EL HOMBRE QUE MURIÓ DOS VECES

Un día la calle despertó con la noticia de que Abel había muerto, otra vez. Esta vez el desenlace lo había vaticinado hacía días una de las vecinas cuyo balcón daba sobre el pasaje de detrás de nuestro bloque:

-…anoche el Abel estaba tirado ahí entre los coches, yo pensando que estaría durmiendo la mona, pero parece que estaba muerto porque ha venido a la ambulancia y…

Y lo confirmó una gitana rubia de nombre Remedios que vendía ajos y claveles por la calle y cuyo marido había estado ingresado en el hospital, donde habían coincidido con la familia de Abel.

-… pues sí esta vez es la buena, que se ha muerto el pobre hombre pero no habrá entierro porque el hermano ha donado el cuerpo a la ciencia – proclamó Remedios en la puerta del mercado y la noticia corrió como la pólvora.

Dicen que la muerte confiere al interfecto el derecho a ser compadecido y que lava todos los pecados. Así que todo el mundo cambió de opinión sobre Abel de la mañana a la noche. Las porteras, que habían refunfuñado mientras tiraban litros de lejía a su paso, ahora decían que había sido un buen hombre; los hombres, que sentados a la puerta del bar Marte sólo interrumpían sus arengas sobre lo bien o mal que iba el Barça para insultar a Abel cuando lo veían pasar, decían ahora que el pobre diablo había tenido mala suerte; las matronas, que a regañadientes y sólo porque aún les quedaba algo de temor a Dios, le habían dado bocadillos de tortilla o de albóndigas, siempre con mucho cuidado de no tocar sus manos sucias y descarnadas, se santiguaban y pedían que Dios lo tuviera en su gloria.

Y así, lentamente, la historia de Abel se coció en la cocina de la psique del barrio hasta hacerse leyenda.

Decían que todo había sido culpa de la familia por no cuidarse de él cuando tuvo problemas, aún siendo una familia de posibles.

Decían que había caído en desgracia en el ejército. Que alguien allí lo envidiaba y se inventó una patraña sobre él, que había cometido actos prohibidos, penados con cárcel. Que lo expulsaron del ejército con deshonor y que su padre nunca lo perdonó.

Que era sólo un crío cuando ingresó en el ejército. Que su padre se opuso, porque quería que estudiara para abogado. Que Abel tenía talento y una memoria prodigiosa y habría llegado a juez si hubiera querido. Pero Abel le habría dicho a su padre que no quería pasarse la vida entre montañas de libros, ni languidecer en un juzgado; quería ser soldado, como su abuelo materno. Soñaba con las montañas de África, con la arena del desierto, con gacelas y leones, y por eso se alistó en la legión. Su padre puso el grito en el cielo. De todos los cuerpos, aquel era el que tenía peor fama. Que lo enviaron al norte de África y que su padre no fue a despedirlo cuando se marchó. Y que a su madre, una matrona con aspiraciones musicales y propensión a los desmayos, no se la volvió a oír cantar en mucho tiempo.

Que Abel, callado y observador, supo medrar en el ejército, y que lentamente fue ascendiendo puestos hasta que se cruzó en el camino de alguien. Y dijeron que lo habían visto en el peor barrio de Ifni, en un bar de hombres, perdiéndolo todo. Abel declaró que era todo mentira. Pero algunos, bien pagados, aseguraron haberlo visto también en el mismo lugar, varias noches seguidas.

Decían que tendría que haber luchado con ahínco por su honor pero que él lo dio todo por perdido rápidamente y quizá con razón porque una mancha así es muy difícil de lavar. Y decían que Abel había regresado a casa con los hombros caídos y el espíritu roto.

Y que fue gracias a la intercesión de su madre, que su padre, un hombre de fuertes convicciones religiosas y morales, pero incapaz de sustraerse a la desconfianza y a la sabiduría dudosa del refranero (Río que suena, agua lleva) y que miraba con asco a su hijo, lo salvó de la cárcel. Pero que en cuánto murió la madre, Abel quedó abandonado a su suerte.

Y que no tardó en verse en la calle, bebiendo cartones de vino barato que le fueron envenenando el cuerpo y el alma, sentado en las escaleras del metro con la mano extendida, recitando las sagradas escrituras que había aprendido en el colegio de curas al que su padre lo envió a los cinco años. Y dormía en los aledaños del mercado municipal o en los portales de las casas y despertaba en los charcos de su propia inmundicia a golpes de escoba de las porteras y de los barrenderos. Y se levantaba renqueando, con la cabeza dando vueltas y la hiel en los labios y se alejaba con paso incierto y mirando de reojo tras de si.

Y decían que quizá fue por hastío o a fuerza de oír las mentiras en su mente y de ver caer miradas de desconfianza sobre él una y otra vez, que acabó por creerse lo que habían dicho de él, y sin siquiera darse cuenta se fueron deslizando en su habla y en sus gestos los amaneramientos propios de los de su pretendida condición.

Y antes de morir, años antes, ya lo habían dado por muerto, y fue aquella vez en que unos desalmados le dieron una paliza, le patearon las tripas hasta rompérselas mientras reían y lo insultaban, y él lloraba y suplicaba caridad cristiana. Y lo habrían matado si no hubiera sido por un alma caritativa que lo vio todo desde un balcón y llamó al 091. Y cuando salió del hospital estaba limpio, por dentro y por fuera, pero no tardó en volver a sus esquinas y a sus cartones de vino.

Y el tiempo, como no podía ser de otra forma, acabó por pasar factura a sus huesos y a su corazón, y una madrugada Abel vomitó rojo en el suelo de la calle y otra alma caritativa lo vio desde un balcón y llamó al 091 y llegó la policía y unos enfermeros lo subieron a la ambulancia y cerraron la puerta con un golpe seco como de lápida que cae sobre una tumba.

 

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