre los dedos de sus pies y mordisquean la carne. Lentamente, penetran por todos los orificios de su cuerpo. Ella no se inmuta mientras la devoran.

Sus padres la buscan. Ruge su nombre en el bosque durante horas.  Por la mañana encuentran el lago y unos huesos limpios. Los entierran cerca del lago, junto a los del soldado. Y los domingos los padres les llevan flores.

 

ccalduch@2018-04-22

 

 

 

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LA VACABRA

Una vaca negra con manchas blancas, como las que se ven paciendo idilicamente en los prados de los Alpes, está llorando en el campo. Tiene los ojos marrones, tiernos. Ya sabe que no va a volver a ver a su hijo. Quiere saber por qué le han quitado a su hijo, dónde está su hijo, qué han hecho con su hijo… No lo entenderá nunca. La vaca no entenderá nunca que los demás tengamos que comer carne y que nos tengamos que comer a sus hijos.

Al día siguiente, la vaca me espera desde la madrugada. Me mira, levanta el morro y muge hacia el cielo.  Ya no parece de tan de buen conformar como ayer. Las mentiras ya no le valen. Me recuerda a un toro en su ímpetu por tomarse su venganza. No me sigue porque yo lleve puesto un jersey rojo (que dicen que eso no es cierto, que no es el rojo lo que los atrae en el ruedo, sino el movimiento del trapo). La vaca me sigue porque sabe que ayer para cenar nos comimos a su hijo. Ellas no entienden que tengamos que comer carne. Ellas pacen y comen hierba, rumian durante horas, y luego cagan esas mierdas impresionantes y líquidas que el suelo absorbe lentamente durante días. Allá donde cae una plasta de vaca no vuelve a crecer la hierba, al menos, hasta el próximo verano. Luego, al secarse, se llenan de agujeritos misteriosos por los que se asoman las hormigas.

La vaca me sigue durante todo el día. No sé qué pretende. Vengarse, supongo. No me lo va a perdonar nunca. Sabe que me he comido a su hijo y no me perdona. Eso es lo que dicen sus ojos líquidos, llenos de ira. Está esperando el momento de atacar. Cómo explicarle a una vaca que somos carnívoros, que dicen que si no comemos carne nos faltarán proteínas, aminoacidos esenciales que nos ayudan a regenerar los tejidos, que por mucho que digan los abogados del vegetarianismo, no es lo mismo. No es lo mismo comer carne que comer legumbres. Hay muchos motivos para comer carne y tomar leche, dicen los médicos. La leche también se la quitamos a las vacas. Esa leche que debería ser para sus hijos nos la bebemos nosotros con café, con cacao… cada mañana. Y no es maldad, por mucho que digan algunos.

La vaca, negra y enorme como un toro, me sigue a todas partes durante días, hasta que al fin se decide.  Por suerte, le veo las intenciones y consigo esquivar su ataque. Me aparto de su camino y entonces ella intenta trepar por la pared escarpada de la montaña. A saber si al final no me perseguía a mí, a saber si yo no era más que un obstáculo en su camino hacia la libertad. La vaca se ha vuelto loca, pretende trepar hasta lo alto de la montaña como si fuera una cabra. Pero no lo logra y cae hacia atrás sobre su lomo enorme, y desde el suelo, boca arriba cual bicho inmundo, emite lastimeros mugidos como si se hubiera roto el espinazo. Intento ayudarla, pero no es posible. Prefiere morir antes que dejarse ayudar por alguien que se ha comido impunemente a su hijo.

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