12.

Sonaba el reloj del comedor cuando entró en su casa. Las cuatro de la tarde y sumando. Su madre estaba sentada ante el televisor. La comida puesta en la mesa, ya fría, señalándolo como culpable. Pero ¿por qué me has esperado? ¿Por qué no has comido sin mí?, se quejó él. Ella se encogió de hombros. Los brazos cruzados, la espalda recta en el sofá. Alberto sabía que sería inútil disculparse. No tinc gaire gana, dijo ella poniéndose en pie. Es el calor, murmuró él. Él tampoco tenía hambre pero se sentó a la mesa y comió en silencio todo lo que su madre le sirvió para no disgustarla (aún más). No valía la pena entrar en explicaciones y tampoco le gustaba mentirle. No era un adolescente. Ella no entendería sus cuitas con los Tarragó y empezaría a darle vueltas al tema si él le contaba la desaparición del nieto, la enfermedad de su antiguo amigo de juventud. Ella siempre los había odiado. Nunca le gustó que sus hijos se mezclaran con aquella gente. Una cosa era tratar con ellos como clientes, venderles fruta y otra muy distinta confraternizar con ellos. Nunca le gustó que Alberto fuera tan amigo del heredero de los Tarragó. En el fondo tenía miedo de que se lo cambiaran, de que le dieran la vuelta, en definitiva de que se volviera como ellos. Porque su madre no era como su padre (bueno, compasivo, siempre presto a perdonar, a poner la otra mejilla, quizá demasiado), ella no olvidaba nada, no perdonaba nada, lo guardaba todo en su memoria de elefante.

A pesar de todo, del calor, de su falta manifiesta de apetito, ella, como siempre, picoteaba en su plato con el tenedor, cortaba trocitos pequeños de pan y se los echaba a la boca, masticaba haciendo que las arrugas en su cara se movieran lentamente, pero más que comida eran sus propios pensamientos lo que andaba dando vueltas entre sus dientes; siempre había comido muy poco, aún cuando se acabaron las penurias económicas, como si la costumbre de tantos años de estrecheces le hubiera cosido el estómago. Sin embargo, nunca perdonaba un ágape (y eso, él lo achacaba a un miedo ancestral de ella a que no hubiera otro); siempre cocinaba plato para comer y para cenar, en su casa nunca se comía de bocadillo, como en otras casas, decía ella; siempre esperaba a su hijo para comer, porque le habían enseñado que a los hombres había que esperarlos para comer cuando venían de trabajar. En su casa siempre se ponía mantel y servilletas de tela (que al acabar ella doblaba cuidadosamente y metía en anillos dorados con las iniciales de cada uno, los anillos de los que ya no estaban seguían en el fondo de un cajón del aparador del comedor), siempre había pan y vino en la mesa y al acabar de comer, fruta, y luego café. Y aún así ella estaba como un palillo, los pechos diluidos bajo la bata oscura, como si al acabar de criar hubieran dado por acabado su trabajo y hubieran hecho mutis por el foro; las piernas largas y estrechas, blancas como el alabastro bajo las medias, aún en verano llevaba aquellas medias tan gruesas. Siempre había estado muy delgada, a pesar de los hijos (cinco, todos vivos, todos varones), a pesar de los años, a pesar de las penas. Los ojos marrones perdidos en el aire ya no contaban con el brillo de antaño que los había ido abandonando lentamente, a paso de caracol.

¿Por qué has venido tan tarde?, preguntó ella cuando acabaron de comer, su voz era fría y era obvio que quería sonar indiferente. Él estaba tan absorto pensando en qué haría para dar con Jaime Tarragó (la agenda de tapas negras quemándole en el bolsillo desde hacía rato, sólo esperaba poder quedarse solo y abrirla) que la pregunta lo pilló desprevenido. Problemas en la oficina, dijo, he tenido que esperar a que acabaran de arreglar el aire acondicionado. Si su madre hablaba con Ruth al menos no lo contradiría. Te han llamado por teléfono, le dijo su madre suspirando y sin mirarlo.

¿Quién?, dijo él con una voz que apenas podía disimular una culpabilidad inmediata e indefinida. Una mujer, dijo su madre en voz baja, igualmente podría haber dicho el diablo. Bah. Sería propaganda, repuso él, sólo deseando que fuera así, y recordando esperanzado que una vez hacía años se apuntó como voluntario de la Cruz Roja (un médico de ideas modernas le había aconsejado distraerse, salir más, no pasar los domingos trabajando si no quería tener problemas de salud a la larga) pero enseguida se arrepintió (ver accidentados de carretera no podía ser mejor para su salud que pasarse los domingos haciendo nóminas) y se dio de baja, los de la Cruz Roja estuvieron llamándolo durante meses por si cambiaba de idea.

Su madre negó con la cabeza. ¿Quién era entonces?, dijo él. Era aquella, dijo ella con firmeza y repulsión. A estas alturas del intercambio con su madre, Alberto ya tenía una sospecha en firme sobre quién sería la persona que había hecho la misteriosa llamada a su casa. Como en todas las familias, la suya también tenía ciertos ese, esa, aquel y aquella a los que no les hacían falta prolegómenos. Su madre se refería sin duda a Silvia Tarragó. ¿Y ha dejado recado? preguntó cuando estuvo claro que los dos sabían de quién hablaban. I ara! Que et penses que sóc la teva secretaria, masculló su madre saliendo del comedor cargada con los platos vacíos. Acabáramos, se dijo él. No solía llegar tarde a comer pero si lo hacía su madre no se molestaba como se había molestado hoy. Seguramente Silvia habría llamado al despacho y al no encontrarlo allí había llamado a su casa, lo que significaba que lo tenía que decirle debía ser urgente. No quería ni imaginar cómo habría ido la conversación entre las dos. Aprovechando que su madre pasaría en la cocina un buen rato, se metió en el salón y cerró la puerta cuidadosamente tras de si. Se dirigió al teléfono sobre la mesilla y descolgó el auricular.

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