3.

El niño se quedaba porque en aquella casa siempre se hacía lo que Eva decía. Y eso era así desde el día en que se conocieron, aquel día lejano de finales de los sesenta cuando Eva apareció sin aliento en el espigón donde él estaba pescando y pensando (haciéndose su propio cuento de la lechera, calculando cuántos kilos de mejillones tendría que vender aquel verano a los turistas para poder comprarse un tocadiscos y la idea del tocadiscos lo llevó a pensar en guateques y entonces recordó que su hermano iba a ir a un guateque aquella tarde y que él se quedaría en casa aburrido porque al ser aún pequeño no tenía permiso para ir a fiestas aunque por estatura nadie habría dicho que sólo tenía catorce años).

“¡Socorro! ¡A mi hermana se la ha llevado la corriente, por favor, hay que ayudarla!”, suplicó aquella chica bajita, morena, que llevaba un bañador blanco con hebillas doradas, cuyo nombre él sabía aunque no hubiera hablado nunca con ella ni con su hermana, la que se estaba alejando mar adentro lentamente. Sin poder creer que ella hubiera acudido a él en busca de ayuda, Jaime tardó en reaccionar, entonces ella le puso la mano en el hombro, una mano helada a pesar del calor que hacía y que le dio escalofríos, “Por favor, Jaime, te llamas Jaime, ¿verdad?”, dijo ella sorprendiéndolo de nuevo, poniendo cara de pena, haciendo batir las pestañas y lanzándole una mirada que otro menos inocente que él habría reconocido como falsa, un gesto de alguien que justo empieza a llevar a la práctica consejos y trucos de seducción aprendidos en una revista. “Por favor, haz algo, mi hermana se va a ahogar, casi no sabe nadar”, insistió ella. El mar estaba tranquilo y a él no le dio la impresión de que la hermana estuviera en apuros, al contrario, parecía estar tan tranquila flotando sobre el agua, sin embargo él sabía que la corriente en aquella zona era traicionera y que en un segundo el tiempo podía dar un giro de 180 grados, así que se deslizó por las rocas, se echó al agua, nadó hasta ella y la agarró pasándole un brazo por debajo de la barbilla como solían hacer los pescadores en casos así. Pero Ana, así se llamaba la hermana de Eva, se escabulló de su abrazo y se sumergió en el agua. Él se quedó quieto, esperando y cuando ella emergió de nuevo, intentó explicarse pero ella estaba asustada y no quería oír ninguna explicación, se dio la vuelta y se alejó nadando a cien por hora, nadaba mejor que él, así que él la dejó ir. Perdona, quiso gritar, no quería asustarte, pensaba que te estabas ahogando, pero no le salió la voz; avergonzado, como si hubiera hecho algo malo, nadó hasta el espigón, escaló por las rocas y volvió a su caña de pescar y a sus cavilaciones. Eva ya no estaba allí. Entonces, mientras veía a las dos hermanas, como dos gotas de agua, con sus bañadores blancos, cabello negro, largo y espeso, pelearse en la arena, a Eva riendo y a Ana hecha una furia corriendo tras ella, comprendió que había sido víctima de una broma. No sería la primera vez que caería en las garras de la bromista de Eva. Cuando un día informó a su hermano Alberto sobre la situación, este se echó a reír. “¿Las niñatas esas de Barcelona te van detrás? ¡No me fastidies! Debe ser que se mueren de ganas de que les quiten el virgo pero como su papaíto no las deja salir con los de su edad pues no les queda más remedio que ir detrás de críos, así que tú haz como Jesús, dejad que se acerquen a mí, y éntrales si puedes, jó, ya me habría gustado a mí que con tu edad me fueran detrás dos gachís como esas.” Aquel fue el diagnóstico de su hermano Alberto que le llevaba cuatro años. Jaime no entendió la mitad de lo que su hermano le dijo y la otra mitad no se la creyó. Pero cuando el tiempo le dio la razón a su hermano, Jaime comprendió el significado de las palabras de su madre que siempre decía que de sus cinco hijos, Alberto era el que más picardía tenía. Y eso sería algo que no habría de cambiar con los años.

Así que ante la disyuntiva que se le presentaba ahora, después de que Eva se presentara en casa el día anterior con aquel niño salido de la nada, Jaime se dijo que no estaría de más consultar con su hermano Alberto que, si bien no había acabado la carrera de abogado, al menos era administrador de fincas y entendía de leyes más que él. Antes de las nueve de la mañana ya estaba en la puerta de la gestoría esperándolo. Su hermano al verlo mudó el rostro.

-¿Se ha muerto alguien? –preguntó.

Fueron al bar que había al lado de la gestoría a tomar un café y Jaime puso a su hermano en situación. Acabó contándole que la noche anterior había sido de órdago. El niño lloraba mucho y Eva se pasó la noche con el biberón en la mano y él se pasó la noche intentando convencerla para llevar al niño al cuartelillo, pero Eva no quería ni oír hablar de deshacerse del niño. Él le repetía que aquello era una locura, discutían en voz alta y entonces el niño se despertaba y volvía a llorar. Así que habían dormido poco y mal, el niño en la cesta de mimbre que usaban para sacar la colada al balcón y que Eva convirtió en un moisés forrándola con unos almohadones; ella al lado del niño en el sofá y él sólo en la cama de matrimonio, sin pegar ojo. No podía quitarse de la cabeza las palabras de Eva. Lo haría pasar por hijo suyo, decía (obviando lo obvio, es decir que ya tenía 50 años y que nadie la había visto embarazada) y si hacía falta compraría una partida de nacimiento falsa en el mercado negro. Jaime ya se veía juntando dinero para pagar a un falsificador, reuniéndose con él de noche, en una cala desierta, con la brisa del mar arremolinando la arena alrededor de los dos coches mientras hacían la transacción, (¿Has traído la pasta? Sí. A ver. Muy bien. Pues ahí tienes. El papel llevaría los timbres correspondientes y los datos del inscrito quedarían así: Jaime Roig Solà. Nombre del padre: Jaime Roig Sentís. Nombre de la madre: Eva Solà Mir). Ella lo tenía todo pensado. Con la partida de nacimiento ya lo podrían inscribir en el registro civil, darlo de alta en el médico, hacerle el carnet de identidad. Todo aquello había que hacerse lo más rápidamente posible, para que nadie pudiera venir luego con reclamaciones. Eva le había contado su plan en voz baja, al oído, con aquella voz ronca y sugerente que siempre le había excitado tanto.

-No me extraña que traigas esa cara -le dijo Alberto al final echándose atrás en la silla- oye, para ser hija de abogado, tu mujer no tiene ni puta idea de cómo funcionan las cosas.

-Tú no lo ves posible, entonces –dijo él, como si por hablar con su hermano, como si por sacar el tema a la luz, la probabilidad de que todo aquello no fuera una locura se pudiera materializar ante sus ojos.

-Pero, ¿qué dices? ¿acaso te has vuelto loco tú también? Esto es muy grave. Si viviéramos en un país en el que uno pudiera quedarse con los hijos de otro y la justicia no actuara, viviríamos en un país sin ley. Y ya te digo yo que ese no es el caso.

-Entonces…

-Entonces, nada –lo cortó Alberto- si ella no quiere ir a la policía, vas tú y les dices que os han dejado al crío en la puerta de casa esta madrugada, que envíen a alguien a por él y aquí paz y después gloria.

-Pero Eva…

-Eva, nada –dijo Alberto alzando la voz -Mira, Jaime, en esto no puede ganar ella, en esto no. Podéis acabar en la cárcel y no habrá abogado que te saque del lío esta vez, hazme caso.

Podéis acabar en la cárcel. Las palabras de su hermano resonaban en su mente mientras levantaba la persiana de la frutería. Las clientas se esperaban en la puerta extrañadas ante su tardanza.

-Jaime, ¿se te han pegado las sábanas hoy? –preguntó una de ellas.

-¡Uf, qué mala cara tienes! –exclamó otra.

-A ver si te vas a poner malo y nos quedamos sin fruta –rio otra.

Él sonrió sin ganas y tranquilizó al gallinero jurándoles que estaba bien. Pero cuando se miró en el espejo vio que tenía ojeras y líneas en la frente que no había visto hasta aquel día. La imagen en el espejo era la viva imagen de su padre, su padre que decía que había envejecido veinte años en la guerra y diez años con cada hijo. Ahora resultaba que su padre tenía más razón que un santo porque era como si en aquella noche que había pasado en blanco él mismo hubiera envejecido diez años.

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