Más allá (Historias de Barna 6)

Desde el balcón del segundo sitio donde vivimos, para nosotros el más allá eran el tejado del mercado municipal y la playa. La playa la frecuentábamos en verano pero el mercado no lo frecuentábamos apenas. Quizá lo evitábamos porque solo estaba abierto por las mañanas y más importante, hacer cola en cada parada nos parecía un atraso, así que tirábamos de las tiendas de los alrededores que estaban abiertas todo el día. Al menos a nosotros, que a veces nos dábamos cuenta de que nos habíamos quedado sin leche a las nueve de la noche y teníamos que bajar corriendo a comprar un cartón, el súper de la esquina nos había salvado la vida en más de una ocasión.

El súper de la esquina lo regentaban Daniel y Pedro, dos hermanos gemelos que nunca parecían tener prisa por cerrar e irse a casa. Si asomabas la cara por debajo de la verja ya medio bajada del súper a las nueve y media de la noche, ellos nunca te ponían mala cara, al contrario, Daniel te dedicaba una gran sonrisa y aún te preguntaba por la familia, mientras Pedro volvía a abrir la caja, ya que no le hacía ascos a ninguna venta aunque ya tuviera hechas las cuentas del día.

Quizá no tenían prisa por cerrar porque nadie les esperaba en casa, pensaba yo. Daniel y Pedro eran solteros y vivían juntos y bien avenidos, según decían las vecinas. Vivían solos con ellos mismos desde que sus padres murieron y regentaban igual de armoniosamente la tienda de comestibles que habían heredado de sus padres. En la tienda tenían una empleada solo a tiempo parcial porque ellos dos solos se bastaban con el resto. Solo cerraban los domingos y esos días no se les veía salir, ni siquiera a correr o a comprar el periódico, señal de que ya estaban bien como estaban y de que no les preocupaba estar al día ni en forma. Nadie parecía tenerles en cuenta que a sus cuarenta años aún siguieran solteros. No había más, y todos parecían conformarse con la idea de que los dos juntos se hacían la compañía necesaria para vivir, y si era al contrario nadie lo habría dicho nunca.

Pero un día amaneció el barrio con la noticia de que Pedro había muerto. Al parecer, se hicieron las siete de la mañana y a Daniel le extrañó que su hermano no se hubiera levantado a desayunar. Fue a buscarlo y lo encontró frío y gris en la cama. Llamó al médico que llegó a media mañana y certificó muerte por infarto. Al mediodía llegó el juez a levantar el cadáver. Por la tarde lo llevaron al tanatorio y a los dos días lo enterraban en el cementerio del barrio, no muy lejos del mercado.

El mercado y las tiendas de los alrededores se quedaron mudos durante días. Las persianas metálicas se elevaban lentamente, dejando aparcada durante unos días la euforia matutina habitual. Los clientes andaban de puntillas alrededor de Daniel, le daban palmadas en el hombro y él sonreía por inercia pero no podía disimular su tristeza. Con todo, la actividad del súper fue decayendo.  Estaba claro que para Daniel sería dificil salir adelante sin Pedro a quién siempre se le había visto tras la caja registradora, llevando una contabilidad férrea del negocio y haciendo los pedidos, mientras Daniel se dedicaba a tratar con los repartidores, reponer los estantes y a despachar con los clientes dedicándoles su amplia sonrisa y derrochando su gran don de gentes.

Para salvar el negocio, Daniel le propuso a Natalia, la empleada que tenían a tiempo parcial, una ampliación de contrato. Ella accedió de mil amores. Quedaron en que Natalia ocuparía la caja registradora, Daniel se ocuparía del resto y por lo que respecta a la contabilidad buscarían un gestor que se hiciera cargo del papeleo. Así, con el tiempo, la actividad en el súper fue mejorando.

Unos meses después, hubo una noticia bomba. Daniel y Natalia se casaban. Era lógico, decían las vecinas, todo el día juntos, al final el roce hace el cariño, etcétera.  Natalia y Daniel se casaron en la parroquia del barrio e instalaron su residencia en el mismo piso que Daniel y Pedro habían compartido.

Al poco tiempo de la boda, a Natalia se le puso mala cara, tenía ojeras y empezaron los rumores. Las vecinas murmuraban que Pedro volvía del más allá por la noche para atormentar a Natalia y que si no se ponía remedio ella moriría. Al parecer, Pedro había estado secretamente enamorado de Natalia pero ella le había dado calabazas. Aquello daba al traste con la teoría anterior de que Pedro y Daniel no necesitaban de nadie más para ser felices, pero solo yo parecía sorprendida por la incongruencia. En fin, parecía evidente ahora que Pedro se estaba tomando la revancha aprovechando las ventajas que el más allá le concedía.

–¿Tú crees que eso es verdad? –le pregunté tontamente a mi compañero que me miró y clavó los ojos en el techo para mostrar su más profundo descreimiento.

Sin embargo, al parecer, había bastante gente que creía aquello era verdad, así que entre todos convencieron a Daniel para que llamara a una médium para que desinfectara su casa de posibles presencias no deseadas.

La susodicha apareció un buen día por el barrio con sus ropajes vaporosos y una cabellera blanca electrizada, subió al piso y tiró  incienso por los rincones como quién tira veneno para las ratas, e hizo conjuros hasta que al parecer logró convocar a Pedro que manifestó que estaba dolido porque Natalia nunca le hubiera hecho caso, y qué poco le había faltado para correr y casarse con su hermano, una vez muerto él, porque su hermano era medio tonto y se dejaba llevar, y atención, porque lo iba a desplumar y sino al tiempo… Al instarle la médium a dejar de lado aquella ira infructuosa y acudir hacia la luz y la paz eterna, Pedro no consintió en marcharse sin antes lanzar algunas nuevas imprecaciones contra Natalia, que la médium solo se atrevió a traducir a medias, y para dejar constancia de su ira supra terrenal aún encontró conveniente partir el espejo del comedor en dos y como colofón hizo que se fundieran todas las bombillas del piso. Todos los presentes se quedaron mudos ante tal despliegue de efectos especiales metafísicos y al final, cuando todo quedó en silencio y en penumbra, la médium declaró con la solemnidad que la ocasión requería que Pedro ya se había ido. A la luz de una linterna, la médium paró la mano, y entonces ella también se marchó por donde había venido con su cabello aún más electrificado si cabe y el bolsillo lleno. O al menos eso fue lo que contaron después.

Al poco tiempo, Natalia apareció mejorada, ya no tenía ojeras, se le había ido la mala cara y empezó a asomarle por debajo del delantal una barriguilla redonda que fue la comidilla del barrio. Todos se felicitaron por el acierto que había sido hacer que actuaran las fuerzas del bien y Daniel no cabía en sí de gozo y solo pedía que allá donde estuviera Pedro se alegrara por su buena fortuna, aunque quién sabe si Pedro lo haría porque al parecer la muerte acaba con todo menos con el orgullo humano.

 

ccalduch@2018-06-06

 

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