Lo bueno si breve…

El segundo sitio donde fuimos a vivir era aún más alto que el primero y tampoco tenía ascensor. Pero era grande, con dos balcones, con más habitaciones de las que necesitábamos y con vistas espléndidas en un arco de 180 grados, con lo que veíamos salir el sol sobre el mar y ponerse tras el Tibidabo.

Pero el piso también tenía sus desventajas. Era un piso magnífico pero antiguo, sin reformar, y las baldosas del suelo bailaban, con lo que siempre teníamos que ir de puntillas para no despertar al bebé. Tampoco tenía Gas Ciudad y seguimos con la costumbre de bajar corriendo, quizá descalzos, los cuatro pisos hasta la calle para reclamar al butanero que nos subiera la bombona y que no se hiciera el loco cuando lo llamábamos desde el balcón.

Pero teníamos trabajo y las cosas iban bien. Seguíamos con las traducciones y por si fuera poco se me ocurrió pedirle a una amiga que nos recomendara a la editorial para la que ella trabajaba, ella aceptó y le pasamos los currículos. Pronto nos salíeron los encargos por las orejas y nos empezó a faltar tiempo. Pero el bebé no perdonaba lo suyo y se hizo evidente que necesitábamos un canguro, sin embargo, no conocíamos a nadie de confianza y no sabíamos a quién preguntar.

Los vecinos del bloque eran en su mayoría de avanzada edad, llevaban toda la vida viviendo allí, no eran muy abiertos y nuestras relaciones con ellos se limitaban a escuetos saludos cuando nos cruzábamos por la escalera. Un buen día, nuestro vecino de rellano murió y al poco tiempo se mudaron al piso Ester y Eva que no tardaron en venir a presentársenos.

Cuando abrí la puerta me encontré con dos chicas jóvenes y sonrientes. Una, Eva, morena de ojos grandes, la otra Ester pelirroja, de ojos verdes y dientes de ratón.

–Hola, nos acabamos de mudar –empezó Eva señalando la puerta de su piso que estaba entreabierta.

Nos presentamos y Eva me dio una tarjeta con números de teléfono por si acaso ocurría alguna desgracia en el piso cuando ellas no estaban. Pensé que era buena idea y se me ocurrió que podríamos nosotros hacer lo mismo, pero nunca llegamos a hacerlo.

Cada vez que nos cruzábamos con Eva y Ester las dos se deshacían en arrumacos y fiestas con el bebé. De las dos Ester era la que más se emocionaba, como si tuviera un irresistible instinto maternal y me pedía a menudo que se lo dejara coger en brazos. Yo me decía que eso era solo porque no tenía ni idea de lo pesado que era tener que hacerse cargo de un bebé y trabajar al mismo tiempo, lo que era peor en nuestro caso porque trabajábamos desde casa.

Se nos acumulaba el trabajo y las editoriales no perdonan las tardanzas así que a menudo yo perdía los nervios. El bebé ya empezaba a gatear y era imposible tenerlo controlado y trabajar al mismo tiempo, y yo acababa dando voces, de las que me arrepentía enseguida y me avergonzaba y me preguntaba qué pensarían de mí los vecinos. Pero Eva y Ester eran discretas y nunca dijeron nada al respecto.

De las dos, era a Ester a la que más a menudo veíamos. Eso era porque Ester no tenía trabajo. Entonces se me ocurrió ofrecerle hacer de canguro del bebé aunque no la conocíamos mucho pero era un buen arreglo, de riesgo bajo, ella no se tenía que desplazar y nosotros, al trabajar desde casa, estábamos cerca en caso de que el bebé nos necesitara por cualquier motivo.  Ester aceptó encantada, y empezó enseguida. Era puntual, de fiar y todo iba tan bien que hasta me parecía imposible que pudiera ser verdad.

Un domingo Ester y Eva nos invitaron a comer a su casa. Resultó algo extraño vestirnos de domingo y cruzar el rellano para ir a comer a casa de las vecinas. Llevamos la trona del bebé, una botella de vino y unas tartaletas de fruta para los postres.

Cuando llegamos la comida aún no estaba hecha y pasamos todos a la cocina. Sentamos al bebé en la trona y Ester le dio una mandarina para que viéramos lo que había aprendido a hacer. El bebé, encantado de la vida por tanta atención, peló la mandarina haciendo las delicias de todos.

Eva y Ester cocinaban juntas y parecían entenderse muy bien. Hasta ese día no las habíamos visto en la intimidad de su hogar y me chocó ver cuán compenetradas estaban. Según mi experiencia los compañeros de piso no siempre se llevan bien y la cocina suele ser territorio de conflicto. Pero no era ese el caso de Eva y Ester. Por sus gestos cómplices durante aquel día y por qué no decirlo, porque se besaron varias veces en la boca delante de nosotros comprendimos la verdad sobre ellas.

–¿Lo sabías? –le pregunté al padre de mi hijo una vez estuvimos de vuelta en casa.

–¿Cómo iba a saberlo? –dijo–. ¿Lo sabías tú?

–No, siempre di por supuesto que eran solo compañeras de piso. Pero no importa, ¿no?

Estuvimos de acuerdo en que aquello no era de nuestra incumbencia y que no íbamos a darle ninguna importancia al asunto, y seguimos con nuestras vidas. Pero lo bueno, con esa costumbre que tiene de efímero, no había de durar.

Una noche oímos voces en casa de las vecinas. Me asomé a la puerta y vi a Ester en el rellano desnuda. Llamaba a la puerta de su piso y suplicaba a Eva que la dejara entrar, al menos a recoger su ropa. Abrí la puerta.

–Ester, ¿qué pasa? –dije en voz baja.

Ester se volvió y me miró avergonzada. Intentó taparse con las manos y empezó a balbucear una excusa, algo de las llaves, pero no coló. La hice entrar en casa. Le pasé un albornoz por los hombros y le preparé una infusión. Nos contó que Eva se había puesto celosa por una tontería y que la había echado de casa.

–Puedes dormir aquí hoy –dije­–. Y mañana vuelves a hablar con ella a ver si está más tranquila y arregláis las cosas.

Ester no lo creía posible. Dijo que Eva era muy celosa y que nunca le perdonaría que hubiera tonteado con una amiga. Así que ya podía ir buscándose otro sitio donde vivir.

–¿Tienes familia a quién acudir de momento? –pregunté.

–Sí, tengo una hermana.

Ester llamó a su hermana por la mañana. Le presté ropa y algo de dinero. Me prometió que me lo devolvería todo en cuánto pudiera. Le dije que no hacía falta. Le pedimos un taxi por teléfono. Antes de irse nos dio un abrazo. Al despedirse del bebé se puso a llorar. Nunca la volvimos a ver. Con Eva no volvimos a hablar, nos evitaba y al poco tiempo se mudó. Una pareja de mediana edad ocupó su piso y cada vez que yo los veía entrar o salir, recordaba que un día habíamos estado comiendo allí con Ester y Eva, y tenía la extraña sensación de que todo aquello había ocurrido en un sueño.

 

 

ccalduch@2018-05-20

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El Agua Siempre Busca la Tierra

En el piso donde vivimos primero había mosquitos por la tarde, por la mañana y a todas horas. Yo siempre había oído decir que los mosquitos salían por la tarde, como los caracoles después de la lluvia, pero al parecer eso no era más que otro cuento de viejas que se demostraba falso. Al parecer en los patios traseros de los pisos, que nadie cuidaba, se acumulaba el agua de lluvia y de ahí los mosquitos. Pero eso, como otras muchas particularidades del piso, no lo supimos hasta que llevábamos un tiempo viviendo allí.

Habíamos llegado a Barcelona a finales de junio sin saber que nos esperaba un verano atroz. Fue el verano del beso de la flaca, que entraba por las ventanas con el mismo descaro que los mosquitos. Un verano de calor insoportable, por las noches no se podía respirar el aire cargado de bochorno y teníamos que dejar las ventanas y la puerta principal abiertas para que entrara algo de aire, pero lo único que entraba eran los mosquitos.

En invierno sería todo al revés aunque eso no lo podíamos saber entonces. El aire frío y húmedo se colaría por los resquicios de las ventanas de madera vieja haciendo vibrar los falsos techos construidos con unas placas de plástico barato que hacían un zumbido como de moscardón y que no nos dejaba dormir, y el agua se filtraría por el techo desde la azotea causando graves desperfectos y goteras.

Pero el sitio era tranquilo, podíamos trabajar en nuestras traducciones en un extremo de la gran mesa de pino del comedor y dejar libre el otro extremo para comer. Así que no teníamos que guardar el portátil ni los diccionarios cada vez que comíamos. Además, había línea de teléfono y pudimos contratar un incipiente servicio de internet. Eso sí, no había Gas Ciudad y cocinábamos con butano con lo que a menudo teníamos que perseguir al repartidor por la calle si queríamos que nos subiera la bombona hasta el tercer piso. Los butaneros podrán parecer unos personajes pintorescos, o una reliquia de otros tiempos en los que los oficios se anunciaban por la calle, pero no dejan de ser molestos. Son como la nieve que hace gracia un día pero si está un mes nevando ya no te hace gracia ninguna.

Los butaneros nos despertaban cada mañana con el jaleo de las bombonas, las golpeaban entre sí para avisar de su presencia, totalmente ajenos al peligro de hacerlas explosionar llevándose por delante media calle, y luego cuando los llamábamos desde el balcón, hacían ver que no nos veían y teníamos que salir corriendo tras ellos y llevarlos casi de la oreja de vuelta al bloque. Pero la escandalera de las bombonas tenía algo de bueno y era que nos servía de despertador, sobre todo las mañanas en que nos costaba salir de la cama, después de pasar media noche en danza con el bebé.

Viniendo de tan lejos, de un país con nieve y temperaturas de menos de 20 grados durante los meses más duros del invierno, estábamos acostumbrados a, y dábamos por supuesto, ciertos derechos como el derecho a queja formal ante un propietario si algo no funcionaba en el piso, y ciertos lujos asociados como calefacción central y gas, y por eso, nos costó acostumbrarnos a las particularidades de la vida de realquilados de tercera. Pero teníamos bastante trabajo y en la casa había línea de teléfono. No nos podíamos quejar.

Teníamos una vecina, veneranda anciana de cabello blanco y ondulado como la espuma del mar, que cuando yo sacaba el bebé al balcón para que le diera el sol, me daba conversación. Fue ella la que me dijo un día, de parte de todo el vecindario, que mi teta no valía para amamantar a mi bebé y que mejor le daba un buen biberón para que se quedara harto y no llorara por las noches. Esto contradecía todas las opiniones de pediatras y enfermeras a las que habíamos tenido acceso pero según la anciana, todo eso eran modas, además, los médicos no sabían lo que les convenía a los críos y donde estuviera un buen biberón que se quitara una teta.

Un buen día oímos gritar a esta misma vecina como si le hubiera dado un ataque. Al parecer, se había derrumbado medio techo en su piso. Ella había salvado la vida gracias a que estaba en la compra en el momento del suceso. Me hizo pasar a que viera el estropicio y comprobé que no exageraba. Había grandes pedruscos en el salón y en el baño. Fíjate, si me llega a caer eso en la cabeza cuando estoy ahí haciendo mis cosas me deja en el sitio, se lamentaba la mujer señalando el WC. Un gran bloque de cemento había caído justo sobre la taza del váter y había partido en dos la tapa de plástico. Pues sí, había tenido suerte dentro de todo, fue la opinión generalizada del vecindario.

El agua siempre busca la tierra, oí por casualidad que explicaba con gran sensatez el arquitecto que acudió a certificar el estropicio en casa de la vecina. Al parecer, el desaguisado se debió a una filtración de agua de la azotea donde estaban los depósitos del agua. Así nos enteramos de que el agua en el piso no era corriente, sino que se almacenaba en unos enormes tanques, que nadie cuidaba, alojados en la azotea justo encima de nuestro piso y del de la vecina.

Cuando vino el arquitecto con el dueño del bloque, nosotros nos tuvimos que mantener al margen ya que el realquiler que teníamos no estaba autorizado. Que éramos unos sobrinos del pueblo –la excusa que nos proporcionó la persona a quién rerealquilamos el piso– no habría convencido a nadie si nos preguntaban qué pintábamos nosotros allí.

La vecina anciana era habladora pero no nos descubrió. Ahora van a arreglarlo todo, me dijo con ojos brillantes una vez se hubieron marchado las autoridades.

En nuestro piso no cayó el techo pero sí hubo goteras en invierno. La primera gota se deslizó subrepticiamente una noche, como la gota en el gotero de un enfermo de hospital, por el cable de la lámpara del dormitorio, y finalmente fue a caer sobre la cama. Al verlo, tuvimos miedo de que el techo se desplomara mientras dormíamos y llevamos el colchón al salón. Por la mañana decidimos marcharnos.

A la persona a la que le rerealquilamos el piso no le hizo ninguna gracia que nos fuéramos tan pronto, solo hacía medio año que habíamos llegado, puesto que perdía el realquiler del piso. ¿Acaso no estábamos bien allí? ¿Acaso no teníamos todas las comodidades, hasta teléfono? ¿Qué más se podía pedir? ¿Acaso el alquiler no era asequible? Le pagábamos lo mismo que ella pagaba a su vez, lo que para ella significaba “no pedirle peras al olmo”, aunque en la expresión que ella usó había cierta confusión con la fruta del refrán. Todo ello daba muestras de su gran corazón, de que ella no se quería aprovechar, sino tan solo ayudar a una joven familia…

Sin embargo, no dimos marcha atrás en nuestros planes y al poco nos marchamos del piso. La ama nos voceó por todo el barrio. Dijo que éramos unos desagradecidos de tomo y lomo, y aunque no le dejamos nada a deber, nunca más volvió a dirigirnos la palabra. El siguiente piso al que fuimos a parar no estaría libre de problemas, y también tenía una ama que era un personaje en sí mismo. Pero al menos el techo no goteaba, ni amenazaba con aplastarnos en el momento más insospechado, eso sí, también había mosquitos.

 

ccalduch@2018-05-19

 

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La colonia

Es su estupidez lo que les hace estar tan seguros de sí mismos. F. Kafka

Buenas tardes. Sean bienvenidos.

Lo primero que debo decirles es que están aquí para cumplir una de las obligaciones de los seres humanos: morir bien. (Risas). Calma, calma, por favor. Sí, lo sé. Sé lo que estarán pensando. Me dirán que ya saben a lo que vienen, que han tenido que salvar muchos obstáculos legales y morales para llegar hasta aquí, que están cansados tras la larga travesía y que no pueden esperar a llegar a su habitación y cerrar la puerta, etcétera. Pero mi obligación es recordarles que siempre tendrán la opción de dar media vuelta y regresar a su vida si así lo deciden. Salvo, y esto es muy importante, en el caso de que hayan accionado el botón rojo que encontrarán sobre la cama de su habitación.

No se preocupen, no lo confundirán con el interruptor de la luz. (Murmullos de alivio). Es un botón rojo grande que hay que accionar tres veces seguidas para poner en marcha el proceso. Pero una vez pulsado ese botón rojo tres veces, recuerden, tres veces, la puerta de sus habitaciones se cerrará herméticamente y no se volverá a abrir hasta que se haya producido el desenlace al gusto del cliente, según las condiciones expuestas en su solicitud.

Debo insistir una vez más, y para que no haya lugar a error, y es que a este lugar se viene a morir bien. La diferencia con otros lugares de similares características, y en eso debo felicitarles por su elección afortunada, es que aquí se muere con la dignidad intacta. En una habitación individual, insonorizada, a puerta cerrada, quedando a salvo de las miradas y de los oídos de propios y extraños.

Morirán completamente solos, sí. Porque morir en público es como hacer las necesidades en público. ¿Acaso somos perros? Y aún diría más, diría que morir en público es todavía peor ya que al morir muchos se encuentran inconscientes y se convierten en marionetas en manos de los demás. A modo de ejemplo citaré el caso de un paciente nuestro que, arrepentido de su decisión, volvió a su vida a morir de una manera tradicional y que, habiendo firmado el consentimiento para donar sus órganos, finalmente no pudo ejercer su derecho ya que su familia decidió no honrar sus deseos finales.

No encontrarán eso aquí. No hay, ni permitimos que las haya, interferencias de familiares ni de allegados. Porque aquí ustedes tendrán siempre la última palabra, tanto si es sí como si es no. Aquí el cliente lo decide todo y en todo momento.

El que encuentre estas nociones inaceptables, o el que se haya confundido de ferry (risas) puede por supuesto marcharse cuando quiera, el ferry seguirá en el puerto durante una hora. Y no se preocupen, si deciden quedarse a pasar la noche pero por la mañana han cambiado de idea, podrán coger uno de los cuatro ferrys diarios y marcharse, sin tener que dar ninguna explicación y sin encontrar ningún tipo de impedimento al respecto. Aquí no tenemos compromiso de permanencia. (Risas).

No, en serio. Quiero que quede claro que aquí no obligamos a nadie a llegar hasta el final. Simplemente proveemos de un lugar único y de unas condiciones inmejorables a aquel que decida hacerlo.

Debo informarles ahora de algunos detalles que quizá les resultarán anecdóticos, aunque tienen su importancia. Este es un lugar que no aparece en las rutas turísticas, de hecho, solo aparece en algún mapa antiguo, de la época en que esta isla era una colonia de leprosos a evitar por los barcos mercantes. No aparecer en los mapas, ni en las rutas, no es algo casual, ni residual. No escatimamos en esfuerzos en garantizar la privacidad de nuestros clientes. No querríamos aparecer en los medios, ni ver lanchas con potentes teleobjetivos ante nuestras costas. Queremos que la experiencia de nuestros clientes sea lo más íntima y privada posible. Por esta misma razón no están permitidos los teléfonos móviles y tampoco encontrarán teléfono en su habitación.

Cuidamos de nuestros clientes y por ello nos hemos ganado una buena reputación. Entre nuestros clientes se cuentan grandes personajes y personalidades famosas, tanto del mundo de las letras, filósofos, escritores, artistas…, como de la esfera corporativa, y hasta primeras figuras del deporte. Luego si desean podrán visitar la galería donde se exhiben sus retratos para que se hagan una idea de la magnitud de nuestra clientela.

Por todo esto, nuestras plazas son muy codiciadas y cotizan tan caro (risas). Como saben, el proceso de selección es complejo y por razones obvias nos vemos obligados a mantener la confidencialidad más absoluta. Muchas de las solicitudes que nos llegan son denegadas al instante: gente recién divorciada, gente que ha perdido su empleo o sus casas… Consideramos estas circunstancias reveses de la vida que no generan el derecho a obtener una plaza aquí. Entendemos que los motivos para estar aquí han de ser de mayor envergadura.

Además, tampoco sería justo darse cuenta de que uno se ha equivocado, habiendo privado de plaza a alguien con más necesidad de ella. Por todos esto, ustedes han tenido que pasar exámenes psicológicos exhaustivos para determinar si su necesidad y su voluntad de llegar hasta el final es seria, o si circunstancialmente se encuentran en una fase negativa de su vida que les ha hecho tomar una decisión precipitada, y quizá errónea. (Murmullos de aprobación). Con todo, tengo que recordarles que seguirán teniendo que cumplimentar cuestionarios y pasar exámenes cada día que pase sin que hayan activado el botón rojo, y que en caso de detectarse dudas, habrán de regresar al continente e iniciar de nuevo todo el proceso. (Silencio denso). Pero ese no será el caso, ¿cierto? (Murmullos indecisos). Esperemos que no. Y ahora si no hay más preguntas, permítanme acabar dándoles las gracias por escogernos como su destino final. Esperamos que su estancia sea agradable y que sus expectativas se vean cumplidas. Gracias por su atención. (Aplausos). Y ahora si son tan amables de seguirme, les enseñaré sus habitaciones. (Más aplausos).

 

ccalduch@2018-05-13

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África (2)

1990.

Es verano y la jungla exuda vida. Mark frena el jeep al encontrarse con un tropel de impalas que, atraídas por los efluvios de las cosechas, se desplazan de la montaña al valle y se encuentran ahora mismo intentando salir del cañón artificial que forma la estrecha y mal asfaltada calzada que lleva al aeropuerto.

–¡Malditos bichos, voy a perder el vuelo por su culpa! –refunfuña Chantal revolviéndose nerviosa en su asiento.

–Llegaremos a tiempo –dice Mark–. Olvidas que aquí todo tiene su propio ritmo.

–¿Los vuelos intercontinentales también tienen su propio ritmo? –sigue ella dándole vueltas en la mano a los billetes de avión y a su pasaporte.

-Sí, los aviones también.

-Lo que tú digas, papá.

-No es lo que yo diga, es que es así.

Chantal calla, dándole el gusto de tener la última palabra, como de costumbre. Erika nunca le permitía ganar una discusión. Pero su hija es más comprensiva que Erika, aunque él preferiría tener más intercambios significativos con ella porque eso le ayudaría a saber lo que piensa y cómo piensa. Sin embargo, tratar con ella se convierte en algo así como una partida de ajedrez contra un genio que se deja ganar por compasión.

Mark pone el coche en marcha y avanza lentamente por entre los huecos que van dejando los impalas que salen en tropel de la calzada.

–Anda, lárgate –murmura Chantal cuando uno de los animales se acerca al jeep y se pone a lamer el vidrio.

El vehículo vuelve a detenerse y Chantal vuelve a resoplar.

Él entiende las ansias que tiene su hija por ir a Europa pero no las comparte. Chantal no ha estado en Europa desde que era niña y entonces era demasiado pequeña como para que formarse una impresión fiable de lo que es la vida allí. Aun así, él siempre ha intuido que este momento llegaría. Sin embargo, nunca creyó que sería tan pronto.

Para él, ella sigue siendo aquella niña de cuatro o cinco años, que recogía animales huérfanos, los metía en la casa, los alimentaba con biberones, los acunaba y le pedía a él con pose seria que no hiciera ruido para no despertarlos, como si al haberse quedado sin madre no tuviera más remedio que hacer ella de madre de todo bicho viviente.

Por su manera de ser, la idea de lanzar a Chantal sola al mundo hostil y cínico de Europa se le hace dolorosa. Cuando ella le dijo hace seis meses que quería ir a Londres a estudiar el ciclo pre universitario, él no reaccionó de la manera comprensiva que siempre había imaginado que adoptaría en lo que se refería a su hija, sino que reaccionó de manera conservadora como hizo su propio padre cuando él le dijo que no quería ir a la universidad. Intentó convencerla para que asistiera a la secundaria local, donde acuden los hijos de los diplomáticos, aunque él nunca ha sido partidario de vivir la vida de los privilegiados y siempre ha insistido en que Chantal se mezclara con los niños que tenía a su alrededor. Pero Chantal no se dejó convencer.

–Todo el mundo espera que África se ponga al día algún día, pero eso no pasará nunca –dijo Chantal con un sentido común aplastante para sus quince años–. No sé por qué te empeñas en seguir aquí.

Era la misma discusión de siempre. La que él lleva años teniendo con sus compatriotas, con exiliados voluntarios como él, y con cualquiera que se halle en África de manera circunstancial. Él no está de acuerdo pero es la excepción y ha tenido que admitir, con el tiempo, que no todo el mundo es capaz de soportar como él la vida allí.

De hecho, Erika no la soportó. Cuando se dio cuenta de que se había equivocado al dejar su antigua vida acomodada por su aventura africana, todo empezó a desmoronarse. Las mañanas africanas con su luz demoledora le generaban cefaleas, la comida también le resultaba un problema. Le molestaban los olores, los sonidos y hasta el rocío matutino, que más que rocío le parecía una inundación. Con el tiempo cayó en una depresión, y al no compartir con él sus pensamientos más secretos, Mark tardó en darse cuenta. Solo cuando Erika le dijo que quería ir a visitar a su familia a Alemania, empezó a vislumbrar la verdad. Aun así le costó dejarla marchar. Ella prometió que solo estaría fuera un par de meses. Sin embargo, no regresaría nunca.

Chantal tenía cuatro años cuando perdió a su madre. Chantal había nacido en el hospital local. Se adelantó y no hubo tiempo a hacer el viaje a Londres como Erika habría querido. Por esa razón, cuando Erika se supo embarazada de su segundo hijo –para entonces ya se hallaba en Alemania– decidió no regresar hasta que hubiera nacido el niño, alegando que no quería volver a ponerse en manos de médicos en los que no confiaba. Tristemente, llegado el momento, no hubo nada que un gran hospital europeo pudiera hacer para salvar la vida del niño que murió a las pocas horas de nacer por un defecto congénito incurable. Ni tampoco pudieron salvar la vida de Erika que murió debido a complicaciones a los dos días de morir el niño.

Mark tuvo que viajar a Europa con el corazón roto y con su hija cuatro años, a la que no sabía cómo explicar que iban de viaje para enterrar a su madre y a su hermano. Por suerte, sus relaciones familiares no estaban tan deterioradas como él había creído y encontró un apoyo inesperado en su hermano menor, Robert y en su cuñada Margaret, que se desplazaron a Hamburgo para acompañarlos en aquellas tristes circunstancias.

–Tío Bob estará esperándote en el aeropuerto, ¿crees que lo reconocerás? –pregunta Mark cuando la carretera se despeja y el vehículo puede al fin alcanzar una velocidad razonable.

–Sí, me has enseñado su fotografía cien veces, además llevará un cartelito con mi nombre, etcétera. No te preocupes.

–Llámame en cuánto llegues.

–Descuida, papá.

–Espero que te apliques y que aprendas mucho –sigue.

Otras cosas que podría decirle a su hija pero no le dice son cuídate, cuidado con las compañías, hay mucho desaprensivo suelto y tambien, vuelve pronto. Pero no lo hace porque sabe que Chantal asentirá a todo lo que él diga sin cambiar ni un ápice la opinión que ya se ha formado sobre las cosas.

Cuando Chantal se hizo mayor y empezó a cuestionar sus orígenes, Mark quiso pintar un cuadro romántico que se ajustaba poco a la realidad. Pero cuando ella vio las polaroids de los últimos meses que él y Erika pasaron en Inglaterra y de sus primeros años en África, ella, con su visión afilada, como de águila, no tardó en darse cuenta de que en las fotografías de Londres siempre aparecían los dos solos, y entonces preguntó dónde estaban su familia y amigos… Mark decidió no mentirle a su hija y se encontró explicándole la verdad sobre los orígenes de su relación con Erika y cómo Erika hubo de enfrentar un penoso divorcio antes de poder marcharse con él. Chantal absorbió la historia con sus ojos enormes y al final declaró que su madre no sabía lo que hacía cuando dejó una posición estable en Europa para irse a África y que seguramente se había arrepentido en cuanto llegó. Mark tuvo que tragarse un sapo amargo al reconocer que aquella era la verdad que él había intentado ocultarse a sí mismo durante tanto tiempo.

Las carreteras han mejorado en los últimos tiempos, sin embargo hay hitos que él reconoce porque estaban ahí ya la primera vez que él hizo el viaje en carretera desde el aeropuerto hasta su finca en el valle. Reconoce un recodo estrecho a unos tres kilómetros antes de penetrar en el flujo de tráfico que el aeropuerto genera, como el lugar en que detuvo el jeep aquel día lejano en que Erika se marchó a Alemania y él la llevó al aeropuerto.

Tenían tiempo y él le propuso parar y bajar a contemplar el paisaje desde un mirador natural. Erika aceptó. Allí se abrazaron y él le dijo que la quería y que quería que fuera feliz, aunque aquello significara dejarla ir. Erika rio y le dijo que estaba haciendo un drama, que no se iba para siempre, que por supuesto los iba a echar de menos, pero que los dos sabían que era algo temporal y que en nada se encontrarían de nuevo haciendo aquel mismo camino de regreso a casa.

Pero la despreocupación en su voz era forzada. Aquella misma mañana Mark la había visto desde la ventana de su habitación en la galería este de la casa, apoyada en la baranda con la cabeza entre las manos. Salió y se acercó a ella, le preguntó si estaba bien y ella se volvió y enterró la cara en su hombro. Le pidió que la llevara de nuevo a la cama. Él estuvo a punto de decirle que no tenía que hacer aquel viaje si eso la entristecía, pero ella le cubrió la cara de besos y no le dejó hablar. Entre sus brazos aquella última vez, ella lloró, y al final él sintió el filo del miedo clavado en las tripas. Con el paso del tiempo comprendió que lo que ella estaba haciendo en la galería aquella mañana, y luego con él, era despedirse.

Quizá Chantal se siente ahora igual que Erika. Y Mark teme que ella tampoco regrese nunca. Se siente tentado de dar la vuelta y volver a casa pero no lo hace. Nunca sabrá con seguridad si Erika había planeado no volver a África. Pero no por eso puede, ni debe, cortarle las alas a su hija, así que no tiene más remedio que dejarla volar.

ccalduch@2018-05-10

 

 

 

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África (1)

                                                                     “All I wanted to do was get back to Africa.” E. Hemingway

1975.

Llueve. Erika corre, relegando al fondo de su mente los peligros de una posible caída sobre el suelo resbaladizo. Sabe que la lluvia en Londres es impredecible, sin embargo, no se acostumbra a acarrear el paraguas consigo a todas horas.

Se reúne con Mark en una esquina y entonces corren los dos, cogidos del brazo, hasta la puerta de un hotel de segunda, la gabardina gris de él sobre sus cabezas. Ella lleva un traje de lana, abrigo, medias gruesas, está empapada en lluvia y está temblando. Él lleva un traje de lino que sin duda se secará mucho antes que su ropa.

–Lo siento, me he perdido –dice ella una vez se encuentran bajo el cobijo de la marquesina del hotel–. ¿Llevas mucho rato esperando?

–No –miente él mientras sacude el agua de la gabardina.

–No imaginaba que esto estuviera tan lejos –se excusa ella.

Mala elección. Él tendría que haber supuesto que ella se perdería. Es lo normal teniendo en cuenta que hace poco menos de un año que vive en Londres y que no frecuenta esta parte de la ciudad. Pero habían acordado cambiar de escenario a menudo para evitar la rutina. Además, él cree (aunque ella se ríe de sus miedos) que existe el peligro de que su marido la haga seguir.

Se conocieron en un acto benéfico hace medio año. Ella fue en representación de su marido que estaba de viaje con una delegación de su país. Él estaba allí para captar fondos para un país africano. Dio un discurso audaz, salpicado de datos geopolíticos, en el que habló de los problemas endémicos del continente africano, de la desposesión y del demoledor colonialismo europeo. Al acabar, los más viejos murmuraban y los más jóvenes aplaudían con entusiasmo.

Alguien los presentó. A él, de ella le llamó la atención su acento, sus preguntas directas, su visión crítica y la mirada curiosa de sus ojos de un azul pálido. A ella la conmovió su pasión, su amor por el prójimo y por el desvalido, y no le costó mucho dejarse convencer para hacer una generosa donación a la causa.

–Tres meses lloviendo, ¿es normal o crees que es el inicio de un nuevo diluvio universal? –pregunta ella mientras recogen la llave en recepción.

A pesar del deje de sorna, se nota que la ironía es fingida. Y la mención al tiempo que llevan viéndose (tres meses y contando) tampoco le pasa a él por alto.

–No hay que preocuparse, es solo la típica lluvia inglesa de primavera, tendrías que ver como llueve en África –dice él.

Él menciona África a menudo y se le encienden los ojos al hacerlo. Parece que no puede esperar a regresar. Ella sospecha que no pasará demasiado tiempo antes de que lo haga. Pero prefiere no preguntar.

En la habitación se quitan las ropas empapadas en lluvia. Las colocan estratégicamente ante la chimenea encendida. Se meten en la cama y se abrazan. Ella está helada, como siempre, pero él no lo menciona. Sabe que bajo su piel fría hay energía contenida, más de la que podía sospechar el día en que la conoció.

Ella no fue a parar a sus brazos a ciegas. Sabía lo que se decía en sociedad sobre él. Se lo murmuraron al oído personas bienintencionadas después de verla reír con él el día en que se volvieron a encontrar en una galería de arte. Es un cabeza hueca, la oveja negra de una familia de raíces aristocráticas que se remontan a los tiempos de Cromwell. Nieto de lord, hijo de un ministro de su majestad, hermano de un héroe de guerra al que no llegó a conocer. Ha viajado por todo el mundo, ha vivido en África y en la India, de allí volvió con la cabeza llena de pájaros, mandalas y budas, y con la loca idea de convertirse en mecenas de artistas y protector de los desamparados. Tiene amigos pintores, escritores, actores. Solo hay que ver la ropa que lleva y las cosas que dice…

Pero a ella le atrajo desde el primer momento y no dudó en aceptar sus invitaciones para exposiciones pictóricas, representaciones teatrales, lecturas, conferencias… que le llovieron a partir de aquel día. Consideraba aquellos eventos mucho más atractivos y provechosos intelectualmente que las cenas con embajadores y ministros pálidos a las que tiene que acudir en calidad de esposa de diplomático.

La primera vez que salieron a solas fue tras una obra de teatro escrita por un amigo de él. A diferencia de otras ocasiones, fueron al teatro los dos solos. La obra fue para olvidar, un affaire intelectualoide que a ella la dejó indiferente. Le preguntó si le había gustado y ella dijo que no. Se disculpó por su honestidad diciendo que aún no estaba acostumbrada a la manera inglesa de hablar sin decir lo que pensaba y quedar siempre bien. Él se echó a reír y confesó que a él tampoco le había gustado la obra. Al salir, llovía intensamente y él se ofreció a acompañarla. Pasearon sin rumbo bajo su paraguas, estaba claro que no querían despedirse, y sin pensarlo demasiado acabaron en un hotel.

Estuvieron juntos hasta la madrugada y aun así no tuvieron tiempo de colmar el deseo tanteado, intuido, durante semanas. Al final, cuando para él el sueño se batía a duelo contra la vigilia y mientras ella se vestía rápidamente, él no sabía cómo preguntarle si quería volver a verlo, o si aquello había sido un mero accidente. Al final optó por recurrir a la fina ironía inglesa.

–¿Tan mal lo he hecho que sales corriendo?

–Pues sí, muy mal pero soy generosa y te voy a dar otra oportunidad, llámame –dijo ella riendo, y lo besó antes de marcharse.

Ahora, una vez traspasada la frontera brumosa de los inicios, el de hoy se convierte en un acto casi mecánico. Es evidente que ella tiene la cabeza en otra parte y él siente el frío de la sospecha metiéndosele en el cuerpo por el abdomen como un cuchillo.

Después, ella recoge su ropa, descubre que aún está mojada y la lanza contra el sillón con irritación.

–Si esto tiene que acabar que sea sin escenas, por favor –dice él.

–¿A qué viene eso? –le corta ella, que no ha captado la ironía.

–No me veo batiéndome en duelo contra tu marido –sigue él.

Evidentemente no habla en serio, pero se da cuenta de que el trasfondo de la frase está lleno del convencionalismo del que lleva huyendo toda su vida. En realidad él no tiene nada en contra de Gustav Schmidt. Solo envidia su gran ventaja estratégica en esta situación.

–No seas dramático –dice ella–. Si Gustav nos descubriera lo último que haría es venir a por ti. Se divorciaría de mí y listos. ¿Se puede saber qué te pasa?

–¿A mí? ¿Qué te pasa a ti?

Ella se queda muda. Parece dudar. Él tiene la certeza de que le oculta algo. Teme que a continuación diga algo así como tenemos que dejarlo, mi marido lo sabe, lo siento pero no podemos seguir… (o sin lo siento) pero entonces ella vuelve a sorprenderlo.

–Estoy encinta, Mark, y no es de Gustav.

Ahora es él quien se queda mudo. Le late el corazón a mil por hora pero también se da cuenta de que dadas las circunstancias ella está cronometrando su silencio y que un segundo más de la cuenta podría llevarle al desastre.

–¿Y qué piensas hacer? –pregunta en voz baja.

Enseguida se arrepiente de su uso de la segunda persona. Debiera haber utilizado la primera persona del plural, incluyéndose a sí mismo en la acción. Sabe por experiencia que la retórica puede convertirse en su mejor aliada o en su peor enemiga. También sabe que una rectificación precipitada puede empeorar el resultado. Por eso espera hasta que ella responde, pero cuando lo hace no es la respuesta que él anticipa.

–Pues no sé qué haré, pero descuida, no me tiraré bajo las vías del tren.

–¡Dios, eso es horrible! ¿Por qué dices eso?

–No hablaba en serio, Mark, por favor.

–¿Bromeas? ¿Cómo puedes bromear con algo así?

Ella se sienta en la cama muy cerca de él, pero sin atreverse a tocarlo.

–No sé qué otra cosa hacer. Tú te irás a África y yo me quedaré aquí…

De repente, él siente que tiene en su mano toda la ventaja estratégica necesaria para darle un giro definitivo a la situación.

–¿Has considerado otras opciones?

–He oído hablar de un médico, dicen que es discreto y bueno –dice ella sin enfrentarse a su mirada.

–No, no, no quería decir eso… Me refiero a otras opciones de vida.

Ella lo mira expectante.

–¿Has estado en África?

Ella niega con la cabeza.

–Te gustará, es un lugar maravilloso –murmura él abrazándola.

–Mira, ya ha dejado de llover –dice ella, algo después.

Y es cierto.

 

ccalduch@2018-05-01

 

 

 

 

 

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