Hem’s Nursery

And to think that we almost passed.

Let me tell you why. It was overcast. It was the end of that relentless Midwestern summer you had loved so. And there were still so many things to do, last things to buy and jam in suitcases, people to see, long goodbyes to bid, tears to hide and swallow.

But we went, in spite of all. It was a short drive. After all, you were born not far from the windy city and the lake. And so, uninvited, unexpected, we went to meet your house.

Right there in front of our eyes your first house stood, behind and old oak tree, shyly bathing in the late summer sun, with its round porch and the usual ghosts in the attic.

The door was open, the house waiting for visitors. We entered.

Standing in the foyer, I thought, one hundred years back and more, of a grandfather-to-be opening that same door to welcome a future, but yet unknown, in-law. Then, praises to the house and a firm shake of hands, and like that, in a split second, the house was sold.

Soon began the moving-in with the young daughter, a diva, a would-be soprano, and the ill mother. In the piano room the daughter’s voice would spread from her finger tips to the end of the house, to be met with great applause and promises of a future bright.

And then, the unexpected: her eyes blinded by the powerful light beams, failure, and the desperate final cry was heard for miles. Slowly, she would come to accept her fate, and all day long it was her piano which was heard in the house, there was constant music escaping into the distance like spilled stars across the sky and shrill childish voices filled the house and stung her poor ears.

The modest wages of a music teacher, the father’s failing finances, a mother’s illness and death, unpaid doctor’s bills, the maids’ demands, and her moody temper, all spelled disaster, but then, just in time, there was a knock on the door.

-Who was that, dear?

-The young doctor from across the street, father.

-¿Why, the doctor? Are you ill?

-No, father, I am not ill, it is just that he wants to marry me.

-Do you love him, my daughter?

-I don’t know, father.

-Do you think you could grow to love him?

He was not wealthy, but his eyes were sincere and warm.

-May-be.

-Well, then…

And so, like that, she took him.

And then came social engagements and preparations: parties, dresses, lace and frills and last-minute nerves till the day of the wedding dawned and finally came to pass. And then the first night fell heavy on the house, like any first night, and finally her fears were put to rest.

Time passed and her first babe was due and the grandmother-to-be presented her with the nursery furniture and rules and specifications. The nursery was to be set up in the most eastern room so as to get the first rays of the sun, it was to look upon the back yard, away from the noisy street, the shades would be made of an off-white cotton, the carpet a light mauve. She had other ideas and her ideas would be heard. She went to him, teary eyed and whispered.

So, the nursery was set up in the most southern room and there were silk shades in the windows and roses on the carpet. And soon after, a baby girl came along to occupy it. And later, you, out of the dark, amidst her sweat and her cries, brawling into a summer night, were born.

Only six years you lived in that house. Spring days were spent roaming outside, feeding birds and squirrels. Summer days would be spent by the river, fishing and drifting on your father’s boat, on long rides to far away Indian camps, breathing in the wooden smoke of the bonfires and the endless stories. In the fall, your feet would trample on the dry leaves of the backyard and the dark days of winter would be spent listening to your grandfather’s stories of old and bygone wars, till your eyes would well up with life’s wonders.

And all that you learned in that house, in those years, you later gave back to the world through your writings.

And to think that it all started in that house, which still stands in the same spot, behind the old oak.

ccalduch©2017

TRADUCCIÓN

LA CUNA DE HEM

 

Y pensar que por poco pasamos de ir.

Déjame que te explique el porqué. Estaba nublado. Se aproximaba el final del verano inclemente del Medio Oeste que tú tanto habías amado. Y aún nos faltaban tantas cosas, las últimas compras que hacer para luego embutir en las maletas, parientes que ver, largas despedidas, lágrimas que esconder y tragarse.

Pero al final fuimos a pesar de todo. No quedaba muy lejos. No en vano naciste cerca de la ciudad del viento y del lago. Y así, sin invitación, sin que nos esperara nadie, fuimos a conocer tu casa.

Allí estaba, frente a nosotros, tras un roble viejo, bañada suavemente por el sol del verano tardío, con su porche circular y fantasmas en la buhardilla, como los de cualquier casa que se precie.

La puerta estaba abierta, la casa esperaba a visitantes. Entramos.

En el vestíbulo me vino a la mente una escena de hace cien años o más, el futuro abuelo abriendo aquella misma puerta para recibir al que habría de ser, aunque aún ninguno de los dos lo supiera, un consuegro. Acto seguido, alabanzas a la casa, un apretón fuerte de manos, y así, en un instante, se ultimó la venta.

Pronto comenzó la mudanza con la hija, una diva que algún día sería soprano, y la madre enferma. En la habitación del piano la voz de la hija se extendería a lo largo de sus dedos hasta los confines de la casa, y sería recibida con grandes aplausos y promesas de un gran futuro.

Y entonces pasó lo inesperado: el fracaso, sus ojos no soportaron la presión de los potentes focos, y entonces su grito desesperado se oyó desde varias millas a distancia. Lentamente, se conformaría con su destino y todo el día sonaba el piano en la casa, la música escapaba como estrellas desparramadas por el cielo y la casa se llenó de voces chillonas de niños que le lastimaban sus pobres oídos.

Su paga modesta como profesora de música, las finanzas precarias del padre, la enfermedad y muerte de la madre, las facturas médicas pendientes de pago, las exigencias de las criadas, todo ello no se avenía con su carácter, suerte que justo entonces alguien llamó a la puerta.

-¿Quién era, cariño?

-El joven medico que vive al otro lado de la calle, padre.

-¿Cómo que el medico? ¿Estás enferma?

-No, padre, no estoy enferma, solo que quiere que me case con él.

-¿Tú le quieres, hija?

-No lo sé, padre.

-¿Crees que podrías llegar a quererle?

No tenia dinero, pero sus ojos eran sinceros y cálidos.

-Qui…zá.

-Bien, pues.

Y así, sin más, lo aceptó.

Entonces todo fueron compromisos sociales y preparativos: fiestas, vestidos, puntillas, velos, y los nervios del ultimo minuto hasta que llegó y pasó el día de la boda. Y la primera noche cayó sobre la casa, como cualquier primer noche, y finalmente sus miedos se desvanecieron.

Pasó el tiempo. Iba a tener a su primer hijo y la futura abuela le regaló los muebles de la habitación del bebé y le trajo también normas y requerimientos. La habitación del bebé tenía que estar orientada al este para que le diera el sol de mañana, tenía que dar sobre el jardín interior para estar protegida del ruido de la calle, las cortinas habían de ser de algodón de color crema, la alfombra de color malva. Ella tenia otras ideas, y sus ideas se acabarían imponiendo. Acudió a él, con lágrimas en los ojos y susurró en su oído. Así que la habitación del bebé sería la que estaba orientada más al sur, tendría cortinas de seda y rosas pintadas en la alfombra. Pronto llegó la primer ocupante, una niña. Y luego en una noche de verano llegaste tú, bramando a través de la oscuridad, entre sudor y gritos.

Solo seis años viviste en aquella casa. Los días de primavera los pasabas correteando en el jardín, dándole de comer a los pájaros y a las ardillas. Los días de verano los pasabas en el río, pescando o en la barca de tu padre, de camino a lejanos campos donde vivían los indios, tragando el humo de las hogueras y las historias que no acababan nunca. En otoño, correteabas sobre la alfombra de hojas secas del jardín y los largos días del invierno los pasabas escuchando las batallitas de tu abuelo, creciste con los ojos llenos de maravillas.

Y todo lo que aprendiste en aquella casa, durante aquellos años, lo devolviste después al mundo con tus textos.

Y pensar que todo empezó en aquella casa, que aún sigue allí, tras el viejo roble.

 

 

ccalduch©2017

 

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2 comentarios

Archivado bajo Fiction Writing, flash fiction, inmortal, online fiction, Writers, Writing

2 Respuestas a “Hem’s Nursery

  1. Of course you were going to curl the curl by writing in english, Cristina! Good idea! XD However, I think that in my reading I lost something of the story. I will read it again tomorrow, with my mind clearer.

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