La luz del mundo

Miguel quería hacerse mayor deprisa para salvar a las palomas. Cada tarde, después del colegio, salía al balcón y las vigilaba. Las sabía indefensas ante los ataques de un vecino que se dedicaba a matarlas a perdigonazo limpio. Le entristecía que hubieran de morir siendo tan hermosas, con aquel plumaje azul marino y gris, con sus listas brillantes y oscuras, y los buches llenos del pan que las viudas les tiraban en los parques.

Desde la cama, las oía llorar al amanecer. Las palomas lloraban como si supieran que iban a morir. Y él las vigilaba aún más y vigilaba al vecino asesino y cuando oía que abría la ventana, salía corriendo al balcón y hacía aspavientos para espantarlas. Pero las palomas no se daban por aludidas. Y solo cuando el pum de la escopeta derribaba a una de ellas, levantaban el vuelo.

Miguel se imaginaba encarándose con el vecino y hacía listas de todas las cosas que le diría. Pero cuando se lo cruzaba por la calle o por la escalera, tan alto y bigotudo, el valor se le helaba en los huesos. Decían que había sido militar y que gastaba malas pulgas y él era solo un niño.

Un día Miguel les dijo a sus hermanas que el vecino pegaba tiros a las palomas desde la ventana. Sus hermanas no le creyeron, hasta que un día presenciaron ellas mismas una de aquellas escabechinas. Eugenia dijo que deberían llamar a la policía, el vecino era un peligro y si erraba el tiro podía matar a alguien que pasara por la calle, pero Pepita no quería saber nada del asunto. Bastante ocupadas estaban ya con la casa y la lechería, como para meterse a salvar palomas. Poco tiempo después, alguien denunció al vecino, entonces vino la policía, hubo gritos y al final el vecino se quedó sin escopeta.

***

Sus padres les habían dejado una lechería, con un piso donde vivían los tres. En la parte de atrás de la lechería estaban las vacas en su cuadra. Por las mañanas antes de salir al colegio, Miguel les daba el pienso y después del colegio limpiaba la cuadra. En verano, con todas las ventanas abiertas, el piso se llenaba de moscas y de hedor, y él salía al balcón a respirar un poco de aire fresco y a soñar. Soñaba que navegaba río abajo, más allá del delta, que bordeaba la península, pasaba el estrecho de Gibraltar y llegaba hasta África donde se dedicaría a salvar a los elefantes de los cazadores de marfil.

Cuando le contaba sus planes a su hermana Eugenia, esta se reía.

-¡Qué niño este! ¡Vas a tener que dejar de ir al cine si sigues con esas fantasías!

Los domingos por la tarde el novio de su hermana Pepita los llevaba al cine. Normalmente ponían películas de Tarzán, de indios o de romanos.

-¿Por qué no escapa Jesús si sabe que lo van a matar? –preguntó Miguel a su hermana el día que vieron Rey de Reyes.

-¡Te quieres callar! –se quejó Pepita.

De las películas de romanos Miguel copió el gesto de los pulgares arriba y abajo para indicar sí o no. Aquello irritaba a Pepita sobremanera.

-¡Estás tonto, niño! –le decía, dándole un manotazo cada vez que él le respondía a una pregunta suya con un gesto del pulgar.

 

Una vez el novio de Pepita le dio entradas para el circo.

-¿Cuántos años tienes ya, chaval? –le preguntó revolviéndole el cabello.

-Catorce –murmuró Miguel.

-¿Catorce aún? ¿No te podrías dar más prisa en crecer?

Miguel se encogió de hombros y Enrique, el novio, se echó a reír. Enrique era mucho de la broma, pero en el fondo tenía tanta prisa en casarse como daba a entender. Sin embargo, sus hermanas habían jurado a sus padres no casarse hasta que Miguel fuera mayor de edad. Enrique decía que no podría esperar tanto. Se le iban los ojos y las manos detrás de Pepita y ella, que era muy recta, tenía que quitárselo de encima como podía.

-¡Quita, moscardón! –se quejaba, dándole manotazos.

Entonces Enrique se marchaba con el rabo entre las piernas.

-Si no lo quieres, díselo, pero no le tengas en vilo –le dijo una vez Miguel a su hermana.

-¡Anda éste! –exclamó ella -¿Qué sabrás tú si lo quiero o no? ¿Qué sabrás tú de esas cosas?

Él sabía lo suficiente porque observaba a las palomas y sabía que cuando los palomos les iban detrás con el buche henchido, si ellas no los querían les picaban fuerte y ellos se alejaban humillados.

***

Al circo fue con Eugenia que no tenía novio, ni quería. En el circo vieron elefantes, trapecistas y payasos. Él solo había visto elefantes en las películas y le impresionó que aquellos animales tan grandes y poderosos se movieran en la pista como viejos, sin fuerza ni ganas, y que no se rebelaran contra el domador. Luego comprendió el porqué. Los elefantes se habían rendido, y fue como si algo se le rompiera por dentro.

-Estás muy callado. ¿No te ha gustado el circo? –le preguntó su hermana al salir.

-No mucho.

-A mí tampoco, olía muy mal. Pero el número de los trapecistas me ha gustado. Ven, vamos a comprar algodón de azúcar a ver si así alegras la cara.

-A ver, ¿qué estás pensando? –preguntó su hermana, algo después.

-¿A ti te parece que los animales sufren? -preguntó clavando en su hermana sus ojos oscuros.

-¡Ay, qué cosas tienes! Yo creo que no, vaya, no son como las personas y si sufren pues viene el veterinario y les pone una inyección y listo.

-Pues yo quiero ser veterinario.

-¡Ay Dios! -suspiró Eugenia.

-Para ser veterinario hay que estudiar el bachillerato, carrera y toda la pesca –advirtió Enrique mientras comían al día siguiente.

-Pues estudiaré carrera –dijo Miguel.

-Claro, ¡cómo que eso es tan fácil! ¡Tú sabes lo caro que es eso, hombre! –se quejaba Pepita dejando caer la cuchara en el plato –además, habíamos dicho que estudiarías para chispas, y yo ya he hablado con el director del colegio.

-¡Pues ahora quiero ser veterinario!

-¡No puedo con él… este niño es un caprichoso! –se quejó Pepita saliendo del comedor.

Enrique miró a Miguel, haciendo un mohín.

-No disgustes a tu hermana así, hombre -dijo y salió tras Pepita.

-¿Qué problema hay? –dijo él volviéndose a Eugenia.

-Pues el dinero, qué va a ser –dijo Eugenia –anda, come, ya hablaremos.

No hubo nada que hablar. El dinero era una razón más poderosa que todas sus ansias por salvar animales, así que Miguel se hizo electricista.

***

El verano en que cumplió 18 años, Pepita y Enrique hicieron la boda. El día de la boda Pepita y Enrique se pasearon entre las mesas de invitados repartiendo cigarrillos y puros. A Enrique se le iban las manos detrás de Pepita y ella le daba manotazos.

-¡Quita, moscardón! –reía ella.

-¡Me he hecho viejo esperando, y todo por ti! –se quejaba Enrique riendo y revolviéndole el cabello a Miguel.

-Pues en unas pocas horas será toda tuya –rio Miguel y su hermana, roja de vergüenza, le dio un codazo.

-¡Vivan los novios!

-¡VIVAN!

-¿Y tú, Miguelillo, no tienes novia?–le preguntó una tía, hermana de su padre, cuando empezó el baile.

Él negó con la cabeza.

-Pues dicen que de una boda siempre sale otra… y mira, ahí hay una palomita con ganas de bailar.

Él miró de reojo a una chica que estaba sola y se movía ligeramente al son de la música. Llevaba un vestido azul ceñido, una torera blanca y el cabello recogido en un moño alto como era la moda. Se llamaba Mónica, si no recordaba mal, alguien los había presentado por la mañana en la iglesia. Miguel se puso en pie, se guardó las manos callosas en los bolsillos y avanzó hacia ella.

***

Todo estaba cambiando. Un buen día el gobierno dispuso que la leche fuera embotellada industrialmente. Así que tuvieron que cerrar la lechería y vender las vacas. Miguel no quería estar en casa el día en que habían de llevárselas, y se fue al cine con Mónica.

Se acercaba la Semana Santa y en la cartelera solo había películas de romanos.

-Esta película la vi de pequeño –murmuró él cuando se sentaron.

– ¿Ah sí? Pues yo no la he visto así que no me la expliques.

-Te puedes imaginar cómo acaba –dijo y Mónica frunció el ceño.

-No bromees con esas cosas.

-Perdona.

Él a veces olvidaba que ella era creyente, mucho más que él, y que le tenía respeto a las cosas de la iglesia. En el momento de la crucifixión, Mónica dejó caer la cabeza en su hombro y se tapó la cara. Entonces él le preguntó al oído:

-¿Por qué no ha huido?

-¿Qué dices?

Él repitió la pregunta. Mónica volvió sus ojos hacia él y lo miró como si estuviera mal de la cabeza.

-No… no lo sé.

Cuando salieron a la calle, el intentó explicarse.

-Siempre me he preguntado por qué no huyó si sabía lo que iba a pasarle.

-Pues porque tenía que ser así, tenía que morir.

-¿Y por qué?

-Porque se sacrificó para salvarnos a nosotros.

-Salvarnos ¿de qué?

-No lo sé, ¿por qué me preguntas todas esas cosas?

-Es que yo no creo en esa salvación, creo que cada uno se salva a si mismo.

-Dices unas cosas muy raras.

-Perdona, no te enfades.

-No, si no me enfado.

-Yo creo que algo enfadada sí estás.

-Que te digo que no.

Siguieron andando. Mónica estuvo callada todo el camino.  Cuando llegaron a su portal, no quiso darle un beso. Miguel no era de los que insistían, así que se dio la vuelta y se fue a su casa.

Cuando llegó, las vacas ya no estaban. Sus hermanas no parecían muy afectadas. Discutían con Enrique sobre la necesidad de derribar la cuadra y transformar la lechería en un colmado o en una tienda de ultramarinos. Para el caso es lo mismo, murmuró él al pasar, pero no lo oyeron.

Se metió en su cuarto y salió al balcón. Los últimos rayos del sol caían sobre los edificios. Las palomas cabeceaban en las barandas como habían hecho siempre y siempre harían, inmunes a lo que ocurría a su alrededor. Y luego, después de cenar, él llamaría a Mónica por teléfono, se disculparía y quedarían para ir a bailar, o lo que fuera que ella quisiera hacer, el próximo domingo. Y mañana él se levantaría como cada día de su vida, a las seis de la mañana, se pondría el mono azul y saldría con su caja de herramientas a iluminar un poco el mundo.

ccalduch©2017

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2 comentarios

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2 Respuestas a “La luz del mundo

  1. Cuando yo era un mocoso tenía una duda, por las calles de mi barrio había siempre algún perro con sus cachorros, alguna gata con sus crías, en el mercado vendían pollitos amarillos que seguramente tenían pocos días. Pero jamás de los jamases vi una cría de paloma. Para mi era un misterio. Hasta hoy.
    Casualmente dos puertas más allá de la mía vivía un guardia civil viudo y retirado. Alto, enjuto, bigote fascista, y todos decían que tenia pipa (un arma)
    Hoy descubro gracias a tu historia que aquel cabrón pudiera ser el responsable de que en mi niñez nunca viera un pichón

  2. Muy interesante, Cristina. Qué potente cuando Miguel pregunta “por qué no ha huido”; claro, la no huida de Jesús, es la misma no huida de las palomas, que es la misma no huida de Enrique, que es la misma no huida de los elefantes, que al final es su misma no huida. Una historia de rendición y rotura.

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