Reprobación a la lectoescritura

Yo no sé qué opinión tendrán, amigos, sobre lo que significa la escritura y la lectura. Pero déjenme que les advierta de algo: a pesar de todo lo que puedan haber oído sobre los beneficios de la lectura, leer es perjudicial. Lo digo con conocimiento de causa. Por lo que más quieran, no lean. No lean nunca si no quieren acabar engañados, o locos. Pero si deben hacerlo, que sea la lectura de estas líneas de advertencia su última lectura. Es el mejor consejo que puedo darles desde esta celda.

Si decidieran desoír mi consejo, si decidieran leer a pesar de todo, lean entonces, pero háganlo bajo su cuenta y riesgo. Lean, pero designen a un conductor iletrado para su vida. Y sobre todo, nunca, nunca, se les ocurra caer en el vicio de la escritura. Escribir es aún más pernicioso si cabe que leer. Si leer les puede llevar a la locura, escribir les puede llevar a la cárcel, si no lo creen, mírenme a mí.

Esta historia mía de amor-odio por los libros viene de lejos. Vayamos por partes.

Parte Primera

Un día en que estaba tan sola que sentía el aire crepitar a mi alrededor, leí un libro de Erich Fromm de una sentada. Lo leí rápidamente y sin apenas pararme a releer ni una línea. Me parecía que cuánto más rápido leía, menos sentía el dolor de la soledad en el centro del pecho. Así, por casualidad, inventé mi propio método de lectura rápida que me ayudó a sacarme el bachillerato, el curso de preparación para la universidad, la carrera y unas oposiciones que, según me dijeron los que pretendían animarme, “no se las saca ni Dios” (supongo que Dios no debía estar lo suficientemente motivado como para hincar los codos durante diez u once horas diarias durante un par de años como hice yo, pero eso es otra historia).

La euforia ante mi éxito, sin embargo, me duró poco. Pasada la novedad de mi empleo vitalicio, caí en la antigua rutina y los viejos sentimientos de soledad y desasosiego pernicioso regresaron para atormentarme de nuevo. Sentía que se agolpaban a mi alrededor, me subían desde las tripas y se apoderaban de mi carne y de mi sangre como la gangrena. Volví a recurrir a los libros, pero ya ni siquiera la lectura mitigaba la sensación de ahogo y podredumbre. Había desarrollado aquella técnica de lectura rápida tan eficientemente que encadenaba libros como un fumador canceroso encadena cigarrillos, y ya ni siquiera me surgían efecto.

Además, encontrar libros se volvió cada vez más difícil. Me conocían en todas las bibliotecas y librerías locales. Los libreros y bibliotecarios, al principio siempre afables, pasaban a mirarme con desconfianza cuando empecé a comprar siete u ocho libros a diario o sacaba de la biblioteca una bolsa llena de libros. Rápidamente quemaba librerías y bibliotecas (no en el sentido literal, entiéndase, sino en el sentido de agotar sus recursos) y debía buscar otras cada vez más lejanas, lo que me llevaba a pasar horas en la carretera, a veces habiéndome de escabullir del trabajo para llegar a una nueva librería antes de la hora de cerrar. Pero los bibliotecarios y los libreros deben tener sus técnicas de intercomunicación (tan sutiles, tan eficientes y a la vez tan secretas que los veo capaces de desdeñar las nuevas formas de comunicación por inseguras, y enviarse los unos a otros fotografías de los presuntos delincuentes bibliográficos por paloma mensajera), así que a menudo encontraba las mismas miradas desconfiadas e incluso, a veces, me encontraba con el cartelito de cerrado, aun balanceándose ligeramente de un lado a otro sobre el cristal de la puerta, señal inequívoca de que lo acababan de colgar con precipitación, mientras el librero se parapetaba rápidamente tras el mostrador, como si el mostrador fuera la barrera de un coso taurino y yo un toro negro de quinientos kilos.

Todo esto me llevó a concluir que, si no podía acceder ya a los libros, y aun cuando lo hacía, éstos tampoco me ayudaban demasiado, no me quedaba otra que hacerme escritora.

Parte Segunda

Dada la imposibilidad de encontrar libros que mitigaran mi soledad, me decidí por la escritura. Esto hizo que durante un tiempo la sensación de angustia vital que me perseguía pasara a un estado latente que me permitió respirar un poco. Desempolvé los diccionarios, me agencié de un buen procesador de textos y coloqué un escritorio rectangular de madera buena bajo una ventana en una estancia bien iluminada.

Así pertrechada, me senté a escribir. No sabía qué quería escribir, pero siempre acababa por salir algo. Escribía por la tarde y por la noche. Muchas veces me daban las tres y las cuatro de la mañana ante el ordenador. No me resultaba difícil, una vez emergía una línea narrativa, seguir la corriente. Había leído lo suficiente como para haber adquirido, casi por ósmosis, las técnicas simples de personificación, narrativa, etcétera, necesarias para componer una historia. En poco más de un mes había escrito un esbozo de novela. Era una novela sui géneris, con personajes algo desequilibrados y una trama errática. El final era abierto. No contaba con amistades a quién pudiera dársela a leer para saber su opinión, así que me aventuré en el mundo del internet y la publiqué en un blog bajo un pseudónimo.

Al principio, los visitantes llegaron como palomas a las que se les echa miguitas de pan. Primero una tímidamente, luego otra, pronto un grupo de cinco, luego todo un palomar. Me entraban los comentarios a tropel en el blog. Me animaron a acabarla, a pulirla, a redondearla. Todos los que entraban elogiaban lo que había escrito. Yo no comprendía por qué. No me parecía que fuera demasiado bueno. Además, había escrito la historia en tiempo récord. Yo sé que las novelas buenas llevan sus buenos tres años de composición, así que no tomaba en serio los elogios. La mayoría de visitantes eran a su vez blogueros y escritores trasnochados, como yo, y supuse que buscaban que yo, a mi vez, comentara y elogiara sus obras también. No lo hice, no por falta de interés, sino por falta de tiempo, y eso hizo que algunos de ellos se marcharan de mi blog indignados. Pero tampoco tenía ningún contrato con ellos, me decía, y así seguí escribiendo hasta que un día llegó a mi blog una propuesta de una editorial.

Parte Tercera

La editorial se presentó a través de mi blog con un mensaje en el que me pedía que enviara muestras de escritura. Me costó creer que la propuesta fuera verídica. Uno de los efectos secundarios de la soledad absoluta es la falta de confianza en el ser humano. Eso se nota. Se nota mucho. Así que les pedí muchos detalles para cerciorarme de que eran de fiar. Ellos me invitaron a conocer la editorial de primera mano. Me enviaron toda la información habida y por haber: el sitio web, la dirección física y fiscal, hasta su CIF, y me dijeron que me enviarían un taxi para llevarme hasta allí o si lo prefería un representante podría desplazarse hasta mi casa para explicármelo todo.

No contesté. Dejé pasar los días. Si les interesaba lo suficiente insistirían, me dije, como cuando a uno le llaman por teléfono y no contesta. Entre tanto me dediqué a lo mío. Seguí escribiendo sin dejar que los elogios afectaran mi rutina. Alguien me había dejado escrito en el blog que yo era un diamante en bruto, algo que me había hecho enrojecer, y al tiempo hizo emerger en mí un sentimiento vanidoso muy acusado, una debilidad que me habría de costar cara.

Pensar en todo aquello me hacía perder el sueño. Amanecía y yo tenía los ojos clavados en el techo. Me asustaba el éxito más que el fracaso. Me decía que si conseguía el éxito era probable que me pasara igual que me había pasado con los libros y que lo que ahora tenía, es decir, una nueva manera de mitigar el dolor, podía desaparecer, deshacerse, esfumarse, y entonces, ¿qué me quedaría? ¿cómo taponaría la herida? Sin embargo, la editorial siguió insistiendo y al final acepté.

Parte Cuarta

Fue todo muy rápido. Fue como si hubiera ido a uno de esos concursos en los que descubren cantantes que hasta el momento solo le han cantado a su gato y que se descubren de repente ante el mundo con una voz prodigiosa.

Una representante de la editorial se erigió como mi editora. Se llamaba Enriqueta López. Queta para los amigos. Y nosotras dos éramos amigas ahora, me dijo sonriendo, así que a partir de ese día debía llamarla Queta. Yo me quedé muda. Por fin tenía una amiga, pero no sabía bien qué comportaba ese rol. Se lo pregunté. Ella me confirmó que no comportaba nada especial, solo hablar y escuchar a la otra persona, pero sobre todo, a partir de ahora, yo debía centrarme en escribir y ella se ocuparía de todo lo demás, dijo.

No me engañó en cuanto al trabajo. La editorial se ocupó de registrar mi blog, registrar mis escritos en la oficina de la propiedad intelectual y de codificar mi ordenador para que nadie pudiera sustraer ninguna de mis líneas, ni mis ideas. Como si mis ideas fueran tan originales, pensé, aunque no dije nada por no hacer enfadar a mi nueva amiga que parecía tener una gran fe en mi futuro como escritora.

Queta me envió un estilista a mi casa que me tiñó de rubia y me hizo las cejas. Yo nunca me había hecho las cejas antes y me lloraron los ojos durante una hora. Queta también hizo que me enviaran ropa nueva, zapatos de tacón y un fotógrafo que me hizo un millón de fotos. ¿Qué tenía todo eso que ver con la escritura?, me preguntaba yo, pero no quería decepcionar a mi amiga, así que lo aceptaba todo con una sonrisa resignada.

Queta me convenció para que pidiera una excedencia en el trabajo, iba a ganar mucho dinero a partir de ahora, mi vida iba a dar un vuelco radical, ni siquiera podía soñar con lo que me esperaba, pero para eso debía dedicar todos mis esfuerzos a escribir, dijo. Acepté el trato. La editorial me dio un adelanto, solicité la excedencia y me la concedieron sin problema.

Dejar de ir a mi trabajo diurno fue una liberación. Ahora podía llevar una vida normal. Tenía tiempo para escribir durante el día y podía dormir durante la noche. Pero me costó acostumbrarme al cambio de ritmo. A mis ideas, que como las babosas o las lechuzas estaban acostumbradas a salir a paseo bajo la luz de la luna, también les costó acostumbrarse al cambio.

Saber que escribía en serio, y no por la razón por la que lo había hecho hasta entonces, también me afectó. Me pasó como a aquel jugador de fútbol de viernes noche al que de repente ficha un equipo de primera y se pone nervioso porque olvida que el campo de fútbol de primera no es más grande que aquel donde había jugado hasta entonces. Es decir, me entraron las inseguridades, y el bloqueo del escritor me rondó durante un tiempo como una gripe. Pero seguí adelante y pronto tuve mi primera novelilla, con su título, sus párrafos pulidos y sus personajes bien redondeados, terminada como Dios manda. Queta se la llevó un viernes por la tarde y el lunes me llamó eufórica para decirme que iniciaría los trámites para la publicación y que debía pasarme por la editorial sin falta para firmar el contrato.

Parte Quinta

Se decidió que la novela saldría para San Jordi. Se organizaron lecturas, firmas de libros en librerías, lo típico. Yo debía participar en la promoción, sí o sí. No me gustaba mucho aparentar, menos dar discursos en público, siempre que hablaba en público me subía el corazón a la garganta, me sudaban las manos, veía puntos de luz ante los ojos. Pero me comprometí a hacerlo todo según el manual, porque ahora tenía una amiga y no quería decepcionarla.

También conocí a otras personas que trabajaban para la editorial. Fue en una cena. Queta me envió un vestido de color lila muy bonito y un coche que me recogió en mi casa puntualmente. Yo creí que ella también estaría allí, pero cuando llegué no la vi por ninguna parte. Pregunté por ella y me dijeron que no había podido asistir, que tenía otro acto con un grupo de escritores. Me sentí perdida. Sola, en medio de un grupo de personas que no conocía, me faltaba suelo bajo los pies. Me pregunté por qué no había podido ir yo a aquel otro acto, qué más daba, si no conocía a nadie, ni aquí ni allí. Al menos conocía a Queta.

Pero no podía marcharme o me ganaría fama de rara, me dije. Aguanté como pude. Hablaba cuando me preguntaban, pero me costaba iniciar de motu propio una conversación. Era un grupo diverso, una mezcla de hombres y mujeres que hablaban todos a la vez y parecían genuinamente divertidos. Algunos me parecieron un poco pedantes, la verdad, pero había un hombre con los hombros enormes y cabello negro que estuvo callado casi toda la cena, me miraba y sonreía y durante los postres acabó sentado a mi lado por no sé qué carambola o juego de sillas. Se presentó. Se llamaba Armand. Yo hice lo propio. Él me dijo que ya sabía quién era yo, que Queta le había hablado mucho de mí y que tenía ganas de conocerme mejor. No comprendí qué quiso decir con eso de mejor, y así se lo dije. Él se echó a reír, dijo que Queta ya le había advertido de que yo era así. ¿Así cómo?, pregunté, pero él solo me cogió la mano y se la acercó a los labios. Antes de marcharse, depositó bajo mi vaso una tarjeta con un número de teléfono.

Hubo otras cenas, otros actos. La editorial me invitaba a fiestas, a entrega de premios y Armand siempre estaba dispuesto a acompañarme. Al final, a fuerza de vernos, acabamos conociéndonos mejor, como él había sugerido. Era encantador, atractivo, tenía una conversación agradable, no se enfadaba nunca y era muy agradable estar acompañada por las noches. Armand no era escritor, como yo había dado por supuesto al principio. Aún recuerdo cómo rió cuando se lo pregunté. En realidad, nunca supe cuál era su oficio, si es que lo tenía. En realidad, la mayoría de las personas que pululaban por la editorial no eran escritores. Los escritores éramos la minoría, éramos las “raras avis”, los maniáticos a los que se mimaba y a quiénes se les perdonaba todas las excentricidades; los otros, los normales, eran los que vivían del cuento.

Parte Sexta

Así que aquella era la vida rutilante del escritor que Queta me había prometido. Y por primera vez yo dejé de sentir la soledad lacerante que me había acompañado toda la vida. Creía firmemente que todo me había llevado hasta aquel punto para que por fin dejara de estar sola. Creía que a partir de ahora podría ser feliz. Pensé que ni siquiera tenía que seguir escribiendo, que podría dedicarme a vivir, quizá volvería a mi puesto de funcionaria, pero a media jornada, para tener tiempo de disfrutar de la vida.

Se lo dije así a Armand, pero éste me miró con el ceño fruncido, aunque enseguida suavizó la expresión. Sonrió y me envolvió con sus brazos enormes. Me dijo que estaba confundida, mareada por todo el trajín de la editorial, que no estaba acostumbrada a todo aquello, que era normal que quisiera alejarme, y que lo mejor sería que me tomara un descanso. Sugirió marcharnos de escapada un fin de semana. Estuve de acuerdo. Él lo organizó todo y fuimos a París. Nunca había estado allí. Armand estuvo muy amable y cariñoso, pendiente de todas mis necesidades. Todo fue fantástico.

Pero a la vuelta yo seguía con la de idea de dejar de escribir. Lo tenía cada vez más claro. Es más, no quería ni siquiera que mi primer libro viera la luz. Me había dado cuenta de que era superficial, malo, poco digno. Quería olvidarme de la escritura y dedicarme a vivir. Hasta ahora había sido al revés. Solo había leído y escrito y no había vivido nada porque no tenía con quién vivir. Pero ahora…

Armand no lo entendió. No te entiendo, no te entiendo, exclamaba. Enseguida llamó a Queta, que acudió rápidamente para controlar la situación. Me cayó una buena. Queta habló de incumplimiento de contrato, de fraude, me amenazó con tribunales, juicios, cárcel. Armand callaba. Yo no podía creer lo que estaba ocurriendo. Queta me miraba por primera vez desde una distancia insalvable, como si de repente fuéramos extrañas. Pero, ¿me estás diciendo que te vas a echar atrás ahora, con el libro ya en la imprenta?, gritó al final, cuando le quedó claro que no podría hacerme cambiar de opinión. Intenté explicarme, pero ella no me escuchaba, solo daba vueltas por la estancia como un león enjaulado. Ella había dicho que los amigos se escuchaban los unos a los otros, pero ella no me estaba escuchando. En realidad, no era una amiga. Nuestra amistad había sido un espejismo.

Antes de marcharse se volvió a Armand y le dijo que más le valía convencerme para que me quedara quieta en el sitio, y antes de salir dando un portazo, me advirtió con voz dura de que si no cumplía el contrato me tendría que atener a las consecuencias.

Pero no había nada que Armand pudiera decir o hacer para convencerme, por más que lo intentó. Le dije que se marchara. Me había dado cuenta de que mi relación con él también había sido un espejismo. Lo último que vi de él fueron sus hombros enormes atravesando la puerta. Volvía a estar sola, como siempre lo había estado. Me querían quieta en el sitio. Obediente. Fue entonces cuando se me ocurrió quemar la imprenta para que la única luz que viera mi libro fuera la luz purificadora del fuego.

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ccalduch ©

19.2.17

 

 

 

 

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¿Lo ves ahora, ángel?


Llego tarde, muy tarde. Me he dormido. Es imperdonable. Pero es el jet-lag. La falta de sueño. Corro, pero por más que corra, no consigo ir más deprisa y el tiempo no deja de correr en mi contra. Tengo sensación de irrealidad, de pesadilla. A cada tanto me paro, me doblo por la cintura y espero a que me vuelva el aliento y luego echo a correr de nuevo. Juraría que me sigue un viejo. Pero es imposible, ¿quién podría seguirme a este paso? Seguro que todo son manías, manías mías.

*

Tengo manía persecutoria y se debe a que tengo cargo de conciencia. Todo empezó al bajar del avión hace unos días. Robé un libro de una biblioteca. Lo necesitaba para defender mi teoría. El libro es el eslabón perdido de una larga cadena. Tras pasar años entregada a una búsqueda frenética, me quedaban pocas esperanzas de encontrarlo, pero gracias a una casi imperceptible pista que encontré en internet logré dar con la biblioteca que alojaba el incunable que ahora tengo en mi poder.

Es probable que este sea el único ejemplar en el mundo de una novela de una autora medieval desconocida para el mundo, Eilean de Léves. La vida de la Eilean histórica se cuenta en tres trazos rápidos: nacida hacia 1130 en el castillo de Donan, en Loch Duich, Escocia, fue raptada en la adolescencia por un caudillo normando que la vejó primero para abandonarla luego en un convento en Francia donde pasaría el resto de su vida. Hasta ahí el personaje histórico, no demasiado distinto a tantos otros. El problema comienza cuando nos adentramos en su faceta de novelista, que ha sido motivo de dudas y agrias discusiones en los círculos medievalistas durante años.

¿Qué importancia podría tener una autora medieval hoy día en que las máquinas escriben novelas y la mayoría de lectores se conforman con narrativa de usar y tirar? Pues la tiene, y bastante. Porque de Eilean de Léves pende toda la tradición artúrica. Y de la tradición artúrica pende toda una serie de movimientos literarios que alcanzan hasta la actualidad.

Sí, estoy en disposición de afirmar que Eilean es la verdadera creadora del Erec y Enid, El caballero de la carreta, El Lancelot del lago, y otras tantas obras cuya autoría se ha regalado a Chrétien de Troyes durante siglos. Y este hallazgo representa por un lado devolverle a Eilean lo que merece como autora, y por otro, en una faceta más personal, significa el restablecimiento de la reputación y de la figura de mi querido profesor, Alexander Brok.

Alexander Brok (1950- ?) fue un medievalista checo que trabajó como profesor en la universidad donde yo estudié –hablo de él en pasado porque lo supongo muerto aunque nunca se haya encontrado su cuerpo. Brok fue un gran profesor. Era de apariencia tímida, era algo huraño, un mordedor de uñas empedernido, de cabello oscuro y voz profunda, de mirada aguda y sagaz. Fue profesor mío de literatura románica durante dos cursos, casi tres. Tenía 38 años y yo 20, y como suele pasar, mi admiración por él rayaba en el enamoramiento.

Era uno de los mejores medievalistas del mundo y estaba escribiendo un libro sobre Eilean de Léves cuando la universidad decidió prescindir de sus servicios. Sus alumnos no recibimos ninguna explicación formal. Simplemente nos encontramos con el aula cerrada y un cartel en la puerta anunciando que se suspendían las clases hasta nuevo aviso. A los pocos días apareció una profesora nueva para retomar las clases de Brok. Era una profesora amable y comprensiva, pero no estaba a la altura de Brok. Aun estábamos en la época soviética y los alumnos no estábamos acostumbrados a reclamar, así que no se nos ocurrió ir a quejarnos ni a preguntar qué había sido del antiguo profesor. Un día la profesora nos contó un rumor que circulaba acerca de Brok. Era una historia estrambótica que sin duda filtraron desde la misma universidad con la única intención de que se corriera el rumor de que Brok había recibido una oferta de una universidad en la RFA y que le había faltado tiempo para hacer las maletas y cruzar el muro. Durante algún tiempo di por supuesto que eso fue lo que ocurrió y me sentí decepcionada. La verdad no la sabría hasta el semestre siguiente.

**

Un domingo antes de que acabara el año fui a visitar a mis abuelos y cuál sería mi sorpresa cuando me topé con Brok por la calle. Yo estaba esperando al tranvía para regresar a la residencia cuando lo vi. El corazón me saltó en el pecho, pero el alma me cayó a los pies. Estaba muy desmejorado, se había dejado barba, tenía ojeras y sus ojos ya no brillaban. Hacía frío y estaba a punto de nevar, pero él iba vestido con un traje de entretiempo y no llevaba abrigo ni sombrero. Me reconoció, lo supe al instante por el destello fugaz de los ojos que delata el reconocimiento de un conocido, pero no se detuvo, sino que echó a andar rápidamente. Lo llamé varias veces, me costó encontrar mi voz al principio, y él se volvió una vez y me miró con miedo. Me di cuenta de que si no apretaba el paso lo perdería y entonces eché a correr. Cuánto más corría yo, más deprisa caminaba iba él. Yo iba cargada con una bolsa de ropa limpia y otra con comida que mi abuela me había preparado y me costó lo mío seguirle el paso hasta que por fin se detuvo en seco y se volvió a mí.

Su actitud me pareció muy extraña, pero estaba tan emocionada al verlo que solo se me ocurrió preguntarle si había decidido volver a la universidad. Él no pareció comprenderme.

– ¿Es comida? –preguntó en un murmullo, señalando una de mis bolsas.

Asentí y le di la bolsa, que él cogió mirando con miedo a nuestro alrededor. Luego echó a andar rápidamente.

-Gracias, ángel -dijo antes de desaparecer- no le digas a nadie que me has visto.

Ángel. Me había llamado así una vez en clase, una vez que yo le pregunté si el rey Arturo no se enteraba de lo que hacía Ginebra o si era que no quería enterarse, y por qué aun cuando se enteraba todo parecía quedar olvidado al pasar de un capítulo al siguiente. Me parecía que la acción era poco consecuente. Brok se acercó a mi mesa y me miró fijamente. “¿Cómo se llama usted?”, preguntó. Le dije que me llamaba Ángela y entonces él dijo: “Es bueno hacerse preguntas. Mira, ángel, no te importa que te llame así, ¿no? Me gusta más que Ángela, al fin de cuentas se supone que los ángeles no son ni masculinos ni femeninos, ¿no? Veamos, ¿por qué Arturo se hace el sueco? ¿Será porque no quiere enterarse, porque teme que su ira provoque el mal en el mundo? ¿O quizá hay otra explicación? Y es que el procedimiento narrativo en la novela artúrica no es linear, sino cíclico, cada episodio está contenido en sí mismo, o sea es individual, y siempre se regresa al mismo punto de partida, por eso da la sensación de que la acción se interrumpe y vuelve a empezar una y otra vez, ¿más preguntas, ángel?”

Entre el Brok que me habló así aquel día y el hombre que aquella noche se perdió entre las sombras como un mendigo había una diferencia abismal. La escena me dejó sumida en una gran tristeza.

***

Apenas pegué ojo aquella noche. El lunes por la mañana pregunté a mis compañeros de clase si habían sabido algo más de Brok, pero todo el mundo se encogía de hombros.  Pero ahora yo ya sabía que lo habían dicho sobre él era falso y se me ocurrió acudir a la profesora que lo había sustituido para ver si ella podría darme alguna pista más. La asalté a bocajarro por un pasillo y le dije que tenía que consultarle algo. Ella iba con prisas, tenía clase, dijo, pero notó mi desesperación y me invitó a visitarla en su despacho a última hora de la mañana para aclarar dudas.

Las clases de aquella mañana se me hicieron eternas. Pero al final el reloj dio la hora y me encontré en el despacho de la profesora. Cuál sería mi sorpresa cuando vi allí a otros cuatro alumnos con los que había coincidido en las clases de Brok. La reunión se tradujo en una clase de tutoría, la profesora me invitó a preguntar todo aquello que no tuviera claro sobre la clase, pero yo no tenía preguntas sobre la clase y no pregunté nada. La profesora no pareció extrañada, en cambio yo salí decepcionada porque no había logrado averiguar nada sobre Brok.

Uno de los alumnos presentes en la tutoría me esperó en la puerta. Se llamaba Oskar Jurgeson, y yo lo había visto algunas veces mirándome de reojo en clase. Me pregunté qué querría. Yo nunca le había prestado atención porque no tenía ojos más que para Brok.

-¿Has acabado las clases por hoy? –preguntó sosteniendo la puerta para que yo pasara.

-Sí, no tengo nada más hasta mañana, la clase de Brok, que por cierto… tú también estás en ella, ¿no?

Obviamente deslicé el nombre de Brok a propósito y Oskar cayó de lleno en la trampa.

-Pero, Brok ya no está, ¿no lo sabías?

-Sí, claro, que lo sé, pero para mí siempre será su clase. Lo echo mucho de menos. Tú no sabrás qué ha sido de él, ¿no?

-Dicen que se pasó al otro lado –dijo Oskar bajando la voz.

-Eso no es verdad –dije yo también bajando la voz.

– ¿Cómo lo sabes?

-Porque lo he visto.

– ¿Cómo que lo has visto?

-Ayer mismo, en la Amtsplatz.

-¿Y qué hacías tú en la Amtsplatz?

-Mis abuelos viven allí.

-Ya veo. Mira, aquí no podemos hablar. Te quería proponer una cosa… Si quieres nos vemos de aquí a una hora en la biblioteca de latín. ¿Vendrás?

Había urgencia en su mirada. Asentí, y aún no sé por qué, ya que era evidente que yo tenía más información sobre Brok que la que Oskar me podía ofrecer, pero aun así le prometí que iría.

****

Las clases habían acabado y quedaba poca gente por los pasillos de la universidad. Maté media hora en la cafetería y luego otra media hora buscando en el directorio general la biblioteca de latín. Cuando se hizo la hora en que habíamos acordado vernos me dirigí hacia allí. En la misma puerta de la biblioteca me encontré con Oskar que, después de comprobar que no me habían seguido, me hizo entrar.

La biblioteca estaba vacía. Las luces estaban apagadas y no había nadie en el mostrador de préstamos. Por un momento temí que Oskar me hubiera hecho ir hasta allí bajo un falso pretexto para no sé bien qué hacer conmigo. Siempre fui desconfiada. Por eso me enamoraba platónicamente de hombres inalcanzables como Brok.

Oskar, ajeno a mis recelos, se acercó a una de las estanterías y sacó unos tomos gruesos de Cicerón -las Catilinarias y las Filípicas- que dejó a un lado sobre una mesa. Recuerdo el nombre de los libros porque eran siempre los mismos tomos los que apartábamos para entrar en el refugio. Luego, Oskar golpeó en el fondo de la estantería, dio tres golpes rápidos y dos golpes más espaciados, y entonces empujó la estantería hacia un lado. Tras la estantería se abrió un paso estrecho que daba a un compartimento interior. Oskar entró e hizo un gesto para que lo siguiera, cosa que hice no con poco de miedo.

Sentados alrededor de una mesa redonda, vi a los tres estudiantes con los que había coincidido en la tutoría de la profesora visitante. El espacio estaba iluminado por una lamparilla que emitía una luz ámbar y sobre la mesa había un fajo de papeles escritos a máquina y atados con una goma.

-Esta es Ángela–dijo Oskar –y estos son Stent, Rant y Pietr.

Los tres me miraron serios y me saludaron con un gesto frío.

-La he invitado porque igual que nosotros está preocupada por Brok y además sabe algo sobre él –anunció Oskar sentándose a la mesa y haciéndome un gesto para que me sentara a su lado.

-¡Qué va a saber esta! –masculló uno de ellos.

-¡Esto es una imprudencia, Oskar!  -dijo otro.

-¿Cómo puedes estar seguro de que no hablará? –dijo el tercero.

– Yo respondo por ella, la conozco y es de fiar –dijo Oskar y se volvió a mí -¿o me equivoco?

No nos conocíamos tanto él y yo, pero me dije que no sería lo más conveniente en aquel momento ponerse puntillosa con la semántica, así que les dije que podían confiar en mí totalmente.

-Nos hacemos llamar los Brokados –siguió Óskar.

-¡Pero, ¿qué dices? –se quejó uno de ellos –¡aún no lo habíamos votado!

-Si nos vamos a poner a discutir otra vez por el estúpido nombre del grupo me marcho –advirtió  Oskar serio, luego se volvió a mí: -mira, resumiendo, sospechamos que Brok cabreó a mucha gente por ir en contra del canon y que se lo han quitado de encima, así, chac, chac –dijo, chasqueando los dedos.

-¿Qué es eso del canon? –pregunté.

Los otros resoplaron.

-¡Pero si no sabe nada!

-¡Que no se entera!

-¡Increíble! ¿De dónde ha salido!

Me sentí mal por no saber lo que era el canon, pero no estaba dispuesta a irme con el rabo entre las piernas, así que los ignoré y miré a Óskar.

-Brok estaba escribiendo un libro –siguió Óskar señalando los papeles en la mesa- ahí está lo que queda de él. Evidentemente no llegó a acabarlo.

Creo que miré los papeles sobre la mesa con avidez porque uno de ellos pasó la mano alrededor del fajo y lo alejó disimuladamente de mí.

-La premisa básica del libro de Brok es que Chrétien de Troyes no existió y que sus novelas fueron escritas por una mujer, Eilean de Léves, una princesa escocesa contemporánea de Chrétien que adoptó ese nombre como pseudónimo. Brok expuso su teoría ante la facultad y al hacerlo levantó muchas ampollas. Ellos intentaron convencerlo para que no publicara, pero Brok no dio su brazo a torcer y entonces lo echaron. Es lo que se entiende como ir en contra del canon y pagar caras las consecuencias.

-¿En qué se basa Brok para afirmar que tal cosa? –pregunté después de recuperarme de la sorpresa.

-En que las historias de Eilean son calcaldas a las de Chrétien.

-¿Y no es posible que fuera ella quién lo copiara a él?

Los otros tres volvieron a resoplar impacientes.

-No, no, no, según Brok, las obras de Eilean son anteriores –siguió Oskar -Sin embargo, mientras Chrétien ha llevado la corona de laurel durante siglos, Eilean ha dormido en el olvido, y es eso lo que Brok quería cambiar con este libro, pero no es fácil conseguir una novela de Eilean, por no decir imposible con lo que no hemos conseguido contrastarlo. En teoría, los originales se conservan en la biblioteca de Basilea, pero cada vez que hemos solicitado ver alguno nos han dicho lo mismo: “Ejemplar retirado temporalmente para reparación”. Sospechamos que Brok se encontró con las mismas dificultades, con lo que su teoría no está confirmada, de todas maneras no podemos saberlo a ciencia cierta porque no acabó el libro.

-¿Y solo por decir que Eilean es la verdadera creadora de la novela artúrica lo echaron? –exclamé -¡eso es ridículo! ¿No será que no tenía carnet del partido o que fue crítico o…?

Los cuatro se miraron entre ellos como si no hubieran pensado antes en esa posibilidad.

-No, no, Brok era del partido, tenía que serlo –dijo Oskar al final, aunque sin mucha seguridad.

-Lo que tú digas –seguí con mal humor al ver que no se tenían en cuenta mis opiniones- ¿Por qué me has invitado a esta reunión? ¿Cómo puedo ayudaros?

-Queremos restituir la figura de Brok –siguió Oskar con confianza renovada- y ahí es donde entras tú. Eres la única que lo ha visto después de que lo echaran de la universidad.

Los otros me miraron de repente con gran interés. Y entonces Oskar me pidió que les contara mi encuentro del día anterior con Brok. Así lo hice. La noticia los alteró bastante.

-¿Y ahora lo dices?

-¡Haber empezado por ahí!

-¡Vamos, no podemos esperar ni un minuto más!

Se pusieron en marcha. Insistieron en que los llevara al sitio exacto donde había visto a Brok. Les dije que era lejos de la universidad, pero no les importó lo más mínimo. Cabe de decir que los cuatro eran muy fieles al profesor, quizá por eso decidí formar parte de su grupo y guiarlos hasta el lugar donde lo había visto el día anterior.

Tras una hora de viaje en tranvía, llegamos a la calle de mis abuelos y en el punto en el que Brok y yo nos habíamos visto el día anterior, nos dispersamos con la idea de ampliar el campo de búsqueda lo máximo posible. Yo me adentré en un parque donde se concentraban grupos de mendigos y pedigüeños y lo busqué entre ellos, pero no logré dar con él. A las dos horas, nos encontramos los cinco, tal como habíamos acordado, en la parada del tranvía. Nadie había visto a Brok. Desilusionados, nos marchamos.

***

A partir de entonces empecé a frecuentar el grupo de los Brokados. Se reunían todos los jueves después de clase en el refugio de la biblioteca de latín. Uno de ellos, Stent, trabajaba allí como bibliotecario y era el encargado de cerrar al mediodía. Desde que les conté mi encuentro con Brok y los llevé al lugar donde lo había visto por última vez la actitud del grupo para conmigo mejoró notablemente. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca llegamos a averiguar nada sobre el profesor. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.

Con el tiempo los Brokados se cansaron de sus reuniones secretas. Creían que en la universidad sospechaban que estábamos buscando a Brok y que por eso sus notas habían caído en picado. Yo no lo creía, porque a mí no me había pasado eso, creo que simplemente se volvieron descuidados y no estudiaban lo suficiente.

Como fuera, el grupo se fue desmembrando hasta que solo quedamos Oskar y yo. Yo, porque no conseguía quitarme a Brok de la cabeza, y Oskar, aunque era evidente por su actitud que, al igual que los otros, se había cansado también del tema, lo usaba de excusa para seguir viéndome. Con el tiempo se daría cuenta de que no tenía nada que rascar conmigo, y cada vez nos fuimos viendo menos.  Al poco tiempo cayó el muro y todo cambió. Las estructuras de poder se desmembraron y los poderes opuestos a Brok se diluyeron. Acabé la carrera y me licencié en literaturas románicas, y ahora ocupo la plaza que un día fue la de Brok.

Ahora ya nadie recuerda quién fue Brok. Gracias a la ley de transparencia he podido consultar los ficheros de la policía secreta en busca de alguna pista que me lleve a encontrarlo, o al menos comprender lo que ocurrió con él, pero no he encontrado registros a su nombre. Quizá cayó en desgracia, como sostenía Oskar, tan solo por sus teorías literarias y no por nada político como yo temía. Sin embargo, el resultado es el mismo. Brok lleva desaparecido más de veinte años. Y yo he pasado esos veinte años buscándolo a él y a Elean. He leído tantas veces su libro inacabado que me sé de memoria párrafos enteros. Brok tenía razones consistentes para creer que sus postulados eran ciertos, pero le faltó aportar pruebas para probar sus tesis, habría bastado un ejemplar auténtico de una obra de Eilean como, por ejemplo, el que obra en mi poder y que hoy voy a presentar al consejo de la facultad de románicas juntamente con el libro inacabado de Brok, o mejor dicho, acabado en fecha de hoy. Acabado por mí.

**

“Señoras y señores: gracias por su presencia aquí esta tarde. Lo que estoy a punto de presentar ante ustedes es una obra sobre cuya existencia se ha debatido durante años y que llevó al menos a un hombre bueno a la perdición. Es probable que el ejemplar que presento aquí sea único en el mundo, es una novela de una autora medieval desconocida, Eilean de Léves. El primero en hablar públicamente de Eilean fue mi querido profesor…”

*

Murmullos de sorpresa se erigen entre el público. Reconozco a compañeros míos de facultad y a compañeros de estudios. Oskar está aquí también aunque me dijo que no podía venir. Al final ha venido y se lo agradezco. Reconozco a algún alumno mío al que le llevo quince o veinte años y que en clase me mira embelesado, es lo normal supongo. Me pregunto si me buscaría si yo desapareciera. El decano también está aquí y el vice-decano. Creo que están sorprendidos por mis palabras, pero no dejan de sonreír. En esta época de reivindicaciones, todos están preparados para aceptar lo que el método científico dé por bueno. Reconozco a la mayoría de los presentes en la sala y les sonrío mientras hablo. Finalmente muestro el original y se alzan más voces y murmullos. Entonces la sala estalla en aplausos. Veo a Oskar de pie. Aplaude y creo que llora. No esperaba esta reacción y me pilla desprevenida. Algunas personas se acercan al podio a felicitarme.

En el fondo de la sala se levanta un anciano. Bien vestido, con corbata, traje, lleva un paraguas en el que se apoya ligeramente al andar. Tiene el cabello blanco como la nieve. Había sido alto pero ahora está algo encorvado. Tiene los ojos vivos, la mirada sagaz. Se me para el corazón en el pecho, siento sensación de irrealidad. El viejo se acerca a la tarima. Me mira y murmura.

-¿Lo comprendes ahora, ángel, comprendes que en la narrativa como en la vida siempre se vuelve al punto de partida?

Asiento. No puedo sino darle la razón.

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Eilean Donan Castle, Loch Duich, Scotland.

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Corona de espinas

Estupendo. Se me cuelga el ordenador precisamente cuando estoy a punto de terminar un trabajo. Otra vez. Espero no haber perdido los datos como la semana pasada cuando se me colgó el Word y perdí un capítulo entero de una traducción, suerte que siempre las hago primero a mano y no había tirado aún los papeles. ¿Qué quieres? Si soy de la vieja escuela, y ya quisieran muchos serlo.

Pero sí que tengo mala pata con las máquinas. Empiezo a temer que mi energía sea incompatible con la electricidad y la electrónica. O quizá digo eso porque he leído demasiados blogs newage. Será cosa de energías, haberlas haylas. Algo tiene que haber porque, más que otras personas que conozco, recibo descargas de electricidad estática cuando abro la puerta del coche o toco a otra persona.

En la pantalla ha quedado congelada la imagen de dos luchadores de sumo, enormes como dos cíclopes, justo antes de la batalla. No sé ni cómo he llegado a esa página. Antes de apagar el ordenador a saco-paco y volverlo a encender, me pregunto si donde sea que estén ahora esos dos podrán sentir que están congelados en mi pantalla. Un pensamiento absurdo, claro, pero a veces lo absurdo es lo único real.

Me pregunto que qué les pasaría por la cabeza a los luchadores mientras se colocaban en sus puestos, si se santiguarían o le rezarían a una virgen como hacen aquí los toreros o si los cíclopes no necesitan auxilio divino. Me pregunto qué pensarían mientras se eternizaba el tiempo en el ring y esperaban pacientes a que empezara el combate.

Me da a mí que el deporte nacional japonés no es el sumo, sino esperar a la muerte. En las películas japonesas los planos fijos son largos y los personajes siempre están parados, como esperando a que llegue alguien que les dé permiso para morirse o marcharse, y a nosotros, acostumbrados a los tempos vertiginosos de Hollywood, las películas japonesas pueden resultarnos muy lentas. En 1985 salió una película de Kirosawa basada en el rey Lear de Shakespeare, un rey que agobiado porque solo tiene tres hijas y ningún hijo, y ya se sabe lo que pasa con las herencias y los tronos. En todas las casas cuecen habas. Pues bien, en la película de Kirosawa, titulada Ran, que en japonés significa “caos” y “miseria”, muere hasta el apuntador. Es buena, dicen, de lo mejor. Pero yo solo recuerdo sangre y flechas y muertos. Es lo que más recuerdo, los muertos. Nos la pasaron en el instituto cuando aún no existía una conciencia clara de que los menores no debían ver ese tipo de películas. Las cosas hoy son algo distintas. Pero volviendo al sumo.

A pesar de lo dicho, un combate de sumo es muy rápido. La mayoría de las veces no dura más de un minuto. Hay que esperar mucho y luego todo pasa muy rápido. No como el boxeo en el que la tortura se suele alargar durante mucho rato, a veces toda la vida es un combate.

De los boxeadores el que más me gusta es Huracán Carter. Este hombre era un toro. Leí su biografía hace unos años. Tuvo mala suerte. Pudo llegar a ser el campeón mundial de los pesos pesados. Pero fue a dar con sus huesos en prisión por un crimen que no había cometido. Fue todo tan injusto que hasta Bob Dylan le escribió una canción y también hubo marchas pidiendo su puesta en libertad. Pero tardaría años en demostrarse su inocencia. En la cárcel se negaba a ponerse el uniforme de preso y entonces lo metieron en una celda de aislamiento. Cuando ya llevaba años en prisión padeció una infección ocular y perdió un ojo por falta de atención médica adecuada. Algunos dirían que a Huracán Carter el karma le impidió llegar a ser campeón y lo mandó a prisión, otros dirían que quizá su alma necesitaba ese calvario para aprender a ser humilde, o quizá la explicación sea otra mucho más terrenal. Quizá el pobre hombre fue una víctima más de un sistema judicial brutalmente injusto que se ensañó con él por atreverse a despuntar.

Mohamed Ali es otro boxeador que también me gusta. Fue el mejor de todos los tiempos, y un rebelde. Rocky Balboa también me gusta, pero me indican que este fue un personaje de ficción, no más real que Johnny Rambo, así que no cuenta.

Por algún motivo me gustan las historias de personas que alcanza la fama a pesar de las condiciones adversas o las malas cartas que les da la vida. Me gustan las historias de superación como la de Huracán Carter o Nelson Mandela.

Pero todo esto no tiene nada que ver con el sumo. Los luchadores de sumo no me gustan. Su único mérito es comer mucho y estar más gordos que los demás. Que me disculpen los japoneses, pero me repugna esa grasa brutal bailando bajo la piel de los luchadores cuando se mueven, y ese taparrabos en forma de pañal. Es como contemplar un espectáculo íntimo, como la muerte o ir al baño o el sexo, o la muerte. Esas cosas deberían hacerse en la intimidad.

Sin embargo, ellos son inconscientes de cuál pueda ser el efecto que su visión causa en los demás, son inconscientes y están muy centrados en sí mismos como ese emperador desnudo, también hoy congelado en muchas pantallas, que ha sido coronado ante la mirada atónita del mundo. A este se le ha impuesto la corona de césar sin merecerla, mientras en cualquier celda a cualquier pobre diablo se le impone una corona de espinas sin tampoco merecerla. Y yo me pregunto: ¿cuál de las dos pesará más?

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Miéntame, doctor

Justo por encima del borde del calcetín me encuentro con una mancha en la piel que antes no estaba. Es una mancha en forma de escudo, de unos tres milímetros de largo y uno de diámetro. Y es negruzca. Eso es lo más sospechoso, ese color tan feo, y que antes no estaba ahí y ahora sí que está.

Mis pensamientos giran vertiginosos y convoco sin querer a Darth Vader, el malo más malo de la historia del cine. Lo he llamado en anteriores ocasiones sin querer y él tiene la mala costumbre de acudir siempre y apretarme el estómago con su puño de hierro, hasta que éste se suelta y me hace correr al baño con los intestinos estrangulados y la cabeza dando vueltas.

***

Por la mañana a primera hora llamo al ambulatorio para que me den hora y me quiten el miedo, digo la mancha.

El médico apenas levanta la vista desde su escritorio cuando entro en la consulta. Me conoce y me reconoce de otras veces. Lo encuentro un poco envejecido. Le veo máculas en esas manos frías y eficientes que señalan una silla ante el escritorio. Me pregunto si la primera vez que se vio las manchas se preocupó. Pero no es probable, él es médico y lleva bata blanca. Las batas blancas triunfan siempre sobre las capas negras. Además, esas manchas son marrones, no negras, como la mía.

El médico carraspea y me dice tú dirás y yo empiezo sin más.

-Me ha salido una mancha un poco antes del empeine. No vengo por estética sino por descartar cosas.

Siempre dejo caer esa frase. Descartar cosas. Me gusta la combinación de la palabra descartar, tan sofisticada, junto a la más simple cosas, encuentro que esta última le resta empaque a la expresión sin vulgarizarla demasiado. También digo eso para dejar claro que no voy al médico a pasar el rato y que así éste me tome más en serio.

El médico me pregunta si no habré estado leyendo cosas en internet.

-Bueno, un poquito, sí -admito.

-Mal hecho –concluye- y más tú.

¿Perdone? A ver, ¿qué pasa conmigo? Entre indignada y avergonzada, dudo entre marcharme ipso facto o disculparme. Pero él no me deja hacer ninguna de las dos cosas.

-Vamos a ver –dice señalando la camilla.

Mientras estudia bajo un foco mi mancha, con el ceño fruncido y sin soltar prenda durante un buen rato, me acuerdo de otra vez que estuve tumbada en esta misma camilla.

Cuando eres adolescente y se te muere el padre (o la madre) por una enfermedad, te crees que tú también te vas a morir de esa misma enfermedad, y entonces vas al médico y le dices que te duele y que te vas a morir. Curiosamente señalas el mismo sitio por donde se murió tu padre (o madre). El médico te trata bien y se muestra extrañamente comprensivo. Te dice que morirse no es tan fácil como nos pensamos. Él lo sabe bien. Es el médico de familia que siguió la enfermedad de tu padre (o madre), y vino a tu casa a diario durante días para poner morfina (o lo que fuera) a tu padre (o madre) y dar ánimos a la familia. El médico te pregunta cosas y te toca con sus manos aún blancas y eficientes. Al final te dice que no hay nada inflamado y que no hay signo de enfermedad. ¿Y el dolor?, preguntas tú. El médico te dice que lo que sientes es un dolor fantasma, que lo que te duele en realidad no se ve, ni tiene manifestación física per se, lo que te duele se llama alma, es ese algo indefinido que está ahí, aunque nadie sepa dónde se aloja con exactitud, aunque algunos niegan su existencia a pesar de sus efectos. Es algo así como la gravedad o Dios o la teoría de la evolución.

***

-¿Pica? –pregunta él médico.

Niego con la cabeza.

-¿Sangra?

Vuelvo a negar.

-Pero es negra, doctor, es tan negra, ¿no será un… –digo con un hilo de voz, sin atreverme a soltar la palabra que he aprendido en internet.

-No es un melanoma –sentencia el médico mientras apaga el foco y lo aparta de un manotazo – es un angioma.

Pero angioma suena peor, infinitamente peor que melanoma.  Angioma suena a angina de pecho, a operación a corazón abierto… y ya veo la capa de Darth Vader revoloteando tras una puerta interior de la consulta que ha quedado medio abierta.

– ¿Y eso es grave, doctor?

-Ya te he dicho que no es nada. Es una venita con ganas de tomar el sol por eso se ha venido arriba. Lo que hay dentro es sangre y por eso le da ese color amoratado, que no negro. No te lo rasques ni te pases la cuchilla.

¿Y ya está? ¿No me va a dar un volante para ir al dermatólogo y que tomen fotografías y hagan una autopsia, digo biopsia? Pues parece que no. El médico se vuelve a su mesa y me deja a solas para que recoloque el calcetín.

-Entonces, ¿no hay que hacer ningún seguimiento, doctor? –insisto.

Él ni me mira. Teclea en su ordenador, con las gafas de cerca pendiendo de la punta de su nariz.

-No. No tiene ningún peligro. Además, es tan pequeño que apenas se ve. Si quisieras quitártelo la cicatriz se vería más. No es motivo de preocupación. Bueno, aunque conociéndote… -parece que sonríe ahora por lo bajo.

Ya es la segunda chinita que me lanza hoy y no me gusta. Me despido y salgo de la consulta muy digna. El médico carraspea tras de mí. Creo que me va a decir algo más. Se habrá arrepentido de su falta de compasión. O quizá se le acaba de ocurrir algún consejo más. Estoy a punto de volverme. Pero no me llama a mí, sino al siguiente paciente.

Con el calcetín cubriendo bien mi pequeño angioma, salgo del ambulatorio. Por una alcantarilla se escabulle Darth Vader hasta la próxima.

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MUÑECAS ROTAS

-Vamos, nena, hablemos. Solo quiero ayudarte. Confía en mí.

-No te creo. Tú no tienes ninguna intención de ayudarme. Lo sé porque nunca me han ayudado. Siempre he estado sola, como si me hubieran abandonado en un bosque y no tuviera manera de regresar a casa.

-Estás desvariando, cariño. Mira, tú no estás sola, aquí nadie está solo, somos una gran familia y esta es tu casa. Nadie va a hacerte daño si te portas bien. Vamos, dame la carta.

-Ni hablar. Tú no sabes de mi soledad y de la soledad absoluta de los objetos que no pertenecen a nadie y que duermen en los estantes de las tiendas, ni de las lágrimas que vierten los relojes por las noches que dan la hora para nadie. Cómo he llegado a esto aún no lo sé. Solo sé que nací en el momento en que abrí los ojos y me encontré con mi reflejo en el cristal. Nací sin nada en los bolsillos, vistiendo solo este mínimo traje, he tenido que hacerme amiga de mi cuerpo, sin saber si mis piernas me iban a obedecer cuando quisiera echar a correr, pero lo han hecho, lo han hecho, claro que lo han hecho.

-Estás cansada y no sabes lo que dices, vamos, ven, dame la mano.

-Sé lo que me digo y quiero irme de aquí, déjame pasar o meteré la carta en el buzón.

-La carta no te va a servir de nada, ni que la enviaras al periódico más prestigioso, ¿crees que alguien se va a preocupar por el destino de alguien como tú? Con todo lo que está pasando en el mundo.

-Algún peligro tendré, si no lo tuviera no te habrían enviado. Y sí, te han informado bien, he escrito esta carta y varias copias de ella para que la publiquen los periódicos más importantes y que se sepa que estamos aquí encerradas y que no tenemos voz. En esta carta doy detalles de cómo nací tras el escaparate, cómo de repente abrí los ojos y me encontré con un vidrio en la cara y cómo quise escapar y no me dejaron y cómo me tuve que refugiar aquí, en esta salida de incendios. Para mi asombro, mis hermanas me han seguido y comparten mis anhelos de libertad. Quizá despertaron en el mismo momento en que lo hice yo o quizá ya estaban despiertas y estaban aturdidas como lo estuve yo al principio, pero yo les di la mano y les dije vamos.

-Nena, todo eso está muy bien, libertad, fraternidad, solidaridad y todo lo demás pero, ¿lo has pensado bien? ¿Por qué escapar con lo bien que estáis aquí? Tan calentitas en el invierno sin tener que salir a la calle, fresquitas en verano con el aire acondicionado tan rico, oye, que si el problema es la temperatura o el ambiente o las luces solo tenéis que decirlo. ¿Quién no querría vivir aquí? Si tenéis de todo. Dormís por la noche sin temor a perder el techo sobre vuestras cabezas, podéis vestir ropa nueva a diario, os ponen joyas y os perfuman, ¿qué más queréis? ¿Por qué esa necesidad de huir? ¿Acaso creéis que la vida es mejor ahí afuera? Ahí fuera, créeme, todo es monótono y muy duro. Para conservar lo que tienes debes someterte a jornadas tortuosas en una oficina moviendo papeles que no le importan a nadie, o pateando un centro comercial como hago yo durante doce horas diarias, porque hay que pagar la hipoteca, las facturas y las tarjetas de crédito, y luego están los impuestos, las facturas del dentista, la gasolina, que está carísima, y el tráfico, qué te voy a contar yo del tráfico… y luego está lo más difícil de todo, las relaciones personales que son siempre complicadas, el matrimonio, el divorcio, todo eso.

-Sabía que intentarías disuadirme con argumentos absurdos, y supongo que lo que dices es lo que diría cualquiera, y por eso he escrito esta carta donde explico que tras el escaparate estoy a la merced de que alguien me vista y me desvista, me ponga o quite pelucas, me mueva las manos, los brazos, el cuello y hasta la mandíbula. Y además, quiero conocer gente, me da igual si las relaciones personales son difíciles, y quiero trabajar, me gustaría probar diferentes profesiones: gerente de este centro comercial, peluquera, chef, camarera, maestra, acomodador de cine, agente de viajes, comercial especialista en aparatos electrónicos… hay tantas profesiones que me interesan.

-A ver, me parece que hay algo que no entiendes, ¿cómo vas a trabajar si no tienes formación, ni experiencia? Si lo único que has hecho en tu vida es hacer poses tras un escaparate.

-Sí, pero puedo aprender y hay otras cosas aparte del trabajo, ahí fuera está el cielo y el sol y aire fresco, y más allá hay prados y flores y mariposas, ah, y el mar. ¡Me gustaría tanto ir a la playa y sentir el calor del sol en la piel!

-No te creas. El mar está sobrevalorado, yo vivo cerca del mar y no voy nunca a la playa, y en los prados hay insectos muy molestos y las flores sueltan polen y el polen causa alergias, y además, el aire está contaminado y el sol provoca cáncer de piel. De verdad estás mejor detrás de un vidrio. Yo te cambiaría el puesto si pudiera.

-¡No me hagas reír! Mira, estoy perdiendo la paciencia, así que o me dejas pasar o envío la carta ahora mismo.

-¡No puedo dejarte salir! ¿No lo entiendes? Esto no es nada personal. Pero tengo mis órdenes y si no las cumplo perderé mi trabajo, me echarán a la calle y necesito el dinero, estoy pasando por un divorcio, no quieras saber, y mis hijos están en la universidad y la universidad es muy cara.

-¿Y qué harás si no me muevo de aquí?

-Tendré que pedir refuerzos.

-¿Y entonces qué?

-Si no hay más remedio os tendremos que reducir a la fuerza.

-¿Y luego qué, nos colocaréis de nuevo en el escaparate?

-No, luego pasaréis un tiempo a la sombra. Ya sabes, el almacén del sótano. Y allí sí que no verás ni el sol ni el cielo. Así que por favor, entra en razón y dame la carta, volved al escaparate, diré que ha sido todo un malentendido y será como si nada de todo esto hubiera ocurrido. Puedes contar con mi discreción. Vamos, ¿qué me dices?

-Digo que NO y envío la carta, mira, mira como la meto en el buzón… y ahora tú, haz lo que tengas que hacer. Estamos preparadas.

 

 

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