¿Lo ves ahora, ángel?


Llego tarde, muy tarde. Me he dormido. Es imperdonable. Pero es el jet-lag. La falta de sueño. Corro, pero por más que corra, no consigo ir más deprisa y el tiempo no deja de correr en mi contra. Tengo sensación de irrealidad, de pesadilla. A cada tanto me paro, me doblo por la cintura y espero a que me vuelva el aliento y luego echo a correr de nuevo. Juraría que me sigue un viejo. Pero es imposible, ¿quién podría seguirme a este paso? Seguro que todo son manías, manías mías.

*

Tengo manía persecutoria y se debe a que tengo cargo de conciencia. Todo empezó al bajar del avión hace unos días. Robé un libro de una biblioteca. Lo necesitaba para defender mi teoría. El libro es el eslabón perdido de una larga cadena. Tras pasar años entregada a una búsqueda frenética, me quedaban pocas esperanzas de encontrarlo, pero gracias a una casi imperceptible pista que encontré en internet logré dar con la biblioteca que alojaba el incunable que ahora tengo en mi poder.

Es probable que este sea el único ejemplar en el mundo de una novela de una autora medieval desconocida para el mundo, Eilean de Léves. La vida de la Eilean histórica se cuenta en tres trazos rápidos: nacida hacia 1130 en el castillo de Donan, en Loch Duich, Escocia, fue raptada en la adolescencia por un caudillo normando que la vejó primero para abandonarla luego en un convento en Francia donde pasaría el resto de su vida. Hasta ahí el personaje histórico, no demasiado distinto a tantos otros. El problema comienza cuando nos adentramos en su faceta de novelista, que ha sido motivo de dudas y agrias discusiones en los círculos medievalistas durante años.

¿Qué importancia podría tener una autora medieval hoy día en que las máquinas escriben novelas y la mayoría de lectores se conforman con narrativa de usar y tirar? Pues la tiene, y bastante. Porque de Eilean de Léves pende toda la tradición artúrica. Y de la tradición artúrica pende toda una serie de movimientos literarios que alcanzan hasta la actualidad.

Sí, estoy en disposición de afirmar que Eilean es la verdadera creadora del Erec y Enid, El caballero de la carreta, El Lancelot del lago, y otras tantas obras cuya autoría se ha regalado a Chrétien de Troyes durante siglos. Y este hallazgo representa por un lado devolverle a Eilean lo que merece como autora, y por otro, en una faceta más personal, significa el restablecimiento de la reputación y de la figura de mi querido profesor, Alexander Brok.

Alexander Brok (1950- ?) fue un medievalista checo que trabajó como profesor en la universidad donde yo estudié –hablo de él en pasado porque lo supongo muerto aunque nunca se haya encontrado su cuerpo. Brok fue un gran profesor. Era de apariencia tímida, era algo huraño, un mordedor de uñas empedernido, de cabello oscuro y voz profunda, de mirada aguda y sagaz. Fue profesor mío de literatura románica durante dos cursos, casi tres. Tenía 38 años y yo 20, y como suele pasar, mi admiración por él rayaba en el enamoramiento.

Era uno de los mejores medievalistas del mundo y estaba escribiendo un libro sobre Eilean de Léves cuando la universidad decidió prescindir de sus servicios. Sus alumnos no recibimos ninguna explicación formal. Simplemente nos encontramos con el aula cerrada y un cartel en la puerta anunciando que se suspendían las clases hasta nuevo aviso. A los pocos días apareció una profesora nueva para retomar las clases de Brok. Era una profesora amable y comprensiva, pero no estaba a la altura de Brok. Aun estábamos en la época soviética y los alumnos no estábamos acostumbrados a reclamar, así que no se nos ocurrió ir a quejarnos ni a preguntar qué había sido del antiguo profesor. Un día la profesora nos contó un rumor que circulaba acerca de Brok. Era una historia estrambótica que sin duda filtraron desde la misma universidad con la única intención de que se corriera el rumor de que Brok había recibido una oferta de una universidad en la RFA y que le había faltado tiempo para hacer las maletas y cruzar el muro. Durante algún tiempo di por supuesto que eso fue lo que ocurrió y me sentí decepcionada. La verdad no la sabría hasta el semestre siguiente.

**

Un domingo antes de que acabara el año fui a visitar a mis abuelos y cuál sería mi sorpresa cuando me topé con Brok por la calle. Yo estaba esperando al tranvía para regresar a la residencia cuando lo vi. El corazón me saltó en el pecho, pero el alma me cayó a los pies. Estaba muy desmejorado, se había dejado barba, tenía ojeras y sus ojos ya no brillaban. Hacía frío y estaba a punto de nevar, pero él iba vestido con un traje de entretiempo y no llevaba abrigo ni sombrero. Me reconoció, lo supe al instante por el destello fugaz de los ojos que delata el reconocimiento de un conocido, pero no se detuvo, sino que echó a andar rápidamente. Lo llamé varias veces, me costó encontrar mi voz al principio, y él se volvió una vez y me miró con miedo. Me di cuenta de que si no apretaba el paso lo perdería y entonces eché a correr. Cuánto más corría yo, más deprisa caminaba iba él. Yo iba cargada con una bolsa de ropa limpia y otra con comida que mi abuela me había preparado y me costó lo mío seguirle el paso hasta que por fin se detuvo en seco y se volvió a mí.

Su actitud me pareció muy extraña, pero estaba tan emocionada al verlo que solo se me ocurrió preguntarle si había decidido volver a la universidad. Él no pareció comprenderme.

– ¿Es comida? –preguntó en un murmullo, señalando una de mis bolsas.

Asentí y le di la bolsa, que él cogió mirando con miedo a nuestro alrededor. Luego echó a andar rápidamente.

-Gracias, ángel -dijo antes de desaparecer- no le digas a nadie que me has visto.

Ángel. Me había llamado así una vez en clase, una vez que yo le pregunté si el rey Arturo no se enteraba de lo que hacía Ginebra o si era que no quería enterarse, y por qué aun cuando se enteraba todo parecía quedar olvidado al pasar de un capítulo al siguiente. Me parecía que la acción era poco consecuente. Brok se acercó a mi mesa y me miró fijamente. “¿Cómo se llama usted?”, preguntó. Le dije que me llamaba Ángela y entonces él dijo: “Es bueno hacerse preguntas. Mira, ángel, no te importa que te llame así, ¿no? Me gusta más que Ángela, al fin de cuentas se supone que los ángeles no son ni masculinos ni femeninos, ¿no? Veamos, ¿por qué Arturo se hace el sueco? ¿Será porque no quiere enterarse, porque teme que su ira provoque el mal en el mundo? ¿O quizá hay otra explicación? Y es que el procedimiento narrativo en la novela artúrica no es linear, sino cíclico, cada episodio está contenido en sí mismo, o sea es individual, y siempre se regresa al mismo punto de partida, por eso da la sensación de que la acción se interrumpe y vuelve a empezar una y otra vez, ¿más preguntas, ángel?”

Entre el Brok que me habló así aquel día y el hombre que aquella noche se perdió entre las sombras como un mendigo había una diferencia abismal. La escena me dejó sumida en una gran tristeza.

***

Apenas pegué ojo aquella noche. El lunes por la mañana pregunté a mis compañeros de clase si habían sabido algo más de Brok, pero todo el mundo se encogía de hombros.  Pero ahora yo ya sabía que lo habían dicho sobre él era falso y se me ocurrió acudir a la profesora que lo había sustituido para ver si ella podría darme alguna pista más. La asalté a bocajarro por un pasillo y le dije que tenía que consultarle algo. Ella iba con prisas, tenía clase, dijo, pero notó mi desesperación y me invitó a visitarla en su despacho a última hora de la mañana para aclarar dudas.

Las clases de aquella mañana se me hicieron eternas. Pero al final el reloj dio la hora y me encontré en el despacho de la profesora. Cuál sería mi sorpresa cuando vi allí a otros cuatro alumnos con los que había coincidido en las clases de Brok. La reunión se tradujo en una clase de tutoría, la profesora me invitó a preguntar todo aquello que no tuviera claro sobre la clase, pero yo no tenía preguntas sobre la clase y no pregunté nada. La profesora no pareció extrañada, en cambio yo salí decepcionada porque no había logrado averiguar nada sobre Brok.

Uno de los alumnos presentes en la tutoría me esperó en la puerta. Se llamaba Oskar Jurgeson, y yo lo había visto algunas veces mirándome de reojo en clase. Me pregunté qué querría. Yo nunca le había prestado atención porque no tenía ojos más que para Brok.

-¿Has acabado las clases por hoy? –preguntó sosteniendo la puerta para que yo pasara.

-Sí, no tengo nada más hasta mañana, la clase de Brok, que por cierto… tú también estás en ella, ¿no?

Obviamente deslicé el nombre de Brok a propósito y Oskar cayó de lleno en la trampa.

-Pero, Brok ya no está, ¿no lo sabías?

-Sí, claro, que lo sé, pero para mí siempre será su clase. Lo echo mucho de menos. Tú no sabrás qué ha sido de él, ¿no?

-Dicen que se pasó al otro lado –dijo Oskar bajando la voz.

-Eso no es verdad –dije yo también bajando la voz.

– ¿Cómo lo sabes?

-Porque lo he visto.

– ¿Cómo que lo has visto?

-Ayer mismo, en la Amtsplatz.

-¿Y qué hacías tú en la Amtsplatz?

-Mis abuelos viven allí.

-Ya veo. Mira, aquí no podemos hablar. Te quería proponer una cosa… Si quieres nos vemos de aquí a una hora en la biblioteca de latín. ¿Vendrás?

Había urgencia en su mirada. Asentí, y aún no sé por qué, ya que era evidente que yo tenía más información sobre Brok que la que Oskar me podía ofrecer, pero aun así le prometí que iría.

****

Las clases habían acabado y quedaba poca gente por los pasillos de la universidad. Maté media hora en la cafetería y luego otra media hora buscando en el directorio general la biblioteca de latín. Cuando se hizo la hora en que habíamos acordado vernos me dirigí hacia allí. En la misma puerta de la biblioteca me encontré con Oskar que, después de comprobar que no me habían seguido, me hizo entrar.

La biblioteca estaba vacía. Las luces estaban apagadas y no había nadie en el mostrador de préstamos. Por un momento temí que Oskar me hubiera hecho ir hasta allí bajo un falso pretexto para no sé bien qué hacer conmigo. Siempre fui desconfiada. Por eso me enamoraba platónicamente de hombres inalcanzables como Brok.

Oskar, ajeno a mis recelos, se acercó a una de las estanterías y sacó unos tomos gruesos de Cicerón -las Catilinarias y las Filípicas- que dejó a un lado sobre una mesa. Recuerdo el nombre de los libros porque eran siempre los mismos tomos los que apartábamos para entrar en el refugio. Luego, Oskar golpeó en el fondo de la estantería, dio tres golpes rápidos y dos golpes más espaciados, y entonces empujó la estantería hacia un lado. Tras la estantería se abrió un paso estrecho que daba a un compartimento interior. Oskar entró e hizo un gesto para que lo siguiera, cosa que hice no con poco de miedo.

Sentados alrededor de una mesa redonda, vi a los tres estudiantes con los que había coincidido en la tutoría de la profesora visitante. El espacio estaba iluminado por una lamparilla que emitía una luz ámbar y sobre la mesa había un fajo de papeles escritos a máquina y atados con una goma.

-Esta es Ángela–dijo Oskar –y estos son Stent, Rant y Pietr.

Los tres me miraron serios y me saludaron con un gesto frío.

-La he invitado porque igual que nosotros está preocupada por Brok y además sabe algo sobre él –anunció Oskar sentándose a la mesa y haciéndome un gesto para que me sentara a su lado.

-¡Qué va a saber esta! –masculló uno de ellos.

-¡Esto es una imprudencia, Oskar!  -dijo otro.

-¿Cómo puedes estar seguro de que no hablará? –dijo el tercero.

– Yo respondo por ella, la conozco y es de fiar –dijo Oskar y se volvió a mí -¿o me equivoco?

No nos conocíamos tanto él y yo, pero me dije que no sería lo más conveniente en aquel momento ponerse puntillosa con la semántica, así que les dije que podían confiar en mí totalmente.

-Nos hacemos llamar los Brokados –siguió Óskar.

-¡Pero, ¿qué dices? –se quejó uno de ellos –¡aún no lo habíamos votado!

-Si nos vamos a poner a discutir otra vez por el estúpido nombre del grupo me marcho –advirtió  Oskar serio, luego se volvió a mí: -mira, resumiendo, sospechamos que Brok cabreó a mucha gente por ir en contra del canon y que se lo han quitado de encima, así, chac, chac –dijo, chasqueando los dedos.

-¿Qué es eso del canon? –pregunté.

Los otros resoplaron.

-¡Pero si no sabe nada!

-¡Que no se entera!

-¡Increíble! ¿De dónde ha salido!

Me sentí mal por no saber lo que era el canon, pero no estaba dispuesta a irme con el rabo entre las piernas, así que los ignoré y miré a Óskar.

-Brok estaba escribiendo un libro –siguió Óskar señalando los papeles en la mesa- ahí está lo que queda de él. Evidentemente no llegó a acabarlo.

Creo que miré los papeles sobre la mesa con avidez porque uno de ellos pasó la mano alrededor del fajo y lo alejó disimuladamente de mí.

-La premisa básica del libro de Brok es que Chrétien de Troyes no existió y que sus novelas fueron escritas por una mujer, Eilean de Léves, una princesa escocesa contemporánea de Chrétien que adoptó ese nombre como pseudónimo. Brok expuso su teoría ante la facultad y al hacerlo levantó muchas ampollas. Ellos intentaron convencerlo para que no publicara, pero Brok no dio su brazo a torcer y entonces lo echaron. Es lo que se entiende como ir en contra del canon y pagar caras las consecuencias.

-¿En qué se basa Brok para afirmar que tal cosa? –pregunté después de recuperarme de la sorpresa.

-En que las historias de Eilean son calcaldas a las de Chrétien.

-¿Y no es posible que fuera ella quién lo copiara a él?

Los otros tres volvieron a resoplar impacientes.

-No, no, no, según Brok, las obras de Eilean son anteriores –siguió Oskar -Sin embargo, mientras Chrétien ha llevado la corona de laurel durante siglos, Eilean ha dormido en el olvido, y es eso lo que Brok quería cambiar con este libro, pero no es fácil conseguir una novela de Eilean, por no decir imposible con lo que no hemos conseguido contrastarlo. En teoría, los originales se conservan en la biblioteca de Basilea, pero cada vez que hemos solicitado ver alguno nos han dicho lo mismo: “Ejemplar retirado temporalmente para reparación”. Sospechamos que Brok se encontró con las mismas dificultades, con lo que su teoría no está confirmada, de todas maneras no podemos saberlo a ciencia cierta porque no acabó el libro.

-¿Y solo por decir que Eilean es la verdadera creadora de la novela artúrica lo echaron? –exclamé -¡eso es ridículo! ¿No será que no tenía carnet del partido o que fue crítico o…?

Los cuatro se miraron entre ellos como si no hubieran pensado antes en esa posibilidad.

-No, no, Brok era del partido, tenía que serlo –dijo Oskar al final, aunque sin mucha seguridad.

-Lo que tú digas –seguí con mal humor al ver que no se tenían en cuenta mis opiniones- ¿Por qué me has invitado a esta reunión? ¿Cómo puedo ayudaros?

-Queremos restituir la figura de Brok –siguió Oskar con confianza renovada- y ahí es donde entras tú. Eres la única que lo ha visto después de que lo echaran de la universidad.

Los otros me miraron de repente con gran interés. Y entonces Oskar me pidió que les contara mi encuentro del día anterior con Brok. Así lo hice. La noticia los alteró bastante.

-¿Y ahora lo dices?

-¡Haber empezado por ahí!

-¡Vamos, no podemos esperar ni un minuto más!

Se pusieron en marcha. Insistieron en que los llevara al sitio exacto donde había visto a Brok. Les dije que era lejos de la universidad, pero no les importó lo más mínimo. Cabe de decir que los cuatro eran muy fieles al profesor, quizá por eso decidí formar parte de su grupo y guiarlos hasta el lugar donde lo había visto el día anterior.

Tras una hora de viaje en tranvía, llegamos a la calle de mis abuelos y en el punto en el que Brok y yo nos habíamos visto el día anterior, nos dispersamos con la idea de ampliar el campo de búsqueda lo máximo posible. Yo me adentré en un parque donde se concentraban grupos de mendigos y pedigüeños y lo busqué entre ellos, pero no logré dar con él. A las dos horas, nos encontramos los cinco, tal como habíamos acordado, en la parada del tranvía. Nadie había visto a Brok. Desilusionados, nos marchamos.

***

A partir de entonces empecé a frecuentar el grupo de los Brokados. Se reunían todos los jueves después de clase en el refugio de la biblioteca de latín. Uno de ellos, Stent, trabajaba allí como bibliotecario y era el encargado de cerrar al mediodía. Desde que les conté mi encuentro con Brok y los llevé al lugar donde lo había visto por última vez la actitud del grupo para conmigo mejoró notablemente. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca llegamos a averiguar nada sobre el profesor. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Con el tiempo los Brokados se cansaron de sus reuniones secretas. Creían que en la universidad sospechaban que estábamos buscando a Brok y que por eso sus notas habían caído en picado. Yo no lo creía, porque a mí no me había pasado eso, creo que simplemente se volvieron descuidados y no estudiaban lo suficiente.

Como fuera, el grupo se fue desmembrando hasta que solo quedamos Oskar y yo. Yo, porque no conseguía quitarme a Brok de la cabeza, y Oskar, aunque era evidente por su actitud que, al igual que los otros, se había cansado también del tema, lo usaba de excusa para seguir viéndome. Con el tiempo se daría cuenta de que no tenía nada que rascar conmigo, y cada vez nos fuimos viendo menos.  Al poco tiempo cayó el muro y todo cambió. Las estructuras de poder se desmembraron y los poderes opuestos a Brok se diluyeron. Acabé la carrera y me licencié en literaturas románicas, y ahora ocupo la plaza que un día fue la de Brok.

Ahora ya nadie recuerda quién fue Brok. Gracias a la ley de transparencia he podido consultar los ficheros de la policía secreta en busca de alguna pista que me lleve a encontrarlo, o al menos comprender lo que ocurrió con él, pero no he encontrado registros a su nombre. Quizá cayó en desgracia, como sostenía Oskar, tan solo por sus teorías literarias y no por nada político como yo temía. Sin embargo, el resultado es el mismo. Brok lleva desaparecido más de veinte años. Y yo he pasado esos veinte años buscándolo a él y a Elean. He leído tantas veces su libro inacabado que me sé de memoria párrafos enteros. Brok tenía razones consistentes para creer que sus postulados eran ciertos, pero le faltó aportar pruebas para probar sus tesis, habría bastado un ejemplar auténtico de una obra de Eilean como, por ejemplo, el que obra en mi poder y que hoy voy a presentar al consejo de la facultad de románicas juntamente con el libro inacabado de Brok, o mejor dicho, acabado en fecha de hoy. Acabado por mí.

**

“Señoras y señores: gracias por su presencia aquí esta tarde. Lo que estoy a punto de presentar ante ustedes es una obra sobre cuya existencia se ha debatido durante años y que llevó al menos a un hombre bueno a la perdición. Es probable que el ejemplar que presento aquí sea único en el mundo, es una novela de una autora medieval desconocida, Eilean de Léves. El primero en hablar públicamente de Eilean fue mi querido profesor…”

*

Murmullos de sorpresa se erigen entre el público. Reconozco a compañeros míos de facultad y a compañeros de estudios. Oskar está aquí también aunque me dijo que no podía venir. Al final ha venido y se lo agradezco. Reconozco a algún alumno mío al que le llevo quince o veinte años y que en clase me mira embelesado, es lo normal supongo. Me pregunto si me buscaría si yo desapareciera. El decano también está aquí y el vice-decano. Creo que están sorprendidos por mis palabras, pero no dejan de sonreír. En esta época de reivindicaciones, todos están preparados para aceptar lo que el método científico dé por bueno. Reconozco a la mayoría de los presentes en la sala y les sonrío mientras hablo. Finalmente muestro el original y se alzan más voces y murmullos. Entonces la sala estalla en aplausos. Veo a Oskar de pie. Aplaude y creo que llora. No esperaba esta reacción y me pilla desprevenida. Algunas personas se acercan al podio a felicitarme.

En el fondo de la sala se levanta un anciano. Bien vestido, con corbata, traje, lleva un paraguas en el que se apoya ligeramente al andar. Tiene el cabello blanco como la nieve. Había sido alto pero ahora está algo encorvado. Tiene los ojos vivos, la mirada sagaz. Se me para el corazón en el pecho, siento sensación de irrealidad. El viejo se acerca a la tarima. Me mira y murmura.

-¿Lo comprendes ahora, ángel, comprendes que en la narrativa como en la vida siempre se vuelve al punto de partida?

Asiento. No puedo sino darle la razón.

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Eilean Donan Castle, Loch Duich, Scotland.
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2 comentarios

Archivado bajo Cuento, fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction

2 Respuestas a “¿Lo ves ahora, ángel?

  1. Aun cuando el mes lleva apenas tres días, creo que ya tenemos un texto que se perfila como el serio ganador del Short Story Award of the Month – February Edition. Cristina, no tengo nada más que añadir.

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