TEMPUS FUGIT

No es que el tiempo pase volando, cuidado, es que directamente el tiempo no existe. Esta es una cuestión muy seria. Vayamos por pasos.

Primero.

Hoy haciendo limpieza de un armario del piso al que me acabo de mudar encuentro un marco antiguo de plata ennegrecida, con la foto de una boda. No conozco a los desposados que llevan un siglo posando para la foto con cara seria y ropajes oscuros. Y no es nada raro porque la foto no es mía. Es una rémora de la vida de la antigua inquilina. La foto tiene su qué, pero lo que más me llama la atención es que el marco está envuelto en una hoja de papel de periódico de los años 40. No es habitual que le caiga a una en las manos un cacho de historia de tales características. Así que lo saco todo de allí con sumo cuidado, temiendo que el papel se deshaga como una momia al contacto con el aire del nuevo siglo y se deshaga en polvillo atómico antes de que logre leerlo.

Segundo.

La hoja de periódico es de la época de la que me hablaba mi padre cuando yo estuve enferma de hepatitis y él se sentaba en el borde de la cama y me contaba anécdotas para hacerme pasar el rato. Eran mayoritariamente historias de su infancia y de su familia lo que me contaba. De cómo su bisabuela había emigrado del bajo Aragón para instalarse en una casa de la parte alta de Barcelona y había trabajado allí como sirvienta. De cómo sus padres se conocieron durante una verbena. De las calamidades que pasaron durante la guerra y la posguerra. De cómo bajaban corriendo a los refugios cuando sonaban las sirenas. De cómo en su juventud había escrito una novelilla de policías y ladrones. Normalmente aquellos ratos que pasábamos juntos los amenizaba, musicalmente hablando, la vecina de arriba que hacía las tareas domésticas mientras cantaba rancheras a grito pelado:… me gustas mucho ia ia óoo, me gustas mucho túuuu… De ahí que cuando oigo alguna historia relacionada con la guerra mi mente le ponga un fondo musical bastante irreverente.

Tercero.

La hoja de periódico que he encontrado es de la sección de anuncios de un afamado diario. Es de cuando la vida nunca fue en blanco y negro y la gente se ponía sombrero para salir a la calle. De cuando las sombrererías contrataban anuncios en prensa escrita. Y es que el anuncio de mayor envergadura de la hoja ocupa media página (a saber lo que pagarían por él, ¿tres pesetas, cuatro? por decir algo) y es de una sombrerería. Aún se lee claramente la dirección en la calle Fontanella y el número de teléfono de cinco dígitos, de la época en que en Barcelona las casas con teléfono no pasaban de las decenas de millar. En la ciudad aún hay vestigios de aquella época, pocos quedan, pero algunos edificios aún tienen los cables colgando por fuera y la guerra metida por dentro. Portales sin portero automático, escaleras oscuras de escalones desiguales, pasamanos de madera negra, ascensores con puertas manuales, pisos con puertas grandes y pesadas con mirillas doradas, con ventanas y contraventanas que no encajan en los goznes, con paredes lamidas y relamidas por miles de brochas gordas de pintar. Luego están las tiendas, tiendas ubicadas en edificios de sólo una planta con rotulación impresa en cursiva exageradamente inclinada hacia la derecha, el nombre y número de la calle también en cursiva, así como el distrito en un extremo del rótulo, tan sólo un mero digito, de la época en la que no existían los códigos postales, (Barcelona 5, Barcelona14…).

Pero me estoy yendo del tema otra vez. Y el tema es muy serio.

Cuarto.

Viendo ahora ese número de teléfono de cinco dígitos surge en mí la siguiente inquietud: si marco el número, ¿me contestará por alguna casualidad cuántica una telefonista con voz somnolienta que espera sentada a que alguien pida que lo conecten con la década de los 40 ?

Digresión, (con permiso).

Es curioso porque la misma pregunta se me vino a la mente el verano pasado cuando visité la casa museo de un receptor del premio Nobel de literatura, desaparecido en los años 60. Había allí, en la biblioteca de la casa donde nació el escritor laureado, además de sucedáneos de libros en las estanterías, ardillas y otros bichos disecados por el padre del escritor- que fue un gran aficionado a la botánica-, un teléfono de pared antiguo, de porcelana negra, los de dos piezas separadas. Por un momento tuve la seguridad de que si descolgaba el auricular y marcaba alguno de los número listados en la pared, hablaría con una telefonista del 1900. Estuve a punto de hacerlo pero la guía de la casa museo me lo impidió con una sonrisa entre severa y divertida que decía, ay, que te veo las intenciones…

Cuarto (continuación).

Pero ahora estoy en mi casa y en mi casa hago lo que me da la gana, así ninguna guía de casa museo podrá impedirme que haga una llamada a una sombrerería de los años 40 con mi moderno teléfono, con el que puedo pasearme por todo el piso sin ser esclava de la extensión de un cable. También podría utilizar el teléfono móvil (o celular) y hacer que la llamada al pasado la gestionara un satélite que da vueltas alrededor de la piedra que llamamos tierra. Um. ¿Fijo o móvil, qué será? Me decido por el fijo para no perder detalle de la conversación.

Quinto.

Voy a hacerlo. Voy a llamar porque la mecánica cuántica dice que: primero, el tiempo no existe y segundo, todas las posibilidades son reales. En otras palabras, cualquier cosa es posible. Vamos. Me levanto de delante del ordenador donde estoy tecleando esta pieza. Voy hasta la mesilla, saco el teléfono de la base y marco. Por alguna razón suelo quedarme parada ante la base aunque ya he dicho que hoy día ya no es necesario, pero supongo que lo hago por la costumbre esclavizante. Quedaría bien si añadiera ahora que mientras marco me va el corazón deprisa, me tiemblan las manos, pero no sería verdad. Sería un recurso retórico sin gracia. (La verdad es que mientras marco me digo que todo esto no es más que una quimera de mañana de domingo).

Sexto.

Una voz metálica al otro lado de la línea me informa de que en este momento hay sobrecarga en la red y de que el número marcado es un número privado. Esta última es un información sorprendente y abre una serie de consecuencias que, a mí al menos ahora mismo, me parecen lógicas. Primero: el número aún es válido, segundo: si no hubiera sobrecarga en la red alguien contestaría; tercero: las líneas telefónicas se sitúan fuera del tiempo. Conclusión: el tiempo no existe.

Quod erat demonstrandum, que decían los romanos.

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LA CASA VACÍA

Aquel día cuando salió a tender un albañil viejo y bigotudo le chistó desde el andamio.

-Niña, ¿te vienes? –dijo con voz ronca.

Ella ni siquiera levantó la mirada.

-Hoy no está pá fiestas, eh –siguió él riendo pero luego paró de reír en seco como si hubiera recordado algo importante –pos que sepas que al Chimo lo han echao.

Ella siguió tendiendo la ropa como si oyera llover. Al final, el hombre la dejó en paz.

La ropa chorreaba agua. Suerte que la calle no era más que una calleja por donde no pasaba apenas gente. Había pasado la noche lavando ropa en la azotea. No quería pensar en lo de ayer.

 

 

El día en que se conocieron ella estaba recogiendo unos trapos del tendedero, era tarde y el sol ya bajaba y si la ropa se quedaba tendida toda la noche la humedad se la volvía a dejar empapada.

-¿Qué hora tienes? –había preguntado él desde el andamio que quedaba bastante por debajo de su balcón.

Ella miró su reloj y le dijo que eran las seis. El le dio las gracias y se quitó el casco. Mañana más, dijo pasándose un brazo por la frente y sonriendo añadió: en nada estamos ahí arriba.

Era joven, tenía los ojos marrones graciosos, las facciones algo duras, pero cuando sonreía se le iluminaba la cara y tenía los brazos fuertes.

 

Otro día él le preguntó cómo se llamaba y le dijo que él se llamaba Chimo. Un nombre que a ella le recordó a unos caramelos que ella y su hermano comían de niños. Ahora su hermano criaba malvas, como su madre, y ella estaba sola en el bloque vacío a excepción de ella misma y una vecina vieja, la Sra. Antonia, del entresuelo.

-Nos van a tapar el sol –se había quejado la Sra. Antonia cuando empezaron la obra –toda la vida hemos disfrutado del sol y ahora nos plantan aquí este mamotreto, se me van a morir todas las plantas…

 

De mamotreto, nada. Iba a ser un señor bloque, con acabados de primera, con una isla en el centro y piscina, eso decía Chimo.

-¿Y serán caros? –preguntó ella y él se echó a reír.

-Pos claro, tonta, estos pisos son para gente de posibles, de esos que ahora vendrán de Barcelona por el AVE –dijo él –y no te creas, que ya están casi todos apalabrados.

La señora Antonia también estaba en el balcón aquel día y los oyó hablando y por la noche apareció en la puerta de su casa y le leyó la cartilla.

-No te sabe mal no, hija, que te hable así –dijo al final- Ya sabes que se lo tengo prometido a tu padre, que mientras él no esté te echaré un ojo… pero no me hagas pucheros, mujer.

-Pero es que estoy sola -murmuró ella.

-¡Toma, más sola estoy yo! Pero oye, ¿qué pasa con Julio, es que ya no te gusta?

-No, ya no –mintió ella enrojeciendo.

-Ay, hija, con lo serio que es, no como estos paletos que hoy van con una y mañana con otra y si te he visto no me acuerdo… yo sólo te pido que vayas con mucho ojo, hija mía –acabó la Sra. Antonia que no se había enterado de lo de Julio.

 

Ella había pasado meses agarrada a aquella esperanza llamada Julio. Bajando al mercado cada miércoles con los labios pintados de rojo y con aquella plantilla embutida en el zapato que los de la ortopedia le habían jurado que le disimularía la cojera y que le hacía un daño tremendo en el pie.

Julio era rubio y tenía la mandíbula fuerte, los ojos grises y las manos grandes. Cuando llevaba las cajas de fruta del camión a la parada se tensaban sus antebrazos y se le marcaban las venas por debajo de la piel. No era tímido y llamaba a las señoras reina y les guiñaba el ojo cuando les daba a probar trocitos de fruta. A ella la llamaba reineta porque era pequeña y también le daba trocitos de fruta.

Pero hacía dos miércoles Julio no estaba en la parada y ella oyó como una clienta preguntaba por él y la dueña respondió que estaba de luna de miel y que volvería en diez días. Las clientas se quedaron estupefactas. Tan joven. La dueña bajó la voz. Hija, qué quieres, si ha sido de penalti.

Ella volvió a casa cabizbaja y con medio melón en el capazo que la dueña de la tienda le colocó sin ella querer. En su casa se quitó los zapatos y los lanzó con plantilla y todo contra la pared. Sacó el melón y salió al balcón.

-Oye, ¿no irás a tirar eso? –gritó Chimo riendo desde el andamio que aún quedaba a dos pisos de su balcón – a ver si nos partes la cabeza…

-Si lo quieres para ti –dijo ella.

El chico estiró los brazos y el cuerpo peligrosamente por encima del andamio.

-No llego –dijo riendo.

-Yo te lo llevo –dijo ella llena de una fuerza nueva.

Bajó a la calle y dio la vuelta a la esquina. Allí estaba él esperándola. Visto tan de cerca le pareció muy guapo.

-Gracias –dijo él –será el postre de hoy.

Ella no supo qué decir.

A las tres de la tarde oyó que la llamaban y salió al balcón. Sentados en el andamio vio a tres hombres, Chimo estaba en el medio repartiendo trozos de melón. A medida que comían iban rebanando los trozos con las navajas y al acabar dejaban caer las cáscaras al vacío.

-¡A tu salud! –dijo uno haciendo un gesto apreciativo con la cabeza.

-¡Gracias! –dijo otro.

Chimo fue el único que no dijo nada pero no le quitaba ojo de encima.

-De nada –murmuró ella y luego se volvió a meter en la casa y pasó el resto del día sonriendo como una tonta sin saber ni lo qué hacía.

 

Otro día, cuando el andamio ya estaba casi a la altura de su balcón, él le preguntó si ella estaba sola. Ella entendió si estaba sola en la vida.

-No, está mi padre –dijo.

-Ah. Pues no se deja ver, no.

-Es que no sale mucho –dijo ella, y aquello era una media verdad.

-Oye, esta noche podríamos vernos, quiero decirte una cosa…

Ella iba a asentir cuando llegaron gritos del interior de la obra. Un trabajador asomó la cabeza tras la cortina de plástico.

-Chimo, deja de pelar la pava y ponte a trabajar.

Chimo le hizo un gesto de despedida y desapareció tras la cortina de plástico.

Eso había sido dos días antes.

 

El día anterior él la había llamado a primera hora de la mañana. Lo oyó enseguida. Había pasado la noche en vela y hacía horas que estaba en la azotea lavando ropa y dándole vueltas a lo que él había dicho.

El andamio ya quedaba a la altura de su balcón y él arrimó un pescante móvil, la  cogió de la cintura y la ayudó a saltar. Cuidado, dijo, se tambalea mucho. Pasaron a través del plástico hasta pisar suelo firme. No parecía que hubiera nadie más en la obra.

Él la miraba fijamente y sonreía. La llevó hasta una estancia con sus cuatro paredes ya construidas pero sin techo donde olía a cemento húmedo y a soldaduras. Por encima de sus cabezas se deslizaban las nubes. Él le ofreció un cigarrillo. Luego se sentaron en el suelo y él le pasó un brazo por los hombros.

-¡Qué bien que hayas venido! –dijo y la atrajo hacia él para besarla.

-¿Qué querías decirme ayer? –dijo ella después.

-¿Eh? –murmuró él.

Sus manos se habían perdido ya entre sus muslos.

-Dijiste que querías decirme una cosa –murmuró ella.

-Que me gustas mucho –murmuró él –ven aquí.

 

Luego se armó una buena. Se había quedado dormida. Un hombre la despertó zarandeándola del brazo. Ella no recordaba dónde estaba ni sabía lo que ocurría. Lentamente regresó de algún lugar muy lejano donde sólo estaban ella y Chimo.

Oyó gritar a Chimo, decía que si lo echaban los denunciaría por tenerlo trabajando sin contrato y sin seguro. Una voz seria le advirtió que marchara si no quería acabar mal. Al poco su voz se extinguió.

A ella la acompañaron a la calle y le dijeron que la próxima vez que se colara en la obra la denunciarían a la policía.

Llamó al timbre de la Sra. Antonia porque no tenía llaves.

Ay, hija, qué le voy a decir yo ahora a tu padre, murmuró la vieja haciéndose cruces al verla entrar descalza y con la ropa maltrecha.

Que por qué me han dejado sola, fue a decir ella pero al final no lo dijo.

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EL ARMARIO

Al abrir los ojos por la mañana lo primero que veía era el armario de tres cuerpos que se comía media habitación en la que dormí hasta los cinco años. El armario era de color caoba y tenía tiradores dorados. Hacía juego con las mesillas de noche y tenía un ribete dorado que recorría las puertas de cabo a rabo.

En la parte izquierda del armario colgaba la ropa de mi madre: vestidos de estampados chillones  al estilo sicodélico de la época, trajes chaqueta convencionales, blusas y faldas largas. En el altillo guardaba jerseys, bufandas y un bolso blanco con rayas negras (el mismo que sale en las fotos que se hizo en París, durante aquel viaje en autocar que duró ocho días y donde conoció a mi padre). En el estante inferior, arrinconados, un par de zapatos negros, con borlas de adorno en las puntas, de tacones bajos pero puntiagudos que mi madre ya no se ponía y que repiqueteaban en el suelo cuando yo me los ponía para disfrazarme de mayor.

El centro del armario era doble y tenía dos puertas. Dentro no había barra sino dos amplios estantes en la parte superior y tres cajones en la parte inferior. Abrir aquellas puertas era como salir al campo: aromas de lavanda y flores silvestres se escapaban e invadían todos los rincones del cuarto; y  los juegos de reflejos de las lunas que revestían el interior de las puertas hacían que un tesoro blanco de toallas y juegos de cama bordados a mano deslumbrara la vista. Entre las toallas, como enterradas en arena exquisita, destellaban algunas joyas: una pulsera de oro, un reloj, un medallón, que, incomprensiblemente, mi madre guardaba entre la ropa, como si para ella su ajuar fuera de tanto o más valor que el oro. En los cajones inferiores se amontonaban recibos, recordatorios de comuniones y de algún entierro, una guía práctica de francés con las tapas rotas, de la época en que a ella le dio por estudiar francés para poder defenderse cuando fuera de viaje. Y en una bolsa de plástico, relegadas al futuro álbum que algún día de aquellos iríamos a comprar, las fotos de la boda. La boda fue en un día de julio y las fotos se las hicieron en la explanada frente a la iglesia. Hacía viento porque el velo revoloteaba en el aire tras los novios y los plataneros movían las ramas y las hojas que refulgían en pleno esplendor estival.

La sección de la derecha del armario, junto a la ventana, era la que le correspondía a mi padre. En el altillo guardaba una maleta y un sombrero de paja adornado con una cinta negra alrededor de la corona, recuerdo de su época de músico ambulante (decía que de joven había ido por las playas en verano tocando la guitarra y pasando luego el sombrero, mi madre se reía y decía que era mentira). De la barra colgaba una gabardina gris que olía a lluvia y que mi madre había remendado por el lado del bolsillo derecho, después de que se le hiciera un siete, no sabía cómo, una tarde lluviosa de viernes cuando él salió en busca de una farmacia de guardia para comprarme jarabe de manzana. También colgaban en el armario algunas camisas, pantalones, americanas y el traje de su boda, regalo de sus hermanas, envuelto en el plástico de la tintorería de la Rambla. El traje permaneció allí, impertérrito, durante los 14 años que transcurrieron entre la boda y su entierro.

En el estante inferior guardaba un cajón de madera, roto por un extremo. La madera astillada quedaba a la vista y era peligrosa, así que yo no tenía permiso para meter allí la mano y no lo tuve hasta después del entierro cuando ya nadie me podía impedir revolver entre sus cosas. Dentro del cajón de madera había algunas herramientas: dos martillos (uno de punta afilada y otro de extremos cuadrados, muy pesado), una llave inglesa fija (idéntica por los dos extremos) y otra llave (ésta ajustable) que utilizó, sin éxito, una vez para intentar arreglar una bicicleta vieja que alguien me dio; había también un destornillador con mango amarillo; cinta métrica no había porque en mi casa se medía a palmos o a ojo cubero, pero sí había, sueltos en el cajón, clavos, tornillos y arandelas de todas las medidas. Había pocas herramientas porque se hacían pocas reparaciones en la casa. Pero cuando se hacían era siempre en viernes. Cuando mi padre llegaba a casa el viernes después del trabajo, se arremangaba, sacaba el cajón del armario, lo colocaba sobre la mesa del comedor, con cuidado de no tocar el extremo astillado y revolvía entre las herramientas cavilando cuál sería el mejor procedimiento para arreglar el desperfecto del día (un gozne que chirriaba, un vidrio roto, un azulejo suelto en el baño o en la cocina…) y siempre llegaba a la conclusión de que le faltaba el elemento esencial sin el cuál la reparación resultaría imposible: aceite lubricante, masilla, cola…, entonces le prometía a mi madre que iría a la ferretería por la mañana pero al día siguiente era sábado, día de mercado, y los dos salían juntos a la compra y a él se le iba el santo al cielo; cuando mi madre se quejaba, le prometía que iría a la ferretería el lunes después del trabajo pero por hache o por be no lo hacía y la reparación caía en el olvido. Nos acostumbramos a vivir con goznes que chirriaban, con azulejos caídos y ya ni siquiera veíamos los desperfectos, pero la casa se fue deshaciendo, cayéndose lentamente a pedacitos a nuestro alrededor como la lluvia fina que cala sin que uno se entere.

Con los años el armario de tres cuerpos también se estropeó. Los espejos interiores se fueron picando de humedad y por los extremos empezó a crecerles una lámina opaca que, como una catarata ocular, se fue comiendo el reflejo de la realidad hasta que llegó un día en que los espejos se quedaron ciegos. Para entonces mi padre ya no estaba y mi madre decidió comprarse un armario más pequeño.

Mientras los operarios de la casa de muebles desarmaban y sacaban el armario viejo, recordé que una vez, de pequeña, soñé que abría las puertas del armario y encontraba, enganchadas como babosas en los espejos, unas caras parlantes, semejantes a las de las estatuas de la Isla de Pascua. Del susto me desperté. Mientras yo recordaba la primera pesadilla de mi vida, los operarios de la casa de muebles habían sacado del armario el cajón con herramientas de mi padre, le preguntaron a mi madre si quería que lo tiraran y ella negó con la cabeza. Entonces los hombres dejaron el cajón a un lado en el suelo y el cuarto se llenó lentamente de olor a bosque y a madera húmeda. Se puso a llover y supe que era viernes porque cuando yo era pequeña siempre que llovía era viernes y la quietud de la lluvia inundaba la casa, entonces mi padre llegaba del trabajo y se ponía a revolver el cajón de herramientas y yo sabía que estaba todo bien y que podía seguir soñando con aprender francés, ponerme zapatos de tacón y viajar a París con un bolso blanco con rayas negras colgado del brazo.

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La abuela maga

Desde el primer día Ramón le había advertido a su suegra que en su casa no quería magias. Y ahora con el nacimiento de su primera hija la advertencia se volvía más dura aún. Si la niña se ponía enferma llamarían a Jacinto, su amigo el médico, y no había más que hablar, había dicho Ramón mirando de frente a su suegra.

-¿Y por qué no lo has llamado hoy? –le preguntó ella, en voz baja, mientras se lavaba las manos en el lavamanos.

-Jo no volia– yo no quería, dijo María que había oído perfectamente a su madre –no volia que Jacinto em veiés… així…

¡No quería que Jacinto la viera así! Juana suspiró pero se mordió la lengua. No había sido tan recatada cuando conoció a Ramón. Si lo hubiera sido un poco más se habrían ahorrado muchos problemas… Pero, ¿para qué hablar más? Las cosas vienen como vienen y ella lo sabía por propia experiencia. Por otro lado, era inútil discutir con aquel mulo que le había tocado como yerno y en aquellos momentos una nueva pelea entre ella y su yerno era lo último que su hija y su nieta necesitaban. Además, ella se sentía cansada después de tantas horas pasadas en aquel cuarto atendiendo a su hija, ya no tenía veinte años y le dolían los huesos. Y a fin de cuentas, si no podía hacer “magias” -como él se empeñaba en llamar a sus prácticas curativas- en aquella casa, nadie, ni siquiera aquel yerno con cara de mulo, tozudo como un mulo y lunático, le impediría hacer lo que le viniera en gana en la suya.

Decidió no decir nada más, por prudencia y por cansancio, y se volvió al espejo para recomponerse el peinado, se marcharía a su casa, allí ya no hacía falta. El espejo le devolvió dos imágenes contra las que sabía que no podía luchar. La primera, su rostro arrugado, los ojos sin brillo, el blanco y el rubio confundiéndose en su larga cabellera. Y la segunda, su hija, de sólo quince años, postrada en la cama con su nieta, su primera nieta entre los brazos, y su yerno sentado en el borde de la cama rendido a ellas, adorándolas.

-Me voy –dijo Juana cuando acabó de arreglarse.

Ramón pareció no oírla. María le dio un codazo y sólo entonces él se puso en pie.

-La acompaño –murmuró.

-No hace falta –dijo ella –sé el camino y nadie le hará nada a una vieja.

-Mare, no s’enfadi… –murmuró María con un hilo de voz, madre no se enfade

Juana se acercó una vez más a la cama. Le plantó un beso en la frente a su hija que la cogió de la mano. Sus ojos dulces se clavaron en ella para decirle con la mirada todo lo que no sabía decirle con las palabras. No quería que se marchara enfadada después de lo que acababan de vivir juntas. Había habido instantes en que ella creyó que iba a morir y si no hubiera sido por su madre quizá habría muerto aquel día. Pero ahora ya le estaba volviendo la sangre y las fuerzas a los brazos y a las piernas, el recuerdo del dolor se alejaba a marchas forzadas, como hojarasca en el viento, y en el corazón le nacía una canción al sentir a su hija entre los brazos. Le habría gustado que su madre hubiera sido tan feliz como ella.

-Mira de dormir –dijo Juana con la voz más suave que pudo encontrar en su garganta, intenta dormir, volveré por la mañana– demà tornaré.

Juana se marchó y a María no le costó volver a concentrarse en la niña que tenía la mirada clavada en ella, y era tan pequeña y tan suya que nada más en el mundo podía importarle más que ella. Ni su madre, ni su marido, ni ella misma. Por poco que a su madre le gustara Ramón, lo importante era que aquella niña no iría a parar a un orfanato como le pasó a ella, y en su partida de nacimiento constaría el apellido de su padre, porque eso fue lo primero que le hizo jurar a Ramón cuando supo que la esperaba y aún no se habían casado. Y su hija no moriría en la infancia, de hambre ni de enfermedad, ya se cuidaría ella muy bien de que la muerte no se la arrebatara de los brazos, y si era necesario pasaría las noches en vela para impedirlo… y así, hasta que la venció el sueño, María se juró a si misma proteger y cuidar a su hija toda su vida.

En la calle hacía frío y humedad pero Juana no lo notó. Caminaba rápidamente preguntándose si en su casa habrían cenado, llevaba todo el día fuera de casa y su marido no se acercaba nunca a la cocina. Aquel Ramón tenía la cabeza de piedra. Y no la temía. Lo peor de todo era que no le tenía ningún miedo. Se creía muy moderno y para más INRI tenía un amigo médico -cómo había llegado aquel mulo a hacerse amigo de un médico era algo que ella nunca podría comprender- que pasaba mucho tiempo en su casa y no dudaría en tirar por tierra toda la confianza que su hija tenía en ella.

Cuando llegó a su casa todos dormían. En la mesa encontró un plato de sopa hecha con restos de pan. Pero no tenía hambre. En el cuarto su marido roncaba. Ella se quitó los zapatos y se echó a su lado, sin quitarse la ropa, se apretó contra él para sentir el calor animal que desprendía su enorme espalda. Él alargó una mano y la tocó como para cerciorarse de que era ella y no uno de los niños. Sóc àvia, soy abuela, dijo en el silencio del cuarto, lo dijo para oírse a si misma, para saber qué se sentía, sóc àvia…. Su marido no la podía oír. Era sordo de nacimiento. ¿Ya?, preguntó con gestos en la penumbra y ella asintió con la cabeza. Él abrió la boca para mostrar su sorpresa y su felicidad. Luego le dio un beso en la frente y dejó caer la cabeza en la almohada, volviéndose a dormir inmediatamente.

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EL HOMBRE QUE MURIÓ DOS VECES

Un día la calle despertó con la noticia de que Abel había muerto, otra vez. Esta vez el desenlace lo había vaticinado hacía días una de las vecinas cuyo balcón daba sobre el pasaje de detrás de nuestro bloque:

-…anoche el Abel estaba tirado ahí entre los coches, yo pensando que estaría durmiendo la mona, pero parece que estaba muerto porque ha venido a la ambulancia y…

Y lo confirmó una gitana rubia de nombre Remedios que vendía ajos y claveles por la calle y cuyo marido había estado ingresado en el hospital, donde habían coincidido con la familia de Abel.

-… pues sí esta vez es la buena, que se ha muerto el pobre hombre pero no habrá entierro porque el hermano ha donado el cuerpo a la ciencia – proclamó Remedios en la puerta del mercado y la noticia corrió como la pólvora.

Dicen que la muerte confiere al interfecto el derecho a ser compadecido y que lava todos los pecados. Así que todo el mundo cambió de opinión sobre Abel de la mañana a la noche. Las porteras, que habían refunfuñado mientras tiraban litros de lejía a su paso, ahora decían que había sido un buen hombre; los hombres, que sentados a la puerta del bar Marte sólo interrumpían sus arengas sobre lo bien o mal que iba el Barça para insultar a Abel cuando lo veían pasar, decían ahora que el pobre diablo había tenido mala suerte; las matronas, que a regañadientes y sólo porque aún les quedaba algo de temor a Dios, le habían dado bocadillos de tortilla o de albóndigas, siempre con mucho cuidado de no tocar sus manos sucias y descarnadas, se santiguaban y pedían que Dios lo tuviera en su gloria.

Y así, lentamente, la historia de Abel se coció en la cocina de la psique del barrio hasta hacerse leyenda.

Decían que todo había sido culpa de la familia por no cuidarse de él cuando tuvo problemas, aún siendo una familia de posibles.

Decían que había caído en desgracia en el ejército. Que alguien allí lo envidiaba y se inventó una patraña sobre él, que había cometido actos prohibidos, penados con cárcel. Que lo expulsaron del ejército con deshonor y que su padre nunca lo perdonó.

Que era sólo un crío cuando ingresó en el ejército. Que su padre se opuso, porque quería que estudiara para abogado. Que Abel tenía talento y una memoria prodigiosa y habría llegado a juez si hubiera querido. Pero Abel le habría dicho a su padre que no quería pasarse la vida entre montañas de libros, ni languidecer en un juzgado; quería ser soldado, como su abuelo materno. Soñaba con las montañas de África, con la arena del desierto, con gacelas y leones, y por eso se alistó en la legión. Su padre puso el grito en el cielo. De todos los cuerpos, aquel era el que tenía peor fama. Que lo enviaron al norte de África y que su padre no fue a despedirlo cuando se marchó. Y que a su madre, una matrona con aspiraciones musicales y propensión a los desmayos, no se la volvió a oír cantar en mucho tiempo.

Que Abel, callado y observador, supo medrar en el ejército, y que lentamente fue ascendiendo puestos hasta que se cruzó en el camino de alguien. Y dijeron que lo habían visto en el peor barrio de Ifni, en un bar de hombres, perdiéndolo todo. Abel declaró que era todo mentira. Pero algunos, bien pagados, aseguraron haberlo visto también en el mismo lugar, varias noches seguidas.

Decían que tendría que haber luchado con ahínco por su honor pero que él lo dio todo por perdido rápidamente y quizá con razón porque una mancha así es muy difícil de lavar. Y decían que Abel había regresado a casa con los hombros caídos y el espíritu roto.

Y que fue gracias a la intercesión de su madre, que su padre, un hombre de fuertes convicciones religiosas y morales, pero incapaz de sustraerse a la desconfianza y a la sabiduría dudosa del refranero (Río que suena, agua lleva) y que miraba con asco a su hijo, lo salvó de la cárcel. Pero que en cuánto murió la madre, Abel quedó abandonado a su suerte.

Y que no tardó en verse en la calle, bebiendo cartones de vino barato que le fueron envenenando el cuerpo y el alma, sentado en las escaleras del metro con la mano extendida, recitando las sagradas escrituras que había aprendido en el colegio de curas al que su padre lo envió a los cinco años. Y dormía en los aledaños del mercado municipal o en los portales de las casas y despertaba en los charcos de su propia inmundicia a golpes de escoba de las porteras y de los barrenderos. Y se levantaba renqueando, con la cabeza dando vueltas y la hiel en los labios y se alejaba con paso incierto y mirando de reojo tras de si.

Y decían que quizá fue por hastío o a fuerza de oír las mentiras en su mente y de ver caer miradas de desconfianza sobre él una y otra vez, que acabó por creerse lo que habían dicho de él, y sin siquiera darse cuenta se fueron deslizando en su habla y en sus gestos los amaneramientos propios de los de su pretendida condición.

Y antes de morir, años antes, ya lo habían dado por muerto, y fue aquella vez en que unos desalmados le dieron una paliza, le patearon las tripas hasta rompérselas mientras reían y lo insultaban, y él lloraba y suplicaba caridad cristiana. Y lo habrían matado si no hubiera sido por un alma caritativa que lo vio todo desde un balcón y llamó al 091. Y cuando salió del hospital estaba limpio, por dentro y por fuera, pero no tardó en volver a sus esquinas y a sus cartones de vino.

Y el tiempo, como no podía ser de otra forma, acabó por pasar factura a sus huesos y a su corazón, y una madrugada Abel vomitó rojo en el suelo de la calle y otra alma caritativa lo vio desde un balcón y llamó al 091 y llegó la policía y unos enfermeros lo subieron a la ambulancia y cerraron la puerta con un golpe seco como de lápida que cae sobre una tumba.

 

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