Miéntame, doctor

Justo por encima del borde del calcetín me encuentro con una mancha en la piel que antes no estaba. Es una mancha en forma de escudo, de unos tres milímetros de largo y uno de diámetro. Y es negruzca. Eso es lo más sospechoso, ese color tan feo, y que antes no estaba ahí y ahora sí que está.

Mis pensamientos giran vertiginosos y convoco sin querer a Darth Vader, el malo más malo de la historia del cine. Lo he llamado en anteriores ocasiones sin querer y él tiene la mala costumbre de acudir siempre y apretarme el estómago con su puño de hierro, hasta que éste se suelta y me hace correr al baño con los intestinos estrangulados y la cabeza dando vueltas.

***

Por la mañana a primera hora llamo al ambulatorio para que me den hora y me quiten el miedo, digo la mancha.

El médico apenas levanta la vista desde su escritorio cuando entro en la consulta. Me conoce y me reconoce de otras veces. Lo encuentro un poco envejecido. Le veo máculas en esas manos frías y eficientes que señalan una silla ante el escritorio. Me pregunto si la primera vez que se vio las manchas se preocupó. Pero no es probable, él es médico y lleva bata blanca. Las batas blancas triunfan siempre sobre las capas negras. Además, esas manchas son marrones, no negras, como la mía.

El médico carraspea y me dice tú dirás y yo empiezo sin más.

-Me ha salido una mancha un poco antes del empeine. No vengo por estética sino por descartar cosas.

Siempre dejo caer esa frase. Descartar cosas. Me gusta la combinación de la palabra descartar, tan sofisticada, junto a la más simple cosas, encuentro que esta última le resta empaque a la expresión sin vulgarizarla demasiado. También digo eso para dejar claro que no voy al médico a pasar el rato y que así éste me tome más en serio.

El médico me pregunta si no habré estado leyendo cosas en internet.

-Bueno, un poquito, sí -admito.

-Mal hecho –concluye- y más tú.

¿Perdone? A ver, ¿qué pasa conmigo? Entre indignada y avergonzada, dudo entre marcharme ipso facto o disculparme. Pero él no me deja hacer ninguna de las dos cosas.

-Vamos a ver –dice señalando la camilla.

Mientras estudia bajo un foco mi mancha, con el ceño fruncido y sin soltar prenda durante un buen rato, me acuerdo de otra vez que estuve tumbada en esta misma camilla.

Cuando eres adolescente y se te muere el padre (o la madre) por una enfermedad, te crees que tú también te vas a morir de esa misma enfermedad, y entonces vas al médico y le dices que te duele y que te vas a morir. Curiosamente señalas el mismo sitio por donde se murió tu padre (o madre). El médico te trata bien y se muestra extrañamente comprensivo. Te dice que morirse no es tan fácil como nos pensamos. Él lo sabe bien. Es el médico de familia que siguió la enfermedad de tu padre (o madre), y vino a tu casa a diario durante días para poner morfina (o lo que fuera) a tu padre (o madre) y dar ánimos a la familia. El médico te pregunta cosas y te toca con sus manos aún blancas y eficientes. Al final te dice que no hay nada inflamado y que no hay signo de enfermedad. ¿Y el dolor?, preguntas tú. El médico te dice que lo que sientes es un dolor fantasma, que lo que te duele en realidad no se ve, ni tiene manifestación física per se, lo que te duele se llama alma, es ese algo indefinido que está ahí, aunque nadie sepa dónde se aloja con exactitud, aunque algunos niegan su existencia a pesar de sus efectos. Es algo así como la gravedad o Dios o la teoría de la evolución.

***

-¿Pica? –pregunta él médico.

Niego con la cabeza.

-¿Sangra?

Vuelvo a negar.

-Pero es negra, doctor, es tan negra, ¿no será un… –digo con un hilo de voz, sin atreverme a soltar la palabra que he aprendido en internet.

-No es un melanoma –sentencia el médico mientras apaga el foco y lo aparta de un manotazo – es un angioma.

Pero angioma suena peor, infinitamente peor que melanoma.  Angioma suena a angina de pecho, a operación a corazón abierto… y ya veo la capa de Darth Vader revoloteando tras una puerta interior de la consulta que ha quedado medio abierta.

– ¿Y eso es grave, doctor?

-Ya te he dicho que no es nada. Es una venita con ganas de tomar el sol por eso se ha venido arriba. Lo que hay dentro es sangre y por eso le da ese color amoratado, que no negro. No te lo rasques ni te pases la cuchilla.

¿Y ya está? ¿No me va a dar un volante para ir al dermatólogo y que tomen fotografías y hagan una autopsia, digo biopsia? Pues parece que no. El médico se vuelve a su mesa y me deja a solas para que recoloque el calcetín.

-Entonces, ¿no hay que hacer ningún seguimiento, doctor? –insisto.

Él ni me mira. Teclea en su ordenador, con las gafas de cerca pendiendo de la punta de su nariz.

-No. No tiene ningún peligro. Además, es tan pequeño que apenas se ve. Si quisieras quitártelo la cicatriz se vería más. No es motivo de preocupación. Bueno, aunque conociéndote… -parece que sonríe ahora por lo bajo.

Ya es la segunda chinita que me lanza hoy y no me gusta. Me despido y salgo de la consulta muy digna. El médico carraspea tras de mí. Creo que me va a decir algo más. Se habrá arrepentido de su falta de compasión. O quizá se le acaba de ocurrir algún consejo más. Estoy a punto de volverme. Pero no me llama a mí, sino al siguiente paciente.

Con el calcetín cubriendo bien mi pequeño angioma, salgo del ambulatorio. Por una alcantarilla se escabulle Darth Vader hasta la próxima.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Miéntame, doctor

  1. Menos mal que pasó el susto… por eso es bueno ir con él médico a descartar cualquier fatalidad.

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