Circunstancias

El padre firma el boletín de notas con mano temblorosa. Las notas podrían ser mejores, había dicho la maestra, ¿qué te pasa últimamente? Son las circunstancias, había dicho la madre con la mirada baja, siempre con miedo, siempre temerosa de los que ostentaban alguna autoridad, siempre tragándose la rabia que luego le atacaba los huesos.

La niña tenía que ayudar a su madre. El resto de la familia se había ido del barrio. Se fueron siguiendo estrellas errantes. Todos menos ellos que nunca tuvieron tiempo de mirar hacia arriba buscando estrellas que seguir.

La mano del padre es de cera, el bolígrafo se pierde entre las sábanas.

-Tú llegarás lejos –dice, es lo que siempre le dice -A ver cuando me lees otra historia tuya.

La hija asiente y sale a buscar su cuaderno.

-¿De dónde se habrá copiado eso? –dijo la madre un día en que ella les leyó una historia escrita por ella.

-De copiar nada. Lo ha heredado de mí –dijo el padre- ¿no ves que yo de joven iba para poeta?

La madre se echó a reír.

-Poeta, tú, no me hagas reír. Y ésta, ésta sí que ha heredado algo de ti, sí, los pájaros en la cabeza.

Pero en el pasillo la madre la intercepta y la hace entrar en la cocina. Allí, sus hermanos están comiendo de pie y de cara a la pared. En mi casa no se perdona una comida, ni aún cuando uno se esté muriendo, lo imperdonable sería comer sentados o que alguien nos viera, había sentenciado la madrina. La madrina es la única que aún mantiene la sangre fría. Porque no es de su sangre. Ahora vive allí con ellos. Ha hecho el caldo con templanza y paciencia durante horas. Es de verduras y pollo y fideos de cabello de ángel.

-Llévale la sopa a tu padre, anda –dice la madre dándole un plato.

-No tengo hambre -dice el padre cuando la ve entrar- pero no te vayas. Siéntate un rato. Vamos a hablar de libros.

Ella quiere hablarle de la novela que tiene entre manos y de la que ya lleva escritas treinta páginas pero sabe que acabarán hablando de la novela que él escribió de joven. Era de policías y ladrones, con pasajes semi cómicos como cuando un ladrón aparece ante un juez y éste le pregunta a qué se dedicaba antes de ser delincuente y el ladrón le responde que era taxista hasta que le robaron el taxi.

-Ya sabes que en nuestra familia hay muchos artistas. Un primo mío componía música y tocaba con el famoso Xx…. Tú no lo llegaste a conocer. Yo iba para escritor pero las circunstancias…

Luego come ella en la cocina, de pie. Come mecánicamente con la vista fija en el ventilador de la ventana que nunca apagan por miedo a que no se vuelva a encender. Es un ventiladorcillo pequeño, grasiento, que funciona noche y día, que empuja los olores hacia el patio de luces: olor a caldo, a apio, a verduras, que se cuelan por las cocinas de las otras casas. A ellos les llegan igualmente los olores de otras vidas: sardinas a la plancha, tortillas, caldos… Las paredes de la cocina amarillean. Falta una mano de pintura, sentenció la madrina, y este techo, por Dios… En el techo hay abolladuras de botellas de espumoso de la época anterior a las voces y los susurros. Días lejanos de fiestas y promesas de prosperidad. Pero estos son días de miradas severas de la madrina sobre los niños que no comprenden que no pueden saltar y jugar a sus anchas por la casa y al final siempre vuela algún bofetón.

-La madrina es mala –hay lágrimas en los ojos inocentes de su hermano pequeño.

-No digas eso. No quiere que hagas ruido y despiertes al papá –explica ella –que está malito. Vamos al parque tú y yo.

En el parque, bajo la bóveda que forman las hojas de los plátanos, mientras su hermano juega en los columpios ella cavila y se hace preguntas. ¿Cuándo ocurrirá? ¿Y cómo será? ¿Y qué sentirá ella cuando ocurra? ¿Cómo la mirarán en el colegio las demás? ¿Le tendrán lástima? A veces sueña con que ya ha ocurrido y se despierta sobresaltada, con los ojos secos y el corazón batiendo en el pecho. Pero todo sigue igual. La casa en silencio. Las horas lentas. Entonces, sin moverse de la cama abre el cuaderno. Escribe sobre las rodillas historias de amores difíciles, de guerras, de caballeros de cabello negro largo y damas feas. Por la mañana en el colegio le da sueño y mientras la maestra habla se le cierran los ojos pero de repente la asalta un pensamiento. ¿Y si ocurre mientras ella está allí sentada? Y entonces se remueve inquieta en la silla y la maestra la llama y al oír su nombre ella vuelve en sí y no sabe de lo que se está hablando, y la maestra mueve la cabeza contrariada y anota algo en su libreta y a ella le crece el nudo en el estómago.

-Vamos a casa –le dice a su hermano de repente y el niño se queja porque acaban de llegar.

Pero a ella le entran las prisas y arrastra a su hermano de la mano. Por la calle pasan unas compañeras de su escuela. Pasean charlando despreocupadas y al verla la saludan. Se dirigen al paseo principal, van a mirar tiendas, ¿no le gustaría ir con ellas?

No, gracias, responde ella, otro día. Está segura de que si dijera que iba a pasear con unas amigas, la madrina le echaría una mirada furibunda. ¿Cómo eres tan egoísta? No puedes ir de paseo, ¿es que no lo entiendes? Y ni tan sólo sabe si le gustaría ir con ellas, quizá ocurriría entonces mientras ella charlaba o reía y miraba escaparates tan tranquila.

Entra en su portal y las amigas pasan de largo. Antes, cuando salía a la bóveda verde del parque y veía las nubes y el sol reflejado en las hojas se sentía llena de una alegría extraña, algo le decía que todo era posible entonces. Ahora sólo alcanza a ver unas paredes amarillas y un techo abollado sobre su cabeza.

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