5.

De camino a la gestoría, tras despedirse de su hermano (abrazo rápido, palmadas en la espalda, ya me cuentas, vale, me llamas, te llamo), Alberto echaba humo. La cabrona de Eva se ganaba su nombre a pulso. A buenas horas lo habría llevado a él de aquí para allá como a un pelele. Y le daba mucha rabia (aunque no era nada nuevo, la relación entre Eva y Jaime siempre había sido así) porque era su hermano, su sangre, verlo dominado así, pero si se quieren y él es feliz, le decía su madre, tú chitón. Sí, pensaba Alberto, chitón, él no se podía meter porque el infeliz de su hermano ya era feliz. A su manera, pero era feliz.

Al verlo entrar en la gestoría, Ruth, su secretaria, que estaba colgada del teléfono (para variar), murmuró que tenía que colgar y le dio los buenos días. Él, aún dándole vueltas a lo de su hermano, apenas oyó el saludo. Fue directamente a su despacho pasando de largo ante Ruth que lo miraba con aquella sonrisa culpable que le nublaba el rostro cuando se sabía pillada infraganti, como si no supiera ya que él no era un jefe castigador.

-Alberto, tendrías que comprarte un teléfono móvil por si no estás y hay una urgencia –suspiró ella, mientras él se quitaba la americana y la colgaba en la percha de su despacho.

Lo había seguido como siempre hacía,con su libretita en la mano y pisándole los talones sigilosamente, como si su solo propósito de estar en la gestoría fuera que él le tuviera miedo a su sombra.

-¿Yo?¿Para qué quiero un teléfono si siempre estoy aquí? –repuso él encendiendo el enésimo cigarrillo del día.

-Pero, oye, ¿y lo de dejar de fumar?

-¿Y tú, lo de la dieta? –espetó él.

Ruth se quedó muda, pestañeando sin control, la sonrisa helada en la cara.

-Perdona -dijo él- perdona, Ruth, de verdad, es que llevo un día…

-No, si tienes razón–murmuró ella, mirando su figura rechoncha como si fuera un espíritu que acababa de poseer aquel  cuerpo –ya sé que estoy gorda, pero es que no puedo con la verdura es que no puedo, me da un asco…

-¡Uff, qué calor hace aquí! –cortó él aflojándose el nudo de la corbata -¿Es que aún no han venido a arreglar el aire?

-Pues no –dijo ella- ahora mismo los vuelvo a llamar.

Ella ya salía del despacho cuando él señaló la libretita en su mano.

-¿Querías decirme algo?

Sólo deseaba que ella no le viniera con el tema del móvil otra vez. Dichoso móvil. Él no quería comprarse uno y ella insistía e insistía. A veces era más pesada que una viga. Ya habían tenido la misma conversación antes varias veces. De hecho ya habían tenido todas las conversaciones habidas y por haber muchas veces.

-Ah, sí –sonrisa ella nerviosa- perdona, es que con todo este lío… ha venido el Sr. Tarragó.

-¿Tarragó? ¿cuál de ellos? –dijo él mirando a Ruth de frente por primera vez desde hacía semanas.

Ruth siempre había tenido un problema de peso, y aquello no era nada nuevo. Lo que sí era nuevo eran las arrugas alrededor de sus ojos, que se volvían más definidas, más profundas, con cada día que pasaba, y con cada nueva arruga sus esperanzas de encontrar a alguien, casarse, formar familia, se morían un poco. Quizá por eso él ya no la miraba nunca de frente, porque si lo hacía le sobrevenía una lástima que le traspasaba el cuerpo y que se extendía a su alrededor y los envolvía a los dos. Ni Ruth ni él querían pararse a contar los años que habían pasado desde que ella entró a trabajar en la gestoría; ni tampoco querían admitir que aquellas cuatro paredes les habían sorbido la juventud. Porque, ¿y él, qué? Si él estaba igual que ella. Como le recordaba su madre a todas horas, él no era ningún pimpollo. Quizá aún mantenía la cintura en su sitio, pero se le había puesto todo el pelo blanco, y sí, señor, también tenía patas de gallo y ni se había casado, ni estaba en visos de hacerlo.

-El viejo –dijo ella, mirando su libretita como para cerciorarse –sí, el viejo.

-Vaya. ¿Y qué quería?

-No me ha querido contar nada. Sólo me ha dicho que te tenía que ver urgentemente y que volverá a las diez.

Eran las nueve y cuarto. Quizá le daría tiempo a hacer alguna llamada que le diera una pista sobre lo que el viejo Tarragó podría querer de él. Se le ocurrió que podría llamar a Silvia Tarragó, la sobrinísima, que había sido su amiga de juventud y también clienta de la gestoría mientras regentó un gimnasio.

-Ruth, búscame el número de Silvia Tarragó, por favor –llamó desde su despacho.

Ruth ya había vuelto a su mesa y él la oyó teclear con brío en el ordenador (aquel aparato del diablo que él odiaba pero que había comprado para acallar las quejas de Ruth, nos estamos quedando desfasados, Alberto, la competencia ya trabaja con ordenadores, me han dicho que van tan bien para llevar los registros…).

Mientras Ruth buscaba el número entre las cadenas de datos de los clientes que ella misma introdujo uno a uno en el ordenador (para lo cual tuvo que hacer un largo y costoso curso en una academia), él se preguntaba si no sería más sencillo buscar el número en una agenda de las de toda la vida, aquellas libretas de cantos dorados y con letras en los bordes. En cualquier caso, no se habría atrevido a decirle nada a Ruth, que estaba enamorada de su ordenador. En cuanto a Tarragó, lo más probable era que el viejo quisiera hacer testamento y que hubiera acudido a él confundiendo “gestor” con “notario”. ¿Cómo hacerle entender a aquel octogenario cascarrabias (que cada vez que lo veía por la calle le decía, que pase usted un buen día, letrado), que él no era notario, que ni siquiera  había acabado la carrera y que hacía años que no abría ni uno solo de los libros de leyes que forraban las paredes de su despacho. Aquel viejo orgulloso, como todos los de su clan, tomaría su negativa de trabajar para él como un desprecio, lo miraría con sus ojos de búho y le diría que no era de recibo, que si no fuera por su familia…

-Alberto, no la encuentro -se quejó Silvia con voz desmayada.

-Búscala en la libreta, anda, en la G de García-dijo él.

Silvia García Tarragó prefería que la conocieran por el apellido de su madre. El modesto García de su padre no era suficiente para satisfacer sus veleidades aristocráticas.

-Alberto, Sílvia al aparato –dijo Ruth al cabo de un rato, y entonces él descolgó el auricular del teléfono sobre su mesa.

-Alberto, cariño, ¿qué tal?

Aquella voz cálida arrastraba con ella la imagen de una mujer que en su día había sido de bandera, una rubia platino, siempre a la última, y que ahora estaría sentada en su sofá (aunque seguramente ella lo llamaría diván) haciendo ¿qué? ¿crucigramas? Él siempre se preguntaba qué hacían las manos muertas como ella para matar el tiempo cuando ya no les quedaba nada con lo que llenar su vida.

-Hola, Silvia, ¿cómo estás? –dijo él.

-Pues en la cama, recuperándome de una gastroenteritis.

-Vaya, siento molestarte.

-Tú no molestas, Alberto, querido. Pero, dime, corazón, no perdamos el tiempo con menudencias ni convenciones, que tú no tienes tiempo y a mí francamente me aburren. ¿Qué querías?

No se podía negar que, a pesar del García en su DNI, Sílvia era una Tarragó de pura cepa, todos iban siempre directos al grano.

-Ha venido tu tío a verme esta mañana –dijo él.

-¿Ah sí? Tenía entendido que no puede salir de la residencia. ¿Quién lo ha llevado?

-No lo sé. Creo que ha venido solo.

-¿Solo? ¿No iba mi primo con él?

-Pues, es que yo no estaba. Espera a ver… ¡Ruth, ¿venía solo?

-¿Quién? –preguntó Ruth desde la recepción mirándolo por encima de sus gafas.

-Tarragó.

-Ah, sí, venía solo, sí.

-¿Silvia?

-Dime, amor.

-Sí, ha venido solo.

-Qué raro. ¿Y qué ha dicho?

-Que volvería a las diez.

-¿Y no ha dejado recado?

-No –dijo él –precisamente te llamaba por si tú sabes si está pensando en hacer testamento o algo por el estilo.

-Yo no sé nada. Si ni siquiera nos vemos. La última vez que fui a verlo con mi madre, sabes que es la única hermana que le queda, verdad, pues hizo ver que no nos conocía… no va el tío y dice, ¿señoras, nos conocemos? Se pensaría que íbamos a pedirle dinero, como si alguna vez mi madre le hubiera pedido algo, el muy sinvergüenza. A mi madre le dio tal coraje que ya no ha querido volver a verlo.

Alberto escuchaba atentamente, siempre lo hacía aunque aparentara que no le interesara lo que le dijeran, la experiencia le había enseñado que en los pequeños detalles podía estar la solución a sus problemas.

-¿Así que no tienes ni idea de lo que puede querer? –dijo él cuando Silvia acabó de despotricar contra su tío.

-Pues no, pero tiene que ser algo importante, para que haya ido solo, al igual se ha escapado. Mira, me tendría que importar una mierda lo que le pase a ese viejo estúpido, pero vamos a hacer una cosa, tú, entretenlo todo lo que puedas y mientras yo llamaré a mi primo a ver si sabe algo. Luego te llamo. Ah, y gracias, querido, cuenta con que mi primo te lo sabrá agradecer.

Sí, en eso los Tarragó eran también muy buenos. Intercambiar favores, hacer amigos de un color y de otro, según la época y según sus intereses, medrar para estar siempre en una posición ventajosa y amasar dinero a mansalva. Y para muestra un botón, la propia Silvia estaba dispuesta a interceder por su tío al que odiaba, sólo porque sabía que su primo, el gran Salvador Tarragó, le sabría agradecer el favor. Aquella familia siempre había sido así y seguiría siendo así por los siglos de los siglos, amén.

Alberto colgó el teléfono y dejó ir un suspiro. Justo lo que le faltaba aquella mañana. Como si no tuviera bastante trabajo (una pila de nóminas por hacer, llamadas, aquella visita al registro que hacía días que iba dejando para más adelante), ahora tenía que hacer de niñera de Tarragó el viejo. Aquello de Tarragó el viejo era un título demasiado amable; Tarragó el temible, el celoso, el rencoroso, el usurero, el despiadado… cualquiera de aquellos epítetos le hacía mucha más justicia.

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