LA VACABRA

Una vaca negra con manchas blancas, como las que se ven paciendo idilicamente en los prados de los Alpes, está llorando en el campo. Tiene los ojos marrones, tiernos. Ya sabe que no va a volver a ver a su hijo. Quiere saber por qué le han quitado a su hijo, dónde está su hijo, qué han hecho con su hijo… No lo entenderá nunca. La vaca no entenderá nunca que los demás tengamos que comer carne y que nos tengamos que comer a sus hijos.

Al día siguiente, la vaca me espera desde la madrugada. Me mira, levanta el morro y muge hacia el cielo.  Ya no parece de tan de buen conformar como ayer. Las mentiras ya no le valen. Me recuerda a un toro en su ímpetu por tomarse su venganza. No me sigue porque yo lleve puesto un jersey rojo (que dicen que eso no es cierto, que no es el rojo lo que los atrae en el ruedo, sino el movimiento del trapo). La vaca me sigue porque sabe que ayer para cenar nos comimos a su hijo. Ellas no entienden que tengamos que comer carne. Ellas pacen y comen hierba, rumian durante horas, y luego cagan esas mierdas impresionantes y líquidas que el suelo absorbe lentamente durante días. Allá donde cae una plasta de vaca no vuelve a crecer la hierba, al menos, hasta el próximo verano. Luego, al secarse, se llenan de agujeritos misteriosos por los que se asoman las hormigas.

La vaca me sigue durante todo el día. No sé qué pretende. Vengarse, supongo. No me lo va a perdonar nunca. Sabe que me he comido a su hijo y no me perdona. Eso es lo que dicen sus ojos líquidos, llenos de ira. Está esperando el momento de atacar. Cómo explicarle a una vaca que somos carnívoros, que dicen que si no comemos carne nos faltarán proteínas, aminoacidos esenciales que nos ayudan a regenerar los tejidos, que por mucho que digan los abogados del vegetarianismo, no es lo mismo. No es lo mismo comer carne que comer legumbres. Hay muchos motivos para comer carne y tomar leche, dicen los médicos. La leche también se la quitamos a las vacas. Esa leche que debería ser para sus hijos nos la bebemos nosotros con café, con cacao… cada mañana. Y no es maldad, por mucho que digan algunos.

La vaca, negra y enorme como un toro, me sigue a todas partes durante días, hasta que al fin se decide.  Por suerte, le veo las intenciones y consigo esquivar su ataque. Me aparto de su camino y entonces ella intenta trepar por la pared escarpada de la montaña. A saber si al final no me perseguía a mí, a saber si yo no era más que un obstáculo en su camino hacia la libertad. La vaca se ha vuelto loca, pretende trepar hasta lo alto de la montaña como si fuera una cabra. Pero no lo logra y cae hacia atrás sobre su lomo enorme, y desde el suelo, boca arriba cual bicho inmundo, emite lastimeros mugidos como si se hubiera roto el espinazo. Intento ayudarla, pero no es posible. Prefiere morir antes que dejarse ayudar por alguien que se ha comido impunemente a su hijo.

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