8.

 

En su día la casa había sido la envidia de todo el pueblo. Construida en estilo antillano a finales de siglo con el dinero que el bisabuelo Tarragó arrancó de las entrañas del Caribe, se erguía señorial y elegante con sus tres plantas, amplias terrazas y balcones, sobre la colina empinada que se hacía interminable, sobre todo si uno ascendía por ella cargando con cajas de fruta.

Hacía mucho tiempo de aquello pero quizá si miraba bien podría encontrar algún vestigio de su paso por allí. Un niño y un hombre roto por la historia llevaban hasta la casa cajas de fruta del tiempo cada sábado antes de que abriera el mercado. Pepet le contó una vez que su padre solía decir que nadie tenía el género tan bueno como el fenicio, aunque habría preferido que lo partiera un rayo antes que admitirlo ante ellos. Quizá por eso el viejo nunca salía a saludar y dejaba que les pagara la criada. La vieja rivalidad entre las dos casas venía de lejos, su origen Alberto nunca llegó a conocerlo, aunque en realidad no le importaba.

Durante los años de estrecheces, de silencios y miradas bajas, poco podía imaginar el niño que acompañaba a su padre cada sábado a casa de los Tarragó que un día ingresaría en aquella casa como amigo inseparable del heredero. El despacho donde se encerraban a estudiar aún contenía entre sus cuatro paredes el esfuerzo y su sudor… aunque llamarlo sudor sería demasiado pretender ya que en realidad se pasaban las horas hablando. Nos han dado las diez. ¡Para que digan que los hombres no hablamos!, reía Pepet que perdía el oremus hablando de sus veleidades intelectuales y apenas le daba oportunidad a Alberto de hablar sobre sus ambiciones de llegar a ser algo más que un vendedor de fruta. Sí, sí, tú quieres ser abogado para ser alguien, se reía Pepet, pero ¿que no ves que ya eres alguien? Pepet no lo entendía porque Pepet ya era alguien y él no sabía cómo explicarle que no todo el mundo era alguien. Pepet ya era alguien porque era un Tarragó y además de ser alguien ahora quería ser escritor, decía que quería ganarse la vida escribiendo novelas y obras de teatro, cuando ya tenía la vida ganada porque se la había ganado para él y sus hermanos su bisabuelo. Pero era como si Pepet no se diera cuenta de su suerte. Lo que yo daría por… Pepet no le dejaba terminar. Todo te lo doy a cambio de mi musa. A veces me despierto durante la noche y no puedo dormir pensando en cuál será el día en que conoceré por fin a esa diosa que será la protagonista de todas mis obras. Pero ¿y los estudios? ¿No quiere tu padre que lleves sus negocios? ¿Yo, abogado? ¡Já! Antes muerto. Pienso sacudirme de encima el polvo de estos caminos, quiero despertarme y respirar libertad, tener conversaciones profundas con gente verdaderamente inteligente… no lo digo por ti…

Luego, cuando finalmente se trasladaron a hacer estudios de abogacía a Barcelona, resultó que esa gente verdaderamente inteligente que Pepet no tardó en encontrar no era más que un grupo de niños bien,  unos melenudos que se hacían poner parches en los codos de las chaquetas y se sentaban en los cafés a hablar de política y de libros mientras soltaban humo por la boca. A él lo miraban con simpatía cuando decía que su padre era frutero, le instaban a sentarse entre ellos y lo invitaban a café. Creían que debido a sus humildes orígenes él sabía lo que era la vida. Sin embargo, en otros contextos, a él lo mirarían por encima del hombro si se atreviera a decir que su padre era frutero. Así que concluyó que, en el fondo y en la forma, aquellos autoproclamados intelectuales no eran más que unos imbéciles, algo que nunca dejó de advertirle a Pepet. Pero Pepet lo miraba triste cuando hablaba mal de sus nuevos amigos. Me gustaría tanto que te llevaras bien con ellos, lo pasamos tan bien…, decía cuando volvía al piso a las tantas de la madrugada y lo encontraba doblado sobre los libros de leyes dejándose la vista a la luz de una vela. Pero ¿qué haces, hombre? ¿No ves que te vas a quedar ciego? ¿Por qué no enciendes la luz? La han cortado por falta de pago, murmuraba Alberto señalando un aviso sobre la mesa. Bah, no pasa nada, mañana llamo a mi padre para que me envíe dinero y santas pascuas, decía Pepet desplomándose sobre su cama sin desvestirse siquiera. Alberto, tienes que vivir un poco, murmuraba mientras se dormía, el mundo te espera.

Pero ese mundo no tenía nada para él. Era un mundo lleno de calles largas con numeración interminable, de edificios grises e uniformados, de gente demasiado seria que nunca devolvía el saludo, de tráfico loco, de chicas a las que no sabía cómo tratar. Sólo le quedaba el consuelo de pensar que algún día volvería a su pueblo convertido en alguien. Sin embargo, su plan corría peligro porque era evidente que Pepet no tenía la intención de acabar la carrera y si Pepet fracasaba, su propia carrera peligraba, ya que el viejo Tarragó había consentido en pagarle a él también los estudios si acompañaba a su hijo a Barcelona. ¿Por qué te haces esto?, le preguntaba a su amigo señalando los libros sin abrir sobre el escritorio, pero en realidad pensaba ¿por qué me estás haciendo esto? Y Pepet, oliendo a vino, con la cara descompuesta, de vuelta de otra de sus juergas que empezaban en algún café de la Rambla, pasaban por algún teatro del Paralelo y acababan en el piso de alguno de sus nuevos amigos, le decía riendo y dándole palmadas en el hombro: Jo només vull viure la vida abans que sigui tard, amic meu, i tu hauries de fer el mateix. Aquel cambio de idioma era su última afrenta a su padre, a su familia, a su legado. Alejado del dominio y control del patriarca, un Pepet cada vez más rebelde, había adoptado la moda de utilizar la lengua catalana como primera lengua. Si te oyera tu padre… murmuraba Alberto recordando que el viejo Tarragó sólo hablaba en catalán con sus criados, y al oírlo Pepet reía: Que li donin pel cul al filldeputa del pare!

Fue el mismo Pepet quien le abrió la puerta aquella tarde. Hacía tiempo que no había criados en la casa Tarragó. Pepet se había encargado de despedirlos a todos.

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Archivado bajo fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, novela

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