Muerte de un héroe mudo

Esta noche mientras Augusto celebraba la reconquista de la plaza tarraconense, Appius y yo nos hemos ganado sin querer a una vieja esclava, y al parecer, también nos hemos ganado un problema con la legión de Varrón.

Quemaban en la playa las hogueras de los sacrificios posteriores a la batalla, mientras Appius y yo, escapando a las celebraciones que a nuestra edad nos abruman y cansan, nos dirigíamos a la caserna cortando camino a través de los aledaños del circo. A la sazón, nos hemos topado con unos legionarios borrachos que se estaban jugando a una vieja esclava a los dados.

Detesto las manifestaciones innecesarias de superioridad sobre el débil y el vencido, así que le he dado el alto a mi caballo. Appius ha hecho lo propio porque, aunque viejo, le sigue excitando el olor a sangre como cuando éramos jóvenes soldados de Roma. Los legionarios, demasiado borrachos para comprender que su graduación era inferior a la nuestra, han plantado cara y nuestras espadas han chocado en la oscuridad.

Solo cuando yacían muertos a nuestros pies hemos distinguido su insignia, la de los mercenarios de Varrón, una horda vengativa y cruel. Appius me ha instado a salir de allí sin perder tiempo, pero la esclava se ha echado a mis pies para cumplir con los acostumbrados gestos de agradecimiento. Appius, impaciente, la ha imprecado e insultado, pero al ver su cabeza doblegada ante mí, se me ha aparecido la de mi madre besando mis manos el día en que partí hacia Roma. A la sazón, no he sido capaz de abandonar a la vieja a su suerte, así que sin pensar la he subido a la grupa de mi caballo. Ella no ha puesto impedimento, sus manos sarmentosas se han agarrado a mi cintura y hemos huido al galope, al amparo de las sombras de la noche.

***

Al llegar a la caserna, Appius me ha echado en cara mi exagerada indulgencia, que él achaca a mi vejez y que, según él, nos llevará al desastre cualquier día. Ahora, mientras la vieja esclava se queda dormida en un rincón, enroscada sobre una alfombra como un gato, me pregunto si acaso esta sea la única noche en su vida en la que podrá dormir sin miedo a que alguien la violente. Solo por eso ha valido la pena salvarla. La mujer emite ronquidos irregulares que hacen que Appius reniegue, y que son los únicos sonidos que han escapado de su boca desde que la hemos encontrado. Me pregunto si ella, como yo, es incapaz de hablar -quizá en su juventud le cortaron la lengua como suelen hacer con los esclavos de algunas tribus-, o si es solo la falta de un idioma común o la prudencia lo que la han hecho mantenerse en silencio hasta ahora.

Sus ojos oscuros, alargados como los de los caballos, sin embargo, hablan por ella. He leído duda y miedo en esos ojos que han seguido mis movimientos atentamente mientras bajábamos del caballo y entrábamos en la tienda. Ella debía preguntarse si acaso no habría escapado de las garras de unos mal nacidos para caer en las manos de otros. Sea como fuere, una vez en la tienda, y si acaso para ganarse mi favor, ha adivinado lo que yo buscaba al verme mirar de un lado a otro y se ha apresurado a echar agua en una jofaina para que me lavara la sangre de las manos. Yo le he hecho un gesto de agradecimiento con la cabeza, y ella ha asentido y luego se ha echado a un lado, pero seguía atenta, como esperando nuevas tareas. Pero yo la he despachado con un gesto y la mujer se ha sentado en el rincón donde ahora duerme.

Appius, como siempre, está dando vueltas antes de echarse a dormir. Me ha vuelto a echar en cara que nos hayamos arriesgado por una vieja que no nos ha de servir para nada, ni siquiera para yacer con ella, su piel llena de arrugas, sus pechos caídos y secos, le resultan repugnantes. Appius es ingenuo e incapaz de ver que su propio cuerpo no difiere mucho en belleza del de esa mujer, y apenas recuerda, o mejor no quiere recordar, el ridículo de la última vez que trajimos a una meretriz a nuestra tienda.

Appius me pregunta si le estoy escuchando. De normal su voz ejerce un efecto calmante sobre mis nervios. Pero esta noche en verdad no puedo concentrarme en sus palabras. No puedo olvidar que la vieja esclava está durmiendo en el suelo frío y sé que le cedería mi catre si estuviéramos solos. Me pregunto cuáles han sido mis verdaderos motivos para salvarla. Esa mirada oscura y profunda ha sido como una flecha en mi pecho y su solicitud ha traído a mi mente recuerdos del pasado. Me pregunto si la habré conocido antes, al fin de cuentas yo nací en esta tierra y hay algo en esa mujer que me resulta familiar, aunque es difícil reconocer un rostro, aunque alguna vez hubiera sido amigo, bajo la piel doblegada sobre sí misma cien veces bajo el yugo de los años.

¿Sería posible que la hubiera conocido durante mi juventud, antes de convertirme en soldado, cuando salía a pescar en la barca de mi padre o correteaba por las calles de esta ciudad que hoy he ayudado a liberar, cuando esa misma juventud servía de excusa para todo tipo de comportamiento? Me pregunto si acaso ella no será una de aquellas jóvenes con las que paseé entre las barcas del puerto para acabar luego revolcándonos sobre la arena, y si luego la dejaría sola y dormida sobre la playa a la merced de cualquier desaprensivo, o si al volver a vernos fingiría no conocerla. Aún siento remordimientos cuando pienso en que a veces me comporté así. ¡Si Appius pudiera oír mis pensamientos, qué no se reiría de mí y de mis escrúpulos! Era el miedo a no saber qué decir lo que me hacía huir, y en mi defensa diré que nunca obligué a nadie a yacer conmigo, yo era muy joven y me guiaba el instinto.

Oigo rumores en el exterior de la tienda, pasos sigilosos. No hablar le confiere a uno el don de un oído afinado a pesar de la edad. Le hago un gesto a Appius para que cese su cháchara. Él señala a la vieja que ronca en un rincón:

-¡Son los hombres de Varrón que buscan venganza!– grita fuera de si.

Nos colocamos junto a la abertura de la tienda con las dagas en alto. Al primero que entra Appius le asesta un golpe y la daga se queda clavada en el centro de su cráneo. La sangre enemiga me salpica el rostro. Al segundo le clavo yo la mía en la garganta.

Si entraran de uno en uno quizá tendríamos alguna oportunidad de sobrevivir, me digo, pero los dos sabemos que no va a ser así. Enseguida un tropel de hombres armados irrumpe en la tienda. Appius y yo nos defendemos hasta la muerte y ellos salen con su venganza cumplida y ni siquiera se molestan en matar a la vieja. Mientras muero, la veo a mi lado a través de la sangre que me nubla la vista. Ella me toma de la mano y yo juraría, que mientras voy camino del otro mundo, ella musita una palabra en mi oído: Hijo.

 

 

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Cuento, fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, Microcuentos, online fiction, Relatos

Una respuesta a “Muerte de un héroe mudo

  1. Pingback: Estragos | Morrocotuda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s