Ballerina

Escribió que sería bailarina de ballet clásico y la maestra creyó que era una broma.

-¡Heather, qué ocurrencia! ¿Tú sabes lo que vale una carrera de ballet clásico?

Pero ella les había dicho que si trabajaban duro podían llegar donde quisieran. Lo había dicho muy seria y mirándolas a cada una, y luego señaló con el dedo el lema que había escrito en la pizarra: Puedes ser todo lo que quieras ser. (Redacción de 200 palabras: De mayor seré…).

Al final de la clase la maestra se agachó junto a su pupitre y le dijo:

-Mira, Heather, los sueños están bien, pero hay que ser realista, yo soñaba que llegaría a ser profesora en una universidad famosa, como Harvard o Yale… ¿y quién no? ¡Y mírame ahora! Aquí estoy, en East Coppersville y no me quejo aunque mis alumnos sean…

No acabó la frase. Había querido decir niños pobres o negros, o pobres y negros, pero no se atrevió.

Si usted no ha sido profesora en Harvard será porque no sirve, pensó ella, pero tampoco se atrevió a decirlo. Yo pienso ser bailarina de ballet clásico, y no me voy a conformar con ser una de esas que bailan sobre un poste metálico en un club de carretera, viendo reflejada en él su cara hambrienta.

***

Pasa horas mirando tutoriales de ballet en internet. Luego practica y copia los movimientos. Si hace buen tiempo sale al patio trasero donde languidecen algunos juguetes viejos, y utiliza la cancela como barra. Las primeras veces los vecinos la miraron extrañados, pero ahora ya se han acostumbrado a verla ahí plantada haciendo sus ejercicios y no le hacen caso.

A veces de las casas de los vecinos se oyen gritos, insultos, amenazas que viajan en el aire y se cuelan por las rendijas de las paredes. A veces, en la calle se oyen botellas rompiéndose, y otras veces se oyen tiros. Cuando se oyen tiros, ella entra corriendo en la casa, se mete en un armario y cierra los ojos. Las sirenas de la policía acercándose se convierten en música de orquesta y ella se pone a bailar en un salón muy amplio de suelos de madera noble que crujen levemente bajo sus pies, y finalmente sus dedos la obedecen y se eleva en el aire, grácil, como una mariposa.

Practica a diario, y lo ha aprendido todo gracias a los videos de Internet. Una vez llamó a una academia (la Academia de Ballet Clásico Irina Petrova), al otro lado de la ciudad, más allá de la vía del tren y del río, diez calles al sur de donde ella vive, para saber el precio de las clases.

-Academia de ballet clásico Irina Petrova, la atiende Sara, ¿en qué puedo ayudarle?

Había esperado que le respondiera alguien con acento ruso. Pero la persona que contestó al teléfono no tenía más acento ruso del que ella podía tener, y más allá de su voz, ella oyó la música del piano, los pies colocándose en posición, un bastón golpeando el suelo para marcar el paso, las palabras sobrias de la maestra, esta sí, con acento ruso.

-Academia de Ballet clásico Irina Petrova, la atiende Sara, ¿en qué puedo ayudarle?

La recepcionista había repetido la pregunta sin acritud, como si no le importara que algún gracioso quisiera hacer de ella el blanco de una broma.

-Hola… –empezó ella en voz baja.

-¡Vaya, así que hay alguien ahí! Ya creí que la línea se había estropeado… pero dime, cariño, ¿en qué puedo ayudarte?

-Perdón… Yo solo quería preguntar cuánto…?

-Perdona, cariño, habla más fuerte, ¿quieres? Apenas te oigo.

Ella carraspeó.

-¿Cuánto cuesta una clase?

-¿Quieres saber los precios, cariño? A ver un momento, por favor, veamos, ¿querrías el pack de 10 o de 15?

Ella no comprendió y la mujer soltó una risita nerviosa antes de repetir la pregunta.

-Perdona, decía que si quieres el pack de 10 o de 15 lecciones.

-Una clase… solo una clase –dijo ella.

-¿Una clase? ¡Oh! Me temo que las clases no tienen un precio por unidad, cariño, se pagan por packs, por ejemplo un pack de 10 lecciones cuesta 600 dólares.

-Así que son 60 dólares por lección –murmuró ella.

-Pero, a ver, es que no funciona así, cari…

-Si 10 lecciones cuestan 600 dólares –interrumpió ella con voz firme- cada lección cuesta 60.

-Sí, visto así, sí, pero no me has entendido, amor, mira, ¿por qué no le dices a mami que se ponga? Así se lo podré explicar a ella mejor, ¿vale, cariño?

La recepcionista parecía algo frustrada, a pesar de todos aquellos cariños, se notaba que no estaba acostumbrada a tratar con niñas del otro lado de la ciudad, y como ella ya tenía lo que necesitaba saber colgó sin más.

***

Está claro que si fuera a clases todo sería más fácil. Le dirían cómo alzarse sobre las puntas. Es lo más difícil y cada vez que lo intenta le duelen los dedos después. La última vez que lo intentó le crujió el dedo gordo del pie derecho y se cayó. Lleva días con dolor y cojea un poco.

La maestra al verla hoy cojeando la ha enviado a la enfermera. La enfermera le ha hecho quitarse los zapatos.

-¡Dios, tienes los pies ensangrentados! ¿Cómo te has hecho esto?

Le toca el dedo gordo del pie y ella se muerde los labios para suprimir un gemido de dolor.

-Yo diría que está roto, tendrás que ir al hospital a que te hagan una radiografía.

-No está roto –murmura- es normal.

Lo ha visto en Internet, las heridas en los pies son usuales. No tienen mayor importancia. Pero la enfermera tiene que llamar a su madre.

Su madre entra en la enfermería y al verla allí sentada, suspira aliviada. Luego la enfermera la hace pasar a su despacho. Al poco sale su madre con la cara seria, le hace un gesto y salen las dos a la calle.

-Mamá, no es nada -murmura ella.

-¿Si no es nada por qué tengo que llevarte al hospital? ¡Dime que es broma! –empieza su madre mientras se meten en el coche. –¡Dime que esa estúpida se equivoca, que no tienes nada roto y que cojeas por hacerte la importante!

-No es nada, es lo normal, solo tengo los dedos un poco entumecidos…

En el hospital le hacen una radiografía y determinan que tiene dos dedos rotos. Le venda el pie un médico que le pregunta cómo se lo ha hecho. Cuando ella se lo explica, el médico la mira sorprendido. Antes de marcharse la llama Ballerina y le sonríe.

Su madre no sonríe porque tiene una factura impagable en la mano.

-Ya me dirás cómo voy a pagar esto –se lamenta, y luego se enciende de nuevo y se vuelve a ella con furia- ¡Se acabó, me oyes? ¡Se acabaron las contemplaciones! ¡He sido demasiado blanda contigo… tus notas siguen sin mejorar y ahora esto! ¿Pero en qué mundo vives, hija?

Ella no responde. Pasará la tormenta, se le curarán los dedos y ella volverá a bailar porque bailar es su pasaporte a un mundo mejor. Ese mundo con el que su madre no quiere que sueñe.

 

15644597_586280014905042_1686140125_nSource Picture: The New York Times

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