Llegado el día

El día temido la asaltó por sorpresa. Luego, cuando ya había pasado todo, por la tarde, le dijeron que vendrían al día siguiente, hora indeterminada, a llevárselo. Vendrían una enfermera y un secretario judicial y después de ella firmar se lo llevarían, sin ceremonias, sin contemplaciones, sin atender a sus peticiones de poder verlo algún día aunque solo fuera de lejos, aunque solo fuera para saber que estaba bien.

 

Pasó la primera y la última noche con él en brazos, luchando contra el sueño, oliendo su cabello oscuro, estudiando sus rasgos, la naricilla redonda, la carita roja, aún tumefacta. Estaba entero, era perfecto, grande, hermoso y fuerte, un guerrero, un superviviente. A falta de nanas, le canturreó una canción que había oído cantar a su madre, a la que apenas recordaba, que hablaba de perfumes y de muerte. Poco apropiado, quizá, pero qué más daba eso si su corta vida ya venía marcada por la violencia: desde la concepción (la sujetaron entre cuatro mientras se turnaban sobre ella) al nacimiento (hicieron falta hierros para arrancárselo de dentro, como si él ya supiera lo que iba a ocurrir y se negara a separarse de ella). Tras horas de lucha, había salido con la cara roja y los puños en alto, furioso, bramando, pidiendo venganza o justicia, sin saber que las dos les son negadas por sistema a los indefensos.

 

De madrugada entró una enfermera, los vio dormidos, sintió pena y no los tocó.

 

Llegaron, al mediodía, las tres figuras como cuervos. 

Para qué hacerte la vida más difícil, firma y acaba con esto. Era el cura del pueblo el que le habló así. A ojos de muchos, era sabio y caritativo. Sabes que has obrado mal, quién sabe cuántas veces, y ahora ha llegado el momento de pagar por ello, pero no sufras, Dios perdona y a ti también te perdona y algún día mirarás atrás y sabrás que en este día hiciste lo correcto

No dijo nada. Podía haber preguntado dónde estaba Dios aquel otro día del que nunca hablaba, después de la fiesta, en el gimnasio donde la encerraron entre cuatro. Nunca confesó qué ocurrió, quién fue, quienes fueron. Cargó con la culpa sin culpar a nadie, no por miedo a sus amenazas, sino porque quién era ella, quién la iba a creer a ella, nadie.

 

Pusieron los papeles y una pluma en la mesa bajo la luz del sol. Le costó levantarse, sintió dolor, la sangre brotando de su interior como una catarata, se le nubló la vista mientras caminaba hasta la mesa. Le temblaba el pulso y le salió una firma torcida, fea, desconocida. Casi no había acabado cuando el secretario, un hombre estirado, de facciones indefinidas, escondidas tras una barba espesa y gafas oscuras, le arrancó los papeles de las manos. Al mismo tiempo la enfermera se inclinaba sobre la cuna. Entonces ella se puso en pie de un salto instintivo, como de gato, que hizo que se le volviera a nublar la vista. La mano huesuda del cura se interpuso. 

Ya está hecho. No hay vuelta atrás, dijo clavando sus ojos de águila en ella, es lo mejor para él y para ti. Él tendrá una buena vida con una familia, y cosas que tú no podrías darle nunca, a cambio tú podrás seguir con tu vida como si esto no hubiera pasado, y esperemos que ahora que ya sabes lo que es la vida uses más la cabeza.

 

Se marcharon. La puerta se cerró tras la comitiva, cayendo en las bisagras como una sentencia. Se quedó sola ante la cuna vacía. De la cuna sacó las sabanitas, las dobló y se metió en la cama con ellas. Las abrazó contra su pecho y las olisqueó como hacen las perras castradas.

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