EL ARMARIO

Al abrir los ojos por la mañana lo primero que veía era el armario de tres cuerpos que se comía media habitación en la que dormí hasta los cinco años. El armario era de color caoba y tenía tiradores dorados. Hacía juego con las mesillas de noche y tenía un ribete dorado que recorría las puertas de cabo a rabo.

En la parte izquierda del armario colgaba la ropa de mi madre: vestidos de estampados chillones  al estilo sicodélico de la época, trajes chaqueta convencionales, blusas y faldas largas. En el altillo guardaba jerseys, bufandas y un bolso blanco con rayas negras (el mismo que sale en las fotos que se hizo en París, durante aquel viaje en autocar que duró ocho días y donde conoció a mi padre). En el estante inferior, arrinconados, un par de zapatos negros, con borlas de adorno en las puntas, de tacones bajos pero puntiagudos que mi madre ya no se ponía y que repiqueteaban en el suelo cuando yo me los ponía para disfrazarme de mayor.

El centro del armario era doble y tenía dos puertas. Dentro no había barra sino dos amplios estantes en la parte superior y tres cajones en la parte inferior. Abrir aquellas puertas era como salir al campo: aromas de lavanda y flores silvestres se escapaban e invadían todos los rincones del cuarto; y  los juegos de reflejos de las lunas que revestían el interior de las puertas hacían que un tesoro blanco de toallas y juegos de cama bordados a mano deslumbrara la vista. Entre las toallas, como enterradas en arena exquisita, destellaban algunas joyas: una pulsera de oro, un reloj, un medallón, que, incomprensiblemente, mi madre guardaba entre la ropa, como si para ella su ajuar fuera de tanto o más valor que el oro. En los cajones inferiores se amontonaban recibos, recordatorios de comuniones y de algún entierro, una guía práctica de francés con las tapas rotas, de la época en que a ella le dio por estudiar francés para poder defenderse cuando fuera de viaje. Y en una bolsa de plástico, relegadas al futuro álbum que algún día de aquellos iríamos a comprar, las fotos de la boda. La boda fue en un día de julio y las fotos se las hicieron en la explanada frente a la iglesia. Hacía viento porque el velo revoloteaba en el aire tras los novios y los plataneros movían las ramas y las hojas que refulgían en pleno esplendor estival.

La sección de la derecha del armario, junto a la ventana, era la que le correspondía a mi padre. En el altillo guardaba una maleta y un sombrero de paja adornado con una cinta negra alrededor de la corona, recuerdo de su época de músico ambulante (decía que de joven había ido por las playas en verano tocando la guitarra y pasando luego el sombrero, mi madre se reía y decía que era mentira). De la barra colgaba una gabardina gris que olía a lluvia y que mi madre había remendado por el lado del bolsillo derecho, después de que se le hiciera un siete, no sabía cómo, una tarde lluviosa de viernes cuando él salió en busca de una farmacia de guardia para comprarme jarabe de manzana. También colgaban en el armario algunas camisas, pantalones, americanas y el traje de su boda, regalo de sus hermanas, envuelto en el plástico de la tintorería de la Rambla. El traje permaneció allí, impertérrito, durante los 14 años que transcurrieron entre la boda y su entierro.

En el estante inferior guardaba un cajón de madera, roto por un extremo. La madera astillada quedaba a la vista y era peligrosa, así que yo no tenía permiso para meter allí la mano y no lo tuve hasta después del entierro cuando ya nadie me podía impedir revolver entre sus cosas. Dentro del cajón de madera había algunas herramientas: dos martillos (uno de punta afilada y otro de extremos cuadrados, muy pesado), una llave inglesa fija (idéntica por los dos extremos) y otra llave (ésta ajustable) que utilizó, sin éxito, una vez para intentar arreglar una bicicleta vieja que alguien me dio; había también un destornillador con mango amarillo; cinta métrica no había porque en mi casa se medía a palmos o a ojo cubero, pero sí había, sueltos en el cajón, clavos, tornillos y arandelas de todas las medidas. Había pocas herramientas porque se hacían pocas reparaciones en la casa. Pero cuando se hacían era siempre en viernes. Cuando mi padre llegaba a casa el viernes después del trabajo, se arremangaba, sacaba el cajón del armario, lo colocaba sobre la mesa del comedor, con cuidado de no tocar el extremo astillado y revolvía entre las herramientas cavilando cuál sería el mejor procedimiento para arreglar el desperfecto del día (un gozne que chirriaba, un vidrio roto, un azulejo suelto en el baño o en la cocina…) y siempre llegaba a la conclusión de que le faltaba el elemento esencial sin el cuál la reparación resultaría imposible: aceite lubricante, masilla, cola…, entonces le prometía a mi madre que iría a la ferretería por la mañana pero al día siguiente era sábado, día de mercado, y los dos salían juntos a la compra y a él se le iba el santo al cielo; cuando mi madre se quejaba, le prometía que iría a la ferretería el lunes después del trabajo pero por hache o por be no lo hacía y la reparación caía en el olvido. Nos acostumbramos a vivir con goznes que chirriaban, con azulejos caídos y ya ni siquiera veíamos los desperfectos, pero la casa se fue deshaciendo, cayéndose lentamente a pedacitos a nuestro alrededor como la lluvia fina que cala sin que uno se entere.

Con los años el armario de tres cuerpos también se estropeó. Los espejos interiores se fueron picando de humedad y por los extremos empezó a crecerles una lámina opaca que, como una catarata ocular, se fue comiendo el reflejo de la realidad hasta que llegó un día en que los espejos se quedaron ciegos. Para entonces mi padre ya no estaba y mi madre decidió comprarse un armario más pequeño.

Mientras los operarios de la casa de muebles desarmaban y sacaban el armario viejo, recordé que una vez, de pequeña, soñé que abría las puertas del armario y encontraba, enganchadas como babosas en los espejos, unas caras parlantes, semejantes a las de las estatuas de la Isla de Pascua. Del susto me desperté. Mientras yo recordaba la primera pesadilla de mi vida, los operarios de la casa de muebles habían sacado del armario el cajón con herramientas de mi padre, le preguntaron a mi madre si quería que lo tiraran y ella negó con la cabeza. Entonces los hombres dejaron el cajón a un lado en el suelo y el cuarto se llenó lentamente de olor a bosque y a madera húmeda. Se puso a llover y supe que era viernes porque cuando yo era pequeña siempre que llovía era viernes y la quietud de la lluvia inundaba la casa, entonces mi padre llegaba del trabajo y se ponía a revolver el cajón de herramientas y yo sabía que estaba todo bien y que podía seguir soñando con aprender francés, ponerme zapatos de tacón y viajar a París con un bolso blanco con rayas negras colgado del brazo.

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