7.

A las once menos cuarto de la mañana entraban en la gestoría dos técnicos para reparar el aire acondicionado. Ruth acompañó a uno de ellos hasta el patio trasero mientras el otro técnico le decía a Alberto que quizá tendrían que cortar la luz durante un rato. Alberto le dijo a Ruth que se tomara el resto del mañana libre, y ella, contenta como unas castañuelas, recogió sus cosas y se marchó sin siquiera preguntarle si estaba seguro de que no la necesitaba. Pero a él no le importó, quería estar solo. Necesitaba tranquilidad para poner en orden sus pensamientos después de la reunión con el viejo Tarragó.

En cuanto Ruth salió por la puerta, el teléfono empezó a sonar. Era Silvia. Alberto ya ni siquiera recordaba que habían acordado que ella lo llamaría. Pero Silvia no habría dejado pasar la oportunidad de ser recompensada por sus servicios a la familia Tarragó y allí estaba, puntual como un reloj. Alberto se arrepentía ahora de haber sucumbido a la curiosidad y de haberla llamado; sintió un momento de pánico al recordar como al final de su conversación acordaron que él entretendría allí al viejo hasta que ella llamara.

-Alberto, ¿cómo ha ido con mi tío? –la voz de Silvia al otro lado de la línea ya no tenía la cadencia suave y relajada de antes.

-Bien, bien –dijo él, y ella le dio unos instantes para que añadiera información, algo que él no tenía intención de hacer.

-¿Bien? Pero, ¿qué te ha dicho, qué quería exactamente?

-Bah. Cosas de viejos, yo no me preocuparía demasiado –dijo él.

-¿Qué cosas de viejos, a qué te refieres?

¿Por qué estaba Silvia tan nerviosa? ¿por qué de repente parecían importarle los asuntos de aquel viejo que la humillaba siempre que tenía ocasión? La respuesta era simple. Resultaba más que evidente que a ella el viejo le importaba un carajo, aunque conociéndolo nadie podría reprochárselo. Ni siquiera le había preguntado si aún seguía allí, si lo había visto bien, si parecía perdido o desorientado, si sabía el día que era. No. Esa no era su preocupación, ni la de Silvia ni la de su primo. A Salvador lo único que le importaba era que nadie le quitara su parte del pastel, quizá le preocupaba que su padre se volviera loco a última hora y se lo dejara todo a Pepet o a su hijo desaparecido, o al club de macramé o a la protectora de gatos, o algo por el estilo. Desde que había descolgado el teléfono, Alberto tenía la sensación de que aquella conversación era a tres bandas. Imaginaba a Salvador Tarragó en un supletorio escuchando la conversación, o quizá estaba de pie junto a Silvia, los dos agarrados al mismo teléfono como si fueran náufragos a la deriva y el auricular un salvavidas.

En aquellas condiciones era impensable contar la verdad sobre la visita del viejo, pero algo tendría que decir para tranquilizarlos. Ante él en la mesa, junto a las pilas de nóminas del mes pasado, aún por archivar, una carpeta llena de recibos del cementerio local que él gestionaba, le dio una idea.

-Pues quería consultarme sobre la compra de un panteón, alguien en la residencia le habrá dicho que llevo el papeleo del cementerio, supongo.

Silvia se quedó callada. Alberto veía a Salvador moviendo los labios, intentando decirle a su prima lo que había de preguntar a continuación, y a ella la veía haciendo interrogantes con los gestos, quizá encogiéndose de hombros porque no comprendía lo que su primo intentaba decirle. Tristemente, Silvia siempre acababa asumiendo el rol que los Tarragó le asignaban; ahogada en deudas, necesitaba de las migajas que la familia de su madre dejara caer sobre su mesa para salir a flote.

Alberto los conocía bien y se empeñaba en mantenerse alejado de aquella familia tanto como podía porque relacionarse con ellos en el pasado sólo le había traído dolores de cabeza y de corazón. Sin embargo, en un pueblo pequeño como aquel era difícil obviarlos. Las chimeneas de la fábrica de licores del bisabuelo Tarragó, ahora cerrada, se veían desde cualquier rincón del pueblo. Muchos turistas pasaban por el pueblo en verano, mapa en mano, preguntando por el camping de Salvador Tarragó. No había calle en la que la familia no tuvieran una casa en propiedad. En definitiva, uno no podía dar un paso en el pueblo sin toparse con algún Tarragó en persona o con vestigios de su señorío. Su influencia era histórica, económica, social y, en el caso particular de Alberto, también psicológica.

En el verano del 70, alentado por su amigo Pepet Tarragó, Alberto se había hecho ilusiones de casarse con Silvia. En aquella época ella era muy diferente a la Silvia que estaba en aquellos momentos al otro lado de la línea intentando descifrar las instrucciones que le daba su primo. Le había costado dos divorcios y el fracaso de un negocio desarrollar aquella piel dura que la cubría. De joven había sido sincera, tímida y se sonrojaba deliciosamente cuando veía aparecer a Alberto por la casa grande con Pepet. Si ella hubiera sido otra chica, desvergonzada y atrevida como aquellas que venían de Barcelona de veraneo y con ganas de juerga, él no se lo habría pensado tanto pero se trataba de Silvia Tarragó y él necesitaba tener algo muy sólido que ofrecerle antes de acercarse a ella. Y quizá lo habría hecho si Salvador Tarragó no se hubiera cruzado en su camino.

Pepet y Alberto habían vuelto al pueblo aquel verano con las maleta llenas de libros de leyes y con casi todas las asignaturas de primero de derecho colgadas para septiembre. Salvador, aún adolescente y reacio él también a hincar los codos, no podía creer que su hermano y su amigo fueran capaces de encerrarse durante horas a estudiar en lugar de irse a la playa así que se apostaba tras la puerta del estudio de la casa grande de los Tarragó para espiarlos. Un día oyó a su hermano animar a su amigo para que cortejara a Silvia y cuando salieron del estudio los estaba esperando como una araña en un rincón. Señalando a Alberto con un dedo afilado y superior, rió ¿Tú y mi prima? No me jodas. Antes pasa un cerdo volando que ella se case con un desgraciao como tú. Pepet, muy enfadado, exigió a su hermano que le pidiera perdón a Alberto. Pero Salvador, que había heredado el talante altanero y arrogante de los de su estirpe, envió a su hermano a la porra. Pepet, bastante más alto y fuerte que su hermano, quiso imponer su autoridad a bofetadas, pero Alberto lo hizo entrar en razón. Déjalo, son cosas de crío, dijo, dando a entender que las palabras de Salvador le resbalaban. Sin poder creer su suerte, Salvador se deshizo del abrazo de oso de su hermano y echó a correr.

Alberto pasó el resto del verano -y de su vida – ignorando a Silvia. Pepet pasó el resto de aquel verano intentando convencer a Alberto para que la invitara a salir, y al fin, se dio cuenta de que las palabras de Salvador habían hecho mella en Alberto, más de lo que este había dado a entender en un principio. Entonces Pepet lanzó su cruzada particular para hacerle ver que lo que su hermano había dicho no era verdad. Le juraba que a Silvia él le gustaba, que a menudo preguntaba por él, y que si organizaban alguna fiesta le pedía que lo invitara, y que, si él no iba, se pasaba las horas dando vueltas como una alma en pena. Con aquella actitud, él sólo lograría que ella perdiera el interés por él (y aquello era justo lo que Alberto pretendía). Porque para Alberto, las palabras de Salvador tenían más peso que las de Silvia y las de Pepet juntas porque estaban en línea con lo que él mismo pensaba sobre si mismo. Y se habría dado de bofetadas por haber dejado que Pepet le sacara de su mundo de inseguridades para exponerlo al ridículo. Porque ¿cómo podría él darle a aquella chica el tipo de vida que ella quería y merecía? Pero tú serás abogado, le rebatía Pepet alzando la voz y abriendo de par en par sus ojos oscuros y bondadosos, tú sí que puedes, Alberto, yo sólo estudio por contentar a mi padre y por ver mundo, pero tú tienes madera de abogado y llegarás lejos, si te aplicas, si tienes un objetivo y ¿por qué no puedes dejar que ese objetivo sea ella? Alberto miraba en silencio a su amigo que se desgañitaba tratando de convencerle para que no dejara que su odioso hermano aplastara sus ilusiones, había lágrimas de rabia en sus ojos (el porqué había salido Pepet tan diferente a los Tarragó era algo que él nunca logró entender), pero cuando Pepet acababa de exponer su caso, Alberto le decía que no lograría convencerlo por mucho que insistiera. Ahora, después de tantos años, cuando pensaba en Salvador Tarragó, Alberto aún sentía en el centro del pecho la misma sensación de derrota que sintió aquel día de verano.

-Alberto, ¿sigues ahí? –dijo Silvia.

-Sí, sí, dime –murmuró.

-¿Has dicho que mi tío quiere comprar un mausoleo?

-Bueno, se quería informar –siguió él con ganas de acabar de una vez aquella conversación –pero no creo que tenga intención de hacerlo.

-¿Y no te ha dicho nada de hacer testamento ni nada de eso, no? –dijo ella finalmente.

-Nada de eso, no –dijo él.

-Pues nada, le diré a Salvador que se olvide del tema.

Ella hizo otra pausa larga antes de seguir.

-Alberto, oye, ¿te has enterado de lo de Pepet?

-¿El qué?

-Pues que su hijo se largó de casa y nadie sabe dónde para.

-No sabía nada –mintió y cómo no, su corazón se aceleró al recordar el encargo que le había hecho el viejo Tarragó hacía menos de una hora.

-Lo está pasando muy mal el pobre. Oye, ¿por qué no le haces una visita?

-No sé, hace años que no nos vemos.

-Ya. Pero erais tan amigos y yo creo que le iría bien hablar contigo. Pero bueno, que yo también te entiendo, eh. En fin. Oye, que si cambias de idea que sepas que ha vuelto a la casa grande. Desde que su padre no está aquello da gusto, te dejo, oye, que me he alegrado mucho de que me llamaras y de hablar contigo.

-Y yo –dijo él.

-Ciao, amore –dijo ella.

-Adiós, Silvia.

Colgó el teléfono. Si hablar con el viejo Tarragó, lo había dejado sudando, ahora temblaba de frío.

Uno de los técnicos del aire acondicionado apareció ante él. Alberto ni siquiera recordaba que no estaba solo en la gestoría.

-¿Qué? ¿Está muy fuerte el aire? –preguntó el hombre.

-¿Cómo? –dijo él.

-Ahora está a 17 grados, pero si hace demasiado frío, se puede subir –ofreció el hombre.

-Pero ¿es que ya funciona?

-Sí, sí, funcionar funciona bien, es buena marca, muy silenciosa –dijo el técnico poniendo un albarán ante él –un sellito por aquí y nos vamos.

-¿Ya? Pero si no han estado nada –dijo él mirando el reloj.

-Es que no le pasaba nada, sólo que el termostato estaba a 30 grados y como el sensor da a la calle y en la calle estamos a 28, pues no se dispara.

-Menudo fallo tonto –murmuró Alberto estampando el sello de la gestoría en el albarán.

-Peores cosas he visto -dijo el hombre guardándose el albarán en el bolsillo- podía estar horas contándole anécdotas pero tenemos prisa así que buenos días.

Alberto bajó la persiana metálica de la gestoría a las doce del mediodía. Inevitablemente, puso rumbo a la casa grande de los Tarragó. Un sol de justicia, duro como sus recuerdos, le caía sobre los hombros mientras subía la vieja colina.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, novela

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s