9.

Por un instante creyó que era el viejo Tarragó el que lo miraba desde la puerta: por la pose encorvada, la mirada confusa, el batín de franela y las pantuflas a juego. Pero en el mundo que Alberto había compartido toda la vida con los Tarragó, que el viejo patriarca saliera a abrir la puerta de su casa sería como si de repente las leyes de la física se hubieran vuelto locas y la tierra se hubiera escapado de su órbita y hubiera entrado en caída libre. Así que dedujo que aquel hombre era Pepet, (no podía ser el viejo Tarragó porque el viejo estaba en una residencia de ancianos y Silvia le había dicho que Pepet era el único habitante de la casa) y entonces hizo memoria y calculó que habían pasado como cinco años desde la última vez que se vieron. A veces bastaban con cinco años para hacerse viejo, se dijo Alberto, y otras con tres, como le pasó a su padre.

La última vez que se vieron se habían encontrado por casualidad en la única tienda de deporte del pueblo. Pepet había entrado allí con su hijo que por aquel entonces aún era estudiante de instituto, para comprarle al chico unas zapatillas deportivas. Alberto había ido a comprarse una bicicleta estática. Había tomado la determinación de hacer ejercicio antes de que la rueda de grasa que le rodeaba la cintura acabara por estrangularle el corazón. Al verlo Pepet marchó hacia él con una gran sonrisa en la cara y los brazos abiertos: Albert, recollons, quant de temps! Se abrazaron, se dieron palmadas en los hombros. Fill, t’enrecordes del meu amic?, le decía Pepet a su hijo que asentía con gesto tímido. Tenían que quedar, verse más a menudo, reanudar la vieja amistad, el que tiene un amigo tiene un tesoro, etcétera. Sin embargo, aunque la intención era buena, el día a día era voraz y no daba tregua, los dos estaban muy ocupados, Pepet con su hijo y sus libros, y él con la gestoría y su madre. Así que Alberto sabía que la promesa de llamarse, verse, etcétera, no se iba a cumplir. Lo sabía casi con la misma certeza con la que sabía que si compraba la bicicleta estática acabaría utilizándola de perchero, quizá por eso al final no la compró y dejó que la rueda alrededor de su cintura se instalara allí permanentemente.

Aquella última vez que se vieron Pepet aún tenía luz en los ojos, buen humor y fuerza en el apretón de manos. Junto al chico que era un calco de si mismo a su edad, alto y corpulento, se le veía feliz y orgulloso. En cambio, ahora tenía ante si a un viejo al que parecían haberle arrancado el alma a latigazos.

-¿Pepet?

Quizá fue al oír su nombre o quizá porque reconoció su voz, pero entonces un destello de aquella luz de antaño iluminó por un instante el rostro del hombre que abrió sus brazos y exclamó:

-¡Albert, quina alegria!

Alberto se dejó envolver en un abrazo tembloroso. Olió en la ropa de su antiguo amigo una dejadez rancia, una mezcla de frituras, sala de espera de hospital y piel muerta. Creyó oír esnifar a Pepet sobre su hombro y entonces el abrazo se volvió más fuerte. Alberto dejó que aquel hombre lo abrazara y llorara sobre su hombro.

-Oh… qué vergüenza! –musitó Pepet despegándose de él y limpiándose la cara con la manga –me hago viejo.

-Bienvenido al club -dijo Alberto dándole a su antiguo amigo una palmada en la espalda.

-Pasa, por favor –dijo Pepet abriendo la puerta de par en par para Alberto.

Como si se hubiera activado un resorte en una invisible máquina del tiempo, los dos amigos pusieron rumbo al estudio. Mientras se adentraban por el pasillo oscuro y pasaban a través de estancias llenas de muebles cubiertos por sábanas, Pepet le explicaba que desde que vivía solo había pasado a ocupar dos estancias en la parte trasera de la casa y que mantenía el resto cerrado, la casa era demasiado grande para él solo, dijo, y al decir solo por segunda vez la voz le tembló. Alberto sintió como si le hubieran pellizcado la boca del estómago.

En el estudio, Pepet señaló un sofá de cuero negro.

-Siéntate, por favor. ¿Quieres tomar algo, agua, café, whiskey?

-Agua está bien –dijo Alberto que empezaba a sentir que le faltaba el aire en aquella estancia cerrada.

La mesa larga sobre la que habían estudiado o fingido estudiar hacía tantos años había ocupado el lugar que ahora ocupaba el sofá, aquel era el único cambio aparente, el resto seguía igual: las estanterías llenas de libros que forraban las paredes, el escritorio individual contra la ventana sobre el que descansaba una máquina de escribir, el cenicero de pie lleno de colillas, el mueble bar en un rincón.

-¿Escribes? –preguntó mientras Pepet llenaba un vaso con agua de una jarra.

-No. Lo intento pero es inútil –dijo Pepet señalándose la cabeza –esto está seco ya.

Pepet le dio el vaso de agua y él mismo se sirvió un whiskey. Alberto dio un trago del agua, que estaba tibia y tenía gusto a pozo.

-Me han dicho que Jaime se ha marchado –empezó, convencido de que lo mejor sería no andarse con rodeos.

-Sí –dijo Pepet dejándose caer en el sofá- has tardado en enterarte, ya hace tiempoque se fue.

-¿Se ha ido por su propia voluntad, cierto?

-Sí, sí, no lo han secuestrado ni lo ha captado ninguna secta… dice que tiene que hacer su vida, que está cansado de no poder ser él mismo, que esta familia lo ahoga, y que tiene que irse lejos para encontrarse. Es curioso. Me recuerda a mí hasta en la manera de expresarse. Me dejó una carta de tres páginas, una carta que podría haber escrito yo mismo hace veinte años, lo peor de todo es que no me he dado cuenta de que le he hecho lo mismo a mi hijo que mi padre me hizo a mí.

-Vamos, no te puedes comparar con… -dijo Alberto.

-Ah, ya lo creo –interrumpió Pepet- No sé quién fue que dijo que estamos condenados a convertirnos en nuestros padres. Pues aquí me tienes. Soy mi padre, pero sin el dinero.

-Ya será menos –siguió Alberto –te he visto con tu hijo, la manera en que lo tratas, como le hablas… no te pareces para nada a tu padre.

-Quizá –admitió Pepet –… para lo que me ha servido.

-Volverá –se atrevió Alberto –ya lo verás. En cuanto se de cuenta de que ha hecho una tontería, volverá. Estoy seguro de que es una locura pasajera, cosas de críos.

-No lo creo. Yo no habría vuelto si hubiera podido.

-Pero volviste.

-Volví cuando no tuve más remedio… con un niño de meses en los brazos y sin un duro en el bolsillo ¿a dónde iba a ir? Si regresé fue por Jaime, si me arrastré ante mi padre y me tragué mi orgullo fue por él. Y ahora si te he visto no me acuerdo. Si solo supiera que el tiempo se acaba…

Alberto apenas registró la última frase. Había empezado a sudar copiosamente. Sentía la camisa pegada a la espalda. ¿Cómo era posible que Pepet fuera vestido como si estuvieran en invierno y que tuviera las ventanas cerradas? ¡Estaban en pleno verano! Sólo un viejo o un moribundo podría soportar aquel ambiente bochornoso sin ponerse a sudar como un cerdo.

-¿Qué quieres decir con eso? –preguntó mientras una idea terrible empezaba a levantarse en su mente como una ola gigante.

-Alberto, no estoy bien –dijo Pepet.

-¿Qué te pasa?

-No quiero entrar en detalles pero digamos que no me queda mucho tiempo y no quiero morirme sin ver a mi hijo por última vez. Él no sabe nada.

Dijo aquello sin sentimiento, sin mirar a Alberto ni una vez a los ojos.

-¿No ha dejado señas? ¿No puedes contactar con alguien para que le diga…

-Ya te he dicho que no quiere saber de mí, no tengo ni la menor idea de dónde puede estar –dijo Pepet y rindiéndose a sus sentimientos, se cubrió la cara con una mano –Aj… merda…

-¿Quién más lo sabe?

-¿El qué?

-Lo tuyo.

-Eh… nadie.

-¿Ni tu padre, ni tu hermano?

-No, no se lo he dicho a nadie. ¿Por qué? ¿Qué importa eso?

-Si tú… cuando tú… faltes… ¿quién? –le costaba hablar del asunto mundano de la herencia cuando su amigo acababa de decirle que iba a morir, pero sentía que necesitaba saberlo todo -¿cómo quedará la herencia?

-Ah. La dichosa herencia. Mi padre ha hecho testamento así que no tengo ni idea de a quién le ha dejado qué. La verdad es que me da igual. Imagino que la hiena de mi hermano se lo quedará casi todo. Aunque supongo que nadie puede quitarme la legítima, que pasará a mi hijo, claro está.

-¿No es cierto que Jaime es el único que puede perpetuar el apellido Tarragó? ¿No crees que tu padre habrá tenido eso en cuenta?

Pepet lo miró extrañado y tardó en responder.

-Pues sí, es cierto. Mis hermanos sólo tienen hijas y los hermanos de mi padre también. Me resulta extraño que hayas llegado a esa conclusión. Es algo que mi padre me dijo una vez hace tiempo, ya ni lo recordaba, nunca he estado de acuerdo con esa mentalidad, ya lo sabes. ¿No habrás hablado con mi padre?

Pepet lo miró con desconfianza. Podría estar muriéndose pero seguía teniendo la misma agilidad mental que en su juventud. Genio y figura, pensó Alberto.

-He hablado con tu prima y me ha contado que Jaime se había ido, por eso he venido, quería ver cómo lo llevabas –dijo.

-Pues ya ves.

Pepet dobló las manos sobre su cintura. Alberto se estremeció al pensar que quizá la próxima vez que se vieran Pepet estaría en aquella misma postura sólo que dentro de un ataúd.

-¿No se puede hacer nada? –murmuró.

-No –dijo Pepet –es inoperable.

-¿Radiación?

-Ya me han dado toda la que han podido. Y ya ves como me han dejado.

-¿Tienes dolor?

-De momento, no.

-¿Y cuánto tiempo…

-Seis meses, con un poco de suerte un año.

-Voy a ayudarte –dijo Alberto de repente, Pepet lo miró con sorpresa –voy a encontrar a Jaime y haré que vuelva.

-¿Cómo piensas hacer eso?

-En algún sitio tiene que estar. No se puede haber esfumado. Seguro que ha ido a Barcelona, estará en casa de algún amigo, si pudieras facilitarme alguna agenda o algún número de teléfono, podría estirar del hilo, estoy seguro de que en pocos días… –a medida que hablaba se iba excitando, sin embargo su excitación no contagió a su amigo que le interrumpió.

-Te agradezco el gesto, Alberto, sólo tú podrías ofrecerte a hacer algo así por mí… eres el mejor amigo que un hombre podría tener, pero los dos sabemos que es imposible. Barcelona es muy grande, sería como buscar una aguja en un pajar, esto no es algo que se pueda solucionar en un fin de semana. Tú tienes tus obligaciones aquí y yo nunca podría pagarte el tiempo que emplearas.

-No quiero ninguna recompensa, Pepet.

-Oh. Ya nadie me llama así – dijo Pepet mientras revolvía en un cajón –todo el mundo me llama Sr Josep, ahora soy el Sr Josep Tarragó, ¿lo ves? Me he convertido en mi padre. Ten, es una agenda con algunos teléfonos. Es de Jaime. Pero imagino que si la ha dejado atrás es porque no sirve de nada.

Alberto cogió una agenda pequeña de tapas de cuero de las frías manos de Pepet. Al despedirse, se volvieron a abrazar. Que tinguem sort, dijo Pepet.

Alberto salió de la casa y echó a andar sin mirar atrás aliviado por poder abandonar aquel ambiente de aire viciado y promesa de muerte. Sabía que ya nunca volvería a sentir aquella sensación que le había acompañado cuando de joven se despedía de su amigo, aquella desazón que sentía cuando debía volver a la frutería de su padre, a la casa diminuta y a la habitación que compartía con sus hermanos, a su vida sin lujos, sin criados, sin merendolas, guateques ni fiestas. En lugar de envidia, ahora sentía que una fuerza que nacía y se afianzaba en la aceptación completas de sí mismo y la certeza de que finalmente él era alguien, le invadían, y así, bajó la colina casi corriendo, sintiendo los últimos rayos del sol de la tarde en la cara y la brisa que subía del mar revolviéndole el cabello, con el corazón bombeando a mil, y su mente gritando, estoy vivo.

 

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