El humo gris tapa el sol; el suelo enterrado en una alfombra densa de polvo; huellas atropelladas en el polvo; se intuye un bosque de cabezas, un bosque enmarañado de murmullos que a veces se vuelven gritos rabiosos; dedos ágiles enviando mensajes desde una pantalla: nos están gaseando, han cargado, hay alguien en el suelo, tiene la cara ensangrentada, no se mueve, no podemos movernos, no se ve nada… Mensajes encriptados que se desplazan a la velocidad de la luz, inflaman y encienden cientos de pantallas gemelas, mensajes que alguien lee a kilómetros de allí, mensajes que llaman a la humanidad a ponerse en pie.
PESADILLA / NIGHTMARE (Texto bilingüe; bilingual text)
Salí de casa y subí al coche. Arranqué. Me dejaron pasar sin preguntas. Yo tampoco pregunté nada. No pregunté porque en la calle había agentes de policía, coches patrulla, detenidos encañonados. Algunos vomitaban violentamente cada vez que recibían un golpe de bate en el estómago, vomitaban tan fuerte que se me nubló la vista; también vi a un niño desnudo en plena calle, temblaba de la cabeza a los pies, un charco de orina a sus pies. Di la vuelta, volví a casa, sin mirar, sin decir nada. Al día siguiente ocurrió de nuevo. Seguí en silencio. Tenía miedo.
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No nos quedemos inmóviles ante la violación continua de derechos humanos, para más información, visitad: http://www.amnesty.org/es
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I left the house and got into my car. I started the engine. They let me through without questions. I did not ask anything either. I did not ask why there were police officers, police cars and guns pointing at people who vomited violently every time they were hit in the stomach with a bat; their retching was so strong that my sight got blurry. I also saw a naked child in the middle of the street, his whole body shaking, a pool of urine at his feet. I turned round and went back home without looking, without saying anything. The same thing happened the next day. I kept silent. I was afraid.
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Speak up against torture and human rights violations, for more info. go to: http://www.amnesty.org/
EL DESENCUENTRO
Se había hecho muy tarde y Raúl insistió en acompañarla hasta el parking. Se despidieron con dos besos. Hacía más de veinte años que no se veían y fue como besar a un extraño. Mientras salía del parking, lo vio por el retrovisor, estaba aún parado en la acera y leía con atención su tarjeta, como si quisiera aprenderse su número de memoria, quizá temía que se le cayera del bolsillo o que se autodestruyera. Ella le hizo un último saludo con la mano. Él no la vio. Ella supo que no se volverían a ver nunca.
***
Habían tomado café en una cafetería cercana donde además del camarero solo quedaba una pareja de novios haciéndose arrumacos en un rincón. Raúl no había cambiado mucho, tan solo tenía unas pocas canas y una arruga profunda que le cruzaba la frente. Parecía más corpulento de lo que ella recordaba. O quizá en su caso se confundía la corpulencia con la gordura. Tenía las manos rugosas y la piel endurecida. Debía desempeñar algún trabajo manual, mecánico o albañil. En la escuela no destacó por ser aplicado y siempre se comportó como un golfillo. Nunca llegaron a ser amigos.
Después de un buen rato de andarse por las ramas, finalmente él le preguntó si cómo decían en el barrio, era verdad que ella era médico. Acabáramos, pensó ella y asintió con un gesto. Al saber que era médico, la gente solía pedirle recetas, consejo o diagnóstico para alguna dolencia imprecisa, como si los diagnósticos pudieran darse al tuntún. Raúl sacó una fotografía de su cartera. Tenía dos hijos, una niña y un niño, explicó. Ella que no llevaba fotos en la cartera, sonrió. Felicidades, son muy guapos, dijo. Era la enésima vez que decía algo así aquella noche. Raúl se hinchó un poco pero entonces un índice gordo con la uña mordida hasta la raíz, señaló al niño. Tiene siete años, está enfermo del corazón, dijo, es de nacimiento. Ella se fijó en el chaval. Era algo pequeño para tener siete años, pero aparte de eso, nadie podría adivinar que sufría del corazón. Lo siento mucho, dijo, debe ser muy duro. Ni te lo imaginas, dijo él, ¿tú no tienes hijos, o sí? No, siguió ella, no tengo hijos, mi trabajo… Sí, lo imagino, la cortó él. Dirás que tengo mucha cara después de tantos años y siendo que no fuimos nunca verdaderos amigos, pero me da igual, por un hijo lo que sea, mira, yo quería pedirte si no te importa, si tú conocieras a algún cirujano bueno, es que en el seguro nos tienen dando vueltas de un sitio a otro, sabes, no nos acaban de dar una solución definitiva, unos dicen que hay que operar ya, otros…
Mientras él se desahogaba, ella pensó en los cirujanos que conocía, todos muy buenos pero muy caros, dudaba de que Raúl estuviera en condición de pagar estratosféricas minutas, aún así no pudo negarse. Mira, Raúl, llámame el lunes a la consulta y te daré el número de un colega, aquí tienes mi tarjeta. La cara de Raúl se iluminó. Gracias, dijo cogiendo la tarjeta de manos de ella como si acabara de recibir un tesoro, mil gracias. De nada, ten confianza, la cirugía ha avanzado mucho y se hacen verdaderos milagros.
***
Raúl la había sorprendido dejando atrás a sus amigos en el restaurante para salir en su busca después de la cena. Como en una película de terror de las buenas, unos pasos habían resonado tras ella en la calle desierta y oscura. No quiso dejarse vencer por el pánico y sin mirar atrás, apretó el paso. Cuando se aproximaba a la entrada del parking estaba convencida de que alguien la seguía y decidió detenerse junto a una farola. La luz, como el fuego a un depredador, actuaría como un elemento disuasorio para un posible agresor. Al darse la vuelta lo reconoció. Entonces él la invitó a un café.
***
Sus antiguos compañeros de escuela se habían reencontrado en las redes sociales. Aquella era una moda de la que le resultó imposible escapar. Pronto alguien propuso organizar una cena en un restaurante conocido por todos. Ella no sentía un especial arraigo por su lugar de origen y tampoco tenía grandes ni entrañables recuerdos de su época de colegial, así que al principio había declinado la invitación pero ante la pertinaz insistencia de algunas de sus viejas amigas que prometieron hacer de aquel reencuentro una experiencia inolvidable, había acabado por ceder a pesar de que tenía una agenda muy apretada.
En realidad eran razones más profundas e inconscientes las que la habían hecho resistirse al reencuentro. Todas las personas que poblaron su infancia le parecían fantasmas que había relegado a la nebulosa del olvido y que ahora amenazaban con salir de la bruma y hacerle revivir sentimientos que creía superados. No quería ver a Tania, la de ubres legendarias, que le robó un novio en octavo curso; a Diana, la inocente, a quién todos le robaban lapiceros de colores sin que se diera ni cuenta; a Raquel, la de lengua viperina, a quien una vez propinó un bofetón por llamarla “empollona cuatro ojos” . Y qué decir de los chicos, de ellos solo tenía malos recuerdos, todos aliados contra ella para humillarla por ser la única de la clase que usaba gafas.
Además, no necesitaba verlos para saber qué había sido de sus vidas, sabía bien lo que cada uno había conseguido en la vida. Igualmente sabía que ellos sabían bien lo que ella había conseguido en la vida, que era mucho más de lo que cabía esperar de una chica de barrio. Por muchas razones, se había mantenido alejada de sus antiguos compañeros, no por orgullo como seguramente creían ellos, sino porque no quería generar envidia, ese sentimiento mezquino, especialista en disfrazarse de autocompasión, justificaciones banales y falsa superioridad moral.
SUEÑOS VIEJOS
Un martes cualquiera
y sin razón aparente
cambiaron la cama
de cabezal de latón
y sábanas prestadas
por el diván de los sueños.
Y ella parloteó sin cesar
en su dialecto imposible,
de sueños soñados
con ojos abiertos,
de encantados parajes
y de cumbres nevadas
robadas de burdas
tarjetas postales.
Viejo y sin fuerzas
para desnudarla indolente
como marcaba el ritual
de todos los martes,
el insigne doctor
de mentes perversas
escuchó entre bostezos
los delirios raudos
de aquella anciana.
Y se encontró en el portal
de una mala calle
donde años ha
ella le vendiera
un kilo de sueños
aún por soñar
por diez chelines
de plata.
HOY
…una paloma se ensució sobre el coche, ¡zás! en todo el parabrisas, ¡menudo susto! A punto he estado de estrellarme… es que hasta las aves se han vuelto locas en esta ciudad que ya no reconozco… En mi juventud sí sabíamos disfrutar, no era como ahora que sin alcohol o drogas no hay diversión… En fin… Saco poco el coche… nunca me he renovado el permiso y si te pillan conduciendo con el carné caducado no quieras saber… mis hijos ni se lo imaginan, me dicen que lo venda, que lo tengo muerto de risa en el garaje, pero yo no lo vendo ni loca… aún me queda mucha vida por delante…