La Encuesta

La madre de la Srta. Emma solía decirle a su hija que el amor era la mejor guía en la vida. Y esa era la filosofía que guiaba a la Srta. Emma generalmente, aunque algunos mal pensados dirían que no era siempre así.

Todo tenía una explicación. En su juventud rechazó a más de un pretendiente por algunos ya olvidados impedimentos. En consecuencia, había vivido una vida monótona e infecunda y eso, por fuerza, le había de amargar el carácter a una.

Su vecindario tampoco ayudaba. De veinte años a esta parte se habían ido marchando los viejos lugareños que ella conoció de niña y muchas casas habían quedado abandonadas a su suerte. Las malas yerbas crecían en los jardines, los cristales de las ventanas se iban rompiendo por no se sabe qué fuerzas juveniles nocturnas, y desde los tejados acechaban ojos de animales oscuros y lentos. Sin embargo, el pueblo no era peligroso. Se podía decir que nunca ocurría allí nada de gravedad. El mayor peligro se encontraba en las tejas sueltas de los tejados descuidados. Así que la Srta. Emma no les temía a las sombras cuando salía de su casa a las seis de la mañana, porque la única sombra que se materializaba en su camino hasta la estación del tren era la del viejo alguacil que la saludaba dándose un golpecito con el dedo en la gorra.

La Srta. Emma cogía cada día el tren de las seis y ocho minutos y llegaba a la ciudad a las seis y cuarenta y cuatro. En los últimos años el servicio del ferrocarril había mejorado mucho, las cosas como sean, los trenes eran puntuales y nunca fallaban. Hacía tiempo que pensaba escribir una carta a la empresa ferroviaria para felicitarlos por esos logros, pero entre unas cosas y otras siempre lo iba dejando para otro día.

El trabajo tampoco ayudaba. Tantos años hacía que trabajaba en el mismo lugar que no quedaba nadie allí con más antigüedad que ella. A veces, un jefe joven, al que ella había visto subir escalafones desde que entró allí de aprendiz, barbilampiño y rubicundo, decía: “Nadie sabe exactamente cuánto tiempo lleva Emma aquí, creemos que llegó con el edificio”, y ella habría querido puntualizar que eso no era verdad, pero todo el mundo se reía cuando él hablaba y ella no podía deslizar ni una palabra en la conversación.

A las cinco de la tarde salía de la oficina y hacía el trayecto de vuelta a casa. Diez minutos a pie hasta la estación, treinta y seis de trayecto en tren y otros diez minutos a pie hasta su casa. Nadie podría echarle en cara que no hiciera el debido ejercicio diario. Nadie esperaría tampoco que su vida pudiera cambiar radicalmente en un futuro inmediato.

Un día, al bajarse del tren, vio a un hombre en el andén. Le pareció curioso porque en aquella estación no se bajaba nadie más que ella y el hombre parecía estar esperando a alguien pero no quiso prestarle más atención de la necesaria. Bajó del vagón y echó a andar. Enseguida le pareció oír pasos repicando sobre el piso de piedra tras ella. Se volvió y vio que el hombre la seguía a ella efectivamente. No sintió temor porque desde donde estaba veía la figura familiar del trabajador que dispensaba los billetes, de pie en el vestíbulo, hablando con un revisor de algún tema seguramente insustancial. Sin miedo, se detuvo y se encaró con el desconocido.

¿Puedo ayudarle?

La verdad es que sí. Quisiera hablar con usted.

¿Nos conocemos?

Sí.

El tipo debía estar mal de la azotea porque ella no lo conocía de nada. Al fijarse mejor, le pareció reconocer ciertos rasgos familiares. Era posible que fuera un antiguo vecino suyo, o alguien con quién ella había ido al colegio hacía más de medio siglo. Como fuera, no se sintió amenazada pues el tipo parecía inofensivo. Era tan viejo como ella, tenía profundas líneas en la frente y el cabello perfectamente blanco. Llevaba un abrigo demasiado grande que le caía sobre los hombros, y las largas mangas le ocultaban parcialmente las manos. Seguramente le habrían proporcionado el abrigo en un ropero de la caridad.

¿Y de qué nos conocemos?

Trabajo para la compañía ferroviaria.

¿Y cuál es su función?

Hago encuestas.

¿Me quiere encuestar?

Si no le importa…

Ella asintió, pues no la esperaba nadie en casa y además sentía curiosidad por saber qué tipo de preguntas contendría la encuesta. Prontamente, el hombre sacó una pizarrita con clip y un lápiz del interior de su abrigo.

De uno a diez, siendo uno la nota más baja y diez la más alta, ¿cuál es su grado de satisfacción con el servicio ferroviario?

Nueve.

Y un diez, ¿no?

Ella quiso reír pero se contuvo. ¿Qué tipo de encuestador era aquel que rebatía las respuestas al encuestado?

No he dado un diez porque un día de hace quince años no pude llegar al trabajo pues los maquinistas se habían declarado en huelga.

Ya veo. Pero ¿diría usted que si no hubiera sido por ese imprevisto puntual que en realidad se debió a causas ajenas a la compañía ferroviaria, le otorgaría la nota máxima?

Sí, supongo, aunque no es cierto eso de que fuera por causas ajenas a la compañía, tengo entendido que los maquinistas llevaban tiempo solicitando un aumento de sueldo y la empresa se negaba a concedérselo. Así que la huelga fue responsabilidad de la empresa, como suele ser el caso, además, no es cuestión de ir acusando a la víctima, ¿no le parece?

El hombre se quedó sin respuesta. La encuesta era evidentemente maniquea, seguramente pagada por la empresa ferroviaria para publicar buenos resultados en los medios y darse publicidad. Aun así, sentía curiosidad por saber qué otras preguntas contendría. Solo que ahora el hombre no parecía tener la intención de seguir.

¿Algo más?

No, sí…

Venga hombre, que no tengo todo el día.

Sí, está bien, vamos a ver… ¿si pudiera elegir un medio de transporte para viajar al más allá cuando sea su hora escogería usted el tren?

Pero qué tipo de pregunta era aquella. Entonces ella cayó en la cuenta de que seguramente los empleados de la estación le estaban gastando una broma.

¡Claro que sí! ¡El tren es lo más! Bueno, hasta la vista, amigo.

Se alejó de allí riéndose.

¿Acaso es hoy el día de los inocentes?, le dijo al expendedor de billetes al pasar junto a su ventanilla.

El hombre señaló el calendario que había colgado en la pared.

Es 3 de mayo, Srta. Emma.

No te hagas el tonto que nos conocemos, David, y sabes perfectamente lo que acaba de ocurrir.

La verdad es que no sé de qué está usted hablando, Srta. Emma.

Bah, adiós, hasta mañana.

Salió de la estación con la cabeza bien alta. Ellos podían continuar con su farsa todo lo que quisieran y reírse de ella a sus espaldas. Tomarle el pelo así a una pobre anciana, debería darles vergüenza… Iba por la calle refunfuñando, sin apenas devolver el saludo a cualquiera que se cruzaba con ella.

Al día siguiente, dispuesta a dejar el incidente atrás y no mencionarlo nunca en la vida para no darles el gusto a los empleados de la estación, compró el billete sin intercambiar palabra con nadie.

Cuando llegó el tren, fue a buscar su asiento de siempre pero estaba ocupado por un viajante, gordo y bigotudo, que al verla se levantó el sombrero y sonrió ampliamente. Mascullando maldiciones, fue a buscar otro asiento junto a la ventanilla. Enseguida, el tren arrancó y ante sus ojos empezaron a desfilar las casas del pueblo, y luego los campos verdes. Al poco la invadió un sueño dulcísimo que se posó como polvo de estrellas sobre sus ojos cansados sellándolos para siempre.

ccalduch©23Mar2021

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El abrazo/ The embrace

Soñaba a veces que un extraño la abrazaba y el abrazo era como una manta cálida en una noche de invierno.

Los abrazos ocurrían en el momento en que el monstruo de sus sueños llamaba a la puerta y la estancia se teñía de un azul eléctrico. Se encontraba en una estancia desconocida, y al oír los golpes en la puerta le latía el corazón en el pecho como un pájaro atrapado en una red. Una vez le vio la cara al monstruo y desde entonces sus sueños eran muy agitados. Pero entonces apareció el extraño, que se acercaba a ella y abría sus brazos, brazos largos de manos grandes, y ella se dejaba caer en ellos y se volvía invisible y entonces el monstruo pasaba de largo.

En el último sueño el extraño se desveló como uno de sus jefes en la oficina. Esto ocurrió al final del sueño, y curiosamente, a ella no le extrañó a pesar de que él no era alguien en quien ella reparara mucho. Era un hombre serio, que nunca miraba a nadie más de un segundo a los ojos, y un jefe que nunca rozaba a las empleadas con gestos falsamente distraídos e inocentes. Llevaba siempre camisas blancas, inmaculadas, almidonadas, bien ajustadas sobre los hombros. Aunque si era sincera, debería admitir que quizá sí lo miraba un poco más de la cuenta. Y cuando lo miraba no podía evitar pensar que le gustaría ser él, grande y seguro de sí.

Sabía que era indecoroso mirar fijamente a alguien e intentaba contenerse. Además, él era casado y tenía la fotografía de la boda sobre su escritorio. Alguna vez ella había intentado echarle un vistazo a la fotografía, pero estaba puesta de medio lado y resultaba difícil verla. Quería saber si él sonreía en la fotografía, si era feliz, o si se había casado empujado por alguna fuerza incomprensible. 

En la fiesta de la oficina, justo antes de Navidad, él tan solo se quedó a oír el discurso del jefe supremo (un hombre móvil, inestable con la boca, los ojos, las manos). En cambio, cuando él hablaba era para decir justo lo que quería decir, sin recurrir a estridencias dialécticas.

Tras el discurso lo vio alejarse pasillo abajo, camino al ascensor, y sintió la tentación de correr tras él, pedirle que se quedara un rato más y probara el ponche que habían preparado entre todas en la cocinilla, entre grandes risas y voces alegres pues no eran muchos los días en que se permitía tal distensión en la oficina. Pero al final no lo hizo porque ellos dos no tenían esa clase de relación, y ella no era impulsiva.

A veces salían los dos al mismo tiempo de la oficina o coincidían en el ascensor, e incluso entonces se mantenían distantes. Una vez, no hacía mucho, se habían cruzado en plena calle. Ella iba de compras y lo vio desde el cabo de la calle. Él iba solo, cargado con bolsas. A medida que se acercaban el uno al otro, y aún más cuando se saludaron, ella sintió en su pecho el aleteo frenético de su corazón enjaulado.

A pesar de su aparente frialdad, él siempre era solícito cuando ella necesitaba algo. Sus mesas estaban colocadas muy cerca la una de la otra. Aunque a veces, si le preguntaba algo que sobrepasaba su incumbencia él la dirigía a otra persona, a otro departamento o sección, sin implicarse. Sabía lavarse las manos sin embarazo. Pero eso era algo necesario en su mundo.

En el trabajo ella se desenvolvía con la ligereza de un prestidigitador y estaba bien considerada. En las evaluaciones anuales él siempre reportaba en positivo sobre ella. Pero a ella nunca le ofrecía un halago, ni una palabra de aliento. Después de terminar satisfactoriamente una tarea, ella esperaba en vano a que él le dijera: Buen trabajo. Aunque fuera a su manera, sosegada y tranquila. Pero ella estaba convencida de que antes que eso llegaría el fin del mundo.

En cambio, en el sueño él se comportaba de manera distinta. Sus ojos la envolvían cálidamente, con admiración y curiosidad. Sus brazos se abrían y la acogían sin palabras, y ella se hundía en ellos como si hubiera vuelto a casa. Y cuando despertaba no sentía el pecho agitado como de costumbre, sino una calma de río lento porque aún sentía a su alrededor su presencia, y la sensación de paz que él traía a su sueño tardaba en disiparse.

Tras el sueño en el que se reveló por fin la identidad del extraño, ella temió que fuera el último en el que él aparecería. Pero cuando lo vio en la oficina aquella mañana volvió a sentir sobre ella el abrazo del sueño. Posiblemente lo mirara entonces más de la cuenta, más de lo razonable. Pero quería saber si la sensación se mantendría y si él la sentiría también. Se preguntaba si algo cambiaría a partir de ahora gracias a la fuerza del sueño, aunque sabía que cualquiera la llamaría tonta si confesara que en su fuero interno creía que era posible que dos personas tuvieran el mismo sueño al mismo tiempo.

Cuando él se dio cuenta de que ella lo estaba mirando, la miró a su vez durante un instante fugaz para rápidamente volver a hundirse en el mar de su trabajo. Ella enrojeció y entonces se ocultó tras la planta que separaba sus escritorios. Su compañera le llamó la atención y ella se sentó al fin. El teléfono sonaba rabioso y el trabajo no podía esperar más.

Tras su mesa, él se movió y quedó sentado de medio lado. En lugar de verle la espalda y la nuca, que era lo que normalmente veía de él durante la mayor parte del día, ahora le veía la mitad de la cara, un brazo, una pierna y un pie, como si su otra mitad no hubiera acudido ese día al trabajo.

The embrace

She would dream that a stranger embraced her, and his embrace was warm, like a blanket in a winter night.

The embrace would take place at the moment when the monster of her dreams knocked on the door and the room turned into an electric blue. She was in an unknown room, and when she heard the knock on the door her heart would flutter in her chest like a bird trapped in a net. One day she saw the monster’s face and since then her dreams were very agitated. But then the stranger appeared, opened his arms, those long arms with big hands, and she would fall into them, become invisible, and then the monster would go away.

In her last dream the stranger revealed himself as one of her bosses from her office. This had happened at the end of the dream and curiously enough she did not find it too strange, although she normally did not pay much attention to him. He was a serious individual who wouldn’t look people in the eye but for one second, but at the same time he never brushed against the female employees with false absent-mindedness. He always wore white, immaculately starched shirts, well-fitted around the shoulders.

Perhaps if she were honest, she would have to admit that she spent more time looking at him than was strictly necessary. Sometimes, when she looked at him she couldn’t help thinking that she would like to be him, big and self-assured.

It was improper to stare, she knew that much, and she tried to catch herself in the act. Moreover, he was married and had his wedding photograph on his desk. Once she tried to take a peek, but it was placed in such a way that one couldn’t see the whole of it. She wanted to know if he was smiling, if he had been happy on that day, or if he got married urged by an invisible power which she had not felt yet. 

At the office party, right before Christmas, he stayed long enough to hear the CEO’s speech (a sneaky man, with loose mouth, eyes, hands). Whereas he, when he spoke, did it to say exactly what he wanted to say, without resourcing to dialectic hubbub.

After the speech, she saw him hurrying down the hallway towards the elevator. She felt compelled to run after him and ask him to stay a while and have some punch, which the girls had prepared in the kitchenette, amongst laughter and merriment, since it was not many the days when such indulgence was allowed in the office. But he and she did not have that kind of close relationship and she was not the impulsive type.

Sometimes he and she left the office at the same time, or met by chance in the elevator. Even then they kept their distance. Once, not that long ago, she ran into him in the street. She was out shopping and saw him from the other side of the street. He was alone and was carrying some bags. As they got closer and greeted each other, she felt in her chest the frenzied flutter of her caged heart.

In spite of his apparent coldness, he was always solicitous if she needed something at work. Their desks were positioned close to one another. But as will be the case sometimes, if she asked him something that went over his head, he would direct her to someone else, maybe in another department or section, without getting involved. He knew well how to wash his hands. But that was a necessary skill in their world.

At work, she was as diligent as a juggler and was well considered. He always gave a good review of her in the yearly reports. But he never paid her a direct compliment or gave her any encouragement. After she successfully finished a task, she always hoped he would come to her and say: Good job. Even if it was in his subdued manner. But she knew the world would end before he did that.

On the other hand, in her dreams, his behavior was so different. His eyes would envelope her warmly, with admiration and curiosity. His arms would open wide and embrace her in silence and she would fall in them as if they were home. And when she awoke she did not feel the usual agitation in her chest, but instead she felt a tranquil river flow because his presence and the peace that he brought with him still lingered.

After having the one dream in which his identity was finally revealed, she feared that that would be the last one in which he would appear. But when she saw him at the office that morning, she immediately felt his embrace surrounding her again. Possibly then, she stared at him too long. But she wanted to know if the feeling would remain, and most importantly, she wanted to know if he felt it too, and if perhaps something might change between them thanks to the power of her dream. She knew she would be deemed a fool if she were to explain that deep inside she believed that it was possible for two people to have the same dream at the same time.

When he noticed her intense gaze, he looked back at her for a fleeting moment before sinking again in the sea of work. She blushed and hid behind the plant that separated their desks. Her workmate called her to work and she sat down. The phones were ringing rabidly and work couldn’t be postponed any longer.

At his desk, now he sat sideways. Instead of the back of his shirt and the back of his head, which was all she could usually see from her position, now she could see half his face, one arm, one leg and one foot, as if his other half had not gone to work that day.

ccalduch©  6-11-2020

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Otoño en el parque

Quería pensar que lo suyo era una manía pero no se podía deshacer de la idea de que la seguían. Sentía una sombra tras ella desde hacía días. Dondequiera que fuera veía por el rabillo del ojo el aleteo de una gabardina estilo años cuarenta, como la de Bogart en Casablanca. Empezó a llamar Bogart a aquel aleteo, para entenderse. Ya está ahí Bogart, se decía cuando salía de la oficina e iba de camino a casa o al parque donde veía caer las hojas y tomaba su almuerzo, un emparedado de atún con tomate, o de pavo con lechuga y mayonesa que preparaba ella misma a las seis de la mañana antes de salir hacia la oficina.

Pero ¿por qué? ¿Quién era ella para que la siguieran? ¿Qué mérito tenía? No era guapa, ni llamativa. No tenía novio. No se veía con ningún casado. No tenía deudas. En la oficina era pulcra, puntual y nunca se marchaba antes de su hora. No manifestaba opiniones políticas en voz alta. No acudía a manifestaciones, aun cuando algunas las encontraba necesarias. En cuanto a religión, hacía lo que la mayoría, sin pensar demasiado. En definitiva, no era nadie. Una mera oficinista que no alzaba la voz, no se quejaba aunque podría hacerlo como hacían sus compañeras cuando se producía una injusticia.

Sentada en un banco del parque, volvió a ver a Bogart por el rabillo del ojo y sintió el corazón bombeando en su pecho, loco de miedo. Ese día se había sentado en un banco cerca del paseo, bien a la vista, donde había una mamá con un niño de unos dos años que jugaba con un rastrillo amarillo en el suelo. En el parque la escena era la habitual. Señoras paseando a niños en cochecitos. Estudiantes que pasaban en grupo, con sus uniformes y mochilas. Señores con perros. Corredores y deportistas. Un mimo de cara blanca haciendo piruetas sobre la hierba. Palomas picoteando migas del suelo. Algún pedófilo que babeaba mirando los muslos blancos de niñas que se tiraban por el tobogán.

Desenvolvió el emparedado con lentitud, pero antes de dar el primer bocado respiró hondo para recuperar el ritmo normal de su respiración. No le resultó fácil. Sentía a Bogart cerca, tras los arbustos, esta vez lo sentía más cerca que nunca.

Cuando acabó el almuerzo, tomó una determinación. Decidió acudir a la policía. Era lícito exponer sus recelos. Una mujer que vivía sola en la gran ciudad, a la que alguien seguía, tenía una buena razón para acudir a la policía si creía que estaba en peligro. En el fondo deseaba que todo fuera una invención suya, como aquella vez que creyó que Laura, su compañera de trabajo, le había echado pimienta a su emparedado de queso para provocarle un ataque de estornudos.

Probablemente la policía la acompañaría de vuelta a la oficina. Le harían ver que nadie la seguía y que todo eran imaginaciones suyas. En caso contrario, caso que se descubriera que Bogart era real, tomarían cartas en el asunto inmediatamente. Lo detendrían, descubrirían su identidad, sus motivos y lo meterían entre rejas.

Se levantó decidida a ir en busca de dos agentes de policía que en anteriores ocasiones había visto patrullar por el extremo sur del parque.

Allí estaban hoy también, apoyados sobre el coche patrulla y comiendo perritos calientes. Ella pensó que si Bogart era real y la estaba siguiendo, la vería necesariamente hablando con ellos. Entonces quizá se asustaría y desaparecería por siempre. O quizá no, quizá esperaría agazapado a una ocasión más propicia para volver a seguirla.

Dudó unos segundos, pero los policías ya la habían visto acercarse y se metieron el resto del perrito caliente rápidamente en la boca. Cuando llegó a su altura, se ajustaron la gorra y se pusieron firmes. Le preguntaron si todo iba bien. Uno era alto y delgado, joven, y tenía restos de mostaza en los labios; el otro era ancho de espaldas, más curtido. Ella calculó que entre los dos podrían con Bogart, al que no había visto bien, solo su sombra, pero lo imaginaba alto y corpulento. Titubeó antes de arrancar a hablar, pero invitada por uno de los policías acabó por explicar que creía que alguien la seguía desde hacía días. Enseguida sintió como se aliviaba un peso de sus hombros.

El agente más joven miró por detrás de ella y echó a correr sin más explicaciones. El segundo agente le dijo que no se moviera de allí y salió corriendo tras su compañero, aguantándose la gorra para que no saliera volando. Ella obedeció y se quedó parada junto al coche patrulla que tenía las ventanillas bajadas. Desde donde estaba oía claramente los mensajes que daba la radio de la policía en el interior del coche y se sintió extrañamente reconfortada por la proximidad de la ley.

No vio lo que ocurrió, pero sí oyó claramente dos detonaciones fuertes cerca de allí. Entonces hubo revuelos de palomas y gente corriendo despavorida. Al poco se oyeron sirenas de policía a lo lejos. Los dos agentes no regresaron. Al darse cuenta de que no lo harían, echó a andar con paso rápido, ignorando la radio del coche patrulla que resonaba fuerte y pedía insistentemente por los agentes, pues había habido un tiroteo en el parque.

Aquella tarde no regresó al trabajo. Al día siguiente tampoco acudió. Llamó a la oficina y dijo que estaba enferma. Sí, seguramente se había resfriado, dijo y entonces sintió que en efecto se le tapaba la nariz. Nunca faltaba al trabajo y la creyeron sin más. En todo el día no salió de su apartamento. Cerró la puerta a cal y canto y pidió por teléfono a su casero que dijera que no estaba si alguien venía preguntando por ella. Aquel día comió sopa de tomate de lata y emparedados de huevo duro sentada ante el televisor. Después de comer se adormeció en el sofá donde se estaba muy bien. Hacía mucho tiempo que no se quedaba en casa en un día laborable y cómo si eso fuera poca suerte empezó a llover.

ccalduch©20-10-2020

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Cuento de la Reina de Madera

La reina pasó días sumida en el desconcierto tras ver una mano inquieta moverse por encima de su cabeza. Empezó a afianzarse en su mente la posibilidad de ser un mero ser de ficción, y de carecer de voluntad propia. Aquella mano invisible podía estar escribiéndola desde lo alto y hacerla moverse como una marioneta de madera, ligada con hilos invisibles. Empezó a sospechar que todo a su alrededor pudiera ser un escenario: los tapices con motivos de caza que cubrían las paredes de su palacio, los árboles exuberantes que llenaban sus jardines, los bosques, y las montañas siempre nevadas en el horizonte. Al mismo tiempo deseaba con todas sus fuerzas que aquella mano hubiera sido parte de un sueño, o de una ensoñación de las que la asaltaban durante los aburridos consejos con sus ministros, y que el mundo que ella conocía fuera único y verdadero. Se propuso entonces olvidar aquella mano diciéndose que lo mejor sería seguir con su vida como si no hubiera visto nada.

Y creyó ser capaz de lograrlo. Sin embargo, días después, durante un consejo de ministros sintió un clic-clic raro dentro de los zapatos que le fue subiendo por las venas como una savia fría y amarga. Al mirarse al espejo aquel día vio que tenía las piernas como palos, los brazos como ramitas, los dedos largos y nudosos, el cabello del color del serrín y los ojos como hoyos profundos. Cuando caminaba, se alzaba con ella un crujido como de sillas desvencijadas y sus pies repiqueteaban sobre el suelo con aquel clic-clic raro que ya no la abandonaría. Nunca antes se había sentido así y comprendió que la mano sobre su cabeza era real y que al verla, sin querer, ella misma había descorrido el velo misterioso que todo lo había cubierto hasta entonces. 

Durante los consejos con sus ministros la reina se quedaba ausente, con la palabra suspendida en el aire como una hoja invisible, absorta en la contemplación de un roble que asomaba tras la ventana de la sala del consejo y en el que nunca antes había reparado. El secretario del reino carraspeaba impaciente, no acostumbrado a perder el tiempo en contemplaciones vanas. La reina volvía en sí y miraba a sus ministros preguntándose si no se daban cuenta de que, como ella, ellos también eran de madera. Les preguntaba entonces con voz hueca si no habían oído a los pájaros que anidaban en el roble. Los ministros manifestaron no haber oído nada. Uno, que era ya muy viejo, admitió ser un poco duro de oído.  Otro confesó haber olvidado cómo sonaba el trino de los pájaros, siempre tan ocupado y sin tiempo para prestar atención a nada más que a las obligaciones de su cargo. 

La reina clavó sus hoyos oscuros en los ministros que se volvieron los unos a los otros, provocando crujidos con el girar de cuellos, y balanceos de las borlas que pendían de sus gorros de ministros. Se preguntaba si ella era la única que sabía la verdad o si acaso ellos también la sabían y se la habían estado ocultando toda su vida. Los ministros le recordaron que había asuntos importantes que resolver aquel día, mucho más importantes que cien pájaros trinando en un roble. Y en el pasado la reina habría estado de acuerdo con ellos porque cuanto más complicada resultaba la regencia del país, menos tiempo le quedaba a la reina para reflexionar sobre la practicidad y utilidad de sus actos y decisiones. Sin embargo, ahora sospechaba que aquellos actos y decisiones no eran producto de su mente inquieta sino de una mano negra que se movía invisible por encima de ella. Se preguntaba de que le había servido levantarse al alba durante años para leer los periódicos, si todo lo que se publicaba no eran más que tramas falsas escritas por esa mano negra; se preguntaba de qué le había servido pasar revista a los asuntos del reino con su primer ministro durante el desayuno cada día relegando al futuro todo abismo de felicidad y acomodo, siempre anteponiendo el trabajo al placer, nunca queriendo parecer una reina regalada, ni dejar sus asuntos en manos de otros. Lo más extraño de todo era que nunca se había parado a contemplar los árboles ni a escuchar los pájaros, algo que ahora le resultaba de vital importancia. 

Así que pidió que abrieran las ventanas para que todos escucharan el canto de los pájaros. Entonces un ejército de lacayos salió de entre las sombras para cumplir los deseos de la reina. Pero hacía años que las ventanas no se abrían y resultó una ardua tarea. Mientras tanto los ministros resoplaban y se oyeron algunos murmullos incómodos en la sala. Hubo que llamar a más lacayos que al fin forzaron entre grandes crujidos la abertura de las ventanas rebeldes con unas palancas. La reina sintió en sus huesos de madera el eco del dolor de la madera al ceder bajo el hierro. 

Pero ni con las ventanas abiertas lograron los ministros oír el canto de los pájaros. Sus oídos eran incapaces de apercibirse de nada que estuviera más allá de las cuatro paredes de sus cráneos de madera. Entonces la reina quiso que salieran todos con ella al bosque. Los ministros obedecieron con desgana, arrastrando los pies, solo porque ella era la reina y los deseos de la reina no se discutían.

Al pisar el suelo del bosque a la reina y a sus ministros les crecieron raíces en los pies. Algunos intentaron arrancárselas, pero al tocarlas, sus manos quedaron también enredadas, y sin posibilidad de liberarse. Sus cuerpos se retorcieron en siluetas imposibles y las raíces se fueron hundiendo cada vez más en el subsuelo del bosque. La reina por su parte no se resistió al avance de la naturaleza. Su pose era distendida, con las manos alzadas hacia el cielo como llamando a la lluvia o haciendo el saludo al sol. Con los días todos aquellos árboles nuevos echaron ramas y hojas y los pájaros hicieron nidos en ellos. En los ojos de la reina se posaban las lechuzas que ululaban felices durante la noche.

ccalduch©14-10-2020

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Cuento de la Reina de Ahora

Fue al regreso de un largo viaje cuando quedó en evidencia que la reina había cambiado. Ya no era la misma. Se podía hablar de una reina de ahora y de una reina de antes. Si bien su aspecto era el mismo, largo cabello negro, ojos oscuros, grandes, facciones hermosas, su carácter era radicalmente distinto. 

Mientras que la reina de antes se había mostrado por lo general impaciente e iracunda con sus servidores, nunca habiéndose parado a pensar en su bienestar ni por un momento, la de ahora los saludaba y los miraba a los ojos, les preguntaba cómo estaban, si necesitaban algo y si sus parientes se encontraban bien de salud. 

Hubo quien huyó de la corte creyendo que se trataba algún tipo de encantamiento, otros creyeron que se trataba de una trampa que la reina había urdido para ganarse su confianza y después traicionarlos, otros creyeron que como en el cuento popular, la que había regresado del viaje no era la reina de antes sino una hermana gemela suya que había permanecido oculta durante años, apartada de la corte al nacer, siendo las dos producto de una relación ilegítima de la reina madre con un cortesano, o quizá con el capitán de la guardia, que guardó las espaldas de la reina madre celosamente hasta que murió; y que la reina de ahora había sido entregada al nacer a unos campesinos para su crianza alejada de la corte, so pena de encierro si llegara a saberse de su existencia y su verdadera identidad.

Como fuera, a pesar de las especulaciones, no llegó a confirmarse ninguna de esas teorías. El resultado seguía siendo el mismo: nadie lograba explicarse el cambio producido en la reina.

Al poco de regresar del viaje, la reina supo que habría de impartir justicia en el salón del trono. Según le dijo el viejo secretario de la corte, era su costumbre celebrar los juicios al alba y a continuación salir a cabalgar durante horas acompañada por la guardia real.

Pero la reina de ahora se demostró poco aficionada a madrugar y el juicio comenzó tarde. El secretario y la comitiva real esperaron durante horas a que la reina llegara. Al ocupar su lugar en el trono, la reina se dio cuenta de que no encontraba en su ánimo valor para juzgar a nadie y le pidió al secretario que la ayudara. 

Cuando una pareja de acusados entró en el salón, con grilletes en los pies, la piel de la espalda lacerada por latigazos, cabellos largos que les tapaban los ojos, medio desnudos como si fueran náufragos, la reina dejó ir un suspiro de sorpresa y se llevó la mano al corazón. 

¿Qué han hecho esos infelices?, preguntó con apenas voz audible.

Robar gallinas, señora, respondió el secretario también en voz baja, es un caso simple, debéis decretar pena de muerte.

¿Por robar gallinas?, preguntó la reina incrédula.

El secretario asintió y señaló el lugar donde la reina debía estampar su firma para que la sentencia fuera firme. El pulso de la reina de antes no temblaba nunca al firmar sentencias, pero la reina de ahora no era la misma que la de antes, algo que estaba quedando en evidencia ante la corte. En la opinión del secretario un soberano débil resultaba un peligro para la estabilidad del reino, así que se encontró diciendo:

Si su majestad se encuentra aún fatigada por el viaje, el juicio se puede posponer hasta mañana.

La reina se mostró de acuerdo y la sala se vació, entre murmullos de desagrado, pues los juicios y las ejecuciones públicas eran motivo de entretenimiento y diversión en la corte. 

La reina pasó las páginas del libro de sentencias que había ante ella. Quedó sorprendida al ver estampado su nombre bajo una sentencia por la cual condenaba a un árbol a ser talado de raíz. 

¿Qué mal había hecho el árbol?, le preguntó al secretario.

Este le contó entonces como el dueño del árbol había llevado a juicio a su vecino por apropiarse de unas manzanas doradas muy suculentas que caían en su finca, pues las ramas del árbol se extendían por encima de las lindes que dividían las dos fincas. El dueño del árbol consideraba que las manzanas eran suyas por ser el árbol de su propiedad, mientras que el vecino consideraba que si caían en su propiedad pasaban a ser suyas. Esta disputa era vieja y había llevado a los dos hombres a retarse a duelo en numerosas ocasiones. La reina de entonces había decretado que, para atajar el problema de raíz, fuera talado el árbol.

¿Por qué no compartían las manzanas?, preguntó la reina. 

El secretario se encogió de hombros. Se creía demasiado viejo para perder el tiempo buscando explicaciones a las motivaciones humanas, algo que la reina de entonces comprendía perfectamente, de ahí que hubiera firmado la sentencia.

Así que talaron el árbol, murmuró la reina de ahora con gran pesar viendo en su mente al leñador con su hacha al hombro, los pájaros abandonando el árbol, el filo del hacha clavándose en el costado del árbol.

Aún no, señora, la ejecución de la sentencia está prevista para este mediodía, anunció el secretario.

Aún quedaba una hora. Al oír aquello la reina se puso en pie y salió del salón a toda prisa, tomando por sorpresa a los cortesanos que deambulaban aburridos por los pasillos de palacio y a los dos guardias que apostados en la puerta del salón se despertaron de su ensueño. Mandando entonces que la llevaran al lugar en el que había de ejecutarse aquella, según ella, absurda sentencia, partieron todos dejando el palacio desierto.

Cuando el hacha del leñador ya se alzaba contra el árbol, el aire se llenó de un grito:

            ¡Alto en el nombre de la reina!

El leñador dejó caer el hacha e hincó la rodilla en el suelo al ver a la reina sobre su caballo. El dueño del árbol lloró de alegría al ver que su árbol se salvaría mientras que el vecino se alegraba también en su interior, aunque no lo demostrara, por aquel súbito cambio de planes. 

Decreto que compartáis los frutos de este árbol, dijo la reina.

Los vecinos juraron que ya nunca más disputarían por las manzanas. El dueño del árbol repartió entonces manzanas doradas a los testigos de aquel extraño suceso y todos estuvieron de acuerdo en que eran las más suculentas manzanas que habían probado nunca. 

ccalduch©3/10/2020

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