2.

En la puerta creyó oír el llanto de un niño. Era algo inusual porque en el bloque no había niños ni ninguna pareja en edad de tenerlos. Supuso que los vecinos de enfrente de su casa tendrían visita, o que quizá el sonido provenía de su imaginación hiperactiva (aunque estaba más calmado que el día anterior, había dormido bien, no había tenido pesadillas, y había pasado el día planeando llevar a Eva a cenar a su restaurante favorito, diciéndose que debía dejar las sospechas atrás, que no tenía nada que temer…

Lo primero que vio al entrar en su casa fue el llavero de ella colgado como siempre en el gancho del cuadrito suvenir de Mallorca que los antiguos inquilinos del piso habían dejado olvidado. Las llaves aún se balanceaban en el aire como si ella hubiera llegado hacía pocos segundos.

Casi tropezó con su maleta. Era una maleta pequeña, de esas modernas, con ruedas, que casi iba sola y que compraron el verano anterior para irse de vacaciones a Tenerife. Tenía cerrojo con combinación numérica de seguridad pero ella no lo usaba. Si él quisiera podría abrirla y hurgar entre la ropa. Sólo iba a encontrar sus faldas y blusas, ahora arrugadas y con olor a sudor, que ella se planchó el día antes de irse, la ropa interior usada metida en una bolsa de plástico, un pijama, unas zapatillas. Pero él no iba a abrir la maleta, y por mucho que ella la hubiera dejado a la vista como la sábana ensangrentada que se colgaba del balcón de palacio después de la noche de bodas de los príncipes herederos a un trono de envergadura para mostrar a los súbditos que la futura reina era virgen, no pensaba abrirla.

No tropezó con los zapatos de ella en el pasillo porque ya se sabía la lección y sorteó los dos diminutos zapatos de tacón de aguja, separados por pocos metros, antes de entrar en el dormitorio. En la puerta le pareció que volvía a oír llorar a un niño. Llamó ligeramente a la puerta y sin esperar a que le dieran permiso para entrar, abrió. Ella no lo había oído y no se volvió. Estaba inclinada sobre la cama dándole vueltas en la mano a lo que parecía ser un pañal. En el centro de la cama un niño de unos tres meses movía piernas y brazos con fuerza.

-¡Eva? ¿Y este crío? –acertó a decir, entonces ella se volvió.

Tenía una sonrisa helada en la cara. Los ojos abiertos como platos.

-Ah, Jaime, qué bien que has llegado –dijo -¿has puesto alguna vez un pañal?

-¿Yo? Nunca en mi vida.

-Ni yo, pero ven, ayúdame antes de que ensucie la cama, he comprado estos pañales en la estación pero me parece que no son de su talla… -murmuraba ella mientras intentaba colocar el pañal debajo del culito del bebé, cosa no muy fácil porque el niño no se estaba quieto.

A él le extrañó que ella ni siquiera hubiera puesto una toalla sobre la cama para salvaguardar su querida colcha blanca de hilo (ella se pirraba por todo lo que llevara blonda y puntillas, a él le traían al fresco esas cosas, con tal de que abrigue si hace frío, decía, ¿para qué adornos? Pero lo aceptaba como aceptaba todo lo demás).

Cuando entre los dos lograron ponerle el pañal al crío, fue el turno de las preguntas.

-¿De quién es el niño? –preguntó él.

-De una chica –murmuró ella sin dejar de mirar al niño.

-¿Una chica, qué chica? ¿la conozco yo? ¿cómo se llama?

-No es de aquí –siguió ella sentándose en el borde de la cama.

-¿Y cuándo vendrá a buscarlo?

-No va a venir a buscarlo.

-¿Cómo que no va a venir a buscarlo? ¡Este crío no se puede quedar aquí!

-Pues ya me dirás qué hacemos porque su madre me lo ha dado.

-¿Cómo que te lo ha dado? ¡Uno no va dando críos a la gente como si fueran cachorros de perro!

-No te alteres, Jaime, por favor.

-No, si no me altero… pero ya me dirás tú qué quieres que te diga si llego a casa y me encuentro con esto y tú me dices que te han dado a ese crío y que no me altere!

-Jaime, cálmate, tiene una explicación.

-Pues empieza a explicarte.

-Mira, la madre es una chica muy joven, demasiado joven, un poco hippy, creo yo, yo no la veo criando a un niño, la verdad, se subió en Sants pero el tren ya iba lleno, llevaba al niño atado con una bandolera de esas modernas, y llevaba una mochila a la espalda, yo para mí que ni casa tienen… había un chico con ella pero él se quedó cerca de la puerta y ella se metió en el vagón para ver si se podía sentar pero nadie le cedió el asiento, entonces yo me levanté al mismo tiempo que el señor mayor que iba a mi lado, los dos le ofrecimos nuestro asiento, entonces yo le dije a él que se quedara en mi asiento pero él insistió en quedarse de pie y bueno, fue un poco violento, ¿no te ha pasado nunca que te levantas y el otro te dice que da igual y al final te da hasta vergüenza de haber cedido tu asiento porque todo el mundo te está mirando…?

-Ves al grano –dijo él.

-Total, que la chica y el niño acabaron sentados a mi lado y al cabo de un rato ella se puso a hablar, me dijo que era madre soltera y que no podía con el crío y con todo y que se lo iba a llevar a su madre, casi no le salía la voz a la pobre, me dio mucha pena… estuvimos hablando casi todo el viaje, me preguntó si tenía hijos y le dije que no, pero que fue porque no habíamos querido, no sé porque le dije eso, mira, me salió así, creo que le dije eso porque me pareció que me miraba como con lástima, no sé, me dio esa impresión y después de un rato me pidió que le sostuviera al bebé mientras iba al lavabo ¿y sabes? pues que no volvió … los vi bajarse a ella y al chico en un apeadero y echar a correr, y yo con el niño en los brazos, me quedé patidifusa. Fui a buscar al revisor y le conté lo que había pasado pero el tipo no quiso saber nada del asunto, me dijo que no se podía parar el tren por eso, que no era una urgencia, que si quería, me bajara yo en la próxima y fuera a denunciarlos, ¿qué te parece?

-Me parece que eso es lo que haremos –dijo él –vamos, ponte los zapatos.

-Ahora no, Jaime, es ya muy tarde, yo estoy muy cansada y el niño está casi dormido.

-Mira, Eva, este niño no se puede quedar aquí, una criatura no es como un gato abandonado, lo que has hecho puede traer consecuencias, pueden decir que lo has secuestrado, sustracción de menores se llama y eso conlleva penas de prisión.

-Pero, oye, ¡que yo no lo he robado! ¡Que me lo ha dado su madre!

-Ya lo sé, pero díselo al juez.

-En serio, Jaime, ¿no te gustaría quedarte con él? –ella cogió al niño en brazos y se lo acercó.

-No, claro que no –dijo él sin mirar al niño de frente – y en el remoto caso que quedárnoslo fuera una remota posibilidad, ¿qué pasaría con tu trabajo nuevo o acaso quieres que le busquemos a una niñera mientras tú vendes seguros?

-Pero, Jaime, ¿qué importa eso ahora? ¿no ves que el destino ha querido que yo estuviera en ese tren justo en el momento preciso? ¿no ves que esto es un regalo de Dios?

Entonces él se asustó de verdad porque comprendió que ella ya había perdido el oremus y que la idea de quedarse con el niño se había implantado firmemente en su cabezota, con lo que ya no habría manera de deshacerse del crío.

-Pero si eres atea –dijo él con voz desmayada.

-No del todo, es una cuestión difícil, ya lo sabes, lo hemos hablado muchas veces, soy atea de pensamiento pero en el fondo…

-Sí, en el fondo, ya sé, pero no estamos hablando de eso. Estamos hablando de este crío.

-Se llama Jaime –dijo ella con los ojos encendidos -¡dime si eso no es una señal divina!

Jaime suspiró. Sabía que la batalla estaba perdida.

 

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Archivado bajo fantasía, Ficción, Fiction Writing, flash fiction, novela

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