6.

Si alguien hubiera escrito la crónica de aquella reunión histórica, necesariamente habría empezado así: José Tarragó Juan, natural de x, Girona, llegó a la gestoría de Alberto Roig Sentís, natural de x, Girona, a las diez horas del día 3 de julio de 1997. A pesar de su edad, el Sr. Tarragó caminaba erguido, si bien algo lentamente y ayudándose de un bastón, pero aún con el orgullo intacto del que se sabe descendiente de una insigne estirpe

Alberto salió a la recepción al oír el timbre de la puerta. Ruth se apresuró a abrir para luego quedarse parada sin saber bien qué decir mientras el viejo Tarragó hacía su entrada triunfal. Alberto habría jurado que Ruth dobló las rodillas un poco, como haciendo una ligera una reverencia, pero él sabía que, si su impresión era cierta, aquél no era un gesto de respeto hacia el viejo sino una señal de temor ancestral al cacique.

-Señor Tarragó –dijo Alberto tendiéndole la mano –pasemos a mi despacho, por favor.

-Gracias, letrado –murmuró el viejo haciendo, él sí, una evidente reverencia con la cabeza.

-Siéntese, por favor –dijo Alberto una vez en el despacho señalando una silla-¿quiere tomar algo, café…?

-No, gracias, letrado, los médicos no me permiten tomar café –dijo el viejo Tarragó con voz lenta y tan ronca que parecía venir del más allá, mientras aposentaba sus huesos en la silla que Alberto señalaba.

-Ante nada, Sr Tarragó… -empezó Alberto tomando asiento tras su escritorio.

-Por favor, llámame Josep, que nos conocemos de toda la vida, no vamos a andarnos ahora con exquisiteces ridículas.

-Lo primero que ha de saber usted es que no acabé la carrera y que por tanto no soy letrado –siguió Alberto –se lo digo por si viene usted a encargarme algún trámite legal.

Tarragó le pidió que repitiera lo que había dicho. Los ojillos hundidos, casi apagados del anciano, apenas transmitían emociones. Alberto ya no tenía ante él tenía al temible Tarragó sino a un anciano de pulso tembloroso, medio ciego y medio sordo, vestido como si en lugar de estar en julio estuvieran en Navidad, en definitiva un hombre que ya no le infundía ningún miedo. De un revés, podría tirarlo al suelo y dejarlo allí para que se muriera de hambre y de sed, puesto que dudaba de que fuera capaz de levantarse del suelo sin ayuda. ¿O no era eso lo que él había hecho con los trabajadores de su fábrica durante años? Explotarlos con jornadas de doce a catorce horas, por cuatro chavos y cuando ya no le servían dejarlos tirados en la calle como a perros. Por supuesto, él nunca le haría daño a un anciano. Él no era un Tarragó. Él era hijo de un hombre noble que luchó por la libertad y la dignidad de los desheredados toda su vida y por eso mismo no tenía nada de lo que avergonzarse, así que irguió la cabeza y repitió en voz más alta su mensaje.

-Hijo, no hace falta gritar, te he oído perfectamente, de la vista no ando muy bien pero del oído estoy perfectamente –advirtió el viejo –si te he pedido que repitieras es porque no puedo creer que algo que he tenido por verdadero durante años no lo sea, y yo que pensaba que al menos tú harías carrera ya que eras no sólo listo sino que además tuviste la oportunidad de salir de aquí, no como tus hermanos que aún siendo también bastante aventajados de cabeza, se dejaron llevar por la inercia y no quisieron salir del pueblo, pero oye, yo no se lo reprocho, el mundo es un lugar inhóspito, sobre todo para un pueblerino, además, sé de buena tinta que les van bien los negocios, que el pequeño tiene una frutería y los gemelos un supermercado… pero ¿cómo no les va a ir bien a los hijos de mi amigo Ramón, el fenicio, que Dios lo tenga en su gloria, un gran hombre Ramón, aunque siempre se lo dije, se equivocó de bando.

Al oír mencionar a su padre y la vieja historia de los bandos, Alberto tensó los músculos, su ritmo cardíaco se elevó, las manos se crisparon sobre el escritorio.

-Señor Tarragó, ¿en qué puedo ayudarle? –dijo al final, en tono cortante.

-Eso es, vamos al grano, mira, Alberto, yo… pero espera, una cosa más, dime, ¿tu madre está bien?

-Sí, está bien, gracias. Usted dirá.

-Esta juventud, qué impaciencia –masculló el viejo –mira, Alberto, tú conoces la historia de mi familia.

¿Y quién no? Aunque nadie lo mencionaba, todo el pueblo conocía la historia del bisabuelo Tarragó, aquel indiano que hizo fortuna con la trata de esclavos en Cuba a mediados del siglo pasado. ¿Era esa la historia a la que se refería? ¿O se refería quizá a la más reciente? ¿La historia de cómo con el dinero de la trata de esclavos su padre montó una fábrica de licor y se hizo el amo del pueblo?

-No quiero aburrirte con historias viejas, pero el apellido Tarragó viene de lejos –siguió el viejo – sin embargo, está en peligro, porque mis hermanos no tuvieron hijos varones, sólo hijas, y de mis tres hijos, Salvador tiene dos niñas y Berta ídem, supongo que ya lo sabes, es como una maldición, eso de tener sólo hembras…

-¿Y el hijo de Josep? –dijo Alberto impaciente.

Josep, o Pepet como lo llamaban los íntimos, era el hijo mayor del viejo Tarragó y de la misma edad que Alberto. Los dos habían sido amigos durante su juventud, hicieron el servicio militar juntos y los dos fueron juntos a Barcelona a estudiar derecho. De los dos, Pepet fue el que primero dejó la carrera para dedicarse al arte y, en especial, a una actriz que conoció en el teatro y con la cual tuvo un hijo ilegítimo que el viejo Tarragó había tardado años en aceptar, y ahora, ironías de la vida, aquel nieto suponía la única esperanza que le quedaba al viejo de salvaguardar su apellido para la posteridad.

-Sí, a eso voy –siguió el viejo- mira, a mi edad ya sólo pido una cosa, bueno, dos. La segunda es no cagarme encima mientras duermo, sí, no me mires así, esas cosas pasan cuando uno se hace viejo… y la primera y primordial es que mi apellido perdure. Pero con la plaga de nietas que tengo, Jaumet, el hijo de Pepet, era mi única esperanza.

-¿Cómo que era?

-Por lo que sabemos está bien, pero se ha ido de casa. Si ya sabía yo que a la larga a este le saldría la sangre de la madre… no te puedes figurar como está mi hijo.

-¿Y cómo puedo ayudarlos yo en eso? –siguió Alberto, sin entender su papel en toda aquella historia, imaginando que el crío se habría pillado una rabieta y estaría escondido en casa de algún amigo.

-Quiero que busques a mi nieto –dijo el viejo Tarragó.

-¿Cómo? Mire, yo soy gestor de fincas, ¿usted comprende lo que es eso, verdad? Me encargo de gestionar bienes inmuebles, ando todo el día con papeleos, voy al banco, preparo las nóminas de los porteros…

-Sí, eso ya lo sé, no soy idiota, sé lo que hace un gestor, ¿o te piensas que mis fincas y mi fábrica me los he gestionado yo solo? Pero también sé que tú y mi hijo Pepet érais uña y carne, y que si te digo que me da miedo mi hijo porque cualquier día no sé qué va a pasar con él, desde que su hijo se ha ido es como una sombra…

-Pero ¿no será mejor ir esperar a ver si vuelve en unos días?

-Hace ya seis meses que se fue. Y ya no es adolescente, tiene 23 años.

-¿Y por qué no prueban con un detective? ¿han contactado con la policía?

-No, la policía no puede hacer nada porque se ha ido por voluntad propia. Pepet sospecha que anda con una chica. En cuanto a lo del detective, pues en el pueblo no hay ninguno y tampoco quiero que mi hijo, Salvador, se entere de que lo ando buscando, está muy contento ahora que ve que todo irá a manos de sus hijas. Le he dicho que venía a verte para consultar lo de mi testamento, y si te llama eso es lo que quiero que le digas.

-Pero yo no soy notario, ni siquiera abogado, ¿cómo va su hijo a creerse eso?

-¡Hijo, qué pesado estás con lo de que no eres abogado! Siempre he presumido de haberte pagado la carrera de abogado delante de mis hijos, así que para Salvador es como si lo fueras.

-Señor Tarragó, yo no puedo aceptar este encargo –dijo Alberto con firmeza –no sabría ni por donde empezar a buscar al chico.

-¡Collons, Albert! –espetó el viejo recurriendo al catalán, su lengua materna que mantuvo relegada durante tantos años al ámbito doméstico que sólo le salía en contadas ocasiones cuando estaba fuera de casa–t’ho demano com a favor! ¿Es massa demanar desprès del que vaig fer pel teu pare i per tots vosaltres?

Acabáramos, se dijo Alberto, ya salió el ojo por ojo. Cuánta razón tenía su padre cuando le dijo que no confiara en la generosidad de los Tarragó, que no eran gente que dieran nada a cambio de nada. Alberto inspiró hondo. Santa Paciencia, como decía su madre siempre.

-Está bien –dijo –haré unas llamadas, veré lo que puedo hacer.

-Gracias, hijo –dijo el viejo relajándose en la silla – te lo pagaré bien, por éstas. Ah, y una cosa más, hazle una visita a Pepet, que se alegrará de verte.

Los dos hombres sellaron el pacto con un apretón de manos y el viejo Tarragó se marchó. Alberto no se molestó en acompañarlo a la puerta, el intercambio lo había dejado agotado. Se derrumbó en su silla y se pasó la mano por la frente mojada, estaba completamente empapado en sudor. Era lo que tenía entrevistarse con el diablo.

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2 comentarios

Archivado bajo fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, novela

2 Respuestas a “6.

  1. ¿Tarragó? ¿Barceló? El ron me confunde 😉

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