Un caso particular

Hace unos días me ocurrió un caso. Sin que sirva de precedente, yo que no soy amiga de relatar notas biográficas, voy a contarlo. Los (pocos) osados que me siguen en mi blog saben que suelo contar historias más o menos lacrimógenas, con voluntad, seguramente demasiado presuntuosa, de cavar túneles hacia el inconsciente colectivo. Pero creo que hoy debo hacer una excepción y relatar el episodio personal que viví hace unos días y para el que no encuentro explicación.

Que vaya por delante que nunca he creído demasiado en el más allá, ni en magias, ni en el supuesto poder de pócimas de amor o de brujos o brujas, ni de los de antes, ni de los de ahora. Por consiguiente, no tengo manera de calificar, ni de clasificar de manera racional, lo ocurrido sino es como una jugada de mi subconsciente que en un momento de gran tensión acudió en mi ayuda.

Pero debo empezar sin más preámbulo.

Se dio la circunstancia de que unos días atrás me convocaron a unas pruebas de promoción dentro de mi departamento, gracias a las cuales -siempre que las supere, claro está- podré mejorar sustancialmente mi posición. Cuento con un buen currículum y años de experiencia en la rama administrativa para la que se convocó el concurso, así que no puedo decir que estuviera excesivamente nerviosa el día de la prueba -quizá estaba un poco ansiosa porque temía llegar tarde y por eso llegué bastante antes de la hora indicada en la convocatoria y tuve que esperar en la puerta un buen rato hasta que abrieron.

Las pruebas se llevaron a cabo en un antiguo monasterio medieval que durante una época oscura de la historia llegó a ser una prisión, y que a finales del siglo XX fue reconvertido en oficinas de la administración pública. Yo había estado allí anteriormente, una vez fue para una reunión informativa sobre el mosquito tigre y otra vez fui a una formación de un nuevo programa informático de mi trabajo. No me había parecido que el lugar fuera excesivamente lúgubre ni opresivo a pesar de que sabía cuáles habían sido sus funciones en el pasado. La verdad es que realizaron un excelente trabajo de carpintería y de iluminación en el interior del edificio, y aparte del claustro, que solo se puede ver a través de las ventanas superiores, no queda ningún signo visible de las prestaciones que tuvo aquel edificio a lo largo de la historia, por lo que nadie que no conozca de entrada su origen se atrevería a decir que aquel lugar moderno y funcional había servido para otra cosa que no fueran trámites administrativos.

Mientras esperaba a que abrieran, se fue congregando en la puerta un gran número de personas. A las nueve en punto un bedel salió a abrir y deslizó un taco en el suelo para mantener la puerta principal abierta. Finalmente entramos. El bedel dijo que los que habíamos de realizar la prueba debíamos esperar allí mismo, en el vestíbulo, a que nos llamaran.

Pasó una media hora durante la cual me dediqué a visitar el cuarto de baño repetidas veces, comprobar mi documentación una y otra vez y morderme las uñas. A las diez menos cuarto en punto salió un funcionario del interior de una sala con una lista en la mano y empezó a leer nombres. Cuando oí que me llamaban, me presenté ante él con mi documento de identidad en la mano. El hombre le echó una rápida ojeada y me indicó con un gesto de cabeza que pasara a la sala.

En la sala había otro funcionario, que sonreía vagamente pero sin mirar a los ojos, que me indicó que tomara asiento. Me senté a una mesa sobre la que había un cuadernillo vuelto hacia abajo y que contenía la prueba. Siguiendo instrucciones coloqué sobre la mesa –digo mesa, pero era más bien un escritorio o pupitre escolar de madera que yo no había visto desde mis tiempos de estudiante- mi documento de identidad, que debía permanecer a la vista a lo largo de toda la prueba, y un par de bolígrafos. Sin nada más que hacer de momento, me crucé de brazos a esperar de nuevo.

La visión de los escritorios, de la pizarra negra en la pared y la tarima donde habrían de colocarse luego los funcionarios examinadores me retrotrajo a mis años de instituto y a las noches pasadas en vela con los codos pegados a la mesa. Sospecho que perderme en aquellos recuerdos pudo ser el detonante de la desconexión con la realidad que experimenté luego y que dio lugar a las visiones que tuve y que ya estoy tardando en relatar.

El resto de candidatos fue entrando lentamente en la sala, que era rectangular y bastante alargada y estrecha, y cuando ya estuvimos todos dentro se cerró la puerta con un estruendo de sarcófago tal que no pude evitar dar un respingo. Los dos examinadores subieron a la tarima al frente de la sala, uno de ellos miró fugazmente hacia el reloj que había colgado al lado de la pizarra y dijo que aún faltaban cinco minutos para empezar. Hasta entonces, no podíamos tocar el cuaderno de preguntas que teníamos en la mesa ante nosotros. Entretanto, el segundo examinador repasaba la lista de convocados advirtiendo en voz baja a su compañero que había fallado bastante gente.

En verdad habían quedado muchos pupitres vacíos. Conté rápidamente a unas treinta personas en la sala, que desistí de estudiar en profundidad para evitar ponerme nerviosa calculando las potencialidades de cada uno. Me había tocado sentarme hacia la mitad de la sala y de repente me asaltó la duda de si sería capaz de leer lo que los examinadores escribieran en la pizarra, si es que escribían algo, ya que padezco de un grado alto de miopía. Sin embargo, no pedí cambiar de asiento, aunque habían quedado varios vacíos justo en la parte de delante, y no lo hice por miedo a suscitar rechazo en los examinadores y por evitar la escena. Respiré hondo, me clavé bien las gafas en la nariz y me dije que todo iría bien.

Seguí paseando la vista por la sala y me encontré estudiando unos pequeños salientes en la parte superior de las paredes laterales que hacían las veces de pequeña repisa natural. Me pregunté por qué habrían colocado sobre cada repisa una vela encendida y me sorprendió no haber notado el característico y desagradable olor a cera quemada hasta el momento. Me pregunté también si no contravendría la normativa anti incendios tener velas encendidas en un lugar público, pero no me atreví a decir nada viendo que nadie más parecía extrañado ni molesto. Me dije que mejor sería que me concentrara en la tarea que tenía ante mí y que me olvidara del olor intenso a cera quemada que se estaba extendiendo por la estancia.

Pasados los cinco minutos de rigor, uno de los examinadores pasó a explicar las instrucciones de la prueba. Lo primero que dijo fue que debíamos apagar los teléfonos móviles. Tan solo dos o tres personas se movieron. El examinador nos advirtió de que si sonaba un móvil durante la realización de la prueba se anularía la prueba del dueño del mismo. A la sazón, se produjo un afanosa búsqueda en bolsos y bolsillos por parte de muchos más candidatos que antes. Yo no tengo móvil así que no tenía de qué preocuparme. Cuando, al parecer, ya no quedaba ningún móvil encendido en la sala, el examinador continuó con las instrucciones.

La voz del examinador era monótona y tenue y me llegaba como ahogada bajo otra voz, una voz paralela que fue ascendiendo hasta anularla casi por completo. Imaginé que el candidato a mi lado estaba repitiendo las instrucciones en voz baja y le hice un gesto para que se callara. El examinador pidió atención y siguió con su perorata, pero yo apenas lograba oír ni una palabra de lo que estaba diciendo. Lo único que me llegaba a los oídos era la misma letanía incomprensible de antes que fue adquiriendo un volumen cada vez más elevado.

Pensé que quizá estaban pasando una película en una sala continua, o algo así, y levanté la mano para expresar mi malestar. El examinador me miró algo impaciente. Le dije que no podía oír bien debido al ruido de fondo y le pedí que hablara más fuerte. El examinador se esforzó por complacerme, pero yo seguía sin oír nada, solo lograba escuchar aquella voz tan extraña que hablaba en un idioma incomprensible para mí.

A nadie más parecía molestarle aquella situación y decidí no decir nada más, pero lentamente me invadió un sudor frío y sentí principios de pánico. El segundo examinador se acercó a mí. Tranquila, dijo, respira hondo. Gracias, dije, ¿podrían apagar las velas? Me molesta mucho el olor.

El hombre me miró extrañado. Yo miré hacia las velas y señalé la más próxima a mí, la llama oscilaba en el aire y la cera caliente se estaba derritiendo lentamente sobre la base de la repisa. Era muy evidente para mí, pero aquel hombre parecía no ver nada. Me dijo que respirara hondo, que todo iría bien y después de darme una palmada en el hombro, se alejó.

Me dije que debía calmarme. Hice un par de respiraciones profundas y esperé hasta que el examinador anunció el inicio de la prueba. Entonces le di la vuelta al cuaderno confiando en poder completar la prueba aunque no me había enterado de la explicación y la dichosa voz siguiera recitando lo que fuera que recitara, impidiéndome pensar con claridad. Me dije que si a lo largo de la prueba encontraba alguna dificultad siempre podría preguntar mis dudas a los dos examinadores que para eso estaban allí.

A la sazón, miré hacia los examinadores y de repente vi frente a la pizarra a un hombre vestido con un sayo blanco y capucha. Estaba encaramado en una tarima de madera y tenía ante sí un gran libro del que parecía estar leyendo. La misteriosa voz provenía de su garganta. En un momento súbito de lucidez comprendí que el idioma en el que el hombre estaba leyendo era latín.

Bajé la mirada y negué con la cabeza. Me dije que aquello no era verdad. Me pregunté si no estaría soñando. Quizá estaba soñando con que estaba haciendo ya la prueba, pero en realidad estaba dormida. Me toqué la cara, toqué la mesa con las manos, todo era sólido y real. No era ningún sueño.  Me dije que debía concentrarme en las preguntas que tenía ante mí en el cuaderno. Haciendo un esfuerzo supremo intenté leerlas, pero no pude. Las letras impresas bailaban ante mis ojos y yo era incapaz de hilvanar los sentidos de las palabras.

Uno de los examinadores advirtió mi angustia y se acercó a mí. Me preguntó si me encontraba bien y si acaso no necesitaba salir a tomar un poco el ai…

A partir de aquel momento dejé de comprender lo que decía. No sé cómo ni por qué, pero no entendía su idioma. Sin embargo, las palabras del monje se abrieron paso en mi mente por primera vez con total claridad:

In mense autem sextom,

missus est angelus Gabriel a Deo in civitatem Galilaeae,

cui nomen Nazareth,

ad virginem desponsatam viro,

cui nomen erat Ioseph,

de domo David,

et nomen virginis Maria…

Atónita, levanté la mirada que se cruzó con la del monje que al verme dejó de leer. Me miró también durante un largo rato y luego alargó la mano. Veni huc, dijo con voz clara y autoritaria.

Como empujada por una fuerza invisible, me puse en pie y caminé hasta él. Nadie me lo impidió, los examinadores y los demás candidatos se clarearon como un reflejo en el agua hasta desaparecer a medida que aparecían a ambos lados de la sala unas mesas alargadas donde otros monjes vestidos también de blanco, estaban sentados comiendo de unos cuencos de madera.

Cuando llegué a su lado, el monje me señaló la línea en el libro desde la que debía continuar leyendo, entonces él se bajó de la tarima y me cedió su lugar. A la luz de las velas empecé a leer:

…et ingressus ángelus ad eam dixit:

Ave gratia plena:

Dominus tecum:

benedicta tu in mulieribus.

Quae cum audisset,

turbata est in sermone eius,

et cogitaban qualis esset isla salutatio.

Et ait ángelus ei:

Ne timeas Maria,

invenisti enim gratiam apud Deum:

ecce concipies in utero,

et paries filium,

et vocabis nomen eius IESUM…

 

Seguí leyendo  sin tropezarme con las palabras cuyo significado era totalmente transparente para mí. El libro del que leía era de un maravilloso dorado, las letras eran enormes y estaban escritas en tinta de diversos colores. Nadie en la sala hablaba. Todos escuchaban atentos y yo sentía que a medida que leía se iba fundiendo el miedo en mi interior y solo me quedaba sitio para la paz.

Al cabo de un rato, sonó una campanilla y el monje que me había dado paso se acercó a mí y me hizo una seña. Había acabado la comida. Los monjes empezaron a desfilar, alguien apagó las velas. La sala quedó vacía y yo me quedé sola.

Me bajé de la tarima y deshice el camino andado. Lentamente reaparecieron ante mí los candidatos sentados a sus mesas y los dos examinadores al frente de la sala.

La mejor explicación que se me ocurre es que fue como si en un escenario teatral se hubiera iluminado una escena mientras se oscurecía otra. Nadie pareció darse cuenta de que yo había pasado de una escena a otra, así que me senté en mi escritorio sin más.

Sobre mi mesa seguía el cuaderno de la prueba, mi documento de identidad y mis bolígrafos. Nadie había tocado nada. El cuaderno seguía en blanco, pero no sentí ningún tipo de ansiedad. De hecho, cuando miré el reloj vi que no habían pasado ni cinco minutos desde el inicio de la prueba. Con aquella paz insólita que me inundaba, me enfrenté a las preguntas y las respondí todas sin que me temblara el pulso. Acabé la primera, entregué el cuaderno y me marché. En la calle el sol del mediodía me bañó con su luz blanca. Nunca antes en mi vida me había sentido tan en paz con el mundo.

Con el paso de los días los detalles de aquel episodio se van difuminando lentamente en mi mente, pero no así la sensación de paz que sentí y que aún me dura. Como ya he dicho no creo en magias. Pero sí creo que para algunas cosas simplemente no existen palabras.

 

ccalduch©2017

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