La abuela maga

Desde el primer día Ramón le había advertido a su suegra que en su casa no quería magias. Y ahora con el nacimiento de su primera hija la advertencia se volvía más dura aún. Si la niña se ponía enferma llamarían a Jacinto, su amigo el médico, y no había más que hablar, había dicho Ramón mirando de frente a su suegra.

-¿Y por qué no lo has llamado hoy? –le preguntó ella, en voz baja, mientras se lavaba las manos en el lavamanos.

-Jo no volia– yo no quería, dijo María que había oído perfectamente a su madre –no volia que Jacinto em veiés… així…

¡No quería que Jacinto la viera así! Juana suspiró pero se mordió la lengua. No había sido tan recatada cuando conoció a Ramón. Si lo hubiera sido un poco más se habrían ahorrado muchos problemas… Pero, ¿para qué hablar más? Las cosas vienen como vienen y ella lo sabía por propia experiencia. Por otro lado, era inútil discutir con aquel mulo que le había tocado como yerno y en aquellos momentos una nueva pelea entre ella y su yerno era lo último que su hija y su nieta necesitaban. Además, ella se sentía cansada después de tantas horas pasadas en aquel cuarto atendiendo a su hija, ya no tenía veinte años y le dolían los huesos. Y a fin de cuentas, si no podía hacer “magias” -como él se empeñaba en llamar a sus prácticas curativas- en aquella casa, nadie, ni siquiera aquel yerno con cara de mulo, tozudo como un mulo y lunático, le impediría hacer lo que le viniera en gana en la suya.

Decidió no decir nada más, por prudencia y por cansancio, y se volvió al espejo para recomponerse el peinado, se marcharía a su casa, allí ya no hacía falta. El espejo le devolvió dos imágenes contra las que sabía que no podía luchar. La primera, su rostro arrugado, los ojos sin brillo, el blanco y el rubio confundiéndose en su larga cabellera. Y la segunda, su hija, de sólo quince años, postrada en la cama con su nieta, su primera nieta entre los brazos, y su yerno sentado en el borde de la cama rendido a ellas, adorándolas.

-Me voy –dijo Juana cuando acabó de arreglarse.

Ramón pareció no oírla. María le dio un codazo y sólo entonces él se puso en pie.

-La acompaño –murmuró.

-No hace falta –dijo ella –sé el camino y nadie le hará nada a una vieja.

-Mare, no s’enfadi… –murmuró María con un hilo de voz, madre no se enfade

Juana se acercó una vez más a la cama. Le plantó un beso en la frente a su hija que la cogió de la mano. Sus ojos dulces se clavaron en ella para decirle con la mirada todo lo que no sabía decirle con las palabras. No quería que se marchara enfadada después de lo que acababan de vivir juntas. Había habido instantes en que ella creyó que iba a morir y si no hubiera sido por su madre quizá habría muerto aquel día. Pero ahora ya le estaba volviendo la sangre y las fuerzas a los brazos y a las piernas, el recuerdo del dolor se alejaba a marchas forzadas, como hojarasca en el viento, y en el corazón le nacía una canción al sentir a su hija entre los brazos. Le habría gustado que su madre hubiera sido tan feliz como ella.

-Mira de dormir –dijo Juana con la voz más suave que pudo encontrar en su garganta, intenta dormir, volveré por la mañana– demà tornaré.

Juana se marchó y a María no le costó volver a concentrarse en la niña que tenía la mirada clavada en ella, y era tan pequeña y tan suya que nada más en el mundo podía importarle más que ella. Ni su madre, ni su marido, ni ella misma. Por poco que a su madre le gustara Ramón, lo importante era que aquella niña no iría a parar a un orfanato como le pasó a ella, y en su partida de nacimiento constaría el apellido de su padre, porque eso fue lo primero que le hizo jurar a Ramón cuando supo que la esperaba y aún no se habían casado. Y su hija no moriría en la infancia, de hambre ni de enfermedad, ya se cuidaría ella muy bien de que la muerte no se la arrebatara de los brazos, y si era necesario pasaría las noches en vela para impedirlo… y así, hasta que la venció el sueño, María se juró a si misma proteger y cuidar a su hija toda su vida.

En la calle hacía frío y humedad pero Juana no lo notó. Caminaba rápidamente preguntándose si en su casa habrían cenado, llevaba todo el día fuera de casa y su marido no se acercaba nunca a la cocina. Aquel Ramón tenía la cabeza de piedra. Y no la temía. Lo peor de todo era que no le tenía ningún miedo. Se creía muy moderno y para más INRI tenía un amigo médico -cómo había llegado aquel mulo a hacerse amigo de un médico era algo que ella nunca podría comprender- que pasaba mucho tiempo en su casa y no dudaría en tirar por tierra toda la confianza que su hija tenía en ella.

Cuando llegó a su casa todos dormían. En la mesa encontró un plato de sopa hecha con restos de pan. Pero no tenía hambre. En el cuarto su marido roncaba. Ella se quitó los zapatos y se echó a su lado, sin quitarse la ropa, se apretó contra él para sentir el calor animal que desprendía su enorme espalda. Él alargó una mano y la tocó como para cerciorarse de que era ella y no uno de los niños. Sóc àvia, soy abuela, dijo en el silencio del cuarto, lo dijo para oírse a si misma, para saber qué se sentía, sóc àvia…. Su marido no la podía oír. Era sordo de nacimiento. ¿Ya?, preguntó con gestos en la penumbra y ella asintió con la cabeza. Él abrió la boca para mostrar su sorpresa y su felicidad. Luego le dio un beso en la frente y dejó caer la cabeza en la almohada, volviéndose a dormir inmediatamente.

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