A LA VEJEZ VIRUELAS

Para Celia E.

Se despertó aquel día con la vaga sensación de haber tenido un sueño resbaladizo como el suelo de una bañera vieja. A veces le pasaba, y como que sabía por experiencia que los mensajes del subconsciente son testarudos, también sabía que tendría a lo largo del día breves flashes que acabarían por poner ante su mente consciente imágenes del sueño.

Siempre le había fascinado el fenómeno de los sueños y como estaba prejubilado tenía mucho tiempo para leer, así que pasaba horas leyendo a Freud y a Jung. El academicismo científico de Freud le dejaba un poco frío, casi prefería a Jung cuyas teorías dejaban algo más de margen a la intuición y a elementos esotéricos con los que se identificaba sin apenas darse cuente, como eran el subconsciente colectivo y los arquetipos.

Su mujer se quejaba: siempre con el libro en la mano, no sé de qué te sirven tantos libros, dónde vamos a meter tanto libro, tú, todo es leer y la mesa sin poner, que todo lo tengo que hacer yo, que no me ayudas… Y así cada día.

Un buen día se le ocurrió que quería estudiar psicología. Tras informarse bien y meditar la decisión, desenterró del trastero un escritorio que había sido de su hijo y lo puso debajo de la ventana del cuarto de la plancha. Su mujer, entrando en el cuarto con un capazo de ropa, lo miró con ojos como platos.

–¿Pero, pero qué haces?

–Me voy a poner a estudiar y necesito sitio.

–Ah, no, ni hablar, aquí no, que aquí plancho yo, ¿y qué es eso de estudiar?

–Me han dicho que puedo hacer un examen para mayores, para ir a la universidad.

–¿A la universidad, tú? –se echó a reír–. Tú no estás bien, madre mía, a la vejez viruelas. Todo esto tienen la culpa esos malditos libros, si ya lo sabía yo que los libros te iban a meter ideas en la cabeza…

Su mujer estuvo el resto del día refunfuñando, que si a la vejez viruelas, que si estaba mal de la azotea. Cada vez que entraba en el cuarto de la plancha donde él se estaba arreglando su rinconcito de estudio, ella se plantaba con los brazos en jarras. Míralo, el estudiante de medio pelo, decía. Pero él no le hacía caso. Ni caso, tú a lo tuyo, le decía su mente consciente.

Así que se puso a estudiar con furia para sacarse el examen de acceso a la universidad para mayores de 45 años y cada vez que se encerraba a estudiar, su mujer en el cuarto de al lado ponía la televisión a toda pastilla, pero él seguía sin hacerle caso y se ponía tapones en los oídos. Y así, en un año, aprobó los exámenes que le daban acceso a su sueño.

Y el primer día, de camino a la universidad, en el metro sentado entre gente perdida en los abismos de las pantallas de sus móviles, él tuvo aquel primer flash del recuerdo del sueño de la noche anterior y se vio en clase sentado en las gradas de un aula atiborrada de estudiantes jóvenes que lo señalaban y se reían de él por sus canas.  Estuvo en un tris de bajarse en la siguiente parada, volver atrás, a casa, y aceptar en silencio el desdén de su mujer, magnificado al saberse poseedora de la razón absoluta.  Pero no lo hizo. No volvió atrás. Hizo de tripas corazón y siguió adelante.

Hizo transbordo de la línea amarilla a la línea verde y recorrió el pasillo eterno que transcurre a lo largo del subterráneo del Paseo de Gracia. Mientras lo hacía tuvo el segundo flash del sueño, que no era sino un recuerdo de una vivencia real de un día, años atrás, en que había paseado por el Paseo de Gracia con Concha, antes de estar casados, y ella se había quedado con la boca abierta ante los edificios majestuosos y entonces él le explicó quién fue Gaudí y como murió atropellado por un tranvía, sin que nadie supiera quién era, porque iba indocumentado y vestido con ropas humildes. Y ella lo miró con ojos como platos y dijo, Ay, Jaime, cuánto sabes, y se cogió de su brazo y siguieron paseando, y él se sintió grande y admirado y pasearon el resto de la tarde cogidos del brazo, y a partir de aquel día él subió a su casa sin problema y cuando se despedían se daban un beso.

El túnel se acababa y al seguir al río de gente del que él era parte de nuevo, tras años de haber vivido casi como un eremita, sintió que la manada que se movía acelerada a través del túnel le cedía parte de su vitalidad. Al salir a la calle, en zona universitaria, siguió a un grupo de estudiantes que se fueron dispersando de camino a las diferentes facultades. Seguía a buen ritmo el paso rápido de los jóvenes y cuando entró en la facultad de psicología sintió como si le hubieran ido cayendo los años de encima a cada paso. Se adentró en los pasillos de la facultad y buscó su aula. Entró y se sentó en la grada del centro. El aula fue llenándose de estudiantes bulliciosos. Algunos se sentaron en su mismo banco, el que quedó sentado a su derecha le hizo un ligero gesto de saludo y él hizo lo propio, se le ocurrió que podría presentarse pero el chico ya no estaba mirándolo. El rumor de las conversaciones llenaba el aula y casi no oyó la voz tímida de una chica preguntándole si el asiento a su izquierda estaba libre.

Al poco, se acabaron las voces y la clase se sumió en silencio al entrar una profesora que se presentó y pasó a presentar su asignatura. Así fueron pasando ante los estudiantes hasta cinco profesores. Los profesores hablaban y los estudiantes disciplinados tomaban notas. Se oía alguna tos, algún estornudo, pero nadie hacía chascarrillos, el ambiente era muy distinto al que él vivió años ha en su instituto. Él se sentía bien porque a nadie parecían importarle sus canas ni las gafas que descansaban sobre la punta de su nariz.

Al final de la mañana la chica a su izquierda le dijo que el próximo día no podría venir y le pidió que le pasara apuntes. Él dijo que encantado de ayudarla y enseguida se arrepintió de la elección de palabras, quizá demasiado anticuadas para la situación, pero a la chica no pareció importarle porque sonrió y le dio las gracias.

Al llegar a casa, su mujer lo sorprendió con la mesa puesta y la comida preparada como cuando aún trabajaba. Cuando se sentaron a comer le preguntó qué había aprendido aquel primer día en la universidad y él se lo contó todo con pelos y señales. Ella lo escuchó sin interrumpir y sin distraerse.

–Me han dicho que los psicólogos ganan bien –dijo al final.

Él meneó la cabeza.

–Hombre, algunos sí.

Temió que por un momento ella volviera a la carga con los mismos argumentos que había esgrimido durante meses.

–¿Y de qué te va a servir estudiar?

–Pues para entender esto –había dicho él señalándose la cabeza–. La mente es la clave de todo, de los pensamientos, los sueños, todo, Concha, todo.

–Los sueños, los sueños… muchos sueños tienes tú, toda la vida soñando…

Pero la conversación no fue así aquel primer día de universidad y ya no volvería a serlo. Y aquella tarde él se encerró en el cuarto de la plancha a repasar los apuntes del primer día, mientras su mujer miraba la televisión en el otro cuarto, con el volumen bien bajito.

 

ccalduch@7.10.17

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A veces el destino

A veces el destino se disfraza de error. Por eso Anita Méndez nunca supo si se había hecho modista por un error o porque ser modista era su destino. Llegó a Barcelona a principios del 75. Sus padres habían decidido marcharse del pueblo siguiendo la estela de una prima segunda que nada más llegar a la capital entró de portera en una casa buenísima ganando un dineral. Así que, en cuestión de días, Anita de 8 años y su hermano José de 6, cambiaron el aire fresco y la libertad del monte por el hedor de cloaca y las estrecheces de una portería en un entresuelo oscuro y húmedo.

Para sorpresa de propios y extraños a los pocos meses nacieron en el entresuelo gemelos univitelinos. Ana, la madre, era analfabeta y recelosa de los médicos. En su ignorancia había confundido a las criaturas que se movían como culebras en su interior con lombrices perniciosas que se alimentaban de su sangre y le hinchaban el vientre de manera monstruosa.  Para eliminarlas tomaba brebajes de hierbas indómitas que le vendía la herbolaria de la esquina. Los mejunjes amargos le producían tembleques sísmicos en las entrañas que la obligaban a pasar la mañana evacuando. El retrete era estrecho y tenía un solo ventanuco que daba al tragaluz interior de la escalera, con lo que el matutino y estrepitoso vaciado de sus tripas se convirtió en la comidilla de vecinas, comadres y alcahuetas.

Una mañana, estando sola en el piso, Ana sintió tal dolor que no pudo más que soltar un grito agudo como una aguja de tejer que atravesó techos y paredes y rompió un juego de copas de cristal que la Sra. Enriqueta, vecina del quinto, conservaba como oro en paño en una alacena y que solo sacaba cuando tenía invitados selectos. El grito rompió, de paso, las aguas que envolvían a los gemelos, dos niños, que salieron al mundo canijos y con carita de asco, seguramente por haber pasado semanas tragando los mejunjes amargos de la herbolaria.

Entre tanto, Anita y su hermano José habían comenzado a asistir a la escuela pública del barrio. Anita no daba problemas a las maestras, al menos al principio, justo lo contrario que José que empezó con mal pie. A su edad, debería estar en segundo de EGB, pero no sabía el alfabeto, ni sumar ni restar, así que el maestro de segundo lo envió a primero. Allí fue objeto de burlas por su deje sureño y sus modales de pueblerino, de las que se defendía a patada limpia y puñetazos, y al ser mayor que los otros niños el maestro le adjudicaba injustamente más culpa de la que en realidad tenía. Los maestros de la escuela pública de las postrimerías de la dictadura solían castigar con mano de hierro y regla de madera a los que no siguieran los dictámenes del comportamiento exigido, así que José andaba siempre con el culo rojo por los golpes con la regla y con morados en la nuca donde se le clavaba el sello del maestro cuando este lo levantaba del asiento para ponerlo de cara a la pared. Un buen día José optó por dejar de someterse a la humillación diaria de la escuela y en lugar de acudir a clase se pasó la mañana vagando por la calle, con la mala suerte que su padre lo vio desde el autobús del que era revisor y al llegar a casa le dio una tunda con la correa. Al día siguiente acompañó él mismo a José y a Anita a la escuela y no se movió de la puerta hasta que salió a cerrarla un portero malcarado. A partir de entonces aquella fue la rutina matutina de padre e hijos.

La escuela se encontraba en el centro de un área ajardinada que ocupaba una isla entera entre cuatro calles con nombres de escritores insignes. Los jardines, como aledaños de la escuela, habrían de convertirse en lugar de reunión de la niña Anita con sus amigas primero y más tarde con sus pretendientes. Al crecer, Anita se reveló como una belleza sureña cuyo fulgor moreno resaltaba entre los rubios cenizos, los castaños aburridos y las pieles lechosas de las otras niñas. A medida que crecía y se hacía más guapa, Anita iba perdiendo interés en los estudios. Las maestras se asombraban del cambio y del poco empeño que ponía en las lecciones. Enviaron una carta a los padres para concertar una reunión y buscar entre todos una solución. El padre no acudió al cónclave, al considerar la educación de la hija como un asunto misterioso que englobaba otros asuntos aún más misteriosos de mujeres de los que él no entendía ni pretendía entender. Así que la madre acudió sola a la escuela.

Las maestras, tres mujeres con gafas, vestidos oscuros y largos, estaban sentadas en una mesa redonda a la que invitaron a Ana a sentarse a su vez. En la mesa había un cuaderno de tapas amarillas que las maestras ojeaban de tanto en tanto. Ana sabía por lo menos leer su propio nombre así que reconoció el de su hija en la tapa del cuaderno y entonces tuvo la sensación de que parte de su hija estaba encerrada allí. Sintió que el cuaderno representaba una distancia insalvable entre ella y su hija y le entró una pena a la que no supo poner nombre. Deseó por una vez ser capaz de leer para saber qué información contenía el cuaderno. Las dueñas del mismo eran aquellas tres mujeres a las que odió inmediatamente por poseer una parte de su hija de la que ella quedaba excluida. Mientras se perdía en aquellos pensamientos laberínticos e inquietantes, las maestras intentaban transmitirle su preocupación por el porvenir de su hija. El semblante de las maestras era serio, la madre, en cambio, tuvo que reprimir una sonrisa orgullosa cuando una de las maestras hizo mención de la belleza extraordinaria de su hija, aunque fuera como preludio a la sarta de quejas que de ella tenían: inatención acusada, falta de compleción de las tareas, pésimas notas en los exámenes. A este paso no se sacaría el graduado, se quejaron con desmayo. Por otro lado, la niña seguía teniendo buen comportamiento, nunca replicaba a las maestras y aceptaba los castigos y las copias sin quejarse. Por todo aquello no comprendían qué era lo que estaba ocurriendo con Anita. Al final, una de las maestras preguntó:

–¿Qué quiere ser su hija de mayor? ¿Alguna vez se lo ha dicho? Porque a nosotras nos dice que no lo sabe.

Ana no supo qué contestar. Nunca le había preguntado a su hija qué quería ser de mayor. Siempre había supuesto que Anita querría lo que todas: casarse y colgar la fotografía de su boda en el comedor. Estuvo a punto de decirlo, pero tenía el suficiente talento (que era como ella llamaba a la picardía) para no confesar una verdad que ya intuía que iba a dejar insatisfechas a las maestras, y al final soltó una mentira, como quién lanza un pedazo de carne a un perro rabioso para salvar la vida:

–Pues la niña dice que quiere ser modista.

Las maestras suspiraron al unísono, como si un gran misterio hubiera sido resuelto.

–Así lo más indicado será que estudie corte y confección cuando acabe la EGB, lo ideal sería que se graduara, pero si no lo hace pues tampoco es tan grave porque para entrar en la FP no hace falta el graduado, solucionado –sentenció una de las maestras, a lo que las otras dos asintieron con sonrisas melifluas.

Con un gesto, despacharon a Ana que salió de allí titubeando, aún sin comprender qué era la EGB, la FP, el graduado, ni lo que acababan de solucionar. Al cerrar la puerta echó una última mirada al trío, una de las maestras estaba escribiendo algo en el cuaderno amarillo con gran concentración. Entonces, sintió un escalofrío al pensar que la mentira que había dicho al azar estaba siendo escrita a fuego en aquel cuaderno y temió que acabara por convertirse en un nudo del cuál sería imposible soltarse, como así fue.

ccalduch@17/9/17

 

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Llegado el día

El día temido la asaltó por sorpresa. Luego, cuando ya había pasado todo, por la tarde, le dijeron que vendrían al día siguiente, hora indeterminada, a llevárselo. Vendrían una enfermera y un secretario judicial y después de ella firmar se lo llevarían, sin ceremonias, sin contemplaciones, sin atender a sus peticiones de poder verlo algún día aunque solo fuera de lejos, aunque solo fuera para saber que estaba bien.

 

Pasó la primera y la última noche con él en brazos, luchando contra el sueño, oliendo su cabello oscuro, estudiando sus rasgos, la naricilla redonda, la carita roja, aún tumefacta. Estaba entero, era perfecto, grande, hermoso y fuerte, un guerrero, un superviviente. A falta de nanas, le canturreó una canción que había oído cantar a su madre, a la que apenas recordaba, que hablaba de perfumes y de muerte. Poco apropiado, quizá, pero qué más daba eso si su corta vida ya venía marcada por la violencia: desde la concepción (la sujetaron entre cuatro mientras se turnaban sobre ella) al nacimiento (hicieron falta hierros para arrancárselo de dentro, como si él ya supiera lo que iba a ocurrir y se negara a separarse de ella). Tras horas de lucha, había salido con la cara roja y los puños en alto, furioso, bramando, pidiendo venganza o justicia, sin saber que las dos les son negadas por sistema a los indefensos.

 

De madrugada entró una enfermera, los vio dormidos, sintió pena y no los tocó.

 

Llegaron, al mediodía, las tres figuras como cuervos. 

Para qué hacerte la vida más difícil, firma y acaba con esto. Era el cura del pueblo el que le habló así. A ojos de muchos, era sabio y caritativo. Sabes que has obrado mal, quién sabe cuántas veces, y ahora ha llegado el momento de pagar por ello, pero no sufras, Dios perdona y a ti también te perdona y algún día mirarás atrás y sabrás que en este día hiciste lo correcto

No dijo nada. Podía haber preguntado dónde estaba Dios aquel otro día del que nunca hablaba, después de la fiesta, en el gimnasio donde la encerraron entre cuatro. Nunca confesó qué ocurrió, quién fue, quienes fueron. Cargó con la culpa sin culpar a nadie, no por miedo a sus amenazas, sino porque quién era ella, quién la iba a creer a ella, nadie.

 

Pusieron los papeles y una pluma en la mesa bajo la luz del sol. Le costó levantarse, sintió dolor, la sangre brotando de su interior como una catarata, se le nubló la vista mientras caminaba hasta la mesa. Le temblaba el pulso y le salió una firma torcida, fea, desconocida. Casi no había acabado cuando el secretario, un hombre estirado, de facciones indefinidas, escondidas tras una barba espesa y gafas oscuras, le arrancó los papeles de las manos. Al mismo tiempo la enfermera se inclinaba sobre la cuna. Entonces ella se puso en pie de un salto instintivo, como de gato, que hizo que se le volviera a nublar la vista. La mano huesuda del cura se interpuso. 

Ya está hecho. No hay vuelta atrás, dijo clavando sus ojos de águila en ella, es lo mejor para él y para ti. Él tendrá una buena vida con una familia, y cosas que tú no podrías darle nunca, a cambio tú podrás seguir con tu vida como si esto no hubiera pasado, y esperemos que ahora que ya sabes lo que es la vida uses más la cabeza.

 

Se marcharon. La puerta se cerró tras la comitiva, cayendo en las bisagras como una sentencia. Se quedó sola ante la cuna vacía. De la cuna sacó las sabanitas, las dobló y se metió en la cama con ellas. Las abrazó contra su pecho y las olisqueó como hacen las perras castradas.

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El beso

Él tenía quince años y ayudaba a su madre en el bar. Durante las horas que pasaba yendo y viniendo, sirviendo las mesas, tomando nota a los turistas con su inglés deficiente, no pensaba en nada más que en el momento en que acabaría las tareas y podría ir a pescar. Su madre no quería que bajara del espigón. Tenía miedo de que viniera una ola y se lo llevara, y qué sería de ella entonces.  Pero él no le tenía miedo a la olas y se colocaba sobre las rocas, plantaba su caña y esperaba.

Un día de otoño apareció una chica mientras pescaba. Iba bien vestida, con guantes de piel y abrigo de paño, el cabello negro recogido en una cola. La chica se colocó a su altura como si no le importara mojarse.

-¿Qué haces aquí, niña? Aquí no puedes estar –gruñó.

Ella no respondió, ni tampoco lo miró. Parecía embrujada por el mar y el horizonte. Él conocía, por propia experiencia, aquella mirada fascinada y cuando ella dio un paso más y estaba a punto de sobrepasar su posición, ya de por sí arriesgada, extendió un brazo para impedirle el paso. Sintió sus costillas en el antebrazo. Ella era pequeña y sin fuerza. Tenía la piel traslúcida, ojeras, la cara alargada como todos los niños de la colonia de monjas.

 

Las monjas tenían una casa de reposo en lo alto de la colina “pelada” –la llamaban así desde que un incendió la despobló de árboles– a unos dos kilómetros del pueblo, una casa que en época de la guerra había sido un orfanato. Ahora las monjas cuidaban allí de los hijos enfermos de familias pudientes. Eran niños pálidos, de poca vida, tan poca que algunos se morían. Luego, los padres, vestidos de luto riguroso, venían al pueblo a buscar a sus hijos, y se los llevaban, en coches negros muy largos, para enterrarlos en el panteón familiar. Eso sí, por deferencia a las monjitas, el funeral lo hacían siempre en la iglesia del pueblo.

Cuando hacía bueno las monjas iban con los niños a la playa de Serrano, que era la que quedaba más cerca de la casa de reposo. A esa playa bajaba él a pescar en verano, puesto que era la única a la que no acudían los turistas, y en ella se pescaba bien. Una vez, hacía un par de veranos, se hizo amigo de uno de los niños que estaba con las monjas. Se llamaba Pablo, era delgado y tosía mucho. Pescaron juntos unas cuantas veces, hasta que su madre se enteró y le prohibió volver a verlo. Le dio mucha pena dejar de ver a aquel niño, pero no quería hacer enfadar a su madre. A veces aún se acordaba de Pablo, y en su mirada triste, tan triste como la de la niña que apareció aquel día a su lado en el espigón.

–Aquí no puedes estar –repitió–. ¿Es que te quieres matar?

–Me voy a morir igual –murmuró la niña.

–No digas eso o Dios te castigará.

–Qué me importa a mí Dios, si me voy a morir, es la verdad –dijo ella con fuerza súbita clavándole unos ojos tan azules como el mar que tenían delante– ¡Es verdad, es verdad, es verdad, me voy a morir…

La niña no paraba de repetir aquello de que se iba a morir y él no sabía qué hacer. Estaba como histérica. De las películas había aprendido que un ataque de histeria se corta con un bofetón, pero él no pensaba pegar a una niña tan floja. Así que clavó la caña entre las rocas y de una revolada la alzó en brazos y la llevó hasta lo alto del espigón. No pesaba apenas nada.

El médico siempre le decía a su madre que él era muy fuerte. Su madre se había empeñado en llevarlo al médico después de enterarse de que aquel niño, Pablo, había muerto. El médico le puso una inyección en el brazo y le mandó unas radiografías de tórax.

–Este niño es un toro, Antonia, no sufras –concluyó el médico cuando fueron a por los resultados.

Su madre suspiró aliviada. Él ya lo sabía que estaba bien, pero su madre sufría mucho, qué sería de ella si él faltaba, decía, y por eso él no la contradecía en aquellas cosas.

–Nunca más te vuelvas a acercar a esos niños –ordenó su madre y él asintió.

Pero, aunque significara exponerse, no podía a dejar que aquella niña se matara delante de él. Así que aquel día hizo lo que tenía que hacer. En lo alto del espigón depositó a la niña en el suelo.

–Vuelve a casa –ordenó.

La niña se fue sin decir nada y en toda la tarde él no dejó de pensar en ella.

Al día siguiente la misma niña volvió a aparecer en lo alto del espigón. Él la ignoró hasta que de nuevo ella se apostó a su lado. En aquel momento notó el estirón en la caña de pescar y tuvo que sujetarla con fuerza mientras enrollaba el hilo.

–¡Qué grande es! –exclamó ella.

–¿Lo quieres tocar? –ofreció él.

–No. Me da un poco de asco.

Él echó el pez en el cesto. No lo vio retorcerse hasta acabar de morir. Ella sí.

–Ya está –murmuró ella, y luego en voz más alta dijo– perdona por lo de ayer.

–Bah. No importa –dijo él.

Parecía más viva que ayer, al menos su voz sonaba más animada. Él se dio cuenta de que no era tan pequeña como había creído al principio, debían ser de la misma edad.

–Es que sabes –dijo ella– sé que voy a morirme… espera, déjame acabar, yo ya sé que voy a morirme y no he besado nunca a nadie. No quiero morirme así. ¿Tú querrías…?

No supo qué decir. Se notó enrojecer. No entendió si la pregunta se refería a si él querría morirse sin haber besado a nadie, o si él querría besarla. Estaba confundido. Así que pensó que lo mejor sería fingir que no lo había oído.

–¿Querrías, si supieras que te estabas muriendo, querrías quedarte sin haber besado nunca a nadie? –insistió ella.

–Supongo que no –dijo él, al final.

Se le ocurrían muchas cosas que no querría quedarse sin hacer en caso de que fuera a morirse y una en especial, pero no era el momento de sacarlas a relucir. Eran cosas que solo podía confesar a sus amigos.

–Entonces me entenderás –dijo ella.

Él siguió en el sitio, sin moverse.

–Lo que tengo no se contagia –instó ella acercándose a él.

Él se preguntaba si sería verdad lo que ella decía. Mientras, ella había levantado la cara hacia él. Lo miraba con la total confianza del animal que mira a su amo sin saber que éste ya ha puesto fecha a su sacrificio. De repente supo que él era lo menos importante allí, que era un mero instrumento para distraerla a ella de la muerte.

Solo tuvo que agachar un poco la cabeza para que sus labios se tocaran. Para que ella no pensara que él tenía miedo a contagiarse, la besó fuerte y dejó que ella decidiera cuando poner punto final al beso. Aunque significara hacer el ridículo, habría deseado que aparecieran sus amigos para reírse a su costa un buen rato, para luego confesar que se habían compinchado para gastarle una broma. Pero nadie apareció por allí y el mar siguió batiendo a sus pies contra las rocas. Al final, la niña se dio media vuelta y echó a andar sin mediar palabra.

No la volvió a ver nunca más.

 

ccalduch@2017-06-16

 

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Día de Reyes

Una mañana de reyes mi padre me dijo que mi tía Vicenta, ya de una cierta edad, estaba muy mal. Por la manera en que hablaba, deduje que estaba en las últimas. Me sentí mal porque hacía tiempo que no iba verla. Pero lo cierto es que había estado muy ocupado y además, no me gustaba mucho ir por su casa, por motivos que no vienen al caso. Sin embargo, si era cierto que mi tía estaba grave, era mi obligación ir a verla y no había más que hablar. Así que cogí el coche y fui a su casa. Aparqué mal, pero dejé en el salpicadero la tarjeta que usaba cuando hacía visitas a domicilio, con la esperanza de que no me multaran.

Empezaba a llover con fuerza cuando salí del coche. Me había olvidado el paraguas, para variar, y tuve que ir por la calle buscando el refugio de los balcones. Encontré abierto el portal del bloque donde vivía mi tía. Entré y subí hasta el quinto piso, toqué el timbre. Al poco, oí pasos y la tapa de la mirilla desplazándose. Una voz, con tono juvenil, pidió:

–Santo y seña.

Me extrañó aquello. No supe qué esperaban que dijera, y entonces murmuré algo que me vino a la mente sin pensar, algo que mi tía Vicenta solía cantarme de pequeño:

–Pepito, pepón… cómete un roscón –murmuré de manera apenas audible.

Enseguida oí los varios cerrojos desatrancándose y la puerta se abrió lentamente hacia adentro, hacia el pasado. Vi reflejada en el espejo del recibidor mi figura de niño repeinado, con abrigo largo de lana, pantalones cortos. Me llegó claramente el olor a las rosquillas que hacía mi tía siempre los días de reyes, mezclado con el de los juguetes nuevos y mis ansias por estrenarlos. Sin embargo, ante mí no estaba mi tía, sino una mujer de cara aniñada, que llevaba trenzas y un peto azul, mascaba chicle y me miraba expectante.

–Soy Pepe, el sobrino de la Sra. Vicenta –anuncié.

–Sí, ya lo sé, no te acuerdas de mí, ¿a que no, Pepino?

–Pues no, lo siento –dije.

–Pues entonces no entras –dijo ella con retintín.

Sentí unas ganas enormes de tirarle del pelo y deshacerle las trenzas a aquella atrevida. Creo que hasta di un paso amenazante hacia ella. Y creo que ella retrocedió, pero sin dejar de mirarme con descaro. La verdad es que me sorprendió la súbita acometida de mi rabia. Quién era ella para impedirme entrar en casa de mi tía, me preguntaba. Sin embargo, pensé que por su manera familiar de tratarme podría ser una sobrina política de mi tía que estaba allí para cuidar de ella, alguien a quién quizá conocí en otro tiempo y que había olvidado. Porque ¿qué otra cosa podía estar haciendo allí aquella mujer, sino cuidar de mi tía? Algo de lo que yo no podía presumir, así que se imponía la prudencia.

–¿Y la tía, está en la cama? –pregunté.

–No, está en el salón –dijo.

Entré y me dirigí hacia el salón. Allí, una vaharada de Vicks y de eucalipto me dio la bienvenida. Encontré a mi tía, sentada en una butaca, tapada con mantas y manteletas. Tenía la cara roja y tumefacta, apenas se le veían los ojillos. Me agaché a su lado.

-Hola, tía –dije en voz baja.

–¡Pepino! –exclamó ella alzando el rostro hacia mí–. ¡Dichosos los ojos!

–¿Qué te ha pasado en la cara? –dije, horrorizado por como la vi–. ¿No tendrás un flemón?

–¿Un flemón? Lo que me faltaba –rió ella–. Es de los medicamentos.

Debí haber supuesto que el edema era consecuencia de la medicación. Ni siquiera comprendía de dónde me había salido aquello del flemón. Tuve un momento de pánico del principiante y para que no se me notara, hice ver que examinaba con interés los remedios que había sobre la mesilla auxiliar.

–¿Esto te han dado? –pregunté mostrándole una caja de píldoras.

Me salió un deje casi despreciativo y mi tía se alarmó.

–¿Es que no es bueno, hijo? Es para los ahogos.

–Sí, sí, está bien –admití-– solo que es algo fuerte y te dará sueño, ¿o no?

–Un poquito sí –dijo.

Le toqué la frente. No me pareció que tuviera fiebre. Le tomé el pulso. Lo encontré normal.

–Te voy a auscultar –murmuré, volviéndome a buscar mi maletín que no encontré–. Será posible… me lo he dejado en el coche, bajo a buscarlo, enseguida vuelvo.

–Uy, quita, deja… –dijo ella, haciendo un gesto de rechazo con la mano.

Primero lo del flemón y ahora este descuido imperdonable. Ya veía a mi tía, que tenía fama de chismosa, llamando por teléfono a nuestros parientes para informarles de mi ineptitud. Era lo que me faltaba. Hasta ahora solo había encontrado resistencia y desconfianza en mi familia. Incluso mi propia madre solo me dejaba tratarla de sarpullidos de eccema. De mi padre, mejor no hablar. Yo me preguntaba de qué servía que me hubieran pagado la carrera de medicina para luego seguir yendo, como si nada, a su médico de toda la vida.

–Pero, siéntate, no estés ahí de pie –dijo mi tía señalando el sofá–. ¿Tienes hambre?

Cómo explicarle que yo no había ido hasta allí a comer ni a hacerle una visita de cortesía, que aunque aquel día fuera fiesta, no era un domingo de los de mi infancia en el que el tiempo se hacía lento mientras los adultos comían y se entregaban a tertulias inacabables y aburridas mientras tomaban café. Cómo explicarle a mi anciana tía que yo era una persona muy ocupada, que comía casi siempre en la cafetería del hospital y que no tenía tiempo para tertulias. Sin embargo, sabía que, si no entraba en su juego, me iría de allí de vacío, sin haber determinado qué era lo que tenía realmente.

–Un café sí tomaré –claudiqué.

–¿Solo café? No quieres unas…

–No. Solo café, gracias –la interrumpí.

Mi tía intentó incorporarse, pero los brazos no la sostuvieron y al final tuvo que dejarse caer en la butaca.

–Pero, tía, ¿qué haces? –dije–. Ya voy yo a por el café, o si no se lo diré a tu sobrina.

–¿Qué sobrina?

–¿La chica que me ha abierto no es…

–¿Rosabel? Qué va. Es la hija de la vecina, que la estoy cuidando. Su madre tenía que trabajar hoy… pero oye, si tú ya la conoces, tú y ella habéis jugado juntos otras veces aquí.

Yo no conocía a aquella muchacha de nada. Mi tía debía estar confundida. Iba a preguntarle algo más al respecto, ya que aquella digresión de su memoria me intrigaba porque podía ser un síntoma de una enfermedad grave. Sin embargo, ella cambió de tema y yo me distraje.

–¿Y cómo vas en el colegio?

–Ya acabé los estudios, tía, y he aprobado el MIR hace poco. ¿No te lo dijo mi padre?

–¡A mí nadie me cuenta nada, hijo! –se quejó– ¿Y qué es eso del MIR?

–Un examen para ser médico.

–Entonces ¿ya eres médico?

–Pues sí, tía. ¡Y qué ganas tenía de acabar los dichosos exámenes! No sé si sería capaz de volver a pasar por eso.

Seguimos hablando un rato sobre mis peripecias como estudiante y de mis primeros pasos como médico. Mi tía parecía contenta por mí. Empecé a pensar que quizá era cierto que mi padre se había olvidado de llamarla para contarle que había aprobado el famoso examen del MIR.

–¡Pues como ya eres médico a partir de ahora te llamaré Doctor Pepino! –dijo mi tía, y se echó a reír.

Me reí con ella, un poco más aliviado al pensar que no estaría tan mal si aún era capaz de bromear. En aquel momento entró en el salón Rosabel, la mujer a la que supuestamente yo ya conocía y que me había abierto la puerta al llegar. Venía royendo lo que parecía una rosquilla. Una rosquilla idéntica a las que mi tía solía preparar los días de reyes.

–¿Está buena, eh? –dijo mi tía.

Rosabel se encogió de hombros y se dejó caer en el sofá descuidadamente.

–Dale un trocito a Pepino, no seas avariciosa, niña –se quejó mi tía.

–No, gracias –dije cuando Rosabel se acercó a mí para ofrecerme media rosquilla.

–Pero come, Pepino –instó mi tía– que estás muy flaco.

Al final cogí la media rosquilla y me la metí en la boca. Era dulce y anisada.

–¡Está igual de buena que las que tú hacías! –no pude evitar exclamar.

–¡Hombre, claro, como que las he hecho yo! –dijo mi tía, riendo con fuerza.

–¿Y pudiste estar de pie en la cocina el tiempo suficiente como para cocinar? –pregunté con curiosidad.

–Pues claro –dijo ella, muy natural.

Empecé a vislumbrar que mi tía no estaba tan mal como todos creían. Es más, estaba bastante seguro de que mi tía fingía. De ahí las contradicciones: su aparente senilidad y de repente su buena memoria para recordar detalles de hacía años. Debí haberlo supuesto. Era habitual en las personas mayores exagerar los síntomas de cualquier afección leve para llamar la atención. A todo lo más tenía un catarro. Así que le diría a mi padre que teníamos tía para rato. Tema resuelto, ya me podía marchar.

–Bueno, pues yo me voy, tía, que no te hago ningún servicio –dije–. Cualquier cosa me llamas.

–¿Ya te vas, tan pronto? –dijo ella, sorprendida.

–Sí, tía, tú estás bien, y yo he dejado el coche mal aparcado –dije.

Mis explicaciones no la convencieron.

–No te preocupes por el coche –dijo–. Mira, si lo tengo yo aquí.

Se sacó del bolsillo un coche de juguete y me lo enseñó. Curiosamente era del mismo color crema que el mío, el que yo había dejado en una zona en la que estaba prohibido aparcar y que quizá ya no encontraría cuando regresara. Sin embargo, mi coche dejó de parecerme importante. En cambio, el coche que mi tía me enseñaba me llamaba mucho la atención. Lo cogí de sus manos y lo estudié con calma.

–¡Qué bueno! –exclamé–. Yo tenía uno igual que este cuando era pequeño…

–¡Pero si es tuyo, tontis, que te lo han traído los reyes!

–¿Me lo dejas ver? –preguntó Rosabel, acercándose a mí.

Mi primera reacción fue no dejárselo, pero mi tía intervino. Parecía algo enfadada y lo que me dijo me hizo sentir un poco culpable:

–No seas egoísta, Pepino, tienes que compartir los juguetes, sino los reyes se enfadarán. Además, otra faena tienes, me tienes que auscultar y ponerme la inyección.

Mi tía parecía hablar en serio ahora. La miré largo y tendido, calibrando si me estaría tomando el pelo. Vi con sorpresa que la tumefacción de su rostro estaba empezando a desvanecerse.

-Tía, no te puedo auscultar porque no he traído el maletín, ni el fonendo… fondone…

Tropecé con la palabra.

–Se dice fonendoscopio… Pepino, Pepón… –dijo mi tía y se echó a reír de nuevo.

Rosabel se rió también y aprovechó la confusión para quitarme el coche de las manos. Me sentí enrojecer, ridículo, como hacía años no me sentía y sentí lágrimas calientes en los ojos. De repente, mi tía exclamó:

-¡Pero no hagas pucheros, niño, mira, lo que tengo!

Cuando yo estaba a punto de salir corriendo y buscar un rincón en el que esconderme y llorar a mis anchas, mi tía puso sobre la mesilla un maletín de médico, idéntico a uno que yo había tenido cuando era pequeño. Es más, aquel otro también me lo había regalado mi tía precisamente un día de reyes.

-¿Qué, te gusta? –preguntó.

-Sí –admití, pasándome las manos por la cara para espantar las lágrimas mientras me acercaba al maletín–. ¿Es para mí?

–Pues claro.

–¡Gracias, tía! –dije, con apenas un hilo voz, mientras se me volvían a llenar los ojos de lágrimas.

Yo había codiciado aquel maletín durante meses. Era lo primero que le dije al rey Baltasar cuando me preguntó qué había puesto en la carta.

-Ay, Pepino –suspiró mi tía–. Cómo eres… a ver, mírame, que no quiero que tu madre vea que has llorado, sino la tendremos.

Mi tía se plantó junto a mí de un salto y me instó a mirarla. Tuve que levantar la cara. Ya no quedaban rastros de tumefacción en su rostro. Es más, tampoco tenía arrugas y su cabello ondeaba rubio y abundoso sobre sus hombros, como en las fotos. Mi tía me refregó el cabello con la mano afectuosamente y luego me dio el maletín.

Fue entonces cuando vi la escena reflejada en el vidrio de la puerta del salón. Vi a un niño que sostenía un maletín de médico de juguete. En el sofá había una niña que empujaba un coche de color crema por las montañas del respaldo del sofá. Mi tía era una mujer joven y lozana que me dijo:

-¿Por qué no le enseñas el maletín a Rosabel y jugáis un rato? Yo voy a hacer más rosquillas.

Mi tía salió del salón. Rosabel se acercó a mí y yo abrí el maletín.

–De mayor seré médico –anuncié blandiendo el fonendoscopio de plástico.

–Ya lo creo –dijo ella.

Entonces nos pusimos a jugar.

ccalduch@2017

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