Debes concentrarte. Tienes que seguir el plan al milímetro pero tienes miedo ahora que estás tan cerca del final. Todo tú eres un puro temblor y el corazón se te va a escapar por la boca de un momento a otro. El enfermero al que has sobornado para que te deje solo en la morgue te ha dado exactamente sesenta minutos, ni uno más, y ha salido sin mirarte, intentando no imaginar para qué querrás quedarte solo entre tanto cadáver, y dejándote en medio de un frío de muerte insoportable y un olor a cloro que te lacera la faringe. Después de echar el cerrojo, quieres salir, largarte corriendo, desistir de tu empeño, pero has llegado hasta aquí y ya no hay vuelta atrás. Sacas fuerzas de flaqueza y pasas de largo de la sala de autopsias, donde algunas camillas alineadas contra la pared esperan turno, te adentras en la sala de cámaras frigoríficas, caminas pasillo abajo entre paredes de acero inoxidable hasta la cámara número 52, te aseguras una y otra vez de que es la correcta y entonces introduces el código y le das al botón de descongelación. Se pone en marcha un motor con un sonido discreto similar al de un ventilador. El proceso de descongelación de estas cámaras modernas es muy rápido y solo tarda unos treinta minutos. Aún así, no puedes evitar pensar que treinta minutos son muchos en una hora desesperada como es esta.
No te reconoces. Sin embargo, ese que ves ahí, en el espejo improvisado que forma la pared de acero de las cámaras frigoríficas, con la bata blanca y dos jeringuillas en el bolsillo, eres tú. Has recuperado la cabellera abundante de negro azabache de tus mejores años; tu piel vuelve a ser firme, y no queda ya ni rastro de las máculas y la flacidez típicas de la vejez, ni de aquella nariz rota en una pelea de gallos de las muchas en las que te enzarzaste en tu época de colegial; se ha borrado también la cicatriz en la frente que te quedó tras el accidente –provocado por tus enemigos para quitarte de en medio- en el que perdiste lo que más querías; tu visión es cada vez más aguda, tus lentes progresivas han quedado relegadas al olvido; tus pómulos vuelven a ser altos y pronunciados, aliados fieles de tu época de soltero de oro; vuelves a sentir el vigor del atleta en los músculos de brazos y piernas después de años de escasa actividad física, y de nuevo tu sangre corre desbocada por tus venas cuando ves revolotear unas faldas –y no con poca vergüenza bajas la cabeza y fijas la mirada en el suelo, al recordar como ese brío recién recuperado te ha hecho faltar varias veces en los últimos meses a tu promesa de fidelidad eterna. La bata blanca con el nombre de un colega retirado que ya nadie recuerda (para que nadie cuestione tus cambios físicos, finges ser tu propio asistente y te haces pasar por un médico residente a las órdenes del Dr. Salinas que sigue de baja por enfermedad y que te ha puesto a ti al cargo de su departamento) bordado en letras azules sobre el corazón es lo único que ha permanecido inalterado en ti desde que experimentas en carnes propias esos cambios extraordinarios.
Compruebas el reloj, quedan aún otros quince minutos para que se acabe el proceso. ¿Y si no funciona? La misma pregunta que te viene atormentando hace días. Pero tiene que salir bien, no hay otra opción. Has invertido años de lenta investigación para llegar a este momento. Años de paciente ensayo y error, buscando excusas para poder quedarte trabajando solo hasta altas horas de la madrugada en el laboratorio, investigando el comportamiento de la secuencia segunda del tramo dieciocho del ADN humano -la que marca y determina el momento preciso de la muerte de un organismo-, aislando proteínas y enzimas para poder dar con la combinación adecuada que permita obtener la fórmula química que elimine por completo dicha secuencia (una fórmula que podrías vender por billones si quisieras aunque a ti eso no te importa, no eres codicioso, así que no piensas dar a conocer el resultado de tu trabajo; guardas todos tus cuadernos y notas escritas a mano en la caja fuerte de tu casa, no has hecho ni siquiera una copia de seguridad, y una vez cumplido tu objetivo piensas destruir la fórmula cuyo resultado es este plasma rojizo con el que has llenado las dos jeringuillas que llevas en el bolsillo; no te importará tirar por la borda todos esos años de trabajo en la sombra, y es que si no puedes compartir con el mundo tu descubrimiento, algo que tendría consecuencias atroces para el planeta, tampoco piensas venderlo a una farmacéutica que comercializará la fórmula a precios millonarios que solo unos pocos se podrán costear; en cualquier caso, habrías de salir al extranjero, nunca podrías compartir con tus colegas más cercanos tu descubrimiento, te denunciarían por realizar experimentos prohibidos ante a la JMP, la Junta Médica Permanente, el dictatorial y corrupto órgano de control de la sección médica del estado que no dudaría un segundo en procesarte por traición).
Todo tu esfuerzo no será inútil, ni será inútil el dinero que has gastado en sobornar a los empleados de la morgue del hospital –siempre has tenido claro que preferías tenerlos cerca de ti en lugar de llevarlos a una institución quizá más segura pero a kilómetros de distancia- para que los mantengan en un estado óptimo de conservación y para que nadie que no sea tú tenga acceso al código de la cámara donde yacen desde el día del accidente; ni serán inútiles las veces que te has utilizado a ti mismo como cobaya, colocándote una goma en el brazo, haciendo un nudo fuerte ayudándote tan solo con los dientes y cerrando el puño hasta que se vuelve blanco, para luego clavar la aguja, buscar la vena e inyectar lentamente una mezcla y otra; ni será inútil tu desesperación absoluta ante cada fracaso, hasta que por casualidad llegó a tus manos un estudio sobre unas plagas de topos imposibles de erradicar que asolaban aldeas perdidas en el corazón del África subsahariana, y cuyo nivel de supervivencia ante los pesticidas desafiaba al mundo científico; el estudio apuntaba a una proteína presente en la raíz de una planta ferruginosa y a sus propiedades regenerativas de las células animales hasta entonces totalmente desconocidas, como responsable de la longevidad y resistencia física de los topos. Durante meses te negaste a considerar aquella teoría pero tal llegó a ser tu desesperación que finalmente decidiste ir en busca de respuestas; tuviste que esperar pacientemente a que se organizara un simposio internacional de ingeniería genética y entonces te aplicaste a fondo enjabonando a diferentes meapilas de la JMP para que te enviaran a ti como representante estatal y poder así salir del país. Mentiste y te hiciste el enfermo para faltar al simposio durante dos días de locura en los que te trasladaste a África para ir en busca de una de aquellas aldeas, donde el brujo de una tribu ancestral te puso tras la pista de la única planta en el mundo que produce la proteína MN87CB. Salvando diferentes obstáculos, a base de generosos sobornos a un número indeterminado de agentes de aduanas, finalmente lograste sacar de África diez kilos de semillas de la planta que produce la MN87CB, que has estado cultivando a escondidas en el invernadero de tu casa.
Todos esos años de aislamiento del mundo y de trabajo paciente y callado dieron por fin sus frutos. La inclusión de la MN87CB en tus fórmulas fue un éxito rotundo. Cuál fue tu sorpresa al ver revivir por primera vez a un ratón de laboratorio. Pero la MN87CB no solo ha demostrado ser un reprogramador de la secuencia segunda del tramo dieciocho del ADN humano sino que también es el regenerador celular más potente conocido. Los cambios que has experimentado en tu cuerpo son prueba de ello. No solo has recuperado una forma física envidiable sino que también tu mente ha vuelto a ser tan sagaz como lo fue en tus mejores tiempos de investigador. Incluso has podido comprobar con satisfacción que la fórmula no tiene efectos secundarios (el ratón resucitado sigue vivo después de más de un año, no da señales de envejecer y ha engendrado múltiples descendientes que demuestran una fortaleza similar a la de su progenitor). Acaso pudiera ser que la fórmula sí tenga un efecto secundario pero es positivo: has dejado de sentir la necesidad de fumar – ese vicio pernicioso que te ha acompañado indefectiblemente desde tus años de estudiante en la facultad de medicina.
Si todo sale como tienes previsto, pronto los tendrás a tu lado de nuevo y podréis comenzar una nueva vida en otro lugar. Lo tienes todo preparado, documentos de identidad falsos, una furgoneta aparcada en el garaje del hospital, una camilla con equipo de resucitación cardiopulmonar y una incubadora portátil en el pasillo. Los sacarás rápidamente de allí y te los llevarás a urgencias. Si alguien te cuestiona, explicarás que siguiendo órdenes de tu superior fuiste a la morgue a recoger un cadáver donado a la facultad de medicina (dirás que pueden si quieren comprobar la documentación, sacarás del bolsillo unos documentos firmados de puño y letra del Dr Salinas, o sea de tu puño y letra, que te dejarán a salvo de toda sospecha), que al pasar por la sala de autopsias oíste gemidos provenientes de una de las camillas y te llevaste una sorpresa monumental al comprobar que debajo de la sábana había dos cuerpos con vida, el de una madre y un recién nacido, que parecían haber sufrido un accidente de tráfico. Fingirás indignación ante tamaña incompetencia del médico que los declaró muertos y para evitar males mayores y al mismo tiempo ahorrarle esa situación de descrédito a un colega, te ofrecerás a hacerte cargo de la situación. Estarán de acuerdo contigo por supuesto. Los ingresarás en urgencias. Los monitorizarás constantemente. Serán unas horas de angustia tremenda, que pasarás atormentándote con todo tipo de preguntas. Si cuando ella vuelva en sí te reconoce, tu dicha será inmensa. Le dirás que habéis tenido un accidente de tráfico pero que todo va a ir bien. Más tarde podrás contarle la verdad. Al bebé no habrá necesidad de explicarle nada obviamente. Pasado un tiempo prudencial, les darás el alta y te los llevarás a casa. Tan pronto como sea posible, saldréis del país. Lejos de aquí podréis ser felices y tú volverás a ser tú mismo. Doctor de fama mundial. Científico laureado internacionalmente. Audaz investigador de las fronteras de la ciencia. Orador codiciado y aplaudido dondequiera que va. Envidiado hasta la muerte en su propio país. Pero sobre todo amantísimo esposo y feliz padre.
El motor de la cámara se detiene. Tragas saliva y con manos temblorosas abres lentamente la portezuela de la cámara.
No sé si necesitaste algo de documentación, pero la manera que tienes de ir relatando el proceso suena muy técnico, muy verosímil… por eso, al llegar al final te preguntas si el protagonista habrá conseguido resucitar a su mujer y a su hijo… ¡espero que así sea!
Es todo ciencia ficción, Domi, me lo he inventado todo…
Gracias por pasarte y comentar.
Un Besín sin peripecias
Cristina, una vez más lo has logrado. ¡Qué cuento! Preciso, estético, complejo. Tiene todo lo necesario y es un perfecto ejemplo de ciencia ficción. Me ha encantado, y sobre todo me fascina el hecho de que el final quede abierto, y no sepamos si vivirán la esposa y el hijo, y en caso de lograrlo, si le reconocerán. Has tenido mis emociones en un hilo en todo momento. Si este cuento no perteneciera al Proyecto 3 Variables no tendría nada que objetar. Pero al ser así debo decir que sólo cumple con una de las tres variables, que es la del marco literario de la ciencia ficción. Las otras dos variables pedían, 1. un único objeto, que era un autorretrato, y como tal, no estaba permitido mencionar ni una camilla, ni un auto, ni una inyectadora. Sólo un autorretrato. 2. un único personaje, que debías ser tú misma, es decir, Cristina Calduch, en tanto que el cuento tenía que ser autobiográfico, y al igual que en el caso anterior no podía haber ningún otro personaje. Pero bueno, asumo que de verdad me pasé con mis restricciones al inventar esas variables, y que era bastante difícil ajustarse al concepto. De cualquier forma, no puede quejarme una vez leo un cuento como el que tú has escrito. Uno de mis favoritos, por no decir el que más, de todos los que has escrito para el proyecto.
¡Saludos!
Gracias Víctor. Me alegro de que te haya gustado. Es cierto que he hecho trampa con lo de la biografía, pero es que mi vida es ordinaria y no da para la ciencia ficción!
Nos léemos. Saludos cordiales
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Hola Cristina, me ha encantado tu cuento la verdad me has tenido leyendo de principio a fin y senti que me hizo falta saber más, como dice Victor lo dejas a la imaginación del lector, pero la verdad esta tan interesante que no se si me pueda imaginar lo suficiente o lo que a ti se te ocurriria, ojala un día continues esta historia con un segundo capitulo y nos dejes saber un poco más, y claro, que sea producto de tu imaginación, porque la mía le pondría muchas cosas y tal vez hasta me desvie… jejeje. Bueno, pues felicidades, si este lo hubieras escrito antes del concurso de la semana 10, yo hubiera votado por este texto, pero será para la otra. Saludos.
Muchas gracias, Janet, eres muy amable. Me alegro de que te gustara el cuento. Nos léemos. Saludos cordiales.
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