Triste tigre triste

Llegaron un día a casa después de la compra y encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones y a su mascota Blu en la cama de matrimonio como si fuera el rey de Saba.

-¡Maldito gato asqueroso! –gritó la madre llorando ante su ajuar roto.

Cuando lo recogió de la calle hacía ya más de un año, el padre pensó que Blu –lo habían llamado así por sus ojillos tristes y azules, como el gato de la canción– era un simple cachorro de gato. La niña cayó rendida a sus pies, le hizo fiestas y le puso un cuenco de leche. Ante sus peculiares manchas doradas y marrones los tres se maravillaron. Pero Blu se desveló como caprichoso y déspota ya desde el primer día. El cuenco de leche quedó sin beber mientras él –estaba claro que era un “él” por las dos protuberancias que le asomaban por debajo de la cola– maullaba lastimeramente. A alguien –seguramente a la hija– se le ocurrió que si utilizaban biberón y lo arropaban como a un bebé quizá Blu se tomaría la leche, pero al carecer de tal instrumento, procedieron a alimentar a la recién adquirida mascota utilizando una jeringa de cocina con la que regaban la boca del animal con chorritos de leche de vaca cada tres horas.

Así pues, Blu creció entre algodones, y creció mucho y cada vez fue necesitando más espacio y alimento. En seis meses pasó a alimentarse exclusivamente de carne, unos 2 kilos al día, pero estaba tan malcriado que a menos que le dieran la carne cortada a trocitos no la tocaba. Sus desperdicios generaban problemas adicionales ya que después de hacer sus necesidades la casa apestaba durante horas. La familia soportó estoicamente aquellas inconveniencias, creyendo que era lo que todo el mundo que tenía mascota soportaba en mayor o menor medida.

Al año, Blu fue volviéndose consciente de su soledad y de noche salía al balcón y aullaba a la luna como un perro lobo. Sus llamados se oían a kilómetros a la redonda y a menudo acudía la patrulla municipal creyendo que se trataba de algún tipo de sirena o alarma. Los vecinos no estaban nada contentos, como puede intuirse, pero no se quejaban porque les tenían aprecio a los de aquella casa, si no mucho al menos el normal entre vecinos de toda la vida. Los de la casa creían que el gato simplemente echaba de menos a un compañero de su misma especie, y como no eran gente moderna y creían en el destino, no consideraron siquiera la idea de acudir al veterinario que los habría sacado de su error de un plumazo.

No fue hasta aquel día en que al regresar a casa encontraron las cortinas y las sábanas hechas jirones, que se dieron cuenta de que algo no marchaba conforme a lo esperado. Blu los miraba como si no los conociera, y cuando la madre intentó hacerle bajar de la cama a escobazos, gruñó y enseñó los dientes.

-Pero, ¿tú has visto? ¿Será capaz de morderme este sinvergüenza? –se quejaba la madre.

-Capaz es. Vámonos –ordenó el padre– venga, todos fuera, vamos.

Salieron al rellano de la escalera donde se habían acumulado algunos vecinos alertados por la escandalera. Algunos, sobrepasados los límites de su paciencia, amenazaban con llamar a la policía. Tener abandonada así a una mascota no es de recibo, aducían. El pobre animal se había pasado la tarde llorando de hambre, era cruel marcharse tan campantes y dejarlo sin comer. ¿Acaso creían que él se portaría así con ellos dado el caso? Para tratar así a una mascota era mejor no tener ninguna, etcétera.

Por suerte lograron deshacerse de los vecinos expresando contrición y propósitos de enmienda. Cuando se quedaron solos, María se volvió a su marido.

-Pepe, tienes que hacer algo.

-No sé yo… –titubeó Pepe– creo que deberíamos llamar a alguien para que le den una inyección, está muy alterado.

-Pepe, ¿no me dirás que quieres que lo maten? –María lo miraba con asombro.

-No, no, un tranquilizante, quería decir.

-¿No será que le tienes miedo?

-¿Yo, miedo? Qué va, mira, ya mismo entro.

Cuando Pepe estaba a punto de entrar en la casa y dejarse morder por Blu para demostrarle a María que él no era ningún cobarde, su vecina de rellano se asomó a la puerta. Pepe que era muy malo para los nombres, de repente recordó que aquella vecina se llamaba Salvadora, y no pudo evitar pensar que nunca hubo un nombre mejor puesto.

-¡Chist! Pasad, hacer el favor –instó la vecina.

Entraron. A la niña le sacó unas pastas y la puso ante el televisor, a ellos los hizo pasar a la cocina y les sirvió un café.

-A ver, lo que tenéis ahí no es un gato –empezó.

-¿Y qué es sino? –preguntó Pepe con incredulidad.

-Un tigre de bengala –aseveró la vecina abriendo bien los ojos para dar mayor énfasis a sus palabras.

-No, no –interpuso María– Blu es un gato, lo que pasa es que se ha hecho un poco más grande de la cuenta, ¿a que sí, Pepe?

Pepe asintió mecánicamente como siempre que ella le preguntaba algo en aquel tono, pero había empezado a dudar. Lo que decía la señora Salvadora tenía sentido.

-¡Que sé lo que me digo! –insistió la vecina– Y lo sé porque desde que murió Nicanor, mi marido, solo veo documentales de la 2.

-¿Y si es así qué hay que hacer? –preguntó Pepe.

-Pero… pero Pepe! –interpuso María.

-¡Ni Pepe, ni ostias! –exclamó Pepe– eso que tenemos en casa no es un gato, eso está claro. Hay que ser tonto para no darse cuenta.

-Ah, ahora soy tonta, ¿no? –siguió María ofendida.

-¡Noo! –exclamó Pepe en tono conciliador– yo no he dicho que tú fueras…

-Era solo una manera de hablar –le ayudó de nuevo la vecina.

-Eso –dijo Pepe, doblemente agradecido a la vecina en su fuero interno– era solo una manera de hablar.

-Mirad –siguió la vecina– lo que haremos es llamar al ayuntamiento, ellos sabrán dónde hay que llevarlo.

-¿Y a dónde lo van a llevar? –preguntó María.

-Pues no sé, a la perrera de tigres, supongo –dijo la vecina.

-A la tigrera –añadió Pepe.

-¡Mira que eres, eh! –se quejó María– Como estamos y tú con bromitas. A saber lo que estará haciendo aquella bestia en nuestra casa.

-Mujer, no te lo tomes a mal, era solo por hacerte reír un poco, que estás muy tensa. Ven aquí.

Pepe intentó abrazar a María, pero esta se echó a un lado. Él insistió y al final ella se dejó.

-Bueno, ¿qué, llamo o qué? ­–interrumpió la vecina algo molesta ante las muestras de afecto entre la pareja, que le hacían sentir un poco de envidia cochina y también nostalgia por su Nicanor muerto.

-Llame, llame –dijo Pepe al final– que en la tigrera faltan tigres.

María se echó a reír.

-¡Mira que eres tontorrón!

La vecina pensó que en realidad eran muy tontos los dos, pero eran jóvenes y tenían derecho. Así que llamó al ayuntamiento y enseguida la calle se llenó con la estridencia de las sirenas.

ccalduch©2017

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