La estampa (Historias de Barna 12)

Poco antes del cambio de siglo llegó al barrio una familia inmigrante que se instaló en una casa de pescadores, de esas tan típicas de finales del siglo XIX, de dos plantas, que con el tiempo había llegado a tener un comercio en los bajos y vivienda en el primer piso. El comercio había sido hasta finales de los ochenta una pescatería que, según decían, le había hecho bastante daño a las paradas del mercado. Desde que la cerraron nadie había ocupado la casa y la planta baja se había convertido en un habitáculo favorito de gatos que se colaban por debajo de la verja oxidada, medio rota, atraídos por el olor a pescado que nunca se acabó de disipar del todo. Los recién llegados alquilaron la casa por cuatro chavos, echaron a los gatos, lo limpiaron todo bien, construyeron un altillo en el primer piso y se instalaron allí con sus seis hijos –tres chicos y tres chicas, de edades comprendidas entre los dos y los catorce años. Nadie sabía bien de dónde procedían y por el aspecto rubicundo de los niños y su habla extraña a algunos les dio por llamarlos los “rusos”. Con el tiempo comprendimos que no eran rusos y que no solo era por el obstáculo del idioma que no sabíamos de dónde eran exactamente, sino porque ellos mismos propiciaron la confusión en su afán por ocultar el hecho de que eran serbios. Quizá en su tierra estarían mal mirados después de la guerra pero para la mayoría de los vecinos del barrio –que no habrían sabido decir quién era quién en la horrenda guerra de Bosnia– que fueran bosnios o serbios no tenía mayor importancia.

–Lo que habrán pasado esa gente solo Dios lo sabe –era el consenso general.

Al poco tiempo de llegar, el padre, Lazar, asesorado y acompañado por un primo suyo que llevaba más tiempo en el país y dominaba algo más el idioma, ya estaba trabajando como pintor en una obra. Por las tardes, cuando volvía a casa lo hacía arrastrando los pies pero siempre traía algo para sus hijos pequeños: bolas de chocolate con juguetes imposibles dentro, una bolsa de patatas fritas o palomitas. A la hora acostumbrada, sus hijos ya lo estaban esperando en la calle y al ver su enorme figura dar la vuelta a la esquina, corrían hacia él y saltaban a su alrededor esperando su regalo e incitándole a juegos que probablemente jugaban juntos en otras ocasiones, pero que ahora el hombre rechazaba por necesidad. Sin embargo, si se cruzaba con algún vecino sonreía amablemente y hacía un gesto benévolo con la cabeza a modo de saludo. Otras veces, si se atrevía con un saludo verbal, intuía ya casi antes de abrir la boca que se iba a equivocar, y antes de acabar ya lo veías reírse y menear la cabeza.

Una vez presencié el final de una escena curiosa entre Lazar, la mujer de éste y una vecina. Me pareció entender que Lazar había confundido la mañana con la noche al saludar a la vecina y a esta le había parecido todo tan gracioso que se había echado a reír, llevándose una mano al pecho y poniendo la otra en el brazo de Lazar. La mujer de Lazar, Elena, salió de su casa alertada por las risas, fue hasta donde estaba su marido y se lo llevó. La vecina murmuró, Ay, hija, ni que te lo fuera a robar, anda, anda, id a hacer otro crío... Y mientras Elena se llevaba a su marido del brazo, le iba recriminándole algo en su idioma y él se dejaba llevar sin decir nada y yo imaginé que todo aquello era porque a ella le sabía mal que las vecinas se echaran unas risas a su costa aunque mi compañero, más perspicaz que yo, me hizo ver que quizá los motivos eran más soeces de lo que yo imaginaba. Lejos de dejarse disuadir, en la siguiente ocasión Lazar volvía a probar con el idioma y si volvía a confundir la mañana con la noche, o la sal con el azúcar, y la misma vecina u otra, se reía mientras batía sus pestañas, él no parecía darse ni cuenta, ni parecía darle mayor importancia.

Algo que Lazar sí tomaba bien en serio era su religión y aunque no comprendiera ni una palabra de lo que el cura dijera no pasaba domingo sin que toda la familia acudiera a la iglesia ortodoxa que quedaba a tres paradas de metro de donde vivían. A la vuelta, Lazar traía estampas que repartía entre los vecinos. Una vez me dio a mí una estampa en la que se veía a Jesús envuelto en una luz dorada, vestido con una túnica blanca inmaculada, con el pecho abierto y el corazón en carne viva en el centro. Sus ojos eran profundos, llenos de una comprensión que parecía ir más allá de la capacidad de la mente humana. La imagen me dio escalofríos. Quise devolverle la estampa a Lazar alegando que sería absurdo que la malgastara dándomela a mí, que yo no creía, quise decirle que no podía llevármela a casa, que si mi hijo la veía haría preguntas difíciles y que mi compañero haría humor negro con ella, ya le veía preguntándome si era una carta perdida de una baraja, el rey de corazones, como mínimo… Pero sabía que Lazar no entendería nada así que me quedé con la estampa en la mano, mordiéndome la lengua, sonriendo incómoda, mirándolo, y era tan alto que para mirarlo tenía que levantar la cabeza y era tan ancho que tapaba el sol, y al mirarlo a los ojos me pareció tan magnético como el mismo Jesús. Y entonces temí que Elena saliera y me diera un ladrido y al final, hice el gesto de devolverle la estampa y él la cogió pero no se la guardó en el bolsillo sino que se la llevó al corazón y luego me la volvió a dar y como yo no la cogía, la deslizó en mi bolso. Durante todo aquel intercambio él no dijo nada, ni mañana, ni noche, ni sal, ni azúcar, ni nada y no le hacía falta porque sus ojos profundos y oscuros hablaban con una compasión infinita que yo no comprendería nunca. 

La estampa del Sagrado Corazón permaneció en un bolsillo interior de mi bolso durante mucho tiempo y ya ni recordaba que la tenía cuando para algún cumpleaños me regalaron un bolso nuevo. Al verla, me acordé de Lazar que para entonces ya no vivía en el barrio. Un buen día, la antigua pescatería amaneció con la verja bajada, cerrada a cal y canto. Nunca supimos qué fue de la familia, si acaso volvieron a su tierra o se mudaron a otra parte de Barcelona. Por lo que respecta a la estampa, aún no he podido deshacerme de ella, quizá me de respeto tirarla, o quizá sea porque le he cogido cariño. Durante algún tiempo estuvo dando vueltas por casa, hasta que fue a parar al fondo del cajón del mueble del comedor donde allí sigue

 

ccalduch@Aug 2, 2018

 

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Esqueletillo en el cajón (historias de Barna 11)

Un mañana estaba yo dando un sorbo al segundo café del día ante la ventana de nuestra galería que daba a una calleja estrecha, cuando vi a alguien abajo en la calle que habría de pesar en mi conciencia durante algún tiempo. Lo seguí con la mirada mientras cruzaba mi campo visual, un recorrido que duraba unos segundos, y tuve que admitir que si me había fijado en él era porque era justo mi tipo: alto, moreno, de hombros robustos, con el pelo negro, algo largo sobre la frente. Acabé de verlo pasar algo deslumbrada, como quién ve salir el sol, anoté la hora (diez menos cuarto) y volví al despacho donde me esperaba el trabajo del día.

Al día siguiente a la misma hora, las diez menos cuarto de la mañana, volví a pararme ante la ventana preguntándome si el mismo tipo del día anterior volvería a pasar. Para mi sorpresa, sí lo hizo. Y al día siguiente también, y al siguiente.

Aquello se convirtió en rutina. Hacia las nueve cuarenta de la mañana me preparaba el segundo café del día y me paraba ante la ventana a esperar a que apareciera el extraño, lo seguía con la vista hasta que se desvanecía por la esquina y luego volvía al trabajo.

Durante unas semanas tuve suficiente con verlo pasar y con la excitación súbita de haber de esconderme tras la cortina cuando me parecía que él miraba hacia arriba, hacia donde yo estaba. También me entretenía haciendo cábalas sobre cuál sería su destino tras pasar por la calle. Supuse que iría hacia la Rambla o quizá al mercado. Intrigada, decidí seguirlo.

Una mañana dije en casa que tenía que bajar al súper a comprar café, salí a las nueve cuarenta en punto y bajé la escalera con el corazón batiendo a mil. Me escondí en una esquina como un ladrón y esperé. Él tardaba y yo me pregunté si justo aquel día habría decidido hacer otro recorrido, pero al poco apareció y yo me pegué a su sombra al verlo pasar y lo seguí hasta la Rambla donde se paró ante una tienda de discos.

Al parecer trabajaba allí porque sacó una llave y levantó la reja lo suficiente como para pasar por debajo. Una vez dentro, se volvió para acabar de subir la reja que rasgó el aire con aquel sonido metálico tan característico, y nuestras miradas se cruzaron un segundo. Ninguno dijo nada porque no había nada que decir, y yo pasé de largo. En la primera bocacalle de la Rambla torcí a la derecha y regresé a casa con las manos vacías. De esto último solo me di cuenta cuando entré en casa y mi compañero me preguntó si no había comprado el café. Dije que en el súper no tenían café y él me miró extrañado. Fue entonces cuando sentí la primera punzada de la culpa. Acababa de soltar, como quién no quiere la cosa, la segunda mentira.

Acuciada por la culpa, durante el resto del día debatí en mi mente la necesidad de olvidarme del tema. Era absurdo, peligroso e innecesario meterse en camisa de once varas, me dije. Pero un pequeño demonio en mi cabeza no me permitía pasar página y a la mañana siguiente me volví a parar ante la ventana a esperar a Discman, que es como había bautizado al vendedor de discos.

 

Un buen día mi compañero y yo pasamos ante la tienda de discos y en el escaparate vimos el último CD de un grupo de moda que a él le llamó la atención. Quería entrar y mirárselo mejor pero yo dije que teníamos que ir a buscar al niño al colegio y que aún teníamos que ir a la compra. Él miró el reloj y dijo que había tiempo. Como no pude alegar ningún motivo de peso que justificara mi negativa, entramos.

Yo me entretuve revolviendo CDs de música clásica en un lateral de la tienda. Un CD de Mozart, algo polvoriento, me llamó la atención y le di vueltas en la mano. Era la sinfonía Júpiter pero el precio que marcaba era elevado y al final lo devolví al cajón. Mientras tanto, mi compañero y Discman conversaban sobre música y sobre el grupo en cuestión. Discman se mostraba afable y al parecer era un entendido. Tenía los ojos grandes y oscuros, una bonita sonrisa de vendedor y una voz agradable. Yo lo miraba de reojo a la vez que temía estar siendo demasiado evidente. Me urgía escapar pero habría resultado sospechoso que saliera a la calle de repente así que aguanté el tipo y puse cara de póker. Hecha la compra, Discman metió el CD en una bolsita de plástico roja con el logotipo de la tienda y se lo dio a mi compañero. Salimos a la calle y él me preguntó si me pasaba algo, al parecer estaba seria. Le dije que no me caía bien el vendedor de discos.

–Pero, ¿qué dices? ¡Si es la mar de majo!

–Es un guaperas, un creído y un chulo piscinas –repuse.

Mi compañero confesó no entender mi postura y me dejó como caso perdido. Al llegar a casa sacó el CD de la bolsa que quedó abandonada en el sofá, y lo puso. La música era interesante, tenía tintes de folk irlandés y jazz. Cuando me preguntó si me gustaba solo dije “Bah” y él afirmó entonces que definitivamente estaba muy rara. Apagó el estéreo y salió a buscar al niño al colegio. Entonces cogí la bolsa roja, como el avaro se abalanza sobre unas monedas, y la metí en el último cajón de mi mesilla de noche. Me hice una nota mental para solo abrir aquel cajón y mirar la bolsa cuando estuviera sola en el dormitorio. Temía que si él se daba cuenta de que guardaba aquella bolsa como oro en paño, me vería obligada a dar alguna explicación. Me esforcé en idear posibles explicaciones por si aquello ocurría, pero no hubo necesidad. Cuando, pasado el tiempo, irremediablemente llegó el día en que yo olvidé que la bolsa estaba allí y mi compañero abrió el cajón para guardar algunos de mis calcetines y la vio, simplemente creyó que yo la había conservado, junto con el tiquet, por si el CD tenía algún defecto. Tal bondad e ingenuidad de su parte solo sirvió para exacerbar mi sentimiento de culpa.

Entre tanto, Discman seguía pasando por la calle a la hora acostumbrada y yo seguía parándome a verlo, sin imaginar que aquel affaire unilateral del que me sentía culpable hasta las trancas, tenía los días contados.

Un día mi compañero llegó a casa con dos CDs en su correspondiente bolsa roja con el logotipo de la tienda de discos y anunció:

–Van a cerrar la tienda de discos en la Rambla. Está todo a mitad de precio.

–¿Qué? ¿Y por qué? –exclamé, con algo más de exaltación de la que cabía presuponerme, teniendo en cuenta que yo no compraba nunca música.

Al darme cuenta de mi exagerada reacción, enrojecí hasta el colodrillo. Él no lo notó, al parecer, y solo se encogió de hombros.

–Supongo que por la piratería –dijo.

–¿Y ahora qué? ¿No dijiste que era la única tienda de discos del barrio? ¿Y los empleados qué, es que nadie piensa en la gente que se va a quedar sin trabajo?

Sorprendido por mi repentino interés en el tema, él siguió hablando sobre la piratería, dijo que acabaría por aniquilar las tiendas de discos igual que en los ochenta los videos habían matado a los cines de barrio.

No podía creerlo y me dije que tenía que verlo con mis propios ojos. Al día siguiente fui a la tienda de discos. Los escaparates estaban casi vacíos, todo tenía un aspecto triste y dejado, grandes letreros amarillos anunciaban liquidación por cierre en letras negras que sobre el amarillo hacían daño a la vista. Cogí aire como quien se tira a una piscina y abrí la puerta. La campanilla sonó desesperadamente cuando la puerta cayó sobre sus goznes.

Discman estaba tras el mostrador revolviendo entre cajas. Al verme entrar, anunció que todo estaba a mitad de precio y me preguntó si buscaba algo en concreto. Con el corazón en la garganta y toda la sangre agolpada en la cara, dije que no.

–No queda mucho –añadió.

No sabía qué hacer. De hecho, no sabía qué había ido a hacer allí, mi mente era un batiburrillo de emociones y pensamientos, así que fui hasta la sección de música clásica como por inercia. Allí seguía el CD de Mozart que había visto meses atrás, lo saqué de entre el resto de CDs que quedaron abandonados en el cajón y lo llevé al mostrador.

–Buena elección –dijo él.

Saqué la tarjeta de crédito del bolso.

–Ah, no –dijo–. No puedo cobrar con tarjeta. Hemos desconectado el servicio.

No supe qué decir. Aquello era un contratiempo porque yo no llevaba metálico en el bolso. Pero de repente supe que quería aquel CD desesperadamente y él lo debió notar porque dijo:

–Mira, como que veo que tienes buen gusto no te lo cobro.

Me negué, dije que no lo podía aceptar, pero él ya lo había metido en una bolsa roja y lo había puesto en mi mano.

–Me pasaré a pagar mañana –prometí.

Él me despachó con un gesto sin más y sin advertirme de que aquel era el último día en que la tienda estaría abierta. Antes de salir me miró con sus ojos grandes italianos y sonrió. Yo no sabía que era la última vez que lo veía. Me fui a casa y decidí que regresaría al día siguiente con un plan mejor. Pero cuando volví al día siguiente, la tienda estaba cerrada.

Al poco se instaló allí una tienda de pinturas.

 

ccalduch@2018-07-07

 

 

 

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La última palabra (historias de Barna 10)

En aquella época un amigo nuestro del otro lado del charco estaba pasando una temporada en Barcelona, se alojaba cerca del centro y nos venía a ver bastante a menudo. Se llamaba Tom y era el típico eterno estudiante, de padres adinerados, algo hippy, con veleidades artísticas, pensamiento entre filosófico y esotérico, y que hablaba como si le dieran cuerda cuando bebía. Con todo, era agradable para nosotros disfrutar de la compañía de alguien como Tom y volver a tener sobremesas largas y conversaciones estimulantes que nos sacaran de nuestra cotidianeidad, así que cada vez que Tom se pasaba por casa era un motivo de celebración.

Un día hacia finales de junio Tom nos llamó y nos pidió prestada la cama plegable que teníamos en el cuarto de la plancha y que él había usado alguna vez cuando la sobremesa de la cena se había alargado hasta las quinientas, y a él le había dado pereza volver a su casa andando porque el metro había cerrado ya. La cama era para un amigo suyo que había de llegar a Barcelona en pocos días desde París y que había de pasar con él el verano. Al parecer eran amigos de infancia, hacía mucho que no se veían y ahora que habían coincidido en Europa tenían pensado reencontrarse en Barcelona, luego ir a los sanfermines –su amigo quería correr en los encierros–, y luego irían a pasar unos días a la costa.

El día en que Tom tenía que pasarse por casa a recoger la cama, nos lo encontramos en el portal con la cara descompuesta, mirando el panel de los timbres como si de repente todas aquellas combinaciones de números fueran indescifrables.

–¡Tom, estás bien? –le preguntó mi compañero dándole una palmada en la espalda.

Tom se volvió y nos miró como si no nos conociera. Luego dijo que no, que no estaba nada bien, que había ocurrido una desgracia. No podíamos imaginar a qué se refería pero no era cuestión de preguntarle allí, en la calle, qué había ocurrido así que subimos a casa y le preparamos una infusión de hierbas, receta de la abuela, que en mi casa siempre ha funcionado como mano de santo para minimizar los efectos de cualquier adversidad.

Tom se tomó el brebaje sin duda creyendo que le dábamos algo más fuerte que una infusión pero si lo notó no lo dijo, y a continuación nos contó lo ocurrido. Su amigo de infancia se había suicidado hacía dos días. Él se había enterado porque había llamado a los padres de su amigo para que le dieran el número de vuelo en el que había de llegar a Barcelona, ya que no lograba contactar con él. Su padre, que se puso al teléfono por casualidad porque ya estaban en la puerta a punto de salir hacia el aeropuerto, le había dado la mala noticia con voz llorosa.

–Si no hubiera llamado, habría ido al aeropuerto mañana a la hora acordada como si tal cosa y me habría pasado la mañana allí dando vueltas esperando, al ver que no llegaba ¿qué habría hecho? ¿qué se hace en un caso así? ¿cuándo decide uno que quién esperas no va a llegar?

Nos miraba como si aquellas preguntas requirieran una respuesta inmediata, como si no fueran meras preguntas retóricas, creadas por su mente que estaba a todas luces bajo los efectos del shock. Inoportunamente, el niño se acercó en aquel momento con dos aviones de juguete, uno en cada mano, que fueron a aterrizar en las piernas de Tom.

–Ahora no, cariño –murmuré yo apartando al niño.

–Déjalo, no me molesta –dijo Tom y le atusó el cabello al niño.

–Quédate a cenar con nosotros –propuse–. Y a dormir si quieres.

La velada fue sobria, salpicada de lamentaciones y de silencios incómodos.

–Es que no lo entiendo –se lamentaba Tom una y otra vez–. Tenía toda la vida por delante, un buen trabajo, muchos proyectos, se iba a casar el año que viene, no tenía ningún motivo para hacer lo que ha hecho. Sus padres están destrozados, no entienden nada y yo tampoco.

No sabíamos qué decir. La verdad era que no había mucho qué decir. Tom quería entender y era justo eso lo que le resultaba imposible y frustrante. Como suele decirse y echando mano del tópico, intentamos consolarlo con el argumento de que el tiempo todo lo cura. Tom pasó aquella noche en casa, pero apenas durmió, lo oímos dar vueltas gran parte de la noche, y cuando nos despertamos por la mañana ya se había marchado, dejándonos en la mesa del comedor una breve nota de agradecimiento.

Pasó algún tiempo antes de que volviéramos a saber de él. Me lo encontré un día de septiembre, por casualidad, en el centro que estaba lleno de gente debido a los actos festivos de la Mercè. Yo había ido a unos grandes almacenes a comprarle ropa al niño y al salir me encontré inmersa en un gran gentío del que intentaba huir por una calle lateral. Fue allí donde me crucé con Tom que iba de camino a un concierto, según me diría luego. Al verme, me saludó afectuosamente y me invitó a tomar algo.

Tanto él como yo teníamos algo de prisa pero aun así nos sentamos en una terraza y pedimos dos cafés. Tom me contó brevemente lo que había hecho durante el verano. Finalmente había decidido hacer la misma ruta que tenía planeado hacer con el amigo de infancia que había perdido poco antes del verano. Así que fue a los sanfermines y luego a la costa. Cuando le pregunté que le parecieron los encierros, no pareció muy impresionado.

–Pasan tan rápido que ni los ves –dijo encogiéndose de hombros–. Pero a Sean le hacía mucha ilusión ir a los encierros, por eso quise ir.

Entonces tuve la impresión de que había aceptado la muerte de su amigo de lo cual me alegré.

–Veo que te encuentres mejor –dije.

–Sí, por fin he logrado comprenderlo –dijo.

–Me alegro mucho.

–Logré hablar con él –añadió sin más.

–¿Con quién? –pregunté extrañada.

–Con Sean, mi amigo –hizo una pausa para dar un trago al café y luego siguió–. Acudí a un sanador que me puso en contacto con él. El tipo no me conocía de nada y tampoco sabía nada de Sean, así que no puede haber trampa. Enseguida me dijo que había alguien por allí que quería hablar conmigo. Era Sean. Yo no lo podía creer. Me dijo que había decidido marcharse porque no le gustaba la vida que llevaba, que era la misma que había vivido ya muchas otras veces y que quería vivir una vida distinta y que para eso solo cabía volver a nacer. Dijo que no debíamos lamentarnos por él y que le transmitiera eso a sus padres y a su prometida.

Supongo que Tom leyó en mis ojos la incredulidad y decidió dejarlo en aquel punto.

–¿Y has hablado ya con ellos? –pregunté intrigada por la reacción que los padres de su amigo habrían tenido.

–No, aún no, pero lo haré en cuanto regrese. Por cierto, me marcho a últimos de octubre.

–Oh, vaya –dije–. Qué pena.

–Antes de irme os iré a ver, lo prometo.

–Sí, ven, que nos tienes un poco abandonados –me quejé.

Al poco nos despedimos, él se dirigió hacia el meollo de la acción que se concentraba en la plaza Catalunya y yo me fui en dirección contraria, hacia el metro.

Durante el trayecto hasta casa, le di muchas vueltas a la extraña historia que Tom me contó. No podía esperar llegar a casa para contárselo todo a mi compañero. Anticipaba que él no creería nada. Yo misma aún no sabía si creerlo o no, pero para mi sorpresa cuando se lo conté, él no se posicionó radicalmente en contra como sería de esperar.

–¿Tú crees que hay algo de verdad en lo que cuenta? –pregunté extrañada ante su reacción.

–La cuestión no es si es verdad o no –dijo él– sino que Tom cree que lo es y que eso le ha ayudado a superarlo, así que por mí nada que alegar.

Aquella reacción se me antojó muy hipócrita. Si yo alguna vez le había contado algo remotamente parecido a la historia de Tom, él lo había rechazado categóricamente. Ya estaba a punto de replicar recordándole el efecto placebo, los charlatanes, etcétera, o sea, los motivos precisamente alegados por él en otras ocasiones, cuando me di cuenta de que había cierta lógica en su argumentación, así que en el último minuto decidí ir contra mi instinto y morderme la lengua, y por una vez dejé que él se quedara con la dichosa última palabra.

 

ccalduch@2018-07-02

 

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Bollywood (Historias de Barna 9)

Algo pasaba. Lo sabía. Lo sentía. Todo iba bien y de repente algo cambió. Él se iba de casa a deshoras sin decir adónde iba y regresaba tarde con el cabello revuelto y oliendo a cerveza dejándome a mí todo el trabajo y todos los tratos con las editoriales.

Pero eso no era lo peor, lo peor era la incertidumbre y la sensación de caída libre en el estómago, reminiscencia de un viaje en la montaña rusa o de un viaje en avión con mal tiempo, así me sentía cada vez que me perdía en pensamientos sobre qué era lo que podía estar haciendo en las horas que pasaba lejos de casa.

Justo ahora que íbamos tan bien. El niño ya iba al colegio, lo que nos daba unas horas preciosas de libertad, por la tarde nos lo cuidaba en casa la hija adolescente de una vecina mientras nosotros trabajábamos en el despacho. Teníamos encargos, más de los que podíamos asumir, y nos teníamos que emplear a fondo para entregarlos a tiempo, ya se sabe que las editoriales no esperan a nadie.

En aquella época estábamos trabajando en un texto sobre la historia del cine, estábamos encallados en un capítulo sobre Bollywood, plagado de términos especializados. Internet no era lo que es hoy día y aún se requería investigar minuciosamente en diccionarios. Trabajábamos a cuatro manos, nos partíamos los textos como quien parte pan y luego, después de la primera versión, no las intercambiábamos para revisarlas. Pero él tenía la cabeza en otro sitio y cometía errores de principiante porque no prestaba atención. Yo me impacientaba al ver que el calendario cruel en la pared destilaba días que pasaban como una exhalación, y yo milimetraba las horas y los días, y metía horas por la noche cuando el niño se quedaba dormido, y horas por la mañana antes de que se despertara, y aun así veía que no llegábamos.

–¿Se puede saber qué te pasa? –exploté un buen día en que tuve que rehacer casi toda su traducción.

–A mí, nada –dijo él sorprendido.

–¡Vamos fatal de tiempo, queda menos de una semana!

–Sí, ya lo sé –dijo suspirando–. Me lo recuerdas a diario. Así no se puede trabajar. Me voy.

Y metiendo sus papeles en la cartera se marchó dando un portazo. No era la primera vez que lo hacía y entonces yo me quedaba sola en el despacho, sola ante la mesa de delineante que habíamos comprado en Ikea por Navidad, con el portátil parpadeando, la impresora muda y con los diccionarios abiertos. Pero ya no podía pensar y miraba la hora y solo quedaba media hora para ir a buscar al niño al colegio y yo estaba sin vestir.

Y sabía que luego, horas después, cuando él volviera oliendo a cerveza y con el cabello revuelto, todo serían malas caras y mal humor, como si toda la culpa fuera mía.

Así que algo estaba pasando.

–Tenemos que hablar –le dije cuando regresó unas seis horas después de salir dando el último portazo.

–No tengo ganas de hablar, me voy a dormir.

–¿Dónde has estado?

–Trabajando.

Sacó un fajo de fotocopias de la cartera marrón y las tiró en el sofá a mi lado. Las ojeé. Eran los mismos originales que se había llevado al marcharse.

–¿Y la traducción?

Él se había escabullido mientras yo ojeaba los papeles y ahora estaba en el baño. Así que yo ahora estaba gritando a través de la puerta. Se me salía el corazón por la boca cuando él salió del baño con la cara y la cabeza mojadas y le dije:

–Exijo saber qué has estado haciendo en las últimas horas.

Me miró indignado.

–¿Exiges?

Y entonces dije algo que hasta a mí me sorprendió, algo que solo en los momentos más desesperados me había atrevido a pensar:

–Tú te estás viendo con alguien.

–No estoy viendo a nadie –dijo casi divertido–. ¿A quién quieres que vea si no conozco a nadie en esta maldita ciudad?

Le habría abofeteado. Como si yo tuviera la culpa de que él no tuviera amigos. Iba a decirle justo eso cuando me cogió de las manos.

–¿Recuerdas que nos prometimos mutuamente nunca comportarnos como en un melodrama?

Recordaba vagamente años atrás una conversación en ese sentido así que asentí con la cabeza, y me iba a quejar de que siempre se saliera por la tangente pero él no me dejó.

–Pues es lo que estamos haciendo ahora. Nos estamos comportando como si estuviéramos en un melodrama de Bollywood.

–¿Pero estás viendo a alguien o no? –insistía yo, sin entender nada.

Él ignoró la pregunta.

–Dijimos que antes de caer en los vicios de las parejas que llevan siglos juntas y ya no saben qué decirse ni cómo hablarse nos separaríamos.

Sentí angustia. Creo que podría haberle vomitado encima en aquel momento.

–¿Lo recuerdas?

A través de mi confusión que hacía que apenas entendiera nada de lo que estaba ocurriendo, volví a asentir.

–Solo quiero saber qué haces y con quién estás –insistí de nuevo con un hilo de voz.

–Estoy trabajando. Solo. Si no me crees, allá tú.

Estaba pensando en la réplica adecuada. Algo que decir que reivindicara mi posición. Pero solo se me ocurría amenazarle con coger al niño y marcharme, y derivadas de eso mismo. Pero él se había vuelto a escabullir. Estaba de nuevo en el salón. Le seguí hasta allí. Tenía la mano en la cartera marrón que yo le había regalado por Navidad y esta vez sacó un nuevo fajo de papeles que parecían manuscritos y me los dio. Pensé que todo habría sido una equivocación, que quizá sí había estado trabajando…

Sin entender nada, leí la primera línea: “In those times man had not fully known anything but hatred…

–¿Qué es? –pregunté.

–Una novela –dijo–. Ya sé que debiera estar trabajando pero he estado escribiendo. Lo siento.

No supe qué decir y me dejé caer en el sofá con el manuscrito en la mano.

–¿Por qué no me lo habías dicho?

Se encogió de hombros.

–Supongo que porque no sabía si valía la pena malgastar el tiempo con algo así, creo que tiene lagunas, no sé si la estructura es sólida, no sé si fluye o no fluye, no sé nada, vaya… Léela, si quieres y luego la quemas –dijo–. Yo me voy a dormir, estoy muerto.

Sentada allí mismo, la leí de tirón. Me pareció una buena primera novela por lo que tenía de sincera y de real. Y al menos yo, no vi esas lagunas de las que él hablaba.

Antes de irme a la cama, guardé el manuscrito bajo buen recaudo, no fuera a ser que por la mañana a él se le ocurriera hacer una locura con él. Cuando me fui a la cama él estaba roncando. Le abracé y le dije tonto más que tonto, si me lo hubieras dicho… pero él ni se enteró.

 

 

ccalduch@2018-06-24

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La Vieja de los Gatos (Historias de Barna 8)

Un día el barrio despertó con la noticia de que había muerto la vieja de los gatos. Se llamaba Sabina y decían que era una persona peculiar. Era peculiar porque no se relacionaba con el vecindario y vivía sola en una casita de una sola planta, con la fachada desconchada y de aspecto abandonado. La anciana tenía el cabello frito, largo, aún bastante oscuro pero con las puntas blancas. A menudo se la veía por la calle de noche, cuando salía a tirar la basura, en camisón y zapatillas, hablando sola, y cazando gatos.

Vivía sola con gatos de la calle que se llevaba a su casa engañándolos con trocitos de pescado y llamándolos suavemente shshshshs… Alertados por el olor del pescado, los animalillos se iban detrás de ella, pizpiretas, con la cola bien empinada, para unirse a la jauría que vivía ya en su casa y que la vieja mataba de hambre, según decían los vecinos que oían maullar a los gatos a todas horas.

Las autoridades determinaron que la muerte de la Sra. Sabina la originó un accidente doméstico. Al parecer se cayó en la cocina mientras intentaba cambiar la bombona de butano de la cocina, y al caer se rompió el fémur, o quizá fue al revés y se le rompió el fémur y entonces se cayó, pero como fuera, al no poderse levantar ni tener a nadie cerca a quién pedir ayuda, permaneció en el suelo hasta que la muerte le dio alcance y reposo. Los vecinos tardaron en darse cuenta de que la anciana estaba desaparecida, aunque luego al recapitular dirían que les había parecido extraño no verla salir a la compra ni a tirar la basura, y también les resultaba extraño no oír ya a los gatos, pero para cuando empezaron a sospechar lo que podía haber ocurrido –pues el olor empezaba a emerger por debajo de su puerta– y llamaron a la policía, la anciana ya llevaba varios días muerta. Nadie lo decía en voz alta pero corría el rumor de que los gatos ya no maullaban porque habían empezado a comérsela.

Me enteré de aquella noticia en el súper donde varios vecinos estaban comentando el suceso cuando llegué. Como es natural cuando muere alguien, y a pesar de que esa persona en vida no gozara de amistades, ni de nadie a quién confiarle un secreto ni una pena, la muerte de la anciana había convertido a todos los presentes en repentinos expertos sobre la vida de la anciana, y hasta alguno de ellos se contaba ahora entre sus amistades.

Alguien dijo que la Sra. Sabina era de casa buena, que fue guapa de joven y que se había casado muy por debajo de sus posibilidades, con un marinero de agua salada del que tan solo heredó la casita maltrecha donde vivía. Del matrimonio nació una única hija que se había largado a América en un vapor en los años sesenta, al cumplir la mayoría de edad, y si te he visto no me acuerdo. Según otro narrador, haber perdido a su hija fue un detonante de la locura de la vieja. Porque el consenso general era que la anciana estaba loca. Había que estarlo para vivir así.

Un tercer narrador contó cómo el marido de la Sra. Sabina, debido a su trabajo, paraba poco por casa, y que cuando lo hacía la maltrataba. Al parecer la mala vida había comenzado después de que la hija se largara a América y en contraste con la primera época de su vida en común durante la cual habían sido felices. Alguien añadió que el marido murió en una reyerta tras una partida de cartas en el puerto y que a la Sra. Sabina le había quedado la casita, la paga de viuda y para de contar, ya que su familia la había desheredado cuando se casó.

Mientras estaba en la cola escuchando todos aquellos chismes, recordé que la Sra. Sabina se me había acercado un día por la calle para que le leyera una carta.

Tanto se me acercó que fue como si me asaltaran su aliento fuerte de café y sus ojos dilatados por unas lentes de estilo antiguo.

–Jove, que em pot llegir aquesta carta? –me pidió casi sin mirarme.

Añadió entre dientes que no le alcanzaba la vista para leer la letra pequeña y que yo tenía cara de saber leer. Esto último no supe si lo decía en broma o lo decía en serio porque su expresión no varió. Cogí la carta que traía el membrete de la seguridad social y la leí. Después de descifrar el lenguaje administrativo y hacerme un resumen mental del contenido, le transmití el mensaje a la mujer: le tocaba una subida de novecientas pesetas en su pensión de viuda, según el IPC anual.

–Nou-centes pessetes? I què foto jo amb nou-centes pessetes? Ja ens foten bé, ja, aquests lladres de merda! –exclamó la mujer que se alejó refunfuñando sin siquiera darme las gracias, aunque no es que yo se lo tuviera en cuenta pero me sentí extrañamente vacía y sin propósito una vez acabado el intercambio de aquella manera tan brusca.

La próxima vez que la vi, la mujer ya no parecía acordarse de nuestro encuentro y ni me saludó. Iba con prisas, llevaba colgada en el brazo una bolsa de plástico duro de mil rayas, con asas de metal, de las que se clavan en el brazo y de las que ya no quedan muchas. Nunca más hablaría con ella.

 

Cuando llegué a casa aquel día, cargada con la compra, estaba sin resuello después de subir los cuatro pisos. Mi hijo estaba jugando con su set de tren eléctrico en el suelo del salón y su padre estaba mirando la televisión. El niño se puso en pie y vino corriendo a abrazarme. En su media lengua me dijo que me sentara a jugar con él. Le dije que lo haría en cuanto hubiera guardado la compra.

Mientras metía las cosas en la nevera, se me ocurrió pensar en si alguien en el barrio llevaría la cuenta de nuestra vida. Y si alguien en treinta años recordaría que llegamos al barrio a finales de los 90 con un niño pequeño y que nos instalamos en un cuarto piso sin ascensor, en un edificio de más de cien años, al que ningún butanero quería servir una triste bombona de butano. Aquel hilo de pensamientos me llevó a preguntarme si un buen día haríamos las maletas y nos mudaríamos a un piso con gas central y con ascensor, y si recordaríamos con añoranza estúpida las estrecheces y las incomodidades del piso actual.

Luego, sentada en el suelo con el niño mientras veíamos los trenes dar vueltas y a veces descarrilar, se me ocurrió que si algún día perdía a mi familia sería lo más normal que se me fuera un poco la chaveta y que empezara a ir detrás de gatos callejeros y me los llevara a casa para que me hicieran compañía, y si pasaba todo eso sin antes habernos mudado de piso, y yo me hacía vieja sola en aquel cuarto sin ascensor quizá yo también acabaría por morir después de batirme a muerte con una bombona de butano.

 

ccalduch@2018-06-15

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