14.

Alberto se deja caer en el sofá, la conversación lo ha dejado sin aire. Como si hubiera hablado con un fantasma por teléfono. Siente que le invade aquella sensación de antaño y quiere evitarla por todos los medios, como un calambre en el cuello que apenas avisa y ataca sin piedad, y de repente uno se está mordiendo los labios por el dolor. Igual que cuando en casa de los Tarragó le daban ropa usada para sus hermanos. Té, fill, per tu i els teus germans, le decía Anna Jordán, la madre de Pepet. Mare, no ho faça mes això, si us plau, pedía Pepet cada vez que Alberto salía de su casa cargado con ropa, porque apreciaba a Alberto demasiado como para querer verlo humillado. Ai fill, i per que no? Porque a Alberto no le gusta. Apa, no sigues beneït, no veus que els fa falta…

Y tristemente era cierto. Porque su madre cogía de sus manos la ropa rápidamente, sin mirarlo a la cara, sin decir ni palabra, aceptando la situación con resignación,  y por la mañana se metía en el lavadero, enjabonaba y restregaba aquella ropa con furia contra el lavadero (aunque estaba limpia y planchada, pero aquel era el único gesto digno que se permitía). Su padre también miraba hacia otro lado cuando veía a sus hijos vestir aquellas ropas holgadas, tan poco apropiadas para ir a trabajar a una frutería, pero la vida es dura y no estamos aquí para mirarle la dentadura al caballo, les decía Ramón Sentís, alias el fenicio, a sus hijos cuando éstos se exclamaban por tener que llevar camisas con volantes (pero si son de niña, se quejaban los gemelos) y pantalones a cuadros y de pata ancha; y al no obtener nada de su padre, sus hermanos le echaban a él miradas cargadas de rabia por ser el culpable de que los otros niños se burlaran de ellos en la escuela.

Y Alberto se prometió que llegaría un día en que ni él ni los suyos habrían de vestir ropa usada (como en aquella película de la guerra civil americana en la que la protagonista jura que nunca más pasarán hambre, aunque en su caso no hubo música de fondo ni un crepúsculo ardiendo en el horizonte) y puede decir que lo consiguió. Sin embargo, sigue habiendo aquel poso de miedo a no llegar. A dónde había de llegar no lo sabe con claridad. Pero ¿lo ha conseguido? Quién sabe. Y todo es aún más triste precisamente por no saberlo. Porque no sabe si sus esfuerzos han servido de algo. Y si por otro lado, lo ha conseguido, si ahora ya es alguien, es como si lo no fuera porque sigue sintiéndose como si aún llevara los blusones azules y los pantalones marrones a cuadros que se le habían quedado pequeños a Pepet Tarragó.

Como por arte de magia el teléfono vuelve a sonar. Cuenta hasta tres timbres antes de contestar. Que no piensen que está al lado del teléfono esperando a que alguien llame.

-Diga.

-Alberto, soy Silvia.

Lo que faltaba. Es la tercera vez que habla hoy con ella y cada vez que ha hablado con ella su voz le ha sonado un poco más desesperada.

-Dime, Silvia.

-Tenemos que vernos. Hoy. Sin falta.

-¿Ha pasado algo? ¿estás bien?

-No puedo contártelo por teléfono. Es delicado.

Ya, pero no hay nadie más que tú y yo en esta conversación. ¿O acaso sus vidas son tan fascinantes y su conversación tan prometedora que les han pinchado el teléfono como en las películas de policías y ladrones?

-Dentro de una hora en el Charleston -sigue Silvia – y ven solo.

Diciendo eso cuelga. Silvia ha visto demasiadas películas. Ni él tiene con quién ir al Charleston ni le hace falta una hora para llegar. El Charleston, esa antigua discoteca a la que solían ir los domingos por la tarde cuando eran jóvenes y que ha quedado como lugar de reunión de los viejos del pueblo, queda a cinco minutos de su casa. ¿Qué se supone que tiene que hacer él hasta que llegue la hora? Quizá ella tenga que acicalarse antes de salir. Meterse en la bañera, sacarse de encima el olor a Vicks (¿no le ha dicho esta mañana que estaba enferma?), ponerse las tenacillas en el pelo, maquillarse… 

Sale de la sala de estar y se asoma a la cocina. Su madre canturrea la melodía de una película antigua mientras seca los cubiertos: estoy sintiendo tu perfume embriagador. 

-Voy a salir -dice Alberto y su madre asiente con la cabeza como si no le viniera de nuevas.

-Dúchate -dice su madre, y sigue secando los cubiertos sin levantar la mirada.

Alberto se mete en su cuarto. Sí, será mejor que se duche antes de salir. Subir la cuesta hasta la casa de los Tarragó le ha hecho sudar de lo lindo.

Se da una ducha rápida. Deja la ropa sucia en el suelo, luego no se acordará de recogerla y su madre refunfuñará.

Se viste nervioso evitando mirarse al espejo. Se echa colonia. Como si tuviera una cita. (¿La tiene?) Se revisa los bolsillos. Cartera, dinero, llaves. ¿Necesita algo más? ¿Condones? Abre el cajón, revuelve en el fondo. Sí. Hay una tira de cinco. Pero, ¿por qué está pensando en eso? ¿Estará Silvia pensando en eso? ¿Dónde irían, a su casa? No. Es absurdo. Cierra el cajón. Sale de su cuarto.

Baja a la calle. Son las cinco y media. Algunas persianas de comercios chirrían al levantarse de nuevo tras la pausa de la comida. Viejos conocidos lo saludan al verlo pero él no hace ademán de pararse a hablar con nadie a pesar de que aún tiene media hora que matar antes de encontrarse con Silvia. Sin pensar, pone rumbo a la estación del tren, se sienta en un banco en el andén y contempla por un momento las vías negras que lo conectan todo. Más allá de las vías, la playa. Un velero en el horizonte. Gente aún bañándose. Familias bajo parasoles decorados con círculos concéntricos, azules y rojos, o azules y blancos. Niños arrastrando bocadillos por la arena. Parejas solitarias besándose bajo el sol. Y la voz de Isabel que vuelve a su mente: nunca te he olvidado Alberto…, y él siente el calambre en la espina dorsal, la rigidez cálida y familiar en la entrepierna, aquel calor antiguo invadiendo su cuerpo. Pasa entonces un tren rápido, moderno, de los que no pararían nunca en esta estación, viene de Francia y va camino de Barcelona, al pasar deja tras de si sordera y desolación. Pero Alberto ya sabe lo que hará mañana y no le importa.

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