El azucarero

Hace muchos años en casa de mi tía tenían un azucarero de porcelana blanca con unas flores pintadas y una tapa de madera. Siempre que iba a su casa pedía que me dejaran rellenarlo porque me gustaba ver como el azúcar se aposentaba ordenadamente dentro del azucarero. Luego aún le daba vueltas al azúcar con la cuchara de madera para ver caer el azúcar una y otra vez, hasta que me decían que dejara el azucarero en paz antes de que se cayera al suelo y se rompiera. Pero a mi tía, que no tenía hijos, le gustaba darme todos los caprichos aunque fueran tan absurdos como rellenar el azucarero, así que siempre que iba a su casa me esperaba con el azucarero vacío y un paquete de azúcar.

Vivíamos bastante lejos de donde vivía mi tía y teníamos que cruzar Barcelona para ir a su casa. Pero lo hacíamos casi todos los domingos. Comíamos con ella y su marido y luego pasábamos la tarde viendo la tele o escuchando discos. Mi tío tenía muchos discos y un tocadiscos de marca, con altavoces grandes que estaban colgados en la pared del salón. Mi tío era moderno y bailongo, y ponía discos de moda y pretendía que yo bailara con él pero yo no quería porque me daba vergüenza y entonces él bailaba con mi tía o con mi madre y me decía que con tanta vergüenza no me casaría nunca, a lo que yo me encogía de hombros.

Un día el azucarero no estaba en su lugar de costumbre en la vitrina del comedor, sino que estaba en la cocina, secándose bocabajo, en el escurreplatos. Mi tía me explicó que había tenido que tirar el azúcar a la basura porque se había llenado de hormigas y dijo que cuando el azucarero estuviera seco del todo lo llenaríamos entre las dos. Mi tío, que llegaba en aquel momento de su paseo matutino, dijo desde el pasillo, riendo, que las hormigas se habían dado un banquete y que las encontraron en el azucarero patas arriba y medio muertas por sobredosis de glucosa. Entonces mi tía le dijo que no le veía a aquello la gracia por ningún lado y que si en lugar de irse tanto a paseo hubiera tapado las grietas del balcón por el que salían las hormigas no se habrían metido las hormigas en la casa. Mi tío no le respondió sino que se alejó pasillo abajo canturreando.

Aquella tarde, después de comer, mi tío se quitó el traje de los domingos, se puso un mono de trabajo y salió al balcón a tapar las grietas por donde salían las hormigas. Mientras mi madre y mi tía recogían la cocina, yo salí al balcón a verlo trabajar. Apoyado en la pared, mi tío fumaba y miraba hacia el cielo. A sus pies tenía un paquete de cemento rápido y un capazo de albañil. No se dio cuenta de que yo había salido al balcón y que lo estaba mirando. Me recordaba a un galán de cine, tan alto y moreno, con un mechón de pelo caído sobre la frente, frunciendo el entrecejo cada vez que daba una calada. Al verme, cambió la expresión, sonrió levemente, tiró el cigarrillo al suelo y se puso a mezclar el cemento mientras canturreaba.

 

Otro día en que fuimos a ver a mis tíos, el azucarero tampoco estaba en su sitio. Imaginé que la reparación que había hecho mi tío en el balcón no habría funcionado y que las hormigas habrían vuelto a encontrar el camino hasta el azúcar. Fui a la cocina a ver si el azucarero estaba en el escurreplatos, como aquella otra vez, pero no lo vi por ninguna parte. Cuando le pregunté a mi tía, esta me dijo, suspirando, que se había roto y que para sustituirlo había comprado un azucarero de acero inoxidable irrompible, de una sola pieza, que me mostró y que me pareció muy feo comparado con el otro. Cuando pregunté cómo se había roto el azucarero viejo mi madre me dijo que no hiciera más preguntas y mi tía se metió en la cocina y cerró la puerta.  Mi madre me envió al salón a ver la televisión y se fue detrás de mi tía.

En el salón, encendí la televisión y me senté en el sofá. Pero estaban dando el telediario.  Ver las noticias me parecía aburrido, si pudiera poner un disco quizá el ambiente se animaría, pensé. Pero el tocadiscos no estaba en su lugar y en la pared había dos sombras oscuras y rectangulares que ocupaban justamente los espacios en los que habían estado colgados los altavoces, los discos tampoco estaban por ninguna parte, ni siquiera mi tío estaba por allí para preguntarle si el tocadiscos también se había roto. Esperé a que regresara de su paseo pero se hizo la hora de comer y él no había vuelto.

Aquel domingo comimos solas mi madre, mi tía y yo. El ambiente era muy raro, el silencio espeso. Yo paraba la oreja por si oía el tintineo de unas llaves en la puerta. Pero mi tío no regresó. Ni mi madre ni mi tía decían nada y mi tía apenas levantaba la cara. Cuando pregunté dónde estaba mi tío, mi madre me dijo, de corrido, que había tenido que ir a ver a un familiar enfermo. Todo aquello era muy extraño, era evidente que no me querían contar la verdad. Al final, no pude más y exploté, dije que aquello parecía un entierro y que si se había muerto alguien. Mi madre me fulminó con la mirada, pero mi tía me miró y dijo con voz llorosa, Ojalá, hija, ojalá.

 

ccalduch@2018
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