Corona de espinas

Estupendo. Se me cuelga el ordenador precisamente cuando estoy a punto de terminar un trabajo. Otra vez. Espero no haber perdido los datos como la semana pasada cuando se me colgó el Word y perdí un capítulo entero de una traducción, suerte que siempre las hago primero a mano y no había tirado aún los papeles. ¿Qué quieres? Si soy de la vieja escuela, y ya quisieran muchos serlo.

Pero sí que tengo mala pata con las máquinas. Empiezo a temer que mi energía sea incompatible con la electricidad y la electrónica. O quizá digo eso porque he leído demasiados blogs newage. Será cosa de energías, haberlas haylas. Algo tiene que haber porque, más que otras personas que conozco, recibo descargas de electricidad estática cuando abro la puerta del coche o toco a otra persona.

En la pantalla ha quedado congelada la imagen de dos luchadores de sumo, enormes como dos cíclopes, justo antes de la batalla. No sé ni cómo he llegado a esa página. Antes de apagar el ordenador a saco-paco y volverlo a encender, me pregunto si donde sea que estén ahora esos dos podrán sentir que están congelados en mi pantalla. Un pensamiento absurdo, claro, pero a veces lo absurdo es lo único real.

Me pregunto que qué les pasaría por la cabeza a los luchadores mientras se colocaban en sus puestos, si se santiguarían o le rezarían a una virgen como hacen aquí los toreros o si los cíclopes no necesitan auxilio divino. Me pregunto qué pensarían mientras se eternizaba el tiempo en el ring y esperaban pacientes a que empezara el combate.

Me da a mí que el deporte nacional japonés no es el sumo, sino esperar a la muerte. En las películas japonesas los planos fijos son largos y los personajes siempre están parados, como esperando a que llegue alguien que les dé permiso para morirse o marcharse, y a nosotros, acostumbrados a los tempos vertiginosos de Hollywood, las películas japonesas pueden resultarnos muy lentas. En 1985 salió una película de Kirosawa basada en el rey Lear de Shakespeare, un rey que agobiado porque solo tiene tres hijas y ningún hijo, y ya se sabe lo que pasa con las herencias y los tronos. En todas las casas cuecen habas. Pues bien, en la película de Kirosawa, titulada Ran, que en japonés significa “caos” y “miseria”, muere hasta el apuntador. Es buena, dicen, de lo mejor. Pero yo solo recuerdo sangre y flechas y muertos. Es lo que más recuerdo, los muertos. Nos la pasaron en el instituto cuando aún no existía una conciencia clara de que los menores no debían ver ese tipo de películas. Las cosas hoy son algo distintas. Pero volviendo al sumo.

A pesar de lo dicho, un combate de sumo es muy rápido. La mayoría de las veces no dura más de un minuto. Hay que esperar mucho y luego todo pasa muy rápido. No como el boxeo en el que la tortura se suele alargar durante mucho rato, a veces toda la vida es un combate.

De los boxeadores el que más me gusta es Huracán Carter. Este hombre era un toro. Leí su biografía hace unos años. Tuvo mala suerte. Pudo llegar a ser el campeón mundial de los pesos pesados. Pero fue a dar con sus huesos en prisión por un crimen que no había cometido. Fue todo tan injusto que hasta Bob Dylan le escribió una canción y también hubo marchas pidiendo su puesta en libertad. Pero tardaría años en demostrarse su inocencia. En la cárcel se negaba a ponerse el uniforme de preso y entonces lo metieron en una celda de aislamiento. Cuando ya llevaba años en prisión padeció una infección ocular y perdió un ojo por falta de atención médica adecuada. Algunos dirían que a Huracán Carter el karma le impidió llegar a ser campeón y lo mandó a prisión, otros dirían que quizá su alma necesitaba ese calvario para aprender a ser humilde, o quizá la explicación sea otra mucho más terrenal. Quizá el pobre hombre fue una víctima más de un sistema judicial brutalmente injusto que se ensañó con él por atreverse a despuntar.

Mohamed Ali es otro boxeador que también me gusta. Fue el mejor de todos los tiempos, y un rebelde. Rocky Balboa también me gusta, pero me indican que este fue un personaje de ficción, no más real que Johnny Rambo, así que no cuenta.

Por algún motivo me gustan las historias de personas que alcanza la fama a pesar de las condiciones adversas o las malas cartas que les da la vida. Me gustan las historias de superación como la de Huracán Carter o Nelson Mandela.

Pero todo esto no tiene nada que ver con el sumo. Los luchadores de sumo no me gustan. Su único mérito es comer mucho y estar más gordos que los demás. Que me disculpen los japoneses, pero me repugna esa grasa brutal bailando bajo la piel de los luchadores cuando se mueven, y ese taparrabos en forma de pañal. Es como contemplar un espectáculo íntimo, como la muerte o ir al baño o el sexo, o la muerte. Esas cosas deberían hacerse en la intimidad.

Sin embargo, ellos son inconscientes de cuál pueda ser el efecto que su visión causa en los demás, son inconscientes y están muy centrados en sí mismos como ese emperador desnudo, también hoy congelado en muchas pantallas, que ha sido coronado ante la mirada atónita del mundo. A este se le ha impuesto la corona de césar sin merecerla, mientras en cualquier celda a cualquier pobre diablo se le impone una corona de espinas sin tampoco merecerla. Y yo me pregunto: ¿cuál de las dos pesará más?

Sumo_battle_in_Tokyo_in_2010.jpg

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