MUÑECAS ROTAS

-Vamos, nena, hablemos. Solo quiero ayudarte. Confía en mí.

-No te creo. Tú no tienes ninguna intención de ayudarme. Lo sé porque nunca me han ayudado. Siempre he estado sola, como si me hubieran abandonado en un bosque y no tuviera manera de regresar a casa.

-Estás desvariando, cariño. Mira, tú no estás sola, aquí nadie está solo, somos una gran familia y esta es tu casa. Nadie va a hacerte daño si te portas bien. Vamos, dame la carta.

-Ni hablar. Tú no sabes de mi soledad y de la soledad absoluta de los objetos que no pertenecen a nadie y que duermen en los estantes de las tiendas, ni de las lágrimas que vierten los relojes por las noches que dan la hora para nadie. Cómo he llegado a esto aún no lo sé. Solo sé que nací en el momento en que abrí los ojos y me encontré con mi reflejo en el cristal. Nací sin nada en los bolsillos, vistiendo solo este mínimo traje, he tenido que hacerme amiga de mi cuerpo, sin saber si mis piernas me iban a obedecer cuando quisiera echar a correr, pero lo han hecho, lo han hecho, claro que lo han hecho.

-Estás cansada y no sabes lo que dices, vamos, ven, dame la mano.

-Sé lo que me digo y quiero irme de aquí, déjame pasar o meteré la carta en el buzón.

-La carta no te va a servir de nada, ni que la enviaras al periódico más prestigioso, ¿crees que alguien se va a preocupar por el destino de alguien como tú? Con todo lo que está pasando en el mundo.

-Algún peligro tendré, si no lo tuviera no te habrían enviado. Y sí, te han informado bien, he escrito esta carta y varias copias de ella para que la publiquen los periódicos más importantes y que se sepa que estamos aquí encerradas y que no tenemos voz. En esta carta doy detalles de cómo nací tras el escaparate, cómo de repente abrí los ojos y me encontré con un vidrio en la cara y cómo quise escapar y no me dejaron y cómo me tuve que refugiar aquí, en esta salida de incendios. Para mi asombro, mis hermanas me han seguido y comparten mis anhelos de libertad. Quizá despertaron en el mismo momento en que lo hice yo o quizá ya estaban despiertas y estaban aturdidas como lo estuve yo al principio, pero yo les di la mano y les dije vamos.

-Nena, todo eso está muy bien, libertad, fraternidad, solidaridad y todo lo demás pero, ¿lo has pensado bien? ¿Por qué escapar con lo bien que estáis aquí? Tan calentitas en el invierno sin tener que salir a la calle, fresquitas en verano con el aire acondicionado tan rico, oye, que si el problema es la temperatura o el ambiente o las luces solo tenéis que decirlo. ¿Quién no querría vivir aquí? Si tenéis de todo. Dormís por la noche sin temor a perder el techo sobre vuestras cabezas, podéis vestir ropa nueva a diario, os ponen joyas y os perfuman, ¿qué más queréis? ¿Por qué esa necesidad de huir? ¿Acaso creéis que la vida es mejor ahí afuera? Ahí fuera, créeme, todo es monótono y muy duro. Para conservar lo que tienes debes someterte a jornadas tortuosas en una oficina moviendo papeles que no le importan a nadie, o pateando un centro comercial como hago yo durante doce horas diarias, porque hay que pagar la hipoteca, las facturas y las tarjetas de crédito, y luego están los impuestos, las facturas del dentista, la gasolina, que está carísima, y el tráfico, qué te voy a contar yo del tráfico… y luego está lo más difícil de todo, las relaciones personales que son siempre complicadas, el matrimonio, el divorcio, todo eso.

-Sabía que intentarías disuadirme con argumentos absurdos, y supongo que lo que dices es lo que diría cualquiera, y por eso he escrito esta carta donde explico que tras el escaparate estoy a la merced de que alguien me vista y me desvista, me ponga o quite pelucas, me mueva las manos, los brazos, el cuello y hasta la mandíbula. Y además, quiero conocer gente, me da igual si las relaciones personales son difíciles, y quiero trabajar, me gustaría probar diferentes profesiones: gerente de este centro comercial, peluquera, chef, camarera, maestra, acomodador de cine, agente de viajes, comercial especialista en aparatos electrónicos… hay tantas profesiones que me interesan.

-A ver, me parece que hay algo que no entiendes, ¿cómo vas a trabajar si no tienes formación, ni experiencia? Si lo único que has hecho en tu vida es hacer poses tras un escaparate.

-Sí, pero puedo aprender y hay otras cosas aparte del trabajo, ahí fuera está el cielo y el sol y aire fresco, y más allá hay prados y flores y mariposas, ah, y el mar. ¡Me gustaría tanto ir a la playa y sentir el calor del sol en la piel!

-No te creas. El mar está sobrevalorado, yo vivo cerca del mar y no voy nunca a la playa, y en los prados hay insectos muy molestos y las flores sueltan polen y el polen causa alergias, y además, el aire está contaminado y el sol provoca cáncer de piel. De verdad estás mejor detrás de un vidrio. Yo te cambiaría el puesto si pudiera.

-¡No me hagas reír! Mira, estoy perdiendo la paciencia, así que o me dejas pasar o envío la carta ahora mismo.

-¡No puedo dejarte salir! ¿No lo entiendes? Esto no es nada personal. Pero tengo mis órdenes y si no las cumplo perderé mi trabajo, me echarán a la calle y necesito el dinero, estoy pasando por un divorcio, no quieras saber, y mis hijos están en la universidad y la universidad es muy cara.

-¿Y qué harás si no me muevo de aquí?

-Tendré que pedir refuerzos.

-¿Y entonces qué?

-Si no hay más remedio os tendremos que reducir a la fuerza.

-¿Y luego qué, nos colocaréis de nuevo en el escaparate?

-No, luego pasaréis un tiempo a la sombra. Ya sabes, el almacén del sótano. Y allí sí que no verás ni el sol ni el cielo. Así que por favor, entra en razón y dame la carta, volved al escaparate, diré que ha sido todo un malentendido y será como si nada de todo esto hubiera ocurrido. Puedes contar con mi discreción. Vamos, ¿qué me dices?

-Digo que NO y envío la carta, mira, mira como la meto en el buzón… y ahora tú, haz lo que tengas que hacer. Estamos preparadas.

 

 

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