11.

Alberto detestaba la idea de tener que desplazarse hasta Barcelona en busca del hijo pródigo de su amigo. Ni siquiera recordaba cuánto tiempo hacía que no había puesto los pies en la gran urbe. Dos años, quizá. En aquella ocasión llevó a su madre al entierro de un pariente lejano que vivía en la Sagrada Familia y al que hacía años que ni siquiera veían. Además, se habían enterado del fallecimiento por casualidad. Nadie los llamó. Quiso disuadirla, le dijo que no le hacía ninguna falta ir porque el pariente muerto no se iba a enterar de que ella había estado allí, y los vivos eran tan viejos que casi que tampoco se iban a enterar. Su madre no le hizo ni caso. Entonces le dijo que era julio (como ahora) que haría mucho calor, que el tren estaría abarrotado de turistas. Pero su madre tampoco se dejó convencer. Su madre era un hueso.

Le daba pereza: la estación de Renfe, la cola en la ventanilla, cruzar sobre la vía peligrosamente para evitar el paso subterráneo, la lucha por subir al tren, los empellones, las peleas por los asientos, los niños llorando, la hora y media viendo pasar los pueblos de la costa, el mar en la ventana. La mayoría de las veces era su negocio lo que le llevaba a bajar a la capital (bajar era el verbo que utilizaban todos los que conocía, ni que el pueblo hubiera estado a la altura del Machu Pichu), a aquella ciudad sobriamente adoquinada, con aquel calor horripilante durante el día, casi ninguna sombra, el sol azotando los edificios, con una humedad negra como la pez, que se escurre de los muros y lo empapa todo, como un árbol que sabe que va a ser cortado y la noche anterior a su muerte llora y moja el suelo que cubre sus raíces mientras los pájaros huyen.

En su memoria siempre era verano en Barcelona y si no tenía que ir a ver a sus parientes en la Sagrada Familia, bajaba del tren en Catalunya y subía andando por el Paseo de Gracia hasta Aragón. En la esquina con Aragón levantaba la vista y buscaba en lo alto el piso donde había trabajado de joven, en lo que fue su primer empleo como pasante de un abogado laboralista.

A finales de los sesenta había en la entrada a la finca un gran colmado cuyo regente tenía tratos con su padre. Fue su padre quién lo envió allí (aprovechando que aún le quedaban unos días en Barcelona, los últimos días antes de regresar a casa, cuando se había hecho evidente que ni él ni Pepet acabarían la carrera y el viejo Tarragó había decidido cortar la financiación). Entró en el colmado y preguntó por el gerente. El hombre tras el mostrador se identificó como tal. Alberto se presentó y dijo que lo enviaba su padre para aclarar un malentendido sobre un pedido. Su padre estaba muy apurado, había sido error suyo, dijo. El colmado era un cliente muy importante para él y Alberto había ido hasta allí a aclararlo todo y disculparse en nombre de su padre. El gerente se maravilló de que Ramon Roig hubiera enviado a su hijo en persona a arreglar las cosas con él y al final de su conversación lo invitó a un vino. Mientras bebía un caldo caliente y peleón, Alberto se fijó por primera vez en un anuncio que colgaba en la pared tras el mostrador. Era un papel algo amarillento y encartonado: Se busca pasante, razón tercer piso, y entre paréntesis algo que le llamó poderosamente la atención: habitación incluida. Preguntó por ello al regente del colmado que le dijo que el anuncio pertenecía a un despacho de abogados en aquel mismo edificio.

Algo que él había desconocido hasta el momento pero que era habitual en aquella época era que a los pasantes se les ofreciera alojamiento en el mismo despacho donde trabajaban, que solían ser en su mayoría pisos reconvertidos en despachos, con habitaciones de sobras; al dueño del negocio le convenía tener a alguien durmiendo en el despacho para evitar percances nocturnos y al pasante le solucionaba la papeleta de tener que alquilar una habitación.

Alberto dio las gracias, se despidió, salió del colmado y subió a pie hasta el tercer piso. Llamó a la puerta. Una puerta grande, granate, con apliques dorados, con una placa que rezaba Pere Masip, Abogado. Salió a abrir una señora de cara blanca con el cabello negrísimo. Tenía los ojos oscuros rodeados de ojeras enrojecidas, como si se pasara la vida llorando, y en el fondo de los ojos se leía desconfianza.

El señor no está, anunció la mujer sin apenas despegar los labios a través de una rendija de puerta. Cuando Alberto le preguntó si estaría por la tarde, la mujer se encogió de hombros. Antes de marcharse por donde había venido, le dijo que venía por lo del anuncio y la mujer lo miró aún con más desconfianza. Ah, dijo con voz desfalleciente, ¿aún está puesto ese anuncio? Alberto ya casi daba por perdida la ocasión, anticipando que el puesto ya estaba cubierto (el papel amarillento y encartonado debería haberle dado la pista definitiva, se dijo), incluso pensó que aquella mujer podía ser quién hubiera ocupado el puesto hasta que un hombre de escasa estatura, con la cintura ancha, el cráneo rojo y sudoroso, barba blanquecina, ojos pequeños, muy rápidos detrás de las gafas, apareció por detrás de la mujer y abrió la puerta de par en par. Hola, soy Pere Masip, abogado, para servirle, dijo dándole la mano y tirando de él para que entrara en el piso. A Alberto le pareció que el hombre miraba furtivamente de un lado a otro del rellano antes de cerrar la puerta, pero se convenció de que eran imaginaciones suyas.

La mujer se esfumó y ellos dos pasaron a un despacho estrecho con un escritorio, un armario lleno de libros de leyes, y una recámara que daba a la calle; las ventanas estaban abiertas y el eco del rugido del tráfico llenaba la recámara. Después de explicarle de qué trataba el puesto, el Sr Masip quiso saber si Alberto tenía preguntas. Alberto negó con la cabeza (aunque el asunto de los honorarios no había salido) y entonces Masip le dijo que el puesto era suyo si quería. Llámame Pere, dijo, algo a lo que Alberto nunca llegó a acostumbrarse. Siempre lo llamó Sr Masip.

El tema de su sueldo nunca salió a la luz y los que cobró durante el tiempo que trabajó en casa Masip los recibió tarde y mal, pero a Alberto no le importaba demasiado cobrar poco. No trabajaba mucho (lo suficiente como para que su jefe no se quejara), comía y dormía gratis, así que tenía gastos mínimos.

Su habitación era amplia y soleada. Tenía un balcón que daba sobre unos patios y terrazas interiores, la mayoría correspondían a bares y restaurantes de la calle Aragón. Cada noche se dormía oyendo trajín, voces, loza y vidrio entrechocando sobre bandejas. Al principio se dijo que habría pagado por aquella experiencia. Sus dos años de estudiante no le habían dejado disfrutar de la ciudad, según decía Pepet (que por aquella época estaba ya sumergido en su vida bohemia que compartía con la actriz que habría de ser la madre de su hijo). Ahora, con un empleo y un lugar propio donde vivir, estaba seguro de que todo cambiaría. Primer error de apreciación.

El primer día de trabajo el Sr Masip le mostró un cuarto que hacía las veces de archivo, un cuarto oscuro sin ventana, sin ventilación, donde había pilas de papeles. Tendrás que ordenar los casos y archivarlos, dijo su nuevo jefe pasándole un manojo de carpetas. Alberto empezó a sudar. Aquella sería su vida durante los próximos dos años durante los cuales no tuvo serios motivos de queja con el matrimonio Masip. La Sra Masip (María Ángeles se llamaba), sin hijos que cuidar, callada y asustadiza, llegaba al despacho cada mañana a las ocho. Ella misma se encargaba con gran dominio de las sutilezas de las horas y los minutos, de la puerta, del teléfono, de la agenda de su marido, de hacer de comer para los tres y al final de la tarde, se ponía una bata azul y limpiaba el local de rodillas.

Alberto desayunaba cualquier cosa, se aseaba y se ponía a archivar hasta el mediodía. A la una comían los tres juntos en la pequeña cocina. Por la tarde, el Sr Masip recibía clientes y Alberto, siguiendo órdenes, pululaba por el despacho, interrumpía las reuniones diciendo que el jefe tenía una llamada importante aun sin ser verdad, entonces Masip se disculpaba y salía del despacho, iba a atender la llamada imaginaria y regresaba al despacho y se volvía a disculpar profusamente. A veces, Masip le decía a Alberto que cuando llevara quince minutos de reunión le trajera documentos para firmar, documentos que luego acabarían en la basura. Con el tiempo Alberto aprendió lo que Masip llamaba “los trucos del oficio”. Hacerse el importante era necesario para atraer clientela, era la teoría por la que Masip se regía.

Y aquella fue su vida durante dos años. Alberto, el archivero mayor del reino, lo presentaba Pepet a sus amigos cuando quedaban en algún bar del Paralelo. Te estás poniendo amarillo como un pergamino, se reía Pepet mientras su amante sentada a su lado hacía batir sus pestañas y sonreía a Alberto. Quizá demasiado, como el tiempo se encargaría de demostrar.

 

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