12+1.

Y sabe que está evitando lo inevitable.

Con el auricular en la mano se da cuenta de que no es a Silvia a quién va a llamar porque no tiene su número de teléfono y aquí no está Ruth y su computadora infalible para dárselo. Descarta preguntarle a su madre si Silvia le ha dejado su número y si acaso ella se ha olvidado de que lo tiene, después de apuntarlo con cualquier lápiz de punta mal afilada, en la esquina de una factura vieja, con los trazos grandes y desgarbados con los que escriben los niños de la guerra que tuvieron que dejar la escuela a los doce, trece, catorce años para ir a trabajar a la fábrica de los Tarragó. Però aquest si que farà carrera, vaticinó su padre, aquel día ya tan lejano, a su regreso de casa de los Tarragó y su madre los miró a los dos con recelo. Su madre no se habría olvidado de darle el número de Silvia si lo tuviera. Puede que él lo tenga escrito en alguna agenda similar a la que lleva en el bolsillo. Podría revolver su habitación (y posponerlo aún más). En algún lugar de la cómoda tiene que estar su vieja agenda, y si encontrara ahí su número podría  llamarla. Tenemos que vernos, Silvia, tengo algo que contarte, ¿esta noche te va bien? Ella diría que sí, seguramente, más por morbo que por otra cosa. Y en el hipotético caso de que llegaran a verse (si es que él encuentra la agenda, si es que en la agenda está apuntado su número, si es que ese número aún es correcto) ella le sonreiría y le diría que los años lo han tratado bien, (soberana mentira: ¿cómo obviar el neumático alrededor de su cintura, las mejillas desmayadas, las bolsas bajo los ojos?) Y él también le haría algún cumplido por quedar bien que ella desestimaría con un gesto de la mano y una sonrisa. Y pasado ese punto irían al grano. Él le haría jurar discreción. Y ella abriría los ojos como platos y asentiría con la cabeza. Soy una tumba. Se lo contaría todo y al final, ella lo miraría moviendo los ojos de un lado a otro. ¿Que Jaime se ha ido? ¡Menuda novedad! ¿Y eso es todo? Y él asentiría. Ella suspiraría porque seguramente había anticipado que él le daría información sobre la visita de su tío aquella mañana, o sobre lo que Pepet le habría dicho, o sobre quién iba a heredar. Entonces le pediría la agenda de Jaime, el verdadero heredero, ese rey Arturo que aún no sabe que su destino es arrancar la espada de la roca. Pero ¿no dices que tienes su agenda? Pues empieza por ahí, Alberto, quizá el chico esté en casa de algún amigo suyo.

Abre la agenda. ¿Sería demasiado llamar señal al hecho de que la agenda se abre por la letra I y que la única entrada en la I corresponde a un nombre que le hace saltar el corazón en el pecho? Isabel de Guzmán. La madre de Jaime. ¿Será posible que madre e hijo estén en contacto? No tiene más que marcar ese número y cuando Isabel conteste preguntarle si Jaime está ahí con ella. Y si lo está, el misterio quedará resuelto y él podrá volver a su vida.

-Diga -voz neutra, pero sí, es de mujer, aunque ese diga es demasiado corto como para identificar a Isabel después de ¿cuántos años? Veinte al menos.

-¿Isabel?

-Sí, ¿quién es? -la voz aún es cantarina, como la que espera que la llame cualquier amigo al que no ve hace tiempo.

(ella, siempre tan sociable, tan diestra en hacer amigos, tan extrovertida, tanto que si alguna vez le molestaban los amigos de Pepet (ruidosos, borrachos, sucios, bohemios) nunca se quejaba)

-Hola Isabel, soy Alberto Roig, ¿te acuerdas de mí?

-¿Al… Alberto? -ahora sí, vacilación en la voz, pero aún así ella no pierde los papeles  -¡pues claro que me acuerdo de ti, cómo no, ¡pero, oye, qué sorpresa!

Isabel siempre había sabido caer de pie, había pocas cosas que le hicieran perder la calma, ni siquiera que la llamara después de veinte años un antiguo amante (aunque sólo fuera una vez,  la primera y la última, que ella desechó como si no tuviera ninguna importancia:

-Aquí no ha pasado nada, Alberto, no le des más vueltas -le dijo, con la respiración aún entrecortada, porque ya sabía antes de acabar que la culpa iba a estrangularlo en cuanto se deslizara de dentro de ella y que las palabras: Traición, Vergüenza, Puñalada, con mayúsculas, iban a pasarle por delante de los ojos como fantasmas.  Y ella, que los conocía a los dos y sabía que la amistad que los unía había sido inmaculada hasta aquel momento, se ofreció de inmediato para cargar con todo el peso de la culpa.

-Mira, será mejor que no le digas nada, pero si no tienes más remedio que contárselo, entonces cúlpame a mí. Podrá soportarlo mejor si sabe que tú no tienes la culpa.)

-… y ¿cómo estás?

-Bien. Bien. ¿Y tú?

-Ah. Bien también. Tirando, como se puede. ¿Tu madre, tus hermanos, bien?

-Sí, todos bien.

Rodeos. Nunca supo si ella tenía familia fuera de Pepet y su hijo así que era inútil intentar seguir por ahí.

-Te estarás preguntando porqué te he llamado -dijo él al final, cuando sobre la línea empezaban caer los primeros copos espesos de silencio.

-Pues la verdad es que sí -dijo ella- y también me pregunto quién te habrá dado este número, aunque tengo una ligera idea… no esperaba que recurrieran a ti para esto también, pero veo que me he equivocado una vez más… no quiero decir con eso que me moleste que me hayas llamado. De todas las opciones posibles es la que más me gusta. Nunca te he olvidado, Alberto.

El mensaje, los varios mensajes, van calando en su conciencia. Más detalles de la personalidad de Isabel que tenía olvidados: su impulsividad, su sinceridad, su perspicacia.

-¿Sabes algo de tu hijo Jaime? -dice él al fin.

-Les puedes decir que está conmigo y que está bien.

-Quieren que vuelva.

-¿Y si él no quiere, quién va a obligarlo?

-Supongo que nadie puede obligarlo.

-Pues ya está -dice ella -no quiere ni verlos en pintura, le pasa lo que a mí.

-¿Es verdad que está contigo? ¿puedo hablar con él?

-¿No me crees? ¿Me estás llamando mentirosa, Alberto?

-No. Pero tengo que contarle algo importante.

-Ahora mismo no está pero le puedes dejar el recado conmigo

-Está bien. Toma nota. Dile que su padre se está muriendo y que su última voluntad es ver a su hijo por última vez antes de morir.

La estocada mortal clavada en el pescuezo del toro. Para mayor gloria del torero, el animal se desploma a sus pies:

-¿Qué me dices? -la voz de Isabel, como un hilo de sangre y baba, apenas es perceptible -no puede ser…

-Hoy mismo he estado con Pepet, no es ni la sombra de lo que fue, yo también me he enterado hoy.

-Hablaré con Jaime. Pero no te prometo nada. Le han hecho la vida imposible entre el abuelo, el tío, etcétera, ya sabes cómo son.

Bien que lo sé, se dice Alberto al colgar el teléfono, ¿cómo no voy a saberlo?

 

 

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Archivado bajo fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, novela

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