4.

Jaime subió tarde a comer pero Eva no se dio ni cuenta de su tardanza. La comida estaba sin hacer y en la mesa de la cocina seguían apilados los platos y las tazas del desayuno. Él seguía desconcertado tras los acontecimientos del día anterior y la conversación con su hermano sólo había logrado ponerlo más nervioso. Las predicciones de Alberto le parecían tremendistas, aunque si lo pensaba con calma debía admitir que Alberto casi nunca se equivocaba. Pero Jaime también sabía que su hermano tenía algo en contra de Eva, algo que él no sabía determinar; intuía que Alberto no había aceptado que Eva le hubiera preferido a él, a pesar de que Alberto era de su misma edad y a pesar de que tenía más posibilidades que Jaime de darle el estilo de vida al que ella estaba habituada. Pero en aquello, como en todo lo demás, había escogido ella.

Cuando entró en casa aún no había logrado adoptar una determinación firme sobre lo qué hacer con respecto al niño, y ni siquiera el ajetreo de una mañana de viernes en la frutería había conseguido apaciguar su ansiedad. Mientras estuvo en la tienda tuvo que luchar contra la tentación de descolgar el teléfono y llamar a la policía. Ensayó en silencio la conversación (planeaba plantear el tema como si fueran unos amigos los que se habían encontrado con un bebé perdido), y en una ocasión en la que se quedó solo en la tienda había incluso levantado el auricular y había empezado a marcar el número de la policía, pero entonces había entrado una clienta y él había vuelto a colgar el teléfono.

Eva fue a su encuentro en la cocina y cerró con cuidado la puerta detrás de ella. Le hizo un gesto para que no hiciera ruido. Descalza, despeinada, sin maquillar, aún en bata, se acercó a él.

-Está dormido –susurró en su oído, como si hiciera falta hablar en voz baja, como si el dormitorio no quedara a más de diez metros de la cocina.

¡Dios, aquella voz ronca en su oído era la misma voz de cuando tenían veinte años (¡Qué largo se me ha hecho el invierno!, le había dicho ella al oído en una habitación oscura en casa de los Tarragó en el verano del 69, cuando se volvieron a encontrar después de haberse conocido el año anterior) y tuvo el efecto que siempre había tenido sobre él. Sin querer pensar en nada más, pasó las manos por la cintura de ella y deshizo el nudo de su bata. Si pudieran estar a solas un rato, quizá podría hacerla entrar en razón, quince minutos de paz hacían maravillas. Pero Eva no estaba pensando en entrar en razón, ni tenía quince minutos que perder, así que se separó de él y se volvió a atar la bata.

-Perdona, no he tenido tiempo de hacer la comida –dijo señalando sobre el fogón una olla que borboteaba con biberones y tetinas dentro -¿qué te parece si meto una pizza en el horno?

-Da igual, no tengo hambre –dijo él y salió de la cocina derrotado.

Pondría la televisión, se dijo. Quería saber si alguien había denunciado la desaparición de un niño de unos tres meses. Pero la televisión estaba bloqueada. En el centro del salón había dos cajas enormes de cartón que la tapaban. En una caja había un dibujo de una cuna, en la otra la de un cochecito.

-¿Qué mierda es esto? –murmuró sin darse cuenta de que Eva estaba detrás de él.

-Una cuna y un coche de paseo –explicó ella -¿me ayudas a montarlos?

-Pero, Eva… -empezó él de nuevo, sin darse cuenta de que, de nuevo, suplicaba.

-Eva, nada. Ya está hablado. Y la verdad es que no puedo creer que no me apoyes en esto –y entonces por primera vez su voz se rompió y sus ojos oscuros se llenaron de lágrimas –pero es qué no te das cuenta de que esta es nuestra única oportunidad de ser padres?

-¿Un poco tarde, no? –repuso él sin poder ocultar la amargura en la voz, recordando las veces que había intentado convencerla a lo largo de los años- habríamos podido tener hijos, pero tú no querías ataduras.

-¿Qué iba a saber yo, si era una tonta integral? ¡Sólo cuando ha sido demasiado tarde me he dado cuenta de que he sido una estúpida toda mi vida!

No le gustaba verla llorar, no lo soportaba. Ella había escondido la cara entre las manos. Él se acercó a ella sin saber qué decir. Intentó abrazarla, espantarle la tristeza con sus manos poderosas.

-Eva, no digas eso –empezó, no sabía cómo seguir –que yo te apoyo, sólo que las cosas no se hacen a la tremenda, si tú quieres un hijo tendremos que ir por las vías legales y adoptar.

-Pero, ¿tú sabes lo que es eso? –rió ella –pueden pasar años, para cuando nos den al niño ya estaremos jubilados.

-Quizá, pero…

-Pero ¿de qué tienes miedo, Jaime? ¿de la justicia? ¿de la cárcel? Dime, ¿es eso, no? Si es sólo eso, te aseguro de que no tienes nada de qué preocuparte, lo tengo todo atado y bien atado.

Aquella expresión le dio escalofríos. Le recordaba a otros tiempos, unos tiempos oscuros que por suerte habían quedado atrás.

-No, no es sólo por la justicia -dijo.

-¿Tienes miedo de que no me quede tiempo para ti?

-No, no es eso.

-¿Entonces?

Él ya no sabía qué más decirle. Sabía en su fuero interno que de cualquier manera que se mirara, aquello no estaba bien, pero no tenía manera de convencerla. La amenaza de la cárcel no le servía, apelar al sentido común tampoco. Mientras más callaba él, más se afianzaba ella en su convencimiento de que estaba actuando correctamente. La situación era paradójica. Ella actuaba en contra de la ley y del sentido común, pero era él el que se veía en la tesitura de tener que explicarse. Y aquello no era nada nuevo. Eva era especialista en ponerlo contra las cuerdas, en llevarlo al límite de lo que su lógica era capaz de abordar; situaciones de las que él habría huido como del diablo siempre acababan aterrizando en su vida.

-Mira –siguió ella más tranquila al ver que él no tenía respuesta- no hay de qué preocuparse, la madre no lo va a reclamar, bastante trabajo tiene la pobre con salir adelante. En realidad le estamos haciendo un favor a ese niño evitándole una vida de miseria.

Como hija de abogado que era, Eva sabía darle la vuelta a cualquier situación para hacerla encajar con lo que ella quería. Jaime sabía que estaba perdiendo terreno a marchas forzadas, que si permanecía un minuto más en la misma habitación que ella no sólo acabaría dándole la razón sino que acabaría convencido del todo de que aquella era la mejor solución. Aún así, y muy a su pesar, se quedó donde estaba.

-Quizá tengas razón –dijo acercándose a la caja que contenía la cuna- pero aunque yo también quiero lo mejor para esa criatura, no creo que lo que has hecho sea lo correcto, he dicho.

Mientras él abría la caja que contenía la cuna, Eva, sonriendo, salió al balcón a buscar la caja de herramientas.

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1 comentario

Archivado bajo fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, novela

Una respuesta a “4.

  1. Cristina, ¡me he quedado anonadada! ¡Ya tú vas por el 4to enunciado! Pero en qué momento has hecho todo esto… :O Pues nada, yo me quedo aquí esperando las próximas entregas, que está muy chula e interesante la historia y ¡todo encaja con los enunciados! Oye, ¡esto es muy divertido! Por cierto, Chapó por Eva, claro que sí. Ahí, robando niños… XD XD

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