Cuento de la Reina Azul

No fue una reina triste, ni el azul era su color favorito. Su piel estaba teñida de un áurea azulada. Por un defecto de nacimiento se le mezclaba la sangre donde no debía, como si su corazón fuera la paleta de un pintor dado a experimentar con extrañas mezclas.

A las pocas horas de nacer aún vivía aunque el médico la había dado por muerta y se había marchado a toda prisa, pues temía que lo culparan a él por la desgracia.

Al creer que su hija había nacido muerta, la reina lloró en brazos del rey que, no sabiendo cómo consolarla, montó en ira y alzando la espada juró declararle la guerra a un enemigo aún por identificar. La reina reclamó ver a su hija. El ama se negaba y ya se llevaba el atadillo de trapos con el cuerpo. Pero el rey ordenó que se respetaran los deseos de la reina y aunque el ama creía que la reina se encontraba demasiado débil como para soportar la visión de la criatura muerta, obedeció, pues la ira del rey era legendaria. Así que puso el atadillo de trapos en los brazos de la reina. Los ojos de la reina, anegados por las lágrimas, se encontraron con unos ojos grandes, abiertos, que la miraban sin pestañear. La reina dio un grito y el ama corrió a su lado.

–¡Está viva, está viva…! –gritaba la reina.

El rey envió en busca del médico, pues nadie comprendía aquel hecho. De regreso a palacio, custodiado por la guardia real, el médico rezaba entre dientes por su vida.

Una vez vista la niña, el médico determinó que debería estar muerta, pero que por algún motivo que estaba fuera de su comprensión, seguía viva. El médico creía que no lo estaría por mucho más tiempo pues el azul de su piel indicaba una enfermedad incompatible con la vida, lo más conveniente sería que la criatura muriera cuanto antes para sufrir lo menos posible. Recomendó no darle alimento para acelerar el deceso. La reina al oír aquello le pidió al rey que hiciera colgar al médico por los pies en el patio de armas. El rey ordenó, en cambio, que lo encerraran en un torreón por si podía resultarles útil más tarde.

Los vaticinios del médico habían hecho mella en los reyes que se preparaban para el momento fatídico. Pero la niña se negaba a morir y en cambio lloraba con furia. Mandaron a por el ama de cría que habían despachado cuando creyeron que no iban a necesitarla. Una vez satisfecha el hambre, la niña se durmió. Pasaron días y la niña seguía sin morir. Así que los reyes se acostumbraron a que la niña viviera y esperaban que algún día su piel cambiara de color. Sin embargo, la princesa siguió siendo azul por siempre.

 

Durante la infancia, no fue una niña triste. Ya que sus padres se habían acostumbrado a pensar que podía morir en cualquier momento, satisfacían todas sus demandas. En palacio se celebraba su cumpleaños a diario y la princesa aprendió que la proximidad de la muerte no era motivo de tristeza sino de alegría.

Al no creer que fuera a vivir muchos años, los reyes no se preocuparon demasiado por la educación de la princesa. En cambio, sus otros tres hijos, tres varones,­ tuvieron que prepararse para el reinado, la milicia y el ministerio respectivamente, así que pasaban los días encerrados entre los muros de palacio, con la espalda doblegada ante gruesos libros. De esto, los príncipes se quejaban amargamente y manifestaban a menudo su deseo de estar muriéndose como su hermana.

Sin embargo, contra todo pronóstico, la princesa se hizo mayor, siguió viva y siguió siendo azul mientras el mundo seguía girando como viene haciendo desde el principio de los tiempos. Llegó el triste día en que los reyes murieron y el hijo mayor sucedió al padre en el trono. Bajo el impulso de su juventud, el país se abrió al mundo. Se forjaron nuevas alianzas y se firmaron pactos con naciones cercanas para mayor prosperidad de todos.

Entretanto la princesa siguió viviendo en su mundo solitario, poblado de quimeras y paseos por la floresta, sin cederle ni un solo pensamiento al futuro.

Una tarde mientras jugaba con su vieja ama –que aunque vieja y cansada le seguía la corriente– la princesa se dio de bruces con un joven caballero de armadura roja que vagaba perdido en la floresta y que al verla quedó transfigurado.

La pelota con la que jugaban la princesa y el ama rodó hasta los pies del caballero rojo y aquella le hizo un gesto para que se la lanzara. Él la recogió del suelo pero en lugar de lanzársela, le hizo una seña para que se acercara. Quería verla de cerca, comprobar si el cabello platinado y el azul que se desprendía de su piel eran reales o si toda ella era un espejismo producto de su cansancio, o un juego de luces engañoso producto del crepúsculo que se colaba entre los árboles.

La princesa, extrañada porque nunca en su vida había encontrado a nadie que se opusiera a sus deseos, se acercó al caballero, que entonces la asió fuertemente por la muñeca. La princesa sintió los dedos del caballero clavados en su muñeca y sus ojos oscuros que la estudiaban sin decoro. Pero entonces les llegó la voz del ama que llamaba a voces a la princesa. El caballero salió de su trance y soltó a la princesa que salió corriendo.

Mientras buscaba la salida al laberinto de la floresta, el caballero rojo se maldecía por haber sido tan poco cortés con la joven de belleza espectral con la que se había dado de bruces, otro en su lugar le habría preguntado su nombre, de dónde venía y adónde iba; para ninguna de aquellas preguntas tenía él ahora respuesta y seguramente nunca llegaría a tenerla.

Cuando desmontó en el patio de palacio, caía la noche y cuando pidió por el rey le dijeron que habría de esperar al día siguiente. Lo condujeron a una cámara y allí, incapaz de dormir, el caballero dio vueltas como un león enjaulado toda la noche. Lo atormentaba el recuerdo de la mujer azul de la floresta y el tacto helado de su piel de estatua. Habría dado lo que fuera por verse libre del deseo doloroso que lo atenazaba, tanto más cuanto sabía que era del todo improbable que aquel deseo pudiera verse colmado alguna vez. En su desespero, cayó de rodillas para pedirle a su dios que lo liberara de lo que solo podía ser un encantamiento, mientras, al mismo tiempo, le rogaba que volviera a poner a la muchacha en su camino.

 

Temprano al día siguiente el caballero rojo se hizo conducir ante el rey que se encontraba en pleno consejo con sus cien ministros. El caballero hizo una breve reverencia ante la corte y le entregó al rey una misiva. El rey examinó el sello y lo mostró a los ministros.

–¡Es la respuesta que estábamos esperando! –dijo con gran excitación.

Los ministros asintieron con murmullos de satisfacción. A medida que el rey leía la misiva su rostro se iluminaba, sin embargo, al llegar al final, su rostro mudó el color y la misiva cayó al suelo.

–Imposible –murmuró.

–¿Qué ocurre? –preguntó el primer ministro.

–Pone una condición: casarse con mi hermana, de estar de acuerdo habría de partir hoy mismo.

El rey se dirigió al caballero rojo y a modo de explicación dijo:

–Mi hermana está enferma.

El caballero hizo un leve gesto con la cabeza, había comprendido enseguida que la juventud del rey lo había llevado a confundirlo con alguien de importancia.

–¿Es esa la respuesta que he de llevarle a mi rey, señor? –preguntó.

–Sí. No, espere… ¡Necesitamos esta alianza pero mi hermana está enferma, si hubiera cualquier otra cosa que pudiéramos hacer!

El primer ministro se acercó al rey, para decirle al oído algo al efecto de que no era digno de un rey implorar ante un emisario, mientras un rumor de voces se alzaba en la sala.

–¡Este pacto es necesario!

–¡Llevamos años esperándolo!

–Pero es imposible –balbuceaba el rey mirando desesperadamente a uno y otro lado–. Mi hermana… su corazón es débil, no soportaría…

–Sería un noble sacrificio por su parte.

–Quizá deberíamos someterlo a votación.

–De ningún modo –dijo el rey–. No voy a enviar a Lía a una muerte segura.

Aunque aún se oyó alguna leve protesta, los ministros no se atrevieron a insistir pues en el fondo ninguno creía que la democracia de la que el rey presumía existiera realmente.

Para el caballero rojo, oír aquel nombre fue como si le hubieran prendido fuego en las entrañas. Se acercó al rey de un salto tan inesperado que la guardia real se puso en alerta.

–Señor, ¿puedo preguntar qué mal aflige a su hermana? –preguntó sin dejarse intimidar por los guardias que, espada en mano, habían rodeado al rey en un movimiento tan rápido como eficaz.

–Nadie lo sabe con certeza –explicó el rey, con la esperanza renovada de haber encontrado un aliado de último recurso, y haciendo un gesto a los guardias para que se retiraran pues no consideraba al mensajero una amenaza, siguió:

–Parece ser que su sangre no se limpia como debería, solo hace falta verla para comprender…

El rey no pudo proseguir porque en aquel momento se abrieron las puertas de la sala.

–Me han dicho que habláis de mí –dijo la princesa entrando en la sala.

–Hermana ­–la llamó el rey­–. Ven, quiero que conozcas a…

–Nos conocemos ya –dijo ella al llegar junto al caballero rojo­–. Nos encontramos ayer en la floresta.

–¿Sabes a lo que ha venido entonces? –siguió el rey.

–Sí. Y no tengo impedimento –declaró la princesa sin más.

–Hermana, no creo que sepas lo que implica el matrimonio.

–Sé más de lo que tú crees –dijo la princesa con voz firme.

Un silencio sepulcral se extendió por la sala, los ministros se pusieron lentamente en pie e hicieron una reverencia silenciosa ante la princesa.

El rey declaró:

–Así sea.

–Tengo orden de partir al mediodía –anunció el caballero rojo con un ligero temblor en la voz.

–Estaré lista –dijo ella y tan ligera como había entrado, salió.

 

Firmados los pactos, llegó el momento de la partida. La despedida fue rápida y sin ceremonias.

Una vez se hubieron adentrado en el camino, la princesa cayó en pensamientos. Se había despedido de su vida algo irreflexivamente. La empujaba el saber que en la corte de su hermano solo le esperaba envejecer y morir entre personas que la consideraban débil e inútil. En cambio, se sentía con fuerzas para empezar una nueva vida y darle un sentido, cuando se diera el caso, a su muerte.

El caballero rojo iba sumido también en pensamientos encontrados. Se creía incapaz de entregar aquella alma etérea a su rey, rudo y viejo, pero por su honor no podía dejar de cumplir con su obligación.

Cabalgaron durante tres días bajo el sol y la lluvia. Apenas se hablaban, ni se miraban, pero cuando habían de alejarse momentáneamente el uno del otro, los invadía una inquietud extraña que no se sosegaba hasta que volvían a encontrarse.

De noche dormían al amparo de un gran fuego. A la luz de las llamas, el rostro de la princesa adquiría el color del ámbar. Durante horas el caballero la contemplaba dormir y se maldecía a sí mismo por no haber nacido rey.

 

Al final del viaje la princesa titubeó, fue en el momento en el que el caballero le señaló el palacio a lo lejos.

Al poco accedieron al patio de armas y descabalgaron. Nadie salió a recibirlos. Los estandartes que ondeaban al viento parecían roídos por el tiempo. Los portales de entrada a palacio estaban abiertos de par en par. No se veía a nadie. Solo algunos animales correteaban por los patios a sus anchas, perros y gallinas, una vaca con las ubres llenas iba de un lado a otro mugiendo lastimosamente.

El caballero le pidió a la princesa que no se moviera de allí mientras él investigaba lo ocurrido.

–No hay nadie –anunció cuando regresó junto a la princesa.

Entraron juntos en palacio. Los pasillos y las estancias estaban tomados por animales: gatos, pájaros, ratones habían hecho nidos por doquier. Los hogares estaban fríos, los muebles estaban recubiertos de una gruesa capa de polvo.

–Es como si no hubiera entrado nadie aquí en años –murmuró el caballero–. Y solo hace una semana que partí.

Entraron en una sala desierta. La mesa estaba dispuesta para un banquete y en los platos solo quedaban huesos roídos. Sobre la mesa correteaban ratones y sobrevolaban la estancia algunos pájaros. A la cabecera de la mesa, en el respaldo de una silla, pendían de medio lado dos coronas que parecían de latón tan oscurecidas estaban. La princesa cogió una y se la colocó sobre la cabeza.

–Me proclamo Reina de la Nada –dijo riendo.

–Sin duda el largo viaje y este recibimiento inusual os han afectado el cerebro –dijo él intentando poner orden a lo que estaba ocurriendo a su alrededor–.  Descansaremos aquí esta noche y mañana os llevaré de vuelta a vuestro hogar.

–Pero este es mi hogar ahora –dijo ella.

–No podéis permanecer aquí.

–¿Por qué no?

–Porque no es seguro.

–¿Y quién me va a hacer ningún mal? Si aquí no hay nadie.

–No sabemos lo que ha ocurrido –insistió él–. Podría haber enemigos agazapados esperando para asaltarnos en medio de la noche.

–Si fuera el caso ya nos habrían asaltado –repuso ella con fría lógica.

–¿Y sobre quién reinaréis? –señaló el caballero hacia la nada, con un gesto exasperado.

–Sobre los ratones, las gallinas y sobre vos –repuso ella.

–Partiremos mañana –insistió él, cada vez con menos convicción.

–No –siguió ella–. Soy vuestra reina y ordeno que nos quedemos. Nosotros seremos los primeros pobladores de este lugar, nuestra estirpe se extenderá sobre esta tierra y la poblará. En cien años, nuestros nombres serán recordados por todos. Arrodillaos, caballero, con esta corona yo os nombro Rey de la Nada.

 

ccalduch@16/6/2020

 

 

 

 

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Cuento de la Reina Coja

La reina nació con sus dos piernas perfectas. En sus reuniones con dignatarios extranjeros siempre hacía hincapié en este hecho y cuando le preguntaban, porque todos sabían que le gustaba entrar en detalles de cómo había ocurrido la desgracia, los entretenía con su relato.

Contaba solo quince años cuando un caballo desbocado la había lanzado por los aires, yendo a dar contra el suelo a muchos metros de distancia. Enseguida se cernió la oscuridad sobre ella y cayó en un desmayo del que despertó sintiendo un fuego infernal en la pierna derecha, a la altura de la rodilla, era como si tuviera la pierna dentro de una cuba de aceite hirviendo.

Si salvó la pierna fue gracias al cirujano de palacio que se negó a cortársela –cuando contaba esto hacía la reina un gesto dramático como si serrara un árbol– como habrían hecho médicos menos diestros. El cirujano le recompuso los huesos uno a uno mientras ella mordía un trozo de cuero y cuatro hombres, de los más fuertes del reino, la sujetaban. A lo largo de esta operación la reina golpeó a los cuatro y tiró al suelo a dos de ellos.

Cuando la reina llegaba a este punto en su relato, los dignatarios extranjeros tenían el rostro lívido y habían perdido el apetito. Pero la reina seguía contando como desde aquel día aciago, el dolor se había apoderado de su vida y como cincuenta años después aún sentía dolores que solo dos métodos ayudaban a calmar. Uno era el vaho de unas hierbas curativas que sus médicos le proporcionaban y que la transportaban a un estado de irrealidad, poblado de animales fantásticos que flotaban ante sus ojos y que ella pugnaba por atrapar, aunque otras veces esos mismos vahos la sumían en un estupor espeso del que tardaba horas en salir. El segundo de los métodos era bañarse en aguas curativas. Y había un tercer método, pero este la reina se lo guardaba para sí.

***

De los métodos utilizados por la reina, el que tenía un efecto probado más duradero era el de los baños con aguas curativas. Estas aguas procedían de un manantial que quedaba más allá de las lindes del reino y no eran fáciles de obtener. Para superar el desafío, la reina empleaba ministros que negociaban con el reino vecino las tasas de importación, y empleaba a un cuerpo especial de guardias que iban en busca del agua y la llevaban hasta palacio. A estos últimos se los conocía como aguadores y se los identificaba con una insignia sobre el uniforme negro que consistía en un símbolo formado por tres ondas azules.

Los aguadores disfrutaban de especial consideración en el reino. Cuando uno de ellos era avistado entre una multitud, esta se abría para dejarle paso. Esto no se debía al miedo sino a un gran respeto por su labor. Si la reina no sufría los dolores tremendos que su antigua herida le causaba, daba fiestas para el pueblo que duraban semanas, corría el vino y el pan abundaba, y los recaudadores de impuestos se inclinaban con más facilidad a perdonarles sus deudas a los campesinos. Cuando la reina era infeliz por causa del dolor, se apagaban las fiestas y el reino se sumía en la oscuridad, los padres no tenían pan para sus hijos, los recaudadores de impuestos exigían pronto pago a los campesinos y las tabernas se cerraban a cal y canto.

Además del reconocimiento público por su contribución al bienestar de la reina, los aguadores recibían también mejor soldada que cualquier otro servidor público. La guardia real se sentía agraviada ante esto y era habitual ver a algunos de sus miembros protestar, rotando en círculo ante las puertas de palacio. Exigían igual sueldo y beneficios que los aguadores y alegaban que su trabajo era quizá tan o más expuesto que el suyo. Sin embargo, estas reivindicaciones apenas contaban con apoyos.

El trabajo de los aguadores era árduo y comportaba riesgos. Cuando se agotaban las reservas de agua curativa, una nueva expedición había de salir hacia el manantial que se hallaba a seis días a caballo. Se necesitaban tres días para cruzar una floresta habitada por espíritus malignos que tomaban formas monstruosas y atormentaban a sus presas hasta hacerlos enloquecer. Algunos aguadores inexpertos habían acabado colgados de un árbol, otros se habían cortado las venas con sus propias dagas, siguiendo las órdenes de los espíritus que les susurraban al oído cuando caía el sol. Para no caer en las garras de los espíritus, los aguadores dormían con los oídos taponados con cera. Una vez pasada la floresta, la expedición tardaba otros tres días en atravesar un desierto con sus espejismos indistinguibles de verdaderos lagos repletos de morenas capaces de devorar a un hombre en menos de un minuto dejando solo de él los huesos. Y finalmente se necesitaba aún un día entero para cruzar la linde del reino en el que nacía el manantial. En la frontera ya esperaban a la expedición ministros del reino vecino que convenientemente habían olvidado la cifra pactada con la reina como peaje y requerían de un pago más abultado. Otras veces, el gobernador de turno forzaba a los aguadores a enfrentarse en justas contra caballeros consumados antes de otorgarles permiso de paso.

Cuando salvados los obstáculos, los aguadores accedían por fin al manantial, ellos mismos se bañaban en sus aguas para recuperar las fuerzas y restablecerse de sus heridas si las hubieran padecido durante la travesía. Después, llenaban unas cubas gigantescas con las aguas maravillosas y ponían de nuevo rumbo a palacio.

Cuando desde el torreón el vigía anunciaba el regreso de los aguadores, la guardia real salía en su busca –aunque de mala gana– y los escoltaba hasta palacio. Después de un breve descanso, los aguadores disfrutaban de manjares suculentos y festejos en los salones de la reina que se prolongaban hasta el amanecer. Sin embargo, si había ocurrido alguna baja durante el viaje, se decretaba luto, las campanas doblaban y los festejos quedaban aplazados una semana.

Si ocurría una baja entre los aguadores, la vacante no tardaba en cubrirse. El puesto de aguador era codiciado, por su buena paga y otras ventajas, aunque los escogidos habían de jurar fidelidad absoluta a su tarea y renunciar a su vida anterior, incluida su familia. Así que al regreso de la expedición, a los aguadores no los esperaba nadie más que una reina anciana, la guardia real malcarada y una multitud sin rostro.

***

El capitán de aguadores solía ausentarse de los festejos. Se consideraba demasiado viejo para fiestas. Lo que sí que hacía era pedir audiencia con la reina para solicitar que lo reemplazara en el puesto. Su trabajo era expuesto, de gran responsabilidad y tras años en el puesto se sentía agotado, decía, se necesitaba sangre joven, alguien más joven y fuerte, pues él se consideraba ya un viejo, decía.

La conversación tenía lugar en los aposentos de la reina mientras esta se bañaba en las aguas del manantial milagroso recién llegadas. La reina no era pudorosa y mientras el capitán desviaba la vista, ella se despojaba de su traje y le pedía que la ayudara a entrar en la tinaja. Entonces, sin apenas levantar los ojos del suelo para no ver el cuerpo anciano de la reina, el capitán de aguadores la alzaba con sus brazos anchos como troncos de árbol y la depositaba suavemente en el agua que él mismo había llevado hasta allí.

La reina rechazaba la petición del capitán cada vez, sin pensárselo. No admitía que alguien pudiera hacer su trabajo mejor que él. Entonces él le daba detalles de todo lo que había ido mal en la expedición: habían estado a punto de perecer en la floresta embrujada porque una noche él había olvidado designar un vigía, su mala memoria estaba causada sin duda por la vejez, decía; después, en el desierto, algunos hombres habían estado a punto de perecer en uno de los lagos infectados de morenas.

–Me ven dudar –se quejaba–. Ya no me respetan. ¿Quién respecta a un viejo?

–Capitán, la edad es una construcción mental –decía la reina, que una vez sumergida en el agua recuperaba rápidamente el vigor, la tersura de la piel, el brillo en los ojos y la claridad de pensamiento.

El capitán seguía quejándose amargamente sin mirar a la reina.

–Quisiera solicitar la jubilación –decía al final.

–¡Yo también quiero la jubilación! –reía la reina–. Solo que ¿quién va a querer este trono? No tengo herederos, ni familia cercana ni lejana… y contigo pasa lo mismo, no hay nadie que pueda reemplazarte. Acéptalo, nuestros cargos son vitalicios. Anda, ayúdame.

El capitán callaba entonces, alzaba a la reina en brazos y la depositaba suavemente en el suelo. Ya no tenía ante él el cuerpo de una anciana, sino el de una muchacha.

–Báñate y te sentirás mejor –le proponía ella.

Él nunca habría contrariado a la reina. Mientras se metía en la tinaja, para lo cual había de encoger el cuerpo un tanto, la reina se sentaba a su lado.

–Hay otro método para hacer pasar el dolor y rejuvenecer –decía mientras enredaba sus dedos en el cabello hirsuto del capitán.

Él murmuró algo al efecto de que lo desconocía. Sentía los dedos de la reina en su cabello y entonces le recorría el cuerpo un escalofrío mientras en su piel se despertaba el recuerdo de una escena similar, y en su mente se alzaba la imagen de sus dos cuerpos abrazados, allí mismo, en aquella cámara. Se sentía azorado por aquellos pensamientos impropios y se decía que lo que veía en su mente eran solo retazos de un sueño pasado aunque ese sueño regresara a veces para atormentarlo con el recuerdo del tacto de la piel de la reina.

–Es algo primitiva pero funciona –seguía ella, tirándole ahora más fuertemente del cabello.

Al oír esto, él levantaba la vista de sus rodillas, dobladas ante sí, y miraba a la reina que se acercaba a él para susurrarle algo más al oído. El capitán se ponía en pie entonces. El agua había obrado su efecto milagroso sobre su cuerpo anciano, y ante la reina aparecía ahora un cuerpo joven en todo su vigor que se dejó llevar lentamente hasta el lecho.

ccalduch©10/06/2020

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Cuento de las Reinas Gemelas

Érase dos reinos vecinos venidos a menos, regentados por dos familias emparentadas de lejos. Los dos reinos eran espejos el uno del otro: los palacios, que eran colindantes, contaban con el mismo número de jardines, torreones y almenas, el mismo número de sirvientes y de miembros de la corte; los súbditos de ambos reinos estaban emparentados también entre sí, y su número era también idéntico, de manera que cuando que se producía un nacimiento en un reino se producía uno en el otro, e igual ocurría con los casamientos y defunciones. Estas últimas eran, sin embargo, cada vez más numerosas, mientras que los nacimientos escaseaban.

Había pocos niños así que las escuelas cerraban y cuando morían los viejos las casas se cerraban y acababan por caerse de viejas por falta de habitantes que las cuidaran. Ambos gobiernos encargaron costosos estudios sobre natalidad e idearon fórmulas para fomentarla, pero todos los intentos fracasaron. Nacían niños con defectos extraños y morían al poco tiempo. Este era un mal que afectaba a todos por igual, incluida la realeza.

Así, en cada reino, cada familia real tuvo una sola hija. Curiosamente, las dos princesas nacieron el mismo día, separados sus nacimientos por unos pocos minutos. El día de su nacimiento, las campanas de ambos reinos tocaron, haciéndose eco, durante horas.

Las dos princesas se conocieron cuando contaban dos años, un día en que sus respectivas amas las mostraron la una a la otra desde una ventana. La imagen perduró en la memoria de las dos princesas a pesar de su corta edad. Cuando, ya un poco mayores, jugaban solas en sus respectivos jardines, se presentían la una a la otra tras el muro que separaba sus palacios, un muro que no tardaron en aprender a escalar para finalmente hacerse compañeras. A partir de entonces, se las veía a menudo la una al lado de la otra en la floresta que rodeaba ambos reinos, inventándose juegos y lenguajes salvajes. Las familias reales no se opusieron a aquella amistad, al contrario, la fomentaban invitándose los unos a los otros a sus respectivos palacios en un intento por recomponer antiguos lazos familiares que habían resultado dañados por motivos que se perdían en la memoria de los tiempos. Sin embargo, a medida que crecían, las dos princesas se tornaron malas compañeras. Entre sus disputas más absurdas se contaba demostrar quién de las dos era mayor y por tanto, quien debía ser la que dictara las normas del juego. Al llegar a la adolescencia, las diferencias se acentuaron hasta que la amistad se truncó, y al romperse esta revivieron también las antiguas rencillas entre las dos familias.

Al poco, para paliar la tristeza en la que se sumieron las princesas al perder a su única amiga, sus padres decidieron buscar futuro rey para su reino. Así que ambas cortes agasajaban y hacían fiestas a los mismos príncipes de lejanos reinos. No resultaba nada fácil conseguir postulantes al puesto de rey porque ambos reinos languidecían, cada vez más empequeñecidos tanto en número de súbditos como en su economía. Los pocos pretendientes que se molestaban en responder a las invitaciones habían de escoger entre los festejos que se producían en uno u otro reino, sin saber bien por cuál decantarse, pues aparentemente los dos eran de idénticas características.

Sin embargo, aquellas estrategias casariegas traían sin cuidado a las princesas que siempre que podían se escabullían y salían a corretear por la floresta solitaria que conocían como la palma de su mano. Inevitablemente se encontraban las dos y sin apenas hablar, adivinaban los motivos que las habían llevado hasta allí y al final, una corriente de afecto viejo renacía en ellas y acababan por reconciliarse.

Las princesas coincidían en que no tenían ningún interés en contraer nupcias y cuando habían de participar, a la fuerza, en los festejos organizados por sus padres, se mostraban groseras y fingían tener costumbres y procederes propios de princesas malcriadas. Los infantes, desanimados, desistían y se marchaban en pos de más dóciles esposas y más prósperos reinos.

Ocurrió así que las dos se quedaron sin pretendientes, algo que a ellas no les importaba, pero a sus padres sí, y mucho puesto que sin herederos sus estirpes estaban abocadas a la extinción. Además, los reyes habían contado con conseguir una buena alianza que mejorara las arcas públicas. Los reyes de ambas cortes perdían el sueño a raíz de la rebeldía de sus hijas.

Mientras tanto, la antigua amistad entre las princesas se había rehecho gracias a su interés común por deshacerse de los inoportunos que pretendían establecer derechos sobre ellas y sus reinos. Por aquel entonces las princesas contaban diecisiete años y en nada retomaron su antigua costumbre de salir a dar paseos, ahora ya a caballo, por la floresta.

***

Un día, poco después del último fiasco casamentero, durante su acostumbrado paseo matutino, las princesas rememoraban historias de las glorias pasadas de sus respectivos reinos:

–Nuestros reinos gozaron siempre de gran fama –decía una con gesto ufano.

–El tuyo más que el mío –replicaba la otra.

–No, no en absoluto –decía la primera–. Mira esas montañas –señaló una cadena montañosa que encerraba a los dos reinos– he sabido hace poco que el arquitecto que ingenió el túnel que las atraviesa para que el comercio pueda llegar hasta nosotros era oriundo de tu reino.

–Sí, eso es cierto, pero tu reino es reconocido mundialmente por ser mucho más antiguo e ilustre que el mío –reponía la segunda.

–No, no, por favor –replicaba la primera quitándose importancia–. Nosotros no hemos tenido ingenieros como los vuestros, capaces de producir obras colosales como el acueducto que nos trae el agua desde lejanos manantiales.

–Quizá, pero en la antigüedad tu reino conquistó tierras y pueblos lejanos donde habitaban seres de inimaginable aspecto.

-Quizá, pero tu reino ha producido médicos capaces de encontrar la cura de enfermedades brutales que durante siglos han atormentado al pueblo.

–Sí, pero vosotros habéis tenido eruditos que han estudiado y descrito nuestro idioma determinando que proviene de una lengua antiquísima cuyos orígenes se pierden en la bruma del tiempo y que quizá esté conectada con la lengua de los dioses –dijo la otra.

Así hablaban aquel día, en un intento por reafirmar su reconciliación, sin percatarse de que alguien las seguía a poca distancia. Ese alguien era un forastero que huyendo de la guerra y la pobreza había viajado durante días a través de los mares del mundo y había llegado sin saber cómo hasta la floresta solitaria.

El hombre pronunció unas palabras en una lengua extranjera que las princesas oyeron, pero no comprendieron. Las dos se volvieron al unísono. El hombre pareció maravillado ante las dos damas y se acercó a ellas que, poco acostumbradas a situaciones de peligro, imaginaron que el extraño vestido con harapos, de largas barbas, ojos oscuros y delgada figura, era un asceta de los que se rumoreaba que poblaban las montañas.

–Buen hombre, ¿quién sois? –preguntó una de las princesas en voz baja como si temiera espantar a un animalillo.

El hombre respondió algo en su lengua.

–No nos entiende –dijo la otra en voz baja.

–¿De dónde vendrá? –dijo la primera y volviéndose de nuevo al forastero alzó la voz:

–¿DE DÓNDE SOIS?

–No es sordo, es solo que no te entiende –dijo la otra divertida.

El extraño se llevó la mano a la boca. Las dos se miraron sin saber qué hacer. Nada en su experiencia las había preparado para este momento. Pusieron rumbo a palacio y le hicieron un gesto al hombre para que las siguiera.

***

Dieron de comer al extraño y le buscaron un lugar donde descansar, esperando que al reponerse continuaría su viaje. Pronto se dieron cuenta de que no era aquel el único forastero que se escondía en la floresta. Cada vez menos sorprendidas, procedían de la misma manera: cuando un nuevo forastero les salía al paso, lo llevaban hasta palacio, le daban comer y le buscaban un lugar donde dormir, esperando que al recobrar las fuerzas continuara su camino.

Pronto hubo en cada reino una pequeña flotilla de forasteros de desconocido origen y lengua incomprensible que daban tumbos por los patios de palacio sin saber qué hacer.  El asunto comenzó a preocupar a las buenas gentes de tal manera que finalmente los reyes se vieron en la obligación de actuar para aplacar las inquietudes del pueblo y conservar su favor. Lo que hicieron fue poner el asunto en manos de sus respectivos gobiernos puesto que el devenir de unos extranjeros no era algo que les interesara demasiado. Las cortes, con su habitual impasividad y falta de eficacia, discutieron sobre el asunto durante meses, sin llegar nunca a ninguna conclusión.

Entre tanto, las princesas iban alojando a los forasteros en las casas abandonadas de sus respectivos reinos. Además buscaron a maestros desempleados por la falta de niños para que les enseñaran la lengua y los usos del lugar. Ante esto, el rumor del pueblo fue en aumento:

–¡Les dan casas! ¡Todo para ellos! ¡Y nosotros qué!

Finalmente, tal fue el clamor popular que los reyes les prohibieron a sus hijas entremezclarse en aquellos asuntos. Ellas intentaron razonar con sus padres, sin éxito.

Las cortes promulgaron leyes estrictas para impedir la llegada de forasteros. Cuando las leyes fueron insuficientes y las prisiones estuvieron llenas, mandaron alzar alambradas que acabaron por encerrar los dos reinos en cercos de frío alambre de espino.

Las princesas, tristes, cabalgaban hacia la frontera artificial de sus reinos, pero a medio camino se topaban con la guardia real que las obligaba a dar la vuelta.

Una noche, embozadas en trajes del servicio, las dos juntas atravesaron la alambrada.

Nunca se supo más de ellas.

 

ccalduch©07/06/2020

 

 

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Cuento de la Reina Fea

En un reino legendario por la belleza de sus reinas, nació una vez una princesa fea. Cuando su madre la vio lo primero que hizo fue mandar destruir todos los espejos del reino. Lo hizo a través de un edicto que los pregoneros llevaron hasta los lugares más recónditos de la nación.

La reina decretó que aquel que se resistiera a deshacerse de sus espejos se enfrentaría a años en un torreón frío y oscuro. Así pues, la guardia real incautó miles de espejos que luego destruyeron haciéndolos estallar en mil pedazos contra el suelo del patio de palacio.

A pesar del riesgo, hubo quien no acató la orden y no entregó sus espejos. Cuando esta traición se hacía pública (pues siempre había quién estaba dispuesto a denunciar a su vecino), intervenía la guardia real que arrancaba los espejos de las manos de barberos que discutían, sin éxito, que las órdenes de la reina fueran aplicables a su oficio. Así, los clientes de las barberías quedaron a la merced de la palabra de los barberos, habiendo de confiar en que el corte de pelo o el afeitado se hubiera realizado conforme a su gusto y con pocos trasquilones. La guardia real también hubo de despojar de espejos a algunas damiselas casaderas que se lanzaban ladera abajo para peinarse y acicalarse usando como espejo las aguas tranquilas del río.

Al carecer de espejos, los lugareños salían a la calle al natural, sin parar atención en sus peinados, ni en sus flequillos asimétricos, ni en los pelillos de la barbilla las mujeres, ni en el mal afeitado los hombres, ni en las legañas en los ojos de los niños, ni en las ojeras de las madres recientes, ni en las canas de los ancianos; y al mirarse unos a otros acababan por no decir nada, pues sabían que no estaban en condiciones de criticar a nadie.

Además de declarar prohibidos los espejos, la reina mandó arrancar todos los cristales de las ventanas de palacio. Esto convirtió el palacio en una heladera en invierno y en primavera en un desfile de pájaros como golondrinas y vencejos que entraban raudos en los salones exhalando sus inconfundibles gritos y acababan enredados en las lámparas donde languidecían hasta la extenuación sino era por la intervención de un lacayo, encargado especialmente para esta labor, que se encaramaba a una escalera para liberarlos del enredo de los hilos de las lámparas. Más agradable y vistoso resultaba el palacio en verano cuando se llenaba de mariposas que aleteaban suavemente sobre los jarrones inermes pero coloridos y sobre los tapices que forraban las paredes de los salones. Las mariposas, sin embargo, no tardaban en marcharse por voluntad propia al comprobar que las flores eran pintadas y que carecían de néctar.

La primera infancia de la princesa transcurrió sin sobresaltos entre los muros de palacio. Sus padres la amaban tiernamente, quizá la amaban aún más por ser fea, como si quisieran anticiparse y compensarla por la falta de amor que estaban seguros que habría de sufrir a lo largo de su vida. Su ama también sentía por ella un amor indeleble porque la princesa tenía una disposición amable y dócil y nunca la contrariaba.

La princesa creció sin saber que más allá de los muros de palacio sus súbditos soportaban malos peinados y peores afeitados por su culpa, y que en el mismo palacio las ventanas sin cristales y las tazas de té negras se debían al celo de su madre por protegerla de su propio reflejo.

El ama preveía que llegaría un día en que la princesa habría de enfrentarse a la realidad e intentaba prepararla para aquel día con motivos y razones que de tan velados resultaban incomprensibles para la princesa–por miedo a la reina el ama no podía ser más explícita.

Así que un día, cuando contaba ya quince años, la princesa iba de camino a las cuadras para montar su caballo favorito cuando oyó a dos mozos hablar así:

–Trabajo tendrán en encontrarle marido a la princesa, con lo fea que es.

Era la primera vez que oía aquella palabra. Sin duda, razonó, debía significar algo negativo puesto que las caras de los mozos reflejaban aversión. Pero nunca antes la había oído, ni la había visto escrita, así que no sabía lo que significaba. Intrigada, corrió a su cámara y la buscó en un diccionario, pero después del término Fe y antes de llegar a Feble, había una entrada borrada con trazos negros que resultaba imposible de adivinar. Más intrigada aún, corrió al ama y le preguntó qué significaba la extraña palabra. A la buena mujer se le transfiguró el rostro al oírla y tuvo que sentarse para no caer al suelo.

–Amita, ¿qué te pasa? –preguntó alarmada la princesa.

–¿Quién te ha dicho eso… dónde lo has oído? –murmuró la mujer.

–Dos mozos de la cuadra andaban hablando de mí. ¿Qué significa fea, amita?

–¡Calla, cierra la puerta, ven aquí! –la instó el ama cada vez más confusa, asustada y pálida.

Cuando la princesa estuvo a su lado, el ama le dijo en voz baja:

–Nunca le digas a tu madre lo que has oído, si lo haces a esos desgraciados los…

El ama no pudo continuar. Cayó muerta en el sitio.

***

Los funerales por el ama y la tristeza por su pérdida mantuvieron a la princesa ocupada durante una temporada. Lloraba sin poderlo evitar cada vez que recordaba como la buena mujer había velado su sueño todas las noches de su vida, como se había preocupado de ella cuando había estado enferma y como le había enseñado el alfabeto y los números.

A aquella tristeza se le unía el sentimiento de culpa pues la princesa creía que ella misma había precipitado su muerte con sus preguntas atolondradas que habían arrastrado a la buena mujer a un estado de alarma fatal los motivos del cual ella no lograba comprender.

Pasado un tiempo prudencial, decidió ir en busca de los dos petimetres que había oído hablando sobre ella y que habían ocasionado la muerte de su querida ama. Los dos mozos, al verla, hicieron una profunda reverencia.

–¿Queréis que ensillemos vuestro caballo, excelencia? –preguntó uno.

–¿Creéis que soy fea? –preguntó a bocajarro la princesa.

Los dos mozos, que no tendrían más de quince años, palidecieron. Incapaces de decir palabra, clavaron la mirada en el suelo.

–¡Hablad! –ordenó la princesa–¡Hablad o de lo contrario mandaré que os azoten!

Se sorprendió a sí misma por la contundencia con la que su voz resonó en la cuadra, pero era una amenaza vacía. Le había oído decir aquello mismo a su madre cientos de veces a las doncellas que se distraían al vestirla o al peinarla, aunque finalmente el castigo nunca se llevaba a cabo.

–¿Qué queréis que digamos, excelencia? –murmuró uno de los mozos sin atreverse a desclavar la vista del suelo.

–¿Qué quisisteis decir cuando dijisteis que era fea? –dijo la princesa.

–No hablábamos de vuestra excelencia –balbuceó uno de los mozos.

–No me mientas –dijo ella con voz regia–. Si hacéis lo que os pido, prometo que no os pasará nada.

Los mozos se miraron el uno al otro. Los dos pensaron lo mismo. Aquello solo podía ser una encerrona, la guardia real debía estar al acecho para una vez hecha la confesión llevarlos presos al torreón, a las galeras o aún peor (corrían rumores de que la reina mandaba arrancarle los ojos a cualquiera que osara decir que la princesa era fea).

–¡Vamos, no tengo todo el día! –los instó la princesa.

–¿Juráis que no nos ocurrirá nada? –preguntaron.

La princesa asintió.

–Feo es… uno que… uno que tiene…  –empezó uno señálandose el rostro.

La princesa, aunque impaciente, se dio cuenta de que al muchacho le faltaban las palabras.

–Decidme qué veis en mi cara que me hace fea.

–Vuestra excelencia tiene –empezó uno señalándose la nariz– la nariz grande y picuda.

–… los ojos saltones como de rana –dijo el otro.

–… la dentadura grande como de caballo… –siguió el primero más suelto.

–… las orejas muy separadas de la cabeza…–dijo el segundo.

–… el cabello de color del agua sucia…

–¡Basta! –gritó la princesa que había comprendido al fin.

–¿Nos hará azotar, vuestra excelencia? –preguntó uno de los mozos con voz temblorosa.

–Ya os he dicho que no os pasaría nada si me decíais la verdad –dijo ella.

Los mozos hicieron profundas reverencias mientras la princesa se retiraba cabizbaja. No estaba triste sino confundida. Por fin había descubierto el motivo por el cual todos miraban hacia otro lado cuando se cruzaban con ella. Su rostro era el motivo, su rostro les resultaba insoportable a los demás aunque ella no podía imaginar cómo era aquel rostro porque nunca lo había visto.

Cuando aquella tarde su madre le preguntó qué la afligía ella, para desviar la atención, recordó la muerte de su buena ama. Luego se encerró en su cámara y se palpó la cara con las manos. No le hacía falta verse en un espejo para comprender que los mozos tenían razón, pero lo que no comprendía era qué importancia tenía si su nariz era picuda, los ojos saltones y la dentadura de caballo. Había aprendido de su madre y de su ama en no darle valor a cualidades efímeras. Ellas siempre la habían dirigido hacia cualidades como la inteligencia y el coraje, la compasión y la bondad, cualidades que las protagonistas de los cuentos de su infancia poseían en gran medida. Sin embargo, de repente, una nueva perspectiva se había abierto ante ella. Y se preguntaba si sería posible que su madre y su ama también hubieran pensado que carecer de un rostro bonito sería un problema para ella, y si no por qué aquel empeño en ocultarle la verdad. Después de horas de reflexionar así, decidió dejar de darle vueltas e ir a hablar con su madre.

***

La reina se hallaba aquella noche en su cámara acompañada por una doncella que estaba trenzando su largo cabello rubio como el oro. La princesa contempló el rostro de su madre que era de facciones perfectamente simétricas, con ojos azules grandes, nariz y boca pequeñas y graciosas. Nunca antes se había parado a pensar que ella y su madre no se parecían en nada.

La reina al ver a la princesa parada en la puerta le hizo un gesto para que se acercara.

–¿No puedes dormir, hija? –preguntó la reina.

–Madre, ¿por qué me habéis ocultado que soy fea? –preguntó la princesa.

La reina contrajo el rostro en un gesto contrariado e hizo un gesto a la doncella para que se retirara.

–¡Eso no es verdad! ¿Quién te ha dicho eso? –preguntó poniéndose en pie.

–Madre, sí es verdad pero a mí no me importa. Quiero saber por qué es importante para ti.

La reina tardó en decidirse a hablar.

–¿Quién dice que sea importante para mí? –dijo al final.

­–¡Madre, por favor! –exclamó la princesa riendo–. ¡Habéis prohibido los espejos, en las ventanas de palacio no hay cristales y las tazas de té son negras!

–Lo hice por ti, no quería que…

–Que viera el reflejo de mi feo rostro.

–No, hija, yo no creo que tu rostro sea…

Incapaz de pronunciar la palabra, la frase murió en el aire.

–Madre, a mí no me importará ser la primera reina fea de este reino y tampoco debería importarte a ti, así que devuélvele a la gente los espejos y manda colocar vidrios en las ventanas.

La reina hizo un gesto para que su hija se acercara aún más a ella, entonces le dio un beso en la mejilla y los ojos se le llenaron de lágrimas.

–Prométeme que harás lo que te he dicho –dijo la princesa en voz baja.

La reina asintió finalmente y la princesa sonrió. Entonces se vio reflejada en los ojos húmedos de su madre pero lo único que vio fue su sonrisa.

 

ccalduch©05_31_2020

 

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Cuento de la Reina Madre

Ya al nacer se le notaba en los ojos vivos y en los hoyuelos que se le formaban al sonreír que siempre sabría más de lo conveniente.

Su madre se marchó en cuanto pudo ponerse en pie dejándola en un catre junto al hogar de la cocina para que la cocinera de palacio la encontrara allí y se compadeciera de ella. La cocinera sabía de quién era hija la niña aunque la madre nunca lo confesó. Cuando la madre se marchó no se despidió de nadie, ni siquiera de la cocinera con la que había compartido años de servicio y casi todos sus secretos.

Al cumplir un año, la niña pronunció sus primeras palabras. Para las doncellas aquello era un prodigio y le hacían fiestas a la niña para oírla parlotear. Sin embargo, la cocinera tuvo miedo de que la noticia corriera por palacio y de que alguien externo al círculo del servicio se diera cuenta de que la niña había heredado la locuacidad de su padre. A medida que crecía, a la niña se le iba notando en la cara quién era él: la misma nariz aquilina, el mismo azul en los ojos, la misma pose regia, propios de su sangre. Lo único que la niña había heredado de su madre era la cabellera roja como el fuego. La cocinera se la peinaba de noche y suspiraba: Por una cabellera así se perdió una buena mujer, decía entre dientes. La niña le preguntaba a qué se refería, pero la cocinera solo suspiraba. Cuando fue algo mayor lo comprendió todo, pero entonces ya sabía que era mejor no mencionarlo. Nunca le contó a la cocinera que sabía quiénes eran su padre y su madre, y que lo supo porque mientras jugaba con las hijas de otros servidores de palacio, estas se lo hicieron saber con cánticos y burlas que pretendían ser crueles pero que ella no aceptaba como tal. Si era la hija del rey por fuerza estaría en mejor posición que ellas, razonaba, y cada noche antes de dormirse se decía que el tiempo la pondría en el lugar que le correspondía.

Cuando empezó a servir en los salones de palacio, la cocinera la obligaba a recogerse el cabello y a cubrirlo con un tocado blanco. También la instaba a que cuando estuviera en sociedad no dejara que le oyeran hablar. Ella asentía para no disgustar a la buena mujer. Pero a la hora de la verdad había de morderse la lengua porque siempre tenía opiniones claras sobre todas las cosas. Todo lo que oía lo comprendía a la primera, y oía muchas cosas cuando llevaba bandejas con comida y jarras de vino de la cocina a los salones, aunque lo que se hablaba en los salones le resultaba de lo más aburrido. Sin embargo, paraba la oreja atenta para escuchar las confidencias mundanas de las doncellas y se esforzaba por completar con su imaginación lo que quedaba en suspense de esas conversaciones pues cuando las doncellas se daban cuenta de que las estaba escuchando, callaban.

Aun así, a veces, le llegaba algún chisme que por su edad y falta de experiencia no lograba hacer encajar en el rompecabezas del mundo que se había construido, entonces iba corriendo a preguntarle a la cocinera. Según fuera el tema, la pobre mujer enrojecía de vergüenza y se le trababa la lengua mientras la niña la miraba con sus ojos claros y sin pestañear. En cuanto se quitaba de encima a la niña, la cocinera iba en busca de las doncellas y las regañaba por tener la lengua tan suelta delante de una niña.

La buena cocinera la cuidó toda su vida hasta el día en que se puso gravemente enferma. En su última hora, la llamó a su lado para advertirla sobre los peligros del mundo. Entre lágrimas, la niña le dijo que ya tenía diez años y que ya sabía todo lo que necesitaba saber sobre el mundo. Las últimas palabras de la cocinera fueron para advertirla de no entrecruzarse nunca en el camino de la reina.

***

 

La cocinera había tenido la precaución de hacer creer a la reina que la hija de la criadita del cabello rojo por la que el rey había perdido el oremus, había nacido muerta. Incluso se las ingenió para fingir un pequeño sepelio en la arboleda cercana a palacio, de la que los aposentos de la reina tenían una vista inmejorable. La reina siguió, desde detrás de las cortinas de su ventana, todos los movimientos de los criados cuando enterraron un pequeño féretro de madera. Luego supo que la criada ya no estaba en palacio. Si no la había mandado matar fue por miedo al rey. Pero si ella se había marchado por propia voluntad, mejor que mejor. Así quedó zanjado el asunto.

El rey y la reina no tenían hijos. Ese era el dolor constante que padecía la reina, que además sospechaba que muchos de los niños que corrían por palacio, por sus patios y tapias eran hijos del rey. Su obsesión la llevaba a soñar que era ella la madre de todos ellos y que cargaba en sus brazos con ellos. Al despertar lloraba lágrimas amargas al descubrir su seno yermo y vacío.

Si sospechaba que aquellos niños, sucios y harapientos, eran hijos del rey era porque él al verlos los interpelaba, les atusaba el cabello, los cogía de las mejillas y los miraba fijamente a los ojos como buscándose a sí mismo en un espejo. Si ella se quejaba porque le parecía insalubre tener a aquellos mocosos correteando por palacio y le expresaba al rey su convencimiento de que sería conveniente no permitirles la entrada, el rey se oponía. Eran hijos de su pueblo, no representaban ninguna amenaza y siempre serían bienvenidos en palacio, afirmaba. La reina se encolerizaba al oírlo hablar así y pasaba días urdiendo planes para deshacerse de los niños, hasta pensó en repartir entre ellos pasteles envenenados, pero nunca llevó a cabo aquel plan porque si algo temía en la vida era la ira del rey.

Entre aquellos mocosos había una niña que hablaba con gran desparpajo y que siempre ganaba al juego de los dados. Jugaba tan bien que hasta los soldados la retaban, soldados que le sacaban más de diez años en edad y experiencia y que siempre perdían contra ella. La fama de la niña llegó a oídos del rey que un día la hizo llamar.

La niña se presentó ante el rey escoltada por dos soldados que la trataban con gran familiaridad. Al verla, el rey creyó que se le paraba el corazón al reconocer en ella a una muchacha a la que amó años ha y que había desaparecido sin dejar rastro. Le preguntó con voz trémula quiénes eran sus padres y la niña dijo que era huérfana. Entonces, como si necesitara más pruebas, el rey le pidió que se descubriera el cabello. Cuando una cascada de cabello rojo como el fuego cayó sobre los hombros de la muchacha al rey se le humedecieron los ojos y quedó mudo y eso era algo extraño en él porque siempre tenía respuesta para todo. La niña, que ya sabía quién era el y quién era ella, lo miró sin pestañear. Después, el rey le preguntó si sabía jugar al ajedrez. Ella dijo que no y él la invitó a jugar con él. La niña aprendió a jugar rápidamente y ganó la tercera partida que jugó. A partir de aquel día el rey la requería a diario. Pronto, los dos se encontraron pasando mucho tiempo juntos, compartiendo juegos, conversaciones y pensamientos.

Claro que esto solo pudo tener un efecto posible: el de hacer enojar a la reina que se dio cuenta finalmente de que había sido engañada durante años en relación a la identidad de la niña. Si la pobre cocinera no hubiera estado ya muerta, mal destino habría tenido. La reina pronto urdió el supuesto robo de una joya para culpar a la niña. El rey se echó a reír cuando la reina le dijo que había puesto su amistad en manos de una ladrona. La acusó de celos y de envidia. Para mayor énfasis, la reina dijo que la joya se había encontrado en el catre que la niña ocupaba junto al hogar en la cocina. A la sazón, el rey fue conducido hasta el lugar donde la niña dormía. Al ver aquel catre miserable, se le encogió el corazón y mandó que le asignaran una cámara no muy lejos de la suya. Así, no solo exculpó a la niña, sino que elevó su lugar en el mundo.

La reina, cada vez más fuera de sí, encargó a un secretario de su confianza que se deshiciera de la niña para siempre. Había de parecer un accidente, un traspiés, un resbalón, una mala caída desde una alta torre de palacio. El secretario de la reina, que era muy remilgado y se mareaba a la vista de la sangre, delegó la acción en un lacayo quién a su vez se la trasfirió a un criado que en su vida no había matado ni siquiera una mosca y que se refugió en la bebida para darse ánimos y en lugar de eso, acababa cada día en la taberna lamentándose por su falta de coraje para llevar a cabo la tarea encomendada. Pronto, los planes de la reina fueron del dominio público y todos los que querían a la niña se encargaron de protegerla y de acompañarla a todas horas.

La reina tuvo que dar su brazo a torcer y aceptar que había perdido la partida. Con el tiempo acabó por aceptar también la presencia de la niña del cabello rojo en su vida y en la del rey.

Y el día en que el rey, a punto de morir, decretó que la niña, que ya era una mujer, sería la heredera al trono, la reina no se inmutó, pues así se investiría al fin con el ansiado título de reina madre.

ccalduch@2020-05-25

 

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