La agencia de viajes (Historias de Barna 14)

Acabar viviendo en el barrio de mi infancia fue algo que ocurrió sin planearlo. Yo habría preferido vivir en otro sitio, la verdad. El barrio estaba lleno de recuerdos para mí. De todo tipo de recuerdos de los que no solía hablar porque de solo de intentarlo me abrumaba.

Un día pasamos por casualidad por delante de la agencia de viajes que había detrás de la escuela a la que fui de pequeña y vi que el local se ofrecía en alquiler. Era evidente que no habían intentado mantener el negocio al día, ni competir contra las agencias de viajes que habían proliferado por el barrio en los últimos tiempos. La agencia exhibía tras el escaparate la misma persiana que había exhibido veinticinco años atrás, solo que ahora la persiana estaba descolorida por el sol, tan descolorida como las ruinas de la antigua Grecia. Hacía veinticinco años la persiana marrón y el vidrio desnudo que daba a la calle no tenían más importancia. La gente iba allí igualmente porque aquella era la única agencia en un radio de tres kilómetros, al menos. La persiana venía a decir que  la agencia no tenían necesidad de atraer la atención de más clientes de los que ya posiblemente tenía.

Hacía veinticinco años que yo había entrado en aquella agencia de viajes por primera y última vez con una compañera de escuela que se llamaba Yolanda. La señorita Lina, una maestra nueva polémica por sus métodos modernos y su insistencia en que hiciéramos trabajos de campo (como ella los llamaba), nos había mandado hacer un trabajo sobre Grecia que requería salir a la calle en parejas a buscar información. Aquel tipo de trabajo me pareció emocionante y muy distinto a lo que nos habían acostumbrado las maestras de cursos anteriores.

Yolanda y yo habíamos quedado en hacer el trabajo de Grecia juntas. Salir a la calle en busca de información nos hizo sentir, sino como exploradoras, al menos sí como reporteras. Una tarde la pasamos en la biblioteca de la Rambla copiando datos de la enciclopedia Espasa-Calpe. Otra tarde fuimos a la agencia de viajes a pedir folletos sobre Grecia para obtener fotografías.

Al entrar en la agencia, nos encontramos en una sala rectangular, con un escritorio grande,  dos teléfonos negros sobre el escritorio y dos sillas de cuero vacías ante él. Tras la mesa había sentado un hombre que hablaba por teléfono y que me pareció elegante con su traje de sastre gris, al tiempo que me pareció mayor, a mí que tenía entonces trece años.

Al vernos paradas con la puerta semi abierta, el hombre colgó el teléfono y nos hizo una señal con la mano para que entráramos y cerráramos la puerta. Me dio un poco de repelús cerrar la puerta y dejar atrás la calle. En la calle me sentía más segura que allí, aunque en la calle hubiera empezado a oscurecer, sin embargo aún quedaba algo de luz rojiza en el cielo y las farolas y las luces de los coches daban a la calle su aspecto acostumbrado de ajetreo tardío y al tiempo familiar.

Antes de entrar, Yolanda y yo habíamos debatido sobre cuál de las dos pediría los folletos. Ninguna de las dos teníamos mucho desparpajo y nos daban miedo las situaciones comprometidas como aquella. Pero había que hacer el trabajo y había que obtener fotografías para el trabajo.

Se lo dices tú.

No, tú.

No, tú.

Oye, que yo he pedido la cartulina.

Al final le di la razón a Yolanda.

¿Tiene folletos de Grecia?, pregunté al hombre.

El hombre asintió. Rebuscó en un cajón en la mesa y sacó dos folletos idénticos que tendió hacia nosotras. Con titubeo nos acercamos a cogerlos pero el hombre no los soltó enseguida. Los sujetó con fuerza durante unos segundos que se me hicieron eternos. Al hombre le brillaban los ojos marrones y redondos bajo las gafas de metal. Tenía la frente ancha y sudorosa. Después de una eternidad, en la que nadie dijo nada y solo se escuchaba el silencio de los teléfonos, el hombre soltó los folletos.

En la calle, mi amiga y yo echamos a andar cada vez más deprisa como si temiéramos que el hombre nos fuera a seguir. Yo tenía un nudo en el estómago. No comprendía qué había ocurrido durante aquellos cinco largos segundos pero intuía que era algo que mejor sería no saber.

Nos encaminamos a casa de Yolanda con los folletos hechos cilindros en la mano, sin mirarlos y sin apenas hablar. Ya en casa, recortamos con cuidado las fotografías del Partenón con sus columnas tan blancas y las de la Acrópolis con sus cariátides impresionantes, y las pegamos con pegamento Imedio en una cartulina de color azul cielo que habíamos comprado previamente en la papelería que había justo al lado de la agencia de viajes.

Después de pegar las fotografías en la cartulina azul, en la que la blancura griega resaltaba graciosamente, escribimos el texto explicativo sobre el Partenón y la Acrópolis que habíamos copiado la tarde anterior en la biblioteca. Al día siguiente llevamos el trabajo a clase y la Srta. Lina nos puso un diez y nos mandó colgarlo en la pared, junto con los otros trabajos sobre la Grecia antigua producidos por el resto de la clase.

Nuestra cartulina azul con sus fotografías de Grecia estuvo colgada en la pared del aula de octavo curso hasta que el segundo tema del libro (el Imperio Romano) produjo nuevos trabajos en nuevas cartulinas que sustituyeron a las del primer tema.

Yolanda y yo ya no volveríamos a trabajar juntas. Para el siguiente tema ella se buscó una nueva compañera y yo hice lo mismo. Esto ocurrió por ningún motivo en concreto.

Nunca hablaríamos de los cinco segundos inacabables que el hombre de la agencia tardó en soltar los folletos, como tampoco hablaríamos de por qué lo habría hecho ni de lo que se le habría pasado por la cabeza mientras lo hacía.

A veces me pregunto si Yolanda recordará aquella tarde de octubre como yo la recuerdo o si la avalancha del tiempo la habrá enterrado para siempre en su memoria.

 

ccalduch@2018-12-08

 

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Chinches (Historias de Barna 13)

A veces, a la hora de la sobremesa, venía a casa una vecina de mi madre, de las de toda la vida, que se llamaba Sra. Anita y que tenía un perrito faldero de esos que ladran más que guardan. No lo he dicho pero el segundo sitio donde vivimos, el que daba sobre el mercado, estaba situado en el barrio de mi infancia y estaba poblado por personajes de mi infancia como la Sra. Anita que tendría unos setenta años, era menuda y redonda de caderas y tenía el pelo blanco como la nieve. La Sra. Anita llamaba siempre tres veces al timbre por si acaso no la oíamos y daba unos timbrazos breves y seguidos y por ellos, y por los ladridos del caniche, sabíamos que era ella.

–Ahí está…–decía mi compañero señalando hacia la puerta y levantándose rápido de la mesa para perderse en el despacho.

–Sí, muy bien, ya abro yo –murmuraba yo suspirando.

Que no le abriera, decía él quedándose tan ancho, pero yo no me atrevía. Era algo atávico, algo que no sabría explicar. Como si los personajes de mi infancia ejercieran un sutil control sobre mí. Además, si no abría quedaría mal, de manera irreparable, de aquella manera única de quedar mal que solo existe en mi barrio y que quizá no exista en ninguna otra parte del mundo –no he conocido nunca gente igual y eso que me he movido bastante– y quedaría mal porque era evidente que estábamos en casa porque los balcones estaban abiertos y era la hora de la siesta. Y si no abría me vocearía por todo el barrio, eso era seguro como que cada día sale el sol, como también era seguro que cuando viera a mi madre le pondría la cabeza como un bombo con las quejas.

Así que un día de principios de mayo abrí a la Sra. Anita cuando llamó a la puerta y la hice pasar y sentarse a la mesa y nos serví dos cafés. Como siempre traía un cuarto de churros de la churrería de la Rambla en una papelina, y al abrirla el azúcar se derramó sobre la mesa y un poco de azúcar fue a parar al suelo y el perro se puso a lamer el suelo con gusto. Por no hacerle un feo a la Sra. Anita mojé un churro en el café –aunque no me gustan mucho los churros porque les saco gusto al aceite requemado y luego me repiten– y ella me puso al día sobre las novedades mientras yo fingía que la escuchaba aunque entre mí estaba pensando que se estaba poniendo el cielo negro y teníamos la ropa tendida. Pero no dije nada, ni me quejé porque, según mi madre, a la Sra. Anita había que seguirle la corriente para que no se suicidara.

Desde que su señor marido pasó a mejor vida a la Sra. Anita, que siempre que podía lo sacaba a relucir, lo llamaba santo y decía haberlo amado con locura, se le había ido un poco la chaveta y se había intentado matar dos veces, la primera con pastillas (no tomó bastantes) y la segunda con una cuchilla de afeitar (no cortó demasiado profundo). Las dos veces la rescató una vecina de su mismo rellano a la que la misma Sra. Anita llamó por teléfono para despedirse de ella y de todos. Así que desde entonces todos los que la conocían le seguían la corriente y le daban la razón, siempre. Pero siempre.

Y cuando explicaba sus batallitas de como cuando después de la guerra bajaron del pueblo y se metieron los doce que eran en un piso sin baño y que se lavaban en un barreño, y que en cada cuarto dormían cinco y cuando llegaba algún primo del pueblo también se metía allí y dormía en el suelo del comedor hasta que se buscaba la vida; y cuando hablaba del picor insoportable de las chinches y del olor repugnante que hacían cuando las estrujaban, y como su padre había encalado el piso de arriba abajo cuando ya no pudieron más con las chinches; y cuando contaba como no había colchones para todas las camas y que repartían un colchón entre dos camas y los pies les quedaban fuera del colchón y tenían que poner unas mantas para que los ganchos del somier no se les clavaran; y cuando contaba como la abuela que no tenía dientes, y solo comía gachas, escupía en el plato para que nadie más comiera si se dejaba algo; y cuando contaba la suerte que tuvo cuando conoció a su marido y se casó con él y se vinieron a vivir a nuestro barrio en la época en la que las chimeneas aún tiraban a todo trapo, y el marido, un señor viudo aunque joven, era un jefe en la Renfe que se ganaba muy bien la vida, y como desde que se casó sí que empezó a vivir bien, y aún tuvo en el piso a realquilados a los que les prohibía dormir con calcetines y para meterles miedo les decía que eso daba cáncer, y cuando contaba que quizá por su soberbia Dios la había castigado no dándole hijos… y al final, cuando acababa de contar sus batallitas que no le importaban a nadie más que a ella, yo asentía y decía amén a todo, y ella suspiraba profundamente, se quedaba mirando hacia el infinito y luego se metía otro churro en la boca.

Otras veces le daba por explicar anécdotas de la época de mi infancia, que era peor que cuando contaba batallas de la posguerra porque me obligaba a prestarle atención ya que a veces me pedía detalles y muchas veces le fallaba la memoria, pero siempre quería tener la razón y si yo la contradecía la situación se volvía peliaguda.

Pues aquel día justamente se empeñó en que para la primera comunión me había regalado una cruz de plata y que yo me había puesto contenta, según mi madre, pero que como era tan tímida no subí a su casa a darle las gracias como correspondería… Eso no había ocurrido nunca, de eso estaba yo segura, lo que es más, creo que no me regaló nada, pero lo dejé pasar para no contradecirla y asentí distraída porque estaba con un ojo en el reloj y se acercaba la hora de ir a buscar al niño al colegio y de desembarazarme al fin de aquella buena señora.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando a los pocos días de aquella conversación, subió mi madre a casa blanca como una sábana. Era por la mañana, hora de hacer la faena y por tanto hora extraña para que mi madre se pasara por allí. Al verla de aquella manera pensé en malas noticias del médico, o en un accidente, o en algo peor. La hice sentar y le puse una infusión. Esperé a que hablara y cuando lo hice no podía creerlo. Al parecer la Sra. Anita iba hablando mal de mí, que era una tal y una cual…

–Que dice que estuvo aquí y que no le abriste la puerta –dijo mi madre entre sorbos de manzanilla.

–¿Pero eso cuándo fue?

–Pues hará un par de días.

O sea ese mismo lunes porque ese día era miércoles y la Sra. Anita nos daba fiesta los fines de semana y además los chismes en el barrio tardaban unas 48 horas en germinar. Hice memoria: el lunes no habíamos hecho nada especial pero tampoco recordaba que nadie hubiera llamado al timbre a la hora de comer.

–Dime la verdad, ¿no le abriste, no? –insistió mi madre.

–Pero ¿qué dices? Si ha estado viniendo día sí día también, con el perro y todo y nunca le he hecho un feo –me defendí–. ¿Por qué habría de hacérselo ahora?

–Dice que te sacó a relucir algo de la comunión y que te lo tomaste mal. Y que desde ese día no puede dormir.

Me habría echado a reír si mi madre no hubiera estado tan asustada.

–No es verdad, así que ni caso –dije, encogiéndome de hombros.

Pero ella erre que erre, que la Sra. Anita insistía en que había estado en mi casa y que no le habíamos abierto. Intenté convencerla de que la Sra. Anita tenía cero credibilidad y que no debería tomársela tan en serio. Pero fue misión imposible así que intenté cambiar de tema y contarle las últimas proezas del niño en el cole, que eso siempre la alegraba. Pero mi madre no me estaba escuchando, y como si tuviera el cráneo hecho de cristal yo podía ver los engranajes de su cerebro calculando las probabilidades de lo que ocurriría si nos posicionábamos permanentemente en el lado oscuro, es decir, en la lista negra de la Sra. Anita.

–Será mejor que vayas a hablar con ella y te disculpes –dijo al final.

–Ni de coña –dije yo.

–Pues entonces lo haré yo, para evitar males mayores –dijo ella haciendo un gesto resuelto.

–Pero ¿qué males mayores, ni qué tonterías?

–Dijo que la próxima vez se tiraría por el balcón –dijo mi madre en voz baja.

–Pero que no se va a tirar por el balcón, por Dios.

No llegamos a ninguna conclusión y mi madre se marchó como había venido, quizá no llevaba la cara tan desencajada que traía al llegar pero su ánimo había mejorado poco. En el fondo estaba deseando que yo dijera a todo amén, como siempre, y que me arrastrara ante la Sra. Anita. Antes verás volar a los cerdos, pensé.

Mi madre nunca me contó si se disculpó en mi nombre ante la Sra Anita y yo nunca le pregunté. El tema se quedó ahí y como la Sra. Anita no volvió por mi casa, me sentí liberada de un gran peso. Y no se tiró por el balcón, como había prometido. Su final fue menos épico. Paseando al perro por el parque resbaló sobre una piel de plátano y se cayó golpeándose la cabeza en unas piedras, con tan mala pata que nadie pudo evitar que se fuera al otro barrio a hacerle compañía a su señor marido al que tanto había querido y al que tanto echaba de menos.

ccalduch@2018-08-19

 

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La estampa (Historias de Barna 12)

Poco antes del cambio de siglo llegó al barrio una familia inmigrante que se instaló en una casa de pescadores, de esas tan típicas de finales del siglo XIX, de dos plantas, que con el tiempo había llegado a tener un comercio en los bajos y vivienda en el primer piso. El comercio había sido hasta finales de los ochenta una pescatería que, según decían, le había hecho bastante daño a las paradas del mercado. Desde que la cerraron nadie había ocupado la casa y la planta baja se había convertido en un habitáculo favorito de gatos que se colaban por debajo de la verja oxidada, medio rota, atraídos por el olor a pescado que nunca se acabó de disipar del todo. Los recién llegados alquilaron la casa por cuatro chavos, echaron a los gatos, lo limpiaron todo bien, construyeron un altillo en el primer piso y se instalaron allí con sus seis hijos –tres chicos y tres chicas, de edades comprendidas entre los dos y los catorce años. Nadie sabía bien de dónde procedían y por el aspecto rubicundo de los niños y su habla extraña a algunos les dio por llamarlos los “rusos”. Con el tiempo comprendimos que no eran rusos y que no solo era por el obstáculo del idioma que no sabíamos de dónde eran exactamente, sino porque ellos mismos propiciaron la confusión en su afán por ocultar el hecho de que eran serbios. Quizá en su tierra estarían mal mirados después de la guerra pero para la mayoría de los vecinos del barrio –que no habrían sabido decir quién era quién en la horrenda guerra de Bosnia– que fueran bosnios o serbios no tenía mayor importancia.

–Lo que habrán pasado esa gente solo Dios lo sabe –era el consenso general.

Al poco tiempo de llegar, el padre, Lazar, asesorado y acompañado por un primo suyo que llevaba más tiempo en el país y dominaba algo más el idioma, ya estaba trabajando como pintor en una obra. Por las tardes, cuando volvía a casa lo hacía arrastrando los pies pero siempre traía algo para sus hijos pequeños: bolas de chocolate con juguetes imposibles dentro, una bolsa de patatas fritas o palomitas. A la hora acostumbrada, sus hijos ya lo estaban esperando en la calle y al ver su enorme figura dar la vuelta a la esquina, corrían hacia él y saltaban a su alrededor esperando su regalo e incitándole a juegos que probablemente jugaban juntos en otras ocasiones, pero que ahora el hombre rechazaba por necesidad. Sin embargo, si se cruzaba con algún vecino sonreía amablemente y hacía un gesto benévolo con la cabeza a modo de saludo. Otras veces, si se atrevía con un saludo verbal, intuía ya casi antes de abrir la boca que se iba a equivocar, y antes de acabar ya lo veías reírse y menear la cabeza.

Una vez presencié el final de una escena curiosa entre Lazar, la mujer de éste y una vecina. Me pareció entender que Lazar había confundido la mañana con la noche al saludar a la vecina y a esta le había parecido todo tan gracioso que se había echado a reír, llevándose una mano al pecho y poniendo la otra en el brazo de Lazar. La mujer de Lazar, Elena, salió de su casa alertada por las risas, fue hasta donde estaba su marido y se lo llevó. La vecina murmuró, Ay, hija, ni que te lo fuera a robar, anda, anda, id a hacer otro crío... Y mientras Elena se llevaba a su marido del brazo, le iba recriminándole algo en su idioma y él se dejaba llevar sin decir nada y yo imaginé que todo aquello era porque a ella le sabía mal que las vecinas se echaran unas risas a su costa aunque mi compañero, más perspicaz que yo, me hizo ver que quizá los motivos eran más soeces de lo que yo imaginaba. Lejos de dejarse disuadir, en la siguiente ocasión Lazar volvía a probar con el idioma y si volvía a confundir la mañana con la noche, o la sal con el azúcar, y la misma vecina u otra, se reía mientras batía sus pestañas, él no parecía darse ni cuenta, ni parecía darle mayor importancia.

Algo que Lazar sí tomaba bien en serio era su religión y aunque no comprendiera ni una palabra de lo que el cura dijera no pasaba domingo sin que toda la familia acudiera a la iglesia ortodoxa que quedaba a tres paradas de metro de donde vivían. A la vuelta, Lazar traía estampas que repartía entre los vecinos. Una vez me dio a mí una estampa en la que se veía a Jesús envuelto en una luz dorada, vestido con una túnica blanca inmaculada, con el pecho abierto y el corazón en carne viva en el centro. Sus ojos eran profundos, llenos de una comprensión que parecía ir más allá de la capacidad de la mente humana. La imagen me dio escalofríos. Quise devolverle la estampa a Lazar alegando que sería absurdo que la malgastara dándomela a mí, que yo no creía, quise decirle que no podía llevármela a casa, que si mi hijo la veía haría preguntas difíciles y que mi compañero haría humor negro con ella, ya le veía preguntándome si era una carta perdida de una baraja, el rey de corazones, como mínimo… Pero sabía que Lazar no entendería nada así que me quedé con la estampa en la mano, mordiéndome la lengua, sonriendo incómoda, mirándolo, y era tan alto que para mirarlo tenía que levantar la cabeza y era tan ancho que tapaba el sol, y al mirarlo a los ojos me pareció tan magnético como el mismo Jesús. Y entonces temí que Elena saliera y me diera un ladrido y al final, hice el gesto de devolverle la estampa y él la cogió pero no se la guardó en el bolsillo sino que se la llevó al corazón y luego me la volvió a dar y como yo no la cogía, la deslizó en mi bolso. Durante todo aquel intercambio él no dijo nada, ni mañana, ni noche, ni sal, ni azúcar, ni nada y no le hacía falta porque sus ojos profundos y oscuros hablaban con una compasión infinita que yo no comprendería nunca. 

La estampa del Sagrado Corazón permaneció en un bolsillo interior de mi bolso durante mucho tiempo y ya ni recordaba que la tenía cuando para algún cumpleaños me regalaron un bolso nuevo. Al verla, me acordé de Lazar que para entonces ya no vivía en el barrio. Un buen día, la antigua pescatería amaneció con la verja bajada, cerrada a cal y canto. Nunca supimos qué fue de la familia, si acaso volvieron a su tierra o se mudaron a otra parte de Barcelona. Por lo que respecta a la estampa, aún no he podido deshacerme de ella, quizá me de respeto tirarla, o quizá sea porque le he cogido cariño. Durante algún tiempo estuvo dando vueltas por casa, hasta que fue a parar al fondo del cajón del mueble del comedor donde allí sigue

 

ccalduch@Aug 2, 2018

 

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Esqueletillo en el cajón (historias de Barna 11)

Un mañana estaba yo dando un sorbo al segundo café del día ante la ventana de nuestra galería que daba a una calleja estrecha, cuando vi a alguien abajo en la calle que habría de pesar en mi conciencia durante algún tiempo. Lo seguí con la mirada mientras cruzaba mi campo visual, un recorrido que duraba unos segundos, y tuve que admitir que si me había fijado en él era porque era justo mi tipo: alto, moreno, de hombros robustos, con el pelo negro, algo largo sobre la frente. Acabé de verlo pasar algo deslumbrada, como quién ve salir el sol, anoté la hora (diez menos cuarto) y volví al despacho donde me esperaba el trabajo del día.

Al día siguiente a la misma hora, las diez menos cuarto de la mañana, volví a pararme ante la ventana preguntándome si el mismo tipo del día anterior volvería a pasar. Para mi sorpresa, sí lo hizo. Y al día siguiente también, y al siguiente.

Aquello se convirtió en rutina. Hacia las nueve cuarenta de la mañana me preparaba el segundo café del día y me paraba ante la ventana a esperar a que apareciera el extraño, lo seguía con la vista hasta que se desvanecía por la esquina y luego volvía al trabajo.

Durante unas semanas tuve suficiente con verlo pasar y con la excitación súbita de haber de esconderme tras la cortina cuando me parecía que él miraba hacia arriba, hacia donde yo estaba. También me entretenía haciendo cábalas sobre cuál sería su destino tras pasar por la calle. Supuse que iría hacia la Rambla o quizá al mercado. Intrigada, decidí seguirlo.

Una mañana dije en casa que tenía que bajar al súper a comprar café, salí a las nueve cuarenta en punto y bajé la escalera con el corazón batiendo a mil. Me escondí en una esquina como un ladrón y esperé. Él tardaba y yo me pregunté si justo aquel día habría decidido hacer otro recorrido, pero al poco apareció y yo me pegué a su sombra al verlo pasar y lo seguí hasta la Rambla donde se paró ante una tienda de discos.

Al parecer trabajaba allí porque sacó una llave y levantó la reja lo suficiente como para pasar por debajo. Una vez dentro, se volvió para acabar de subir la reja que rasgó el aire con aquel sonido metálico tan característico, y nuestras miradas se cruzaron un segundo. Ninguno dijo nada porque no había nada que decir, y yo pasé de largo. En la primera bocacalle de la Rambla torcí a la derecha y regresé a casa con las manos vacías. De esto último solo me di cuenta cuando entré en casa y mi compañero me preguntó si no había comprado el café. Dije que en el súper no tenían café y él me miró extrañado. Fue entonces cuando sentí la primera punzada de la culpa. Acababa de soltar, como quién no quiere la cosa, la segunda mentira.

Acuciada por la culpa, durante el resto del día debatí en mi mente la necesidad de olvidarme del tema. Era absurdo, peligroso e innecesario meterse en camisa de once varas, me dije. Pero un pequeño demonio en mi cabeza no me permitía pasar página y a la mañana siguiente me volví a parar ante la ventana a esperar a Discman, que es como había bautizado al vendedor de discos.

 

Un buen día mi compañero y yo pasamos ante la tienda de discos y en el escaparate vimos el último CD de un grupo de moda que a él le llamó la atención. Quería entrar y mirárselo mejor pero yo dije que teníamos que ir a buscar al niño al colegio y que aún teníamos que ir a la compra. Él miró el reloj y dijo que había tiempo. Como no pude alegar ningún motivo de peso que justificara mi negativa, entramos.

Yo me entretuve revolviendo CDs de música clásica en un lateral de la tienda. Un CD de Mozart, algo polvoriento, me llamó la atención y le di vueltas en la mano. Era la sinfonía Júpiter pero el precio que marcaba era elevado y al final lo devolví al cajón. Mientras tanto, mi compañero y Discman conversaban sobre música y sobre el grupo en cuestión. Discman se mostraba afable y al parecer era un entendido. Tenía los ojos grandes y oscuros, una bonita sonrisa de vendedor y una voz agradable. Yo lo miraba de reojo a la vez que temía estar siendo demasiado evidente. Me urgía escapar pero habría resultado sospechoso que saliera a la calle de repente así que aguanté el tipo y puse cara de póker. Hecha la compra, Discman metió el CD en una bolsita de plástico roja con el logotipo de la tienda y se lo dio a mi compañero. Salimos a la calle y él me preguntó si me pasaba algo, al parecer estaba seria. Le dije que no me caía bien el vendedor de discos.

–Pero, ¿qué dices? ¡Si es la mar de majo!

–Es un guaperas, un creído y un chulo piscinas –repuse.

Mi compañero confesó no entender mi postura y me dejó como caso perdido. Al llegar a casa sacó el CD de la bolsa que quedó abandonada en el sofá, y lo puso. La música era interesante, tenía tintes de folk irlandés y jazz. Cuando me preguntó si me gustaba solo dije “Bah” y él afirmó entonces que definitivamente estaba muy rara. Apagó el estéreo y salió a buscar al niño al colegio. Entonces cogí la bolsa roja, como el avaro se abalanza sobre unas monedas, y la metí en el último cajón de mi mesilla de noche. Me hice una nota mental para solo abrir aquel cajón y mirar la bolsa cuando estuviera sola en el dormitorio. Temía que si él se daba cuenta de que guardaba aquella bolsa como oro en paño, me vería obligada a dar alguna explicación. Me esforcé en idear posibles explicaciones por si aquello ocurría, pero no hubo necesidad. Cuando, pasado el tiempo, irremediablemente llegó el día en que yo olvidé que la bolsa estaba allí y mi compañero abrió el cajón para guardar algunos de mis calcetines y la vio, simplemente creyó que yo la había conservado, junto con el tiquet, por si el CD tenía algún defecto. Tal bondad e ingenuidad de su parte solo sirvió para exacerbar mi sentimiento de culpa.

Entre tanto, Discman seguía pasando por la calle a la hora acostumbrada y yo seguía parándome a verlo, sin imaginar que aquel affaire unilateral del que me sentía culpable hasta las trancas, tenía los días contados.

Un día mi compañero llegó a casa con dos CDs en su correspondiente bolsa roja con el logotipo de la tienda de discos y anunció:

–Van a cerrar la tienda de discos en la Rambla. Está todo a mitad de precio.

–¿Qué? ¿Y por qué? –exclamé, con algo más de exaltación de la que cabía presuponerme, teniendo en cuenta que yo no compraba nunca música.

Al darme cuenta de mi exagerada reacción, enrojecí hasta el colodrillo. Él no lo notó, al parecer, y solo se encogió de hombros.

–Supongo que por la piratería –dijo.

–¿Y ahora qué? ¿No dijiste que era la única tienda de discos del barrio? ¿Y los empleados qué, es que nadie piensa en la gente que se va a quedar sin trabajo?

Sorprendido por mi repentino interés en el tema, él siguió hablando sobre la piratería, dijo que acabaría por aniquilar las tiendas de discos igual que en los ochenta los videos habían matado a los cines de barrio.

No podía creerlo y me dije que tenía que verlo con mis propios ojos. Al día siguiente fui a la tienda de discos. Los escaparates estaban casi vacíos, todo tenía un aspecto triste y dejado, grandes letreros amarillos anunciaban liquidación por cierre en letras negras que sobre el amarillo hacían daño a la vista. Cogí aire como quien se tira a una piscina y abrí la puerta. La campanilla sonó desesperadamente cuando la puerta cayó sobre sus goznes.

Discman estaba tras el mostrador revolviendo entre cajas. Al verme entrar, anunció que todo estaba a mitad de precio y me preguntó si buscaba algo en concreto. Con el corazón en la garganta y toda la sangre agolpada en la cara, dije que no.

–No queda mucho –añadió.

No sabía qué hacer. De hecho, no sabía qué había ido a hacer allí, mi mente era un batiburrillo de emociones y pensamientos, así que fui hasta la sección de música clásica como por inercia. Allí seguía el CD de Mozart que había visto meses atrás, lo saqué de entre el resto de CDs que quedaron abandonados en el cajón y lo llevé al mostrador.

–Buena elección –dijo él.

Saqué la tarjeta de crédito del bolso.

–Ah, no –dijo–. No puedo cobrar con tarjeta. Hemos desconectado el servicio.

No supe qué decir. Aquello era un contratiempo porque yo no llevaba metálico en el bolso. Pero de repente supe que quería aquel CD desesperadamente y él lo debió notar porque dijo:

–Mira, como que veo que tienes buen gusto no te lo cobro.

Me negué, dije que no lo podía aceptar, pero él ya lo había metido en una bolsa roja y lo había puesto en mi mano.

–Me pasaré a pagar mañana –prometí.

Él me despachó con un gesto sin más y sin advertirme de que aquel era el último día en que la tienda estaría abierta. Antes de salir me miró con sus ojos grandes italianos y sonrió. Yo no sabía que era la última vez que lo veía. Me fui a casa y decidí que regresaría al día siguiente con un plan mejor. Pero cuando volví al día siguiente, la tienda estaba cerrada.

Al poco se instaló allí una tienda de pinturas.

 

ccalduch@2018-07-07

 

 

 

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La última palabra (historias de Barna 10)

En aquella época un amigo nuestro del otro lado del charco estaba pasando una temporada en Barcelona, se alojaba cerca del centro y nos venía a ver bastante a menudo. Se llamaba Tom y era el típico eterno estudiante, de padres adinerados, algo hippy, con veleidades artísticas, pensamiento entre filosófico y esotérico, y que hablaba como si le dieran cuerda cuando bebía. Con todo, era agradable para nosotros disfrutar de la compañía de alguien como Tom y volver a tener sobremesas largas y conversaciones estimulantes que nos sacaran de nuestra cotidianeidad, así que cada vez que Tom se pasaba por casa era un motivo de celebración.

Un día hacia finales de junio Tom nos llamó y nos pidió prestada la cama plegable que teníamos en el cuarto de la plancha y que él había usado alguna vez cuando la sobremesa de la cena se había alargado hasta las quinientas, y a él le había dado pereza volver a su casa andando porque el metro había cerrado ya. La cama era para un amigo suyo que había de llegar a Barcelona en pocos días desde París y que había de pasar con él el verano. Al parecer eran amigos de infancia, hacía mucho que no se veían y ahora que habían coincidido en Europa tenían pensado reencontrarse en Barcelona, luego ir a los sanfermines –su amigo quería correr en los encierros–, y luego irían a pasar unos días a la costa.

El día en que Tom tenía que pasarse por casa a recoger la cama, nos lo encontramos en el portal con la cara descompuesta, mirando el panel de los timbres como si de repente todas aquellas combinaciones de números fueran indescifrables.

–¡Tom, estás bien? –le preguntó mi compañero dándole una palmada en la espalda.

Tom se volvió y nos miró como si no nos conociera. Luego dijo que no, que no estaba nada bien, que había ocurrido una desgracia. No podíamos imaginar a qué se refería pero no era cuestión de preguntarle allí, en la calle, qué había ocurrido así que subimos a casa y le preparamos una infusión de hierbas, receta de la abuela, que en mi casa siempre ha funcionado como mano de santo para minimizar los efectos de cualquier adversidad.

Tom se tomó el brebaje sin duda creyendo que le dábamos algo más fuerte que una infusión pero si lo notó no lo dijo, y a continuación nos contó lo ocurrido. Su amigo de infancia se había suicidado hacía dos días. Él se había enterado porque había llamado a los padres de su amigo para que le dieran el número de vuelo en el que había de llegar a Barcelona, ya que no lograba contactar con él. Su padre, que se puso al teléfono por casualidad porque ya estaban en la puerta a punto de salir hacia el aeropuerto, le había dado la mala noticia con voz llorosa.

–Si no hubiera llamado, habría ido al aeropuerto mañana a la hora acordada como si tal cosa y me habría pasado la mañana allí dando vueltas esperando, al ver que no llegaba ¿qué habría hecho? ¿qué se hace en un caso así? ¿cuándo decide uno que quién esperas no va a llegar?

Nos miraba como si aquellas preguntas requirieran una respuesta inmediata, como si no fueran meras preguntas retóricas, creadas por su mente que estaba a todas luces bajo los efectos del shock. Inoportunamente, el niño se acercó en aquel momento con dos aviones de juguete, uno en cada mano, que fueron a aterrizar en las piernas de Tom.

–Ahora no, cariño –murmuré yo apartando al niño.

–Déjalo, no me molesta –dijo Tom y le atusó el cabello al niño.

–Quédate a cenar con nosotros –propuse–. Y a dormir si quieres.

La velada fue sobria, salpicada de lamentaciones y de silencios incómodos.

–Es que no lo entiendo –se lamentaba Tom una y otra vez–. Tenía toda la vida por delante, un buen trabajo, muchos proyectos, se iba a casar el año que viene, no tenía ningún motivo para hacer lo que ha hecho. Sus padres están destrozados, no entienden nada y yo tampoco.

No sabíamos qué decir. La verdad era que no había mucho qué decir. Tom quería entender y era justo eso lo que le resultaba imposible y frustrante. Como suele decirse y echando mano del tópico, intentamos consolarlo con el argumento de que el tiempo todo lo cura. Tom pasó aquella noche en casa, pero apenas durmió, lo oímos dar vueltas gran parte de la noche, y cuando nos despertamos por la mañana ya se había marchado, dejándonos en la mesa del comedor una breve nota de agradecimiento.

Pasó algún tiempo antes de que volviéramos a saber de él. Me lo encontré un día de septiembre, por casualidad, en el centro que estaba lleno de gente debido a los actos festivos de la Mercè. Yo había ido a unos grandes almacenes a comprarle ropa al niño y al salir me encontré inmersa en un gran gentío del que intentaba huir por una calle lateral. Fue allí donde me crucé con Tom que iba de camino a un concierto, según me diría luego. Al verme, me saludó afectuosamente y me invitó a tomar algo.

Tanto él como yo teníamos algo de prisa pero aun así nos sentamos en una terraza y pedimos dos cafés. Tom me contó brevemente lo que había hecho durante el verano. Finalmente había decidido hacer la misma ruta que tenía planeado hacer con el amigo de infancia que había perdido poco antes del verano. Así que fue a los sanfermines y luego a la costa. Cuando le pregunté que le parecieron los encierros, no pareció muy impresionado.

–Pasan tan rápido que ni los ves –dijo encogiéndose de hombros–. Pero a Sean le hacía mucha ilusión ir a los encierros, por eso quise ir.

Entonces tuve la impresión de que había aceptado la muerte de su amigo de lo cual me alegré.

–Veo que te encuentres mejor –dije.

–Sí, por fin he logrado comprenderlo –dijo.

–Me alegro mucho.

–Logré hablar con él –añadió sin más.

–¿Con quién? –pregunté extrañada.

–Con Sean, mi amigo –hizo una pausa para dar un trago al café y luego siguió–. Acudí a un sanador que me puso en contacto con él. El tipo no me conocía de nada y tampoco sabía nada de Sean, así que no puede haber trampa. Enseguida me dijo que había alguien por allí que quería hablar conmigo. Era Sean. Yo no lo podía creer. Me dijo que había decidido marcharse porque no le gustaba la vida que llevaba, que era la misma que había vivido ya muchas otras veces y que quería vivir una vida distinta y que para eso solo cabía volver a nacer. Dijo que no debíamos lamentarnos por él y que le transmitiera eso a sus padres y a su prometida.

Supongo que Tom leyó en mis ojos la incredulidad y decidió dejarlo en aquel punto.

–¿Y has hablado ya con ellos? –pregunté intrigada por la reacción que los padres de su amigo habrían tenido.

–No, aún no, pero lo haré en cuanto regrese. Por cierto, me marcho a últimos de octubre.

–Oh, vaya –dije–. Qué pena.

–Antes de irme os iré a ver, lo prometo.

–Sí, ven, que nos tienes un poco abandonados –me quejé.

Al poco nos despedimos, él se dirigió hacia el meollo de la acción que se concentraba en la plaza Catalunya y yo me fui en dirección contraria, hacia el metro.

Durante el trayecto hasta casa, le di muchas vueltas a la extraña historia que Tom me contó. No podía esperar llegar a casa para contárselo todo a mi compañero. Anticipaba que él no creería nada. Yo misma aún no sabía si creerlo o no, pero para mi sorpresa cuando se lo conté, él no se posicionó radicalmente en contra como sería de esperar.

–¿Tú crees que hay algo de verdad en lo que cuenta? –pregunté extrañada ante su reacción.

–La cuestión no es si es verdad o no –dijo él– sino que Tom cree que lo es y que eso le ha ayudado a superarlo, así que por mí nada que alegar.

Aquella reacción se me antojó muy hipócrita. Si yo alguna vez le había contado algo remotamente parecido a la historia de Tom, él lo había rechazado categóricamente. Ya estaba a punto de replicar recordándole el efecto placebo, los charlatanes, etcétera, o sea, los motivos precisamente alegados por él en otras ocasiones, cuando me di cuenta de que había cierta lógica en su argumentación, así que en el último minuto decidí ir contra mi instinto y morderme la lengua, y por una vez dejé que él se quedara con la dichosa última palabra.

 

ccalduch@2018-07-02

 

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