10.

El destino, esa araña solitaria y silenciosa que va tejiendo los hilos de nuestras vidas, le había dejado caer en el bolsillo la agenda de tapas negras de Jaime Tarragó de la misma manera que hacía más de medio siglo lo había puesto en el camino de Pepet Tarragó.

Nacidos con pocos días de diferencia en la misma localidad, Alberto Roig y Josep Tarragó hijo, a penas se cruzaron por el pueblo en contadas ocasiones durante su infancia. A sus hijos Josep Tarragó los mantenía alejados de lo que consideraba el populacho, los niños vivían tras las rejas de su finca e iban a colegios privados, mientras que Ramon Roig ansiaba que sus hijos acabaran la escuela para ponerse a trabajar con él.

Sin embargo, todo cambió para Alberto cuando pocos días después del inicio de su último curso de la primaria, el director de la escuela, un hombre rígido y rudo, de nariz puntiaguda y ojos fríos, entró en su aula interrumpiendo la clase de religión y cuchicheó algo en el oído del padre Rubén. El buen maestro era algo duro de oído y el director tuvo que levantar la voz, con lo que todos oyeron la pregunta: ¿Quién es el más listo de la clase? Sin dudarlo, el padre Rubén señaló a Alberto y entonces el director lo llamó y le ordenó seguirlo.

Alberto siguió al director a su despacho, atravesaron pasillos fríos y grises y pasaron ante las puertas de casi todos los cursos inferiores tras las que se oían a los niños cantar las tablas de multiplicar y a algún que otro maestro dando voces y haciendo silbar la vara con la que pegaban en las manos a los alumnos díscolos. Alberto tenía el corazón en un puño creyendo que se había metido en algún lío, aunque por mucho que se devanó los sesos en su camino hasta el despacho del director, no lograba recordar que hubiera ocurrido nada por lo cual debiera ser amonestado. Cuál sería su sorpresa al encontrarse en el despacho del director cara a cara con Josep Tarragó, el hombre más rico del pueblo y al que él y su padre servían fruta cada sábado.

-Chico, saluda, o ¿acaso no te hemos dado una educación en esta escuela? –le riñó el director al ver que se había quedado paralizado.

-Buenos días –murmuró Alberto finalmente a lo que Josep Tarragó respondió con un ligero gesto de su cabeza de cabellera negra y abundante.

-Siéntate –ordenó Josep Tarragó señalando la silla a su lado y volviéndose luego al director preguntó: – ¿este es el más listo de su curso?

-Sí, sí –dijo el director y como para demostrarlo se dirigió a Alberto -a ver, ¿cuánto son 12 por 12?

-144–dijo Alberto algo precipitadamente, y enseguida se arrepintió por haberse mostrado (quizá) demasiado ansioso, como si temiera que la opinión que el director parecía tener de él fuera a desvanecerse si tardaba más de un segundo en responder. Pero el director no oyó su respuesta porque estaba hurgando en un cajón de su mesa.

-De sobresalientes no baja –dijo al fin, poniendo sobre la mesa un cuaderno de notas.

-Muy bien. Guarde eso, ya lo creo, siendo hijo de quién es ha de ser más listo que los ratones –murmuró Josep Tarragó y volviéndose a Alberto, le ordenó con su voz autoritaria de dueño de fábrica: -esta tarde vendrás a mi casa, y que venga tu padre también, a las cinco.

Alberto entró en pánico. No sabía a qué venía aquello y ninguno de los dos hombres parecía inclinado a querer explicárselo.

-Pero mi padre… –empezó, y enseguida el director le hizo callar con un gesto.

-Señor Tarragó, le acompaño –dijo el director poniéndose rápidamente en pie cuando vio a Josep Tarragó hacer lo propio, e instando a Alberto para que también se pusiera en pie.

-¡Que no ves que es una gran oportunidad para ti! –exclamó el director cuando volvió al despacho -¡quiere que estudies el bachillerato!

-Pero es que mi padre está muy ocupado –dijo Alberto, para quien la posibilidad de estudiar el bachillerato estaba descartada desde hacía tiempo, así que sólo le quedaba preocuparse por la reacción de su padre cuando le dijera que tenía que dejar su trabajo para subir a la finca de los Tarragó.

-Ya hablaré yo con él –se ofreció el director.

-Pero, ¿cómo? –preguntó Alberto confundido.

-Tú déjame a mí.

Sin comprender porqué de repente el director parecía inclinado a preocuparse por su futuro, cuando de normal se mostraba frío y lejano para con los alumnos, Alberto volvió al aula e intentó seguir las clases a pesar de que sentía el estómago revuelto por los nervios y daba respingos cuando oía su nombre.

Fiel a su palabra, aquel mediodía el director fue a hablar con su padre y lo convenció para que al menos escuchara la propuesta de Josep Tarragó ya que según dijo aquella era una ocasión magnífica para Alberto, así que aquella misma tarde, antes de las cinco, padre e hijo subieron la colina hasta la casa de los Tarragó, por primera vez con las manos vacías.

Josep Tarragó los esperaba sentado tras el escritorio de un desapacho suntuoso y, sin andarse con rodeos, planteó la situación:

-A mi hijo el mayor lo han expulsado del colegio, es un colegio muy bueno, dice que no le gusta, que se ahoga, tiene cada cosa este hijo mío… y como tiene un expediente negro pues no hay colegio que se precie que lo quiera admitir, así que le he buscado varios tutores para que le den la instrucción aquí en casa, pero es tan mal estudiante que a los dos días lo dejan.

El padre de Alberto asentía con la cabeza, pero su rostro reflejaba que no entendía a qué venía hacerlo llamar para contarle que su hijo era mal estudiante, ¿qué le importaba a él aquello? ¿y qué importaba si el chico era mal estudiante cuando en realidad no le hacía falta estudiar ya que su padre era rico y no le iba a hacer falta trabajar? Como si le hubiera oído el pensamiento Josep Tarragó añadió:

-Quiero que mi hijo lleve mis negocios, estoy cansado de que los administradores se aprovechen de mí. Yo tampoco fui buen estudiante, pensé que para saber llevar la fábrica sólo hacía falta mano dura y tener las cosas claras, pero el mundo cambia y las cosas ya no son lo que eran, ahora los empleados exigen mucho, como si ellos fueran los dueños y no los empleados, enseguida te amenazan con huelgas y…

-Ya veo –cortó Ramon Roig- pero pensé que quería verme para hablarme de un trabajo para mi chico.

-Sí, a eso voy. Me ha dicho el director del colegio que Alberto es muy listo pero que no puedes pagarle estudios.

Su padre se volvió a él y lo miró serio. Alberto quiso que se lo tragara la tierra.

Jo no he dit res, pare –dijo en voz baja.

-Quiero que Alberto le dé clases a mi hijo –siguió Josep Tarragó -aquí en mi casa, para que pueda presentarse a la reválida. Pero para eso Alberto tendrá que ir a otro colegio, uno de más calidad que el del pueblo, no te tienes que preocupar por nada.  Yo corro con todos los gastos. Irá al colegio por la mañana y por la tarde le enseñará a Pepet todo lo que haya aprendido. No habéis de preocuparos por nada. Mi chófer lo llevará y lo traerá a diario. Puede comer aquí también.

-Mi hijo no es maestro –murmuró el padre de Alberto que hasta el final de su vida creyó que aquel plan era un disparate y aun cuando surgió efecto siguió pensando que era un disparate -¿cómo va a enseñarle?

-Y si Pepet aprueba la reválida –siguió Tarragó sin dejarse desviar- y entra a estudiar el bachillerato, tu hijo podrá seguir estudiando en el mismo colegio y si quiere luego ir a la universidad también. Tienes mi palabra.

A Alberto se le abrieron los ojos como platos. El corazón le latía fuerte en el pecho.  Sólo deseaba que su padre aceptara el trato. Reenseñar lo que le enseñaran por la mañana no podía ser tan difícil, se dijo, a sus hermanos pequeños también les enseñaba cuentas y letras. Su padre tardó en responder.

-Está bien –dijo- pero los domingos comerá en casa.

-Sábado y domingo los tendrá libres -dijo Josep Tarragó alargando la mano sobre el escritorio.

Y los dos hombres estrecharon las manos, enterrando al menos aparentemente el hacha de guerra que había regido la relación entre las dos familias desde antes de la guerra. Mientras bajaban la colina, Alberto quería saltar de alegría pero se tuvo que contener porque su padre lo miraba de reojo como si estuviera enfadado con él, como si él tuviera la culpa de todo, y a cada tanto murmuraba:

-Aquests rics estan tots sonats.

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