TEMPUS FUGIT

No es que el tiempo pase volando, cuidado, es que directamente el tiempo no existe. Esta es una cuestión muy seria. Vayamos por pasos.

Primero.

Hoy haciendo limpieza de un armario del piso al que me acabo de mudar encuentro un marco antiguo de plata ennegrecida, con la foto de una boda. No conozco a los desposados que llevan un siglo posando para la foto con cara seria y ropajes oscuros. Y no es nada raro porque la foto no es mía. Es una rémora de la vida de la antigua inquilina. La foto tiene su qué, pero lo que más me llama la atención es que el marco está envuelto en una hoja de papel de periódico de los años 40. No es habitual que le caiga a una en las manos un cacho de historia de tales características. Así que lo saco todo de allí con sumo cuidado, temiendo que el papel se deshaga como una momia al contacto con el aire del nuevo siglo y se deshaga en polvillo atómico antes de que logre leerlo.

Segundo.

La hoja de periódico es de la época de la que me hablaba mi padre cuando yo estuve enferma de hepatitis y él se sentaba en el borde de la cama y me contaba anécdotas para hacerme pasar el rato. Eran mayoritariamente historias de su infancia y de su familia lo que me contaba. De cómo su bisabuela había emigrado del bajo Aragón para instalarse en una casa de la parte alta de Barcelona y había trabajado allí como sirvienta. De cómo sus padres se conocieron durante una verbena. De las calamidades que pasaron durante la guerra y la posguerra. De cómo bajaban corriendo a los refugios cuando sonaban las sirenas. De cómo en su juventud había escrito una novelilla de policías y ladrones. Normalmente aquellos ratos que pasábamos juntos los amenizaba, musicalmente hablando, la vecina de arriba que hacía las tareas domésticas mientras cantaba rancheras a grito pelado:… me gustas mucho ia ia óoo, me gustas mucho túuuu… De ahí que cuando oigo alguna historia relacionada con la guerra mi mente le ponga un fondo musical bastante irreverente.

Tercero.

La hoja de periódico que he encontrado es de la sección de anuncios de un afamado diario. Es de cuando la vida nunca fue en blanco y negro y la gente se ponía sombrero para salir a la calle. De cuando las sombrererías contrataban anuncios en prensa escrita. Y es que el anuncio de mayor envergadura de la hoja ocupa media página (a saber lo que pagarían por él, ¿tres pesetas, cuatro? por decir algo) y es de una sombrerería. Aún se lee claramente la dirección en la calle Fontanella y el número de teléfono de cinco dígitos, de la época en que en Barcelona las casas con teléfono no pasaban de las decenas de millar. En la ciudad aún hay vestigios de aquella época, pocos quedan, pero algunos edificios aún tienen los cables colgando por fuera y la guerra metida por dentro. Portales sin portero automático, escaleras oscuras de escalones desiguales, pasamanos de madera negra, ascensores con puertas manuales, pisos con puertas grandes y pesadas con mirillas doradas, con ventanas y contraventanas que no encajan en los goznes, con paredes lamidas y relamidas por miles de brochas gordas de pintar. Luego están las tiendas, tiendas ubicadas en edificios de sólo una planta con rotulación impresa en cursiva exageradamente inclinada hacia la derecha, el nombre y número de la calle también en cursiva, así como el distrito en un extremo del rótulo, tan sólo un mero digito, de la época en la que no existían los códigos postales, (Barcelona 5, Barcelona14…).

Pero me estoy yendo del tema otra vez. Y el tema es muy serio.

Cuarto.

Viendo ahora ese número de teléfono de cinco dígitos surge en mí la siguiente inquietud: si marco el número, ¿me contestará por alguna casualidad cuántica una telefonista con voz somnolienta que espera sentada a que alguien pida que lo conecten con la década de los 40 ?

Digresión, (con permiso).

Es curioso porque la misma pregunta se me vino a la mente el verano pasado cuando visité la casa museo de un receptor del premio Nobel de literatura, desaparecido en los años 60. Había allí, en la biblioteca de la casa donde nació el escritor laureado, además de sucedáneos de libros en las estanterías, ardillas y otros bichos disecados por el padre del escritor- que fue un gran aficionado a la botánica-, un teléfono de pared antiguo, de porcelana negra, los de dos piezas separadas. Por un momento tuve la seguridad de que si descolgaba el auricular y marcaba alguno de los número listados en la pared, hablaría con una telefonista del 1900. Estuve a punto de hacerlo pero la guía de la casa museo me lo impidió con una sonrisa entre severa y divertida que decía, ay, que te veo las intenciones…

Cuarto (continuación).

Pero ahora estoy en mi casa y en mi casa hago lo que me da la gana, así ninguna guía de casa museo podrá impedirme que haga una llamada a una sombrerería de los años 40 con mi moderno teléfono, con el que puedo pasearme por todo el piso sin ser esclava de la extensión de un cable. También podría utilizar el teléfono móvil (o celular) y hacer que la llamada al pasado la gestionara un satélite que da vueltas alrededor de la piedra que llamamos tierra. Um. ¿Fijo o móvil, qué será? Me decido por el fijo para no perder detalle de la conversación.

Quinto.

Voy a hacerlo. Voy a llamar porque la mecánica cuántica dice que: primero, el tiempo no existe y segundo, todas las posibilidades son reales. En otras palabras, cualquier cosa es posible. Vamos. Me levanto de delante del ordenador donde estoy tecleando esta pieza. Voy hasta la mesilla, saco el teléfono de la base y marco. Por alguna razón suelo quedarme parada ante la base aunque ya he dicho que hoy día ya no es necesario, pero supongo que lo hago por la costumbre esclavizante. Quedaría bien si añadiera ahora que mientras marco me va el corazón deprisa, me tiemblan las manos, pero no sería verdad. Sería un recurso retórico sin gracia. (La verdad es que mientras marco me digo que todo esto no es más que una quimera de mañana de domingo).

Sexto.

Una voz metálica al otro lado de la línea me informa de que en este momento hay sobrecarga en la red y de que el número marcado es un número privado. Esta última es un información sorprendente y abre una serie de consecuencias que, a mí al menos ahora mismo, me parecen lógicas. Primero: el número aún es válido, segundo: si no hubiera sobrecarga en la red alguien contestaría; tercero: las líneas telefónicas se sitúan fuera del tiempo. Conclusión: el tiempo no existe.

Quod erat demonstrandum, que decían los romanos.

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2 comentarios

Archivado bajo bobería, Cuento, divertimento, fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, Microcuentos, online fiction, tiempo, Writers, Writing

2 Respuestas a “TEMPUS FUGIT

  1. ¡Me encanta! Cómo juegas, cómo encaja todo, cómo el tiempo no existe, cómo se quedan abiertas mil posibilidades…

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