La partida

El gato la miraba desde la puerta con el posado triste y a la vez altivo de los gatos, como diciendo A mí plin si no vuelves. Cuando ella le hizo un gesto de despedida, el gato miró digno hacia el otro lado.

Salió Mirna a la calle con el paraguas negro y grande con mango de cuero que había pertenecido a su difunto marido, embozada en un abrigo de alpaca pues estaban en pleno invierno y el cielo estaba tapado por nubes espesas. El abrigo había pertenecido a un marino sueco, de nombre imposible y de poco más de cuarenta años, rubio y con la piel de la cara quemada del sol, que dos años atrás se había dejado caer por el pueblo en busca de trabajo y había pernoctado en su pensión durante un mes.

Tras una deriva enamoradiza del mozo que ella no quiso alentar, en parte por no quedar en ridículo a la hora de la pasión intentando pronunciar el nombre impronunciable del sueco, y en parte por no violentar la memoria de su difunto marido que vigilaba sus pasos con sus ojos pequeños y desconfiados desde su retrato colocado sobre el bufete del comedor, el sueco se marchó dejando tras de sí una nota en mal español –pero no tan malo como para impedirle declararle su amor una vez más– y el abrigo de alpaca, pues ella lo había admirado en cuanto se lo vio y hasta se lo había probado un día. Le quedaba grande, cómo no, pero en el momento en que decidió que se lo quedaría como pago a lo que el sueco le dejó a deber, lo pasó bajo la aguja mágica de su máquina de coser para encogerle las costuras y entrarle los bajos. Con un cinturón que cosió utilizando la tela sobrante, se lo ajustaba a la cintura, y como aquel que dice, no se lo quitaba en todo el invierno. Las malas lenguas decían que era porque el abrigo aún conservaba entrelazado en las fibras el olor a macho del extranjero, pero Mirna no era de las que se dejaban amedrentar por los chismes y se paseaba por el pueblo con el abrigo puesto y la cabeza bien alta, como correspondía.

Mirna se dirigía aquella tarde hacia la bodega frecuentada antaño por su marido y sus acólitos. Su marido, patrón de barco, se había perdido en el mar hacía nueve años durante un huracán que asaltó a traición al pesquero que comandaba, enviando a la fosa marina a sus seis ocupantes, incluido el joven pinche de tan solo quince años, y cumpliendo el precepto de que la muerte no distingue a patrón de marinero. Había habido una vaga predicción al respecto pero Severo, que así se llamaba el interfecto, no hacía caso a los hombres del tiempo y desde su aventajada posición  de experto sin título que le otorgaba haber estudiado durante años en la universidad del mar, desdeñaba a los meteorólogos por ser, según él, pedantes con título pero sin experiencia.

Mirna sí hacía caso a los hombres del tiempo y caminaba con rapidez y decisión hacia la bodega cada vez que el cielo se emborronaba de nubes. En aquella ocasión el viento henchía los bajos de su abrigo, a la vez que ella apretaba contra su pecho el paquete envuelto en papel de aluminio que portaba dentro del abrigo y que desprendía junto a su corazón residuos del calor del horno y un delicioso aroma a pan dulce. Mirna se sabía capaz de recorrer aquel camino en noche cerrada, sin ayuda de faros o linternas. Se movía por el camino con la agilidad de una bailarina como las que venían dibujadas en las postales de cumpleaños que sus antiguas amigas de colegio le enviaban anualmente a pesar de que no se habían vuelto a ver desde que ella decidió, hacía ya un cuarto de siglo, cambiar la sombra inútil de los plataneros y el asfalto pringoso y recalentado de la capital por los caminos de tierra, la brisa del mar en la noche y la sombra generosa de las encinas centenarias.

–Ya está aquí esta –dijo Petra, la dueña de la bodega, a las demás, cuando la vio doblar la calle.

Petra nunca la llamaba por su nombre. Siempre era “esta”, “tú” o “muchacha”. Inútil era explicarle a la vieja bodeguera que aquel nombre, en honor a Myrna Lloyd, fue una extravagancia de su padre, forofo del cine de la época dorada de Hollywood, y que fue posible llamarla así porque para cuando ella nació las restricciones férreas del registro civil se habían disipado y su padre pudo colar aquel nombre inaudito, aunque tuvo la precaución de cambiar la i griega por la latina para no despertar suspicacias. Por su gusto, Mirna se habría llamado María o Consuelo. Pensaba que así su vida habría sido más fácil.

–Pensaba que tampoco venías –le dijo Petra a modo de reproche desde el otro lado de la reja.

–He hecho pan dulce –se excusó Mirna.

Cuando Mirna entró Petra dejó caer la reja con un golpe seco, militar, como de guillotina furiosa. Aquella tarde no había abierto. Presentía desde la mañana la tormenta en los huesos y sabía que la tarde sería inútil y que no vendería ni una escoba hasta el día siguiente cuando hubiera amainado y se hubiera diluido el salitre del aire.

Cuando sus ojos se acostumbraron al cambio de luz, Mirna vio que eran solo cinco las reunidas, contándola a ella.

–¿Y Juana? –dijo.

–Está con gota –explicó Delia, la más joven.

Ninguna se creía la excusa.

–Será que la otra vez perdió –dijo Petra con la voz queda, que reservaba para los clientes que le compraban vino de fiado.

–Ella se lo pierde –dijo Virginia fingiendo indiferencia.

–Pues a la próxima me quedo yo también en mi casa que se está muy bien –se quejó Mariana.

–Va, no digas eso, mujer –dijo Virginia.

Se hizo un silencio frío en la bodega. Ninguna se movió.

–Ha pasado un ángel –dijo Delia.

–Ya está esta con sus tonterías –dijo Virginia.

Eran todas mujeres de marinos muertos. En vida de sus maridos acostumbraban a reunirse cuando había mal tiempo para darse valor la una a la otra y rezar por la vuelta de los suyos. Cuando ya no les quedó razón para rezar, se siguieron reuniendo a la primera nube negra que veían echarse a rodar por el cielo como empellidas por un resorte que les hubiera crecido entre las costillas o entre las vértebras a base de la costumbre.

Para romper el hielo, Mirna sacó el pan que aún soltaba algo del calor del horno. Petra sacó una botella de coñac de detrás del mostrador, Delia llevó los vasos y un cuchillo a la mesa y Virginia sacó la baraja de naipes.

–¿Qué, el siete y medio? –preguntó la última.

Asintieron todas con leves gestos de cabeza y algún murmullo. Distraída, Mirna cortó el pan en seis trozos.

–Que somos cinco, muchacha –le recordó Petra.

–Ay, es la costumbre –se excusó Mirna.

Virginia barajaba las cartas mientras Mirna repartía el pan y Petra los vasos.

–Corta, tú –le dijo Virginia a Delia.

–Voy –dijo Delia que acababa de encender un cigarrillo.

Con una mano cortó Delia la baraja mientras con la otra se llevaba el cigarrillo a los labios haciendo tijera como había aprendido a hacer viendo a las otras. A continuación Virginia repartió los naipes.

 

ccalduch©7Aug2019

 

 

 

 

 

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De Amicitia (Historias de Barna 16)

Antes de las siete de la mañana las mayoría de paradas de la plaza ya estaban abiertas. En verano, con los balcones de par en par, subía hasta casa el olor de las frutas y verduras frescas de las paradas callejeras que había frente al edificio principal del mercado.  Desde muy temprano se llenaban de señoras que hacían cola, en invierno y en verano, y que aún creían en el mito de que los productos de la plaza eran más frescos y de mayor calidad que los que podían encontrar en el supermercado. Algunas no hacían nada por esconder sus aires de superioridad por comprar a diario en la plaza en lugar de tener que hacer acopio de comestibles de supermercado una vez a la semana, como hacíamos los que estábamos condenados a trabajar.

A una de aquellas señoras la conocía yo de hacía años. Se llamaba Rosa y era la madre de una antigua compañera mía de escuela. A veces la veía desde la ventana, de camino al mercado, con su abrigo de cuello de zorro y su hermana a su lado, empujando las dos ante sí sus respectivos carritos de la compra. Seguro que fueron de las primeras en el barrio en tener aquel tipo de carro, de los que despliegan cuatro ruedas que hacen más fácil su movilidad y más aún su estabilidad. Por poco que lo empujes el carro va prácticamente solo. 4-wheel-drive lo llamaba el padre de mi hijo, utilizando un símil automovilístico. Aquella señora en cuestión era, como ya he dicho, madre de una antigua amiga mía que era azafata de vuelo y tenía una vida muy ajetreada. Si entre vuelo y vuelo visitaba a sus padres, nunca hacía nada por verme a pesar de que habíamos quedado en llamarnos y vernos sin falta, así que con el tiempo el contacto se había ido perdiendo.

A la que yo sí veía a menudo era a su madre que acudía a la plaza a diario con su hermana a hacer la compra. Las dos hermanas se llevaban un puñado de años, siendo la Sra. Rosa la mayor de las dos. Según le oí decir alguna vez  –cuando mi amiga y yo éramos aún pequeñas y aún jugábamos por su casa– aquella hermana le había nacido para amargarle la existencia y quitarle también  las mantas de la cama que se veían obligadas a compartir en los años de penuria de la posguerra. Ante tal agravio, la pequeña y futura Sra. Rosa respondía dando un buen tirón a las mantas, pues qué se había creído aquella mocosa de hermana que le había tocado en suerte, que ella iba a dormir destapada o qué. La Sra. Rosa se había criado en base a aquella filosofía antigua, y bastante común para la época, en la que abundaban los términos mercantiles, y en base a esa misma filosofía crio a sus tres hijos. Tú verás, tú tienes más que perder que yo, era una frase lapidaria muy suya. También le oí decir a veces, ¿Y así me lo pagáis, desagradecidos?

A pesar de que yo la recordaba por su carácter agrio, pasados los años la Sra. Rosa se mostraba deferente conmigo. Si nos cruzábamos por la calle siempre se paraba a hablar conmigo. Le hacía fiestas a mi hijo que aún iba en el cochecito, y aprovechaba para ponerme al día sobre los logros de los suyos. Entre ellos se contaban el que su hijo, Ramón, el mayor, hubiera aprobado por fin el Mir después de años de prepararse. Su hija, Elena, la segunda, estaba bien casada con un vendedor de coches de la Volkswagen por lo que no le hacía ninguna falta trabajar y se podía dedicar a criar la parejita. En cuanto a mi antigua amiga, Montse, trabajaba de lo suyo en una aerolínea transcontinental y se ganaba muy, pero que muy bien la vida, esto dicho con gran énfasis para que no cupiera duda. Habiéndome contado sus novedades, me preguntaba qué tal nos iba el trabajo, si había faena, etcétera. Yo le respondía que todo iba bien, sin entrar en detalle porque sabía que preguntaba por puro compromiso, y que la pregunta era tan solo una excusa para que el triunfo de sus hijos le luciera aún más.

Hacía algún tiempo que no había visto a la Sra. Rosa cuando un buen día me crucé por la calle con ella. A la sazón, me paró para contarme que su hija Montse había ganado un puesto en Iberia y que ahora cubría el puente aéreo Madrid-Barcelona. Estaba muy contenta pues ya no tenía que andar cruzando el charco día sí día no, iba más descansada y lo mejor de todo era que desde hacía un par de meses vivía de nuevo en casa. Además (y un gran además), estaba fija y aún se ganaba la vida mejor que antes. Y yo que me alegro por ella, dije. Y era verdad que me alegraba.

Pero era un sentimiento agridulce. Montse había vuelto al barrio y vivía con sus padres, en el mismo piso de su infancia, seguramente en el mismo cuarto que había ocupado de pequeña en el que las dos habíamos jugado tanto, en aquel mismo edificio que yo veía desde mi balcón, y sin embargo, ni me había llamado para contármelo, ni había hecho el más mínimo gesto para vernos. Me volví a casa con aquella astilla, que más que astilla era una estaca, que se me iba clavando con cada pensamiento en el centro del pecho, del corazón, del estómago, o de lo que fuera que tuviera allí dentro y que me quemaba.

Tanto fue así que el padre de mi hijo al verme me preguntó si me había ocurrido algo. Antes de contárselo, yo vaticinaba que él le quitaría importancia como solía hacer con respecto a aquel tipo de asuntos, que eran para él simples menudencias producto de mi inmadurez, pero en esta ocasión no fue así. Me puso una mano en el hombro y me dijo que era comprensible que me sintiera dolida. Me revolví con rabia. ¿Dolida yo? Sí, hombre. A mí no me hace falta para nada una amistad así, solo que menuda jeta tiene, creo que dije. Él no dijo nada más y yo me metí en la cocina a preparar el almuerzo.

Total, qué más daba, me decía yo mientras le daba vueltas a la sopa con una cuchara. Total, solo habíamos ido al colegio juntas, después al instituto y luego durante la universidad, a pesar de estudiar carreras diferentes, habíamos seguido saliendo juntas todos los fines de semana, y en verano nos marchábamos juntas con las mochilas a cualquier sitio, como aquella vez que fuimos a los Alpes suizos donde pernoctamos en albergues de madera, verdaderas casas de Heidi, con aquellas arañas tan enormes en las esquinas del techo que yo había de matar para que ella pudiera dormir porque tenía aracnofobia y me pedía llorando que las matara, cosa que yo hacía, por dejar de oírla, a zapatillazo limpio encaramada peligrosamente en lo alto de la escalerilla de la litera. Y años después, cuando lo de su matrimonio fallido con aquel impresentable, tipejo inmundo, que la dejó tirada, en camisón, en una estación de tren de un pueblucho una noche de invierno, a quién llamó si no a mí, llorando y diciendo que no sabía qué hacer, ni adónde ir. Pero de aquello habían pasado años y ya nadie se acordaba, ni siquiera su madre parecía acordarse de aquel amargo episodio que dio tanto que hablar en su momento en el barrio pero que ahora pareciera haber sido borrado con varios brochazos de típex. Y lo que nadie sabía era que yo soñaba que ella y yo nos encontrábamos por la calle y que las cosas volvían a ser como antes. Pero nada era como antes y ya nada volvería a serlo.

 

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En los muros (Historias de Barna 15)

Nací en una torre alta como nido de águila. Los primeros tiempos son una nebulosa que se aclaran a medida que se forma la memoria. El primer recuerdo se consolida en blanco, un vestido blanco a mi alrededor, con una hebilla dorada ceñida a la cintura, y con el vestido venía el traspaso sutil de una información inquietante, tu lugar en el mundo es el de un objeto de adorno. Desde entonces me voy inventando a mí misma y me digo que he tenido suerte de haber nacido rebelde, y de verlo todo como es y de pronunciarlo todo como es, y por ello, me salvo y por ello, nadie cuestiona mi derecho al saber y a la educación.

En el parvulario me enseñaron a reconocer mi nombre entre una retahíla de nombres exhalados a gran velocidad, a tener que recoger el abrigo del suelo si no prestaba atención cuando me llamaban. Aprendí la fascinación que una falda ejerce en el hombre, ya desde niño. Aprendí que no hay que burlarse de nadie por un defecto físico, como el llevar gafas, puesto que un día también te puede pasar a ti, como así ha sido al final, según me dijo la abuela de una niña de mi clase que llevaba gafas.

En el parvulario pinté una bandera, pinté de negro una botella de refresco y le puse flores de papel dentro, y pinté de azul un llavero plano de madera, en forma de coche que fue el único coche que tendría mi padre. Pero lo más importante fue que allí, en el parvulario pegado a la iglesia del barrio, una iglesia oscura y misteriosa que había sido quemada y reconstruida, quemada y vuelta a construir, en un ciclo eterno de fe primitiva y desesperanza, aprendí lo más importante que se puede aprender en la vida:  a leer y a escribir.

Después del parvulario vino la escuela primaria, y también la catequesis y la comunión.

En la iglesia no encontré el camino prometido, no encontré nada más que oscuridad y misterios que me hacían llorar de terror, y preguntas informulables de respuestas incomprensibles. Así que hui de allí una mañana de domingo jurando no regresar, y corrí hasta mi casa perseguida por perros abandonados, entre calles grises y uniformes, entre muros que gritaban: solidaridad, libertad, pueblo habla…

A nadie le importó que saliera corriendo, ni que, como venía siendo costumbre ya, decidiera por mí misma. Ayudó a ello que la vida entre las fábricas con sus chimeneas de ladrillo y sus sirenas que llamaban al trabajo cada día, y aquel olor uniforme a guiso que sobrevolaba el barrio entero, era práctica y dejaba poco margen para lamentaciones.

Para los sueños y la ficción quedaba la tele en blanco y negro, y el cine de barrio los sábados por la tarde. En el cine echaban dos películas y te podías quedar a repetir si querías. Luego había los cines de estreno en el centro. Un día fuimos en metro a un cine de estreno en plena Rambla. Vimos Superman. Salía un actor guapo, mechón en frente, que provenía de un planeta extinguido y salvaba la vida a una chica de la que estaba enamorado, y de paso salvaba también al mundo, alterando la rotación de la tierra, algo que es bien sabido que tiene el efecto de hacer que el tiempo se detenga y retroceda. En el cine de estreno olía fuerte a limpiador, tanto que el olor se te clavaba en la garganta. Parecía que el olor saliera de la misma pantalla y que fuera Superman quién despedía aquel olor a limpio. Superman llevaba una doble vida, por un lado era un reportero tímido, torpe y con gafotas, del que sus compañeros hacían mofa, pero al quitarse las gafas se convertía en un guaperas volador, seguro de sí, que lanzaba rayos X por los ojos y tenía fuerza, obviamente, sobrehumana.

Superman también tenía una doble vida, como un antepasado mío, como de los que hay seguro en todas las familias, y del cual se dice que también era guapo, tenía muy mal genio y que tuvo dos mujeres, una legítima y otra. Con esa otra tuvo ocho o nueve hijos.

En la vida real, años después, aquel actor tan guapo que interpretaba a Superman en aquel cine tan limpio de la Rambla, se cayó mientras montaba a caballo partiéndose el espinazo. Según una teoría conspiratoria que corre por ahí, alguien drogaría al caballo para que se encabritara, sería por venganza o envidia, o alguna otra emoción humana irrefrenable. Pero todo pareció en verdad un desgraciado accidente. A otro antepasado mío también le ocurrió eso de tener un desgraciado y extraño accidente, y también hubo teorías conspiratorias al respecto, que nunca se aclararon, y es que la realidad es repetitiva, y hay muchas probabilidades de que una acción se repita en múltiples escenarios. Solo hay que prestar atención para darse cuenta de lo poco original que es la vida.

Entre cines y gaitas, se me fueron pasando los años de instituto, con sus luces y sombras, con sus días de ira y sus pequeñas venganzas, hasta que un día fue hora de ir a la universidad. La universidad, sin embargo, me supo a poco. Donde yo esperaba apertura de miras y desafíos intelectuales encontré apatía, desinterés y muros grises y silenciosos. En la universidad empecé a escribir poemas malos que siempre quemaba, e intentaba leer aunque dormía más que leía. Me iba al extranjero en vacaciones, buscando la apertura de miras que aquí faltaba, pero me perseguía hasta en sueños mi ciudad natal y mi barrio, y siempre retornaba a este lugar de miras estrechas y de calles estrechas, tan estrechas que se pueden colgar pancartas de un lado a otro de la calle, algo que atestiguan fotografías en blanco y negro de hace ochenta años donde se ven pancartas colgadas de balcón a balcón, hechas con sábanas viejas, con el eslogan de no pasarán. Pero pasaron y las tapias se salpicaron de rojo al tiempo que el mundo se volvía gris y se hundía en el silencio, un silencio que solo lentamente empezó a romperse.

ccalduch © 2019_20 JAN

 

 

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La agencia de viajes (Historias de Barna 14)

Acabar viviendo en el barrio de mi infancia fue algo que ocurrió sin planearlo. Yo habría preferido vivir en otro sitio, la verdad. El barrio estaba lleno de recuerdos para mí. De todo tipo de recuerdos de los que no solía hablar porque de solo de intentarlo me abrumaba.

Un día pasamos por casualidad por delante de la agencia de viajes que había detrás de la escuela a la que fui de pequeña y vi que el local se ofrecía en alquiler. Era evidente que no habían intentado mantener el negocio al día, ni competir contra las agencias de viajes que habían proliferado por el barrio en los últimos tiempos. La agencia exhibía tras el escaparate la misma persiana que había exhibido veinticinco años atrás, solo que ahora la persiana estaba descolorida por el sol, tan descolorida como las ruinas de la antigua Grecia. Hacía veinticinco años la persiana marrón y el vidrio desnudo que daba a la calle no tenían más importancia. La gente iba allí igualmente porque aquella era la única agencia en un radio de tres kilómetros, al menos. La persiana venía a decir que  la agencia no tenían necesidad de atraer la atención de más clientes de los que ya posiblemente tenía.

Hacía veinticinco años que yo había entrado en aquella agencia de viajes por primera y última vez con una compañera de escuela que se llamaba Yolanda. La señorita Lina, una maestra nueva polémica por sus métodos modernos y su insistencia en que hiciéramos trabajos de campo (como ella los llamaba), nos había mandado hacer un trabajo sobre Grecia que requería salir a la calle en parejas a buscar información. Aquel tipo de trabajo me pareció emocionante y muy distinto a lo que nos habían acostumbrado las maestras de cursos anteriores.

Yolanda y yo habíamos quedado en hacer el trabajo de Grecia juntas. Salir a la calle en busca de información nos hizo sentir, sino como exploradoras, al menos sí como reporteras. Una tarde la pasamos en la biblioteca de la Rambla copiando datos de la enciclopedia Espasa-Calpe. Otra tarde fuimos a la agencia de viajes a pedir folletos sobre Grecia para obtener fotografías.

Al entrar en la agencia, nos encontramos en una sala rectangular, con un escritorio grande,  dos teléfonos negros sobre el escritorio y dos sillas de cuero vacías ante él. Tras la mesa había sentado un hombre que hablaba por teléfono y que me pareció elegante con su traje de sastre gris, al tiempo que me pareció mayor, a mí que tenía entonces trece años.

Al vernos paradas con la puerta semi abierta, el hombre colgó el teléfono y nos hizo una señal con la mano para que entráramos y cerráramos la puerta. Me dio un poco de repelús cerrar la puerta y dejar atrás la calle. En la calle me sentía más segura que allí, aunque en la calle hubiera empezado a oscurecer, sin embargo aún quedaba algo de luz rojiza en el cielo y las farolas y las luces de los coches daban a la calle su aspecto acostumbrado de ajetreo tardío y al tiempo familiar.

Antes de entrar, Yolanda y yo habíamos debatido sobre cuál de las dos pediría los folletos. Ninguna de las dos teníamos mucho desparpajo y nos daban miedo las situaciones comprometidas como aquella. Pero había que hacer el trabajo y había que obtener fotografías para el trabajo.

Se lo dices tú.

No, tú.

No, tú.

Oye, que yo he pedido la cartulina.

Al final le di la razón a Yolanda.

¿Tiene folletos de Grecia?, pregunté al hombre.

El hombre asintió. Rebuscó en un cajón en la mesa y sacó dos folletos idénticos que tendió hacia nosotras. Con titubeo nos acercamos a cogerlos pero el hombre no los soltó enseguida. Los sujetó con fuerza durante unos segundos que se me hicieron eternos. Al hombre le brillaban los ojos marrones y redondos bajo las gafas de metal. Tenía la frente ancha y sudorosa. Después de una eternidad, en la que nadie dijo nada y solo se escuchaba el silencio de los teléfonos, el hombre soltó los folletos.

En la calle, mi amiga y yo echamos a andar cada vez más deprisa como si temiéramos que el hombre nos fuera a seguir. Yo tenía un nudo en el estómago. No comprendía qué había ocurrido durante aquellos cinco largos segundos pero intuía que era algo que mejor sería no saber.

Nos encaminamos a casa de Yolanda con los folletos hechos cilindros en la mano, sin mirarlos y sin apenas hablar. Ya en casa, recortamos con cuidado las fotografías del Partenón con sus columnas tan blancas y las de la Acrópolis con sus cariátides impresionantes, y las pegamos con pegamento Imedio en una cartulina de color azul cielo que habíamos comprado previamente en la papelería que había justo al lado de la agencia de viajes.

Después de pegar las fotografías en la cartulina azul, en la que la blancura griega resaltaba graciosamente, escribimos el texto explicativo sobre el Partenón y la Acrópolis que habíamos copiado la tarde anterior en la biblioteca. Al día siguiente llevamos el trabajo a clase y la Srta. Lina nos puso un diez y nos mandó colgarlo en la pared, junto con los otros trabajos sobre la Grecia antigua producidos por el resto de la clase.

Nuestra cartulina azul con sus fotografías de Grecia estuvo colgada en la pared del aula de octavo curso hasta que el segundo tema del libro (el Imperio Romano) produjo nuevos trabajos en nuevas cartulinas que sustituyeron a las del primer tema.

Yolanda y yo ya no volveríamos a trabajar juntas. Para el siguiente tema ella se buscó una nueva compañera y yo hice lo mismo. Esto ocurrió por ningún motivo en concreto.

Nunca hablaríamos de los cinco segundos inacabables que el hombre de la agencia tardó en soltar los folletos, como tampoco hablaríamos de por qué lo habría hecho ni de lo que se le habría pasado por la cabeza mientras lo hacía.

A veces me pregunto si Yolanda recordará aquella tarde de octubre como yo la recuerdo o si la avalancha del tiempo la habrá enterrado para siempre en su memoria.

 

ccalduch@2018-12-08

 

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Chinches (Historias de Barna 13)

A veces, a la hora de la sobremesa, venía a casa una vecina de mi madre, de las de toda la vida, que se llamaba Sra. Anita y que tenía un perrito faldero de esos que ladran más que guardan. No lo he dicho pero el segundo sitio donde vivimos, el que daba sobre el mercado, estaba situado en el barrio de mi infancia y estaba poblado por personajes de mi infancia como la Sra. Anita que tendría unos setenta años, era menuda y redonda de caderas y tenía el pelo blanco como la nieve. La Sra. Anita llamaba siempre tres veces al timbre por si acaso no la oíamos y daba unos timbrazos breves y seguidos y por ellos, y por los ladridos del caniche, sabíamos que era ella.

–Ahí está…–decía mi compañero señalando hacia la puerta y levantándose rápido de la mesa para perderse en el despacho.

–Sí, muy bien, ya abro yo –murmuraba yo suspirando.

Que no le abriera, decía él quedándose tan ancho, pero yo no me atrevía. Era algo atávico, algo que no sabría explicar. Como si los personajes de mi infancia ejercieran un sutil control sobre mí. Además, si no abría quedaría mal, de manera irreparable, de aquella manera única de quedar mal que solo existe en mi barrio y que quizá no exista en ninguna otra parte del mundo –no he conocido nunca gente igual y eso que me he movido bastante– y quedaría mal porque era evidente que estábamos en casa porque los balcones estaban abiertos y era la hora de la siesta. Y si no abría me vocearía por todo el barrio, eso era seguro como que cada día sale el sol, como también era seguro que cuando viera a mi madre le pondría la cabeza como un bombo con las quejas.

Así que un día de principios de mayo abrí a la Sra. Anita cuando llamó a la puerta y la hice pasar y sentarse a la mesa y nos serví dos cafés. Como siempre traía un cuarto de churros de la churrería de la Rambla en una papelina, y al abrirla el azúcar se derramó sobre la mesa y un poco de azúcar fue a parar al suelo y el perro se puso a lamer el suelo con gusto. Por no hacerle un feo a la Sra. Anita mojé un churro en el café –aunque no me gustan mucho los churros porque les saco gusto al aceite requemado y luego me repiten– y ella me puso al día sobre las novedades mientras yo fingía que la escuchaba aunque entre mí estaba pensando que se estaba poniendo el cielo negro y teníamos la ropa tendida. Pero no dije nada, ni me quejé porque, según mi madre, a la Sra. Anita había que seguirle la corriente para que no se suicidara.

Desde que su señor marido pasó a mejor vida a la Sra. Anita, que siempre que podía lo sacaba a relucir, lo llamaba santo y decía haberlo amado con locura, se le había ido un poco la chaveta y se había intentado matar dos veces, la primera con pastillas (no tomó bastantes) y la segunda con una cuchilla de afeitar (no cortó demasiado profundo). Las dos veces la rescató una vecina de su mismo rellano a la que la misma Sra. Anita llamó por teléfono para despedirse de ella y de todos. Así que desde entonces todos los que la conocían le seguían la corriente y le daban la razón, siempre. Pero siempre.

Y cuando explicaba sus batallitas de como cuando después de la guerra bajaron del pueblo y se metieron los doce que eran en un piso sin baño y que se lavaban en un barreño, y que en cada cuarto dormían cinco y cuando llegaba algún primo del pueblo también se metía allí y dormía en el suelo del comedor hasta que se buscaba la vida; y cuando hablaba del picor insoportable de las chinches y del olor repugnante que hacían cuando las estrujaban, y como su padre había encalado el piso de arriba abajo cuando ya no pudieron más con las chinches; y cuando contaba como no había colchones para todas las camas y que repartían un colchón entre dos camas y los pies les quedaban fuera del colchón y tenían que poner unas mantas para que los ganchos del somier no se les clavaran; y cuando contaba como la abuela que no tenía dientes, y solo comía gachas, escupía en el plato para que nadie más comiera si se dejaba algo; y cuando contaba la suerte que tuvo cuando conoció a su marido y se casó con él y se vinieron a vivir a nuestro barrio en la época en la que las chimeneas aún tiraban a todo trapo, y el marido, un señor viudo aunque joven, era un jefe en la Renfe que se ganaba muy bien la vida, y como desde que se casó sí que empezó a vivir bien, y aún tuvo en el piso a realquilados a los que les prohibía dormir con calcetines y para meterles miedo les decía que eso daba cáncer, y cuando contaba que quizá por su soberbia Dios la había castigado no dándole hijos… y al final, cuando acababa de contar sus batallitas que no le importaban a nadie más que a ella, yo asentía y decía amén a todo, y ella suspiraba profundamente, se quedaba mirando hacia el infinito y luego se metía otro churro en la boca.

Otras veces le daba por explicar anécdotas de la época de mi infancia, que era peor que cuando contaba batallas de la posguerra porque me obligaba a prestarle atención ya que a veces me pedía detalles y muchas veces le fallaba la memoria, pero siempre quería tener la razón y si yo la contradecía la situación se volvía peliaguda.

Pues aquel día justamente se empeñó en que para la primera comunión me había regalado una cruz de plata y que yo me había puesto contenta, según mi madre, pero que como era tan tímida no subí a su casa a darle las gracias como correspondería… Eso no había ocurrido nunca, de eso estaba yo segura, lo que es más, creo que no me regaló nada, pero lo dejé pasar para no contradecirla y asentí distraída porque estaba con un ojo en el reloj y se acercaba la hora de ir a buscar al niño al colegio y de desembarazarme al fin de aquella buena señora.

Y cuál no sería mi sorpresa cuando a los pocos días de aquella conversación, subió mi madre a casa blanca como una sábana. Era por la mañana, hora de hacer la faena y por tanto hora extraña para que mi madre se pasara por allí. Al verla de aquella manera pensé en malas noticias del médico, o en un accidente, o en algo peor. La hice sentar y le puse una infusión. Esperé a que hablara y cuando lo hice no podía creerlo. Al parecer la Sra. Anita iba hablando mal de mí, que era una tal y una cual…

–Que dice que estuvo aquí y que no le abriste la puerta –dijo mi madre entre sorbos de manzanilla.

–¿Pero eso cuándo fue?

–Pues hará un par de días.

O sea ese mismo lunes porque ese día era miércoles y la Sra. Anita nos daba fiesta los fines de semana y además los chismes en el barrio tardaban unas 48 horas en germinar. Hice memoria: el lunes no habíamos hecho nada especial pero tampoco recordaba que nadie hubiera llamado al timbre a la hora de comer.

–Dime la verdad, ¿no le abriste, no? –insistió mi madre.

–Pero ¿qué dices? Si ha estado viniendo día sí día también, con el perro y todo y nunca le he hecho un feo –me defendí–. ¿Por qué habría de hacérselo ahora?

–Dice que te sacó a relucir algo de la comunión y que te lo tomaste mal. Y que desde ese día no puede dormir.

Me habría echado a reír si mi madre no hubiera estado tan asustada.

–No es verdad, así que ni caso –dije, encogiéndome de hombros.

Pero ella erre que erre, que la Sra. Anita insistía en que había estado en mi casa y que no le habíamos abierto. Intenté convencerla de que la Sra. Anita tenía cero credibilidad y que no debería tomársela tan en serio. Pero fue misión imposible así que intenté cambiar de tema y contarle las últimas proezas del niño en el cole, que eso siempre la alegraba. Pero mi madre no me estaba escuchando, y como si tuviera el cráneo hecho de cristal yo podía ver los engranajes de su cerebro calculando las probabilidades de lo que ocurriría si nos posicionábamos permanentemente en el lado oscuro, es decir, en la lista negra de la Sra. Anita.

–Será mejor que vayas a hablar con ella y te disculpes –dijo al final.

–Ni de coña –dije yo.

–Pues entonces lo haré yo, para evitar males mayores –dijo ella haciendo un gesto resuelto.

–Pero ¿qué males mayores, ni qué tonterías?

–Dijo que la próxima vez se tiraría por el balcón –dijo mi madre en voz baja.

–Pero que no se va a tirar por el balcón, por Dios.

No llegamos a ninguna conclusión y mi madre se marchó como había venido, quizá no llevaba la cara tan desencajada que traía al llegar pero su ánimo había mejorado poco. En el fondo estaba deseando que yo dijera a todo amén, como siempre, y que me arrastrara ante la Sra. Anita. Antes verás volar a los cerdos, pensé.

Mi madre nunca me contó si se disculpó en mi nombre ante la Sra Anita y yo nunca le pregunté. El tema se quedó ahí y como la Sra. Anita no volvió por mi casa, me sentí liberada de un gran peso. Y no se tiró por el balcón, como había prometido. Su final fue menos épico. Paseando al perro por el parque resbaló sobre una piel de plátano y se cayó golpeándose la cabeza en unas piedras, con tan mala pata que nadie pudo evitar que se fuera al otro barrio a hacerle compañía a su señor marido al que tanto había querido y al que tanto echaba de menos.

ccalduch@2018-08-19

 

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